lunes, septiembre 28, 2020

Emiliano Campos Medina / En el hospital de noche

















Cuatro años
de extrañamiento
en una sala de hospital.
Las hojas de otoño al viento
el vidrio esmerilado y detrás
rostros de hipotermia.
En el hospital de noche
roedores con cara de niño
rascan el vidrio.
Los pasos en el pasillo
una enfermera te despierta,
el ruido de los ascensores
como engranajes de un sueño.

Emiliano Campos Medina (Buenos Aires, 1978)

Nieve en Barcelona
,
Ediciones en Danza,
Buenos Aires, 2020









 

domingo, septiembre 27, 2020

Gregory Corso / En la locura de mi sótano

















Perdí a mi Dios en la locura de mi sótano.
Vi al portero quemar una rata sacramental,
estrellarla contra la tubería, restregar ají picante en sus ojos.

Sin amor, sin amor, en la locura de mi sótano.

Mi hermanito se apoya en el horno caliente.
Mi padre pone a secar ajíes picantes.
Y a mi loca, loca madre le provoca una risa tonta la tarantela.

Gregory Corso (Nueva York, Estados Unidos, 1930 - Robbinsdale, Estados Unidos, 2001)
Versión de Jonio González

Nota del Traductor
Gregory Corso publicó unos ocho libros de poesía a lo largo de su vida, pero a mediados de los años cincuenta, en una terminal de autobuses de Florida, perdió una cartera llena de poemas. Asimismo, en los años setenta extravió otros dos portafolios con los poemas escritos durante cuatro años (el libro se iba a titular Who Am I-Who I Am). Él mismo confesó que cuando necesitaba dinero vendía libros inéditos, de los que no había hecho copia, a distintas universidades. El presente texto, así como "Creepy Flower Peddler" y "Buddah", nunca publicados en libro, fueron rescatados por Gregory Stephenson de unas grabaciones realizadas durante una lectura de Corso en el Poetry Center del San Francisco State College, en octubre de 1956.


Foto: Gregory Corso en fotos de prontuario, c.1948 Empty Mirror


IN THE MADNESS OF MY CELLAR

I lost my God in the madness of my cellar.
I watched the janitor scorch a sacramental rat,
beat it against the pipe, rub hot pepper in its eyes.

No loves, no loves, in the madness of my cellar.

My baby brother leans against the hot furnace.
My father hangs red peppers to dry.
And my mad, mad mother giggles to the tarantella.

sábado, septiembre 26, 2020

Silvio Mattoni / Virtud

















Miro hacia atrás, los autos no me dicen
nada en su paso, ni las calles, ni
las canciones del aire. En cada rostro
hace señas el tiempo. Ruidos o bits
circulan y ocupan más espacio en un disco
que todas las palabras que mi mano
derecha acumulará antes de morirse.
A la carne del mundo sin embargo
le prometí este tránsito, hace mucho
que sólo quiere circular un poco
hasta el punto final de la entropía.
Anoche supe de nuevo que el placer
sexual es femenino, que el falo es fósforo
para prender antorchas más durables.
Me apena el sufrimiento que le espera
a mi hijito: toda la impostura
de la guerra perpetua, el infinito
deseo de conquista. Ahora se va
al jardín con su manito vendada;
una caída, un empujón de patio
le causaron un corte, mínimo, pero él
declaraba entre lágrimas, cuando supo
que se le iba a formar una cáscara y que la piel
debía regenerarse: “Los soldados
estallan en pedazos en la guerra
y por eso los hombres también lloran”.
Lloran. Solos. No pueden reproducirse.

Silvio Mattoni (Córdoba, Argentina, 1969)

El gigante de tinta
Zindo & Gafuri, 
Buenos Aires, 2016











Foto: La Voz

viernes, septiembre 25, 2020

César Fernández Moreno / Vida retirada

























sentado en el umbral de mi casa
qué importante la vereda de enfrente
cosas que el hombre construye para disimular la
indiferencia de la tierra
la pared plana como el fin del mundo
los ladrillos ordenados y blanqueados
las ventanas donde asomar la tarde
y arriba unos pastitos que les gustaba el cielo
y el cielo agarrando las nubes
y el gato las moscas
y la ropa inmortal secándose en el fondo
donde salta un pollo picoteando el vacío
y la abeja que entra en son de paz
y la muerte libando sin maldad en mi corazón
y el argumento decisivo
de la lluvia

César Fernández Moreno (Buenos Aires, 1919-París, 1985), Los aeropuertos, Sudamericana, Buenos Aires, 1967
Envío de Jonio González 


jueves, septiembre 24, 2020

Cesare Pavese / Exterior


















No vuelve el muchacho que se fue a la mañana.
Dejó la pala todavía fría en el gancho
-era el alba- y nadie quiso seguirlo:
se habrá tirado sobre alguna colina. Un muchacho,
de la edad en que se comienza a escupir juramentos
no sabe hacer discursos. Nadie
quiso seguirlo. Era un alba quemada
de febrero, cada tronco color de sangre
coagulada. Nadie sentía en el aire
la tibieza futura.

