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domingo, junio 30, 2024

Juan Carlos Moisés / Dos poemas




Perro negro tallado en la nieve

Si al galgo negro le dijera que en estos días animados
es posible concebir la realidad con liebre albedrío
me diría que los juegos de palabras no son lo mío.
No es necesario engañar a nadie con el lenguaje,
esa especie de conciencia crítica en la memoria. 
Las cosas tienen su maravilla y su complicación 
y los sueños no se pueden torcer en el sueño. 
Las palabras piden estar donde las cosas suceden: 
quieren seguir en escena, despiertas y fantasiosas, 
con sus ropas y sus historias para ponerse.
El poema se talla como a un perro negro en la nieve.


Arrancando zanahorias en la nieve

Vincent le escribe a Theo Van Gogh,
“en los viejos cuadros, los hombres no trabajan”.
Nadie, casi nadie, pintaba trabajadores,
los trabajadores no podían pagar sus retratos, 
los trabajadores no colgaban cuadros 
en sus “chozas con techos de caña”.            
“En estos días ando detrás de una mujer, 
a quien vi este invierno 
arrancando zanahorias en la nieve”. 
Iba detrás de figuras en movimiento 
con la misma obsesión 
que le escribía cartas a su hermano. 
Así vi a las abuelas escarbar la tierra helada 
en busca de las últimas papas enterradas.
Cuando veían la despensa y la fiambrera vacías 
el alma se les iba del cuerpo, se quedaban 
sin nada, sin alma y sin palabras, 
y yo no sabía que ellas sabían 
que en algún lugar había algo más.
Ahora es el momento en que mis abuelas 
y la mujer observada por Vincent, 
abrigadas con un pañuelo que les cubre 
la cabeza, cruzan las miradas, sin hablarse, 
antes de inclinar el cuerpo hacia la tierra dura.

Vincent solo piensa en lo que ve:
“la inexpresable forma armoniosa 
del cuerpo humano; pero al mismo tiempo, 
la acción de arrancar zanahorias en la nieve.
¿Me explico con claridad?”

En la tierra dada vuelta del poema 
también busco zanahorias en la nieve 
y las últimas papas enterradas.

[inéditos]

Juan Carlos Moisés (Sarmiento, Chubut, Argentina, 1954)

Más poemas de Juan Carlos Moisés en Otra Iglesia Es Imposible
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Foto: Juan Carlos Moisés, Facebook

sábado, julio 01, 2023

Juan Carlos Moisés / Tres poemas




Linternas

Un conejo dice -Quiero ser una cabra,
Una cabra dice -Quiero ser un conejo. 
Las palabras son las linternas del deseo.
Pienso en lo que vemos y en lo que no vemos. 
Me subo al árbol y después me bajo, 
pero el atajo no consiste en disponer 
de una finalidad que acierte 
sino de insistir con el riesgo.
El que busca encuentra, no siempre 
lo mismo que busca, como el suelo 
que a veces no se encuentra 
donde siempre estuvo el suelo. 

Hay maneras de ir más allá con las palabras
ver un conejo y decir conejo, y que sea cierto, 
ver un conejo y decir cabra, y que sea cierto. 


Poema escrito sin palabras                
Olvidé mi lapicera en el banco de una plaza. 
Volví a buscarla: alguien había dejado 
una hoja en blanco a modo de respuesta. 
¿Quién ideó esa provocación 
a mi provocación involuntaria?
¿O fue el azar que la trajo planeando en el aire?
Me miré en esa hoja lisa y muda. 
Debía de tener algo especial que decirme.
Yo no tenía nada para decirle a esa hoja. 
Era una pregunta y pedía una respuesta: 
la única posible fue dejar la lapicera sobre la hoja. 
Algo en la hoja se dio por aludido, fue evidente.
Pero un hecho después de otro hecho 
es una conversación: no demoré en volver.
Alguien había quebrado la lapicera 
y había dejado los pedazos sobre el papel. 
Hay conversaciones que no terminan nunca.


