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viernes, mayo 17, 2024

Robert Desnos / Cric et crac




Mi querido González Tuñón
Cric et crac
Y el agua corre sin saber
adonde va 
Pero no hay manera de equivocarse
de camino.
Nosotros vamos en la misma dirección
Pero yo te digo no es a la muerte
Es a la vida adonde vamos
No a la vida eterna bien seguro
Pero a la vida
Y yo no daría un solo minuto
de nuestras vidas
Por un siglo.

Robert Desnos 1

Robert Desnos (París, 1900 - Campo de concentración alemán de Terezin, Checoslovaquia, 1945), Raúl González Tuñón, acápite de La veleta y la antena, Buenos Aires Leyendo, 1969


1. El gran poeta francés, uno de los fundadores del surrealismo, escribió este simple y tan expresivo poema en una taberna de París, a mediados de 1937, durante una de las pausas de las sesiones de clausura del Segundo Congreso Internacional de Escritores, las cuales se habían iniciado en Valencia, y proseguido en Madrid y Barcelona. Robert murió dos días después de la liberación de París, a causa de las torturas sufridas en el campo de concentración nazi. Lo habíamos conocido en 1935, en Madrid, gracias a García Lorca. Coincidimos y enseguida se estableció una cálida corriente de amistad. El "petit poème" se publicó años más tarde, en 1957, en Les Lettres Françaises, en un número de homenaje al poeta mártir. [Nota de Raúl González Tuñón]

Mon cher González Tuñón
Cric et Crac
Et l'eau coule sans savoir
    ou elle va
Mais pas moyen de se tromper
    de chemin
Nous Allons au même endroit
Mais je te le dis c'est pas la mort
Pas a la vie éternelle bien sur
Mais la vie
Et je ne donnerais pas un minute 
    de nos vies
Pour un siècle
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viernes, abril 05, 2024

Raúl González Tuñón / Polka de la tarjeta de cartón



I

¿Quién no conoció el peinado 
que usaba misia Felisa,
su pollera con bordado, 
su cara llena de risa,
sus patios con emparrado, 
sus fiestas con pericón,
y quién no estuvo invitado
"con tarjeta de cartón"?

II

¿Quién no conoció la gloria
de matear bajo la parra
cuando tocaban victoria
los dedos en la guitarra,
cuando el mísero colado
salía por el balcón
porque no estaba invitado 
con tarjeta de cartón?

III

Entonces un chorro fino 
caía en la canaleta
haciendo su remolino 
saltarín en la pileta.
Si faltaban los de al lado 
se decía en la reunión
que no estaban invitados 
con tarjeta de cartón.

IV

Ah, las reuniones, comadre, 
comentadas por semana,
Five o'clock tea de Las Ranas, 
de la gente más compadre,
de los que recién llegados 
ligaban un ginebrón
porque estaban invitados 
con tarjeta de cartón.

V

Tenidas de rompe y raja, 
de malevos orilleros
que no se iban a baraja 
cuando olían entreveros.
Chinas empingorotadas 
hacían sonar el tacón,
porque estaban invitadas 
con tarjeta de cartón.

VI

Farolito a kerosén 
del almacén de Perfumo,
mozos que se iban al humo 
si les seguían el tren;
moños, cintas, charolados, 
puro corte y confección,
porque estaban invitados 
con tarjeta de cartón.

VII

Época en que se formaba
corrillo al cantor del Bajo
y Buenos Aires fumaba 
cigarrillos "Vuelta abajo";
patios de cielo entoldado 
con estrellas de ocasión.
¡Ah, no haber sido invitado 
con tarjeta de cartón!

VIII

Polka de cintura fina 
y peinado a la banana,
polka que fue la mañana 
de la milonga argentina;
ya terminó tu función 
y yo nunca te he bailado
pues nunca estuve invitado 
con tarjeta de cartón.

(Escrito en Río de Janeiro, en 1931, para Juan Carlos Moreno González, autor de la música.) [Nota del autor]

Raúl González Tuñón (Buenos Aires, 1905 - 1974), Hay alguien que está esperando. El penúltimo viaje de Juancito Caminador, Editorial Carabelas, Buenos Aires, 1952

Más poemas de Raúl González Tuñón en Otra Iglesia Es Imposible
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Foto: Raúl González Tuñón, Santiago de Chile, c.1937 Archivos

viernes, septiembre 08, 2023

Raúl González Tuñón / De "Canciones del Tercer Frente", 6



La luna con gatillo

Es preciso que nos entendamos.
Yo hablo de algo seguro y de algo posible.
Seguro es que todos coman
y vivan dignamente
y es posible saber algún día
muchas cosas que hoy ignoramos.
Entonces, es necesario que esto cambie.

El carpintero ha hecho esta mesa
verdaderamente perfecta
donde se inclina la niña dorada
y el celeste padre rezonga.
Un ebanista, un albañil,
un herrero, un zapatero,
también saben lo suyo.

El minero baja a la mina,
al fondo de la estrella muerta.
El campesino siembra y siega
la estrella ya resucitada.
Todo sería maravilloso
si cada cual viviera dignamente.

Un poema no es una mesa,
ni un pan,
ni un muro,
ni una silla,
ni una bota.

Con una mesa,
con un pan,
con un muro,
con una silla,
con una bota
no se puede cambiar el mundo.

Con una carabina,
con un libro,
eso es posible.

¿Comprendéis por qué
el poeta y el soldado
pueden ser una misma cosa?

He marchado detrás de los obreros lúcidos
y no me arrepiento.
Ellos saben lo que quieren
y yo quiero lo que ellos quieren:
la libertad, bien entendida.

El poeta es siempre poeta
pero es bueno que al fin comprenda
de una manera alegre y terrible
cuánto mejor sería para todos
que esto cambiara.

Yo los seguí
y ellos me siguieron.
¡Ahí está la cosa!

Cuando haya que lanzar la pólvora
el hombre lanzará la pólvora.
Cuando haya que lanzar el libro
el hombre lanzará el libro.
De la unión de la pólvora y el libro
puede brotar la rosa más pura.

Digo al pequeño cura
y al ateo de rebotica
y al ensayista,
al neutral
al solemne
y al frívolo,
al notario y a la corista,
al buen enterrador,
al silencioso vecino del tercero,
a mi amiga que toca el acordeón:
-Mirad la mosca aplastada
bajo la campana de vidrio.

