domingo, septiembre 22, 2019

Carlos Eduardo Jaramillo / Los amantes se despiden




















Los amantes se dejan
y no es el fin del mundo
descuidan aun la formalidad
   de la tristeza
   de las lágrimas
cada quien tiene prisa por volver a su vida
como si fuera asunto de reloj.
Es cierto amantes
todas las despedidas son así
se olvidan pronto o no se olvidan nunca
/ojalá no seas un zahir
ojalá no te me hagas inolvidable/
y el momento preciso ya no duele
como si un reflejo de la divinidad
nos tocara en sus cóncavos espejos
como un relámpago
   /Nadie soportaría la mirada
        del tiempo simultáneo
    de su propia existencia
    en los espejos de la eternidad/
Id en la gracia, amantes, id
en la ignorancia, id
en el olvido
Pero no pretendáis ya
   con arrogancia
ser felices.

Carlos Eduardo Jaramillo (Loja, Ecuador, 1932), Antología de la poesía ecuatoriana, selección y prólogo de Edwin Madrid, Ediciones Lom, Santiago de Chile, 2015

Ref.:
La Poeteca
Culturaylojanidad
Casa de la Cultura Ecuatoriana
Revista Omnibus
Festival Internacional de Poesía de Medellín
La Tierra de mis Juglares -Biblioteca Virtual
Pontificia Universidad Católica del Ecuador

Foto: Revista Omnibus

sábado, septiembre 21, 2019

Hilda Doolittle / De "La bailarina"













II

Adoro el arte;
ahora soy de la ciudad
de los pensadores y creadores de la sabiduría
y custodio como alguien venida de lejos
en una toga de plata;

no llevo una jarra de vino;

observo intensamente
como alguien afuera que tiene la respuesta;
alerta la inteligencia,
yo estoy aquí para reportar,
para decir esto es
o no es
Dios;

soy plenamente consciente,
soy perfectamente fría;

una muchacha toma la muñeca de su amante,
no me importa
(soy plenamente consciente de lo que haces,
qué semillas estás sembrando),
sé lo que esta joven piensa,
qué arrojo palpita en ese hombre viejo,
cómo ese demacrado soldado
que vino de la última guerra
siente la curación, eléctrica, en una varilla clara
donde debería haber un brazo;

nada está oculto
para mí;

si das un paso en falso,
te mato;
odio y no tengo miedo,
no puedes traicionarme,
no puedes traicionarnos,
no al Sol,
que es tu Señor;

ya que eres abstracta,
no cometes errores,
no mascullas palabras
en el ritmo que llevas,
el poema,
escrito en el aire.

Hilda Doolittle (Bethlehem, Estados Unidos, 1886–Zürich, Suiza, 1961)

"Uncollected and unpublished poems", 1912-1944,
Qué son las islas,
traducción de Tom Maver,
notas de Javier Galarza,
Llantén,
Buenos Aires, 2018






Ref.:
Llantén
Poetry Foundation
Op. Cit.
Eterna Cadencia
El Placard
Analytica del Sur
Otra Iglesia Es Imposible

Foto: H. D. (Hilda Doolittle) en Egipto, 1923  Frank Hudson Org

viernes, septiembre 20, 2019

Pablo de Rokha / de "Cosmogonía"













I
AUTORRETRATO DE ADOLESCENCIA

Entre serpientes verdes y verbenas,
mi condición de león domesticado
tiene un rumor lacustre de colmenas
y un ladrido de océano quemado.

Ceñido de fantasmas y cadenas,
soy religión podrida y rey tronchado,
o un castillo feudal cuyas almenas
alzan tu nombre como un pan dorado.

Torres de sangre en campos de batalla,
olor a sol heroico y a metralla,
a espada de nación despavorida.

Se escuchan en mi ser lleno de muertos
y heridos, de cenizas y desiertos,
en donde un gran poeta se suicida.


V
SURLANDIA MAR AFUERA

Puertos de barro triste y triste vino,
en donde el pobre es un manchón de herrumbre,
como la hembra preñada en el camino
o un pabellón entre la muchedumbre.

La Mar-Océano y su barco, el sino
canta del gran atleta y su costumbre
del beso colosal del potro andino
a quien no hay un volcán que lo deslumbre.

A cuchilla, a cebolla o a baraja
huele la faz marina y se desgaja
como una gran guitarra sollozando;

O enluta en llanto los campos mineros,
donde mordidos de hambre los obreros
son toda la nación que está acusando.


***

Mordido de canallas yo fui "el gran solitario
de las letras chilenas", guerrero mal herido,
arrastro un desgarrado corazón proletario
y la decisión épica de no caer vencido.

Sobre la patria arada de espanto, mi calvario
chorrea sangre humana y un sol despavorido
me va ciñendo el cuerpo de fuego extraordinario,
como un caballo de oro con el freno perdido.

Irreductible al látigo, salvaje e innumerable,
el instinto social me da el imponderable,
y descubro un subsuelo que el drama humano aprueba.

Con tu recuerdo, el hombro, mi rol específico,
y como andando solo, en ti me identifico,
fundo con tus cenizas una religión nueva.

Carlos Ignacio Díaz Loyola, Pablo de Rokha (Licantén, Chile, 1894-Santiago de Chile, 1968), "Cosmogonía", 1927, Epopeya del fuego. Antología, selección de Naín Nómez, Editorial Universidad de Santiago de Chile, 1995

Ref.:
Memoria Chilena
Escritores de Chile
El Amigo Piedra
Cine y Literatura
A Media Voz

Foto: Icarito

jueves, septiembre 19, 2019

Dante Alighieri / Infierno, Canto décimo


















Se encaminó por una secreta senda
entre los muros desa tierra y los martirios,
mi maestro, y yo detrás de sus espaldas.

"¡Oh virtud suma, que por infames círculos
me llevas", comencé, "tal como te place,
háblame, y satisface mis deseos.

"¿La gente que por los sepulcros yace
podré ver? Ya están levantadas
 las cubiertas y no hay quien las vigile."

Y él a mí: "Todas serán cerradas
cuando de Josafat aquí regresen
con los cuerpos que dejaron allá arriba.

"Su cementerio en esta parte tienen
con Epicuro todos sus secuaces,
que creen que el alma con el cuerpo muere.

"Pero la pregunta que me haces
pronto será aquí mismo satisfecha
y también el deseo que no dices."

Y yo: "Buen duca, nada tengo oculto
a ti en mi corazón, sino por decir poco,
y tú, no solo ahora, a ello me has dispuesto.

"Oh toscano, que por la ciudad del fuego
vivo vas así, hablando honesto,
te plazca detenerte en este sitio.

"Tu inflexión te hace manifiesto
de aquella noble patria nacido
a la cual, tal vez, fui muy pesado."

Súbitamente este cantar salió
de una de las arcas; por esto me arrimé,
temiendo, un poco más al duca mío.

Y él me dijo: "¿Qué haces? Date vuelta.
Mira allá a Farinata que se está derecho; *
de la cintura para arriba, todo lo verás."

Yo había ya mi mirada en la suya puesto;
y él se erguía con el pecho y con la frente
como si tuviese al infierno en gran desprecio.

Y las animosas manos del duca, ágiles,
me empujaron entre las tumbas hacia él,
diciendo: "No sean tus palabras imprudentes."

Tan pronto al pie de su tumba estuve
me miró un poco, y luego, casi desdeñoso,
me preguntó: "¿Quiénes fueron tus mayores?"

Yo, que era de obedecer deseoso,
no le recelé, más bien le dije todo;
por lo que las cejas levantó un poco,

para decir: "Fueron adversos fieramente
a mí, a mis primeros y a mi parte,
de suerte tal que los dispersé dos veces."

"Echados, volvieron desde todas partes",
yo le respondí a él, "una vez y otra;
los tuyos no aprendieron esas artes."

