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miércoles, mayo 12, 2021

Silvina Ocampo / Escenas de Palermo
















Una mendiga imita con su cara quemada
la cara del busto de Alfonsina Storni.
Esto no impide que se pase la mañana
lavando ropa sin jabón,
con el agua de la fuente.
De las ramas de los arbustos
cuelga cuidadosamente la ropa lavada.
La ropa atada en las ramas,
parece una gigantesca floración.
Por eso la gente exclama,
no muy segura, en tono de pregunta:
“Ahora que hay menos gatos
¿no les parece que Palermo está mejor cuidado?”.
-Es claro que puede ser. Los gatos son muy limpios

Poesía inédita y dispersa, Emecé, 2001

Silvina Ocampo (Buenos Aires, 1903-1993), "Mendigos: Una antología", por Eduardo Ainbinder Op. Cit. abril 12, 2021


Foto: Silvina Ocampo fotografiada por Adolfo Bioy Casares, Buenos Aires, 1959  Tam Tam Press

viernes, enero 13, 2017

Silvina Ocampo / Soledad














En algunas personas
amamos a personas
que no existen ya;
en otras, amamos a nadie,
ni a esa misma persona.

Silvina Ocampo (Buenos Aires, 1903-1993), Poesía inédita y dispersa, Buenos Aires, Emecé, 2001

sábado, junio 08, 2013

Poemas elegidos, Faretta (eludimos el número inconveniente)


Angel Faretta
(Buenos Aires, 1953)

Oscuridad, de Silvina Ocampo
En la lírica moderna el yo, o una proyección particular y vicaria del yo, se separa, eleva o rebaja para ser una suerte de cámara móvil que describirá aquello que la otra mitad sufre o padece -difícilmente goza. Y si lo hace es para reflejar especularmente tanto lo efímero de ese goce como, tras la huida del placer, el regreso doloroso -nóstos álgos- a lo trágico cotidiano. Porque es eso lo que ha sucedido con lo trágico y la tragedia, se han vuelto cotidianos, diarios. Por eso el cine y la poética del tango y el regreso de la representación melodramática.
Una voz se separa de lo que la otra voz padece. Este padecimiento puede ser también lo que la voz primera recuerda -i. e. líricamente- de lo sucedido a esa segunda voz que está en un pasado de relación especular con ese presente lírico. Si ello es así, este poema de Silvina Ocampo leído en mi in illo tempore particular y vuelto a releer con los años, cumple todas las condiciones antes dichas. También con el empleo, desvío o transformación lírica de los objetos seriales y maquinales producidos ad nauseam en la ciudad moderna industrial.
¿Qué fermentos y leudantes dieron a mi propia poesía? Lo dejo para los tenaces pero benevolentes lectores críticos.


Oscuridad

Tal vez nadie te ame como te amé aquel día.
No yo misma. Qué oscuro estaba el aposento.
En la dicha que fue también padecimiento
tu clandestinidad era, en tinieblas, mía.

Las cortinas metálicas y las ruedas que giran,
el confuso rumor de ascensores, los cables,
en el viento afilado las escalas variables,
los gritos ambulantes, con voces que se estiran,

no anunciaban que afuera persistieran las cosas
como siempre: las tiendas, la gente, los carruajes,
los letreros políticos, las miserias, los viajes,
los portafolios rotos, los zapatos, las rosas.

Y para recordarte, sin querer, en mi olvido
compuse este catálogo de sonidos diversos
ahora descifrables, antes vagos, dispersos,
que paulatinamente adquirieron sentido,

rostros, mitos y luego complejas vestiduras,
rituales perfecciones, edificios de frente,
en esa luz que a veces aun sin amor consiente
como la eternidad a elaborar figuras.

Silvina Ocampo (Buenos Aires, 1903-1993)

viernes, agosto 10, 2012

Silvina Ocampo / La visión



La visión

     a J.L.B.

Caminábamos lejos de la noche,
citando versos al azar,
no muy lejos del mar.
Cruzábamos de vez en cuando un coche.

Había un eucalipto, un pino oscuro
y las huellas de un carro
donde el cemento se volvía barro.
Cruzábamos de vez en cuando un muro.