No quiero ser la mosca aplastada.
Tampoco tengo nada que ver con el mono.
No quiero ser abeja.
No quiero ser únicamente cigarra.
Tampoco tengo nada que ver con el mono.
Yo soy un hombre o quiero ser un verdadero hombre
y no quiero ser, jamás,
una mosca aplastada bajo la campana de vidrio.

Ni colmena, ni hormiguero,
no comparéis a los hombres
nada más que con los hombres.

Dadle al hombre todo lo que necesite.
Las pesas para pesar,
las medidas para medir,
el pan ganado altivamente,
la flor del aire,
el dolor auténtico,
la alegría sin una mancha.

Tengo derecho al vino,
al aceite, al Museo,
a la Enciclopedia Británica,
a un lugar en el ómnibus,
a un parque abandonado,
a un muelle,
a una azucena,
a salir,
a quedarme,
a bailar sobre la piel
del Último Hombre Antiguo,
con mi esqueleto nuevo,
cubierto con piel nueva
de hombre flamante.

No puedo cruzarme de brazos
e interrogar ahora al vacío.
Me rodean la indignidad
y el desprecio;
me amenazan la cárcel y el hambre.
¡No me dejaré sobornar!

No. No se puede ser libre enteramente
ni estrictamente digno ahora
cuando el chacal está a la puerta
esperando
que nuestra carne caiga, podrida.

Subiré al cielo,
le pondré gatillo a la luna
y desde arriba fusilaré al mundo,
suavemente,
para que esto cambie de una vez.

Raúl González Tuñón (Buenos Aires, 1905 - 1974), "Canciones del Tercer Frente", 1943, La luna con gatillo. Selección de poemas líricos, sociales y políticos, tomo II, Editorial Cartago, Buenos Aires, 1957


Foto: Raúl González Tuñón y su firma en las primeras páginas de A la sombra de los barrios amados, Editorial Lautaro, Buenos Aires, 1957; abajo: la portada de la primera edición de Canciones del Tercer Frente, Editorial Problemas, 1941 










miércoles, agosto 30, 2023

Raúl González Tuñón / De "Miércoles de Ceniza"

 

Poema para la Virgencita del Teatro Cervantes

                                          Escrito por encargo de mi querida

Ruega por mí, que tengo pasta de santo y de bandido.
Mi corazón es tierno como un niño dormido.
Ruega por mí, que tengo alma de evangelista, sangre de aventurero.
¡Ruega por mí, que nunca tuve un smoking!

Por mí que heredé el perro de Carlitos Chaplin
y amo las altas torres florecidas de trinos
y creo en Norte América, en la voz de los órganos,
y en el cinematógrafo y en el box, y 
también en Dios y en ti.
Hoy quiero ser creyente y llegar a tu lado
apartando la gente y apartando la rima, y cantarle con una
voz tan simple y tan alta como la de la luna.

Ni damas ataviadas y autos alucinantes,
ni la luz de los focos que aplastan el asfalto;
nunca fustigó el viento tu grandeza minúscula,
tu lucecita humilde que aman los elementos
como los piratas a las mascotas.
Eres una cruz de luz,
el retrato de mi madre de luz,
un gran perdón de luz,
un boquete abierto en una esperanza de cielo,
sin reglamentos y con pájaros pintados.

Quiero creer, oh dulcísima señora, aún más breve
que el zapato de vidrio de la Cenicienta,
que una pequeña felicidad me espera
cuando haya traspuesto el umbral luminoso
del último poniente,
y que desprecias a los burgueses
y a los jurados del municipio,
que por la noche pinchan los globos de los niños.

Me he despertado anoche reclamando a mi madre.
Sólo el viento respondió
con su eterno arrastrar de papeles inútiles,
que arrojan al alba los filósofos.

En tu encrucijada convergen todas las perspectivas
y eres la inmensa luz de Buenos Aires en una lamparita
que nada tiene que ver con la C.H.A.DE.
Siento esa luz en mi alma como a Dios en el mundo.
Cuando el del Barber Shop, junto con el sol,
cuelga su distintivo de latón,
               todavía
                       tu luz
                             brilla
                                 en mi
                                       corazón.

Raúl González Tuñón (Buenos Aires, 1905 - 1974), Miércoles de Ceniza, Gleizer, Buenos Aires, 1928; El violín del diablo / Miércoles de Ceniza, Ediciones La Rosa Blindada, Buenos Aires, 1973

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Fotos: Raúl González Tuñón, Buenos Aires, c.1970; abajo: las tapas de las dos ediciones de Miércoles de Ceniza: la de Manuel Gleizer y la de José Luis Mangieri en La Rosa Blindada






lunes, agosto 28, 2023

Raúl González Tuñón / De "El violín del diablo"




Eche veinte centavos en la ranura

                (Viejo Paseo de Julio, hoy
                   Avenida Leandro Alem)

I

A pesar de la sala sucia y oscura
de gentes y de lámparas luminosa
si quiere ver la vida color de rosa
eche veinte centavos en la ranura.
¡Y no ponga los ojos en esa hermosa
que frunce de promesas la boca impura!
Eche veinte centavos en la ranura
si quiere ver la vida color de rosa.
El dolor mata, amigo, la vida es dura,
y ya que usted no tiene ni hogar ni esposa.
si quiere ver la vida color de rosa
eche veinte centavos en la ranura.

II

Lamparillas de la kermesse,
títeres y titiriteros,
volver a ser niño otra vez
y andar entre los marineros
de Liverpool o de Suez.
Teatrillos de utilería,
detrás de los turbios cristales
hay una sala sombría:
Paraísos Artificiales.

III

Cien lucecitas. Maravilla
de reflejos funambulescos.
¡Aquí hay mujer y manzanilla!
¡Aquí hay títeres y refrescos!
Pero sobre todo mujeres
para los hombres de los puertos
que prenden como alfileres
sus ojos en los ojos muertos.

No debe tener esqueleto
el enano de Sarrasani,
que bien parece un amuleto
de la joyería Escasany.
Salta la cuerda, sáltala,
ojos de rata, cara de clown
y el trala-trala-tralalá
ritma en tu viejo corazón.

Estampas, luces, musiquillas,
misterios de los reservados
donde entrarán a hurtadillas
los marinos alucinados.
Y fiesta, fiesta un poco idiota
o tragicómica o grotesca.
Pero una esperanza remota
de vida miliunanochesca…

IV

¡Qué lindo es ir a ver
la mujer,
la mujer más gorda del mundo!
Entrar con un miedo profundo
pensando en la giganta de Baudelaire…
Nos engañaremos, no hay duda,
si desnuda nunca muy desnuda,
si barbuda nunca muy barbuda
será la mujer...
Pero ese momento de miedo profundo…
¡Qué lindo es ir a ver
la mujer,
la mujer más gorda del mundo!

