Mostrando las entradas con la etiqueta Rafael Felipe Oteriño. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Rafael Felipe Oteriño. Mostrar todas las entradas

jueves, diciembre 14, 2023

Encuesta lírica / Los libros de 2023, 7

Rafael Felipe Oteriño *


Esa materia que se fuga, Daniel Freidemberg (Barnacle, 2023)
Una recopilación de lo visto, vivido y sentido, como diría Agamben.


Los últimos cielos, Santiago Kovadloff (Vinciguerra, 2023)
La perplejidad de vivir.


Poetas beats, traducción de Esteban Moore y Patricia Ogan Rivadavia (Yaugurú, 2023)
Poemas de una revolución poética tan fuerte como la del surrealismo.


Al margen de la noche, antología, Esteban Moore (HCEditores)
Moore es un cronista de los días, mientras traza un valioso puente, con sus traducciones, entre el inglés y el español.


Poemas para Inés, Fernando Sánchez Sorondo (en redes sociales)
El tradicional poema de amor en novedosa y estilizada composición.


Jerusalén, el tigre de Dios, Leopoldo Castilla (Nudista, 2023)
Visiones trascendentes en Tierra Santa.


* Rafael Felipe Oteriño (La Plata, 1945). Abogado de profesión, ejerció como juez en lo civil. Publicó doce libros de poesía, entre ellos Rara materia, El invierno lúcido, Viento extranjero y Lo que puedes hacer con el fuego. Como ensayista, publicó Una conversación infinita y Continuidad de la poesía. Es miembro de la Academia Argentina de Letras.

jueves, noviembre 09, 2023

Rafael Felipe Oteriño / De "Lo que puedes hacer con el fuego"



Salmo
 
          Nunca se equivocaron
          los Viejos Maestros.
                        W. H. Auden
 
El mundo existe, las cosas existen:
la piedra, el sol, el aire,
el pájaro en vuelo
y la primavera en la rama.
 
Cuando el desánimo nos abate
la memoria se encarga de recogerlos
y forma con sus semillas
el volcán y la rosa, la cantera y el sonido.
 
También la ola, el claro del bosque,
las iglesias góticas
y los campos de lavanda
nos salvan de la tristeza.
 
Eso lo sabían los Viejos Maestros,
y amaban la perspectiva,
los álamos de Italia
y la sal de la tierra.
 
Eran incansables: repetían
el oro brillante y la esfera celeste,
las nubes en el cielo
y el suelo bajo los pies.
 
Que lo visible perdure,
que lo incontable renazca:
eso debatían en los talleres,
y en las telas abundan colinas, iglesias, árboles.

Rafael Felipe Oteriño (La Plata, Argentina, 1945)
 
Lo que puedes hacer con el fuego
,
Editorial Pre-Textos, 
Valencia, 2023










Foto: La Región, Ourense, Galicia

domingo, febrero 21, 2021

Rafael Felipe Oteriño / Las cosas



Estas estrellas no existen: proyectaron
su luz hace más de mil años
y se extinguieron. Este río no llegará 
al mar: será un hilo de agua
y, después, tierra seca. Este camino
no lleva a ninguna parte: los que tomaron por él
partieron hace mucho tiempo
y ya no regresan. Estas armas no son
para que las uses: hablan de una lucha anterior
que no es la tuya. El escritorio, los papeles, el lápiz,
están entintados por otras manos
y por otros sueños.
                           No sabemos
si eligieron nuestra mesa o si son una invención
de Dios para llevarnos más alto
y más lejos. Si yacen o si derivan
de otro cielo, tardamos años
en ponernos de acuerdo. Nos hablan
de la rotación de la Tierra, pero sólo percibimos
el movimiento de las hojas, en otra rotación
casi amiga, que tampoco entendemos.
                                                           Lo frío,
lo caliente, el punto
justo en que se derrama el agua, ¿quién lo conoce?
¿Y las mareas? Ah, el mar es algo misterioso
y grave, sobre todo momentos antes
de la tormenta.
                    ¿Están ellas adentro
o afuera de esta cabeza? ¿Viven en mí
o en sí? Cierro los ojos, y el mundo permanece
en calma; los abro
y ya no está más la estrella que miraba.
                                                            Nos sobrevivirán.
A grandes zancadas recorren la distancia
entre su obstinación y mi asombro;
sombras de la memoria, no bastan
para calmar la sed.
                            Incorruptibles, solas
-dientes de león o alas de mariposas-,
en su continuo hacerse, en la hermética
sombra, junto a esta lámpara
que se apaga.

