domingo, diciembre 31, 2017

Christine Busta / Aceptación

















He heredado el bastón
de mi madre.
Su vida fue más dura que la mía,
y aun así lo necesitó
mucho más tarde que yo.

Ahora que me sostengo a mí misma con él,
aprieto una vez más la empuñadura
a la que en mi terquedad
tan a menudo me resistí
y oigo la suave voz de mi madre:

“Siempre supe
que nunca te cuidarías.
Hasta tal extremo eres mi hija.
¡Vamos! ¡Camina erguida!”

Christine Busta (Viena, Austria, 1915-1987), PoemHunter. com. 
Traducción del alemán al inglés: Christine Busta
Traducción del inglés al castellano: Jonio González

Foto: Christine Busta © Adolf Waschel/Brenner Archiv/Literaturhaus Salzburg

Ref.:
An Encyclopedia of Continental Women Writers, by Khaterina Wilson, 1991
Point Editions
Literatambo Nachrichten
Poetarum Silva


TAKING UP

I have inherited my mother's 
walking stick.
Her life was harder than mine,
and yet she needed it 
much later than I.

Now, when I support myself with it,
I grip once more the hand
that my stubborness
so often resisted
and hear her quiet voice:

'I have always known 
that you'll never take good care 
of yourself. You are 
too much my daughter. 
Come! Stand up straight! '

sábado, diciembre 30, 2017

Salvador Tortosa / Astenia















La lluvia que nace con el día trae un manso anuncio de reposo. El afán ha desplegado la cortina e indica que el mundo está en clausura, que a todos por igual el agua dio respiro, a cada bestia un refugio, a cada sapo una charca.
Llueve. Se ha atenuado la luz y los sueños, en revuelo de despido, retornan cansinos; desprolijos se empujan y organizan la entrada.
Sin embargo algunos se avergüenzan, se anublan y se fugan… Es en vano el arredro, es vana la campaña.
A punto de erguirme me abandono a la calma y  que llueva, que llueva, hasta que el mundo se hunda. Le tomará varios  días, porque duermo a nivel de las copas más altas.
Pudiera sospecharse que la soledad me agrada pero no, ese no es el punto: me cansé de ahuyentarla.
Es la lluvia ahora la que por fin me ampara, me inhibe de batallas, me libra de derrotas, me retiene en la casa: está certificada.
Luego calzaré  botas, empuñaré  paraguas, daré pienso al caballo, maíz a las gallinas y volveré a la cama.
Amanece constante; la tarde es solidaria, si no escampa.
La pitanza no es óbice: pasas, bananas; huevo, pan y yerbeado, que para un diluvio  alcanza.
El agua trae la paz como el dinero que abunda; la cama es una cesta a la que entibia el aliento  y en la que nada falta. Derivaré por sueños entre algodón y lana, más allá del oro, en la marea baja, de la mañana gris.

Salvador Héctor Tortosa (San Francisco, Argentina, 1955)

Foto: Salvador Tortosa FB

Ref.:
Salvador Héctor Tortosa Blog

viernes, diciembre 29, 2017

Sandro Barrella / De "Viaje sentimental"















Terraza

Una vista después el volcán
dejó de interesarnos. A la mesa
de una terraza en un hotel
en Nápoles, el ejercicio
de contar sueños se vuelve
un movimiento como el mar.
Pedí otra botella, el viento
levantaba las puntas del mantel
y no pude evitar preguntar otra vez
por la nieve. –Nieve, qué más,
es todo cuanto dijo.
Le recordé aquel film
en el que un matrimonio inglés
de clase media venía a Nápoles
a resolver su crisis en un clima propicio.
—No me acuerdo, me dijo,
y hundió el mentón en el pecho
dejando ver sus cejas como dos
estelas de humo salidas de un avión
que escribe en el azul del cielo
el anuncio de un nuevo aperitivo.


Dubrovnik (Hacia Zagreb)

Siempre lo mismo después de un viaje.
La manía de recordar. Esa cinta sin fin
ni principio. La eterna miseria que es el acto de recordar,
recuerda el viajero el verso de Virgilio el cubano,
y piensa en El padre Sergio,
que leyó insomne
una noche dálmata en domingo.
¿Un modelo de conducta o un destino,
El padre Sergio?
La estada en el Monasterio de los Dominicos,
donde un cura amigo purga su alma entre piedras
medievales y vino para misa
(se promete volver a Tolstoi
ni bien termine el librito
de Bernanos).
Dubrovnik, el puerto y el sonido… no del mar…
—el mar… calmo y plano como una plancha
de acero sobre otra plancha y otra más… el gris, el mar
almacenado en un galpón metalúrgico de Mitre y Alvear
en Villa Parque Caseros, Partido de Tres de Febrero—
… el sonido de abejas cuando saca boleto para la capital,
un zumbido en la boca de la empleada del ferrocarril
que lo mira y le extiende el pasaje y el vuelto
al decir, corrigiéndolo, sin dejar de sonreír, Zagreb.

Sandro Barrella (Buenos Aires, 1967)

Viaje sentimental,
Gog y Magog,
Buenos Aires, 2017

Ref.:

Foto: Sandro Barrella FB

jueves, diciembre 28, 2017

Óscar Hahn / Dos poemas














Cajones

Se abrieron todos los cajones
de los muebles que había en la casa
Saltaron por el aire
las cosas que estaban adentro
como si una caterva
de demonios enloquecidos
bucaran algo en su interior
Yacían las cosas desparramadas por el suelo
crujían los cajones vacíos
Ave María Purísima exclamé persignándome
Y una voz surgida de no sé dónde dijo:
sin pecado concebida
Y de nuevo saltaron las cosas por al aire
y regresaron al lugar de donde habían salido
Todo volvió a la normalidad
Excepto ese cajón que aún permanece abierto
y que parece una boca de lobo


Posmodernos

Antiguamente éramos personajes
del gran teatro del mundo
Ahora no somos más
que actores secundarios
de una mala película

Óscar Hahn (Iquique, Chile, 1938), "X. La primera oscuridad -2011-", Poesía completa, Lom, Santiago de Chile, 2012

Ref.:
Universidad de Chile
Plan de Vuelo
El País
Vallejo & Co.

miércoles, diciembre 27, 2017

Pablo Thiago Rocca / Dos poemas















del límite

él
mi cuerpo
el irrepetible
mira con inquietud
la multiplicación de los astros

las imágenes similares le entristecen lo clonado la lluvia
de pantallas a veces se extraña él recelando en secreto
la distancia y el plagio nada aparente de los bruñidos

azogues que asalta el invierno
cuando bate la duda
y su enigma cobra
la consistencia
de lo efímero

de El cuerpo y su sombra, 1997


II

por los ojos de cumae
por sus flores
vienen los siglos

no estamos solos
cuando cruzas el patio
y cuelgas la ropa

los rotos palillos de madera
prenden el corazón de cumae

los ejércitos avanzan
entre la loza fenicia
y la plata dorada de sardis

caminando vienen
a verte
y tú cuelgas la blusa llorando
con las crines al suelo –goterones–

no estamos solos esta tarde
el cielo también es de ellos
–acanto y milenios–
hasta las hormigas lo saben

de La bicicleta etrusca, 2014

Pablo Thiago Rocca (Montevideo, 1965), "Cada hoja es un ojo / cada tallo un cuello", selección de Ana Laferranderie, Op. Cit. diciembre 7.2017

El Observador
Ómnibus
Tras la Cola de la Rata
Moebius en la Radio

martes, diciembre 26, 2017

Jonio González / De "Últimos poemas de Eunice Cohen"













Ella

Pequeña desnuda
roza la túnica el empeine del pie
primero un pie luego el otro
hasta quedar desnuda frente a él

Túnica azul en el rincón de las ollas
en el vientre dibujándose el buitre
todavía no enorme pero ya furioso

¿Te pondrás la máscara negra
le dirás
"cuidado no te asomes al aljibe"
mientras desde lo profundo del taller
llega un olor de aceites y betunes
el rumor de sátiros y bueyes?