V

Y no se inmute, amigo, la vida es dura,
con la filosofía poco se goza.
Si quiere ver la vida color de rosa,
eche veinte centavos en la ranura.


Versos a Susana

Un puerto y otro puerto y otro, tal vez mañana
veré otros, lejanos, muy lejanos. 
Sirve café, sirve café, Susana. 
Yo adoro la blancura de tus manos.

La calle es una exclamación inquieta; 
la madama está echando los cerrojos. 
Déjame ver tu cara, tu careta. 
Yo adoro la dulzura de tus ojos.

La flauta del grumete se ha callado 
pero el silencio ha sido agujereado
por el filoso alerta de la ronda.

Un parroquiano... Dile que no entre.
Me ahoga el humo de una pena honda.
Y yo alabo el cansancio de tu vientre.


Bar de camareras

New Gross. Bar de camareras.
Troteras y danzeras.
Vasos de ponche humeantes
en los pálidos semblantes
de las mujeres rameras.
Ojos turbios, cráneos gachos
de viejos y de muchachos
en juego de camisetas,
y las absurdas piruetas
de los marinos borrachos.

Por entre los bebedores
la mujer que vende flores
se esfuerza por sonreír,
La mira -cara de tiza-
una joven primeriza
y se ve en su porvenir.

Sobre el tablado -en verdín-
la melena del violín
con un anillo en la mano
y el resfriado del piano.

Está galante el alcohol
con su querida -la histeria-
y en un do-re-mi-fa-sol
se brinda por la miseria.


Nostalgia de las danzas bárbaras

El fogonero filipino
arroja al suelo su sombrero
y con mirada de felino
alza los ojos, vuelca el vino,
mueve el trasero.

Se ha entusiasmado el bailarín,
en el enfermo, en el caótico, 
furor demente del violín
y del pistón, el bailarín
exótico.

Negro y mugriento muequea
bailando al son infernal
de la música que se arquea.
El filipino piruetea.
¡Oh Clown sensual!

Pobre muñeco grotesco.
¿Qué te ha inspirado a danzar?
Poseído, loco, simiesco,
borracho, funambulesco
risa del Bar.

Calla la orquesta del "Avón".
El fogonero filipino
bebe mi copa de rhon
y haciendo una inclinación
sale a la niebla del camino.


El enano del bazar

El Bazar del Enano. En la calle Florida.
Brillan de alegre asombro los ojos de las gentes
ante la pobre mueca grotesca de la vida
que es un cartel de carne, con alma y con dientes.

Es rubio y pequeñito; tendrá cincuenta años.
Subido a un banquillo divierte al comprador,
y parece uno de esos personajes extraños
habitantes supuestos de un planeta inferior.

Un hábil comerciante lo encontró en el camino
y como a un muñeco de farsa lo compró,
y tal vez todos digan: "Las cosas del destino"...
y yo pienso en la pobre madre que lo parió.


Villas

Por las calles tranquilas,
por el silencio largas,
y en donde hasta la luna se pasea despacio,
no cabe
la primavera con olor a nafta
de los otros barrios.

Como los hombres claros y humildes
se estremecen cuando les atraviesa
alguna mala idea por los ojos absortos,
tú te estremeces
cuando alguna veloz locomotora
te hiere los oídos y te asusta los ojos.

Nostalgias de ciudades que yo no he visto nunca.
Lieja lejana y vieja, lejana y vieja Brujas.
Sobre tus silencios perfumados
desangran los crepúsculos
cuando te ando,

Villa Mazzini, Villa Ortúzar, o Palermo al Sur o Bajo Belgrano.
En el camino
Tú eres como un aljibe; yo una piedra que cae
y se siente rodeada de sonidos.

Raúl González Tuñón (Buenos Aires, 1905 - 1974), "El violín del diablo" (Gleizer, 1926); La luna con gatillo, selección de poemas líricos, sociales y políticos, tomo I: Editorial Cartago, Buenos Aires, 1957


Foto: Raúl González Tuñón, café Tortoni, c.1971. Archivo del diario Clarín. Abajo: Portada de la primera edición de El violín del diablo, Gleizer, Buenos Aires, 1926 Abe Books




















sábado, agosto 19, 2023

Raúl González Tuñón / De "El rumbo de las islas perdidas", 2


Apuntes para este libro

La juventud que huye como un ciervo herido
La libertad que muere como un viejo patriarca
El destino que mira como espía del tiempo
La aventura que tiene la llave de la calle
El albatros que vuela sobre el navío náufrago
La botella arrojada al mar con un mensaje
Los sueños de los niños inventando países
El secreto que oculta la guitarra en su caja
Los ojos de los muertos que ven nacer la lilas
La luna allá esperando la primera visita
Aquello del pasado que mantiene vigencia
Y el porvenir que nace como un niño desnudo

Nostalgia - Devenir - Soledad - Multitud
Ah Hölderlin, ya encontremos 
El rumbo de las islas perdidas.


Leyenda para una tumba prestada

No me promocionaron, nunca di un best-seller.
El buen Théophile Gautier me aplastaba con su éxito,
cuando yo pedía dinero a mi madre.
Poco queda de él y su chaleco rojo
se lo pone hoy el olvido.

Me prestaron la tumba, me enterraron
en donde yace el general Aupick
-mi padrastro-
ex embajador en Constantinopla
y Caballero Condecorado.
Soy Charles Baudelaire, soy el padre
de la poesía moderna.

Raúl González Tuñón (Buenos Aires, 1905 - 1974), El rumbo de las islas perdidas, Ediciones del Alto Sol, Buenos Aires, 1969; Libros de Tierra Firme, Buenos Aires, 1994; Descierto, Buenos Aires, 2012

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Imagen: Raúl González Tuñón por Hermenegildo Sábat

domingo, junio 11, 2023

Raúl González Tuñón / De "La calle del agujero en la media", 3



La trastienda

¿Va en la carreta Scaramouche?
¿Y mi amigo François Villon?
Piéd Blanc aguarda en el recodo
con el puñal de su rencor.

Oh, la taberna, el vaso tosco,
la mesa dura, el piso fuerte.
Los velones han encendido
y en la ventana está la muerte.

A la trastienda llegó ya
toda cubierta la duquesa;
golpeó tres veces en la mesa
y yo soy quien responderá.

Sobre el tonel que está vacío
he de subir, mis camaradas.
Soy el poeta, estoy contento
y la duquesa está borracha.