Vaca en un potrero                     

Me entiendo con los animales, 
algo en mí tiene ese condimento adicional, 
a veces refriego mi cabeza en la pared 
como el novillo crispado en los palos del corral. 
Hoy vi una vaca: ni arisca ni a la defensiva 
estaba echada en el potrero. 
La llamé por su nombre genérico 
y con ganas de hablar le pregunté cosas.
La vaca me miró: ¿quería decirme algo? 
Levantó su cola rabona, la sacudió en el aire 
y la dejó caer liviana y olvidada sobre la tierra.
De esa vaca, cualquiera podría pensar:
es alguien más que ya no cree en fábulas.

[inéditos]

Juan Carlos Moisés (Sarmiento, Chubut, Argentina, 1954)

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Foto: El Extremo Sur

domingo, junio 26, 2022

Juan Carlos Moisés / Díptico




Dalias y hojas de álamo

(Norte)

                                                a Buby y Elba

En Campo Quijano, Salta, visitamos la tumba
del poeta Joaquín Giannuzzi: cae una lluvia ligera,
es domingo, enfrente hay un partido de fútbol barrial.
Compramos un ramo de dalias a las mujeres
que venden flores en las puertas del cementerio.
Nos quedamos de pie recordando sus poemas.
Llegan los gritos animados de los jugadores
que se desahogan en una explosión de felicidad;
el lunes volverán callados al trabajo en las obras,
en la minera, en los puestos de venta callejera.
Cerramos los paraguas: nos sentimos
como las dalias sobre la placa de mármol
que se reaniman bajo el agua. Deja de llover.
Son varias las respuestas que nos da la poesía.
Lo pienso así: que las dalias “inclinadas
hacia el alambre de la cerca” reconocen los ojos
que las contemplaron y la voz que las nombró.
Las montañas al fondo permanecen inmutables.
¿Y qué dice el poeta de las dalias en este momento
en que la lluvia se ha callado y nada se ha callado?
“De pronto oscilan para crear el viento”. Es todo.


“Dalias”, Apuestas en lo oscuro, Joaquín Giannuzzi


(Sur)

Mastico una hoja de álamo de sabor fuerte,
picante, y recuerdo todo, todo, todo.
Hay un revuelo amplificado de la laguna
en medio del plaf plaf de patos y flamencos:
no sé quién corre a quién ni por qué motivo,
sólo que el sonido también es movimiento.
Llega, por rachas, el aroma de los membrillos,
la oleada de sudor de los caballos en el potrero,
el zumbido de los mosquitos en la alfalfa,
como si fuera posible ser eso y a la vez no serlo.
El que escribe es lo que escribe o no lo es:
lo saben estos pies que no tienen pensamientos
y sin embargo piensan, o estos pensamientos
que no tienen pies y sin embargo caminan.
Mucho que hacer tienen las palabras: mover
los árboles para que los árboles muevan al viento.

Juan Carlos Moisés (Sarmiento, Chubut, Argentina, 1954), El poeta que compraba palabras, inédito

sábado, junio 18, 2022

Juan Carlos Moisés / De "El viento que hay acá afuera"