Su encía inflamada en el pezón
morado y erecto
y el hilo de saliva que te une a él

Renunciarás mientras los árboles estallan
para formar un madero
con su imagen en el centro
sangrando una sangre
que quisieras odiar

Pero no es posible
alguien te llama con tu voz
-con lo que dice que es tu voz-
hasta rendirte
porque no existes más que para él
que ahora bebe tu leche
como un lento veneno

Jonio González (Buenos Aires, 1954), Últimos poemas de Eunice Cohen, Plaza y Janés, Barcelona, 1999

Ref.:
Analecta Literaria
Barcelona Review

lunes, diciembre 25, 2017

Sor Juana Inés de la Cruz / Nacimiento de Cristo...















Nacimiento de Cristo, en que se discurrió la Abeja: asunto de certamen.

De la más fragante Rosa
nació la Abeja más bella,
a quien el limpio rocío
dio purísima materia.

Nace, pues, y apenas nace,
cuando en la misma moneda,
lo que en perlas recibió,
empieza a pagar en perlas.

Que llore el Alba, no es mucho,
que es costumbre en su belleza;
mas ¿quién hay que no se admire
de que el Sol lágrimas vierta?

Si es por fecundar la Rosa,
es ociosa diligencia,
pues no es menester rocío
después de nacer la Abeja;

y más, cuando en la clausura
de su virginal pureza,
ni antecedente haber pudo
ni puede haber quien suceda.

¿Pues a qué fin es el llanto
que dulcemente le riega?
Quien no puede dar más Fruto,
¿qué importa que estéril sea?

Mas ¡ay! que la Abeja tiene
tan íntima dependencia
siempre con la Rosa, que
depende su vida de ella;

pues dándole el néctar puro
que sus fragancias engendran,
no sólo antes la concibe,
pero después la alimenta.

Hijo y madre, en tan divinas
peregrinas competencias,
ninguno queda deudor
y ambos obligados quedan.

La Abeja paga el rocío
de que la Rosa la engendra,
y ella vuelve a retornarle
con lo mismo que [la alienta].

Ayudando el uno al otro
con mutua correspondencia,
la Abeja a la Flor fecunda,
y ella a la Abeja sustenta.

pues si por eso es el llanto,
llore Jesús, norabuena,
que lo que expende en rocío
cobrará después en néctar.

Juana de Asbaje y Ramírez de Santillana, Sor Juana Inés de la Cruz (San Miguel de Nepanta, México, 1651-Ciudad de México, 1695), Antología, selección e introducción de María Luisa Pérez Walker, Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 1993

Ilustración: Sor Juana Inés de la Cruz por Juan de Miranda (detalle), 1713, UNAM

domingo, diciembre 24, 2017

John Ashbery / Eco tardío















Solo con nuestra locura y flor favorita
Vemos que realmente no hay nada más de qué escribir.
O más bien, es necesario escribir sobre las mismas cosas viejas
De la misma manera, repetir las mismas cosas una y otra vez
Para que el amor continúe y gradualmente cambie.

Las colmenas y hormigas deben ser re-examinadas eternamente
Y el color del día sea puesto
Cientos de veces y variado de verano a invierno
Para que se alente al ritmo de una auténtica
zarabanda y se acurruque allí, vivo y descansando.

Solo entonces la falta de atención crónica
De nuestras vidas puede cernirse a nuestro alrededor, conciliatoriamente
Y con un ojo en esas largas sombras de felpa color canela
Que hablan tan profundamente de nuestro conocimiento no preparado
De nosotros mismos, los motores parlantes de nuestros días.

[As We Know, Viking Press, 1979]

John Ashbery (Rochester, Estados Unidos, 1927-Hudson, Estados Unidos, 2017), Periódico de Poesía, n° 104, noviembre de 2017, Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM)
Traducción de Daniela Birt

Ref.:
Letras Libres
The New Yorker

Foto: John Ashbery, 1980 Democrat & Chronicle


Late Echo

Alone with our madness and favorite flower
We see that there really is nothing left to write about.
Or rather, it is necessary to write about the same old things
In the same way, repeating the same things over and over
For love to continue and be gradually different.

Beehives and ants have to be re-examined eternally
And the color of the day put in
Hundreds of times and varied from summer to winter
For it to get slowed down to the pace of an authentic
Saraband and huddle there, alive and resting.

Only then can the chronic inattention
Of our lives drape itself around us, conciliatory
And with one eye on those long tan plush shadows
That speak so deeply into our unprepared knowledge
Of ourselves, the talking engines of our day.

sábado, diciembre 23, 2017

Gregoy Corso / Retorno al lugar de nacimiento
















Estoy de pie bajo la oscura luz en la calle oscura
y levanto la mirada hacia mi ventana, yo nací allí.
Las luces están encendidas; otra gente va de un lado a otro.
Llevo una gabardina; un cigarrillo en la boca,
el sombrero sobre los ojos, la mano en la pistola.
Cruzo la calle y entro en el edificio.
Los cubos de basura no han dejado de apestar.
Subo al primer piso; Orejas Sucias
me apunta con un cuchillo...
lo acribillo con una andanada de relojes perdidos.

Gregory Nunzio Corso (Nueva York, Estados Unidos, 1930-Robbinsdale, Estados Unidos, 2001), Gasoline, City Lights, San Francisco, 1958
Traducción de Jonio González

Foto: Gregory Corso Ira Cohen/San Francisco Chronicle/Associated Press

Ref.:
Woodstock Journal


BIRTHPLACE REVISITED

I stand in the dark light in the dark street 
and look up at my window, I was born there. 
The lights are on; other people are moving about. 
I am with raincoat; cigarette in mouth, 
hat over eye, hand on gat. 
I cross the street and enter the building. 
The garbage cans haven't stopped smelling. 
I walk up the first flight; Dirty Ears 
aims a knife at me… 
I pump him full of lost watches.

viernes, diciembre 22, 2017

Park Je-chun / Dos poemas





















Hombre invisible

Mi amigo murió y fue enterrado en la llanura de Chulwon.
Cayó una gran nevada, la llanura se cubrió de nieve densa
y no pudimos encontrar la sepultura
aunque buscamos entre la nieve.
Murmura la nevada que nuestro amigo muerto
se ha convertido en alma,
un ánima que vaga por este mundo
porque ya no tiene nada que enseñarnos.
Sigue nevando y sé que, en un futuro no muy lejano,
nos convertiremos en hombres de nieve,
hombre invisible, con el corazón y los ojos blancos y puros,
alma transparente que vive junto a los seres amados.
Estábamos de pie en una colina de la llanura de Chulwon
mirando cómo la nieve borra el camino de regreso,
dejando un sendero nuevo, transparente.
La nieve nos lavaba el corazón ardiente de impurezas y la piel cubierta de sudor,
cuando vimos, de repente, a nuestro amigo,
hombre invisible, que volvía con premura
por el camino nevado.


Mil caminos

Eso de convertirse en una vaca es cosa de poca monta.
¿Te muestro, por ejemplo, cómo me transformo
en mil figuras diferentes?
¿Cómo pongo mil nombres en otros tantos rostros?
El arco iris es mi padre.
El dragón es mi padre.
El espíritu es mi padre.
El huevo es mi padre.
La huella del gigante es mi padre.
Mi padre se encuentra en todas partes.
¿Mato de una vez a todos mis padres?
Levanto el azote divino,
golpeo dos veces la cabeza de la vaca
y digo:
Abandona la barca cuando llegues a la orilla.
¿Para qué tantas preguntas acerca de mil caminos?

Park Je-chun (Seúl, 1945), La canción del dragón y otros poemas, Verbum, Madrid, 2007
Tradución de Min Yong-tae, revisada por Lee Hye-kyung y José Catalán
Envío de Jonio González

Foto: Park Je-chun, en la cubierta de SF-Consensus: Poems of Park Je-chun, Homa & Sekey Books, Paramus, Nueva Jersey, 2017

Ref.:
Prabook

jueves, diciembre 21, 2017

Arthur Rimbaud / Lágrima




















Lejos de pájaros, rebaños y campesinos,
Yo bebía, acurrucado en un brezal,
Rodeado de suaves bosques de avellana,
Entre la verde y tibia niebla de la tarde.

¿Qué podía yo beber en este joven Oise, *
Olmos sin voz, hierba sin flores, cielo nublado?
¿Qué sacaba de la cantimplora de colocasia?  **
Cierto licor de oro, insulso y que hace sudar. ***

Así, yo hubiera sido un pésimo cartel para una posada.
Después la tormenta cambió el cielo, hasta el anochecer.
Eran países negros, lagos, percas,
Columnas bajo la noche azul, estaciones.

