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viernes, marzo 14, 2025

Carmen Ollé / De"Todo orgullo humea la noche"

 

Cavalcanti


Si una rosa no alcanzara la plenitud, de tu destreza -Guido-
no respondería.
La dama siempre de espaldas sonrió a un paisaje añorante.

Puesto que esa mujer más que razonar sueña, ella es en su
quietud más vieja que tu exilio,
y si otro besara su cuerpo amado ¿tu regreso no sería inútil?
Como cualquier locura, viento o blasfemia que mueva a quien
tanto ambiciona.
Puesto que esa mujer no ambiciona sino sueña se ha mantenido
joven en su pobreza.
Y si alguien derramara el vino atento sobre ella y otro la
besara en su coño, qué sería, entonces, si un viajero...


En el olvido
 

Deja ya Carmen de andar por ahí contando a
todos tus dolores;
con tanta queja a nadie haces bien y el culpable
se vanagloria,
Crece en riqueza y poder.
Dice que hay una tonta ya madura -aunque no
lo parezca- que vierte por él sangre.

Si tu cuerpo no alcanza en otro cuerpo la gloria:
que el sueño te recompense.

Carmen Ollé  (Lima, 1947), Todo orgullo humea la noche,  Lluvia Editores,  Lima,1988

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lunes, febrero 17, 2025

César Vallejo / Confianza en el anteojo...



Confianza en el anteojo, nó en el ojo;
en la escalera, nunca en el peldaño;
en el ala, nó en el ave
y en ti sólo, en ti sólo, en ti sólo.

Confianza en la maldad, nó en el malvado;
en el vaso, mas nunca en el licor;
en el cadáver, no en el hombre
y en ti sólo, en ti sólo, en ti sólo.

Confianza en muchos, pero ya no en uno;
en el cauce, jamás en la corriente;
en los calzones, no en las piernas
y en ti sólo, en ti sólo, en ti sólo.

Confianza en la ventana, no en la puerta;
en la madre, mas no en los nueve meses;
en el destino, no en el dado de oro,
y en ti sólo, en ti sólo, en ti sólo.

César Vallejo (Santiago de Chuco, Perú, 1892 - París, 1938), "Poemas humanos", Obra poética completa, Francisco Moncloa Editores, Lima, 1968

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Foto: César Vallejo en Berlín, sin fecha. Reproducida en la edición de Francisco Moncloa

lunes, noviembre 25, 2024

Javier Sologuren / Dédalo dormido

         
                  Most musical of mourners, weep anew!
                  Not all to that bright station dared to climb.
                                                                    Shelley

Tejido con las llamas de un desastre irresistible,
atrozmente vuelto hacia la destrucción y la música,
gritando bajo el límite de los golpes oceánicos,
el hueco veloz de los cielos llenándose de sombra.

Ramos de nieve en la espalda, pie de luz en la cabeza,
crecimiento súbito de las cosas que apenas se adivinan,
saciado pecho con la bulla que cabalga en lo invisible.

Perecer con el permiso de una bondad que no se extingue.
Ya no ser sino el minuto vibrante, el traspaso del cielo,
canto de vida rápida, intensa mano de lo nuestro, desnuda.

Hallarse vivo, despierto en el espacio sensible de una oreja,
recibiendo los pesados materiales que la música arroja
desde una altura donde todo gime de una extraña pureza.
Miembros de luz sorda, choques de completísimas estatuas,
lámparas que estallan, escombros primitivos como la muerte.

Vaso de vino pronto a gemir en una tormenta humana,
Con una sofocante alegría que olvida el arreglo de las cosas,
ebrio a distancias diferentes del sonido sin clemencia,
errando reflexivo entre el baile de las puertas abatidas,
alistando una racha salobre en la inminencia de la muerte,
pisando las hierbas del mar, las novedades del corazón,
pulsando una escala infinita, un centro sonoro inacabable.

Modificado por una azarosa, por una incontrolable compañía.

Pisadas en nuestro corazón, puertas en nuestros oídos,
temblor de los cielos de espaldas, árboles crecidos de improviso,
paisajes bañados por una murmurante dulzura, por una sustancia
que se extiende como un vuelo irisado e instantáneo.

Prados gloriosos, estío, perfil trazado por un dedo de fuego,
blanco papel quemado para siempre detrás de los ojos,
valles que asientan su línea bajo el zureo de las palomas,
fuentes de oro que agitan azules unos brazos helados.
Quietud del mar, neutros estallidos de un imperio cruento,
mudas destrucciones, espuma, golpes del espacio abierto.

Sueños que toman cuerpo, coherentes, en una silenciosa tentativa;
mecanismos ordenados en medio de una numerosa vehemencia,
lujo intranquilo del cielo que sella una hora inmune.

Cuerpo que asciende como la estatua de un ardoroso enjambre
buscando muy arriba la inhumana certeza en que se estalla
para quedar inmensamente vacío y delirante como el viento.

Una idea, Dédalo, una idea que iba a acarrear nuestro futuro
(un sueño como un agua amarga que mana desde la boca del sol),
los planos hechos a perfección, la elocuencia del número,
el ingenioso resorte para suplantar los ojos de la vida,
todo era una inocente flecha en tránsito de lucidez y muerte.

Ciudades perdidas por un golpe de viento, ganadas por un sueño.
Palabras incendiadas por la fricción de un remoto destino,
murallas de un fuego levantado al que no nos resistimos
canto arrancado a la tumultuosa soledad de un pecho humano.