Rafael Felipe Oteriño (La Plata, Argentina, 1945), "Lengua madre", 1995, En la mesa desnuda. Poemas 1966-2008, Ediciones al Margen, La Plata, 2008


domingo, diciembre 18, 2016

Rafael Felipe Oteriño / Proposiciones para una definición de la poesía


Como prolegómeno, y en la sospecha de que la definición es menos teórica que práctica,  invito a despejar supuestos y a ensayar algunas herejías:

1. Alejar, provisoriamente, a la poesía de las bellas artes, si es que, en el sentido decimonónico, se entiende por bellas artes a una sublimación de lo existente. Aproximarla a la ansiedad que precede a las vísperas y al desasosiego de saber que somos lo que nunca se ultima.
2. No esperar de la poesía el rasgo convencional de otras fuentes como la ley o la costumbre. La poesía no es convencional, aunque se valga del lenguaje –que parcialmente lo es- y esté en el dominio del pensamiento y de la imagen.
3. Comprender que la poesía no dice más de lo mismo: dice lo otro de lo mismo. A un mundo abarrotado de palabras, aporta una lengua que produce una nueva representación del mundo. Improductiva para el mercado, desconcertante para el lector no iniciado, peligrosa para los dictadores que desconfían de la utilización subrepticia del lenguaje, extralimita los contenidos del saber corriente y los sostiene con su presencia.
4. La poesía no nos saca de este mundo. Nos deja entrever otro mundo, sin sacarnos de éste. Su acción es ética antes que estética. No sometida a ningún programa, esencialmente libre, cumple con el anhelo de la oración: religa.
5. Como señala Gadamer, la poesía entroniza la palabra más “diciente” frente a las formas efímeras del lenguaje comunicativo. ¿Quién recuerda las palabras que dijimos esta mañana cuando nos sirvieron el café o pagamos el diario? Cumplieron su función y se esfumaron. La poesía, en cambio, tiene varias capas y una resistencia de fondo que invita a conservarla en la memoria.
6. No esperar que la poesía cuente algo. La poesía expone, desnuda, inquiere. Si, como de hecho ocurre, potencia los hechos o los sobreactúa, es necesario hacerse a la idea de que emplaza otra dimensión de la vida.
7. La poesía no es música, pero es musical, entendido esto como la instauración de un universo sonoro que nace entrelazado con la dación semántica de las palabras.
8. Escritura de la “magnífica noche blanca que permanece resplandeciente y sin explicación” (esto es de Mallarmé), la poesía propone respuestas a preguntas que nadie hizo y que todos, secretamente, se formulan.
9. Hay en ella menos pensamiento y más lenguaje. Lenguaje sin sujeción a los poderes, en el que antes hablaban los dioses y los héroes; ahora, lo callado y lo indecible.
10. El poeta siente el agobio de utilizar un lenguaje prestado y, con la misma intensidad, la necesidad de liberarse de él, creando uno nuevo con el que quedará solo. Trastévere personal que todo poeta ha sentido alguna vez, impelido por la necesidad de establecer un vínculo con lo sobrenatural que excede al lenguaje.
11. El lenguaje poético crea más realidad. No necesariamente por el lado de la adición, sino por la perspectiva de la mirada. No es casual que su herramienta más reiterada sea la metáfora. “Un poco más de luz” reclaman los poetas cuando se topan con la inexpresividad de lo real, con los límites de lo decible,
con lo inacabado de la vida.
12. Es un arte del conocer y del desconocer. Mejor dicho: un arte del conocer que se instrumenta mediante el desbaratamiento de las apariencias y el rechazo de los lugares comunes.
13. No es ciencia, pero está animada por la curiosidad de la ciencia. La poesía constituye una última red de significación que pone de manifiesto un más allá que, aún en ausencia de objeto real alguno, permanece revelándose y ganando en profundidad. Si se busca un fundamento objetivo, poesía es aquello que produce la percepción de una realidad nueva –única, fresca, singular e inevitable– emparentada directamente con la fuerza evocadora del lenguaje.
14. La poesía es una disciplina de la vida interior. Gracias a su ejercicio se agudiza el pensamiento, cobra estructura verbal el sentimiento, se abren brechas en la noche sin fondo de lo no dicho y en el pozo oscuro de lo inexpresable.
15. Como otro capítulo de su trabajo, la poesía pone en práctica una ecología de la mente. Todos aquellos esfuerzos por fijar en la memoria los viejos poemas de la humanidad aparejan una lección que se traduce en lucidez para captar lo simbólico, velocidad para discernir lo singular en lo general, perspicacia para diferenciar lo principal de lo accesorio, originalidad en el tratamiento de los eternos temas: la vida, la muerte, el amor, la soledad, la solidaridad, la siempre renovada belleza.
16. La poesía es anárquica. En la búsqueda de la palabra que penetre en los pliegues de lo real, desobedece la autoridad normativa, extralimita su significado y devuelve un escenario en el que la tarea de nombrar el mundo todavía no ha sido cumplida. Es voz de lo que no tiene voz.
17. Es una consagración de la forma. En su diálogo con el mundo, dando cita al recuerdo, desmontando las palabras adocenadas por la costumbre para volverlas a montar en otra significación, la poesía está hambrienta de forma. Con ella construye el puente que la conduce hasta el lector.
18. Independizada de su autor, la poesía tiene historicidad propia, a la que se accede por la labor conjunta del poeta –que deja cifradas sus imágenes– y del lector, que las hace suyas en tiempos y escenarios distintos. En virtud de este apoderamiento, el poema se convierte en un lugar de encuentro.
19. Y es, asimismo, una escuela de humildad. Porque su estado de alerta y concentración, de escucha y trabajo, permite comprender que los problemas de un hombre son los problemas de todos los hombres: satisfacer el anhelo de un lugar, vencer al tiempo, dar forma a la vida interior, adoptar una posición crítica ante los atropellos de la historia, domesticar las aporías de lo inalcanzable, procurar un acuerdo con el mundo. Y entonces, cuando el poeta reclama “un poco más de luz” y el lector se aboca a la lectura, la poesía nos recuerda que no estamos solos.