El agua de los bosques se perdía en arenas vírgenes.
El viento, del cielo, lanzaba estalactitas sobre los charcos…
¡Y, como un pescador de oro o de caparazones,
Decir que no tuve ganas de beber!

                                                                   Mayo de 1872

Arthur Rimbaud (Charleville, Francia, 1854-Marsella, Francia, 1891), "París. Mayo-junio/ 1872", Nuevos versos y canciones,  Descontexto, Santiago de Chile, 2017
Traducción de Juan Arabia


* El Oise es un río franco-belga.
** La colocasia es una planta de la familia de las aráceas, originaria de la India
y de las regiones tropicales de Asia, con las hojas grandes, de forma ovada y
ondeadas por su margen, y la flor de color de rosa. Pierre Brunel señala que su
elección no sólo responde a una necesidad sonora [Oise / Colocase], sino que
además tiene su origen en la obra Quatrieme Églogue, de Virgilio (En Arthur
Rimbaud, OEuvres Complètes. Poésie, prose et correspondance. Introduction,
chronologie, édition, notices et bibliographie par Pierre Brunel, Le Livre de
Poche-La Pochothèque, Clermont-Ferrand, 2010, p. 329).
*** Enid Starkie, citando la versión dada por Rimbaud en Une Saison en Enfer
(Pleaurant, je voyais de l´or –et ne pus boire.- [Llorando, veía oro –y no pude
beber.]), ve en el autor la «posibilidad de beber el aurum potabile, el oro del
filósofo, el oro líquido que da la vida eterna. Pero el autor no siente ni deseo ni
sed» (en Enid Starkie, Arthur Rimbaud. Una biografía. Traducción del inglés de
José Luis López Muñoz, Ediciones Siruela, Madrid, 2007, p. 264).

-Nota del Ad.: las notas al pie se señalan con números arábigos consecutivos en el original; se los reemplazó por asteriscos

Ref.:
The Genealogy of Style
Buenos Aires Poetry
Letras Libres

Ilustración: Rimbaud por Pablo Picasso, 1960. Basado en la fotografía de 1872


Larme

Loin des oiseaux, des troupeaux, des villageoises,
Je buvais, accroupi dans quelque bruyère
Entourée de tendres bois de noisetiers,
Par un brouillard d’après-midi tiède et vert.

Que pouvais-je boire dans cette jeune Oise,
Ormeaux sans voix, gazon sans fleurs, ciel couvert.
Que tirais-je à la gourde de colocase?
Quelque liqueur d’or, fade et qui fait suer.

Tel, j’eusse été mauvaise enseigne d’auberge.
Puis l’orage changea le ciel, jusqu’au soir.
Ce furent des pays noirs, des lacs, des perches,
Des colonnades sous la nuit bleue, des gares.

L’eau des bois se perdait sur des sables vierges.
Le vent, du ciel, jetait des glaçons aux mares…
Or! tel qu’un pêcheur d’or ou de coquillages,
Dire que je n’ai pas eu souci de boire!

                                                         Mai 1872

miércoles, diciembre 20, 2017

Ana Paula Inácio / Dos poemas





















deja que el tiempo haga el resto
cierre ventanas
amanse los barcos
recoja los víveres
siembre la suerte
encienda el fuego
espere la cena

abre las puertas: lee la luz
la sombra, el arte del pajarero

con tres palos
haces una canoa
con cuatro tienes un verso,
deja que el tiempo haga el resto.

*

mañana voy a comprar unos pantalones rojos
porque no tengo rigurosamente nada que perder:
he contado, uno a uno, todos los peldaños
sé las vueltas que le di a la llave,
subrayé las frases importantes,
he podado los cedros,
he codificado todo lo escrito.

mañana compraré pantalones rojos
fijaré el calendario agrícola
afilaré los cuchillos
ensayaré un número
abriré el libro en la misma página
descubriré alguna pista.

Ana Paula Inácio (Oporto, Portugal, 1966), "Poesía portuguesa", revista Zurgai, Bilbao, diciembre de 2004
Traducción: José Ángel Cilleruelo
Envío de Jonio González

Ref.:
3 Reinos
Instituto Camoes


deixa o tempo fazer o resto
fechar janelas 
aplacar os barcos 
recolher os víveres 
semear a sorte 
acender o fogo 
esperar a ceia

abre as portas: lê a luz 
a sombra, a arte do passarinheiro 

com três paus
fazes uma canoa
com quatro tens um verso, 
deixa o tempo fazer o resto. 

(de Vago Pressentimento Azul por Cima, 2000)


*

amanhã vou comprar umas calças vermelhas
porque não tenho rigorosamente
nada a perder: 
contei, um a um, todos os degraus
sei quantas voltas dei à chave, 
sublinhei as frases importantes, 
aparei os cedros, 
fechei em códigos
toda a escrita.

Amanhã comprarei calças vermelhas
fixarei o calendário agrícola
afiarei as facas
ensaiarei um número 
abrirei o livro na mesma página 
descobrirei alguma pista.

(de Vago Pressentimento Azul por Cima, 2000)

martes, diciembre 19, 2017

Aldo OLiva / De "Ese general Belgrano"

















Movimiento: La desobediencia debida 

Tal vez algunos, que se decían
solidarios de la Revolución,
marcaron mi ruta, como
un plural designio de este diagrama
de corpúsculos que mi ser asumió.

Así, ¿nada sabían de sus
asechanzas de poder, que, en el vértigo
demencial de mi itinerario,
era un orden y no una orden de
las fantasías del Poder? A eso obedecí.
La Revolución que, algunos pensamos
fundaría una Patria, fue iluminándose
de la furia (a veces tácita) de
tenebrosas contraposiciones.

¿Cuál, de los polos, entonces,
obedecer?
De ahí que la desobediencia,
una vez discernido el sentido
de la lucha,
esté cerniendo la certeza
de la fuerza troncal del sector,
que en múltiple unicidad,
y aún sin saberlo, impulsan los
Pueblos.

De ahí: reverdecer o asumir la muerte.
De ahí, la creación de un poema
que lo escriba y lo diga.
De ahí la historia de un poema
sin historia. De ahí la grandeza
de los que abdicaron de la Grandeza.

Aldo Oliva (Rosario, Argentina, 1927-2000), "Ese general Belgrano y otros poemas", 2000, Poesía completa, Editorial Municipal de Rosario, Rosario, 2003

Ref.:
Memoria Académica
La Capital
Secretaría de Cultura y Educación de Rosario
El Corán y el Termotanque

lunes, diciembre 18, 2017

Mauro Viñuela / En pleno período del mito de Matusalén















En pleno período del mito de Matusalén
Cristo oculto en el sauce de lágrimas
De 3 a 4 am hora local no gobierna
En la centella de la gema los amables se despiden
Dispersos y continuos
Se hartó un decir casi excluyente
En el verso 7 los amables permanecen en despedidas con sombreros

(inédito)

Mauro Viñuela (Resistencia, Argentina, 1971)

sábado, diciembre 16, 2017

Sergio Rotino / Cantu maru

















hechos de
viento de
viento y
desventura
hechos de esta
cosa llena
de voces que
suenan de
cosas que p
palabras p
parecen y

destrozadas
como n
nosotros
destrozados
por cosas que

que no
decimos no
sabemos cómo
se dicen c
cómo se

pueden decir

Sergio Rotino (Lecce, Italia, 1958), Cantu maru, Kurumuny, Collana Rosada, Martano, 2017
Traducción al italiano: Poetarum Silva
Versión al castellano: Jorge Aulicino

Nota del Administrador
El idioma de Cantu maru es, dice Rotino, "un idioma ensamblado in vitro. No es el salentino hablado en Lecce y alrededores, sino un montaje de palabras, de términos provenientes de una zona más vasta que comprende incluso el brindisino, la zona más al sur de la provincia tarantina y otras que pertenecen a los dialectos de la provincia lecciana profunda". (Versante Ripido)


