jueves, abril 18, 2019

Giacomo Leopardi / La retama, o flor del desierto

 

  Καὶ ἠγάπησαν οἱ ἄνθρωποι µᾶλλον τὸ σκότος ἢ τὸ φῶς
         Y los hombres quisieron más las tinieblas que la luz.
                                                                           Juan, III, 19

Aquí, sobre la árida espalda
del formidable monte,
exterminador Vesubio,
no alegrada por ningún árbol ni flor,
tus matas solitarias alrededor esparces,
fragante retama,
alegría de los desiertos. También te vi
con tus estelas embellecer las baldías regiones
que ciñen la ciudad,
señora de los mortales en un tiempo:
del perdido imperio
parece, con su grave y taciturno aspecto,
dar fe y recuerdo al forastero.
Vuelvo a verte en este suelo, de tristes
lugares y, del mundo abandonado, amante,
y de afligidas fortunas siempre compañera.
Estos campos sembrados
de cenizas infecundas y recubiertos
de lava petrificada,
que bajo los pasos del peregrino suena;
donde anida y se retuerce al sol
la serpiente, y donde al conocido,
cavernoso cubil regresa el conejo,
fueron dichosas villas y cultivos,
y rubio movimiento de espigas, y aquí sonaron
los mugidos de rebaños.
Fueron jardines y palacios:
grato hospedaje para el ocio
de los poderosos; y fueron ciudad famosa
que con torrentes el altivo monte
de su ígnea boca aplastó
junto con los habitantes. Ahora a todo eso
una ruina lo rodea,
donde te asientas, flor gentil, y casi
de los daños apiadándote, mandas
al cielo el dulcísimo olor de tu perfume
que al desierto consuela. A estas playas
venga aquel que exaltar con loas
nuestro estado suele, y vea cuánto
a nuestro género tiene en cuidado
la amante naturaleza. Y el poder
aquí en justa medida
podrá estimar de la humana simiente
a la que su nodriza, cuando menos la teme,
con leve movimiento en un momento anula
en gran parte, y puede aún, con movimiento
poco menos leve, súbitamente
aniquilar del todo.
Pintadas en estas laderas
están de la gente humana
las magníficas y progresivas suertes.

Mira aquí, en este espejo,
siglo soberbio y necio,
que la calle entonces
del resurgido pensamiento antiguo
abandonaste. Y vuelve atrás los pasos
y volver sea tu jactancia.
Y a continuar te llames.
A tu parlotear los ingenios todos,
de los que mala suerte padre te hizo,
adulando continúan,
pero ludibrio tal vez
hacen para adentro. No seré yo
quien con tal vergüenza descienda a la tierra,
sino que el desprecio que mi pecho guarda
mostraré tanto cuanto pueda,
aunque sepa que el olvido
oprime a quien mucho a su propia edad increpa.
De este mal, que contigo
llevo, hoy me río cuanto puedo.
Soñando la libertad y siervo al mismo tiempo
quieres el pensamiento
por el que surgimos
desde la barbarie, y por el que solo
se crece en civilidad, única que al bien
guía los hechos públicos.
Te disgusta la verdad
de la áspera suerte y del bajo lugar
que la naturaleza te dio. Por eso la espalda
cobardemente volviste a la luz
que el pensar hizo evidente y, fugitivo, llamas
a quienes la siguen. Magnánimo
sólo es quien, escarneciendo
a sí mismo o a los otros, sabio o loco,
hasta los astros eleva el mortal grado.