Foto con águila mora                

El vecino atrapó un pichón guacho de águila 
mora en su campo de las sierras y ahora 
vive a resguardo en los fondos de su casa. 
¿A quién se le ocurre traer un águila
y ofrecerle una vida doméstica y familiar? 
Al vecino, que es la persona más buena 
que cualquiera se pueda imaginar.
La alimenta con carne cruda de oveja 
que el águila deshace con sus garras 
afiladas y su pico en forma de gancho. 
Con su plumaje gris oscuro, azulado,
el vientre blanco y el pecho negro, 
anda suelta en el patio durante el día. 
Creció con las alas recortadas, se la ve
corretear entre el deseo y la decepción. 
En uno de los intentos logró saltar 
el muro de allá y quedar parada 
en el muro de acá; asombrada posaba 
la mirada en cada uno de nosotros 
moviendo rápido su cabeza pequeña. 
Ni al acercarnos con la peligrosa tentación 
de la curiosidad logramos inquietarla; 
no se iba, no se quería ir, se encontraba 
a gusto en esa altura de privilegio. 
Alguien fue a la casa por la cámara de fotos, 
nos inclinamos para entrar en cuadro, 
unos en cuclillas, otros de rodillas. 
La imagen de apuro salió nítida: estamos 
posando a sus pies, el águila mora se ve 
sobre nuestras cabezas con las alas plegadas, 
como un dios que ha bajado los brazos.


Saber y no saber

“Entre no saber nada y saber lo que los otros
quisieron que supiera 
debí elegir lo primero”,  
Joaquín Giannuzzi, Historia nacional.
A la mañana digo saber y a la tarde no saber, 
no sé qué es esto y a veces no puedo saber 
qué es lo otro, por cosas así me siento 
una especie defectuosa de vagabundo mental, 
una manzana criolla cortada por la mitad, 
ni bromista amateur ni trágico profesional. 
Otros andan con un cuchillo en la cabeza 
y no se quejan: así que, JC, a otro lado 
con el lamento y a recorrer a pie los mil 
pormenores del camino, si no hay camino 
a elevarse unos centímetros del suelo y levitar,
y no es levitación lo que nos salva de lo real, 
como el día que manejé a 140 km x hora 
del pueblo a la ciudad a orillas del mar 
para ver a mi padre en terapia intensiva 
con infarto agudo de miocardio.

Sé y no sé lo que es un viaje, sé y no sé 
lo que es real en el movimiento. 
Siempre tengo la corazonada de que algo ocurre 
sin que lo sepa, o la inminencia, y nada más, 
de que algo va a ocurrir y vivir para eso. 

A la mañana digo saber y a la tarde me callo la boca. 
Cuando me pierdo, mi memoria es mi camino, 
pero no asegura nada, lo sigo como se pasa 
el dedo por un vidrio empañado.

Juan Carlos Moisés (Sarmiento, Chubut, Argentina, 1954)

El viento que hay acá afuera
, 
La Carta de Oliver, 
Buenos Aires, 2021









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sábado, julio 31, 2021

Juan Carlos Moisés / Tres poemas



Unos cañitos viejos de andador

Tirados al costado del camino
vimos unos cañitos viejos de andador
que hace varios años mecieron
a una vida pequeña que prometía.

Ahora están bajo las inclemencias
del tiempo; el herrumbre, aunque sigue
su curso implacable, tendrá que trabajar
mucho y sin descanso para terminar,
algún día, con esos pocos restos de materia.
Pienso, sin embargo, que a veces
ni siquiera las palabras duran tanto.

 
Este poema no es político

Este poema no es político.
La poesía que originalmente pudiera
tener este poema tampoco es política.
Pero la poesía que le falta
a este poema sí lo es: política.
Entonces, por acción y también por omisión,
debo admitirlo: este poema es político.


Mensaje subliminal

Al caer la tarde, cuando el día perdía impulso
oímos el canto del zorzal de patas anaranjadas.
Algo se equilibró en el lugar. Algo, sólo eso.
Nosotros callamos y el zorzal entusiasmado
siguió dando lata durante varias horas más.
Con el fin que fuera o con ninguno, se quería quedar.
Fue uno de esos momentos de mensaje subliminal
en que me puse a pensar en el modo sutil, ingenioso,
que vamos siendo mentados por el destino,
llamados a sus filas, compadecidos por él.

Juan Carlos Moisés (Sarmiento, Chubut, Argentina, 1954), "El jugador de fútbol y El viento que hay allá afuera", Op. Cit., diciembre 10, 2015

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viernes, diciembre 18, 2015

Juan Carlos Moisés / El poeta difunto A. G. (Partitura nro. 1 de J. S. B.)