Pero me iré porque el camino
no tardará en reconocerme.
Los velones han encendido
y en la ventana está la muerte.

Raúl González Tuñón (Buenos Aires, Argentina, 1905-1974), "Tres poemas de algún país", La calle del agujero en la media [1930], Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1981
Envío de Jonio González

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Foto: "Mural orillero de González Tuñón en una calle de Constitución" [Buenos Aires], Libros Inútiles

martes, junio 06, 2023

Raúl González Tuñón / Lluvia




                                                                 A Amparo Mom

Entonces comprendimos que la lluvia también era hermosa.
   Unas veces cae mansamente y uno piensa en los cementerios
  abandonados. 
   Otras veces cae con furia, y uno piensa en los maremotos 
que se han tragado tantas espléndidas islas de extraños nombres.
   De cualquier manera la lluvia es saludable y triste.
   Sus tambores acunan nuestras noches y la lectura corre a su lado 
por los canales del sueño.
   Tú venías hacia mí y los otros seres pasaban.
   No habían despertado todavía al amor.
   No sabían nada de nosotros.
   De nuestro secreto.
   Ignoraban la intimidad de nuestros abrazos voluptuosos, la ternura
de nuestra fatiga.
   Acaso los rostros amigos, las fotografías, los paisajes que hemos visto 
juntos, tantos gestos que hemos entrevisto o sospechado, los ademanes 
y las palabras de ellos, todo, todo ha desaparecido y estamos solos bajo 
la lluvia, solos en nuestro compartido, en nuestro apretado destino, en 
nuestra posible muerte única, en nuestra posible resurrección.
   Te quiero con toda la ternura de la lluvia.
   Te quiero con toda la violencia de la lluvia.
   Te quiero con todos los tambores de la lluvia.
   Te quiero con todos los violines de la lluvia.
   Aún tenemos fuerzas para subir la callejuela empinada. Recién estamos 
descubriendo los puentes y las casas, las ventanas y las luces, los barcos 
y los horizontes.
   Tú estás arriba, suntuosa y bíblica, pero tan humana; increíble, pero 
tan real; numerosa, pero tan mía.
   Yo te veo hasta en la sombra imprecisa del sueño.
   Oh, visitante.
   Ya es seguro que ningún desvío nos separará.
   Iguales luces señaleras nos atraen hacia la compartida vida, hacia 
el destino único.
   Ni en nuestra carne ni en nuestro espíritu nunca pasaremos la línea
del otoño.
   Porque la intensidad de nuestro amor es tan grande, tan poderosa, que
no nos daremos cuenta cuando todo haya muerto, cuando tú y yo seamos 
dos sombras, y todavía estemos pegados, juntos, subiendo siempre la 
callejuela sin fin de una pasión irremediable.
   Oh, visitante.
   Estoy lleno de tu vida y de tu muerte.
   Estoy tocado de tu destino.
   Al extremo de que nada te pertenece sino yo.
   Al extremo de que nada me pertenece sino tú.
   Sin embargo yo quería hablar de la lluvia, igual, pero distinta, ya al
caer sobre los jardines, ya al deslizarse por los muros, ya al reflejar
sobre el asfalto las súbitas, las fugitivas luces rojas de los automóviles, 
ya al inundar los barrios de nuestra solidaridad y de nuestra esperanza, 
los humildes barrios de los trabajadores.
   La lluvia es bella y triste y acaso nuestro amor sea bello y triste 
y acaso esa tristeza sea una manera sutil de la alegría. Oh, íntima,
recóndita alegría.
   Estoy tocado de tu destino.

   Oh, lluvia. Oh, generosa.

Raúl González Tuñón (Buenos Aires, 1905-1974), "Selección de 'Todos bailan, poemas de Juancito Caminador' (1934)", La luna con gatillo. Selección de poemas líricos, sociales y políticos. Tomo I, Editorial Cartago, Buenos Aires, 1957

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Foto: Raúl González Tuñón en su casa en el barrio de Colegiales, Buenos Aires, 1974 Archivo familiar / Clarín

miércoles, marzo 25, 2020

Raúl González Tuñón / De "Todos bailan", 5



















El dancing 

Bajo el verde de la pantalla
mariposa de la tulipa
ensaya un vuelo, de golpe estalla
y Christophen fuma su pipa.
Bajo la media puerta ve
las piernas de las bailarinas
y todo el oro de las minas
va al cajoncito de café.
Mientras bailan los escoceses
la madrugada está acercando
un aire tibio, un aire blando
sobre trágicas livideces.
En el pino del mostrador
la botella del Old-Tom-Gin
y el caricaturesco dolor
del real doble de Charles Chaplín.
El asalto a la diligencia
está planeado, Christophen mira
a través de su displicencia
el humo azul; las cartas tira
bebe su copa de cerveza,
un suspiro profundo exhala
e inclina la hermosa cabeza
agujereada por una bala.

[1934]

Raúl González Tuñón (Buenos Aires, 1905-1974), "Los poemas de algún país", La calle del agujero en la media Todos bailan, Seix Barral, Buenos Aires, 2005

Otra Iglesia Es Imposible - Poeticus - El Placard - Página 12 - Infobae - Clarín - La Nación - Mirá lo que te Digo - La Nueva España
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Imagen: Raúl González Tuñón por Hermenegildo Sábat. Archivo propio

martes, abril 09, 2019

Raúl González Tuñón / De "El rumbo de las islas perdidas"















Y el porvenir que nace como un niño, desnudo

...Cuando andemos de nuevo desnudos
           y no tengamos vergüenza.
                         Jesucristo

Desnudo nace el niño, desnudo y sin un céntimo.
El porvenir es un niño desnudo.
Vienen después los años, las leyes, los prejuicios, el alquiler,
los primeros ministros, y todo se complica.
Vienen los que se oponen a que la historia crezca,
las brújulas se inquieten y se apasionen los relojes,
y están los que se sientan en la piedra
("Non raggionam di lor, ma guarda e pasa".)

A Moisés lo pusieron en una canasta, en la corriente,
y hubo un niño apodado La Suerte en California.
El porvenir estaba en ellos, desnudo y sin vergüenza.


Nostalgia-devenir-soledad-multitud

    Soledad, multitud, términos iguales
         para el poeta altivo y fecundo.
                              Baudelaire

Por momentos en días graves mas no solemnes
vuelvo los ojos a las madres nutricias, viejas fuentes,
y avanzo hacia la verde frescura de las nuevas.
Estoy solo en la calle y rodeado de gentes
en el patio de adentro de la intimidad.
Entre la multitud camino y escapo de ella cuando sueño
o cuando miro, lánguidas, pasar las nubes bajas.