Hombre de pobre estado y cuerpo enfermo,
que de alma sea generoso y alto,
no se llama ni se estima
rico de oro ni gallardo.
y de espléndida vida o de
valiente persona entre la gente
no hace risible demostración.
Pero si de fuerza y riqueza es mendigo
se deja ver sin vergüenza, y habla
abiertamente, y de sus cosas
hace estima en esa forma.
Magnánimo animal
no creo ya, sino necio,
al que nacido para morir, nutrido en penas,
dice: Para gozar soy hecho.
Y con fétido orgullo
llena los papeles de excelsos hechos y nueva
felicidad, que el cielo entero desconoce.
No ya orbe, hace promesas en tierra
a pueblos que la onda
de mar conturbado, el soplo
de aire maligno, el subterráneo derrumbe
destruyen de tal modo que resta
apenas de ellos el recuerdo.
Noble naturaleza es la que
a elevar se dispone
los ojos mortales hacia
el hado común, y con franca lengua
nada a la vista distrayendo,
profesa el mal que nos tocó en suerte
y nuestro bajo y frágil estado.
La que grande y fuerte
se muestra en el dolor, y ni los odios ni las iras
fraternas, aun más graves
que cualquier otro daño, alimenta
en sus miserias, culpando al hombre
de su dolor, sino a la culpable
verdadera, que de los mortales
es madre en el parto y del querer madrastra.
La llama enemiga pero pariente
de su ser la piensa,
tal como es en verdad, y ordenada al principio
como humana compañía.
A todos los seres cree confederados
y a todos los abraza
con amor verdadero, ofreciendo
y esperando valerosa y pronta ayuda
en los peligros y en las angustias
de la guerra común; y a la ofensas
del hombre armar la diestra, y tender lazos
al vecino y ponerle obstáculos,
es necia creencia, como si en el campo
ceñido de contrarios, en el más vivo
acoso del asalto,
olvidando los enemigos, acerba lucha
emprendiera con los amigos,
y dispersara en fuga y fulminara con la espada
a sus guerreros.
Así tales pensamientos
cuando sean, como fueron, entregados al vulgo,
y aquel horror que antes
frente a la despiadada naturaleza
ató a los hombres en social cadena,
sea reconducido por el veraz saber,
el honesto y justo
conversar ciudadano, la
justicia y la piedad, otra raíz
tendrán, no soberbia fábula,
en que se fundará la probidad del vulgo,
tan firme como suele estar parado
aquel que tiene en el error su base.

A menudo en estas orillas
que, desoladas, de oscuro
viste el flujo endurecido y ondeante,
paso la noche; y sobre esta misma tierra
en purísimo azul
veo a la noche flamear las estrellas,
a las que lejos les hace espejo
el mar, y todo cintila alrededor,
en el vacío sereno del mundo.
Y si los ojos dirijo a esas luces
que parecen un punto,
pero son inmensas, de modo
que un punto son en su pecho tierra y mar,
realmente; y en donde
no solo hombre, sino ese
globo donde el hombre es nada,
son ignorados; cuando miro
todo esto sin un final y aun más remotos
nudos de estrellas
que se nos aparecen como niebla, no ya
el hombre y la tierra solos, sino todo en uno
el número de cuerpos y soles infinitos,
y con el áureo sol juntas, las estrellas
son ignotas, o parecen como
todas a la tierra, un punto
de luz nebulosa: en mi pensamiento,
¿qué pareces tú, prole del hombre?
Mirando
tu estar aquí abajo, del que da señal
el suelo que piso; y de otra parte,
esa señoría y fin que tú
crees otorgados por el Todo, tú, al que tantas veces
le agrada fantasear en este oscuro
grano de arena que llamamos tierra
que por ti los autores del universo
bajaron a conversarte con agrado,
y que deseos y sueños
renovaron, al sabio insulta
hasta la edad presente, que en conocimiento
y en civiles modos
parece adelantar a todas; ¿qué razón,
mortal prole infeliz, o qué pensamiento
de ti finalmente me toma el corazón?
No sé si la risa o la piedad se impone.

Como del árbol cae una pequeña manzana
cuando en el tardo otoño
la madurez sin otra fuerza la derriba,
y de un pueblo de hormigas el dulce albergue,
cavado en blanda tierra
con gran trabajo, y las obras
y la riqueza reunida en larga
fatiga por la asidua cuadrilla
próvidamente en el tiempo de verano
aplasta, devasta y cubre en un punto,
cayendo así desde lo alto,
desde el útero tonante
lanzada al cielo profundo
de cenizas, de pómez y de rocas
noche y ruina, infusa
de borboteantes arroyos,
o bien montada en la ladera,
furiosa entre la hierba,
de licuadas masas
y de metales y de encendida arena
descendiendo llena,
las ciudades que el mar allá en la extrema
playa baña, confunde
y quiebra y recubre
en pocos instantes: allá donde ahora pasta
la cabra, y las nuevas ciudades
surgen y las sepultadas
les hacen de asientos, y los caídos muros
el arduo monte pisotea.
No la naturaleza a la semilla
del hombre estima o cuida
más que a la hormiga:
y si en él es menor el estrago,
tal vez sea porque menos fecunda es su prosapia.