Rafael Felipe Oteriño (La Plata, Argentina, 1945)



Una conversación infinita,
Ediciones del Dock, Colección Época,
Buenos Aires, 2016








Foto: Academia Argentina de Letras

viernes, noviembre 25, 2016

La lira argentina, ¿cómo suena?, 14


Rafael Felipe Oteriño

Perdida su incidencia en la Historia, abandonada su práctica como gracia nemotécnica, alejada de las costumbres mundanas, pero conversada, ágil, irónica, resistente, la poesía busca recuperar la esfera de la intimidad en una época entregada a la idolatría del mercado, con la consiguiente aniquilación de los lenguajes familiares, hechos de sobreentendidos, acentuados por la emotividad y atravesados por la discreción y el silencio. Ha apagado el énfasis y hace pie en las preguntas simples (y no tan simples) de una criatura que se sabe solo humana. Así cumple su papel de ser la otra voz, última red, testimonio y reserva de sonido y sentido.








Rafael Felipe Oteriño (La Plata, provincia de Buenos Aires, 1945). Poeta, ensayista, abogado. Publicó once libros de poesía, el último titulado Viento extranjero (Del Dock, 2014). Su obra se encuentra parcialmente reunida en Antología poética (1997), Cármenes (2003), En la mesa desnuda (2008) y Eolo y otros poemas (2016). Ha sido docente y funcionario judicial. Codirige la colección Época de ensayos sobre poesía en Ediciones del Dock. En ella publicó su libro de ensayos y notas sobre poesía Una conversación infinita (2016). Es miembro de número de la Academia Argentina de Letras.

viernes, octubre 24, 2014

Rafael Felipe Oteriño / Lo inefable













Y el fresco de la mañana y la corriente de aire perfumado
fueron suficientes:
lo inefable se percibe en los cuartos, se insinúa en las paredes,
brota un poco más lejos, en el reverbero del camino,
y se borra.
Así, todas las veces y durante las cuatro estaciones.

Esfumado, es la ausencia;
favorecido por el relámpago, la sensación y el escalofrío.

Le di mis manos para que no le pesara la deformidad de la historia
y las tomó sólo por momentos.
Juntos atravesamos galerías, arcos de medio punto
y manantiales
en los que el agua rejuvenece.

Así nació la ilusión de que había un lugar y estaba próximo.