Si, señor Rilke, el creador es un solitario,
pero sólo en el acto de crear, ya se lo dije.
Antes -usted lo supo en un instante intenso-
suele andar, si es auténtico, contemplando los mundos,
en el barro, en la estrella, en la sangre, en el hombre
y en el rumor espeso que viene del Mercado.

Raúl González Tuñón (Buenos Aires, 1905-1974), El rumbo de las islas perdidas, Ediciones del Alto Sol, Buenos Aires, 1969

Otra Iglesia Es Imposible - La Poesía Alcanza para Todos - Letras y Celuloide - Drugstore
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Foto: Raúl González Tuñón en su casa en el barrio de Colegiales, Buenos Aires, c.1971. Archivo familiar

sábado, marzo 30, 2019

Raúl González Tuñón / De "La calle del agujero en la media", 2


















La cerveza del pescador Schiltigheim

Para que bebamos la rubia cerveza del pescador Schiltigheim.
Para que amemos Carcassonne y Chartres, Chicago y Quebec, torres y puertos.
Los blancos molinos harineros y la luz de las altas ventanas de la noche
encendidas para los hombres de frac y para los ladrones.
Y las islas en donde las Kanakas comen plátanos fritos y bajo el sol
y bajo las palmeras, entre ágiles mulatas suenan los ukeleles.
Islas, dije, las islas, soles rojos, platillos para Darius Milhaud.
¡Tener un corazón ligero! Vale decir, amar a todas las mujeres bellas.
Y una moral ligera, vale decir, andar con gitanos alegres
y dormir en un puerto un ocaso cualquiera y en otro puerto y otro
y andar con suavidad y con desenvoltura de fumador de opio.
Para que a cada paso un paisaje o una emoción o una contrariedad
nos reconcilien con la vida pequeña y su muerte pequeña.
Para que un día nos queden unos cuantos recuerdos: decir, estuve,
estuve en tal pasión, en tal recodo. Estuve, por ejemplo,
en la feria de Aubervilliers, una mañana, con un trozo de asado,
una amistad tranquila, la mesa clara, el perro, el buen hablar
y afuera, las verduleras de París chapoteando con los zuecos en la nieve.

Para que bebamos la rubia cerveza del pescador Schiltigheim
es necesario no asustarse de partir y volver, camaradas. Estamos
en una encrucijada de caminos que parten y caminos que vuelven.

Raúl González Tuñón (Buenos Aires, 1905-1974), La calle del agujero en la media [1930], reeditará Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2019

 Más poemas de Raúl González Tuñón en Otra Iglesia Es Imposible
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Foto: Raúl González Tuñón en la redacción del diario Crítica mientras se transmitía la pelea Firpo-Dempsey (1923). Archivo familiar

sábado, agosto 20, 2016

Raúl González Tuñón / José de San Martín escribe a O'Higgins

 









          Sólo unidos venceremos (De una carta de San Martín a O'Higgins)
                      
La sombra de la patria cruza su frente pálida.
Por la ventana ve los ágiles veleros.
Mil ochocientos treinta y tantos. Las palomas
suben como la tarde en la plazuela antigua.

Dejadme recordar suspirando que he visto
veleros y palomas y a un hombre en medio, solo,
más puro que el crepúsculo,
cerca del mueble donde yace muerto
el poncho desgarrado que anduvo en Chacabuco.

El perfil de la horca
multiplica en Europa su agudo árbol inválido.
La Santa Alianza a la ávida mandíbula borbónica
promete devolver la juventud de América.
Del general proscrito tiembla la mano augusta
llamando a la unidad de los americanos.

Los ágiles veleros
van a llevar su alerta más allá de las nubes.
Él, el Libertador, el Verdadero,
escribe entre recuerdos, bajo lámparas frías
con su mano por donde va subiendo la Muerte
en la más desolada de las habitaciones
y luego, hambriento mío,
sale a dar de comer a las palomas.

Nadie, ninguno, nadie, ni aun Simón Bolívar
-a quien siempre veré entregando a Miranda-
Ni Rosas, siervo al fin de Londres y de Viena,
vieron como él y como él golpearon
a las puertas de América, despertando al Destino.

Una derrota de carbón contempla
sobre los hombros de los cargadores,
la vieja verdulera de los muelles,
el triste actor de harina y de nostalgia,
la Librería atestada de biblias y Lutero,
y en la pequeña tienda de olores conocidos
gentes que hablan del tiempo y la desgracia.

¡Dadme esa carta! Dadme la rosa de las nieblas.
Por un caliente río de ceniza ha pasado
y del polvo del polvo de los huesos yacentes
su grito atruena América, Padre de los Relámpagos.
                  Que el sol de la Argentina
                  y la estrella de Chile lo recojan.

Raúl González Tuñón (Buenos Aires, 1905-1974), Primer canto argentino, Edición del Autor, Talleres Macland, Buenos Aires, 1945
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Foto: Raúl González Tuñón (der.) con Héctor Yánover, c. 1973

viernes, julio 15, 2016

Raúl González Tuñón / Último poema a Ricardo Güiraldes


















                                               para Martín Fierro


Eras tan sabio que contigo nació o murió la palabra.
Eras tan bueno que contigo nacieron y murieron
los crepúsculos tiernos.

Yo era joven y tenía los ojos llenos de Rusia.
Recién nacidos al mundo y arañados de panoramas extranjeros.
Tú los vaciaste y los llenaste de Pampa.
Tu corazón de grande no cabía en la Pampa.
Tu casa estaba a unos metros tan solo de la Pampa.

Ayer ha muerto Don Segundo Sombra.
Los arados están a media asta.
El cielo está a medio horizonte
y a media vidalita la guitarra.

Inútil que volvamos al resplandor del hueco de tus manos
a la digna mansedumbre de tus ojos aindiados
de tanto barajar los horizontes de tu Patria y la mía tan querida.
Pero estás en nosotros repartido como la luz del sol está en el mundo.
Inútil que pronuncien tu nombre los que ayer vapulearon tu talento,
Tu nombre que se atrevió a romper un silencio de cretinos,
perfumándolo y santificándolo.

Tú eres de nosotros como lo es la tierra florecida
y la ciudad que tú también amabas lanceando el cielo
con sus enormes edificios –Sólo tu corazón era tan alto.