Mil ochocientos
años hace que desaparecieron, oprimidos
por la ígnea fuerza, los sitios humanos,
y el aldeano atento
a los viñedos, que miserablemente
nutre la muerta tierra cenicienta,
todavía eleva la mirada
recelosa a la cumbre
fatal, que nunca apacible,
aún tremenda, lo amenaza
con estragar sus pobres haberes y sus hijos.
Y a menudo
el pobre en su lecho
del rústico hospedaje, hasta la vaga
aurora, yaciendo insomne
y sobresaltado, explora el curso
del temido hervor, que se vuelca
desde el incansable seno
al arenoso dorso, y que ilumina
la costa de Capri
y de Nápoles el puerto y Mergellina.
Y si lo ve apurarse, o si en el fondo
del pozo doméstico oye el agua
hirviendo gorgotear, despierta a sus hijitos,
despierta a la mujer, y con cuanto
de sus cosas agarrar pudieron, huyendo,
mira a lo lejos el usado
nido en el pequeño campo,
que le fue del hambre único resguardo,
presa del flujo incandescente
que crepitando llega, e implacable
para siempre sobre el campo se despliega.
Torna al celeste rayo
desde el antiguo olvido la extinta
Pompeya, como sepulto
esqueleto, que de la tierra
avaricia o piedad devuelve a lo abierto;
y del desierto agujero,
derecho entre las filas
de truncadas columnas, el peregrino
lejos contempla el bipartido monte
y la cresta humeante,
que a la esparcida ruina aún amenaza.
Y en el horror de la secreta noche
por los vacíos anfiteatros, por los templos
deformes y por las rotas
casas, donde el murciélago se esconde,
como siniestra faz
que por desiertos palacios lóbrega pasea,
corre el resplandor de la fúnebre lava,
que a lo lejos las sombras
enrojece y todo alrededor lo tiñe.
Del hombre ignorante y de las edades
que él llama antiguas, y de la herencia que hacen
luego los abuelos y los nietos,
está Natura siempre verde, y avanza
por tan largo camino
que parece durar siempre. Caen reinos en tanto,
pasan gentes e idiomas: ella no ve:
y el hombre, de eternidad se arroga el mérito.

Y tú, lenta retama,
que de selvas fragantes
adornas estos campos despojados,
también al cruel poder del subterráneo
fuego sucumbirás,
porque regresando al sitio
conocido, extenderá su avaro filo
sobre estas tiernas forestas. Y doblarás
bajo el haz mortal, nunca reacia,
tu cabeza inocente:
pero no la inclinarás hasta entonces en vano
cobardemente suplicando ante
el futuro opresor; tampoco la yergues
con desatinado orgullo para ver las estrellas
sobre el desierto, donde
la casa y el nacimiento
no por voluntad sino por fortuna tuviste;
sino que más sabia y menos
enferma que el hombre, tus frágiles
estirpes no creíste,
por el hado o por los hechos, inmortales.

[1836]

Giacomo Leopardi (Recanati, Italia, 1798-Nápoles, Italia, 1837), Canti, Asociación Dante Alighieri, Buenos Aires, 1987
Traducción de Jorge Aulicino

El verso final de la primera estrofa cita un texto de Terencio Mamiani, primo de Leopardi. En sus propias notas a este canto, Leopardi da fe de la sarcástica cita: "Palabras de un moderno al que se le debe toda su elegancia". (N. del T.)