Entonces surgió a la vista descubierta
otra sombra, junto a esta, hasta el cuello;
creo que se sostenía arrodillada.

Miró a mi alrededor, como si tuviese
voluntad de ver si otros eran conmigo;
y luego que su sospechar fuera apagado,

llorando dijo: "Si por este ciego
presidio vas por la altura del ingenio,
¿mi hijo dónde está? ¿por qué no va contigo?"

Y yo a él: "No vengo por mí mismo:
el que espera allá, por aquí me lleva,
tal vez, el que tuvo en desdén tu Guido." **

Sus palabras y el modo de la pena
me habían de aquel el nombre dicho;
por eso fue tan plena la respuesta.

De súbito levantado, gritó: "¿Cómo
dijiste? ¿Él lo tuvo? ¿No vive ya?
¿No hiere la dulce luz sus ojos?"

Cuando observó alguna demora
que yo tuve en darle la respuesta,
supino cayó y ya no se alzó fuera.

Pero aquel otro magno en cuya posta
me había detenido, no mudó de aspecto,
no movió el cuello ni torció su costa;

y continuando el diálogo primero,
"Si  tienen aquel arte", dijo, "mal sabido ,
eso me atormenta más en este lecho.

"Pero no cincuenta veces encendido
será el rostro de la dama que aquí reina, ***
que el peso de ese arte habrás probado. ****

"Y así nunca al dulce mundo vuelvas,
dime, ¿por qué es tan impío ese pueblo
con los míos, en cada una de sus normas?"

Y yo a él: "La vejación y el exterminio
que hicieron el Arbia colorar de rojo,
tal oración ordena en nuestro templo."

Luego que moviera la cabeza suspirando,
"A eso no fui solo", dijo, "y por cierto,
no sin razón me he movido con los otros.

"Pero estuve solo allá, donde aprobaron
todos que Florencia fuera devastada,
y la defendí a rostro descubierto."

"¡Ah, tenga reposo tu descendencia!",
imploré, "desátame ahora un nudo
que aquí ha enredado mi sentencia.

"Parece que ven ustedes, si bien oigo,
delante lo que el tiempo agrega,
pero en el presente tienen otro modo."

"Vemos, como el que tiene luz escasa,
las cosas", dijo, "que nos son lejanas,
todo cuanto nos ilumina el sumo guía.

"Cuando se acercan o son, todo es vano
nuestro intelecto; y si otros no aportan,
nada sabemos de vuestro estado humano.

"Puedes comprender que será muerta
nuestra sabiduría desde el punto
que del futuro se cerrará la puerta."

Entonces, de mi culpa compungido,
dije: "Le dirás entonces al que cayó
que su hijo aún se reúne con los vivos,

"y si fui, antes, en la respuesta mudo,
hazle saber que fue porque pensaba
en el error que ahora me has resuelto."

Y ya mi maestro me reclamaba;
por lo que al espíritu rogué apurado
me dijera quién más con él yacía.

Me dijo: "Aquí con más de mil yazgo;
acá dentro está el segundo Federico,
y el Cardenal, y los demás me callo." *****

Entonces se ocultó; y yo hacia el antiguo
poeta volví los pasos, meditando
ese hablar que me pareció enemigo.

Se movió y  mientras caminaba
me dijo: "¿Por qué estás abatido?"
Y yo lo satisfice a su demanda.

"Tu mente conserve lo escuchado
contra ti", me ordenó aquel sabio.
"Y ahora atiende", y alzó el dedo:

"cuando delante estés del dulce rayo
de aquella cuyos bellos ojos todo ven,
por ella sabrás de tu vida el trazo."

Luego volvió a mano izquierda el pie:
dejamos el muro y fuimos hacia el medio,
por un sendero que conduce a un valle
que hacía sentir arriba olor inmundo.

Dante Alighieri (Florencia, Italia, 1265-Rávena, Italia, 1321), La Divina Comedia, Ediciones Lom, Santiago de Chile, 2018
Traducción de Jorge Aulicino

[Notas del traductor:]

* Farinata degli Uberti, recordado gibelino (partidario del emperador germano). Todo lo que sigue a continuación hace referencia a la rivalidad con los güelfos (partidarios de Roma, es decir, del papado). Dos veces Farinata echó a los güelfos de Florencia. En ocasión de la batalla de Monteaperto, en 1260, junto al Arbia (que se tiñe de rojo en este canto), los venció en lucha franca. Luego se opuso, en el consejo de los gibelinos toscanos, a la destrucción de los muros de Florencia y la reducción de la ciudad a pequeños burgos. El pecado de Farinata no ha sido la traición: Dante lo trata con duro respeto en el cementerio de los epicúreos.

** La sombra que ha hablado es la de Cavalcante Cavalcanti, güelfo y, según Boccaccio, epicúreo, padre del poeta Guido Cavalcanti. Algunos comentaristas -entre nosotros, Angel Battistessa- han considerado la posibilidad de que Dante no pretendiese decir que su entrañable amigo, Guido, desdeñaba a Virgilio, aunque eso es, literalmente, lo que menciona como conjetura: forse cui Guido vostro ebbe a disdegno: tal vez al que vuestro Guido tuvo en desdén. La edición oficial de la Commedia resume todas las variantes anotadas a lo largo de las ediciones históricas del libro, en cuanto a explicar el desdén atribuido a Guido. Estas sobreentienden que tal sentimiento es “desdén” y no “desprecio”, ya que ambas acepciones son válidas. En tal conjunto de opiniones, se distinguen las políticas de las filosóficas y estéticas. Entre las primeras, tiene peso la que atribuye a Cavalcanti, güelfo, desdén por el entusiasta cantor del Imperio. Entre las filosóficas, la que señala que Guido bien podría desdeñar al Virgilio que Dante eleva a símbolo de razón y sabiduría. Entre las estéticas, la inclinación natural de Calvalcanti al canto lírico, de raíz provenzal, desdeñoso del latín épico. Hay, aún, una hipótesis gramatical, un tanto más peregrina, y no obstante acogida por la Sociedad Dantesca, que desvía el desdén de Guido hacia Beatriz, símbolo de la fe casada con la lógica; matrimonio este no apreciado por Cavalcanti. En tal hipótesis, el cui, con valor de "quien", deviene en colei che (aquella que), de suerte que los versos en cuestión dirían entonces: “aquel que espera allá, por aquí me lleva, / tal vez a aquella que vuestro Guido tuvo en desdén”. La solución no deja mejor parado a Cavalcanti a los ojos de Dante.

*** La Luna. Antes de que se encienda cincuenta veces, es decir, antes de que pasen otros tantos meses.

**** Probable alusión al futuro destierro de Dante. Razón, en ese caso, de su congoja en los versos finales y de la severa amonestación de Virgilio, en tanto solo en el cielo puede considerarse inscrito el porvenir humano.

**** El emperador germano Federico II Hohenstaufen, llamado Stupor Mundi (asombro del mundo), y también el Anticristo, y el cardenal Ottaviano degli Ubaldini, gibelino, quien se encuentra entre los herejes por haber dicho que había entregado su alma al partido del emperador, con el agravante, herético, "si hay un alma".

Ref.:
Studenti
Prefacios a los Cantos de la Comedia
Universidad Complutense de Madrid
Letras Libres

Imagen: Farinata y Calvacante, por William Blake

Canto X

Ora sen va per un secreto calle,
tra ’l muro de la terra e li martìri,
lo mio maestro, e io dopo le spalle.

«O virtù somma, che per li empi giri
mi volvi», cominciai, «com’ a te piace,
parlami, e sodisfammi a’ miei disiri.

La gente che per li sepolcri giace
potrebbesi veder? già son levati
tutt’ i coperchi, e nessun guardia face».

E quelli a me: «Tutti saran serrati
quando di Iosafàt qui torneranno
coi corpi che là sù hanno lasciati.