Cuando cantabas con la guitarra
lindo jilguero pampeano
un crespón para la guitarra
y la canción a media mano.
Yo, poeta de Buenos Aires
ordeno que se haga el ocaso
sobre la ciudad y que nadie
pretenda modular un canto.

Al canto lo llevó a la muerte
el gaucho Ricardo Güiraldes!

Inútil que volvamos a golpear en tu pecho luminoso.

Raúl González Tuñón (Buenos Aires, 1905-1974), “Homenaje a Ricardo Güiraldes”, revista Martín Fierro, proyecto de número, diciembre de 1927, editado por la Peña del Libro Trenti Rocamora, Buenos Aires, 10 de noviembre de 2007
Envío de Jonio González
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Foto: Archivo Clarín

viernes, enero 01, 2016

Raúl González Tuñón / De "Canciones del Tercer Frente", 5


















Canción que Juancito Caminador dejó inconclusa

Cuando la Reina y el Rey se casaron
       ¿recuerda usted?
Era en Viena, los valses garuaron
       ¿era en Budapest?
Era en Belgrado, la guerra en puerta
       ¿era en Zagreb?
Carmen Sylva ya estaba muerta
       ¿era en Bucarest?
Cuando la Reina y el Rey se casaron
       ¿qué pasó después?
Sonaban los violines lentos
y los graves pianos maduros
y en los horizontes oscuros
andaban los oscuros vientos.
De los pinos en el jardín
colgaban soldados ahorcados
y el de Ulm, el campeón mastín,
ladraba cielos estrellados.
Demayóse la Reina y todos
los concurrentes a la fiesta
buscaron en sus sobretodos
las armas. Callóse la orquesta.

En la calle, junto al farol
de suave niebla revestido,
Al Capone y el rey Carol
planeaban un rapto atrevido.
El Embajador de Alemania
mientras tanto, trataba en vano
de besar la pálida mano
de la princesa de Rumania.
De pronto al palacio llegó
sin cabeza -nada correcto-
un mensajero del Prefecto,
y el rey Boris palideció
Las damas regias tan amigas
de lucir siempre sus alhajas
sacaron rápidas navajas
de la vaina de hermosas ligas.
De pronto el viejo Director
del famoso Teatro Real
gritó desde el corredor...

Raúl González Tuñón (Buenos Aires, 1905-1974), "Canciones del Tercer Frente - IV. Los caprichos de Juancito Caminador (1933-1939)", 1943, Poesía reunida, Seix Barral, Buenos Aires, 2011
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Imagen: Foto en la cubierta del disco Cuarteto Cedrón interpreta a Raúl González Tuñón, 1977

miércoles, junio 03, 2015

Raúl González Tuñón / La locura blanca













Hasta esos hombres lívidos, en las cámaras del fuselaje
o el óvalo perfecto, aceitado y flamante
de los alevosos submarinos,
o medio enterrados en el lodo de la trinchera temerosa
o el hoyo desconfiado, abierto por obuses,
o aquellos que anduvieron con Jim Morrison, de Illinois,
o los que vieron
el resplandor fugaz del hacha de Larsen, el Negro, que era blanco,
podrían comprender todo lo que hay de trágico
bajo la noche, en ese entierro,
entre la nieve del Gran Silencio Blanco.

Acosados por una locura que no es la vulgar,
ni la locura roja de la guerra,
ni la locura verde de la selva.
Por la locura blanca.
Locura de espejismo, de la Fata Morgana de las nieves eternas,
y del iceberg errante
y de los precipicios permanentes
y de los ventisqueros palpitantes.
Locura de sentirse alejados del mundo,
y hasta fuera del mundo y del recuerdo.
En medio del silencio que después de los siglos florecía
en la voz y en los gestos humanos. En la angustia.

Fue en la hora del entierro de un desventurado.
Murió aplastado por el hielo implacable,
al desprenderse de pronto la barquilla
(como de pronto se desprende y cae un sueño)
del aerostato poderoso
que el noble comandante Nóbile comandaba,
y en la misión piadosa y fraternal
había ido al país de la nieve, lejano,
y libre, y silencioso.

Habían apartado los escombros,
de la barquilla destrozada,
y los bloques del hielo, y de la sombra.
Y Vicenzo Pamella allí estaba tendido.
Un joven rubio y fuerte.
Con sus ojos cegados por la locura blanca.
Arrebatado por la blanca muerte.
Sus mismos camaradas la cavaron la fosa.
Era en el mismo corazón del Polo.
Y lo enterraron.
Y de la audacia y la pasión y el sacrificio hablaron.
Luego al volver los ojos al horizonte pálido,
fue como si miraran hacia adentro;
habíanse olvidado de mirar hacia afuera.

Estaban allí rígidos; estaban blancos, blancos,
en medio de la gran locura blanca
del Gran Silencio Blanco.

Raúl González Tuñón (Buenos Aires, 1905-1974), "A la sombra de otras latitudes", A la sombra de los barrios amados, Editorial Lautaro,  Buenos Aires, 1957
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Foto: Archivo familiar

sábado, enero 18, 2014

Raúl González Tuñón / Surprise party en Madrid





















7 de noviembre

(1936)