Ref.:
Casa Leopardi
Studenti
RAI Storia
El País
UNAM

Ilkusración: Retrato de Giacomo Leopardi por Domenico Morelli (detalle) Marche Beni Culturali

XXXIV - LA GINESTRA, O FIORE DEL DESERTO

          Καὶ ἠγάπησαν οἱ ἄνθρωποι µᾶλλον τὸ σκότος ἢ τὸ φῶς
          E gli uomini vollero piuttosto le tenebre che la luce
                                                                    (Giovanni, III, 19)

Qui su l’arida schiena
del formidabil monte
sterminator Vesevo,
la qual null’altro allegra arbor né fiore,
tuoi cespi solitari intorno spargi,
odorata ginestra,
contenta dei deserti. Anco ti vidi
de’ tuoi steli abbellir l’erme contrade
che cingon la cittade
la qual fu donna de’ mortali un tempo,
e del perduto impero
par che col grave e taciturno aspetto
faccian fede e ricordo al passeggero.
Or ti riveggo in questo suol, di tristi
lochi e dal mondo abbandonati amante
e d’afflitte fortune ognor compagna.
Questi campi cosparsi
di ceneri infeconde, e ricoperti
dell’impietrata lava,
che sotto i passi al peregrin risona;
dove s’annida e si contorce al sole
la serpe, e dove al noto
cavernoso covil torna il coniglio;
fûr liete ville e cólti,
e biondeggiâr di spiche, e risonâro
di muggito d’armenti;
fûr giardini e palagi,
agli ozi de’ potenti
gradito ospizio; e fûr cittá famose,
che coi torrenti suoi l’altèro monte
dall’ignea bocca fulminando oppresse
con gli abitanti insieme. Or tutto intorno
una ruina involve,
ove tu siedi, o fior gentile, e quasi
i danni altrui commiserando, al cielo
di dolcissimo odor mandi un profumo,
che il deserto consola. A queste piagge
venga colui che d’esaltar con lode
il nostro stato ha in uso, e vegga quanto
è il gener nostro in cura
all’amante natura. E la possanza
qui con giusta misura
anco estimar potrá dell’uman seme,
cui la dura nutrice, ov’ei men teme,
con lieve moto in un momento annulla
in parte, e può con moti
poco men lievi ancor subitamente
annichilare in tutto.
Dipinte in queste rive
son dell’umana gente
le magnifiche sorti e progressive.

 Qui mira e qui ti specchia,
secol superbo e sciocco,
che il calle insino allora
dal risorto pensier segnato innanti
abbandonasti, e vòlti addietro i passi,
del ritornar ti vanti,
e procedere il chiami.
Al tuo pargoleggiar gl’ingegni tutti,
di cui lor sorte rea padre ti fece,
vanno adulando, ancora
ch’a ludibrio talora
t’abbian fra sé. Non io
con tal vergogna scenderò sotterra;
ma il disprezzo piuttosto che si serra
di te nel petto mio,
mostrato avrò quanto si possa aperto;
bench’io sappia che obblio
preme chi troppo all’etá propria increbbe.
Di questo mal, che teco
mi fia comune, assai finor mi rido.
Libertá vai sognando, e servo a un tempo
vuoi di novo il pensiero,
sol per cui risorgemmo
della barbarie in parte, e per cui solo
si cresce in civiltá, che sola in meglio
guida i pubblici fati.
Cosí ti spiacque il vero
dell’aspra sorte e del depresso loco
che natura ci die’. Per queste il tergo
vigliaccamente rivolgesti al lume
che il fe’ palese; e, fuggitivo, appelli
vil chi lui segue, e solo
magnanimo colui
che sé schernendo o gli altri, astuto o folle,
fin sopra gli astri il mortal grado estolle.