Suo cimitero da questa parte hanno
con Epicuro tutti suoi seguaci,
che l’anima col corpo morta fanno.

Però a la dimanda che mi faci
quinc’ entro satisfatto sarà tosto,
e al disio ancor che tu mi taci».

E io: «Buon duca, non tegno riposto
a te mio cuor se non per dicer poco,
e tu m’hai non pur mo a ciò disposto».

«O Tosco che per la città del foco
vivo ten vai così parlando onesto,
piacciati di restare in questo loco.

La tua loquela ti fa manifesto
di quella nobil patrïa natio,
a la qual forse fui troppo molesto».

Subitamente questo suono uscìo
d’una de l’arche; però m’accostai,
temendo, un poco più al duca mio.

Ed el mi disse: «Volgiti! Che fai?
Vedi là Farinata che s’è dritto:
da la cintola in sù tutto ’l vedrai».

Io avea già il mio viso nel suo fitto;
ed el s’ergea col petto e con la fronte
com’ avesse l’inferno a gran dispitto.

E l’animose man del duca e pronte
mi pinser tra le sepulture a lui,
dicendo: «Le parole tue sien conte».

Com’ io al piè de la sua tomba fui,
guardommi un poco, e poi, quasi sdegnoso,
mi dimandò: «Chi fuor li maggior tui?».

Io ch’era d’ubidir disideroso,
non gliel celai, ma tutto gliel’ apersi;
ond’ ei levò le ciglia un poco in suso;

poi disse: «Fieramente furo avversi
a me e a miei primi e a mia parte,
sì che per due fïate li dispersi».

«S’ei fur cacciati, ei tornar d’ogne parte»,
rispuos’ io lui, «l’una e l’altra fïata;
ma i vostri non appreser ben quell’ arte».

Allor surse a la vista scoperchiata
un’ombra, lungo questa, infino al mento:
credo che s’era in ginocchie levata.

Dintorno mi guardò, come talento
avesse di veder s’altri era meco;
e poi che ’l sospecciar fu tutto spento,

piangendo disse: «Se per questo cieco
carcere vai per altezza d’ingegno,
mio figlio ov’ è? e perché non è teco?».

E io a lui: «Da me stesso non vegno:
colui ch’attende là, per qui mi mena
forse cui Guido vostro ebbe a disdegno».

Di sùbito drizzato gridò: «Come?
dicesti «elli ebbe»? non viv’ elli ancora?
non fiere li occhi suoi lo dolce lume?».

Quando s’accorse d’alcuna dimora
ch’io facëa dinanzi a la risposta,
supin ricadde e più non parve fora.

Ma quell’ altro magnanimo, a cui posta
restato m’era, non mutò aspetto,
né mosse collo, né piegò sua costa;

e sé continüando al primo detto,
«S’elli han quell’ arte», disse, «male appresa,
ciò mi tormenta più che questo letto.

Ma non cinquanta volte fia raccesa
la faccia de la donna che qui regge,
che tu saprai quanto quell’ arte pesa.

E se tu mai nel dolce mondo regge,
dimmi: perché quel popolo è sì empio
incontr’ a’ miei in ciascuna sua legge?».

Ond’ io a lui: «Lo strazio e ’l grande scempio
che fece l’Arbia colorata in rosso,
tal orazion fa far nel nostro tempio».

Poi ch’ebbe sospirando il capo mosso,
«A ciò non fu’ io sol», disse, «né certo
sanza cagion con li altri sarei mosso.

Ma fu’ io solo, là dove sofferto
fu per ciascun di tòrre via Fiorenza,
colui che la difesi a viso aperto».

«Deh, se riposi mai vostra semenza»,
prega’ io lui, «solvetemi quel nodo
che qui ha ’nviluppata mia sentenza.

El par che voi veggiate, se ben odo,
dinanzi quel che ’l tempo seco adduce,
e nel presente tenete altro modo».

«Noi veggiam, come quei c’ha mala luce,
le cose», disse, «che ne son lontano;
cotanto ancor ne splende il sommo duce.

Quando s’appressano o son, tutto è vano
nostro intelletto; e s’altri non ci apporta,
nulla sapem di vostro stato umano.

Però comprender puoi che tutta morta
fia nostra conoscenza da quel punto
che del futuro fia chiusa la porta».

Allor, come di mia colpa compunto,
dissi: «Or direte dunque a quel caduto
che ’l suo nato è co’ vivi ancor congiunto;

e s’i’ fui, dianzi, a la risposta muto,
fate i saper che ’l fei perché pensava
già ne l’error che m’avete soluto».

E già ’l maestro mio mi richiamava;
per ch’i’ pregai lo spirto più avaccio
che mi dicesse chi con lu’ istava.

Dissemi: «Qui con più di mille giaccio:
qua dentro è ’l secondo Federico
e ’l Cardinale; e de li altri mi taccio».

Indi s’ascose; e io inver’ l’antico
poeta volsi i passi, ripensando
a quel parlar che mi parea nemico.

Elli si mosse; e poi, così andando,
mi disse: «Perché se’ tu sì smarrito?».
E io li sodisfeci al suo dimando.

«La mente tua conservi quel ch’udito
hai contra te», mi comandò quel saggio;
«e ora attendi qui», e drizzò ’l dito:

«quando sarai dinanzi al dolce raggio
di quella il cui bell’ occhio tutto vede,
da lei saprai di tua vita il vïaggio».

Appresso mosse a man sinistra il piede:
lasciammo il muro e gimmo inver’ lo mezzo
per un sentier ch’a una valle fiede,

che ’nfin là sù facea spiacer suo lezzo.

miércoles, septiembre 18, 2019

Pat Boran / Dos poemas













El  jardín

Atrás en la luz moteada de la glorieta del jardín trasero
donde las abejas son como satélites
orbitando planetas de fruta,

el pasto sin cortar se balancea, y de una radio se oye
The Last Rose of Summer, The Young Ones,
Only For You;

sin reloj en la muñeca, una ramita en el puño,
la vista en una hilera de hormigas negras
que avanzan a través del espacio,

descaradas pero nerviosas, frenéticas pero concentradas
en su objetivo final, el límite,
la cima, aquello a lo que apuntan;

en la escuela informal del ensueño en el último extremo del verano,
ese punto ciego que el mundo ignora
pero que nosotros, los chicos, conocemos tan bien,

en la brecha entre árboles, en el lapso entre certezas,
mantenido en suspenso en el momento,
libre en su hechizo.


La enfermera

Aparece la enfermera y le dice al chico, Lo siento.
Parece requerir toda su energía levantar
su brazo fino, poner la palma abierta
suavemente sobre el hombro del muchacho, como para

calmarlos a ambos. Tal vez es la primera vez
que cruza ese vacío, sin reloj ni joya alguna,
el cabello recogido, los ojos inflamados
como si nadara para estar allí temblando en la luz.
 
Pat Boran (Portlaoise, Irlanda, 1963) Next Life, Dedalus Press, Irlanda, 2012
Versiones de Jorge Fondebrider

Ref.:
Pat Boran
Dedalus Press
The Irish Time
Irish Examiner
El Día
Tuerto Rey
La Pecera
El Poeta Ocasional
Otra Iglesia Es Imposible

Foto: The Irish Time

THE GARDEN 

Back in the back garden’s light-dappled arbour
where the bees are like satellites
orbiting planets of fruit,

the uncut grass swaying, a radio playin
The Last Rose of Summer, The Young Ones,
Only For You;

no watch on my wrist, a twig in my fist,
my sights on a chain of black ants
advancing through space,

brazen but nervous, frantic but focused
on their final objective, the limit, 
the summit, their aim;

in the hedge school of slumber at the back end of summer,
that blind spot the world overlooked
but us kids knew so well,

in the gap between trees, in the lapse between certainties,
held in suspense in the moment,
free in its spell.