Íbamos a ninguna parte, es cierto,
y estábamos perdidos: no importaba.
La calle nos llevaba
junto a un caballo negro casi muerto.

Era de noche -esto será mentira.
Tal vez, pero en mis versos es verdad-.
Una arcana deidad
casi siempre nocturna que nos mira

vio que nos deteníamos y el día
suspendió sus fanáticos honores,
clausuró sus colores
pues también el caballo nos veía.

No digas que no es cierto: nos miraba.
Con la atónita piedra de sus ojos,
bajo los astros rojos,
nos vio como los dioses que esperaba.

Silvina Ocampo (Buenos Aires, 1903-1993), "Los nombres", 1953, Poesía completa I, Emecé, Buenos Aires, 2002

Ilustración: Cavalli e tempio, 1949, Giorgio de Chirico

lunes, enero 23, 2012

Silvina Ocampo / Epístola a Giorgio de Chirico




Epístola a Giorgio de Chirico

Giorgio de Chirico, yo fui su alumna.
Recuerdo el perfil griego y la manzana
y el cielo de París en la ventana
donde soñó el espacio y la columna.

Mientras pintaba yo impetuosamente,
en el silencio, atenta, su mirada,
me asustaba en su cara aprisionada;
Giorgio de Chirico, era usted paciente.

Y recuerdo, en sus cuadros, con un yeso,
pescados cuya sangre no manchaba:
usted para asombrarme la tocaba.
Yo me reí. Perdóneme por eso.

En el ámbito trágico del mar
de sus cuadros, el viento azul se calla,
y en el relámpago se ve en la playa
dos caballos con furia triangular.

Del carro de mudanzas con espejos,
de los muebles que pueblan el desierto,
del ventanal, con sombras, entreabierto,
sobre el místico ardor de los reflejos,

de aquellos habitantes de mi sueño,
de aquellos gladiadores en la arena,
de la niña del arco en la serena
calle patética, es usted el dueño.

Europa está sangrando; así es la guerra
con los follajes de las explosiones
que ha destruido los tiernos corazones,
los hijos, los hogares y la tierra.

Pero el mundo en sus cuadros, admirable,
que buscó el edificio y la moldura
y desdeñó del árbol la dulzura,
permanece en el tiempo, irrevocable.

Las alas del papel, los muros rojos,
la oscura catedral, el cisne triste,
lo que aún no pintó, para mí existe
con imágenes suyas en mis ojos.

El negro, el ocre y el azul -misterio
del aire en sus cuadros- me ha seguido
con fulgor en la vida. Ha prometido
la realidad buscar su cautiverio.

La centáurea es más densa, más abierta;
las estaciones oyen más secretos,
levantando los brazos, altos, quietos;
hay rumores de mar en cada puerta.

Giorgio de Chirico en un sueño arcano
a un muerto habló en las sombras del laurel:
"Oh Piranesi, el bello capitel
conmueve más, sin flores, que un verano.

No invocaré las hojas ni las ramas,
para pintar paisajes duraderos;
no invocaré los hombres verdaderos:
quiero del edificio el muro en llamas,

el hombre como un leño sobre el suelo,
las arañas de sombra estremecida,
la máscara, la espuma definida,
la atormentada formación del cielo".

Poemas de amor desesperado, 1949

Silvina Ocampo (Buenos Aires, 1903-1993), "Diez poemas de la década de 1940 seleccionados por Jorge Aulicino", Otro río que pasa, un siglo de poesía argentina contemporánea, Bajo la Luna, Buenos Aires, 2010

Ilustración: Autoritratto, 1922, Giorgio de Chirico

martes, enero 18, 2011

Silvina Ocampo / Fantasmas de las glicinas



Fantasmas de las glicinas

Soy muy seria. Me llamo Beatriz. Tengo doce años.
Tengo una falda azul y cintas en el pelo.
A través de estas flores como a través de un velo
veo confusamente los detalles extraños
de un infierno en el cielo.