Ref.:
Rosadapoesia
Nazione Indiana
Ossigeno Nascente


fatti te
jentu te
jentu e
spentura
fatti te sta
cosa china
te uci ca
sonanu te
cose ca p
parole p
parenu e

struncuniçiate
comu a n
nui
struncuniçiati
da cose ca

ca nu
decimu nu
sapimu comu
se dicenu c
comu se

potenu dire

fatti di/ vento di/ vento e/ sventura/ fatti di questa/
cosa piena/ di voci che/ suonano di/ cose che p/
parole s/ sembrano e// sfracellate/ come n/ noi/
sfracellati/ da cose che// che non/ diciamo non/
sappiamo come/ si dicono c/ come si// possono dire

© Sergio Rotino

Virgilio Piñera / La isla en peso














[texto completo]

La maldita circunstancia del agua por todas partes
me obliga a sentarme en la mesa del café.
Si no pensara que el agua me rodea como un cáncer
hubiera podido dormir a pierna suelta.
Mientras los muchachos se despojaban de sus ropas para nadar
doce personas morían en un cuarto por compresión.
Cuando a la madrugada la pordiosera resbala en el agua
en el preciso momento en que se lava uno de sus pezones,
me acostumbro al hedor del puerto,
me acostumbro a la misma mujer que invariablemente masturba,
noche a noche, al soldado de guardia en medio del sueño de los peces.
Una taza de café no puede alejar mi idea fija,
en otro tiempo yo vivía adánicamente.
¿Qué trajo la metamorfosis?

La eterna miseria que es el acto de recordar.
Si tú pudieras formar de nuevo aquellas combinaciones,
devolviéndome el país sin el agua,
me la bebería toda para escupir al cielo.
Pero he visto la música detenida en las caderas,
he visto a las negras bailando con vasos de ron en sus cabezas.
Hay que saltar del lecho con la firme convicción
de que tus dientes han crecido,
de que tu corazón te saldrá por la boca.
Aún flota en los arrecifes el uniforme del marinero ahogado.
Hay que saltar del lecho y buscar la vena mayor del mar para desangrarlo.
Me he puesto a pescar esponjas frenéticamente,
esos seres milagrosos que pueden desalojar hasta la última gota de agua
y vivir secamente.
Esta noche he llorado al conocer a una anciana
que ha vivido ciento ocho años rodeada de agua por todas partes.
Hay que morder, hay que gritar, hay que arañar.
He dado las últimas instrucciones.
El perfume de la piña puede detener a un pájaro.
Los once mulatos se disputaban el fruto,
los once mulatos fálicos murieron en la orilla de la playa.
He dado las últimas instrucciones.
Todos nos hemos desnudado.

Llegué cuando daban un vaso de aguardiente a la virgen bárbara,
cuando regaban ron por el suelo y los pies parecían lanzas,
justamente cuando un cuerpo en el lecho podría parecer impúdico,
justamente en el momento en que nadie cree en Dios.
Los primeros acordes y la antigüedad de este mundo:
hieráticamente una negra y una blanca y el líquido al saltar.
Para ponerme triste me huelo debajo de los brazos.
Es en este país donde no hay animales salvajes.
Pienso en los caballos de los conquistadores cubriendo a las yeguas,
pienso en el desconocido son del areíto
desaparecido para toda la eternidad,
ciertamente debo esforzarme a fin de poner en claro
el primer contacto carnal en este país, y el primer muerto.
Todos se ponen serios cuando el timbal abre la danza.
Solamente el europeo leía las meditaciones cartesianas.
El baile y la isla rodeada de agua por todas partes:
plumas de flamencos, espinas de pargo, ramos de albahaca, semillas de aguacate.
La nueva solemnidad de esta isla.
¡País mío, tan joven, no sabes definir!

¿Quién puede reír sobre esta roca fúnebre de los sacrificios de gallos?
Los dulces ñáñigos bajan sus puñales acompasadamente.
Como una guanábana un corazón puede ser traspasado sin cometer crimen.
Una mano en el tres puede traer todo el siniestro color de los caimitos,
más lustrosos que un espejo en el relente,
sin embargo el bello aire se aleja de los palmares.
Si hundieras los dedos en su pulpa creerías en la música.
Mi madre fue picada por un alacrán cuando estaba embarazada.

¿Quién puede reír sobre esta roca de los sacrifícios de gallos?
¿Quién se tiene a sí mismo cuando las claves chocan?
¿Quién desdeña ahogarse en la indefinible llamarada del flamboyán?
La sangre adolescente bebemos en las pulidas jícaras.
Ahora no pasa un tigre sino su descripción.

Las blancas dentaduras perforando la noche,
y también los famélicos dientes de los chinos esperando el desayuno
después de la doctrina cristiana.
Todavía puede esta gente salvarse de cielo,
pues al compás de los himnos las doncellas agitan diestramente
los falos de los hombres.
La impetuosa ola invade el extenso salón de las genuflexiones.
Nadie piensa en implorar, en dar gracias, en agradecer, en testimoniar.
La santidad se desinfla en una carcajada.
Sean los caóticos símbolos del amor los primeros objetos que palpe,
afortunadamente desconocemos la voluptuosidad y la caricia francesa,
desconocemos el perfecto gozador y la mujer pulpo,
desconocemos los espejos estratégicos,
no sabemos llevar la sífilis con la reposada elegancia de un cisne,
desconocemos que muy pronto vamos a practicar estas mortales elegancias.
Los cuerpos en la misteriosa llovizna tropical,
en la llovizna diurna, en la llovizna nocturna, siempre en la llovizna,
los cuerpos abriendo sus millones de ojos,
los cuerpos, dominados por la luz, se repliegan
ante el asesinato de la piel,
los cuerpos, devorando oleadas de luz, revientan como girasoles de fuego
encima de las aguas estáticas,
los cuerpos, en las aguas, como carbones apagados derivan hacia el mar.

Es la confusión, es el terror, es la abundancia,
es la virginidad que comienza a perderse.
Los mangos podridos en el lecho del río ofuscan mi razón,
y escalo el árbol más alto para caer como un fruto.
Nada podría detener este cuerpo destinado a los cascos de los caballos,
turbadoramente cogido entre la poesía y el sol.

Escolto bravamente el corazón traspasado,
clavo el estilete más agudo en la nuca de los durmientes.
El trópico salta y su chorro invade mi cabeza
pegada duramente contra la costra de la noche.
La piedad original de las auríferas arenas
ahoga sonoramente las yeguas españolas,
la tromba desordena las crines más oblicuas.

No puedo mirar con estos ojos dilatados.
Nadie sabe mirar, contemplar, desnudar un cuerpo.
Es la espantosa confusión de una mano en lo verde,
los estranguladores viajando en la franja del iris.
No sabría poblar de miradas el solitario curso del amor.

Me detengo en ciertas palabras tradicionales:
el aguacero, la siesta, el cañaveral, el tabaco,
con simple ademán, apenas si onomatopéyicamente,
titánicamente paso por encima de su música,
y digo: el agua, el mediodía, el azúcar, el humo.

Yo combino:
el aguacero pega en el lomo de los caballos,
la siesta atada a la cola de un caballo,
el cañaveral devorando a los caballos,
los caballos perdiéndose sigilosamente
en la tenebrosa emanación del tabaco,
el último gesto de los siboneyes mientras el humo pasa por la horquilla
como la carreta de la muerte,
el último ademán de los siboneyes,
y cavo esta tierra para encontrar los ídolos y hacerme una historia.

Los pueblos y sus historias en boca de todo el pueblo.

De pronto, el galeón cargado de oro se mete en la boca
de uno de los narradores,
y Cadmo, desdentado, se pone a tocar el bongó.
La vieja tristeza de Cadmo y su perdido prestigio:
en una isla tropical los últimos glóbulos rojos de un dragón
tiñen con imperial dignidad el manto de una decadencia.

Las historias eternas frente a la historia de una vez del sol,
las eternas historias de estas tierras paridoras de bufones y cotorras,
las eternas historias de los negros que fueron,
y de los blancos que no fueron,
o al revés o como os parezca mejor,
las eternas historias blancas, negras, amarillas, rojas, azules,
—toda la gama cromática reventando encima de mi cabeza en llamas—,
la eterna historia de la cínica sonrisa del europeo
llegado para apretar las tetas de mi madre.
El horroroso paseo circular,
el tenebroso juego de los pies sobre la arena circular,
el envenado movimiento del talón que rehuye el abanico del erizo,
los siniestros manglares, como un cinturón canceroso,
dan la vuelta a la isla,
los manglares y la fétida arena
aprietan los riñones de los moradores de la isla.