THE NURSE
  
The nurse comes out and tells the boy, I’m sorry.
It seems to take all her energy to lift
her slender arm, to place her open palm
gently on  the youngster’s shoulder, as if to steady

both of them. Perhaps this is her first time
to cross this gap, no watch or jewellery,
her hair tied back, her eyes salt-stung as if
she swam to stand here trembling in the light. 

martes, septiembre 17, 2019

Jules Barbey d’Aurevilly / La amante pelirroja














Tomé un día, como dueño, dura amante,
más fiera que un jaguar, más roja que un león.
Ardiente, duramente la amaba, sin ternura,
con posesión la amaba, no con adoración.
¡Era ella mi ardor! La última locura
que atrapa, al ser tocado por edad y desgracia,
y se siente, en el fondo, la juventud perdida…
Pues el sol de los días sube aún en la vida,
y en el corazón se posa.

¡La amaba yo! Jamás tenía suficiente.
“Demonio —le decía— de los amores últimos,
infernal salamandra, de mortal ebriedad,
siempre abrázame, pues son tan frías las almas…
Derrámame en tus fuegos, los fuegos que lamento,
bellos fuegos que, antes, al mirar encendía.
Al soñador haz joven, recalienta al poeta.
Y, pues hay que morir, que muera yo, ¡oh Fillette!,
por tus felinos mordiscos.

Entonces, la tomaba de su corsé de vidrio
sobre mi labio en llamas, que ella inflamaba más,
amaba yo inclinarla, copa ardiente y ligera,
veneno dentro de oro, pelirroja belleza.
¡Y eran los besos…! Jamás, jamás vampiro
chupó el cuello de un niño, encantador y fresco,
como yo lo chupaba, mi pelirroja hetaira,
el labio de cristal donde bebía locura,
y sobre el que ardías tú.

Y entonces sentía yo tu fulminante aliento,
que por el mío pasaba y caía en mi corazón,
borrando allí la pena, la vida redoblaba,
por algunos instantes reavivando el ardor.
Así, Niña de Fuego, amante sin rival,
amaba yo sentirme incendiado por ti,
domir quería —pálida frente, clara faz—,
sobre una brillante hoguera, cual Sardanápalo,
¡y la hoguera estaba en mí!

“Ah, —yo me decía— al menos, nos permanece fiel,
y mi mano siempre la reencontraba, siempre
lista para quien la ama y vive sediento de ella,
y perder busca en su amor a todos sus amores”.
Se van ellas un día, amantes queridísimas…
Por ellas, del Olvido bebemos el veneno,
mientras mi pelirroja, indómita a caricias,
matarnos también puede, ¡a fuerza de ebriedades
pero no por la traición!

Y yo la prefería, feroz, pero sincera,
a esas dulces bellezas, de engañosa sonrisa,
que pagan las lealtades con mentiroso amor…
¡Sabía yo que dormía sobre tal corazón!
El oro derramado, que doraba mi vida,
soleciendo en mi copa, verdadero tesoro,
era, pero jamás para un rato de orgía:
para la eternidad la había elegido yo:
mi amiga hasta la muerte.

Siempre prendida a mí, siempre como una esclava,
—mas el tirano se ata a los hierros que impone—,
por doquier la llevaba, en su frasco de lava,
mi topacio de fuego a punto de explotar…
Yo sentía por ella un amor de corsario,
un amor de salvaje, desenfrenado, ardiente,
tal como el que Hegesipo tenía en su miseria,
el que reemplaza todo, al ser la vida amarga,
y que a Sheridan mató.

Era éste cada vez un amor más implacable,
cada vez más insano y más devorador.
Era como la sed, la sed inexorable
que encendía de Circe en otro tiempo el filtro.
¡Te reconozco yo, voluptuoso suplicio!
Cuando, ¡ay!, el hombre busca en males olvidados
del embrutecimiento la monstruosa delicia…
Y no es —¡Circe!— suficiente jamás, a su capricho,
la Bestia que tus pies lame.

Último y pobre amor, que los felices del mundo
se divierten marchitando en su asco altanero,
mas que debe excusar toda alma profunda
y que un Dios de bondad no querrá castigar.
Para bien apreciar su dulzura engañosa,
cuando todo reluce en el banquete, sería
necesario esconder sus ojos en la sombra
del vaso, y llorado en la sombra, y bebido
lágrima amarga, disuelta.

Una tarde, en silencio, yo bebí dicha lágrima…
Y, al sumergir mi labio en tus labios de oro,
de gustar acababa, ¡oh mi oscura Demencia!,
la ironía y la ebriedad, la valentía incluso.
Águila vengadora el Alma, que en la vida
planea, volvía a mi labio, a su sangrante percha…
Yo iba a recomenzar mi acceso de locura
y de nuevo a reír con desafiante risa…
cuando, de corsé negro,

una mujer, creí que mujer era,
¡después caí en la cuenta cuánto me equivocaba!
Era un ángel, y también era un alma,
hecha de luz y paz, y de restauración.
Entre todos nosotros, encantadora y sola,
tenía los ojos llenos de las piedades todas.
Tomó sus guantes blancos, y dentro de mi vaso
los puso y dijo riendo, con su voz dulce y clara:
“No quiero ya que bebas”.

Y decidió mi vida esa simple palabra,
y fue el golpe de Dios, que cambió mi destino.
Y al decirlo, segura de ser obedecida,
apoyaba su mano castamente en su mano.
Y desde el tiempo aquel fui a buscar la ebriedad
por ahí, no en la copa donde hervía tu veneno,
solitaria hechicera, ¡mi pelirroja amante!
Bello ejemplo de Dios que en su sapiencia puso
sobre el demonio al ángel.

París, 11 de noviembre de 1854

Jules Barbey d’Aurevilly (Saint-Sauveur-le-Vicomte, Francia, 1808-París, 1889), Periódico de Poesía, Universidad Autónoma de México (UNAM), 9 de septiembre, 2019
Versión de Mauricio López Noriega

Ref.:
Club de Pensadores
La Nación
Cervantes Virtual
France Culture

Foto: Félix Nadar/Wikimedia Commons/Revue des Deux Mondes


La Maîtresse rousse

Je pris pour maître, un jour, une rude maîtresse,
Plus fauve qu’un jaguar, plus rousse qu’un lion!
Je l’aimais ardemment, âprement, sans tendresse,
Avec possession plus qu’adoration!
C’était ma rage, à moi! la dernière folie
Qui saisit, — quand, touché par l’âge et le malheur,
On sent, au fond de soi, la jeunesse finie…
Car le soleil des jours monte encor dans la vie,
Qu’il s’en va baissant dans le coeur!

Je l?aimais et jamais je n?avais assez d’elle!
Je lui disais: “Démon des dernières amours,
Salamandre d’enfer, à l’ivresse mortelle,
Quand les cœurs sont si froids, embrase-moi toujours!
Verse-moi, dans tes feux, les feux que je regrette,
Ces beaux feux qu’autrefois j’allumais d’un regard!
Rajeunis le rêveur, réchauffe le poète,
Et puisqu’il faut mourir, que je meure, ô Fillette!
Sous tes morsures de jaguar!”

Alors, je la prenais, dans son corset de verre,
Et sur ma lèvre en feu, qu’elle enflammait encor,
J’aimais à la pencher, coupe ardente et légère,
Cette rousse beauté, ce poison dans de l’or!
Et c’étaient des baisers !… Jamais, jamais vampire
Ne suça d’une enfant le cou charmant et frais
Comme moi je suçais, ô ma rousse hétaïre,
La lèvre de cristal où buvait mon délire
Et sur laquelle tu brûlais!