Supe que era lo mejor,
sin referencia exacta ni obrar fijo, sin esperar respuesta
ni buscarla:
un vuelo de colibríes que alborota las hojas.

Lo inefable vierte vino en las jarras, da color a las vocales,
pronuncia voces detrás de un muro
cuyo guardián es invisible.
Habla y habla.

De lo inefable son los molinos de viento,
la lluvia sobre el techo y el parpadear de las estrellas.
                                                                  Nuestros,
los argumentos, las frases en latín y la música de cámara.

Rafael Felipe Oteriño (La Plata, 1945), Viento extranjero, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2014

Foto: La Región Ourense

miércoles, octubre 15, 2014

Rafael Felipe Oteriño / Exhumaciones, 4














Exhumaciones

4. Diccionario Enciclopédico Garnier
París, Novísima Edición

Me descubro
consultando palabras
en tu diccionario de juventud.

Son las mismas
que alguna vez te desvelaron,
Hades, su pasaje a Destino
y su pariente cercano: Cronos.

Subrayadas,
con notas al margen,
entre signos de admiración.

Todo eso arrebatado por hollín
y viento perfumado.

Rafael Felipe Oteriño (La Plata, 1945), Viento extranjero, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2014

domingo, agosto 31, 2014

Rafael Felipe Oteriño / Los más viejos














Acostumbrados a caminar por la sombra,
los más viejos tienen conductas extravagantes:
van al mercado, cultivan flores,
como si la muerte no fuera un telón sino un reto.

Guardan la moneda de hoy para el concierto de mañana,
anotan, con tinta gruesa, los números de teléfono,
mantienen una conversación con los difuntos,
disimulando las ofensas para que no parezcan excesivas.

Dicen que fueron felices,
aunque las pruebas demuestran lo contrario,
hablan de los hijos como si los vieran a diario,
comienzan un tejido y aprenden computación.

No hay en ellos señales de alarma
ni sueños malos que los persigan,
no se sienten hostigados ni piden auxilio,
sus relojes no marcan las horas a menos que se rompan.

Maestros de lo improbable,
pasan muchas horas con las ventanas abiertas,
están y no están en sus sillas caldeadas, son y no son.

Barren la vereda como si nada estuviera a punto de estallar,
como si los cuatro puntos cardinales
no se hubieran fundido, para ellos, en uno solo.

Rompen el mito de la muerte,
sumando un anillo más al árbol que los cobija.
Dicen que fueron felices.                            

Rafael Felipe Oteriño (La Plata, 1945), Viento extranjero, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2014














miércoles, junio 12, 2013

Poemas elegidos, 21


Rafael Felipe Oteriño
(La Plata, 1945)