Sólo se eleva un flamenco absolutamente.

¡Nadie puede salir, nadie puede salir!
La vida del embudo y encima la nata de la rabia.
Nadie puede salir:
el tiburón más diminuto rehusaría transportar un cuerpo intacto.
Nadie puede salir:
una uva caleta cae en la frente de la criolla
que se abanica lánguidamente en una mecedora,
y “nadie puede salir” termina espantosamente en el choque de las claves.
Cada hombre comiendo fragmentos de la isla,
cada hombre devorando los frutos, las piedras y el excremento nutridor,
cada hombre mordiendo el sitio dejado por su sombra,
cada hombre lanzando dentelladas en el vacío donde el sol se acostumbra,
cada hombre, abriendo su boca como una cisterna, embalsa el agua
del mar, pero como el caballo del barón de Munchausen,
la arroja patéticamente por su cuarto trasero,
cada hombre en el rencoroso trabajo de recortar
los bordes de la isla más bella del mundo,
cada hombre tratando de echar a andar a la bestia cruzada de cocuyos.

La bestia es perezosa como un bello macho
y terca como una hembra primitiva.
Verdad es que la bestia atraviesa diariamente los cuatro momentos caóticos,
los cuatro momentos en que se la puede contemplar
—con la cabeza metida entre sus patas— escrutando el horizonte con ojo atroz,
los cuatro momentos en que se abre el cáncer:
madrugada, mediodía, crepúsculo y noche.

Las primeras gotas de una lluvia áspera golpean su espalda
hasta que la piel toma la resonancia de dos maracas pulsadas diestramente.
En este momento, como una sábana o como un pabellón de tregua, podría
desplegarse un agradable misterio,
pero la avalancha de verdes lujuriosos ahoga los mojados sones,
y la monotonía invade el envolvente túnel de las hojas.

El rastro luminoso de un sueño mal parido,
un carnaval que empieza con el canto del gallo,
la neblina cubriendo con su helado disfraz el escándalo de la sabana,
cada palma derramándose insolentemente en un verde juego de aguas,
perforan, con un triángulo incandescente, el pecho de los primeros aguadores,
y la columna de agua lanza sus vapores a la cara del sol cosida por un gallo.
Es la hora terrible.
Los devoradores de neblina se evaporan
hacia la parte más baja de la ciénaga,
y un caimán los pasa dulcemente a ojo.
Es la hora terrible.
La última salida de la luz de Yara
empuja a los caballos contra el fango.
Es la hora terrible.
Como un bólido la espantosa gallina cae,
y todo el mundo toma su café.
¿Qué puede el sol en un pueblo tan triste?
Las faenas del día se enroscan al cuello de los hombres
mientras la leche cae desesperadamente.
¿Qué puede el sol en un pueblo tan triste?
Con un lujo mortal los macheteros abren grandes claros en el monte,
la tristísima iguana salta barrocamente en un caño de sangre,
los macheteros, introduciendo cargas de claridad, se van ensombreciendo
hasta adquirir el tinte de un subterráneo egipcio.
¿Quién puede esperar clemencia en esta hora?
Confusamente un pueblo escapa de su propia piel
adormeciéndose con la claridad,
la fulminante droga que puede iniciar un sueño mortal
en los bellos ojos de hombres y mujeres,
en los inmensos y tenebrosos ojos de estas gentes
por los cuales la piel entra a no sé qué extraños ritos.

La piel, en esta hora, se extiende como un arrecife
y muerde su propia limitación,
la piel se pone a gritar como una loca, como una puerca cebada,
la piel trata de tapar su claridad con pencas de palma,
con yaguas traídas distraídamente por el viento,
la piel se tapa furiosamente con cotorras y pitahayas,
absurdamente se tapa con sombrías hojas de tabaco
y con restos de leyendas tenebrosas,
y cuando la piel no es sino una bola oscura,
la espantosa gallina pone un huevo blanquísimo.

¡Hay que tapar! ¡Hay que tapar!
Pero la claridad avanzada, invade
perversamente, oblicuamente, perpendicularmente,
la claridad es una enorme ventosa que chupa la sombra,
y las manos van lentamente hacia los ojos.
Los secretos más inconfesables son dichos:
la claridad mueve las lenguas,
la claridad mueve los brazos,
la claridad se precipita sobre un frutero de guayabas,
la claridad se precipita sobre los negros y los blancos,
la claridad se golpea a sí misma,
va de uno a otro lado convulsivamente,
empieza a estallar, a reventar, a rajarse,
la claridad empieza el alumbramiento más horroroso,
la claridad empieza a parir claridad.
Son las doce del día.

Todo un pueblo puede morir de luz como morir de peste.
Al mediodía el monte se puebla de hamacas invisibles,
y, echados, los hombres semejan hojas a la deriva sobre aguas metálicas.
En esta hora nadie sabría pronunciar el nombre más querido,
ni levantar una mano para acariciar un seno;
en esta hora del cáncer un extranjero llegado de playas remotas
preguntaría inútilmente qué proyectos tenemos
o cuántos hombres mueren de enfermedades tropicales en esta isla.
Nadie lo escucharía: las palmas de las manos vueltas hacia arriba,
los oídos obturados por el tapón de la somnolencia,
los poros tapiados con la cera de un fastidio elegante
y la mortal deglución de las glorias pasadas.

¿Dónde encontrar en este cielo sin nubes el trueno
cuyo estampido raje, de arriba a abajo, el tímpano de los durmientes?
¿Qué concha paleolítica reventaría con su bronco cuerno
el tímpano de los durmientes?
Los hombres-conchas, los hombres-macaos, los hombres-túneles.
¡Pueblo mío, tan joven, no sabes ordenar!
¡Pueblo mío, divinamente retórico, no sabes relatar!
Como la luz o la infancia aún no tienes un rostro.
De pronto el mediodía se pone en marcha,
se pone en marcha dentro de sí mismo,
el mediodía estático se mueve, se balancea,
el mediodía empieza a elevarse flatulentamente,
sus costuras amenazan reventar,
el mediodía sin cultura, sin gravedad, sin tragedia,
el mediodía orinando hacia arriba,
orinando en sentido inverso a la gran orinada
de Gargantúa en las torres de Notre Dame,
y todas esas historias, leídas por un isleño que no sabe
lo que es un cosmos resuelto.

Pero el mediodía se resuelve en crepúsculo y el mundo se perfila.
A la luz del crepúsculo una hoja de yagruma ordena su terciopelo,
su color plateado del envés es el primer espejo.
La bestia lo mira con su ojo atroz.
En este trance la pupila se dilata, se extiende
hasta aprehender la hoja.
Entonces la bestia recorre con su ojo las formas sembradas en su lomo
y los hombres tirados contra su pecho.
Es la hora única para mirar la realidad en esta tierra.

No una mujer y un hombre frente a frente,
sino el contorno de una mujer y un hombre frente a frente,
entran ingrávidos en el amor,
de tal modo que Newton huye avergonzado.

Una guinea chilla para indicar el angelus:
abrus precatorious, anona myristica, anona palustris.

Una letanía vegetal sin trasmundo se eleva
frente a los arcos floridos del amor:
Eugenia aromática, eugenia fragrans, eugenia plicatula.
El paraíso y el infierno estallan y sólo queda la tierra:
Ficus religiosa, ficus nitida, ficus suffocans.
La tierra produciendo por los siglos de los siglos:
Panicum colonum, panicum sanguinale, panicum maximum.
El recuerdo de una poesía natural, no codificada, me viene a los labios:
Árbol de poeta, árbol del amor, árbol del seso.

Una poesía exclusivamente de la boca como la saliva:
Flor de calentura, flor de cera, flor de la Y.

Una poesía microscópica:
Lágrimas de Job, lágrimas de Júpiter, lágrimas de amor.