Et je sentais alors ta foudroyante haleine,
Qui passait dans la mienne et, tombant dans mon coeur
Y redoublait la vie, en effaçait la peine,
Et pour quelques instants en ravivait l’ardeur !
Alors, Fille de Feu, maîtresse sans rivale,
J’aimais à me sentir incendié par toi
Et voulais m’endormir, l’air joyeux, le front pâle,
Sur un bûcher brillant, comme Sardanapale,
Et le bûcher était en moi!

“Ah ! du moins celle-là sait nous rester fidèle, —
Me disais-je, — et la main la retrouve toujours,
Toujours prête à qui l’aime et vit altéré d’elle
Et veut, dans son amour perdre tous ses amours!”
Un jour elles s’en vont, nos plus chères maîtresses;
Par elles, de l’Oubli nous buvons le poison,
Tandis que cette Rousse, indomptable aux caresses,
Peut nous tuer aussi, — mais à force d’ivresses,
Et non pas par la trahison!

Et je la préférais, féroce, mais sincère,
A ces douces beautés, au sourire trompeur,
Payant les coeurs loyaux d’un amour de faussaire!…
Je savais sur quel coeur je dormais sur son coeur!
L’or qu’elle me versait et qui dorait ma vie,
Soleillant dans ma coupe, était un vrai trésor!
Aussi, ce n’était pas pour le temps d’une orgie,
Mais pour l’éternité que je l’avais choisie:
Ma compagne jusqu’à la mort!

Et toujours agrafée à moi comme une esclave,
Car le tyran se rive aux fers qu’il fait porter,
Je l’emportais partout dans son flacon de lave,
Ma topaze de feu, toujours près d’éclater!
Je ressentais pour elle un amour de corsaire,
Un amour de sauvage, effréné, fol, ardent!
Cet amour qu’Hégésippe avait dans sa misère,
Qui nous tient lieu de tout, quand la vie est amère,
Et qui fit mourir Sheridan!

Et c’était un amour toujours plus implacable,
Toujours plus dévorant, toujours plus insensé!
C’était comme la soif, la soif inexorable
Qu’allumait autrefois le philtre de Circé!
Je te reconnaissais, voluptueux supplice!
Quand l’homme cherche, hélas! dans ses maux oubliés,
De l’abrutissement le monstrueux délice…
Et n’est — Circé! — jamais assez, à son caprice,
La Bête qui lèche tes pieds!

Pauvre amour, — le dernier, — que les heureux du monde,
Dans leur dégoût hautain, s’amusent à flétrir,
Mais que doit excuser toute âme un peu profonde
Et qu’un Dieu de bonté ne voudra point punir!
Pour bien apprécier sa douceur mensongère,
Il faudrait, quand tout brille au plafond du banquet,
Avoir caché ses yeux dans l’ombre de son verre,
Et pleuré dans cette ombre, — et bu la larme amère
Qui tombait et qui s’y fondait!

Un soir, je la buvais, cette larme, en silence…
Et, replongeant ma lèvre entre tes lèvres d’or,
Je venais de reprendre, ô ma sombre Démence!
L’ironie, et l’ivresse, et du courage encor!
L’Esprit — l’Aigle vengeur qui plane sur la vie —
Revenait à ma lèvre, à son sanglant perchoir…
J’allais recommencer mes accès de folie
Et rire de nouveau du rire qui défie!…
Quand une femme, en corset noir,

Une femme… je crus que c’était une femme,
Mais depuis… Ah! j’ai vu combien je me trompais!
Et que c’était un ange, et que c’était une âme,
De rafraîchissement, de lumière et de paix!
Au milieu de nous tous, charmante Solitaire,
Elle avait les yeux pleins de toutes les pitiés.
Elle prit ses gants blancs, et les mit dans mon verre,
Et me dit, en riant, de sa voix douce et claire:
“Je ne veux plus que vous buviez!”

Et ce simple mot-là décida de ma vie,
Et fut le coup de Dieu, qui changea mon destin.
Et quand elle le dit, sûre d’être obéie,
Sa main vint chastement s’appuyer sur ma main.
Et, depuis ce temps-là, j’allai chercher l’ivresse
Ailleurs… que dans la coupe où bouillait ton poison,
Sorcière abandonnée! ô ma Rousse Maîtresse!!!
Bel exemple de plus que Dieu, dans sa sagesse,
Mit l’Ange au-dessus du démon!

Paris, 11 novembre 1854

lunes, septiembre 16, 2019

Jorge Enrique Adoum / Sunday bloody sunday













Vallejo sabe que también es bocón el sepulcro del domingo
lagartamente tragón de lo que entonces es nosotros
el resto de monigote zarandeado entre semana
el sueño con que nos postergamos o nos disminuimos
esta desactividad de postvivo acostumbrado
a los quién sabe los cómo los qué pena

el mundo es desde hace años un domingo de tarde
la estación de donde cada vez regresas a lo que eres
los aeropuertos donde se me-nos acaban los que quedan
donde dios está en todas partes puro eco
de ese bisílabo que me duele adentrísimo

(domingamente bocabajo bajo qué boca
te le estarás muriendo a alguien despacito)

menos mal que desde el lunes se piensa en otra cosa

(De Prepoemas en postespañol) [1979]

Jorge Enrique Adoum (Ambato, Ecuador, 1926-Quito, 2009), Breve antología, selección y prólogo de Vladimiro Rivas Iturralde, Material de Lectura n° 60, Universidad Autónoma de México (UNAM), 2009

Ref.:
Fundación Jorge Enrique Adoum
Letralia
Círculo de Poesía
Casa de las Américas
A Media Voz
Letras
Zenda
Otra Iglesia Es Imposible

Foto: Fundación Jorge Enrique Adoum

domingo, septiembre 15, 2019

Tatiana Oroño / De "El alfabeto verde"














Opciones

Me inclino a recoger
el mundo y las marcas
en el estuario llano
del baño.
En los senos prosaicos
de una bañera.

En mis brazos se agrupan
los maderos las jarcias
el cordaje sinuoso y serpentino
de un corsario vencido.

En mi delantal vuelven
a la vida cabelleras y enaguas de muñecas vacías
jirón y pedrería
ensortijada
                 y pura
y cristalina.

Yo divido las aguas.

Los signos y humedades de la tierra
y el aire
que hasta mis manos suben
jugando
a perpetuarse.


Transferencias

Yo no me atrevo, madre
a mirar a los ojos
profundos de tu infancia.
A los ojos menudos
de tu infancia salobre.

Yo no quiero mirarte
las trencitas agrestes
ni las calcetas flojas
la basta tela que te viste
ni las flores de esparto y mansedumbre que
te cubren.

Yo sólo quiero ver
a la mujer alegre a la nudosa y diurna
mujer de manos vivas.

Yo quiero verte limpia
como ayer, para siempre
de dolores que enturbien
tu solar transparente.

Tatiana Oroño (San José, Uruguay, 1947)

El alfabeto verde,
Editorial Lisboa,
Buenos Aires, 2019
(Ediciones de la Balanza,
Montevideo, 1979)







Ref.:
Editorial Lisboa
Tatiana Oroño FB
Escritores Org
Poéticas
Espacio Latino
Telemundo
Lapislázuli
Festival de Poesía de Medellín
Otra Iglesia Es Imposible

Foto: Emisora del Sur

sábado, septiembre 14, 2019

Elvira Hernández / Dos poemas














Siempre leo noticias en los diarios

                        Para José Luis Mangieri


Una vez vi que la cabeza de Lenin se había
subido al piano y tocaba todas las teclas.
Después la vi por el suelo. Se cayó.

He visto páginas en blanco, ojos en blanco,
estómagos y cerebros en blanco, ningún
glóbulo blanco, hombres de blanco, blanqueos
al por mayor y mucha gente levantando bandera blanca.

Hojeo de ojeada. Paso por los puzzles,
los consejos caseros, los horóscopos.

No veo ningún artículo sobre el azar del espacio
y el Zar del Tiempo.


