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miércoles, diciembre 11, 2024

Luis César Amadori / Rencor


[Tango]

Rencor, mi viejo rencor,
dejame olvidar
la cobarde traición.
¡No ves que no puedo más,
que ya me he secao
de tanto llorar!
Dejá que viva otra vez
y olvide el dolor
que ayer me cacheteó...
Rencor, yo quiero volver
a ser lo que fui...
Yo quiero vivir...

Este odio maldito
que llevo en las venas
me amarga la vida
como una condena.
El mal que me han hecho
es herida abierta
que me inunda el pecho
de rabia y de hiel.
La odian mis ojos
porque la miraron.
Mis labios la odian
porque la besaron.
La odio con toda
la fuerza de mi alma
y es tan fuerte mi odio
como fue mi amor.

Rencor, mi viejo rencor,
no quiero sufrir
esta pena sin fin...
Si ya me has muerto una vez
¿por qué llevaré
la muerte en mi ser?
Ya sé que no tiene perdón...
Ya sé que fue vil
y fue cruel su traición...
Por eso, viejo rencor,
dejáme vivir
por lo que sufrí.

Dios quiera que un día
la encuentre en la vida
llorando vencida
su triste pasado
pa' escupirle encima
todo este desprecio
que babea mi vida
de amargo rencor.
La odio por el daño
de mi amor deshecho
y por una duda
que me escarba el pecho.
No repitas nunca
lo que vi' a decirte:
rencor, tengo miedo
de que seas amor.

[1932]

Luis César Amadori (Pescara, Italia, 1902 - Buenos Aires, 1977)

Más letras e información sobre Luis César Amadori en Puro Tango
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Foto: IMDb

miércoles, julio 21, 2021

Mario Battistella / Cuartito azul





[Tango]

Cuartito azul, dulce morada de mi vida,
fiel testigo de mi tierna juventud,
llegó la hora de la triste despedida,
ya lo ves, todo en el mundo es inquietud.
Ya no soy más aquel muchacho oscuro;
todo un señor desde esta tarde soy.
Sin embargo, cuartito, te lo juro,
nunca estuve tan triste como hoy.

Cuartito azul
de mi primera pasión,
vos guardarás
todo mi corazón.
Si alguna vez
volviera la que amé
vos le dirás
que nunca la olvidé.
Cuartito azul,
hoy te canto mi adiós.
Ya no abriré
tu puerta y tu balcón.

Aquí viví toda mi ardiente fantasía
y al amor con alegría le canté;
aquí fue donde sollozó la amada mía
recitándome los versos de Chénier. *
Quizá tendré para enorgullecerme
gloria y honor como nadie alcanzó,
pero nada podrá ya parecerme
tan lindo y tan sincero
como vos.

[1939]

Mario Battistella (Monteforte d'Alpone, Italia, 1893-Buenos Aires, 1968)

* André Chénier (Constantinopla, 1762-París, 1794), poeta y polemista, hijo de un diplomático en Turquía y funcionario diplomático él mismo, apoyó la Revolución de 1789, pero criticó la violencia jacobina desde su propio periódico. La desafortunada defensa de los derechos del rey Luis XVI desató su persecución y le valió la cárcel y el guillotinamiento. Uno de sus últimos poemas fue La jeune captive (La joven cautiva), escrito en prisión, como casi todos los que finalmente se publicaron en 1819, saludados por los románticos. Su hermano, Marie-Joseph Chénier, miembro de la Convención Nacional, no logró salvarlo. Maximilien Robespierre, quien había pedido su ejecución, fue a su vez ejecutado tres días después. [N. del Ad.]


Imagen: La partitura de Cuartito azul, con fotos de Ignacio Corsini, el primero que grabó el tango, en 1939, y de Mariano Mores, joven autor de la música. Julio Korn, s/f

viernes, octubre 04, 2019

Enrique Santos Discépolo / Chorra














[Tango]

Por ser bueno
me pusiste a la miseria,
me dejaste en la palmera,
me afanaste hasta el color.
En seis meses
me comiste el mercadito,
la casiya de la feria,
la ganchera, el mostrador...
¡Chorra!...
Me robaste hasta el amor...
Aura,
tanto me asusta una mina,
que si en la calle me afila
me pongo al lao del botón.

¡Lo que más bronca me da,
es haber sido tan gil!

Si hace un mes me desayuno
con lo qu' he sabido ayer,
no er'a mí que me cachaban
tus rebusques de mujer...
Hoy me entero que tu mama
"noble viuda de un guerrero",
¡es la chorra de más fama
que ha pisao la treinta y tres!
Y he sabido que el "guerrero"
que murió lleno de honor,
ni murió ni fue guerrero
como m'engrupiste vos.
¡Está en cana prontuariado
como agente 'e la camorra,
profesor de cachiporra,
malandrín y estafador!

Entre todos
me pelaron con la cero,
tu silueta fue el anzuelo
donde yo me fui a ensartar.
Se tragaron
vos, "la viuda" y "el guerrero"
lo que me costó diez años
de paciencia y de yugar...

¡Chorros!
Vos, tu vieja y tu papá,
¡Guarda!
Cuidensé porque anda suelta,
si los cacha los da vuelta,
no les da tiempo a rajar.

[1928]

Enrique Santos Discépolo (Buenos Aires, 1901-1951)


Foto: s/d

domingo, septiembre 13, 2015

Antonio Esteban Agüero / Digo la Minga


















El trabajo en la Minga se vuelve como fiesta,
como reunión de gentes unidas por la danza;
no la paga moneda de níquel ni banquero,
sino perfume y gloria de dulce Democracia.