Pero la noche se cierra sobre la poesía y las formas se esfuman.
En esta isla lo primero que la noche hace es despertar el olfato:
Todas las aletas de todas las narices azotan el aire
buscando una flor invisible;
la noche se pone a moler millares de pétalos,
la noche se cruza de paralelos y meridianos de olor,
los cuerpos se encuentran en el olor,
se reconocen en este olor único que nuestra noche sabe provocar;
el olor lleva la batuta de las cosas que pasan por la noche,
el olor entra en el baile, se aprieta contra el güiro,
el olor sale por la boca de los instrumentos musicales,
se posa en el pie de los bailadores,
el corro de los presentes devora cantidades de olor,
abre la puerta y las parejas se suman a la noche.

La noche es un mango, es una piña, es un jazmín,
la noche es un árbol frente a otro árbol sin mover sus ramas,
la noche es un insulto perfumado en la mejilla de la bestia;
una noche esterilizada, una noche sin almas en pena,
sin memoria, sin historia, una noche antillana;
una noche interrumpida por el europeo,
el inevitable personaje de paso que deja su cagada ilustre,
a lo sumo, quinientos años, un suspiro en el rodar de la noche antillana,
una excrecencia vencida por el olor de la noche antillana.
No importa que sea una procesión, una conga,
una comparsa, un desfile.
La noche invade con su olor y todos quieren copular.
El olor sabe arrancar las máscaras de la civilización,
sabe que el hombre y la mujer se encontrarán sin falta en el platanal.
¡Musa paradisíaca, ampara a los amantes!

No hay que ganar el cielo para gozarlo,
dos cuerpos en el platanal valen tanto como la primera pareja,
la odiosa pareja que sirvió para marcar la separación.
¡Musa paradisíaca, ampara a los amantes!

No queremos potencias celestiales sino presencias terrestres,
que la tierra nos ampare, que nos ampare el deseo,
felizmente no llevamos el cielo en la masa de la sangre,
sólo sentimos su realidad física
por la comunicación de la lluvia al golpear nuestras cabezas

Bajo la lluvia, bajo el olor, bajo todo lo que es una realidad,
un pueblo se hace y se deshace dejando los testimonios:
un velorio, un guateque, una mano, un crimen,
revueltos, confundidos, fundidos en la resaca perpetua,
haciendo leves saludos, enseñando los dientes, golpeando sus riñones,
un pueblo desciende resuelto en enormes postas de abono,
sintiendo cómo el agua lo rodea por todas partes,
más abajo, más abajo, y el mar picando en sus espaldas;
un pueblo permanece junto a su bestia en la hora de partir,
aullando en el mar, devorando frutas, sacrificando animales,
siempre más abajo, hasta saber el peso de su isla:
el peso de una isla en el amor de un pueblo.

                                                                            1943

Virgilio Piñera (Cárdenas, Cuba, 1912-La Habana, 1979), "La vida entera", 1968, La isla en peso, Tusquets, Barcelona, 2000


Ref.:
Letras Libres
El País
EcuRed
Cuba Debate
The Guardian

viernes, diciembre 15, 2017

Elsa Morante / Minna, la siamesa


















Tengo un bicho, una gata: su nombre es Minna.

Todo lo que le pongo en el plato, se lo come,
y lo que pongo en el cuenco, se lo toma.

Se me sube a las rodillas, me mira, y se duerme,
tanto que me olvido que la tengo. Pero si luego,
al recodarla, la llamo, en el sueño una oreja
le tiembla: a la sombra de su nombre está su sueño.

Para decir gozos y gracias una guitarrita tiene:
si la cabecita le rasco, o el cuello, dulce suena.

Si pienso cuántos siglos y cosas nos separan,
me espanto. Por mí me espanto: ella, de eso, nada sabe.
Pero si la veo juguetear con un hilo, si miro
sus iris celestes, la alegría me vuelve.

Los días de fiesta, en que los hombres celebran,
me viene piedad por ella, que no distingue las jornadas.
Le doy de almorzar un pescadito para que celebre también ella;
el motivo no lo entiende, pero feliz lo traga.

El cielo, para armarla, uñas le dio, y dientes:
pero ella es tan gentil que solo por jugar los muestra.
Piedad siento al pensar que, si la matase,
proceso yo no tendría, ni infierno, ni prisión.

Tanto me besa, a veces, que de serle querida me ilusiono,
pero sé que otra dueña, o yo, le da lo mismo.
Me sigue tanto que me imagino que soy todo para ella,
pero sé que mi muerte no podría tocarla.

1941

Elsa Morante (Roma, 1912-1985), Alibi, Garzanti, Milán, 1988
Envío de Pedro Vicuña
Versión de Jorge Aulicino

Ref.:
El Cultural
Letras Libres
Poetarum Silva


Minna la siamese

Ho una bestiola, una gatta: il suo nome è Minna.

Ciò ch'io le metto nel piatto, essa mangia, 
e ciò che le metto nella scodella, beve.

Sulle ginocchia mi viene, mi guarda, e poi dorme, 
tale che mi dimentico d'averla. Ma se poi, 
memore, a nome la chiamo, nel sonno un orecchio 
le trema: ombrato dal suo nome è il suo sonno.

Gioie per dire, e grazie, una chitarretta essa ha: 
se la testina le gratto, o il collo, dolce suona.

Se penso a quanto di secoli e cose noi due divide, 
spaùro. Per me spaùro: ch'essa di ciò nulla sa. 
Ma se la vedo con un filo scherzare, se miro 
l'iridi sue celesti, l'allegria mi riprende.

I giorni di festa, che gli uomini tutti fan festa, 
di lei pietà mi viene, che non distingue i giorni. 
Perché celebri anch'essa, a pranzo le do un pesciolino; 
né la causa essa intende: pur beata lo mangia.

Il cielo, per armarla, unghie le ha dato, e denti: 
ma lei, tanto è gentile, sol per gioco li adopra. 
Pietà mi viene al pensiero che, se pur la uccidessi, 
processo io non ne avrei, né inferno, né prigione.

Tanto mi bacia, a volte, che d'esserle cara io m'illudo, 
ma so che un'altra padrona, o me, per lei fa uguale. 
Mi segue, sì da illudermi che tutto io sia per lei, 
ma so che la mia morte non potrebbe sfiorarla.

                                                                                (1941)

jueves, diciembre 14, 2017

Elvio Romero / Señales















Mis señales: la cáscara
arrojada en el naranjal; una baraja
aparecida en la ventana, un cigarrillo en el umbral
y al filo del amanecer; el relincho de un potro
al borde del maizal; algo que se presienta en el aire
como la avecinación de la lluvia
o el paso de un felino aproximándose.

Serán así mis señales.

Y mi mensaje: una hoguera
en el descampado, en la quietud de la noche,
una llama ardorosa permanentemente prendida
en esas lomas, con su costumbre de atraerte
centelleando a tu lado, besándote los pies, el muslo inquieto,
hoguera terrible con la muerte y la vida en sus fulgores.

Por donde mires
la señal será tuya; por donde vayas
tendrás la huella del hombre, el halo de su poncho de estrellas,
el olor que ha dejado a su paso, el beso
que abrió el portón yendo a tus fondos; por donde busques
hallarás mi presencia, mi sombrero mojado en el
sereno, porque te habré dejado mitad de mi
fragancia, mitad de mi aflicción y mi aventura,
mitad del alborozo y del recato
de ese instante en que juntos arrojamos un eco en el silencio,
carbón al horno ardiente.

Elvio Romero (Yegros, Paraguay, 1926-Buenos Aires, 2004), El viejo fuego, Losada, 1977

Foto: Elvio Romero Julio Menajovsky/Alcándara/Portal Guaraní

Ref.:
La Nación
ABC
La Izquierda Diario
Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (Poesía completas)

miércoles, diciembre 13, 2017

Günter Kunert / Dos poemas














Géricault:
La balsa de la Medusa

Cuerpos tensos en el caos del naufragio.
Las olas salvajes los arrastran todavía.
Agradecemos nuestra cobardía,
nuestro instinto que nunca traicionó.

No emprendemos ninguna aventura
y recatados permanecemos junto a la chimenea.
La calma es cara al ciudadano de bien.
La ilusión es breve; el arrepentimiento, largo.


Gauguin:
Cuentos primitivos

Descansan juntas en la inocencia
bronceadas y apenas distantes de lo kitsch.
Las figuras de la nostalgia provienen
de la paleta de un anciano.
El otro lado de la belleza
es borrachera y sífilis.
Pero, a eso, uno puede acostumbrarse
hasta el final descolorido.

