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martes, mayo 13, 2014

José Watanabe / Tres piedras blanquecinas sobre la arena











Tres piedras blanquecinas sobre la arena.
Un hombre vino y se sentó en una de ellas, cansado.
Miró a las otras dos sin intención, sólo posó sus ojos
en su superficie como en al aire.
Su mente estaba flotando en una hora antigua.

No escogidas para contemplar, miradas
sin ideas, las piedras
no iban a ser recordadas nunca por ese hombre.
Cuando se fue,
las tres siguieron inmaculadas sobre la arena.

José Watanabe (Laredo, 2005-Lima, 2007), "Poemas inéditos", Poesía completa, Editorial Pre-Textos, Valencia, 2013

sábado, julio 27, 2013

Poemas elegidos, 84


Martín Armada
(Buenos Aires, 1979)

El guardián del hielo, de José Watanabe
No conozco en detalle la obra de José Watanabe. Es más, no podría decir que esta elección es la de un lector atento de José Watanabe. Esto me sirve para aceptar que el golpe de un poema puede ser absoluto. Es decir, que un poema se termina cuando se construye un misterio. "El guardián del hielo", enseña eso, tiene esa textura: te da todo lo que te quita. Y por eso es un poema enorme, atroz, como un arca. Es en esencia como lo que ocurre con "El maestro de kung-fu", otro hermoso poema de Watanabe, donde se narra otra historia. Un testigo ve al maestro luchar cada día con su enemigo que no es el aire, sino algo invisible y milenario.  Y afirma: "Ninguno vence nunca, ni él ni él, y mañana volverán a enfrentarse". Así quizás sea, en parte, la dinámica entre nosotros y el Tiempo. Parece una preocupación bien noble para un poema.




El guardián del hielo 

Y coincidimos en el terral
el heladero con su carretilla averiada
y yo
que corría tras los pájaros huidos del fuego
de la zafra.
También coincidió el sol.
En esa situación cómo negarse a un favor llano:
el heladero me pidió cuidar su efímero hielo.

Oh cuidar lo fugaz bajo el sol…

El hielo empezó a derretirse
bajo mi sombra, tan desesperada
como inútil.
Diluyéndose
dibujaba seres esbeltos y primordiales
que sólo un instante tenían firmeza
de cristal de cuarzo
y enseguida eran formas puras
como de montaña o planeta
que se devasta.

No se puede amar lo que tan rápido fuga.
Ama rápido, me dijo el sol.
Y así aprendí, en su ardiente y perverso reino,
a cumplir con la vida:
yo soy el guardián del hielo.

José Watanabe (Laredo, 1945-Lima, 2007)


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Foto: Martín Armada por Clara Muschietti

domingo, junio 16, 2013

Poemas elegidos, 30


Marina Kohon
(Mar del Plata, 1965)

Free Run, de José Watanabe
José Watanabe por la belleza de cómo él entiende lo divino en el mundo cotidiano. El ritmo del lenguaje que se desliza, sobre la naturaleza, en la comparación de lo tangible con lo lejano e inalcanzable. Es un mundo de opuestos complementarios, y así lo celebran  sus versos que se mueven como una niebla  suave, velando la rigurosidad de su escritura.




Free Run

En medio de la limpia llanura, el cerro.
Sus enormes volutas de piedras encimadas
              parecen hervores del infierno.

Llego hasta él
        por una senda de cabras. Vengo a ver
sus petroglifos, esa persistencia del hombre
                                             en la piedra.

De pronto, precediendo una estela de polvo,
llega una camioneta
          inexplicable en estos lugares desolados.
Todo empieza a ser insólito: dos muchachos,
como apariciones, bajan en pantalonetas
y  comienzan a trepar ágilmente el cerro. Al parecer,
                 sólo los mueve la alegría de sus músculos.

Saltan de una saliente de piedra a otra,
a las sucesivas otras, la escala
                               de su alegría. Pienso
en la difícil armonía  entre el obstáculo
                                          y el cuerpo,
tal el diestro frente al toro
o el poeta frente al poema: se muere
             por la disonancia de un pie en falso.

Los muchachos desaparecen en las alturas.
                     Yo permanezco felíz
en mi lenta esfera
donde respirar es una acción tan intensa
      como el impulso
de cualquier bella máquina en movimiento.


José Watanabe (Laredo, 1945-Lima, 2007)



Foto: Marina Kohon en FB

viernes, agosto 07, 2009

José Watanabe / Tres poemas


Free run
En medio de la limpia llanura, el cerro.
Sus enormes volutas de piedras encimadas
parecen hervores del infierno.

Llego hasta él
por una senda de cabras. Vengo a ver
sus petroglifos, esa persistencia del hombre en la piedra.

De pronto, precediendo una estela de polvo,
llega una camioneta
inexplicable en estos lugares desolados.
Todo empieza a ser insólito: dos muchachos,
como apariciones, bajan en pantaloneras
y comienzan a trepar ágilmente el cerro. Al parecer
sólo los mueve la alegría de sus musculos.

Saltan de una saliente de piedra a otra,
a las sucesivas otras, la escala
de su alegría. Pienso
en la difícil armonía entre el obstáculo y el cuerpo,
tal el diestro frente al toro
o el poeta frente al poema: se muere
por la disonancia de un pie en falso.

Los muchachos desaparecen en las alturas.
Yo permanezco feliz
en mi lenta esfera
donde respirar es una acción tan intensa
como el impulso
de cualquier bella máquina en movimiento.


El pan

Perdonen que lo diga sin pudor,
pero mi madre y yo vivíamos en un pueblo
de hambrunas.
Las carencias
nos llevaban a todos a una especie de inocencia,
a un vivir
en el centro puro de nosotros mismos.
Así es cuando ya no queda nada, salvo
la postura orgullosa de mi madre
que dormía como saciada.

Cada cierto tiempo pasaban profetas
que repetían monsergas en nombre de un dios
prometedor, pero cruel.
Ninguno trajo lluvia sobre los campos yermos
ni hizo el milagro de una simple lechuga.

Una tarde se asomó a nuestra puerta
un extranjero de mirada llameante, otro agorero,
pero no supimos quién ardía en él, si su dios o su demonio.
Dijo llamarse Elías y tenía gran hambre como nosotros.
Se quedó mirando a mi madre
que en la artesa mezclaba un puñado de harina Santa Rosa
con una cucharada de manteca sin nombre.
Estoy haciendo un pan para mi hijo y yo. Lo comeremos
y después, con la dignidad de los pobres satisfechos,
nos moriremos de hambre, dijo mi madre
en Reyes 17:12


Vivero
La luz del sol atraviesa las cañas de la ramada
y cae moteada
sobre los helechos muertos.

Más allá la luz es atmósfera. Aquí
es una lluvia de círculos intensos
que se hunden
entre el humus y las plantas pútridas.

Amo esa luz
porque es el albor enterrado y fértil
que tiene toda serena corrupción.

José Watanabe (Laredo, 1945-Lima, 2007), La piedra alada, Pre-Textos y Bajo la Luna, Buenos Aires, 2009

Foto: Watanabe El País, Madrid