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viernes, marzo 21, 2025

Cesare Pavese / Crepúsculo de areneros



Las barcazas remontan despacio, a pulso, pesadas;
casi inmóviles, espuman la viva corriente.
Es ya casi de noche. Aisladas, se detienen:
se debate y estremece la pala bajo el agua.
De hora en hora, otras barcas han llegado hasta aquí.
Muchos cuerpos de mujer han cruzado en el sol
sobre esta agua. Han bajado al agua o saltado a la orilla
a debatirse en pareja, alguna, sobre la hierba.
En el crepúsculo, el río está desierto. Dos o tres areneros
han bajado, con el agua hasta la cintura, y excavan el fondo.
El gran frío en las ingles agota y adormece las espaldas.

Aquellas mujeres no son más que un blanco recuerdo.
Las barcazas en la oscuridad descienden, pesadas de arena,
sin un corcovo, rasantes: hay un hombre sentado
en cada punta y un grano de fuego les arde en la boca.
Cada par de brazos trajina su remo,
una tibieza desciende sobre las piernas agotadas
y lejos se encienden las luces. Desaparecieron las mujeres
que a la mañana llevaban en las barcas, tendidas,
mientras que un joven, parado en la punta, remaba sudando.
Eran bellas esas mujeres: alguna descendía,
semidesnuda y desaparecía riendo con algún compañero.
Cuando cualquier atolondrado venía a buscar pelea,
los areneros levantaban la cabeza y la injuria moría
sobre la mujer acostada, como si estuviese ya desnuda.
Ahora vuelven los estremecimientos, entrevistos en la hierba,
a ocupar el silencio. Y cada cosa se concentra
en la punta de fuego, que vive. Ahora el ojo
se pierde en el humo invisible que sale de la boca
y las piernas recuperan el empujón de la sangre.

A la distancia, sobre el río, cintilan las luces
de Turín. Dos o tres areneros ha encendido,
sobre la proa, el fanal, pero el río está desierto.
La fatiga del día querría adormecerlos
y sus piernas están casi destruidas. Alguno no piensa
sino en atracar la barcaza y caer sobre la cama
y comer en el sueño, quizá soñando.
Pero alguno vuelve a ver aquellos cuerpos en el sol
y tendrá aún la fuerza de ir a la ciudad, bajo las luces,
a buscar, riendo, entre la muchedumbre que pasa.

Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, Italia, 1908 - Turín, Italia, 1950), "Trabajar cansa", Poesía completa, traducción de Jorge Aulicino, Barnacle, Buenos Aires, 2025

Más poemas de Cesare Pavese en Otra Iglesia Es Imposible
Una selección de poemas de Pavese en italiano en Avamposto
Una introducción a los poemas de Pavese en Op. Cit.


Crepuscolo di sabbiatori

I barconi risalgono adagio, sospinti e pesanti;
quasi immobili, fanno schiumare la viva corrente.
È già quasi la notte. Isolati, si fermano:
si dibatte e sussulta la vanga sott'acqua.
Di ora in ora, altre barche son state fin qui.
Tanti corpi di donna han varcato nel sole
su quest'acqua. Son scese nell'acqua o saltate alla riva
a dibbatersi in coppia, qualcuna, sull'erba.
Nel crepuscolo, il fiume è deserto. I due o tre sabbiatore
sono scesi con l'acqua alla cintola e scavano il fondo.
Il gran gelo dell'inguine fiacca e intontisce le schiene.

Quelle donne non sono che un bianco ricordo.
I barconi nel buio discendono grevi di sabbia,
senza dare una scossa, radenti: ogni uomo è seduto
a una punta e un granello di fuoco gli brucia alla bocca.
Ogni paio di braccia strascina il suo remo,
un tepore discende alle gambe fiaccate
e lontano s'accendono i lumi. Ogni donna è scomparsa,
che il matino le barche portavano stesa
e che un giovane, dritto alla punta, spingeva sudando.
Quelle donne eran belle: qualcuna scendeva
seminuda e spariva ridendo con qualche compagno.
Quando un qualche inesperto veniva a cozzare,
sabbiatori levavano il capo e l'ingiuria moriva
sulla donna distesa come fosse già nuda.