[Kopfzeichen für Verratgeber, 2002]

Günter Kunert (Berlín, Alemania, 1929), Op. Cit, 7.12.2017
Versiones de Silvana Franzetti

Foto: Günter Kunert NDR

Ref.:
NDR
La Web de las Biografías
Nazione Indiana
Al Pial de la Palabra


Géricault:
Das Floß der Medusa

Verkrampfte Leiber wüst im Untergang.
Noch treiben sie auf wilden Wogen.
Wir sagen unsrer Feigheit Dank,
unserm Instinkt, der nie getrogen.

Wir unternehmen keine Abenteuer,
und bleiben sittsam auf der Ofenbank.
Die Ruhe ist dem braven Bürger teuer.
Der Wahn ist kurz, die Reue lang.


Gauguin:
Contes Barbares

Sie lagern in Unschuld zusammen
gebräunt und dem Kitsch kaum fern.
Die Figuren der Sehnsucht entstammen
der Palette eines älteren Herrn.
Die andere Seite des Schönen
ist Suff und Syphilis.
Daran kann man sich aber gewöhnen
bis zum entfärbten Finis.

martes, diciembre 12, 2017

Ezra Pound / Canto XVIII















Y sobre Kublai:
"Les he hablado en detalle acerca de la ciudad de ese emperador
y les hablaré sobre la emisión de moneda en Cambaluc:
                   que designa el secreto arcano de la
                   alquimia:
Toman el líber de la morera,
O sea la capa entre la madera y la corteza,
Y con esta hacen papel y lo marcan.
Medio tornés, un tornés, o medio estátero de plata,
O dos estáteros, o cinco estáteros, o diez estáteros.
O, para un pliego grande, un besante de oro, 3 besantes, diez besantes;
Y son refrendados por los funcionarios,
Y refregados con el sello del gran Kan bermellón;
Y los falsificadores son castigados con la pena de muerte,
Y todo esto no le cuesta nada al gran Kan,
Y así, es rico en este mundo,
Y sus chasquis van cosidos y sellados,
Sus casacas abrochadas por la espalda y después precintadas,
Y así desde una punta del viaje hasta la otra.
Y los mercaderes indios que llegan
Tienen que hacer entrega de sus joyas, y aceptar esta moneda de papel,
(Un comercio qe asciende, en besantes, a 400.000 por año.)
Y los nobles tienen que comprar sus perlas"
-así Messire Polo; en la prisión de Génova-
"Acerca del emperador."
                      Había un chico en Constantinopla,
Y un británico le dio una patada en el culo.
"Odio a estos franceses" le dijo Napoleón, a la edad de 12 años,
al joven Bourrienne. "Les haré todo el daño que pueda."
Y así también Zenos Metevsky;
Y el viejo Biers, un novato, andaba por ahí
Intentando vender cañones, y Metevsky encontró la puerta trasera;
Y el viejo Biers logró vender las armas,
Y Metevsky murió y lo enterraron, es decir, "oficialmente",
Y estaba sentado en el Yeiner Kafé mirando el funeral.
Unos diez años después de este incidente,
Ya era propietario de una buena tajada de Humbers.
"¡Paz! ¡Pa-haz!", dijo Mr. Giddings,
"¿U-ni-ver-sal? No en tanto tengas dos mil millones de tu dinero"
dijo Mr. Giddings, "invertidos en la ma-nu-fac-tu-ra
de maquinaria bélica. Cómo se lo vendí a Rusia -
"Pos les llevamos un torpedero nuevo.
"Y era todo eléctrico, se manejaba todo
"Desde un tecladito, más o menos del
"Tamaño de una máquina de escribir, y el príncipe vino a bordo,
"Y le dijimos ¿le gustaría timonearlo?
Y él fue y lo encalló en la escollera,
"Y le destrozó todo el frente,
"Carajo, el príncipe se cagó en las patas,
"¿Quién iba a pagar los daños?
"Y ese era mi primer viaje representando a la empresa
"Y le digo, Su Alteza, no es nada,
"Le daremos uno nuevo. Y por Dios que
"La empresa me respaldó, y nos llovieron los pedidos..."
Pues la Marquesa de las Zojas y Hurbara
Solía trasladarse al solar de Sir Zenos en los Champs Elysées,
Y presidía sus cenas, y a las once
Se retiraba por la puerta delantera, con sus lacayos
Y cochero, de librea, y daba una vuelta de cuatro manzanas
Hasta llegar a la puerta trasera, el hijo de puta era su marido,
Y Metevsky, "el renombrado filántropo",
Donó - como los Este a Luis Once -
Una soberbia pareja de jirafas a la nación,
Y dotó una cátedra de balística,
Y era consultado antes de las ofensivas.

Y Mr. Oige muy colérico en la primera clase
De Niza a París, decía: "¡Peligro!
"La vida de un marinero es una vida de peligro,
"Pero una mina, si cada barra está numerada,
"Y una vez nos pasamos una por alto,
Y murieron trescientos en una explosión."
Estaba molesto con los huelguistas, él había empezado
Como ingeniero y escalado posiciones, y había perdido,
Con esa huelga de mineros, algunos meses después del párrafo:

: Sir Zenos Metevsky ha sido electo presidente
de la Gesthsemane Trebizond Petrol
Y después salió otro: 80 locomotoras
De la Manchester Cardiff han sido equipadas con
Nuevos propulsores a petróleo...
Grandes cantidades de las variedades más pesadas (o sea, de petróleo)
Se encuentran ahora disponibles en el país.
Así que le dije al viejo cuáquero Hamish,
Le dije: "Me interesa." Y se puso pálido como la masilla
Y dijo: "Él no hace publicidad. No, no creo
que averigües mucho." Eso fue cuando pregunté
sobre Metevsky y Melchizedek.
Él, Hamish, le llevó los tractores al
Rey Menelik, 3 ríos y 140 precipicios.

"Qu'est-ce qu'on pense?" Yo dije: "Ellos no pense."
"Son de hueso sólido. Los puedes amputar justo por encima de
La médula, y no se alterará la vida en esta isla."
Pero él insistió: "Mais QU'EST-CE QU'ON pense,
De la metallurgie, en Angleterre, qu'est-ce qu'on pense de Metevsky?"
Y le dije: "No se han enterado ni de cómo se llama.
"Vaya y pregunte en el banco de MacGorvish."

A los observadores japoneses les divertía que
Los francmasones turcos no se hubieran molestado en
Sacarles las... divisas del regimiento a la artillería.
Y el viejo Hamish: Menelik
Tenía la corazonada de que con esa maquinaria... etc etc...
Pero nunca pudo hacerla funcionar,
Nunca consiguió el suministro energético.
Los alemanes le enviaban calderas, pero tenían
Que desguazarlas y cargarlas en camellos,
Y nunca lograban volver a ensamblarlas.
Y entonces el viejo Hamish fue para allí,
Y observó el terreno, 3 ríos,
Y ciento cuarenta precipicios,
Y envió dos tractores, uno para tirar del otro,
Y Menelik envió un ejército, un ejército negro de 5000
Con guindalezas, y sudaron y se sacudieron insectos.

Y lo primero que Dave encendió cuando llegaron
Fue una sierra mecánica,
Y atravesó un tronco de ébano: whhsssh, t ttt,
Dos días de trabajo en tres minutos.

Guerra, una guerra tras otra,
Iniciadas x hombres que no serían capaces de construir un
                         gallinero como la gente.
Y también sabotaje...

Ezra Pound (Hailey, EE UU, 1885-Venecia, Italia, 1972) XXX Cantos, Ediciones Cartoneras, Buenos Aires, 2013
Traducción: Jan de Jager

Nota del Administrador:
La primera parte del canto alude inicialmente al Kublai Kan, último de los reyes mongoles, y más indirectamente, y tal vez en forma irónica, al famoso poema romántico "Kubla Kahn", de Samuel Taylor Coleridge. Cita a continuación a Marco Polo, preso en la prisión de Génova. El segundo personaje importante del poema, Zenos Metevsky, es el fabricante y traficante de armas Basil Zaharoff (1849-1936)

Foto: Ezra Pound Archivio Cameraphoto Epoche/Getty Images/Poetry Foundation

Ref.:
Gordsellar
The Cantos Project
Barbarie Ilustrada
Buenos Aires Poetry

lunes, diciembre 11, 2017

Wallace Stevens / El lector















Pasé la noche sentado leyendo un libro,
sentado y leyendo como en un libro
de páginas sombrías.