Javier Sologuren (Lima, 1921 - 2004), Dédalo dormido, Cuadernos Americanos, México, 1949; Altazor, año 5, noviembre 2024

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miércoles, octubre 02, 2024

Antonio Cisneros / De "Como higuera en un campo de golf", 2



La casa de Punta Negra
(Ese imperio)

Primero
se marcaron las fronteras
con estacas y cal,
y las antiguas tribus
que habitan los campos
–culebras, lagartijas–
fueron muertas
sobre la tierra plana:
sólo manchas de sal
y restos de gaviotas
como toda heredad,
y en los últimos días
del verano
llegaron los camiones
con ladrillos
y arena de agua dulce:
así vi edificarse
ante mis ojos
Tebas,
Jerusalem,
Nínive,
Roma,
Atenas,
Babilonia,
y apenas la casa
fue techada
hubimos grande fiesta:
el maestro albañil
hizo una cruz de palo
y amarré
geranios,
mimosas,
lluvia-de-oro,
hubimos también
panes con carne asada
y yerbas
y cebollas
–un bosque de botellas
de cerveza–
y el mar era una loma
de algas muertas
mezcladas con la niebla:
los pelícanos viejos
celebraron mi canto
antes de alimentar
a las arañas,
a los cangrejos peludos
de las rocas.
La casa fue clavada
con la cara al Oeste,
a más de 80 metros
de las aguas
en arenas seguras
–y ese sol–
tras los muros del Este
los camiones
y los autos veloces
ardían en la brea
como torres de paja,
y al fondo
inacabables
las colinas de arcilla,
el aire rojo,
los perros salvajes,
y fue todo,
y ese mar
ya no puede lavarnos
otra vez
–aunque brillé
en los siete veranos–
(y yo fui
dorado,
alegre,
veloz)
y busco algunas veces
esas piedras
chatas
y redondas
para tirar al agua
–revuelta a 87
millas-sur
de esta vieja caverna
edificada
en la isla del viento
donde llevan
los hombres
a sus muertos
colgados
de la espalda
y brilla
este mal sol
más frío
que un cangrejo
entre la boca:
el parque de St. James
sembrado de muchachos
y muchachas
que se enredan
como blandas culebras
bajo el aire
(y fue un desenredarme
y enredarme
sobre todos los campos
de la sal
y la arena mojada,
antes de la caída
de ese Imperio).


En el 62 las aves marinas hambrientas llegaron hasta el centro de Lima

Toda la noche han viajado los pájaros desde la costa -he aquí la migración 
     de primavera:
las tribus y sus carros de combate sobre el pasto, los templos,
    los techos de los autos.
Nadie los vio llegar a las murallas, nadie a las puertas
-ciudadanos de sueño más pesado que jóvenes esposos-
y ninguno asomó a la ventana, y aquellos que asomaron
sólo vieron un cielo azul-marino sin grieta o hendidura entre su lomo
-antes fue que el lechero o el borracho final- y sin embargo
el aire era una torre de picos y pellejos enredados,
como cuando dormí cerca del mar en la Semana Santa
y el aire entre mi lecho y esas aguas fue un viejo gallinazo de
   las rocas holgándose en algún patillo muerto
-y las gaviotas-hembra mordisqueando a las gaviotas-macho y
   un cormorán peludo rompiéndose en los muros de la casa.

Toda la noche viajaron desde el Sur.
Puedo ver a mi esposa con el rostro muy limpio y ordenado
   mientras sueña
con manadas de morsas picoteadas y abiertas en sus flancos por
   los pájaros.


Poeta inédito en el baño del bar Palermo

Escribió tres o cuatro sonetos contra la Virgen
y uno a favor.
Y todo fue arrastado por las aguas.

Antonio Cisneros (Lima, 1942-2012), Como higuera en un campo de golf [1972], Kriller71 Ediciones, Barcelona, 2012

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domingo, julio 28, 2024

Juan Gonzalo Rose / Dos poemas



Me gustas

Me gustas porque tienes el color de los patios
de las casas tranquilas...

y más precisamente:
me gustas porque tienes el color de los patios
de las casas tranquilas
cuando llega el verano...

y más precisamente:
me gustas porque tienes
el color de los patios
de las casas tranquilas
en las tardes de enero
cuando llega el verano...

y más precisamente:
me gustas porque te amo.


Escribano en la balanza

Y después de servirte
e informarte,
de transitar a mula tus ministerios grises,
los plácemes del sol, las gargantúas de las soledades;
después del recorrido
y de los testimonios
escritos en papeles y tijuanas
se cumplirá tu ley, Rey
Severísimo: muerto seré:
ni siquiera pichón de cacatúa,
coraza de ostras, cachivache ardiendo:
sensatamente un muerto.
Un hombre muerto.
¿Y la frase pensada subido
en un camello? ¿Y el poema
que dije conversando con Walter,
y mis leyes de Niza, y mi ópera
al sacarme la corbata?
¿Quién habrá de escucharlos, Rey
Artero,
cuando las horas huecas
alarguen a mis pencas sus hocicos?
Nadie.
Nadie.
Pero entre los aperos de tus largos veranos,
¡oh Rey del exterminio!, seguirás,
encontrando mis mensajes:
este es mi oficio.
Y esta fugacidad:
todo mi reino.

Juan Gonzalo Rose (Tacna, Perú, 1928-Lima, 1983), Obra poética, Instituto Nacional de Cultura, Lima, 1974

Mas poemas de Juan Gonzalo Rose en Otra Iglesia Es Imposible, Quipu Virtual, Isliada, La Mula
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Foto: Infobae

jueves, julio 11, 2024

César Moro / Tres poemas



Abeja negra

Más bien buscar hacia el cisne
Y los blasones cruzados son espadas
Un puñal como almohada
Una lágrima eterna sobre la frente
Bajo el alto tocado
El silencio entre las flores que hacen signos
A la puesta del sol
Una golondrina cayendo verticalmente en un lago
La torre y las cortes de amor
El mar que irrumpe con espuma en los labios
El horizonte regular de una vida bajo la lámpara
Apagadas todas las luces es posible
Escuchar gemir el ave nocturna
En su oído

Le château de grisou, 1942
 

Batalla al borde de una catarata

Tener entre las manos largamente una sombra
De cara al sol
Tu recuerdo me persiga o me arrastre sin remedio
Sin salida sin freno sin refugio sin habla sin aire
El tiempo se transforma en casa de abandono
En cortes longitudinales de árboles donde tu imagen se disuelve en
                humo
El sabor más amargo que la historia del hombre conozca
El mortecino fulgor y la sombra
El abrir y cerrarse de puertas que conducen al dominio encantado de
                tu nombre
Donde todo perece
Un inmenso campo baldío de hierbas y de pedruscos interpretables
Una mano sobre una cabeza decapitada
Los pies
Tu frente
Tu espalda de diluvio
Tu vientre de aluvión un muslo de centellas
Una piedra que gira otra que se levanta y duerme en pie
Un caballo encantado un arbusto de piedra un lecho de piedra
Una boca de piedra y ese brillo que a veces me rodea
Para explicarme en letra muerta las prolongaciones misteriosas
               de tus manos que vuelven con el aspecto amenazante de un
               cuarto modesto con una cortina roja que se abre ante el infierno
Las sábanas el cielo de la noche
El sol el aire la lluvia el viento
Sólo el viento que trae tu nombre.