Ora tornano tutti i sussulti, intravisti nell'erba,
a occupare il silenzio e ogni cosa s'accentra
sulla punta di fuoco, che vive. Ora l'occhio
si smarrisce nel fumo invisibile ch'esce di bocca
e le membra ritrovano l'urto del sangue.

In distanza sul fiume, scintillano i lumi
di Torino. Due o tre sabbiatori hanno acceso
sulla prua il fanale, ma il fiume è deserto.
La fatica del giorno vorrebbe assopirli
e le gambe son quasi spezzate. Qualcuno non pensa
che a attracare il barcone e cadere sul letto
e mangiare nel sonno, magari sognando.
Ma qualcuno rivede quei corpi nel sole
e avrà ancora la forza di andare in città, sotto i lumi,
a cercare ridendo tra la folla che passa.
---

jueves, febrero 06, 2025

Cesare Pavese / Un recuerdo




No hay hombre que llegue a dejar una marca
sobre ella. Cuanto ha sido, se disipa en un sueño,
como la calle en una mañana, y sólo queda ella.
Si no fuese rozada la frente por un instante,
parecería perpleja. Sonríen las mejillas,
cada vez.

Ni siquiera se acumulan los días
sobre su mirada para cambiar la sonrisa ligera
que irradia hacia las cosas. Con dura firmeza
hace cada cosa, pero parece siempre la primera vez;
sin embargo vive hasta el último instante. Se entreabre
su sólido cuerpo, su mirada ensimismada,
a una voz acallada y un poco ronca: una voz
de hombre cansado. Y ningún cansancio la toca.

Al mirarle la boca, entorna la mirada
esperando: ninguno osaría un arrebato.
Muchos hombres saben de su ambigua sonrisa
o de la arruga imprevista. Si hubo ese hombre
que la supo gimiente, humillada de amor,
paga día tras día, ignorando por quién
ella vive este presente.

Sonríe a solas
la sonrisa más ambigua caminando por la calle.

[octubre de 1935]  

Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo,  Italia, 1908-Turín, Italia, 1950), 


"Trabajar cansa"
Poesía completa
Traducción de Jorge Aulicino
Barnacle
Buenos Aires, 2025








Más poemas de Cesare Pavese en Otra Iglesia Es Imposible
Una selección de poemas de Pavese en italiano en Avamposto
Una introducción a los poemas de Pavese en Op. Cit.


Un ricordo

Non c'è uomo che giunga a lasciare una traccia
su costei. Quant'è stato dilegua in un sogno
come via in un mattino, e non resta che lei.
Se non fosse la fronte sfiorata da un attimo,
sembrerebbe stupita. Sorridono le guance
ogni volta.


Nemmeno s'ammassano  i giorni
sul suo viso, a mutare il sorriso leggero
che si irradia alle cose. Con dura fermezza
fa ogni cosa, ma sembra ogni volta la prima:
pure vive fin l'ultimo istante. Si schiude
il suo solido corpo, il suo sguardo raccolto
a una voce sommessa e un po' rauca: una voce
d'uomo stanco. E nessuna stanchezza la tocca.


A fissarle la bocca, socchiude lo sguardo
in atessa: nessuno può osare uno scatto.
Molti uomini sanno il suo ambiguo sorriso
o la ruga improvvisa. Se quell'uomo c'è stato
che la sa mugolante, umiliata d'amore,
paga giorno per giorno, ignorando di lei
per chi viva quest'oggi.

Sorride da sola
il sorriso più ambiguo camminando per strada.

[ottobre 1935]
---
Foto: Cesare Pavese. playas de Varigotti, región de la Liguria, década del '40 Mondadori /Getty Images

miércoles, enero 22, 2025

Cesare Pavese / Encuentro




Estas duras colinas que han hecho mi cuerpo
y lo sacuden con tantos recuerdos, me han abierto el prodigio
de ella, que no sabe que la vivo y no llego a comprenderla.

La encontré una noche: una mancha muy clara
bajo las estrellas ambiguas, en la neblina de verano.
Había alrededor el olor de estas colinas
más profundo que la sombra, y de repente sonó,
como salida de estas colinas, una voz más limpia,
y áspera a la vez, una voz de tiempos perdidos.