La mañana pasó
y la fábrica libera mujeres y obreros.
En el buen sol alguno -regresa al trabajo
dentro de media hora- se tiende a comer, hambriento.
Pero hay una humedad dulce que muerde la sangre
y le da a la tierra escalofríos verdes. Se fuma
y se anota que el cielo está sereno, y a lo lejos
las colinas son violetas. Sería bueno
quedarse un tiempo largo sobre el suelo, bajo el sol.
Pero, finalmente, se come, ¿quién sabe si comió
ese muchacho testarudo? Dice un obrero flaco:
está bien, uno se rompe el lomo trabajando,
pero comer se come. Incluso, se fuma.
El hombre es como un animal, querría no hacer nada.

Son los animales los que sienten el tiempo, y el muchacho
lo sintió desde el alba. Y hay perros
que terminan podridos en un pozo: la tierra
agarra todo. ¿Quién sabe si el muchacho no termina
dentro de un pozo, hambriento? Escapó en el alba
sin hacer discursos, con cuatro juramentos,
alta la nariz en el aire.

Piensan todos en eso
esperando el trabajo, como un rebaño desganado.

Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, Italia, 1908- Turín, Italia, 1950), Trabajar Cansa. Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, Griselda García Editora, Ediciones del Dock, Cartografías, Buenos Aires, 2018
Versión de Jorge Aulicino


Foto: Cesare Pavese, 1950 Fanpage

Esterno 

Quel ragazzo scomparso al mattino, non torna.
Ha lasciato la pala, ancor fredda, all'uncino
-era l'alba- nessuno ha voluto seguirlo:
si è buttato su certe colline. Un ragazzo
dell'età che comincia a stacare bestemmie,
non sa fare discorsi. Nessuno
ha voluto seguirlo. Era ul'alba bruciata
di febbraio, ogni tronco colore del sangue
aggrumato. Nessuno sentiva nell'aria
il tepore futuro.

Il mattino è trascorso
e la fabbrica libera donne e operai.
Nel bel sole, qualcuno -il lavoro riprende
tra mezz'ora- si stende a magiare affamato.
Ma c'è un umido dolce che morde nel sangue
e alla terra dà brividi verdi. Si fuma
e si vede che il cielo è sereno, e lontano
le colline son viola. Varrebbe la pena
di restarsene lunghi per terra nel sole.
Ma a buon conto si mangia. Chi sa se ha mangiato
quel ragazzo testardo? Dice un secco operaio,
che, va bene, la schiena si rompe al lavoro,
ma mangiare si mangia. Si fuma persino.
L'uomo è come una bestia, che vorrebbe far niente.

Son le bestie che sentono il tempo, e il ragazzo
l'ha sentito dall'alba. E ci sono cani
che finiscono marci in un fosso: la terra
prende tutto. Chi sa se il ragazzo finisce
dentro un fosso, affamato? È scappato nell'alba
senza fare discorsi, con quattro bestemmie,
alto il naso nell'aria.

Ci pensano tutti
aspettando il lavoro, come un gregge svogliato.

miércoles, septiembre 23, 2020

Virgilio Piñera / Dos poemas


























Naturalmente en 1930

Como un pájaro ciego
que vuela en la luminosidad de la imagen
mecido por la noche del poeta,
una cualquiera entre tantas insondables,
vi a Casal
arañar un cuerpo liso, bruñido.
Arañándolo con tal vehemencia
que sus uñas se rompían,
y a mi pregunta ansiosa respondió
que adentro estaba el poema.
 
Una broma colosal, 1988


Poema para la poesía

Avanza el mar y quiere el blondo pez ensimismarse lentamente,
ensimismarse sin la menor espuma en medio de estos peces agrupados
junto a una estatua combatida ferozmente por la única ola
que viene de noche a morder su rostro impasible.
No, yo no quiero entrar por esa puerta:
pequeñas conchas y fúnebres caballos haciendo la vida,
sin la menor ondulación, sin el menor simulacro de mascarada,
todo claramente como si un sueño fuera a producirse.

Así vamos en la deteriorada vértebra a salir al mar,
notablemente arrugado sin mi amoroso deseo,
sin los castillos donde lame un perro.
Estos animales venían de muy lejos,
sin traer en sus patas el postrer deseo de las damas.
Entra el cartero y me entrega la carta recibida en el sueño,
esas tarjetas con la pálida Rosamunda parada sobre sus senos.
Imposible pensar la vida a través de una lluvia matemática.


Leves pisadas en el fango espeso de la copa del gigante.
No me detengo, no me asombro,
la sorpresa llega en el vientre de un pez.
Tu paz y las desesperadas llamadas del amor,
violar las túnicas dejando el cuerpo intacto.
Dioses, dioses, palabras siempre yacentes
para que nadie interrumpa su alta majestad.
Estoy impulsando este poema y esto puede matarme.

Perro, ven perro, perro sin un ladrido, desoladamente canino.
Qué flores arrojar o qué gavetas.
Todo va a comenzar. Tengo una cáscara.

Los pergaminos, los rollos y las indefinibles técnicas del hombre,
como si envolver, plegar fuera el objeto de esa garra.
No salen por la ventana las llamas y el humo no indica
que el Papa se llamará Impiedad.

