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lunes, octubre 03, 2022

Roberto Guareschi / De "Los gritos del agua"


Segunda noche
Gritos del agua


Carlos empezó a hablar ni bien llegó:

Hay un lugar en el fondo del país
donde estamos esperando 
sin esperanza y sin nombre
allá no hay tiempo hay silencio.
Somos fantasmas alaridos
flameando en un bosque líquido
como náufragos sin cielo y sin fondo
somos el agua de la ciudad 
continuamente reciclada y siempre oscura
agitamos el río y forzamos las mareas pero
cada vez menos gente escucha los gritos del agua.

Sentí ganas de consolarlo. Se quedó mirando el resplandor rojizo de la ciudad en el cielo. Me contó que había estado más de un año y medio en cautiverio en la escuela militar.

Una noche por semana 
nos reunían y leían una lista
quince o treinta
elegidos drogados casi muertos
en un avión que abre el buche y los vomita.
Vivíamos de a siete días.
Yo rezaba plegarias inventadas
apretado al rosario 
que me había dado una compañera
pero un miércoles dijeron mi nombre.
Esperé en fila frente a una puerta blanca 
como un consultorio 
sabía pero no quería creer.
Me desperté desnudo
en un piso de metal
con el cuerpo en declive al río
en un ruido de engranajes rotos.
Vi uniformes de fajina
y puños que querían borrarme
sentí que me alzaban 
me agarré a un borde
y se me rompieron los dedos.
Inmóvil en el aire
el agua voló hacia mí
abierta como una boca
y me envolvió en silencio. 
Perdí el cuerpo.
Lo vi irse con los brazos abiertos
no era una cruz 
era una flecha derivando
se disolvía en el río
buscando otros cuerpos en los poros del agua.

El río de la noche 
tiene el lomo de una bestia
y galopa en el fondo barroso
con el sudor blanco de los caballos.


Quinta noche
Combate

[Fragmento]

Me adelanté y le leí algo que traía anotado: 

Nuestra historia no tiene épica 
antes de empezar habíamos perdido.
El sueño se nos hizo polvo y miedo
y ya no había más remedio ni sentido.

Él:
Yo decidí seguír.
Cumplía las órdenes.
Mi primera arma fue una '45
que había sido de la cana.
La vi esperando mi mano 
sobre una mesa a campo abierto
una tarde en un polígono de tiro
traía el miedo de la muerte. 
Apunté. A cada disparo se alzaba
quería soltarse
pero cuando cayó el sol 
yo ya sabía sujetarla 
y recuperar el blanco en la mira.
Ninguna otra arma que usé 
fue tan íntima.
Con esa lo bajé al conscripto.

Yo:
Estoy anotando.

Él:
Hacete la imagen de un pueblo
a la hora de la siesta
suenan tiros
en las casas explota el aire
estancado en las piezas
y sólo queda el miedo vibrando.
Un criollito conscripto grita Viva la patria
despierta al regimiento 
y ya no hay Victoria siempre
nos cagan a balazos. 
Viva la patria carajo gritó el conscripto y tiraba.
Cambié la pistola de mano 
(no tenía ángulo de tiro)
y le apunté a esa rabia;
la bala le entró en un ojo y le arrancó la oreja
el otro ojo quedó abierto de sorpresa.
Corrí entre planos de luz 
iba en el aire 
animal sin muerte
las balas me zumbaban
quebraban las hojas
me abrían camino.
Un compañero se me cruza.
José (era chofer de un ómnibus escolar)
sangra se va agarrando las ingles patina
en la grava cae me mira
con una pregunta en los ojos
que todavía no pude descifrar.
Héctor (abogado laboralista)
avanzó hacia el polvorín
con una granada en la mano
inexplicablemente llegó
estaba lleno de heridas 
chocó contra una ventana
como un espejo que le mentía el cielo.
La granada le explotó en la mano
explotó el polvorín
y las llamas se tragaban el aire.
Elsa (criaba chinchillas
con su marido en una casa franca)
corrió hacia el casino de oficiales 
iba derecho a una bala
como un pájaro que va a iniciar el vuelo así
juntó las clavículas
y cayó de boca con un agujero en el pecho.
Los milicos se animaron
eran una correntada 
vi que iba a morir 
y me quedé clavado en el piso.
Tuve que hacer mucha fuerza para salirme de eso.
El parte de guerra dice retirada
vos poné desbande.

Roberto Guareschi (Buenos Aires, 1945)

Los gritos del agua
,
Ediciones del Dock,
Buenos Aires, 2022









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Foto: Roberto Guareschi/Facebook

viernes, julio 03, 2020

Roberto Guareschi / Nonna Sabina

















Buscaba tu infancia
en un caserío de Parma
como me habías pedido.
Salí de la autopista por un camino
de antiguos tambos como el de tus padres
abajo el establo con las vacas
arriba la familia amontonada contra el frío,
cristianos desconfiados de Dios
pero capaces de viajar horas enteras
devotos en bicicleta
cada vez que una ópera de Verdi
llegaba a la ciudad.

Una carta tuya
me había precedido.
Tu hermana Ubaldina
trabajó todo el día
anterior a mi llegada
hizo brillar la casa para mí
y se fue agotada a la cama.
Me había visto crecer
en las fotos que vos mandabas
y ella ponía bajo el vidrio de la cómoda.
Yo estaba condensado allí
poseído por ella
atribuído a sus linajes
esa era una vida mía paralela,
testimonio de la tuya.