Alguna vez la veo, vívida delante,
definida, inmutable, como un recuerdo.
Nunca pude aferrarla: su realidad
cada vez se me escapa y me lleva lejos.
Si es bella no lo sé. Entre las mujeres es joven:
me sorprende al pensarla un recuerdo remoto
de la infancia vivida entre aquellas colinas,
tan joven es. Es como la mañana. Me trae en los ojos
todos los cielos lejanos de aquellas mañanas remotas.
Y tiene en los ojos un propósito firme: la luz más limpia
que haya tenido jamás el alba sobre estas colinas.

La he creado desde el fondo de todas las cosas
que me son más queridas y no llego a comprenderla.

[8 - 15 de agosto de 1932]

Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, Italia, 1908-Turín, Italia, 1950)

"Trabajar cansa",
Poesía completa,
Traducción de Jorge Aulicino
Buenos aires 2025







Más poemas de Cesare Pavese en Otra Iglesia Es Imposible
Una selección de poemas de Pavese en italiano en Avamposto
Una introducción a los poemas de Pavese en Op. Cit.


Incontro

Queste dure colline che han fatto il mio corpo
e lo scuotono a tanti ricordi, mi han schiuso il prodigio
di costei, che non sa che la vivo e non riesco a comprenderla.

L’ho incontrata, una sera: una macchia più chiara
sotto le stelle ambigue, nella foschìa d’estate.
Era intorno il sentore di queste colline
più profondo dell’ombra, e d’un tratto suonò
come uscisse da queste colline, una voce più netta
e aspra insieme, una voce di tempi perduti.

Qualche volta la vedo, e mi vive dinanzi
definita, immutabile, come un ricordo.
Io non ho mai potuto afferrarla: la sua realtà
ogni volta mi sfugge e mi porta lontano.
Se sia bella, non so. Tra le donne è ben giovane:
mi sorprende, a pensarla, un ricordo remoto
dell’infanzia vissuta tra queste colline,
tanto è giovane. È come il mattino. Mi accenna negli occhi
tutti i cieli lontani di quei mattini remoti.
E ha negli occhi un proposito fermo: la luce più netta
che abbia avuto mai l’alba su queste colline.

L’ho creata dal fondo di tutte le cose
che mi sono più care, e non riesco a comprenderla.
---
Imagen superior: De la tapa de Poesía completa, retrato de perfil de Cesare Pavese, por Merlina H. Cisnero, basado en las fotos de prontuario del autor durante su confinamiento en un pueblo de Calabria en la década de los 30 del siglo pasado.

martes, julio 16, 2024

Cesare Pavese / La cena triste



Justo bajo el emparrado, comida la cena.
Allí abajo hay agua, que corre mansa.
Callamos, escuchando y mirando el sonido
que hace el agua al pasar por el surco de luna.
Esta demora es la más dulce.

La compañera, que se demora,
parece que aún muerde ese racimo de uva,
tan viva tiene la boca; y el sabor perdura,
como el amarillo lunar, en el aire. Las miradas, en la sombra,
tienen la dulzura de la uva, pero los sólidos hombros
y las mejillas quemadas encierran todo el verano.

Han quedado uva y pan sobre la mesa blanca.
Las dos sillas se miran de frente desiertas.
Quién sabe qué cosas alumbra el surco de luna,
con esa luz, dulce, en los bosques remotos.
Puede suceder, antes del alba, que un soplo más frío
apague luna y vapores, y alguien aparezca.
Una débil luz  mostraría la garganta
sobresaltada y las manos febriles cerrándose
vanamente sobre la comida. Se sobresalta el agua,
pero en la oscuridad. Ni la uva ni el pan se han movido.
Los sabores atormentan a la sombra famélica
que no llega ni siquiera a lamer, sobre el racimo,
el rocío que ya se condensa. Y, cada cosa goteando
bajo el alba, las sillas se miran solas.
A veces, a la orilla del agua un aroma,
como de uva, de mujer, se estanca sobre la hierba,
y la luna fluye en silencio. Aparece alguien,
pero atraviesa las plantas incorpóreo, y se queja
con el gemido ronco de quien no tiene voz,
y se tiende sobre la hierba y no encuentra la tierra:
sólo le tiembla la nariz. Hace frío, en el alba,
y apretar un cuerpo sería la vida.
Más difusa que el amarillo lunar, que tiene horror
de filtrarse en los bosques, es esta ansia inagotable
de contactos y sabores que macera a los muertos.
Otras veces, en el suelo, los atormenta la lluvia.

Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, Italia, 1908 - Turín, Italia, 1950), Trabajar cansa. Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, Griselda García Editora, Ediciones del Dock, Cartografías, Buenos Aires, 2018
Versión de Jorge Aulicino


La cena triste

Proprio sotto la pergola, mangiata la cena.
C'è lí sotto dell'acqua che scorre sommessa.
Stiamo zitto, ascoltando e guardando il rumore
che fa l'acqua a passare nel solco di luna.
Quest'indugio è il più dolce

La compagna, che indugia,
pare ancora che morda quel grappolo d'uva
tanto ha viva la bocca; e il sapore perdura,
come il giallo lunare, nell'aria. Le occhiate, nell'ombra,
hanno il dolce dell'uva, ma le solide spalle
e le guance abbrunite rinserrano tutta l'estate.

Son rimasti uva e pane sul tavolo bianco.
Le due sedie si guardano in faccia deserte.
Chissà il solco di luna che cosa schiarisce,
con quel suo lume, dolce, nei boschi remoti.
Può accadere, anzi l'alba, che un soffio più freddo
spegna luna e vapori, e qualcuno compaia.
Una debole luce ne mostri la gola
sussultante e le mani febbrili serrarsi
vanamente sui cibi. Continua il sussulto dell'acqua,
ma nel buio. Né l'uva né il pane son mossi.
I sapori tormentano l'ombra affamata,
che non riesce nemmeno a leccare sul grappolo
la rugiada che già si condensa. E, ogni cosa stillando
sotto l'alba, le sedie si guardano, sole.
Qualche volta alla riva dell'acqua un sentore,
come d'uva, di donna ristagna sull'erba,
e la luna fluisce in silenzio. Compare qualcuno,
ma traversa le piante incorporeo, e si lagna
con quel gemito rauco di chi non ha voce,
e si stende sull'erba e non trova la terra:
solamente, gli treman le nari. Fa freddo, nell'alba,
e la stretta di un corpo sarebbe la vita.
Più diffusa del giallo lunare, che ha orrore 
di filtrare nei boschi, è quest'ansia inesauta
di contatti e sapori che macera i morti.
Altre volte, nel suolo li tormenta la pioggia.

Poesie, Mondadori, Verona, 1969
---
Foto: Cesare Pavese, 1950 

miércoles, marzo 06, 2024

Cesare Pavese / Revelación



El hombre solitario vuelve a ver al muchacho de magro
corazón absorto en escrutar a la mujer que ríe.
El muchacho alzaba la mirada hacia aquellos ojos,
cuyas rápidas miradas se estremecían, desnudas
y distintas. El muchacho recogía un secreto
en aquellos ojos, un secreto como el regazo escondido.

El hombre solitario oprime en el corazón el recuerdo.
Los ojos ignotos ardían como arde la carne,
vivos de una húmeda vida. La dulzura del regazo,
palpitante de cálida ansiedad, se traslucía
en aquellos ojos. Brotaba angustioso el secreto,
como una sangre. Cada cosa se volvía tremenda
en la luz tranquila de las plantas y del cielo.

El muchacho lloraba en la noche tranquila
raras lágrimas mudas, como si ya fuese hombre.
El hombre solitario encuentra bajo el cielo remoto
esa mirada contenida que la mujer pone
sobre el muchacho. Y ve aquellos ojos y aquel rostro
recomponerse tranquilos en una sonrisa habitual.

Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, 1908-Turín, 1950), "Lavorare stanca" (1936, 1943), Poesie, Mondadori, Verona, 1969; Trabajar cansa. Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, Griselda García, Del Dock, Cartografías, Buenos Aires, 2018
Versión de Jorge Aulicino


Rivelazione

L'uomo solo rivede il ragazzo dal magro
cuore assorto a scrutare la donna ridente.
Il ragazzo levava lo sguardo a quegli occhi,
dove i rapidi sguardi trasalivano nudi
e diversi. Il ragazzo raccoglieva un segreto
in quegli occhi, un segreto come il grembo nascosto.