La tortuga ecuestre, (1936-1939), 1957


El humo se disipa

                                                                                         A donde voraz y ciego
                                                                                      Es el Minotauro el fuego
                                                                                     Y es el laberinto el humo
                                                                                            Calderón de la Barca

Tu aliento es como la mejor mañana fresca de olor de aves y de mar un
            velamen cruza veloz la foresta interdicta de tu aliento donde los
            pájaros se columpian picoteando estrellas mientras un galope
            tendido de gacelas trastorna las flores y las convierte en piedras
            de luna y el silencio recorre la escala de tu aliento de fuente y de
            montaña nevada.
Frente a frente tu aliento el soplo aterrador de la primavera en los
            bosques de nieve eterna iniciando el desfile de los témpanos
            coronados de osos polares flameantes
Tu aliento certero en medio del corazón una piedra que cae en el estanque
            dormido y levanta geiseres de estrellas enloquecidas que buscan su
            origen en tu boca
Tu aliento es un despeñadero en el que caen árboles enteros y el ruido se
            tapiza y las frutas maduran y todo se volatiliza en una caída sin
            término
La mañana perfila los cendales de tu aliento y la tormenta tiene olor de tu
            saliva y tu saliva es el cráter de donde vuelan los peñascos
            enfurecidos portadores de mensajes ilegibles.
Tu aliento de meteorito disparado desde el cielo cayendo en un bosque
            ardiente chamuscando leopardos y provocando el alarido de los
            elementos
Tu aliento es humareda de ignición de poemas obscenos tu aliento
            precipitándose a mansalva sobre campos inmensos bajo la luna
Tu aliento en la mañana la nostalgia de la noche fulgurante de rayos que
            bordan en el cielo las cataratas de tu aliento

La tortuga ecuestre

César Moro (Lima, 1903-1956), Obra poética completa, edición de André Coyné, Daniel Lefort y Julio Ortega, Alción Editora, Córdoba, Argentina, 2015, vía revista Ñ, 6 de julio de 2014

César Moro en Otra Iglesia Es Imposible
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Foto: César Moro, c.1950, Wikimedia Commons

martes, abril 09, 2024

Luis Hernández / Dos poemas




A un suicida en una piscina

No mueras más
oye una sinfonía para banda
volverás a amarte cuando escuches
diez trombones
con su añil claridad
entre la noche
no mueras
entreteje con su añil claridad
por lo que Dios más ame
sécate
contémplate en el espejo
en el cual te ahogabas
quédate en el tercer planeta
tan solo conocido
por tener unos seres bellísimos
que emiten sonidos con el cuello
esa unión entre el cuerpo
y los ensueños
y con máquinas ingenuas
que se llevan a los labios
o acarician con las manos
arte purísimo
llamado música
no mueras más
con su añil claridad

                             Lima, 8 de agosto de 1971

"Vox horrísona", 1970, Antología poética, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Alicante, 2022

Cuarteto Opus 131

A través de la soledad de los tejados,
Como frutos malvados de la noche
Los últimos cuartetos de Beethoven:
Igual los ha de oír
Quien en deseo vaga
O aquel que solitario yace
Junto a la mujer
Con quien ya jamás ha de soñar.

Gato, mi querido y sordo gato,
Yo sé que a través de tus patas,
A través de tu aciaga cabellera
Y la noche que me envuelve,
Hemos vuelto a beber,
Hemos llegado
A tener un lugar bajo los cielos.

Las constelaciones, Trujillo, Cuadernos Trimestrales de Poesía, 1965; Encuentra tu Poema, Fundación BBVA, Perú

Luis Hernández (Lima 1941 - Buenos Aires, 1977)

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Foto: Luis Hernández fotografiado por su familia en la sala de su casa en Lima, 1974 Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

domingo, marzo 24, 2024

Luis Hernández / Ezra Pound: cenizas y cilicio



1

Tower of Pisa
alabaster and not ivory. Y eterno,
para ferias de fascistas
quien la canta.

Y ebrio ya de belleza y en demencia
(puede ser que sus ojos sean nuestros)
rojo mar y el adriático crepúsculo
y dos guerras herrumbradas en su frente:

Frente a la lívida amenaza de la historia:
Ezra Pound,
Ezra
y su ejército perenne en pie
de muerte.

Torre de Pisa
et cinis et cilicium.

2

Ezra:
Sé que si llegaras a mi barrio
los muchachos dirían en la esquina:
Qué tal viejo, che' su madre,
y yo habría de volver a ser el muerto
que a tu sombra escribiera salmodiando
unas frases ideales a mi oboe.

El milagro se oculta entre lo oscuro
donde olvido y memoria son tan solo
los reflejos de lo áspero y amado,
la ilusión que ha surgido del enebro.

Duramente recuerdo tus poemas,
viejo fioca,
mi amigo inconfesable.