Si es cierto que son flores ¡qué mal pueden hacerme!
Penden sobre los muros en el patio tranquilo
de esta casa amarilla donde no encuentro asilo,
donde llegan las ráfagas del campo azul que duerme
con fragancia de silo.

Una voz persuasiva me cuenta cada noche
de esas flores un cuento que me ha desesperado:
fragmentario y oscuro, de mí se ha apoderado
y al oírlo yo siento que me lleva en un coche
a un infierno privado:

"Antiguamente no era las glicinas, glicinas.
Eran el agua clara de unas grandes montañas
que bajaba entre piedras con violencias extrañas
mostrando con furor en ondas cristalinas
sus líquidas entrañas.

"Nacieron del milagro de Jazán aquel día
que transformó las aguas de una alta catarata
en flores suspendidas con reflejos de plata,
sobre un niño travieso, que buscaba la fría
muerte en el agua grata.

"Oyeron los lamentos del niño revivir
y dieron a un milagro, solamente tristeza:
¿Por qué eres vida igual a la muerte? Me pesas.
Qué horribles son tus flores. No me dejan morir.
¡Vanas son tus promesas!"

¿Qué fue del contristado Jazán entre la sombra?
¿Qué fue del niño intrépido mientras se creyó muerto?
¿Huyó de los fantasmas en un mundo desierto?
¿Se vengó del milagro? ¡Ah, nadie ya los nombra!
Yo sola sé que es cierto.

Con qué perversidad invisible florecen
sobre el portón austero de las quintas dormidas,
engañando las tórtolas que en la ciudad perdidas
buscan pacientemente vuelos que favorecen
horas agradecidas.

Son ellas, ellas solas las que extienden en las rejas
y en las columnas vínculos lisonjeros de flores,
en las abandonadas casas donde hay señores
severos, en mármol, nimbos de oro y de abejas
sobre los corredores.

Son ellas que vigilan mientras reposa el día
en los cóncavos atrios de la noche y resuelven
el destino terrible de mi vida y me envuelven
como lentos gusanos con la caricia fría
de mis penas que vuelven.

Vedlas caer sinuosas como cintas mojadas,
con luminosidad terrible de pupilas,
con podridas corolas, como flores tranquilas,
como una lluvia azul, extintas, desmayadas,
tratando de ser lilas.

Ved cómo se transforman en rememorativas
formas, en laberintos, en peces, en insectos,
en prisiones de espejos, en monstruosos proyectos.
Ved cómo me torturan con almas vengativas
crueles y desleales.

Cuando me hayan matado desaparecerán
buscando las distantes formas hexagonales
de las oscuras rocas de los bosques natales;
volverán a ser de agua y cantando bañarán
sus piedras tropicales.

Silvina Ocampo (Buenos Aires, 1903-1993), "Poemas de amor desesperado", 1949, Poesía completa, Emecé Editores, Buenos Aires, 2002

Ilustración: La selva, 1943, Wilfredo Lam

lunes, enero 17, 2011

Silvina Ocampo / Arácnidas



Arácnidas

Una araña reluce en este cuarto,
la memoria de muchos días queda en sus caireles,
cuando parto atesoran otras;
no alcanzan mis ojos a distinguir
cuál es la luz del reflejo
y cuál la de las lamparitas.
No puedo imaginarme ciega porque toda oscuridad
me parece un retrato del espacio infinito en las formas.
Mis ojos me enseñaron la diferencia
que existe entre el reflejo y la luz,
sólo veo la luz del reflejo
y no la luz de las lamparitas vanidosas
que en algo se parecen a los diamantes.

Cuando un temblor de tierra entrechocó los caireles
un repiqueteo como de campanas
colmó el cuarto de alegría.
Recogí un pedacito roto del suelo.
Amaba los terremotos que tan graciosamente
hacen temblar la tierra.
Alguna vez prometí morir en un cataclismo.