En un suplemento cultural de 1991,
rescatado de una pila de cajas con diarios
que esperaban ser descartados, leo una nota
sobre la muerte de un escritor argentino
cuya poesía no había vuelto a visitar
generosamente desde entonces. Una
especie de cámara de vacío se crea alrededor,
en dor¬mit¬orios, pasillo, living, comedor,
mientras accedo al poema que acompaña
al artículo como flores en un velatorio.

Por la puerta entreabierta de la cocina
veo a mi mujer con manos de tostar el pan.
Del aparador baja un frasco de dulce
de damascos que esas mismas manos
cocinaron en el último verano. Los hijos
llenan los tazones de leche hasta el borde,
revuelven; es inevitable lo que rebalsa.
Preparo el mate, chupo y tiro en la pileta
el agua apenas tibia de los primeros sorbos.
El chorro de la canilla lava el fondo
verdoso del acero inoxidable de la bacha,
y cuando escurre veo duplicarse en el fondo
la imagen de una cara fotogénica que me
sorprende pero que no me resulta extraña.
Sin entrar en detalles ni presentación
—porque no hace falta—, el poeta difunto,
por ahora en silencio, se sienta a la mesa,
como si hubiera sido llamado especialmente
para degustar los distintos sabores ofrecidos.
J. S. B. no ha llegado ni sabemos si llegará,
pero su música, invocada en el poema,
no falla a la cita doble. El poeta difunto
golpetea con cuchillo y cucharita de té
sobre tazas, vasos, platitos, para sacarle
a la improvisación sonidos de la partitura.
Trescientos años después reinterpreta a su
modo la composición. Lo hace por contagio
y pide que no lo juzguemos por ese “juego”.
Lo hablamos con la boca llena, lo hacemos
tema de conversación; de a una las palabras
se encarrilan solas, verosímiles, como la lengua
familiar. Los hijos ríen por alguna ocurrencia
anterior y vuelven de ese lugar que ignoro
para estar, también, en dos lugares a la vez,
que ellos saben hacer sin excusas ni simulación.

En voz baja el poeta se trenza en una rencilla
personal con la experiencia. Y aunque eso de
quien habla no está muerto lo podemos dar
por cierto, le digo que a veces nuestro hablar
patina en burbujas de escarcha y las palabras
en el papel comienzan a tener una cadencia
enrarecida por el rigor excesivo de la forma.
—¿Hay algo más tentador que una lapicera
en reposo o una boca cerrada?
—A eso lo podemos llamar “salirse de la
vaina”, y es trabajo para los sentidos.
—Sí, hasta que una minucia o un descuido
dispara la primera flecha errática al blanco.
—De pronto su poema me hace pensar
en las planchas de hielo que vimos en junio,
desprendidas, golpeándose por el oleaje
del Musters. Dalmacio González nos había
dicho una vez que en las mañanas soleadas
de invierno esa visión era música para los oídos
recordando los años jóvenes cuando trabajaba
de puestero en un campo lindero con el lago;
y basta decirlo para que vuelvan a tener
existencia aquellos sonidos inconfundibles.
—Las cosas deben estar en la mente y la mente
en las cosas para que eso que tiene que ser sea.
—Usted quiere decir que la poesía no es antes
de ser, como le pasó a su poema antes de
haberse encontrado a solas con esa música.
—Con todo, algo o nada, hay que machacar
cada vez sobre lo mismo, hacer del poema
poesía. ¿Se puede entenderlo de otro modo?
—Además de todo, algo o nada, su escritura
se puede leer como una ideología de la forma.
—Ideas sí, como prefiera, atadas a las palabras.
Pero no pase por alto la forma de la acción,
como hace un boxeador en defensa y en ataque.
—Una mente haciendo guantes con las ideas.
—También, otra posibilidad no menos valedera
(quiero decir valiente), podría ser: Ideas no.
—A ver: ¿También ideas no sin los hechos?
—En poesía los hechos no existen sin las
palabras. Sólo puedo proponerme obrar
con el poema. Es una regla, una ley de uso
que no me previene de nada, sólo me vuelve
una persona más curiosa, inmiscuida, tirando
del hilo hasta que el hilo… se corta o no.
Ahora le pido que me hable de nuevo de los
sonidos musicales que oían en el lago helado,
el agua pujando desde abajo. Quiero saber
lo que resulta, en mi percepción de su relato,
de esas planchas laminadas cuando al romperse
friccionan, rozan, se arrugan, dan rienda suelta
a notas como las que reconocí tan cercanas
al sentido de las palabras en la “Partitura n° 1
de J. S. B.”, que motivó la escritura del poema.