L'uomo solo si preme nel cuore il ricordo.
Gli occhi ignoti bruciavano como brucia la carne,
vivi d' umida vita. La dolcezza del grembo
palpitante di calda ansietà traspariva
in quegli occhi. Sbocciava angoscioso il segreto
come un sangue. Ogni cosa era fatta tremenda
nella luce tranquilla delle piante e il cielo.

Il ragazzo piangeva nella sera sommessa
rade lacrime mute, come fosse già uomo.
L'uomo solo ritrova sotto il cielo remoto
quello sguardo raccolto che la donna depone
sul ragazzo. E rivede quegli occhi e quel volto
ricomporsi sommessi al sorriso consueto.

---
Foto: El perfil de Cesare Pavese en la ficha policial de su arresto y confinamiento en Calabria, 1935

martes, enero 09, 2024

Cesare Pavese / Leña verde




(A Massimo)


El hombre quieto tiene delante colinas en la oscuridad.
Mientras estas colinas sean de tierra, los aldeanos
deberán zaparlas. Las mira fijo, y no ve,
como el que cierra los ojos en prisión, bien despierto.
El hombre quieto -que estuvo en prisión- mañana regresa
al trabajo con algunos compañeros. Esta noche, está él solo.

Las colinas le saben a lluvia: es el olor remoto
que a veces llegaba a la prisión con el viento.
A veces, llovía en la ciudad: un abrirse de par en par,
del aliento y la sangre, a la calle liberada.
La prisión bebía la lluvia, en prisión la vida
no terminaba, a veces se filtraba también el sol:
los compañeros esperaban y el futuro esperaba.

Ahora está solo. El olor increíble de tierra
le parece salido de su propio cuerpo, y recuerdos remotos
-él conoce la tierra- lo atan al suelo,
a ese suelo real. No sirve pensar
que la zapa, los aldeanos, la clavan en la tierra
como en un enemigo, y que se odian a muerte,
como muchos enemigos. Tienen, sin embargo, una dicha
los aldeanos: ese pedazo de tierra labrado.
¿Qué importan los otros? Mañana, las colinas
estarán bajo el sol, y cada uno en la suya.

Los compañeros no viven en las colinas,
nacieron en la ciudad, donde en vez de hierba
hay rieles. A veces, lo olvida también él.
Pero el olor de tierra que llega a la ciudad
ya no sabe a aldeanos. Es una larga caricia
que hace cerrar los ojos y pensar en los compañeros
en prisión, en la larga prisión que espera.

Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, Italia, 1908-Turín, Italia, 1950), "Lavorare stanca" (1936, 1943), Trabajar cansa. Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, Griselda García Editora, Del Dock, Cartografías, Buenos Aires, 2018
Versión de Jorge Aulicino

Poemas de Cesare Pavese por Jorge Aulicino en Otra Iglesia Es imposible


Legna verde

(a Massimo)

L'uomo fermo ha davanti colline nel buio.
Fin che queste colline saranno di terra,
i villani dovrano zapparle. Le fissa e non vede,
come chi serra gli occhi in prigione ben sveglio.
L'uomo fermo -che è stato in prigione- domani riprende
il lavoro coi pochi compagni. Stanotte è lui solo.

Le colline gli sanno di pioggia: è l'odore remoto
che talvolta giungeva in prigione nel vento.
Qualche volta pioveva in città: spalancarsi
del respiro e del sangue alla libera strada.
La prigione pigliava la pioggia, in prigione la vita
non finiva, talvolta filtrava anche il sole:
i compagni attendevano e il futuro attendeva.

Ora è solo. L'odore inaudito di terra
gli par sorto del suo stesso corpo, e ricordi remoti
-lui conosce la terra- constringerlo al suolo,
a quel suolo reale. Non serve pensare
che la zappa i villani la picchiano in terra
como sopra un nemico e che si odiano a morte
come tanti nemici. Hanno pure una gioia
i villani: quel pezzo di terra divelto.
Cosa importano gli altri? Domani nel sole
le colline saranno distese, ciascuno la sua.