Era otoño y las estrellas que caían
cubrían las formas marchitas
acurrucadas a la luz de la luna.

No ardía lámpara alguna mientras leía,
una voz musitaba: "Todo
retrocede hacia el frío,

incluso las almizcladas uvas moscatel,
los melones, las peras bermellón
del jardín sin hojas."

Las sombrías páginas no tienen nada impreso
salvo el rastro de ardientes estrellas
en el cielo glacial.

Wallace Stevens (Reading, Estados Unidos, 1879-Hartford, Estados Unidos, 1955), "Ideas of Order", 1936, Collected Poetry and Prose, Frank Kermode y Joan Richardson, eds., The Library of America, Nueva York, 1997
Versión de Jonio González

Foto: Wallace Stevens, en los primeros '50 Ransom Center Magazine

Ref.:
Buenos Aires Poetry
El Cultural
The Atlantic


THE READER

All night I sat reading a book,
Sat reading as if in a book
Of somber pages.

It was autumn and falling stars
Covered the shrivelled forms
Crouched in the moonlight.

No lamp was burning as I read,
A voice was mumbling, "Everything
Falls back to coldness,

Even the musky muscadines,
The melons, the vermilion pears
Of the leafless garden."

The somber pages bore no print
Except the trace of burning stars
In the frosty heaven.

domingo, diciembre 10, 2017

Salvatore Quasimodo / Hombre de mi tiempo
















Hombre de mi tiempo, eres aún aquel
de la piedra y de la honda. Estabas en la carlinga
con las alas malignas, los cuadrantes de muerte,
-te vi- dentro del carro de fuego, en las horcas,
en las ruedas de tortura. Te vi: eras tú,
con la ciencia precisa dispuesta para el exterminio,
sin amor, sin Cristo. Has matado de nuevo,
como siempre, como tus padres mataron, como mataron
los animales que te vieron por primera vez.
Y huele esta sangre como la de aquel día
en que el hermano dijo a otro hermano:
"Vamos al campo". Y aquel eco frío, tenaz,
llegó a ti, y llegó a tu jornada.
Olvidad, oh, hijos, las nubes de sangre
que ascienden de la tierra, olvidad a los padres:
sus tumbas se hunden en el cenizal,
los pájaros negros, el viento, cubren sus corazones.

[Giorno dopo giorno, 1946]

Salvatore Quasimodo (Módica, Italia, 1901-Amalfi, Italia, 1968), Plegaria, traducción de Antonio Colinas, selección de Minerva Margarita Villarreal, El Oro de los Tigres V, Universidad de Nuevo León, México, 2015

Ref.:
Enfocarte
Buenos Aires Poetry
Nobelprize Org
Sul Romanzo


Uomo del mio tempo

Sei ancora quello della pietra e della fionda,
uomo del mio tempo. Eri nella carlinga,
con le ali maligne, le meridiane di morte,
t’ho visto – dentro il carro di fuoco, alle forche,
alle ruote di tortura. T’ho visto: eri tu,
con la tua scienza esatta persuasa allo sterminio,
senza amore, senza Cristo. Hai ucciso ancora,
come sempre, come uccisero i padri, come uccisero
gli animali che ti videro per la prima volta.
E questo sangue odora come nel giorno
Quando il fratello disse all’altro fratello:
«Andiamo ai campi». E quell’eco fredda, tenace,
è giunta fino a te, dentro la tua giornata.
Dimenticate, o figli, le nuvole di sangue
Salite dalla terra, dimenticate i padri:
le loro tombe affondano nella cenere,
gli uccelli neri, il vento, coprono il loro cuore.

sábado, diciembre 09, 2017

Pedro Vicuña / De "Diario del retorno"

















Jueves 23 de julio

Desde una orilla
Que hube visto alguna vez el que entonces fui me saluda    es otra su
congoja    pienso mientras apuro una memoria    en el jardín.

En el aire de la tarde una inquietud
suspendida vacila
Luego el ventarrón del miedo arrasa el silencio.


Jueves 20 de agosto

En Limassol
una playa muda
me acogía el tiento.
En la memoria
desde una mar helada
el vapor confuso
de un tren
entre la muerte agazapado
ascendía inevitable.

Ni una seña desde los jardines
todo quedo, detenido, silente
la glicinia, el baobab
el zumbar de los coleópteros
mi aliento.

Sería que otra vez
perseguía mi sangre
la desquiciada sombra
del averno.
Desde un yermo páramo
la inminente dispersión de mis huesos.


Miércoles 27 de agosto

En Lisboa una luna negra
alumbraba el casco de un naufragio
en el recuerdo un mar distante
que hube visto en mi primer desvelo
balbuceaba en verbo roto
“quid praeterita quid saeculum belli.”

Entre las almenas del Koule-Kafé
la bahía develaba un mar ignoto
promesas de una quebradura
amarrada a la sangre
la certeza de una vida entre cascajos.

Luego el viento descerrajó una pena
las marejadas de los otros años
las piedras que rayaron la retina combando el tiempo.

En Kurion sobre el rastro de los persas
entre sombras fenicias
y el ulular de los aqueos
los acantilados y el asbesto
en medio de la noche
me trajeron esta patria rota.

Pedro Vicuña (Santiago de Chile, 1956), Diario del retorno, inédito



viernes, diciembre 08, 2017

Teresa Arijón / De "Tres poemas por encargo"
















dos

la palabra trueno vuelve
a vibrar entre las hojas
como un volcán
como el océano
se estrella contra la frente de quien
sin pensarlo pero a sabiendas
vino a dejar sus pasos —
la huella de sus pasos
aquí
en esta orilla

¿dónde la otra?
¿en qué extremo de mar, cuál finisterre
se yergue como abismo
centella
cierzo
ciertamente sola
la arena
que habrá de recibir
ese rastro
como si fuera
el comienzo de algo?

me pide que escriba un poema
y no es
como si me pidiera la luna

si me pidiera la luna
en una noche de dedos rosados y sutiles
quizá podría recortarla contra el cielo
y dársela

pero no es la luna —
es el poema
esa materia negra
que desciende
frágil
cuando el segundo
el último
la vida
el aliento
se desprende

pero no es la luna —
es el poema
y yo
que nunca supe escribir
otra cosa que las letras enlazadas de un nombre
¿el mío? ¿el suyo?
yo que estaba en medio de las cosas
como un obstáculo
una mancha
un montículo
no sé cómo reunir las ovejas del alado rebaño —
las pléyades —
para volver a cantar

Teresa Arijón (Buenos Aires, 1960), "Tres poemas por encargo + un poema suelto", Op. Cit. 7.12.2007

Ref.:
La Nación
Fundación Konex
El Poeta Ocasional
Tras la Cola de la Rata


jueves, diciembre 07, 2017

Javier Cófreces / El submarino















                 El ARA San Juan está desaparecido
                desde el pasado miércoles.
                                   Diaro Perfil, 18/11/2017

               Con vida los llevaron con vida los queremos.
                                  Madres de Plaza de Mayo


En la Argentina durante la dictadura
desaparecieron 30.000 personas.
A cuarenta años del genocidio
desaparece un submarino
de la fuerza armada nacional
que más contribuyó al exterminio.
Su práctica de tortura más usual
se denominaba “el submarino”
(los verdugos sumergían en un piletón con agua
la cabeza del detenido, para procurar confesiones).

En el ARA San Juan hay 44 tripulantes,
No están ni vivos ni muertos, son desaparecidos.*
Esta vez se conocen sus nombres
y se sabe que están presos en el navío,
quizás bajo el Mar Argentino,
donde se arrojaban los cuerpos
de los desaparecidos que jamás fueron hallados.

¡Aparición con vida…!

*Jorge Rafael Videla, conferencia de prensa en 1979

[inédito]

Javier Cófreces (Buenos Aires, 1957)

Ref.:
Ediciones en Danza
Página 12
La Nación
Campeones TV