Encuentro, de Czeslaw Milosz
Elijo el poema de Czeslaw Milosz en su versión en inglés, supervisada por el autor. Pertenece a uno de sus primeros libros (Salvación, 1945) y está fechado en 1936, en Wilno, capital de Lituania. Milosz es un poeta con el que siento una larga y profunda afinidad. Su formación clásica, su mirada comprometida con el presente, su propensión a la memoria y al autoexamen y una indisimulada religiosidad me han seducido desde que lo leí por primera vez. Más aún, hace unos años viajé a Lituania sólo para conocer el paisaje y las ciudades de su infancia y adolescencia, y al año siguiente fui a la bella Cracovia adonde regresó para morir luego de su prolongado exilio en la costa californiana de Estados Unidos. La versión del poema es mía. Hay otras en Poemas (Marginales, Tusquets Editores, Barcelona, 1984, realizada por Bárbara Stawicka), en Tierra Inalcanzable (Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2011, perteneciente a Xavier Farré) e internet contiene traducciones de José Díaz Bordón y José Emilio Pacheco.
El poema es simple, descriptivo y memorioso. Su primera mitad fluye apacible como un río de llanura. Pero guarda para el final un verso de contagiosa vitalidad, que es toda una apuesta al poderío de la emoción. Con ese verso -que, como veremos, muta las pérdidas en ganancias- despeja cualquier inclinación a la melancolía, tan propicia en los poemas cuyo tema es el pasado. El contraste entre la Naturaleza física y la adaptabilidad humana es lo que más me seduce, ya que parece afirmar que el mundo es imperfecto, pero es humildemente el único que tenemos. Las dos primeras líneas (Atravesábamos campos helados en un vagón al amanecer./ Un ala roja se levantaba en la oscuridad) plantea el escenario donde se desarrolla la acción. El poeta habla de la incursión en tren que hiciera con algunos compañeros por una campiña que ha quedado atrás (atrás en el tiempo y en el espacio). No es difícil imaginar que el lugar ha sufrido cambios geográficos, corrimiento de fronteras e, incluso, la pertenencia a sucesivas banderas en razón de la guerra que asoló a esa inequívoca Europa Central de principios del siglo XX. El cielo rojo del amanecer, desplazándose como un ala, es el telón de fondo de la vida joven en su combustión, pero señala asimismo la vislumbre de las amenazas que se cernían entonces sobre esos territorios.
En la tercera y cuarta líneas el poema toma cuerpo, ya que, del encuentro fortuito con una liebre que se cruza en el camino, surge la intercesión que da temperatura espiritual a la escena (Y de pronto una liebre cruzó el camino./ Uno de nosotros la señaló con la mano). Son datos objetivos, pero de un dramatismo seco, callado como el de todo aquello que anticipa un acontecer incierto. Entran a jugar los dos elementos vivaces del poema: la liebre y el ademán de la mano, lo que es tanto como decir: el devenir y la articulación de lo humano. Toda una expresión de apertura, de vértigo y oportunidad, en la que no puede obviarse la tácita imagen del tiempo como fuga. Las dos líneas siguientes implican una reflexión que, por su intensidad, precipita el poema hacia su inesperado final  (Eso fue hace mucho. Ninguno de ellos está vivo./ Ni la liebre ni la mano que hizo el gesto). No hay queja por parte del poeta: hay mayor apunte de detalles. Pero sobreviene la pregunta ontológica: el ubi sunt clásico (…dónde están ellos, dónde se han ido/ el fulgor de la mano, la estela del movimiento, el susurro de la grava). Y la respuesta no se demora: en mi pregunta no hay tristeza, sino admiración. Como para despejar dudas y quitar todo eco elegíaco que pudiera esperarse, el autor opone a la inevitable “tristeza”, que es el lugar común de las pérdidas, la rica palabra wonder (admiración), que suena celestial como el soplo de un órgano. La sonoridad de la palabra es, en este caso, más contundente que su semántica.
El poema está recorrido por oposiciones y contrastes: campo helado/ala roja, oscuridad/amanecer, liebre/mano, vida/muerte, y por último, la más significativa: tristeza/admiración. Ciertamente, la palabra admiración no era la esperada por el lector. El vocablo que naturalmente fluye en estas circunstancias es otro más íntimo: “resignación”. Pero el poeta no quiso concluir el poema con una palabra de clausura. Quiso sobreelevar la imagen hasta rozar una sublimación. El poeta describe la alegría de haber asistido al universo infinito desde su propia finitud. Y esto es toda una enseñanza. Pese al tiempo transcurrido y las ocasionales pérdidas, prima la henchida “admiración” sobre la apocada “tristeza”. El poema recoge la felicidad del hecho de vivir y esa felicidad me acompaña cada vez que lo leo y trato de aproximarme a su cristalina originalidad.



Encuentro

Atravesábamos campos helados en un vagón al amanecer.
Un ala roja se levantaba en la oscuridad.

Y de pronto una liebre cruzó el camino.
Uno de nosotros la señaló con la mano.

Eso fue hace mucho. Ninguno de ellos está vivo,
Ni la liebre ni el hombre que hizo el gesto.

Oh, mi amor, dónde están ellos, dónde se han ido
El fulgor de la mano, la estela del movimiento, el susurro de la grava.
En mi pregunta no hay tristeza, sino admiración.


Czeslaw Milosz (Lituania, 1911–Cracovia, 2004)
Versión de Rafael Felipe Oteriño

viernes, mayo 07, 2010

Rafael Felipe Oteriño / Dos poemas






Crujido

Viejo crujido de la escalera,
me has acompañado hasta aquí.

Cuando, debiendo llegar a tiempo, me demoraba,
trepado a invisibles caballos en el camino.

Y cuántas veces cerraste la puerta al dedo incisivo,
disimulando el metal de las palabras con pisadas de gato.

Ahora se mueve enorme tu péndulo:
toca los extremos de lo que no ha llegado aún y ya no pesa.

Como el cazador que ve una luz, y a esa luz se encamina,
subo y bajo despacio:

hasta que lo más duro de la oscuridad se disuelva.