No sé si lo que hablamos es o no es ajeno
a la masa horneada de lo que resta
del bizcochuelo con pasas y manzanas
cortadas del árbol asomado a la ventana
del que dientes, lengua y paladar han
dado cuenta. En el mantel sólo quedan
migas, partes desprendidas del todo
que pronto volverán a reunirse en el fondo
de la bolsa de residuos. Me parece irreal
que se pudiera sentir la tensión en el cuerpo,
mientras el momento se prolonga como una
tecla pulsada al azar. Es que no esperábamos
este encuentro de nombres que sabemos
dispersos, distantes, hasta que un hecho fortuito
y un recuerdo triste y particular los reúne.

Llega la hora de levantar la mesa, lavar
la vajilla, sacudir el mantel en el patio de atrás,
y como si nada hubiera pasado en el día
ir cada uno a lo suyo porque la vida,
como la conocemos, pide seguir.

Juan Carlos Moisés (Sarmiento, Chubut, Argentina, 1954), El jugador de fútbol, La Carta de Oliver, Buenos Aires, 2015
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Foto: s/d

jueves, mayo 22, 2014

Juan Carlos Moisés / La otra cara interesante











De acuerdo; si decís que tengo
la cara de un viejo perro cansado
no lo niego,
pero a cada uno lo suyo.

Cuando el turno te llegue
de nada servirá mirar para otro lado,
tus ojos abiertos estarán ahí
para hacerse cargo
de esa otra cara interesante
que te tienen reservada
en algún lugar seguro
y que en el momento adecuado
te ofrecerán como un trofeo
que nadie intenta rehusar,
ni yo mismo
cuando me fuera ofrecida
en lo alto del podio.

(De Animal teórico, 2004)

Juan Carlos Moisés (Sarmiento, Chubut, 1954), Una antología de la poesía argentina (1970-2008), por Jorge Fondebrider, Editorial Lom, Santiago de Chile, 2008
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Foto: s/d

lunes, enero 29, 2007

Juan Carlos Moisés / De "El manzano"





(Fragmento)


No quedan dudas, el manzano
está aquí, diseñado minuciosamente,
medido y premeditado,
ajeno a cualquier ligereza
de la imaginación.
Las ramas gruesas ciñen por dentro
una estructura, y las finas, alrededor,
actúan zumbonas pero equidistantes.
El tronco levemente curvado amenaza
con una imperfección,
sin embargo es un rasgo que lo hace real
y evita que se lo confunda
con una espontánea efusión de la mente.
Ahora, vacío de fronda, algunos pajaritos
simulan hojas que resisten:
hojas que trinan en todo caso
y que no tardan en volar,
porque la belleza está de paso,
insostenible para el que observa
e irremediable para quien, también,
apenas se sostiene en su verdad.

Juan Carlos Moisés (Sarmiento, Chubut, 1954), Museo de varias artes, Ediciones El Camarote, Viedma, 2006

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Foto: Juan Carlos Moisés, niño NCO