     Uom di povero stato e membra inferme
che sia dell’alma generoso ed alto,
non chiama sé né stima
ricco d’òr né gagliardo,
e di splendida vita o di valente
persona infra la gente
non fa risibil mostra;
ma sé di forza e di tesor mendíco
lascia parer senza vergogna, e noma
parlando, apertamente, e di sue cose
fa stima al vero uguale.
Magnanimo animale
non credo io giá, ma stolto,
quel che nato a perir, nutrito in pene,
dice: — A goder son fatto, — 
e di fetido orgoglio
empie le carte, eccelsi fati e nòve
felicitá, quali il ciel tutto ignora,
non pur quest’orbe, promettendo in terra
a popoli che un’onda
di mar commosso, un fiato
d’aura maligna, un sotterraneo crollo
distrugge sí, ch'avanza
a gran pena di lor la rimembranza.
Nobil natura è quella
ch’a sollevar s’ardisce
gli occhi mortali incontra
al comun fato, e che con franca lingua,
nulla al ver detraendo,
confessa il mal che ci fu dato in sorte,
e il basso stato e frale;
quella che grande e forte
mostra sé nel soffrir, né gli odii e l’ire
fraterne, ancor piú gravi
d’ogni altro danno, accresce
alle miserie sue, l’uomo incolpando
del suo dolor, ma dá la colpa a quella
che veramente è rea, che de’ mortali
madre è di parto e di voler matrigna.
Costei chiama inimica; e incontro a questa
congiunta esser pensando,
siccom’è il vero, ed ordinata in pria
l’umana compagnia,
tutti fra sé confederati estima
gli uomini, e tutti abbraccia
con vero amor, porgendo
valida e pronta ed aspettando aita
negli alterni perigli e nelle angosce
della guerra comune. Ed alle offese
dell’uomo armar la destra, e laccio porre
al vicino ed inciampo,
stolto crede cosí, qual fôra in campo
cinto d’oste contraria, in sul piú vivo
incalzar degli assalti,
gl’inimici obbliando, acerbe gare
imprender con gli amici,
e sparger fuga e fulminar col brando
infra i propri guerrieri.
Cosí fatti pensieri
quando fien, come fûr, palesi al volgo;
e quell’orror che primo
contra l’empia natura
strinse i mortali in social catena,
fia ricondotto in parte
da verace saper; l’onesto e il retto
conversar cittadino,
e giustizia e pietade altra radice
avranno allor che non superbe fole,ove fondata probitá del volgo
cosí star suole in piede
quale star può quel c’ha in error la sede

     Sovente in queste rive,
che, desolate, a bruno
veste il flutto indurato, e par che ondeggi,
seggo la notte; e su la mesta landa,
in purissimo azzurro
veggo dall’alto fiammeggiar le stelle,
cui di lontan fa specchio
il mare, e tutto di scintille in giro
per lo vòto seren brillare il mondo.
E poi che gli occhi a quelle luci appunto,
ch’a lor sembrano un punto,
e sono immense, in guisa
che un punto a petto a lor son terra e mare
veracemente; a cui
l’uomo non pur, ma questo
globo, ove l’uomo è nulla,
sconosciuto è del tutto; e quando miro
quegli ancor piú senz’alcun fin remoti
nodi quasi di stelle,
ch’a noi paion qual nebbia, a cui non l’uomo
e non la terra sol, ma tutte in uno,
del numero infinite e della mole,
con l’aureo sole insiem, le nostre stelle
o sono ignote, o cosí paion come
essi alla terra, un punto
di luce nebulosa; al pensier mio
che sembri allora, o prole
dell’uomo? E rimembrando
il tuo stato quaggiú, di cui fa segno
il suol ch’io premo; e poi dall’altra parte,
che te signora e fine
credi tu data al Tutto; e quante volte
favoleggiar ti piacque, in questo oscuro
granel di sabbia, il qual di terra ha nome,
per tua cagion, dell’universe cose
scender gli autori, e conversar sovente
co’ tuoi piacevolmente; e che, i derisi
sogni rinnovellando, ai saggi insulta
fin la presente etá, che in conoscenza
ed in civil costume
sembra tutte avanzar; qual moto allora,
mortal prole infelice, o qual pensiero
verso te finalmente il cor m’assale?
Non so se il riso o la pietá prevale.