Quevedo entró sonriendo -cojeaba un poco- y mirando por el rabillo del ojo a Fray Luis de Granada, Baltasar Gracíán y Fray Luis de León, los primeros en acudir a la cita.
Luego entraron juntos Fernando de Rojas y Santa Teresa, lo que no dejó de causar cierto regocijado asombro a Quevedo.
Lope de Vega llegó con varios Autores Anónimos, cantando unas coplas que hablaban de la villa de Madrid, insobornable y heroica.
El Marqués de Santillana, el Arcipreste y Gonzalo de Berceo saboreaban un vino de soldado como si fuera de primera, pasándose la bota a cada instante.
Jorge Manrique apareció después. Le acompañaba el Autor Anónimo del "Mío Cid".
Fuera, don Luis de Góngora se alegraba de volver a ver un Madrid ennoblecido por el dolor.
Al mismo tiempo Velázquez, el Greco, Murillo y Goya contemplaban con distintos ojos e idéntico ardor el mismo cielo cuyos secretos conocían de antiguo,
Bécquer entró solo, con una lágrima en la corbata.
Le seguía Espronceda, con un ramo de siemprevivas. (Aprovecharía para visitar la tumba de Teresa).
Luego entró Larra (con el trabuco que pensaba donar a las milicias). ¡Qué irresistible simpatía la suya!
Pérez Galdós y Ganivet entraron juntos. El primero apoyado en su bastón rugoso y el segundo con el rostro verdoso, lejano y triste.
Todos daban muestras de impaciencia cuando apareció Valle Inclán haciendo el saludo antifascista con la mano que le faltaba, y todos se alegraron.
De pronto se produjo un gran silencio.
Federico García Lorca hizo su entrada.
Estaba un poco pálido, pero sonrió a todos. ¡Que irresistible simpatía la suya!
Santa Teresa se acercó a él, dándole un beso en la frente (en la que se veía un agujero rojo).
Pedro Espinosa, Garcilaso, el Conde de Villamediana y Calderón, que llegaron enseguida, sentáronse a su lado.
Después vino la oscuridad.
Todos se reunieron en el fondo del templo vacío, donde únicamente había quedado el Cristo de madera pintada (obra de Juan de Juanes, que estaba presente, con Berruguete) y al cual, con gran contento suyo, los obreros habían puesto esta leyenda colgada del pecho ensangrentado:
"Tú eres de los nuestros".
Fue entonces cuando el templo se iluminó. Con la luz, luz él mismo, llegó Don Quijote. (Era fácil reconocer en él a Cervantes).
Después de saludar con una inclinación de cabeza levantó levemente la lanza señalando hacia el oeste de la ciudad.
Todos se incorporaron.
Encaminóse a la puerta del templo.
Todos le siguieron.
Silenciosamente atravesaron la plaza de Santa Ana y continuaron andando por las calles, entre banderas, carteles, explosiones de júbilo y coraje, hacia el oeste de la ciudad.
Ellos podían ver, pero a ellos no los veían.
En el oeste de la ciudad había comenzado la lucha.
Pasaron, apartando cadáveres.
Parecía que de un momento a otro, pese a la bravura del pueblo en armas, los agentes del extranjero, los generales traidores y la tropa mercenaria iban a lograr su propósito: ocupar y arrasar la ciudad.
Don Quijote (era fácil reconocer en él a Cervantes) alzó la lanza sobre el suelo ardido del barrio de Argüelles,
Luego guió a los demás hasta el Paseo de Rosales.
Entrada la noche recorrieron todo el costado de la cintura amenazada de la ciudad de Castilla.
Allí donde ellos se detenían, allí donde la lucha era más terrible, allí donde caían los bravos del pueblo, allí se hacía más fuerte Madrid.
Allí fue contenida la avalancha.
Y las sombras volvieron a su mundo de perfecta sombra. Quiero decir, de perfecta luz.

Raúl González Tuñón (Buenos Aires, 1905-1974), "Las puertas del fuego", 1938, La luna con gatillo, Tomo I, Editorial Cartago, Buenos Aires, 1957
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Foto: Álbum familiar

sábado, junio 29, 2013

Poemas elegidos, 56


Rubén Reches
(Buenos Aires, 1949-2018)

Versos a Susana, de Raúl González Tuñón
Yo era muy chico, debía tener catorce años. Pero ya había leído poesía tradicional, a los españoles del siglo de oro y una más cercana, la de Darío. Y antes de toda esa poesía, a los trece años, había leído y recitado durante semanas y meses a Héctor Gagliardi. En Tuñón encontré por primera vez la expresión de una libertad encantadora. El humor del poeta o una ocurrencia repentina suya hacían que el razonamiento poético se hiciera sinuoso, que incorporara leves o bruscos cambios de humor de la voz que decía el poema. Hacían que un verso empezara por una idea que prometía desarrollarse, pero que un estado de ánimo cambiara el curso del razonamiento o que lo enlenteciera o lo interrumpiera durante un hemistiquio o un par de versos. Conseguir esos efectos fue parte de lo que empecé a proponerme en los poemas que escribí por esa época, que fue la de la segunda parte de mi historia con la poesía.




Versos a Susana

Un puerto y otro puerto y otro, tal vez mañana
veré otros, lejanos, muy lejanos. 
Sirve café, sirve café, Susana. 
Yo adoro la blancura de tus manos.

La calle es una exclamación inquieta; 
la madama está echando los cerrojos. 
Déjame ver tu cara, tu careta. 
Yo adoro la dulzura de tus ojos.

La flauta del grumete se ha callado 
pero el silencio ha sido agujereado
por el filoso alerta de la ronda.

Un parroquiano... Dile que no entre.
Me ahoga el humo de una pena honda.
Y yo alabo el cansancio de tu vientre.

Raúl González Tuñón (Buenos Aires, 1905-1974)



Foto: Rubén Reches por Guido Bonfiglio en el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires

domingo, junio 23, 2013

Poemas elegidos, 44


Jorge Fondebrider
(Buenos Aires, 1956)