Esa vez, Platón

Esa vez, Platón se equivocó: los poetas
no devuelven imágenes repetidas,
no conspiran contra la fidelidad de los espejos.
Hacen que el árbol de la razón
parezca enano. Que los espejos devuelvan
nuestro verdadero rostro deformado.
Tal cual es: con ojos hundidos
y una luz brevísima que irrumpe y desaparece.
Los poetas rescatan la moneda
que se perdió en el fondo del lago,
la gota que sin cesar perfora la piedra,
y eso también concierne a la República.


Rafael Felipe Oteriño (La Plata, 1945), Todas las mañanas, Ediciones del Copista, Córdoba, 2010

Ilustración: The city 1925, Frans Masereel

De Oteriño en este blog:
La arquitectura

domingo, diciembre 20, 2009

Rafael Oteriño / Arquitectura



La arquitectura

A pocos pasos del silencio,
pero mucho más cerca de la humildad,
este hábil merodeador de tiendas se acerca a su obra:
ciudades en llamas, bosques inanimados,
árboles que sólo un ojo atento podría reconocer.

La historia era el lugar, los objetos tenían un fin,
su perfil en la casa era la acuarela
donde nos podíamos ver.
Eros hubiera sido la palabra:
una voluptuosidad para caer, un espíritu religioso
para abrazar el mundo en la caída.

Sólo la Arquitectura: las olas, las olas muy altas,
y esta cabeza sobrevolada por grandes pájaros.

Rafael Felipe Oteriño (La PLata, 1945), de "El orden de las olas", En la mesa desnuda. Poemas escogidos, Ediciones al Margen, La Plata, 2008


Ilustración: Vassily Kandisnky, acuarela sin título, 1910

De Oteriño en este blog
Yo corría
Ahab

miércoles, julio 29, 2009

Rafael Felipe Oteriño / Corredor


Yo corría

Era el delicioso '83,
claro que en él no tenía
esta tendencia barrosa
a volver sobre los pasos; yo corría,
y la mañana corría conmigo: perros en la plaza,
un chico y su bicicleta,
la señora que se apartó para que yo pasara.

Como una música ordenada,
todo tendría que haber continuado su marcha
hasta la consumación:
cada perro encontrar a su amo,
el chico llegar a grande,
y el árbol, que nos cubría a todos,
perder su flor azul y ser un bosque.

Pero ninguno se ha movido: aún no.
Suspendidos en su arrobo,
los hechos pierden una cualidad
que les es propia: la transitoriedad;
vistos al trasluz, persisten como cristales:
son punzaduras, caligrafías,
dorado sílex en tierra carpida.

Y como la fotografía
sólo captó que yo corría,
esa mañana no miente ni ha cesado:
los perros husmean papeles en el viento,
el chico cruza veloz entre las hojas,
la señora apura el paso,
y yo, más liviano que el aire,
no he dejado de correr y tampoco he llegado.

Rafael Felipe Oteriño (La Plata, 1945), "Agora", 2005, En la mesa desnuda. Poemas escogidos 1966-2008, Ediciones al Margen, La Plata, 2008

Ilustración: Antonio Seguí, Personaje, 1961 Centro Pompidou, París

De Oteriño en este blog:
Ahab

jueves, agosto 07, 2008

Versos como glosas




Notas al poema Ahab, de Rafael Felipe Oteriño


Ahab
(Achab, en la traducción que se sigue a continuación), capitán del Pequod.

"...al echar una mirada hacia lo alto de la popa, sentí un escalofrío de mal augurio. La realidad era superior al presentimiento. El capitán Achab estaba de pie en la toldilla.
"No se observaba en él señal alguna de enfermedad física, ni tampoco de que se encontrara convaleciente de ninguna dolencia. Parecía un hombre al que se hubiese retirado de una pira en el momento en que las llamas habían comenzado a chamuscar sus miembros, sin por eso haberlos consumido ni haber disminuido la robustez". Ismael, marinero, narrador. Capítulo XXVIII. Achab

Odiándose, porque la obstinación ata cabos...
"...Para mí esa ballena blanca es la muralla que me impide el paso, más allá de la cual pienso a veces que no hay nada, pero ¿qué importa? Veo en ella una fuerza ultrajante y llena de astucia, algo que me atormenta y me aplasta. Por eso, me es igual que la ballena sea el agente o la parte esencial, lo que importa es saciar mi odio en ella. No hables de blasfemia, muchacho, pues yo sería capaz de golpear al Sol si éste me insultara. Porque el Sol puede hacer una cosa, pero yo puedo hacer otra, ya que existe siempre una regla en el juego y los combates del odio son los que presiden todas las creaciones". Achab. Capítulo XXXV. La gavia mayor.