I compagni non vivono nelle colline,
sono nati in città dove invece dell'erba
c'è rotaie. Talvolta lo scorda anche lui.
Ma l'odore di terra che giunge in città
non sa piú di villani. È una lunga carezza
che fa chiudire gli occhi e pensare ai compagni
in prigione, alla lunga prigione che attende.

--- 
Imagen: Cesare Pavese durante la entrega de los premios Strega, 1950

lunes, septiembre 05, 2022

Cesare Pavese / El tiempo pasa



Aquel viejo astuto una vez, sentado en la hierba,
esperaba que el hijo volviese con el pollo
mal acogotado, y le daba dos cachetazos. Por el camino
-caminaba al alba sobre aquellas colinas-
le explicaba que el pollo se acogota con la uña
-entre los dedos- del pulgar, sin ruido.
En el crepúsculo fresco marchaban bajo las plantas
repletas de fruta y el muchacho llevaba
sobre el hombro un zapallo amarillento. El viejo decía
que en los campos los víveres son de quien los precisa,
tanto es así que bajo techo no crecen. Mirar bien
alrededor, primero, y después elegir con calma la uva más negra
y sentarse a la sombra y no moverse hasta que uno está lleno.

Hay quien come pollo en la ciudad. Por las calles
no se encuentran los pollos. Se encuentra al vejestorio
-todo lo que queda de aquel viejo astuto-
que, sentado en una esquina, mira a los que pasan
y, cuando quieren, le tiran dos monedas. No abre la boca
el vejestorio: decir siempre una cosa da sed,
y en la ciudad no se encuentran barriles que derramen,
ni en octubre ni nunca. Está el mostrador del cantinero
que tiene hedor a mosto, especialmente de noche.
En otoño, de noche, el viejo camina
pero no tiene más zapallo, y las puertas humosas
de las cantinas arrojan borrachos que barbotean solos.
Es una gente que bebe solamente de noche
(desde la mañana lo piensan) y así se emborracha.
El vejestorio, de joven, bebía tranquilo;
ahora, solo de husmear le baila la barba:
hasta que le planta el bastón entre los pies a un ebrio
que cae a tierra. Lo ayuda a alzarse, le vacía los bolsillos,
(a veces al ebrio le sobra alguna cosa),
y a los dos los tiran afuera de la taberna humosa,
incluido él, que canta, que riñe,
y que quiere el zapallo y tenderse bajo la vid.

Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, Italia, 1908- Turín, Italia, 1950), Trabajar cansa. Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, Griselda García Editora, Del Dock, Cartografías, Buenos Aires, 2018
Versión de Jorge Aulicino


Foto: Una imagen de Cesare Pavese, que circula sin identificación, en este caso sometida a filtros fotográficos Paris Review

Il tempo passa

Quel vecchione, una volta, seduto sull' erba,
spettava che il figlio tornase col pollo
mal strozzato, e gli dava due schiaffi. Per strada
-camminavano all' alba su quelle colline- 
gli spiegava che il pollo si strozza con l' unghia
 -tra le dita- del police, senza rumore.
Nel crepuscolo fresco marciavan sotto le piante 
imbottiti di frutta e il ragazzo portava
sulle spalle una zucca giallastra. Il vecchione diceva
che la roba nei campi è di che ne ha bisogno
tant' è vero che al chiuso non viene. Guardarsi d' attorno
bene prima, e poi scegliere calmi la vite più nera
e sedersele all' ombra e non muovere che si è pieni.

C' è chi mangia dei polli in città. Per le vie
no si trovano i polli. Si trova il vecchiotto
-tutto ciò ch' è rimasto dell' altro vecchione-
che, seduto su un angolo, guarda i passanti
che, si vuole, gli getta due soldi. Non apre la bocca
il vecchiotto: a dir sempre una cosa, vien sete,
e in città non si trova le botti che versano
nè in ottobre nè mai. C' è la griglia dell' oste
che sa puzzo di mosto, specialmente la notte.
Nell' autunno, di notte, il vecchiotto cammina,
ma non ha più la zucca, e le porte fumose
delle tampe dàn fuori ubriachi che cianciano soli.
E una gente che beve soltanto di notte
(dal mattino ci pensa) e così si ubriaca.
Il vecchiotto, ragazzo, beveva tranquilo;
ora, solo annunsando, gli balla la barba:
fin que ficca il bastone tra i piedi a uno sbronzo
che va in terra. Lo aiuta a rialzarsi, gli vuota le tasche
(qualche volta allo sbronzo è avanzato qualcosa)
e alle due lo buttano fuori anche lui
dalla tampa fumosa, che canta, che sgrida
e che vuole la zucca e distendersi sotto la vite.