Luis Hernández (Lima 1941 - Buenos Aires, 1977), "Las constelaciones" (1965), Antología poética, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

TY - BOOK
ID - BVMC:1145536
AU - Hernández, Luis
TI - Antología poética
CY - Alicante : Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2022
PY - 2022
UR - https://www.cervantesvirtual.com/nd/ark:/59851/bmc1145536
ER - 

Otros poemas de Luis Hernández en Otra Iglesia Es Imposible

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domingo, marzo 17, 2024

Mario Montalbetti / Dos poemas




Augur observando un pollo
(Poemas romanos)

Cayo Mario (II)

Una galleta de jengibre seduce a los moros, Mario
¿por qué no compras galletas y ahorras una guerra?
Un pedazo de pan seduce a los ciudadanos, Mario
¿por qué no repartes y ahorras el descontento?
Una poza de agua seduce a los gorriones, Mario
¿por qué no la colocas y das de comer a tus cuervos?
Una pequeña porción de cianuro elimina a la especie, Mario
¿por qué no lo viertes en su brebaje y ahorras matrimonio?

Mario, Mario, Mario
eres capaz de perderte a Andrea Palladio
construyendo la Villa Rotonda.

Perro negro, 31 poemas (1978)


La lección de economía

¿Por qué los mercados no son afectados
por los grandes abandonos, por los amores que acaban,
por los desencantos y los crepúsculos?

Nadie lo sabe. Algunos lo saben:
porque los mercados responden a dos cosas
y a dos cosas solamente: al flujo de capital
y a las expectativas de ganancia.

Se repitió todo esto mientras andaba
con pasos apurados, preparando la clase
antes de dar la clase. Cruzó la calle.

El vendedor de lotería estaba parado
en la esquina, con las suertes enganchadas
con un imperdible a su camisa de franela.

Imaginó gallos. Siguió caminando.

Se preguntó retóricamente:
¿y qué afecta al amor? La clase sigue.

Nadie lo sabe. Algunos lo saben:
una cosa y una cosa solamente afecta al amor:
la demanda de amor.

(Esta es la ley sorprendente
de la que tiene que convencerlos:

la oferta de amor no afecta al amor.)

El lenguaje es un revólver para dos (2008)

Mario Montalbetti (Lima, 1953), Lejos de mí decirles. Poesía reunida, Colima-Aldvs, Ciudad de México, 2013

Más poemas de Mario Montalbetti en Otra Iglesia Es Imposible

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Foto: Marina García Burgo/Confabulario, El Universal, México

domingo, marzo 03, 2024

Luis Hernández / De "Vox horrísona"




La majestad de los días pasados

La majestad de los días pasados
Presta al tiempo sus caminos
En la grava.
La majestad del aire
Dona a la luz
Su secreta magnificencia.
El fluir eterno de la Armonía
En la trampa conocida
De la luz
Cuando desciende en notas
En el Misterio del recuerdo,
Que jamás confundirás
Con la trama accesoria
De las cosas.

Sólo el crujir
De las ramas del árbol
Es ya el árbol,
El torrente, el vidrio
Y un amor. La majestad
De los días 
Ya pasados
No puede ocultarse
En el olvido.


Tres haikus

1
Otoño es una flor
Que se adormece
En la neblina
Otoño es una flor

2
El profundo valle
Poblado de pinos
Y misteriosas plantas

Reposa como una
Inimaginable esmeralda

En el Desierto

3
El farol del parque
Llena de líneas de luz
La noche dolorida
Entre el murmullo
De hojas y flores
El farol del parque.


La playa inexistente

Bajo la neblina
Encima de las rocas
Surge el mar

Azul. Bajo el sol
Entre los jardines
De las algas
Hay una claridad
Tan real

Que conduce
A la playa inexistente
Por un sendero
Arpeggiando

Para dar la imagen
De la nostalgia
Que comprende

Para llorar
El amor de la tierra
Es necesario: los cromáticos
Yates surcan el mar
De La Herradura

Surcan el mar azul prusia
de La Herradura

Nuevamente arpeggiando

Luis Hernández (Lima 1941 - Buenos Aires, 1977), Vox horrísona, 1970, 1978, 1983; "Vox Horrísona", Diario de Poesía n° 18, Buenos Aires, otoño de 1991. Selección de Daniel García Helder

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lunes, febrero 26, 2024

Eduardo Chirinos / Puerta de Atocha-Estación de los Desamparados

             
       Váca mi estómago, váca mi yeyuno
                                       César Vallejo

1

Paradojas del movimiento. En el interior del tren
el paisaje se percibe desde la quietud. Todo
lo sólido se desvanece en el aire, deja partículas
de polvo, su estela multicolor en la retina.
En el exterior, en cambio, el paisaje es inmóvil.
El tren perfora la quietud como una aguja en la
arteria, como la sangre que circula en un cuerpo
inerte pero todavía vivo. Y el sol. El sol benéfico
que arde en los metales, en la memoria que
agradece la llegada del tren. Y me adormece. 

2

Ahora, por ejemplo, veo paisajes con vacas.
¿Por qué el tren me hace pensar en paisajes
con vacas? Del soporte de fierro cuelgan bolsas
como ubres. Están conectadas a mi cuerpo y mi
cuerpo, callado, las recibe. Miro sin entusiasmo
las ubres de las vacas. Su leche rosada y salina
que ha de llegar hasta mí. Una enfermera entra
a la habitación y pide mi boleto. Las vacas pastan
en las laderas de los Andes, vuelan por los tejados
de Madrid, aterrizan sin alas a orillas del Jocko.
Yo bebo su leche, palpo las ubres que cuelgan del
soporte de fierro. Siempre de pie, junto a mi cama. 

3

Estación de los Desamparados, mayo de 1973.
Todo está en orden: el sol, el río, los asientos
numerados. Domingo familiar en las afueras
de Lima. Escucho la algarabía del tren, su
insistente y frágil traqueteo. ¿Quién hace
tanta bulla? Quiero descansar, pero tampoco
quiero que se vayan. Me hace bien tanto
alboroto, tanto laberinto. La enfermera
me pide mi boleto. No lo tengo, pregúntele
a mis padres, tal vez esté escondido entre
las sábanas. El tren partió con media hora
de retraso. Miro las aguas del río. Ellas
también viajan, pero en sentido contrario.
Conforme suben se tornan más limpias,
más violentas, menos habladoras.