...y los leviatanes se burlan del deseo
"-¡Achab! -exclamó Starbuck-. ¡Aún no es demasiado tarde para desistir, a pesar del ser el tercer día! Fíjate, Moby Dick no te busca... ¡Eres tú quien comete la locura de ir hacia ella!". Starbuck, segundo de a bordo. Capítulo CXXXV. La caza: Tercer día.


y es bella una mano en lo alto de la colina.
"¡Dios mío! ¿Qué es lo que corre por mí y me deja mortalmente tranquilo, aunque siempre al acecho? Las cosas del porvenir flotan ante mí como las formas vacías y los esqueletos. ¡Es como si todo mi pasado se hubiera convertido en un fantasma! ... ¡Mary, esposa mía! Te veo desvanacerte con pálidos resplandores por detrás de mí. ¡Hijo mío! No estoy ni siquiera seguro de que tus ojos sean azules. ¿Qué me ocurre? Los más intrincados problemas de la vida me parecen en estos momentos fáciles de resolver, pero veo unas extrañas nubes por delante de mí, que... ¿Será quizá que se acerca el final del viaje? (...) ¡Muévete, Starbuck! ¡Muévete! ¡Habla en voz alta! ...¡Los de las cofas! ¿Veis la mano de mi hijo sobre la colina?". Ibídem.


el alma una barcaza arrastrada mar adentro.
"Y, mientras Achab gritaba al timonel que sujetara el sedal, ordenando también que los tripulantes volvieran a sus sitios para poder así halar el cordel, éste estalló en el aire, a causa sin duda de su peso y su doble esfuerzo.
"-¿Qué es lo que ha estallado en mí? -murmuró Achab- ¿Qué nervio se me ha roto?". Ibídem.

Moby Dick, de Herman Melville (Nueva York, 1819-1891); traducción de Julio C. Acerete, Editorial Bruguera, Barcelona, 1978.

El poema:

Ahab

En el rostro, afuera, a bordo, a los lejos,
el ojo humano que mira, la claridad
perpetuamente observada, los ecos
y las sombras enfermas, la orilla
ordenadora y los perfumes del lecho,
combatiendo sobre precarios puentes,
odiándose, porque la obstinación
ata cabos que la lumbre en tierra no desata,
y los leviatanes se burlan del deseo
y es bella una mano en lo alto de la colina.

Durante años conversando a solas,
sin muelles declinantes en la tarde
ni sombras agoreras contra los débiles
muros: sólo la estela en el fondo del agua,
las olas golpeando remotamente la costa,
el cuerpo como una red de infinitos desafíos,
el alma una barcaza arrastrada mar adentro.

Rafael Felipe Oteriño (La Plata, 1945), Rara materia, Carmina, Buenos Aires, 1980.


Ilustraciones:
Herman Melville, foto en la portada de Journal up the Straits, 1860. Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos

Gregory Peck como el capitán Ahab en el filme Moby Dick (1956), basado en la novela de Herman Melville, dirigido por John Huston sobre el guión escrito por Huston y Ray Bradbury.


Combatiendo sobre precarios puentes

Ahab

En el rostro, afuera, a bordo, a los lejos,
el ojo humano que mira, la claridad
perpetuamente observada, los ecos
y las sombras enfermas, la orilla
ordenadora y los perfumes del lecho,
combatiendo sobre precarios puentes,
odiándose, porque la obstinación
ata cabos que la lumbre en tierra no desata,
y los leviatanes se burlan del deseo
y es bella una mano en lo alto de la colina.

Durante años conversando a solas,
sin muelles declinantes en la tarde
ni sombras agoreras contra los débiles
muros: sólo la estela en el fondo del agua,
las olas golpeando remotamente la costa,
el cuerpo como una red de infinitos desafíos,
el alma una barcaza arrastrada mar adentro.

Rafael Felipe Oteriño (La Plata, 1945), Rara materia, Carmina, Buenos Aires, 1980