Las mujeres avanzan con un pie en la boca,
mi caracol resonador revienta la cabeza de la comedianta.
Todo el mundo ha olvidado su papel:
¡Qué alegría no representar esta noche!
El público protesta y comienza el coito de las sirenas.

Este seno… qué indescriptible viaje me ha contado,
era algo así como si un caballo y la creación poética se reuniesen en un jardín.
¡Oh qué furia!, yerbas pisoteadas, y la mejor flor interrumpiendo su perfume.

¡Qué furia, qué dolor! Estas espumas y el punzante recuerdo
de aquellos pies cercenados en lo mejor de la danza.
Un viaje indescriptible de la soledad de los danzantes,
con la soledad y la melodía extraviada de una orquesta.
Puedo perecer y encontrar un amigo.

Esta cabeza, sus llamas, sus cabellos empapados de melancolía,
las primeras venas y el hueso donde llamo para distraerme.
El pantano del espíritu…
No, yo no quiero, no quiero.

¡Oh, perro mío, orina más y más con tu pata levantada!
El frío mortal de estos países cálidos:
usted llama, nadie responde,
las bocas apretadas, la sangre en la planta de los pies
y el corazón como un antiguo salón abandonado.
Necesito el amor, las toallas, los monumentos.
Vanas lamentaciones. Un pulpo suelta su tinta y se pone a llorar.
No, yo no quiero entrar,
y el mundo me basta.
¿Para qué todo ese vano aparato? ¿Para qué ese juez?
No, yo no quiero entrar,
tejo las últimas guirnaldas y tiendo la vista al horizonte.
¿Y si de pronto me quedo muerto en medio de la calle?
¿Y si de pronto comprendo el amor?
¿Y si súbitamente me dibujo?
¡Oh, no, qué hiriente melodía, qué ladrido!
¿Concretamente puedo enumerarme?

Pero de súbito me quedo sin los símbolos:
sabe usted, un mundo enteramente inerte:
me presentan un cuadro. Nada.
Me entregan a la música. Nada.
Me leen un poema. Nada.
¿Quién irá a perecer?

¡Oh, piedras, muchas piedras, rocas, cubridme!
Un dedo en el agua puede comunicar el frío a todo el cuerpo.
Sería inútil saber que Filemón y Baucis…
Inútilmente llegas a decirme que Leonardo…
No –te digo–, y casi me sonrío.
¡Qué miseria!: pájaro, oiseau, bird, uccello…
Es para golpearse la cabeza,
es para no existir.
Babel, Babel, Babel, pero nadie responde.

El viento acompaña esta amarga costumbre que es hablar,
su médula corriendo enloquecida por las cámaras de la flauta
como si la última palabra fuera a ser pronunciada
o como si el gato frente a mí dijera:
«Hoy hará un hermoso día…».
Usted se inclina, yo me inclino, no hablamos media palabra,
usted me clava un puñal, yo robo un reloj de oro.
No, no hay juez,
el pelotón de fusilamiento ofrece al reo una merienda.
El mundo como hechos sin calificativos.
¿Y aquella frase?
«Un corcho en medio de las hirvientes aguas»…
No queda una sola fotografía del Partenón ni tampoco del Vaticano,
nada queda sino el Amor.
¡Oh, perro, perro mío, aúlla,
ofréceme un poema de aullidos, concédeme esta gracia extrema,
tú mismo lo leerás,
mientras yo quemo los demás poemas!

1944 

La vida entera, 1968

Virgilio Piñera (Cárdenas, Cuba, 1912-La Habana, 1979), La isla en peso. Obra poética, Tusquets Editores, Barcelona, 2000


Foto: Virgilio Piñera por Ida Kar, 1964 National Portrait Gallery; London

martes, septiembre 22, 2020

Leopoldo María Panero / El noi del sucre




















Tengo al niño, al niño bobo, como parado
en Dios, en un dios que no sabe
sino amar y llorar, llorar por las noches
por los niños, por los niños de falo
dulce, y suave de tocar, como la noche.
Tengo a un idiota de pie sobre una plaza
mirando y dejándose mirar, dejándose
violar por el alud de las miradas de otros, y
llorando, llorando frágilmente por la luz.
Tengo a un niño solo entre muchos, as
a beaten dog beneath the hail, bajo la lluvia, bajo
el terror de la lluvia que llora, y llora,
hoy por todos, mientras
el sol se oculta para dejar matar, y viene
a la noche de todos el niño asesino
a llorar de no se sabe por qué, de no saber hacerlo
de no saber sino tan sólo ahora
por qué y cómo matar, bajo la lluvia entera,
con el rostro perdido y el cabello demente
hambrientos, llenos de sed, de ganas
de aire, de soplar globos como antes era, fue
la vida un día antes
de que allí en la alcoba de
los padres perdiéramos la luz.

Leopoldo María Panero (Madrid, 1948-Las Palmas de Gran Canaria, España, 2014), Last river together, Ayuso, Madrid, 1980 / Endymion, Madrid, 1994
Envío de Jonio González

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