Escrito sobre una mesa de Montparnasse, de Raúl González Tuñón
Mis primeros intentos de leer poesía escrita en castellano durante la adolescencia fueron un fracaso. Supongo que  mucho tuvo que ver el azar: no tuve suerte con los autores, no me hablaban, no eran para mí. Creo que el primero fue Nicolás Guillén, que me pareció francamente horrible. Pablo Neruda y sus Veinte poemas… me resultaron empalagosos (debo decir que nadie me dijo que probara suerte con Residencia en la tierra), a los españoles siempre los toleré mal y los argentinos, hasta entonces, eran apenas el soneto dominguero de La Nación, que, por lo general, no era de Borges. Por eso, cuando entré en la escuela secundaria, gracias a algunos compañeros y al bibliotecario del colegio descubrí un montón de poesía que estaba escrita en ese otro castellano, no el de la tradición, sino el de la traducción, al que por mucho tiempo di por bueno. Y ahí aparecieron Walt Whitman, espléndidamente traducido por el ecuatoriano Francisco Alexander, Ezra Pound traducido por Carlos Viola Soto o Marcelo Covián, Cesare Pavese traducido por Horacio Armani, Edgar Lee Masters traducido por Alberto Girri, Dylan Thomas por Elizabeth Azcona Cramwell, Stéphane Mallarmé en la increíble traducción de Raúl Gustavo Aguirre, y Montale, Ungaretti, Saba, para no hablar de Wallace Stevens, o William Carlos Williams, o Theodore Roethke (que siempre me pareció un Dylan Thomas del otro lado del Atlántico). Después, a los 20 años, durante una larga temporada que me tocó estar en París, “descubrí” casi por casualidad la literatura argentina. Para ese entonces ya venía pertrechado con Borges, pero sumé a Roberto Arlt y muy fundamentalmente a Raúl González Tuñón. Y el Tuñón que más me gustó fue justamente el que, también de paso por París, se tomó el trabajo de devolvernos su propia versión de la Argentina. Me refiero al Tuñón de La calle del agujero en la media, el de “La cerveza del pescador Schiltighein”, “Poema del Boulevard Saint-Michel” y, sobre todo, “Escrito sobre una mesa de Montparnasse”. A ese poema vuelvo cada vez que quiero explicarle a alguien en qué consiste lo mejor de la argentinidad, olvidándome, de paso, del profundo asco que hasta el día de hoy me producen los milicos, de las muchas reencarnaciones de los peronistas –un movimiento, a no olvidarlo, también fundado por un militar y que por lo tanto exige una disciplina vertical– y de los siempre timoratos radicales, temerosos incluso de sus propias sombras. En ese poema, que como muchos otros poemas de Tuñón llevan a pensar en Valéry Larbaud o en Blaise Cendrars, se lee: “Vengo de Buenos Aires, digo a mis amigos desconocidos, /de Buenos Aires que es tres veces más grande que París /y tres veces más pequeña. /Y aunque mi sombrero y mi corbata y mi espíritu canalla /sean productos perfectamente europeos /soy triste y cordial como un legítimo argentino”. Entiendo que ambas afirmaciones son ciertas, pero no es todo. Tuñón también me revela casi mágicamente en qué consiste la eufonía, cuando escribe: “quisiera irme al Turkestán porque Turkestán es una bonita palabra /y mi amigo Michel Berboff nació en Turkestán”. Desde mi punto de vista, se trata de un plan del todo extraordinario, presentado de manera ejemplar. Pero, si se me permite, voy a volver atrás, justamente a la estrofa que dice: “Los gatos se calientan al sol /pero un hombre necesita de la buena lumbre, de la buena carne y de la mujer /siquiera dos veces a la semana”. No leí en ninguna parte que alguien haya advertido que Tuñón incurre en esos versos en una serie de flagrantes galicismos (la varias veces reiterada repetición “necesitar de”, como traducción literal de avoir besoin de; “siquiera” por “al menos”) y me parece que se debe a que el poema se siente tan argentino que, como en el caso de la lengua que usamos –a la que, de paso, poco le importa cómo se dicen las cosas en España–, admite todo tipo de licencia casi como la fe. Tuñón me dio al Gelman que alguna vez me gustó, que me dio a Vallejo. Casi enseguida vinieron César Fernández Moreno, Francisco Madariaga, Edgar Bayley y, muy especialmente, Joaquín O. Giannuzzi. Parafraseando a Macedonio Fernández, duermo de ese lado.




Escrito sobre una mesa de Montparnasse

Una tarde por el ancho rumor de Montparnasse
por ese aire de provincia tan confianzudo y claro
–cada ventana paga su pedazo de sol con una canción,
anduve bebiendo el buen vino rojo y alegre como una canción,
rojo y alegre como una revolución.

Y entonces, pensé: ¿qué haré ahora de mi vida?
Tengo dos amigos, un saxofonista y un vendedor de globos.

Ellos me han dicho: viene el invierno y eso es terrible.
Los gatos se calientan al sol pero un hombre necesita
de la buena lumbre, de la buena carne y de la mujer
siquiera dos veces a la semana.

Algunas mujeres me han detenido en Montmartre
pero me piden cigarrillos y cien francos
y yo solo puedo darles ágiles besos casi inéditos
y hablarles de mi país sin que ellas me comprendan
y decirles que Blanca Luz está en Méjico
sin que ellas me pregunten quién es Blanca Luz.

Una noche bajo la vieja luna de París degollada en los techos
–la luna que alumbra a los enamorados y a los cobardes–
yo vi cómo en un alto balcón
se amaban un muchacho y una muchacha.

Vengo de Buenos Aires, digo a mis amigos desconocidos,
de Buenos Aires que es tres veces más grande que París
y tres veces más pequeña.
Y aunque mi sombrero y mi corbata y mi espíritu canalla
sean productos perfectamente europeos
soy triste y cordial como un legítimo argentino.
Diría: soy un pobre muchacho abandonado aquí
como una valija rotulada en todas las aduanas del mundo
y quisiera irme al Turkestán porque Turkestán es una bonita palabra
y mi amigo Michel Berboff nació en Turkestán.

Pero si yo pudiera llevar a la práctica algo que hace días reflexiono:
¡Ponerme a gritar sobre la Torre Eiffel con afilados gritos
para que venga una mujer y me ame!

¿Conocen ustedes el Neuquén?
Allí hay cabañas de troncos de árboles
y pulperías en donde venden conejillos y libros de Maurice Dekobra.

¿Y Tucumán? En Tucumán solo puede buscarse
la noche en los ojos de sus
mujeres y las guitarras de sonoras y floridas parecen patios.

¿Y Mendoza? En Mendoza los niños saben cantar
porque han nacido al borde de las acequias.

¿Y La Rioja? Yo anduve por ahí adolescente y barbudo como un gitano
y gané una elección con cincuenta pesos y una vaca,
absorto, como Buster Keaton.

¿Y Santa Fe? En Santa Fe viví treinta días en un convento
con ocho frailes franciscanos que iban doblándose hacia el suelo.
Los duendes venían hasta mi cuarto trayéndome briznas de sol
y por la noche se ocultaban en las hornacinas
para hacerles señas a los perros sin dueño y a los viajeros extraviados.

Nosotros tenemos además estaciones abandonadas, pozos de petróleo
y escuelas rurales, como en los cuentos de Bret Harte.

Pero lo que no tenemos es la alegría verdaderamente constante,
la risa verdaderamente pura,
el corazón verdaderamente libre.

Y no se hable de mi corazón.
Yo quisiera
anunciar la función de los circos
dando puñetazos a las estrellas rojas.

Yo quisiera escupir los vidrios de un expreso de lujo
para que rabien los millonarios.

Yo quisiera interrumpir todas las comunicaciones telefónicas
para ver si encuentro una palabra, una sola palabra para mí
y abrir toda la correspondencia del mundo por ver si alguien
una sola persona tiene un recuerdo, un solo recuerdo para mí.

Yo quisiera explotar una bomba, derrocar un gobierno,
hacer una revolución con mis manos amigas del
cristal, de la luz, de la caricia
–destruir todas la tiendas de los burgueses
y todas la academias del mundo–
y hacerme un cinturón bravío de rutas
inverosímiles como Alain Gerbault
para que venga Blanca Luz y me ame.

Raúl González Tuñón (Buenos Aires, 1905-1974)


Foto: Jorge Fondebrider en París, 2012