Mondadori, 1969

domingo, noviembre 03, 2013

Cesare Pavese / Después




















La colina está tendida y la lluvia la empapa en silencio.

Llueve sobre las casas: la breve ventana
se llenó de un verde más fresco y más desnudo.
La compañera estaba tendida conmigo: la ventana
estaba vacía, nadie miraba, estábamos desnudos.
Su cuerpo secreto camina a esta hora por la calle,
con su paso, pero el ritmo es más ligero; la lluvia
desciende con ese paso, tenue y fatigada.
La compañera no ve la muda colina
amodorrada en la humedad: va por la calle
y la gente que la choca no sabe.

Hacia la noche,
la colina es recorrida por retazos de niebla,
la ventana recibe también ese aliento. La calle
a esta hora está desierta; la solitaria colina
tiene una vida remota en el cuerpo más oscuro.
Yacíamos fatigados en la humedad
de dos cuerpos, amodorrados uno sobre el otro.

Una tarde más dulce, de sol tibio
y de colores frescos, la calle sería una gloria.
Es una gloria caminar por la calle, gozando
un recuerdo del cuerpo, todo difuso alrededor.

En las hojas de las avenidas, en el paso indolente de las mujeres,
en las voces de todos, hay un poco de la vida
que los dos cuerpos han olvidado, pero que es un milagro.
Como descubrir abajo, en el fondo de un camino, la colina
entre las casas, y mirarla y pensar que conmigo
la compañera la mira desde la breve ventana.
En la oscuridad se ha hundido la desnuda colina
y la lluvia murmura. No está la compañera
que se ha llevado su cuerpo dulce y la sonrisa.
Pero mañana bajo el cielo lavado del alba
la compañera saldrá por las calles, tenue
por su paso. Podremos encontrarnos, queriendo.

Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, 1908-Turín, 1950), "Lavorare stanca" (1936, 1943), Poesie, Mondadori, Verona, 1969
Versión de J. Aulicino

Dopo

La collina è distesa e la pioggia l'impregna in silenzio.

Piove sopra le case: la breve finestra
s'è riempita di un verde piú fresco e piú nudo.
La compagna era stesa con me: la finestra
era vuota, nessuno guardava, eravano ben nudi.
Il suo corpo segreto cammina a quest'ora per strada
con suo passo, ma il ritmo è piú molle; la pioggia
scende come quel passo, leggera e spossata.
La compagna non vede la nuda collina
assopita nell'umidità: passa in strada
e la gente che l'urta non sa.

Verso sera
la collina è percorsa da brani di nebbia,
la finestra ne accoglie anche il fiato. La strada
a quest'ora è deserta; la sola collina
ha una vita remota nel corpo piú cupo.
Giacevamo spossati nell'umidità
dei due corpi, ciascuno assopito sull'altro.

Una sera piú dolce, di tiepido sole
e di freschi colori, la strada sarebbe una gioia.
È una giogia passare per strada, godendo
un ricordo del corpo, ma tutto diffuso d'intorno.
Nelle foglie dei viali, nel passo indolente di donne,
nelle voci di tutti, c'è un po' della vita
che i due corpi han scordato ma è pure un miracolo.
E scoprire giú in fondo a una via la collina
tra le case, e guardarla e pensare che insieme
la compagna la guardi, dalla breve finestra.
Dentro il buio è affondata la nuda collina
e la pioggia bisbiglia. Non c'è la compagna
che ha portato con sé il corpo dolce e il sorriso.
Ma domani nel cielo lavato dall'alba
la compagna uscirà per le strade, leggera
del suo passo. Potremo incontrarci, volendo.