Quiero que la crítica diga
que mi poesía es del sur realista-austral
neorrealista como un ladrón de bicicletas
y el realismo mi única imaginación

también que a veces siento que el realismo
corrompe mi pretendida realidad

Elvira Hernández (Lebú, Chile, 1951), Ginebra Magnolia, 25 de junio de 2018

Ref.:
Memoria Chilena
Universidad de Chile
Eterna Cadencia
EFE
Otra Iglesia Es Imposible

© Elvira Hernández, de los poemas
© Álvaro Hoppe Guíñez, de la fotografía

viernes, septiembre 13, 2019

Dante Alighieri / Infierno, Canto vigésimo primero


















Así, de puente en puente, hablando
de cosas que a mi Comedia no la ocupan,
fuimos, y alcanzamos la cima cuando

paramos para ver la otra fisura
de Malebolge y los otros llantos vanos;
y la vi, maravillosamente oscura.

Como en el arsenal de los venecianos
bulle en invierno la pez tenaz
para reparar los barcos averiados

que no pueden navegar; y a la vez
uno hace su barco nuevo, otro calafatea
los costados del que hizo más viajes;

quien recorre la proa, quien la popa;
otros hacen remos, otros retuercen sogas;
quien trinquete y artimón retoca,

tal, no por fuego, sino por divinas artes,
bullía allá abajo una pez espesa
que se pegaba a la orilla en todas partes.

Yo miraba, pero no veía en ella
más que borbotones que el hervor alzaba,
e hincharse toda, y caer prieta.

Mientras allá fijamente miraba,
mi duca, diciendo: "¡Cuidado!",
me atrajo hacia sí de donde estaba.

Me volví, como el que se demora
en ver aquello de lo que conviene irse,
y a quien súbita pavura debilita

y luego, por mirar, ya no se retrasa:
y vi, tras de nosotros, un diablo negro
venir corriendo por encima de la roca.

¡Ah, qué feroz era su aspecto
y cuán en el acto me pareció acerbo,
con alas abiertas, sobre sus pies ligeros!

Su hombro, que era agudo y soberbio,
cargaba un pecador con ambas ancas,
de quien tenía, de los pies, asido el nervio.

Desde el puente dijo: "¡Oh Malebranche,*
aquí va uno de los viejos de Santa Zita!
Llévalo abajo, que vuelvo a buscar otro

"a esa tierra, que me sé tan bien provista:
todos son estafadores, salvo Bonturo;
del 'no', por el dinero, allí hacen 'ita'".**

Abajo lo tiró, y por el peñasco duro
se volvió; y jamás fue un mastín suelto
a seguir un ladrón con tanto apuro.

Aquel se hundió, y emergió convulso,
pero los demonios resguardados en el puente,
gritaron: "¡Este no es el lugar del Santo Rostro!

"¡Aquí se nada distinto que en el Serchio!
Si no quieres saber de nuestros garfios,
no te asomes de la resina demasiado."

Después de pinchar con más de cien arpones,
dicen: "Cubierto conviene que aquí bailes,
de modo que, si puedes, ocultamente robes."

No distintamente los cocineros a sus ayudantes
hacen sumergir en medio de la caldera
la carne con los ganchos para que no flote.

Y el buen maestro: "A fin de que no sepan
que tú estás aquí", me dijo", "te ocultas
tras una roca que algún abrigo ofrezca;

"y por ninguna ofensa que me sea hecha
debes temer, que tengo cosas vistas
y otra vez estuve en refriega parecida."

Enseguida pasó del puente a la otra orilla,
y cuando llegó a la sexta bolsa,
menester le fue mostrar frente segura.

Con la ferocidad y con la borrasca
con que salen los perros sobre el pobrecito
que de pronto mendiga donde para,

salieron del puente los demonios
y contra él volvieron los arpones;
pero les gritó: "¡No se atreva ninguno!

"Antes que cualquier gancho me toque,
venga adelante uno que me oiga
y después decidan si deben escardarme."

Todos gritaron: "¡Que vaya Malacoda!" ***
Uno se movió entre los otros, quietos,
y fue hacia él diciendo: "¿Qué te trae?"

"¿Crees, Malacoda, que podrías
verme aquí", dijo mi maestro,
"a salvo de todas estas armas

"sin voluntad divina y hado diestro?
Déjame ir, que en el cielo es querido
que yo enseñe a otro este camino."

Entonces quedó su orgullo tan caído
que dejó rodar el gancho a tierra,
y les dijo a los demás: "No sea herido".

Y el duca mío a mí: "¡Oh tú, que estás
tras las rocas del puente, acurrucado,
seguramente a mí puedes acercarte!"

No bien yo me moví hacía él, rápido,
los diablos se echaron todos adelante,
y temí que rompieran lo pactado.

Así vi yo temer a los infantes
que salían tras el pacto de Caprona,
viéndose rodeados de rivales.

Yo me pegué con toda mi persona
a mi duca, y no sacaba la mirada
de la cara de ellos, nada buena.

Movían los ganchos y: "¿Quieres que lo pinche
en las ancas?", se decían el uno al otro,
Y respondían: "Sí, que se le frunza."

Pero el demonio que parlamentaba
con mi duca, se volvió súbitamente
y dijo: "¡Quieto, quieto, Scarmiglione!"

Luego nos dijo: "Ir muy lejos
por aquí no se puede, porque yace
todo roto, en el fondo, el arco sexto.

"Y si seguir adelante aún les place,
más bien vayan por aquí, por esta gruta;
cerca hay otro escollo, que consiente.

"Ayer, cinco horas pasada esta hora,
mil doscientos sesenta y seis años
se cumplieron de que se hundió la vía. ****

"Yo mando allá a varios de los míos
a vigilar si alguno no se airea:
vayan con ellos, no les harán nada.

"Adelante, Allichino y Calcabrina", *****
comenzó a decir, "y tú, Cagnazzo,
y Barbariccia que guíe la decena.

"Libicocco va también, y Draghignazzo,
Ciriatto, el dientudo, y Graffiacane,
y Farfarello y Rubicante, el loco.

"Vigilen en torno del hirviente pan;
estos lleguen salvos al siguiente escollo
que va sobre las otras madrigueras."

"¡Ay, maestro, ¿qué estoy viendo?",
dije yo. "Sin escolta andemos solos
si tú sabes ir; yo no la demando.

"Si eres tan prudente como sueles,
¿no ves que rechinan con los dientes
y que el entrecejo amenaza males?"

Y él a mí: "No quiero que te espantes,
déjalos que rechinen cuanto quieran:
lo hacen por los que están en el aceite."

Por el lado izquierdo dieron vuelta;
pero antes cada uno apretó la lengua
con los dientes, como seña hacia su duca;
y este hizo del culo una trompeta.

Dante Alighieri (Florencia, Italia, 1265-Rávena, Italia, 1321)
Traducción de Jorge Aulicino

La Divina Comedia,
Ediciones Lom,
Santiago de Chile, 2018

[Notas del traductor:]

* Se traduce como "malas garras".

** En los antiguos documentos públicos, anotación afirmativa. Todo este pasaje alude a los escribanos de Luca, cuya patrona es Santa Zita y donde se venera el Santo Rostro.

*** Significa "mala cola".

**** Alude a la muerte de Cristo: "y la tierra tembló y las rocas se partieron" (Mateo, 27:52). Ubica la fecha en que sucede este Canto y de aquí se deduce todo el tiempo de ficción de la Comedia.

***** Los nombres de los demonios significan: Allichino: que hace inclinar a otros; Calcabrina: que pisa el rocío; Cagnazzo: perro malo; Barbariccia: barba crespa; Libiocco: lividinoso; Draghignazzo: dragón ponzoñoso; Ciriatto: jabalí; Grafficcane: perro que araña; Rubicante: inflamado (siguiendo las notas de Cristóforo Laudino, siglo XV). Farfarello puede significar espíritu maligno o loco [no hay acuerdo de los comentaristas].