Pasé casas con jardines chiquitos
a la calle y frentes oscuros
verdeados de humedad.
Encontré la de Ubaldina.
Había mucha gente en la puerta
era invierno pero estaba todo abierto
entonces una certeza me encogió
y me apuré entre abrigos oscuros
olor a cigarrillo y perfumes dulces
hasta el dormitorio.
Ahí estaba tu hermana
la velaban sobre un cobertor negro
que una vez fue lujoso
parecía una monjita embalsamada
su rosario blanco y su cara plácida
subían en la negrura
qué escena, nonna,
te imaginé diciéndome
con la erre gutural de los parmesanos
No tengas chucho, Rorro
morirse es sencillo.
Pero tu hermano Ricardo
que había vuelto trastornado de la guerra
me dijo en la oreja
La muerte te ha arruinado el viaje.

Parado allí,
nipote d'America
nieto de vos
recibí pésames y lágrimas
cobijado en tu dulce idioma
había entrado en tu historia
como a un río tibio y rápido.
De Remedios de Escalada
sur del Gran Buenos Aires a
Cannetolo di Fontanellato
provincia de Parma
en esa casita con mujeres
de ojos húmedos y labios secos
y hombres de ojos claros
replegados en un dolor
soy para siempre el nipote de Sabina
madre de Andrés
bisabuela de Clara y Franco
de Dante y de Vicente.
Nonna Sabina,
hermana de la muerta
y de otros doce campesinos
abajo y arriba
ida y vuelta
todos llevamos tus marcas
y las que vos recibiste.
Vamos y venimos
estamos
para siempre
y aunque un día
se vacíe el tiempo
nuestras marcas viajarán
en la próxima explosión del universo.

El cajón le quedaba grande a Ubaldina.
Cada vez que perdíamos el paso
los que la llevábamos a la iglesia,
yo sentía en el hombro la inercia y la blandura
de su cuerpo abandonado a la muerte,
su cuerpo íntimo en mi hombro.
Atrás venía todo el pueblo
en procesión al costado de la autopista
y hacía frío.

[inédito]

Roberto Guareschi (Buenos Aires, 1945)

Otra Iglesia Es Imposible - Ediciones del Dock - Los Andes - Infobae - TN

Foto: Roberto Guareschi/Facebook

miércoles, marzo 07, 2018

Roberto Guareschi / Victoria



He visto a los tipos más jodidos
un ansia fiera en la manera de mirar
posar para la historia
una tarde de verano en Roma
mojándose los pies en la Fontana dei Quattro Fiumi
calculan cuántos muertos necesita la Victoria
te mandan en aviones como féretros
y abrís los ojos colgado boca abajo
en una luz de cuarzo.
La Victoria se te ríe en la cara y te despide.

He visto a otros que daban lecciones
de coraje mártir cagarse de miedo
esperando en el retrovisor
al auto que parece inocente
y de pronto se eriza de armas
en cada ventanilla
o al camión de Juncadela
que se abre como boca
de ballena y te traga.

Y también he visto a Mariano clandestino
caminando por Florida
va a la muerte de cabeza     
botoneado
quiere saludarme
y la fatiga le pesa tanto
que pierde los brazos.
Tiene un papelito en los labios
lo escupe a mis pies
“este cuerpo pertenece al general sin cara
póngalo en un buzón
el destinatario pagará el franqueo“.
Típico de él.
Tiene en los ojos cicatrices blancas
donde estuvieron los hijos
sus zapatos rebalsan sangre
en la esquina de Charcas patina
se mete entre los autos
en la otra vereda lo espera un montón de tipos
disfrazados de un cuadro de Seguí.
La Victoria sonríe y se despide.

Roberto Guareschi (Buenos Aires, 1945), Románticos carnívoros, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2017

Ref:
Academia Nacional de Periodismo
Replicante
Nuez Moscada

domingo, mayo 31, 2015

Roberto Guareschi / La caza

 
   
        




                  
The page is printed.
                    Ted Hughes

Una noche capturé un zorro en mi cabeza.
Tenía nieve en el hocico
su aliento hacía vapor
y su mirada me envolvía tranquila y ausente
si podía sostenerla sin miedo y sin apuro,
si no se iba trotando con su inmensa cola.
Otra noche capturé una mujer.
Traía la electricidad de las tormentas
la envolvía el olor que anticipa la lluvia
a veces un miedo desnudo le temblaba en los ojos
no era fácil soportar tanto voltaje.
Ella no huía de mí:
me esperaba en la cama
con su pelo alborotado y su miedo
pero tenía un adiós
en la manera de poner el cuerpo
y en la voz angostada en la garganta.
Yo nunca hacía a tiempo:
cuando llegaba ya se había ido sin su cuerpo,
sólo me quedaba una tibieza
y la oscuridad de su pubis apenas entrevisto.
Pienso que se cansaba de esperarme.
Pobre: irse es fácil los primeros metros
después los escombros se amontonan a tu espalda.
¿Y yo? Quedarse atrás parece más sencillo
pero cada segundo lo pagás después con sangre.
Ahora estoy solo de la peor manera:
al zorro lo comieron mis desgracias
y ella no va a salir de mi cabeza.

[inédito]

Roberto Guareschi (Buenos Aires, 1945)