     Come d’arbor cadendo un picciol pomo,
cui lá nel tardo autunno
maturitá senz’altra forza atterra,
d’un popol di formiche i dolci alberghi
cavati in molle gleba
con gran lavoro, e l’opre,
e le ricchezze ch’adunate a prova
con lungo affaticar l’assidua gente
avea provvidamente al tempo estivo,
schiaccia, diserta e copre
in un punto; cosí d’alto piombando,
dall’utero tonante
scagliata al ciel profondo,
di ceneri e di pomici e di sassi
notte e ruina, infusa
di bollenti ruscelli,
o pel montano fianco
furiosa tra l’erba
di liquefatti massi
e di metalli e d’infocata arena
scendendo immensa piena,
le cittadi che il mar lá su l’estremo
lido aspergea, confuse
e infranse e ricoperse
in pochi istanti: onde su quelle or pasce
la capra, e cittá nove
sorgon dall’altra banda, a cui sgabello
son le sepolte, e le prostrate mura
l’arduo monte al suo piè quasi calpesta.
Non ha natura al seme
dell’uom piú stima o cura
ch’alla formica: e se piú rara in quello
che nell’altra è la strage,
non avvien ciò d’altronde
fuor che l’uom sue prosapie ha men feconde.

     Ben mille ed ottocento
anni varcâr poi che sparîro, oppressi
dall’ignea forza, i popolati seggi,
e il villanello intento
ai vigneti, che a stento in questi campi
nutre la morta zolla e incenerita,
ancor leva lo sguardo
sospettoso alla vetta
fatal, che nulla mai fatta piú mite
ancor siede tremenda, ancor minaccia
a lui strage ed ai figli ed agli averi
lor poverelli. E spesso
il meschino in sul tetto
dell’ostel villereccio, alla vagante
aura giacendo tutta notte insonne,
e balzando piú volte, esplora il corso
del temuto bollor, che si riversa
dall’inesausto grembo
sull’arenoso dorso, a cui riluce
di Capri la marina
e di Napoli il porto e Mergellina.
E se appressar lo vede, o se nel cupo
del domestico pozzo ode mai l’acqua
fervendo gorgogliar, desta i figliuoli,
desta la moglie in fretta, e via, con quanto
di lor cose rapir posson, fuggendo,
vede lontan l’usato
suo nido, e il picciol campo,
che gli fu dalla fame unico schermo,
preda al flutto rovente,
che crepitando giunge, e inesorato
durabilmente sovra quei si spiega.
Torna al celeste raggio
dopo l’antica obblivion, l’estinta
Pompei, come sepolto
scheletro, cui di terra
avarizia o pietá rende all’aperto;
e dal deserto fòro
diritto infra le file
de’ mozzi colonnati il peregrino
lunge contempla il bipartito giogo
e la cresta fumante,
ch’alla sparsa ruina ancor minaccia.
E nell’orror della secreta notte
per li vacui teatri,
per li templi deformi e per le rotte
case, ove i parti il pipistrello asconde,
come sinistra face
che per vòti palagi atra s’aggiri,
corre il baglior della funerea lava,
che di lontan per l’ombre
rosseggia e i lochi intorno intorno tinge.
Cosí, dell’uomo ignara e dell’etadi
ch’ei chiama antiche, e del seguir che fanno
dopo gli avi i nepoti,
sta natura ognor verde, anzi procede
per sí lungo cammino
che sembra star. Caggiono i regni intanto,
passan genti e linguaggi: ella nol vede:
e l’uom d’eternitá s’arroga il vanto.

     E tu, lenta ginestra,
che di selve odorate
queste campagne dispogliate adorni,
anche tu presto alla crudel possanza
soccomberai del sotterraneo foco,
che ritornando al loco
giá noto, stenderá l’avaro lembo
su tue molli foreste. E piegherai
sotto il fascio mortal non renitente
il tuo capo innocente:
ma non piegato insino allora indarno
codardamente supplicando innanzi
al futuro oppressor; ma non eretto
con forsennato orgoglio inver’ le stelle,
né sul deserto, dove
e la sede e i natali
non per voler ma per fortuna avesti;
ma piú saggia, ma tanto
meno inferma dell’uom, quanto le frali
tue stirpi non credesti
o dal fato o da te fatte immortali.

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