Ref.:
LOM
Puerto de Ideas
Dardanelos
Prefacios a los Cantos de la Comedia
El Mercurio

Imagen: Andrea da Bonaiuto, Basilica Santa María Novella, Florencia, siglo XIV

Canto XXI

Così di ponte in ponte, altro parlando
che la mia comedìa cantar non cura,
venimmo; e tenavamo ’l colmo, quando

restammo per veder l’altra fessura
di Malebolge e li altri pianti vani;
e vidila mirabilmente oscura.

Quale ne l’arzanà de’ Viniziani
bolle l’inverno la tenace pece
a rimpalmare i legni lor non sani,

ché navicar non ponno - in quella vece
chi fa suo legno novo e chi ristoppa
le coste a quel che più vïaggi fece;

chi ribatte da proda e chi da poppa;
altri fa remi e altri volge sarte;
chi terzeruolo e artimon rintoppa -:

tal, non per foco ma per divin’arte,
bollia là giuso una pegola spessa,
che ’nviscava la ripa d’ogne parte.

I’ vedea lei, ma non vedëa in essa
mai che le bolle che ’l bollor levava,
e gonfiar tutta, e riseder compressa.

Mentr’io là giù fisamente mirava,
lo duca mio, dicendo "Guarda, guarda!",
mi trasse a sé del loco dov’io stava.

Allor mi volsi come l’uom cui tarda
di veder quel che li convien fuggire
e cui paura sùbita sgagliarda,

che, per veder, non indugia ’l partire:
e vidi dietro a noi un diavol nero
correndo su per lo scoglio venire.

Ahi quant’elli era ne l’aspetto fero!
e quanto mi parea ne l’atto acerbo,
con l’ali aperte e sovra i piè leggero!

L’omero suo, ch’era aguto e superbo,
carcava un peccator con ambo l’anche,
e quei tenea de’ piè ghermito ’l nerbo.

Del nostro ponte disse: "O Malebranche,
ecco un de li anzïan di Santa Zita!
Mettetel sotto, ch'i' torno per anche

a quella terra, che n’è ben fornita:
ogn’uom v’è barattier, fuor che Bonturo;
del no, per li denar, vi si fa ita".

Là giù ’l buttò, e per lo scoglio duro
si volse; e mai non fu mastino sciolto
con tanta fretta a seguitar lo furo.

Quel s’attuffò, e tornò sù convolto;
ma i demon che del ponte avean coperchio,
gridar: "Qui non ha loco il Santo Volto!

qui si nuota altrimenti che nel Serchio!
Però, se tu non vuo’ di nostri graffi,
non far sopra la pegola soverchio".

Poi l’addentar con più di cento raffi,
disser: "Coverto convien che qui balli,
sì che, se puoi, nascosamente accaffi".

Non altrimenti i cuoci a’ lor vassalli
fanno attuffare in mezzo la caldaia
la carne con li uncin, perché non galli.

Lo buon maestro "Acciò che non si paia
che tu ci sia", mi disse, "giù t’acquatta
dopo uno scheggio, ch’alcun schermo t’aia;

e per nulla offension che mi sia fatta,
non temer tu, ch’i’ ho le cose conte,
perch’altra volta fui a tal baratta".

Poscia passò di là dal co del ponte;
e com’el giunse in su la ripa sesta,
mestier li fu d’aver sicura fronte.

Con quel furore e con quella tempesta
ch’escono i cani a dosso al poverello
che di sùbito chiede ove s’arresta,

usciron quei di sotto al ponticello,
e volser contra lui tutt’i runcigli;
ma el gridò: "Nessun di voi sia fello!

Innanzi che l’uncin vostro mi pigli,
traggasi avante l’un di voi che m’oda,
e poi d’arruncigliarmi si consigli".

Tutti gridaron: "Vada Malacoda!";
per ch’un si mosse - e li altri stetter fermi -
e venne a lui dicendo: "Che li approda?".

"Credi tu, Malacoda, qui vedermi
esser venuto", disse ’l mio maestro,
"sicuro già da tutti vostri schermi,

sanza voler divino e fato destro?
Lascian’andar, ché nel cielo è voluto
ch’i’ mostri altrui questo cammin silvestro".

Allor li fu l’orgoglio sì caduto,
ch’e’ si lasciò cascar l’uncino a’ piedi,
e disse a li altri: "Omai non sia feruto".

E ’l duca mio a me: "O tu che siedi
tra li scheggion del ponte quatto quatto,
sicuramente omai a me ti riedi".

Per ch’io mi mossi e a lui venni ratto;
e i diavoli si fecer tutti avanti,
sì ch’io temetti ch’ei tenesser patto;

così vid’ïo già temer li fanti
ch’uscivan patteggiati di Caprona,
veggendo sé tra nemici cotanti.

I’ m’accostai con tutta la persona
lungo ’l mio duca, e non torceva li occhi
da la sembianza lor ch’era non buona.

Ei chinavan li raffi e "Vuo’ che ’l tocchi",
diceva l’un con l’altro, "in sul groppone?".
E rispondien: "Sì, fa che gliel’accocchi".

Ma quel demonio che tenea sermone
col duca mio, si volse tutto presto
e disse: "Posa, posa, Scarmiglione!".

Poi disse a noi: "Più oltre andar per questo
iscoglio non si può, però che giace
tutto spezzato al fondo l’arco sesto.

E se l’andare avante pur vi piace,
andatevene su per questa grotta;
presso è un altro scoglio che via face.

Ier, più oltre cinqu’ ore che quest’otta,
mille dugento con sessanta sei
anni compié che qui la via fu rotta.

Io mando verso là di questi miei
a riguardar s’alcun se ne sciorina;
gite con lor, che non saranno rei".

"Tra’ ti avante, Alichino, e Calcabrina",
cominciò elli a dire, "e tu, Cagnazzo;
e Barbariccia guidi la decina.

Libicocco vegn’oltre e Draghignazzo,
Cirïatto sannuto e Graffiacane
e Farfarello e Rubicante pazzo.

Cercate ’ntorno le boglienti pane;
costor sian salvi infino a l’altro scheggio
che tutto intero va sovra le tane".

"Omè, maestro, che è quel ch’i’ veggio?",
diss’io, "deh, sanza scorta andianci soli,
se tu sa’ ir; ch’i’ per me non la cheggio.

Se tu se’ sì accorto come suoli,
non vedi tu ch’e’ digrignan li denti
e con le ciglia ne minaccian duoli?".

Ed elli a me: "Non vo’ che tu paventi;
lasciali digrignar pur a lor senno,
ch’e’ fanno ciò per li lessi dolenti".

Per l’argine sinistro volta dienno;
ma prima avea ciascun la lingua stretta
coi denti, verso lor duca, per cenno;

ed elli avea del cul fatto trombetta.

jueves, septiembre 12, 2019

Carla Diacov / La venus de willendorf tiene...













la venus de willendorf tiene
la capacidad abierta y usada desde siempre
dicen especialistas
la venus de willendorf
era usada en ritos de fertilidad
pequeña usable
era usada como amuleto era
usada como objeto de limpieza abyecto
introducido en la
capacidad de las venus ordinarias era
usada como peso para sostener puertas abiertas
era usada para revolver alimentos ritualísticos
era usada en el hervor de los alimentos más corrientes
usada en la tierra era plantada antes de los alimentos
usada dispersor de aromas se ponían gotas
de aceite de corteza de árbol corriente en la capacidad
de la venus de willendorf
que ahí quedaba para uso del recinto
la venus de willendorf era usada
dicen los especialistas
usada para machacar hierbas
usada para amplificar la pequeñez
de las demás venus
todas corrientes
usada para ablandar
carnes relaciones cueros discusiones
pues basta mirar a la venus de willendorf
notable pequeña usable
hoyendía los especialistas usan
a la venus de willendorf
en sus especialidades
la venus de willendorf jamás dejó de ser usada