4

Silencio. Lo que necesito es silencio. Cierro
los ojos, acomodo la cabeza en la almohada
y trato de dormir. Pero no puedo. En cada
estación los ambulantes ofrecen sus productos:
bolsitas de cancha, de camote frito, de maní
tostado. Artesanía barata para turistas pobres.
La enfermera me trae la comida en una bandeja
de aluminio. Dice que volverá en dos horas.
Se llama Eulalia como la santa del pueblo,
como la marquesa de Darío que ríe y ríe y ríe. 

5

Estación de Atocha, septiembre de 1986.
Frente a nosotros viaja una familia de gitanos.
El compartimento es pequeño y huele mal.
Aquí no hay cante jondo, ni romance con luna,
ni sangre de cuchillos. Con una navaja el padre
corta un queso. La niña duerme en faldas de la
madre, el niño me ofrece revistas pornográficas
por tres duros. El destino se aleja a la velocidad
del tren, se adentra en la noche, se hunde sin
piedad en la pupila del lobo. Me aferro a los
barrotes de la cama (“váca mi estómago, váca
mi yeyuno”). En la próxima estación se bajan
los gitanos. Y yo debería irme con ellos.

6

Imagina un tren que parte de una estación
cualquiera. Imagina que en cada estación el
tren se multiplica. Que lo que fue al comienzo
un tren solitario y reluciente son ahora miles
circulando sin control. Invadiendo lentamente
y en silencio cada vía sana y libre de tu cuerpo.

7

Infiernillo es rojo y da miedo. Estoy hablando
de mi primer viaje en tren (Lima-Jauja, 1967).
Atrás quedó Desamparados, la cuesta amable
de Chosica, Matucana, San Mateo. Mejor no
mires, advierte mi madre. Estelas de sal en los
rieles podridos de la Oroya (3,700 m.s.n.m.).
El tren perfora la montaña y la divide en dos
en tres, en cuatro. La enfermera pregunta
si he comido ancas de rana. Hace tiempo me
arrodillé ante la Señora de los Desamparados,
me preguntó si leía revistas pornográficas.
No supe contestarle. Me perturban los ojos
del niño gitano, su insoportable olor a queso.
Mejor no mires, advierte mi madre. Abajo
camiones pequeñitos transportan minerales
a una fundición. Me siento mareado. Mejor no
mires, advierte mi madre. Mejor no mires.

8

Eulalia entra a la habitación y pide mi boleto.
Volteo nerviosamente los bolsillos, reviso una
y otra vez la billetera, rebusco entre las sábanas.
Si no lo encuentro tendré que bajarme en la
próxima estación. No te preocupes, me dice
un pasajero. Ahora ya eres uno de los nuestros. 

9

El tren es una mancha que enturbia la pureza
del paisaje. Perfora la quietud como una aguja
en la arteria, como la sangre que circula en un
cuerpo inerte, pero todavía vivo. Y el sol. El sol
benéfico que arde en los metales, en la memoria
que agradece la llegada del tren. Y me despierta.

Eduardo Chirinos (Lima, 1960 - Missoula, Montana, Estados Unidos, 2016), Medicinas para quebrantamientos del halcón, Pre-Textos, Valencia, 2014


Poemas de Eduardo Chirinos en Otra Iglesia Es Imposible
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domingo, diciembre 10, 2023

Blanca Varela / Destiempo


I

Se fue el día,
las escamas del sueño giran.

Todo desciende,
la noche es el tedio.

En el desierto, a oscuras,
temerosa del amor
la ostra llora a solas.
Caen las lívidas hojas de tu frente,
Te alejas, negra burbuja sin destino.

Se abren súbitamente mil calles,
arrecifes en llamas 
retienen tu cuerpo helado como una lágrima,
nada te hiere,
el coral clava su garra en tu sombra,
tu sangre se desliza, inunda praderas,
salta de las ventanas como un rojo sonido
y todo esto no es sino el otoño.

II

Estréchame las manos,
la única luz que nos queda,
no me dejes olvidada
en la cima de una ola.

Aléjate.

Aparten ese frío paisaje de cipreses,
escombren esos náufragos que ocultan el horizonte.

La vida es una noticia conmovedora.

Atravieso el desierto,
la terrible fiesta en el centro de un cielo derribado.
Estoy casi olvidando.

III
                                                                    A César Moro

El rayo ha perfumado ferozmente nuestra casa.
Tenemos sed, tenemos prisa por golpear 
con el hueso de una flor en la tiniebla.
Hay un árbol talado en esta historia.
Contemplamos el cielo. No hay señales.
¿Es de día? ¿Es de noche?
Murió la araña que medía el tiempo,
Sólo hay un viejo muro y una nueva familia de sombras.

IV

Deseos, piedras, cielo a jirones,
ni un ave.
Estoy huyendo.
Una nueva montaña,
un río joven, sin ira.

Éste es el mundo que amo.
Quiero un cielo veloz,
la mañana distinta, sin colores,
para poner mis ángeles,
mis calles donde siempre hay humo y sorpresa.

V

Aquella torturada nube parecía tan firme,
ambulando,
desgarrando,
chocando con masas de ángeles.

Cóncava,
valva de nieve y soledad,
de trajín y música constante,
de arena, de resplandor
y fuga,
desierto etíope
en un tutti de gemidos
y sorpresa.

Tan exacta
sobre el laberinto de la pupila,
color perdido
de vieja misiva,
terrible silencio 
de quien ha sacudido el aire
y conoce el vado de los sollozos.

Continuaba,
migradora,
llave del torbellino
como una gota pura
preñada de su propia existencia,

VI

El mar pliega las alas al atardecer,
tú no eres sino una pálida burbuja
navegando al golpe del aliento,
un negro trino,
el sol que sale en el centro del pecho
en mitad de la calle,
un silencio en la música dura
de la ciudad sin límites.

Para atravesar ese océano,
ese golpe de luz en la siesta,
no bastaría la eternidad.

VII

Toda la palidez inexplicable es el recuerdo.

Travesía de muralla a muralla,
el abismo es el párpado,
allí naufraga el mundo
arrasado por una lágrima.

VIII

Despierto.

Primera isla de la conciencia:

un árbol.

El temor inventa el vuelo.

El desierto familiar me acoge.

Alguien observa con indiferencia.