Ahora me pregunto por qué se llama araña
este adorno que cuelga del techo
y que me inspira estas estúpidas frases.
En la casa de campo de mi infancia antiguamente
había un plumerito de largo mango
que servía para limpiar el cielo raso,
lo llamaban el plumero de las arañas.
Casi todas las noches alguna araña
atraída, se diría, por los plumeritos,
se anidaba en alguna moldura.
Las arañas parecían intuir
que aquella arma mortal podía con menos riesgo
servir de guarida y tomaron la costumbre
de esconderse adentro del plumerito
que tenía aparentemente el mismo color
y la misma textura.
No quise asistir
al descubrimiento de la primera telaraña
insertada delicadamente en el plumerito
que parecía una peluca.
Era frecuente oír esta frase al anochecer:
"¿Dónde está el plumerito de las arañas?"
y que alguien contestara
"¡Qué se yo! Se lo habrán llevado".
Llegué a creer que algunos plumeros pertenecían
a las arañas y no que limpiaban los techos.
Y hoy mismo lo creería si volviera a oir aquellas frases,
luego, sentiría la incongruencia de la vida
que busca a veces amparo
en el arma que nos va a matar.


Silvina Ocampo (Buenos Aires, 1903-1993), de Cornelia frente al espejo, 1988, en Tupé, número 5, diciembre 2010

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Ilustración: La mujer de monóculo, 1926, Francis Picabia

viernes, febrero 06, 2009

En un museo vio unas caras



En un museo

En un museo vio unas caras,
unos torsos, unas manos,
unos pies de yeso que le gustaban tanto
que de noche soñaba con ellos
y los miraba en el sueño
para retenerlos mejor.
Alguna vez quiso ser de hueso o de mármol
nunca de bronce,
me decía, porque le daba miedo.
Nos veíamos en Palermo,
en el lago junto al embarcadero
pintado de blanco
que tanto nos gustaba.
Nos sentábamos en uno de los escalones
para dar de comer a los cisnes blancos y negros
que en aquellos tiempos
vivían en el lago
y se alimentaban del pan que les llevábamos.
Ella no me quería.
Era tan mala que siempre se despedía de mí
diciendo en lugar de "hasta pronto", "hasta nunca".
No era muy bonita
pero no necesitaba serlo.
Celestes eran sus ojos
pero no del todo
porque se parececían al color que la rodeaba.
En nuestro tiempo
había frondosos arbustos
bordeando el lago cerca de la pérgola,
con glicinas.
Era la maldita primavera.
Quedaban flores de lonicera fragantísimas.
Tan tupido era el bosque de arbustos
debajo de la arboleda
que adquiría el día color de la noche
y la noche color del día.
Yo la deseaba.
Ella no me deseaba.
Se le ocurrió un atardecer
desvestirse totalmente
en el lugar más sombrío de la arboleda.
"Te apuesto que me desnudo".
"¿Qué dirá el guardián?"
"Dirá que soy una estatua".
Junto a unos azahares florecidos,
como si no le importara,
cuando la miré estaba desnuda.
La ropa a sus pies
parecía un pedestal de piedra.
Alguien se asomó entre las ramas y dijo:
"¿Qué es esto?"
"Es una estatua de la Venus de Milo.
Mañana la van a poner aquí
o no sé dónde.
Es preciosa sin duda".
El hombre se puso a llorar con angustia
y me dijo:
"Siempre me pasan estas cosas.
Tengo que irme ahora a mi casa".

Silvina Ocampo (Buenos Aires, 1903-1993), Poesía inédita y dispersa, Emecé, Buenos Aires, 2001

Foto: Silvina Ocampo, por Fiora Bemporad, El País, Madrid

De Silvina Ocampo en este blog: Tu nombre

viernes, enero 23, 2009

Nadie consigue pronunciar tu nombre


Tu nombre

Nadie consigue pronunciar tu nombre.
Sólo yo conozco la inflexión perfecta.
Fáltales la ternura que fluye
y la dulzura en las consonantes.
No saben distinguir el color
de la nota musical exacta.
Por eso yo respondo cada día
inventando un nombre:
azul, pájaro, brisa, luz.
Palabras comunes
que se pueden decir sencillamente
aun sin conocerte y sin amarte.

Silvina Ocampo (Buenos Aires, 1903-1993), Poesía inédita y dispersa, Emecé, Buenos Aires, 2001