Carla Diacov (São Bernardo do Campo, Brasil, 1975) Hablar de Poesía n° 38, Buenos Aires, 2018
Versión de Paula Abramo

Ref.:
Carla Diacov
Ruído Manifesto
Forum
Caliban
Medium
Pernambuco

Foto: Poetry Translation Center


[…a vênus de willendorf tem…]

a vênus de willendorf tem
a capacidade aberta e usada desde sempre
especialistas dizem
a vênus de willendorf
era usada em ritos de fertilidade
pequena usável
era usada como amuleto era
usada como objeto de limpeza abjeto
introduzido na
capacidade das vênus ordinárias era
usada como peso de segurar porta aberta
era usada para mexer alimentos ritualísticos
era usada na fervura dos alimentos mais ordinários
usada na terra era plantada antes dos alimentos
usada bolota aromatizadora pingava-se
óleo de casca de árvore ordinária na capacidade
da vênus de willendorf
que ficava ali ao uso do recinto
a vênus de willendorf era usada
dizem os especialistas
usada como socador de ervas
usada como amplificadora da pequenez
das outras vênus
todas ordinárias
usada para amaciar
carnes relações couros discussões
pois basta olhar para a vênus de willendorf
notável pequena usável
hojendia os especialistas usam
a vênus de willendorf
em suas epecialidades
a vênus de willendorf jamais deixou de ser usada

https://hablardepoesia.com.ar/2018/12/11/carla-diacov-un-pulso-primitivo/

miércoles, septiembre 11, 2019

Marcelo Leites / De "Adentro y afuera"


Cuerpo y alma.

X

Las luces se van apagando.
El bar se va vaciando de gente.
Las mujeres con vistosos vestidos
de noche, hacen tintinear sus alhajas
y terminan de contonear sus cuerpos
agitados por el baile.
Después se van yendo
una a una.
También los hombres se van.
Y los mozos.
Al fin, no queda nadie.
Tomás el último trago en la barra
con el dueño del bar.
Beben sin hablar.
Y sin mirarse.
Afuera la noche es oscura,
sin estrellas
y el sol parece muy lejano.

No estamos hechos para mirar
esa luz de frente.



El río pasa, lleva, algo nos deja y algo se va (*)

a JA

               Como un amor que se estrangula a sí mismo,
               así es el río...
               El amor no se tolera a sí mismo.
                                Poema 24, El río, Jorge Aulicino

El río sigue corriendo continuamente
y no sólo no es el mismo río,
sino que nosotros también cambiamos,
vamos perdiendo cosas, envejecemos.
La hipálage funciona muy bien en esos versos,
somos nosotros quienes lo estrangulamos,
los que no somos capaces de hacerlo durar.

Quizá lo que nos deje el río sean reminiscencias:
una danza de cabellos, el murmullo del agua,
el horizonte que se acercaba junto al sol,
el olor a rocío que venía del monte,
los pájaros de fondo y esos instantes
en que pudimos mirarlo juntos, extasiados,
en la orilla,
en la orilla del mundo.

¿Este río es el río
o es una cinta de sueño que va hacia la muerte? (**)

El amor sigue corriendo como el río,
hasta que llega un día en que se rebalsa
y arrasa con todo, no deja ni los sedimentos:
cambia de objeto o de desembocadura.

Sí, la intolerancia es una de las razones;
el hastío, la desidia, la impasibilidad.
Pero mientras tanto ¿cuántas cosas
significativas pasaron a ser insignificantes?
¿Cuánto tiempo lleva estrangular del todo
un amor
y que se borren las huellas indelebles
marcadas con bisturí en nuestro cuerpo?


(*) La isla, canción litoraleña, Chacho Müller.
(**) El agua y la noche, Juan L.Ortiz.

Marcelo Leites (Concordia, Argentina, 1963)

Adentro y afuera,
Barnacle,
Buenos Aires, 2019









Ref.:
Autores de Concordia
Barnacle
Ediciones en Danza
1 Poeta 10 Preguntas
Op. Cit.
Alpialdelapalabra
Laurentino
Noticias de Entre Ríos
Otra Iglesia Es Imposible

Foto: Eurasia

martes, septiembre 10, 2019

Eugenio Montale / El dolor de vivir muchas veces he encontrado














El dolor de vivir muchas veces he encontrado:
fue el estrecho torrente que se agita,
fue el enrollarse de la hoja
seca, fue el caballo desplomado.

No conocí otros bienes salvo el prodigio
que brinda la divina Indiferencia:
fue la estatua en la somnolencia
del mediodía, y la nube, y el halcón en las alturas.

Eugenio Montale (Génova, Italia, 1896-Milán, Italia, 1981), Ossi di seppia, Piero Gobetti Editore, Turin, 1925
Traducción de Guillermo Boido (1941-2013), El Mundo Incompleto, 28 de noviembre de 2013

Ref.:
I Gufi Narranti
Otra Iglesia Es Imposible
El Placard
UNAM
Círculo de Poesía
Ginebra Magnolia
Eterna Cadencia

Foto: Mimmo Dabbrescia/Palazzo Comunale di Genova


Spesso il male di vivere ho incontrato

Spesso il male di vivere ho incontrato:
era il rivo strozzato che gorgoglia,
era l'incartocciarsi della foglia
riarsa, era il cavallo stramazzato.

Bene non seppi, fuori del prodigio
che schiude la divina Indifferenza:
era la statua nella sonnolenza
del meriggio, e la nuvola, e il falco alto levato.

lunes, septiembre 09, 2019

W. H. Auden / Blues de la Muralla Romana















Sobre el brezo sopla el viento húmedo,
tengo piojos en la túnica y un catarro de nariz.

La lluvia cae del cielo tamborileando,
soy un soldado de la Muralla, no sé por qué.

La niebla se arrastra sobre la dura y gris piedra,
mi chica está en Tungria; duermo solo.

Aulus anda merodeando su casa,
no me gusta su conducta, no me gusta su cara.

Piso es un cristiano, venera a un pez;
si de su voluntad dependiese, no existirían los besos.

Ella me dio un anillo pero lo perdí a los dados;
quiero a mi chica y quiero mi paga.

Cuando sea un veterano con un solo ojo
no haré otra cosa que mirar el cielo.

W. H. Auden (York, Inglaterra, 1907-Viena, 1973), Collected Short Poems, Faber & Faber, Nueva York, 1966
Versión de Jonio González

Nota del Traductor: En 1937 Auden recibió en encargo de la BBC (a través de su amigo John Pudney, productor de la emisora), de escribir un texto para un programa en torno a la Muralla Romana. Entre septiembre y octubre de ese año, Auden trabajó en la sinopsis y Benjamin Britten en la música (contra la opinión de muchos ejecutivos de la emisora, que consideraban a Britten demasiado joven e inexperto). El programa fue emitido el 25 de noviembre de 1937 en un espacio de la BBC para la región noreste de Inglaterra. Auden nunca publicó el texto completo, pero reescribió la canción "Over the heather the wet wind blows" ("Sobre el brezo sopla el viento húmedo") con el título "Roman Wall Blues" y publicó la versión en su libro Another Time (Random House, Nueva York, 1940). Tras su muerte, entre sus papeles se descubrieron tres estrofas de una canción titulada "Song of the Legions". Para más información al respecto, véase Plays and Other Dramatic Writings by W. H. Auden, Edward Mendelson, ed., Princeton University Press, Nueva Jersey, 2019. (J. G.)

Ref.:
Poets Org
Interesting Literature
UNAM
El Cultural
A Media Voz
El País
Letras Libres
Ñ
Otra Iglesia Es Imposible

Foto: W. H. Auden, 1967, © Cecil Beaton Studio Archive, Sotheby's London/National Portrait Gallery UK