IX

El amor es como la música,
me devuelve con las manos vacías,
con el tiempo que se enciende de golpe
fuera del paraíso.
Conozco una isla,
mis recuerdos
y una música futura,
la promesa.

Y voy hacia la muerte que no existe,
que se llama horizonte en mi pecho.
Siempre la eternidad a destiempo.

Blanca Varela (Lima, 1926-2009), "Ese puerto existe" (1949-1959), Canto villano. Poesía reunida, 1949-1994, Fondo de Cultura Económica, México, 1996

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martes, diciembre 05, 2023

Martín Adán / Escrito a ciegas



(Carta a Celia Paschero)

¿Quieres tú saber de mi vida?
Yo sólo sé de mi paso,
De mi peso,
De mi tristeza y de mi zapato.
¿Por qué preguntas quién soy,
Adónde voy?... Porque sabes harto
Lo del Poeta, el duro
Y sensible volumen de ser mi humano,
Que es cuerpo y vocación,
Sin embargo.

Si nací, lo recuerda el Año
Aquel de quien no me acuerdo,
Por que vivo, porque me mato.

Mi Ángel no es el de la Guarda.
Mi Ángel es del Hartazgo y Retazo,
Que me lleva sin término,
Tropezando, siempre tropezando,
En esta sombra deslumbrante
Que es la Vida, y su engaño y su encanto.

Cuando lo sepas todo...
Cuando sepas no preguntar...
Sino roerte la uña de mortal.
Entonces te diré mi vida,
Que no es más que una palabra más...
La toda tuya vida es como cada ola:
Saber matar.
Saber morir.
Y no saber retener su caudal,
Y no saber discurrir y volver a su principio,
Y no saber contenerse en su afán...

Si quieres saber de mi vida,
Vete a mirar al Mar.
¿Por qué me la pides, Literata?
¿Ignoras acaso que en el Mundo,
Todo de nadas acumuladas,
De desengrandar infinitudes,
No si no un trasgo
Eterno, sombra apenas de apetito de algo?

La cosa real, si la pretendes,
No es aprehenderla sino imaginarla.
Lo real no se le coge: se le sigue,
Y para eso son el sueño y la palabra.
¡Cuídate de su atajo!
¡Cuídate de su distancia!
¡Cuídate de su despeñadero!
¡Cuídate de su cabaña!

¿Quién soy? Soy mi qué,
Inefable e innumerable
Figura y alma de la ira.
No, eso fue al fin... y era el principio,
Antes de donde el principio principia.
Soy un cuerpo de espíritu de furia
Asentada de aceda ironía.
No, no soy el que busca
El poema, ni siquiera la vida...
Soy un animal acosado por su ser
Que es una verdad y una mentira.

¡Es tan simple mi ser, y tal ahogo,
Con punzada de nervio y carne!...
Yo buscaba otro ser,
Y ése ha sido mi buscarme.
Yo no quería ni quiero ya ser yo,
Sino otro que se salvara o que se salve,
No el del Instinto, que se pierde,
Ni el del Entendimiento, que se retrae.

Mi día es otro día,
Algún no sé dónde estarme,
A dónde no sé ir en mi selva
Entre mis reptiles y mis árboles,
Libros y cementos
Y estrellas de neón,
Mujeres que se me juntan como la pared
 -   y como nadie... o como madre,
Y el recién nacido que sobre mí llora,
Y por la calle
Toda las ruedas
Reales y originales.
Así es mi vida cabal,
Hasta la última tarde.

El Otro, el Prójimo, es un fantasma.
¿Existe el aire,
Donde te asfixias y recreas
Respirando, tu cuerpo inane?
¡No, nada es sino la sorpresa
Eterna de tu mismo reencontrarte
Siempre tú los mismos entre los mismos muros.

De las distancias y de las calles!
¡Y de los cielos estos techos
Que nunca me ultiman porque nunca caen!

Y no alcancé al furor de lo divino,
Ni a la simpatía de lo humano.
Lo soy y no lo siento ni así me siento.

Soy en el Día el Solitario
Y el absoluto en la Zoología si pienso,
O como carnívoro feroz si agarro.
¿Soy la Creatura o el Creador?
¿Soy la Materia o el Milagro?
¡Qué mía y qué ajena tu pregunta!...
¿Quién soy? ¿Lo sé yo acaso?

¡Pero no, el Otro no es!
¡Sólo yo en mi terror o en mi orgasmo!

¡Y con todos mis sueños resoñados,
Y con toda la moneda recogida,
Y con todo mi cuerpo, resurrecto
Tras cada coito, ciego, vano, sin pupila!...

¡Cuando no seas nada más que ser,
Si llegas a la edad de la agonía!...
¡Cuando sepas, verdaderamente,
Que es ayuntamiento de muerte y vida!...
¡Entonces te diré quién soy,
Seguro, sí, que ya sin voz, Amiga!

Que se curan con hierbas eficaces
Los puros animales que te hablan
Allá, entre piedras inmateriales
El mundo real y la ciencia humana,
Donde, con una pelota
Los muchachos aparentes hediondos gozaban.
Sí, la vida es un delirio así, y sin embargo,
En esa vida no estuvo mi nada,
Ninguna, pero real, pero celeste o volcánica.

¡Qué tarde llega el Tiempo
A su punto de olvido o de sensibilidad!
Viene arrastrando, como el aluvión,
De cúmulo, de suelo, de humanidad.

Que se curan con hierbas eficaces
¡Cuán inesperado y desesperado cualquier ya,
Todo yo que cae con el Tiempo
Desde nunca siempre y para siempre jamás!
¡Qué madrugada eterna no dormida
Lo del revolverme en el hacer y en el pensar!

La Soledad es una roca dura
Contra la que arroja el Aire.
Está en cada pared de la Ciudad,
Cómplice, disimulándose.
Me arrojo o me arrojo, sin cesar
Yo soy mi impedimento y mi crearme.

La Poesía es, Amiga,
Inagotable, incorregible, ínsita.
Es el río infinito
Todo de sangre,
Todo de meandro, todo de ruina y
 arrastre de vivido...
¿Qué es la Palabra
Sino vario y vano grito?
¿Qué es la imagen de la Poética
Sino un veloz leño bajo un gato írrito?
Todo es aluvión. Si no lo fuera,
Nada sería lo real, lo mismo.

El Amor no sabía
Sino tragarse su substancia

Y así la Creación se renovaba.
Todo me era de ayer, pero yo vivo;
Y a veces creo, y a la Vez me amamanta.

No soy ninguno que sabe.
Soy el uno que ya no cree
Ni en el hombre,
Ni en la mujer,
Ni en la casa de un solo piso,
Ni en el panqueque con miel.

No soy más que una palabra
Volada de la sien,
Y que procura compadecerse
Y anidar en algún alto tal vez

De la primavera lóbrega
Del Ser
No me preguntes más,
Que ya no sé...

Supe que no era lo que no era, no sé cómo,
   - y toda era
Hasta la cosa de mi nada.
Y fui uno no sé cuándo,
Persiguiendo, por entre numen y maraña
Dentro de ella, yo, nacido y flaco, ya con
 todas las armas,
Yo por todo paso que me hacía,
A ello persiguiendo... a la palabra
A cualquiera,
A la madriguera o a la que salta.

Si mi vida no es esto
¿Qué será la vida?... ¿Adivinanza?...
Que me dé tiempo el Tiempo, a más del suyo,
Y yo me reharé mi eternidad;
Lo que me falta,
Porque la eché... me estuvo un momento demás.
¿Sabes de los puertos encallados,
Del furor y del desembarcar,
Y del cetáceo con mojadísimo uniforme,
Que no nada y cae ya?
¿Sabes de la ciudad tanta,
Que no parece ciudad,
Sino cadáver disgregado,
Innumerable e infinitesimal?

Tú no sabes nada;
Tú no sabes sino preguntar,
Tú no sabes sino sabiduría
Pero sabiduría no.es estar
Sin noción de nada, sino proseguir o seguir
A pie hacia el ya.

[1961]

Martín Adán (Lima, 1908 -1985), Material de Lectura 129, Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), selección y nota de Sergio Monsalvo, México, 2012


domingo, diciembre 03, 2023

Antonio Cisneros / Crónica de Chapi, 1965



                                       Para Washington Delgado

                  Lengua sin manos, ¿cómo osas hablar?
                                                                   Mío Cid

Oronqoy. Aquí es dura la tierra. Nada en ella
se mueve, nada cambia, ni el bicho más pequeño.
Por las dudosas huellas del angana
–media jornada sobre una mula vieja–
                                                             bien recuerdo
a los doscientos muertos estrujados
y sin embargo frescos como un recién nacido.
                                                                      Oronqoy.
La tierra permanece repetida, blanca y repetida
hasta las últimas montañas.
Detrás de ellas
el aire pesa más que un ahogado.
                                                     Y abajo,
entre las ramas barbudas y calientes:
Héctor. Ciro. Daniel, experto en huellas.
Edgardo El Viejo. El Que Dudó Tres Días. 
Samuel, llamado el Burro. Y Mariano. Y Ramiro.
El callado Marcial. Todos los duros. Los de la rabia entera.
(Samuel afloja sus botines.) Fuman. Conversan.
Y abren latas de atún bajo el chillido
                                                         de un pájaro picudo.
“Siempre este bosque
que me recuerda al mar, con sus colinas,
sus inmóviles olas y su luz
diferente a la de todos los soles conocidos.
                                                                     Aún ignoro

las costumbres del viento y de las aguas.
                                                                 Es verdad,
ya nada se parece al país que dejamos y sin embargo
                                                   es todavía el mismo.”
Cenizas casi verdes,
restos de su fogata ardiendo entre la nuestra:
estuvieron muy cerca los soldados.
                                                                           Su capitán,
el de la baba inmensa, el de las púas
–casi a tiro de piedra lo recuerdo– en pocos días ametralló
                                  a los doscientos hombres
                                                                   y eso fue en noviembre
(no indagues, caminante, por las pruebas:
para los siervos muertos no hay túmulo o señal)
                                                                            y esa noche,
en los campos de Chapi,
hasta que el viento arrastró la Cruz del Sur,
se oyeron los chillidos de las viejas,
                                                           ayataki,
el canto de los muertos,
pesado como lluvia
                                sobre las anchas hojas de los plátanos,
duro como tambores.
                                Y el halcón de tierras altas
sombra fue sobre sus cuerpos maduros y perfectos.
(En Chapi, distrito de La Mar, donde en septiembre,
don Gonzalo Carrillo –quien gustaba
moler a sus peones en un trapiche viejo–
fue juzgado y muerto por los muertos.)

“El suelo es desigual, Ramiro, tu cuerpo
se ha estropeado entre las cuevas y corrientes
                                                                submarinas.
Al principio, sólo una herida en la pierna derecha,
                                                                        después
las moscas verdes invadieron tus miembros.
Y eras duro, todavía.
                                Pero tus pómulos no resistieron más
–fue la Uta, el hambriento animal de mil barrigas– y
tuvimos, amigo, que ofrecerte
como a los bravos marinos que mueren sobre el mar.”
Ese jueves, desde el Cerro Morado se acercaban.
Eran más de cuarenta.
El capitán –según pude saber–
sólo temía al tiempo de las lluvias
y a las enfermedades que provocan
las hembras de los indios.
                                                          Sus soldados
temían a la muerte.
Sin referirme a Tambo –cinco mil habitantes y naranjas–
doce pueblos del río hicieron leña tras su filudo andar.
Fueron harto botín hombres y bestias.
                                                               Se acercaban.
Junto a las barbas de la ortiga gigante
cayeron un teniente y el cabo fusilero.
                                                                (El capitán
se había levantado de prisa, bien de mañana
para combatir a los rebeldes.
Y sin saber que había una emboscada,
marchó con la jauría hasta un lugar tenido por seguro y discreto.
Y Héctor tendió la mano, y sus hombres
se alzaron con presteza.)
                                                                           Y así,
cuando escaparon, carne enlatada y armas recogimos.
El capitán huía sobre sus propios muertos
abandonados al mordisco de las moscas.
                                                                         No tuvimos heridos.

 
Los guerrilleros entierran sus latas de pescado,
recogen su fusil, callan, caminan.
                                                                Sin más bienes
que sus huesos y las armas, y a veces la duda como grieta
en un campo de arcilla. También el miedo.
                                                                  Y las negras raíces
y las buenas, y los hongos que engordan y aquellos que dan muerte
                                                                           ofreciéndose iguales.
                                       Y la yerba y las arenas y el pantano
más altos cada vez en la ruta del Este, y los días
                                                                más largos cada vez
(y eso fue poco antes de las lluvias).
Y así lo hicieron tres noches con sus días.
                                                                Y llegados al río
decidieron esperar la mañana antes de atravesarlo.
 
“Wauqechay, hermanito, wauqechay,
es tu cansancio
largo como este día, wauqechay.
Verde arvejita verde,
wauqechay,
descansa en mi cocina,
verde arvejita verde,
wauqechay,
descansa en mi frazada y en mi sombra.”

Daniel, Ciro, Mariano, Edgardo El Viejo,
El Que Dudó Tres Días, Samuel llamado el Burro,
Héctor, Marcial, Ramiro,
qué angosto corazón, qué reino habitan. 

Y ya ninguno pregunte sobre el peso
y la medida de
                           los hermanos muertos,
y ya nadie les guarde repugnancia o temor.

Antonio Cisneros (Lima, 1942-2012), Canto ceremonial contra un oso hormiguero, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1968

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Foto: Antonio Cisneros, Berlín, 1985 R. Von Mangoleit/Centro Cultural Inca Garcilaso

sábado, octubre 28, 2023

Mario Montalbetti / La teoría del poema de Juan Román Riquelme



“el cuatro está solo” dice Juan Román Riquelme

y esa frase es la primera parte de su teoría del poema.

No se trata de un elogio de la soledad del cuatro

sino de un elogio de la soledad del espacio
que se abre
alrededor del cuatro.

Es en la soledad que se juega el poema,

pero no en la soledad de las palabras
sino en la soledad de los espacios
por donde se van a mover las palabras.

Cuando Juan Román Riquelme dice “el cuatro está solo”

el cuatro no está solo para orar en una ermita
ni para meditar sobre la futilidad del juego.

“el cuatro está solo” es que el espacio
delante del cuatro
se puede abrir.
¿A qué? al movimiento, dice Juan Román Riquelme.

El movimiento exige la soledad de espacio.

Esa es la primera parte.
La segunda parte de la teoría del poema de Juan Román Riquelme
es un símil:

si vas por la autopista y hay un atolladero
entonces doblás, dice Juan Román Riquelme

y vas por donde no hay congestión.

El símil es con el poema: si estás escribiendo
un poema
y ves que hay muchas palabras delante de ti,
te desviás y vas por donde hay pocas.

Hay quienes (a veces locos, a veces genios)
ven un atolladero
y se meten por ahí, Messi, Góngora,

gente rara que aborrece la soledad
del espacio.

La dificultad del poema
es que hay muchas palabras juntas
y entonces
nada se mueve

y todo apunta al 0-0,

al aburrimiento radical de 47 pases horizontales
para que nada realmente ocurra.

Esa es la teoría del poema de Juan Román Riquelme.

Zinedine Zidane (debo buscar la referencia)
había dicho algo similar:

“si te dan dos metros
cualquiera escribe bien”.

Mario Montalbetti (Lima, 1953), Cara de Perro n° 4, diciembre de 2020; Cabe la forma, Pre-Textos, Valencia, España, 2021


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sábado, agosto 12, 2023

César Vallejo / Me viene, hay días, una gana ubérrima, política...



Me viene, hay días, una gana ubérrima, política,
de querer, de besar al cariño en sus dos rostros,
y me viene de lejos un querer
demostrativo, otro querer amar, de grado o fuerza,
al que me odia, al que rasga su papel, al muchachito,
a la que llora por el que lloraba,
al rey del vino, al esclavo del agua,
al que ocultóse en su ira,
al que suda, al que pasa, al que sacude su persona en mi alma.
Y quiero, por lo tanto, acomodarle
al que me habla, su trenza; sus cabellos, al soldado;
su luz, al grande; su grandeza, al chico.
Quiero planchar directamente
un pañuelo al que no puede llorar
y, cuando estoy triste o me duele la dicha,
remendar a los niños y a los genios.

Quiero ayudar al bueno a ser su poquillo de malo
y me urge estar sentado
a la diestra del zurdo, y responder al mudo,
tratando de serle útil en
lo que puedo, y también quiero muchísimo
lavarle al cojo el pie,
y ayudarle a dormir al tuerto próximo.

¡Ah querer, éste, el mío, éste, el mundial,
interhumano y parroquial, provecto!
Me viene a pelo,
desde el cimiento, desde la ingle pública,
y, viniendo de lejos, da ganas de besarle
la bufanda al cantor,
y al que sufre, besarle en su sartén,
al sordo, en su rumor craneano, impávido;
al que me da lo que olvidé en mi seno,
en su Dante, en su Chaplin, en sus hombros.

Quiero, para terminar,
cuando estoy al borde célebre de la violencia
o lleno de pecho el corazón, querría
ayudar a reír al que sonríe,
ponerle un pajarillo al malvado en plena nuca,
cuidar a los enfermos enfadándolos,
comprarle al vendedor,
ayudarle a matar al matador —cosa terrible—
y quisiera yo ser bueno conmigo
en todo.

[6 Nov 1937]

César Vallejo (Santiago de Chuco, Perú, 1892 - París, 1938), "Poemas humanos", Obra poética completa, Francisco Moncloa Editores, Lima, 1968

N. del Ad.: La fecha entre corchetes figura al pie de la hoja mecanografiada y corregida a mano por Vallejo, cuyo facsímil está incluido en la edición citada.

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Foto: Reproducida en sitios de la internet, sin mención de fuente ni otros datos