Allí todos son hombres como en los viejos días
de la tribu primera cuando todo era santo:
la luz, el aire, el fuego, las cercanas estrellas,
el rumor de los ríos, el verdor de los pastos.

Hombres no más vistiendo los puros atributos:
el corazón, las manos, la mente pensadora,
y el sexo con las claras abejas susurrantes
donde la sangre inicia su color de amapolas.

Hombres no más, el Hombre que se siente el hermano
del Hombre, de las cosas de la tierra y el cielo,
de pie como los árboles que dan nidos y sombra,
con la morena frente desnuda de alfabetos.

Reunidos en la Minga cosechan los trigales
siegan con hoz la avena, la cebada, la alfalfa,
y entre los secos tallos, crujientes y amarillos,
del maizal enumeran las mazorcas granadas.

Si la pareja joven que nada nombra suyo,
salvo el amor en doble susurro compartido,
quiere enlazar sus cuerpos la Minga le construye
el rancho donde pueda madurar su destino.

Desde el adobe oscuro que es greda luminosa
hasta la puerta firme de fragante algarrobo,
desde el fogón al techo de pajas todavía
calientes por los nidos de perdiz o chingolo.

Si yo tengo en el Hombre la fe que tienen otros
en ídolos de barro, de marfil o de piedra,
será porque lo he visto conviviendo en la Minga,
nimbado por extraña, misteriosa belleza.

Yo era niño, recuerdo, con los jóvenes ojos
hambrientos de colores; yo era niño, recuerdo,
cuando asistí en los valles donde es dulce la roca
a la Minga y su fiesta de trabajo y esfuerzo.

Uno a uno con el alba llegaban los vecinos
en caballos los hombres, las mujeres en asnos
con los niños en ancas; por las lomas se oían
las voces y la brisa que precede a los pájaros.

Lento desfile de hombre subiendo con el día
al sitio donde estaba la urgencia de su ayuda;
consigo transportaban su pan o su merienda
o el vino que transmite la emoción de las uvas.

Nadie era el amo allí; todos eran obreros
con la luz en el pecho del hombre solidario;
nadie mordía el agrio rencor ni la amargura
del que siente en el cuello dogal de proletario.

De vez en vez el mate su círculo cerraba
y la caña brindaba su beso estimulante,
mientras la Obra iba creciendo entre las manos
como crecen las frutas de cáscara brillante.

Cuando la luz hería las venas del Poniente
y en el oscuro pasto los grillos despertaban,
bajo la noche nueva del tala o la morera
guitarras esparcieron el polen de la Zamba...

Antonio Esteban Agüero (Piedra Blanca, Argentina, 1917-San Luis, Argentina, 1970) "Un hombre dice su pequeño país", Obras completas, Tomo II, Editorial Universitaria San Luis, 1996

En Bajo la Rosa China 

viernes, octubre 11, 2013

Fina Warschaver / Epitafio



Voy a morir sin dejar rastro,
menos que el caracol ovillado en su membrana,
menos que el aliento condensado en la ventana,
menos que la ojera del guijarro en el estanque,
menos que el latido de la almeja en la arena,
menos que la voluta de la pluma en el aire,
menos que el humo que empaña la mañana.

Ah, si fuera
estrella de nieve en el vidrio del recuerdo,
rosa náutica en el mar del pensamiento,
vela enamorada del viento, pasaría
como espectro de luz en la semana y dejaría
el color de cada día. Pero
voy a morir sin dejar rastro.

Fina Warschaver (Buenos Aires, 1910-1989), Color de siete días, inédito
Foto de Anatole Saderman en finawarschaver.com

viernes, agosto 01, 2008

La miopía de la selección natural

Medusa

Si alzáramos los ojos, seríamos derrotados
Por su ingente rostro, por el avance de su frente.
Coronada de furias.

No obstante, su presencia
Es a veces como ciertos ríos
Cuando amanece en las riberas de la creación,
Cuando algunos pájaros migratorios
Nos visitan inesperadamente.

Si entonces pudiéramos mirar
Como si no asomáramos a una ventana del arca,
Veríamos la nobleza de su perfil
Puro y encendido como los metales del cielo.

Pero nuestros viejos ojos
Tienen ya la miopía de la selección natural
Y no distinguen el súbito deslumbramiento de la diosa.

Podemos, en ocasiones, ver su púrpura en el fuego,
Pero, ¡ay! Nuestras manos retroceden ante la salamandra sagrada,
Y volvemos los pasos a estas ruinas ilustres,
A estos panteones de sombras
Donde hemos de dormir, apenas silenciosos,
Después de la brevedad y el olvido.

¿Estaremos condenados a no oír nunca su voz:
Su voz, igual a sus cabellos y a la piedra lunar de su frente,
Semejante a una pirámide que crece con las generaciones,
Como una inscripción de muralla,
Que quien la descifra cambia de fisonomía?

Tanteamos en la oscuridad, en nuestras oscuridades
Que son coronas de adormideras,
Mientras en el corazón de la metrópoli
Brilla débilmente el carbón encendido por hechicería;
Caminamos en el centro mismo de la vieja metrópoli,
Gimiendo por los amados ríos de Babilonia,
Por el desierto de Juan, poblado de langostas.

Y regresamos, con perdidos pasos,
Como no se vuelve nunca de la presencia de Dios,
Preocupados por nuestros vestidos de costuras desparejas.

Volvemos hacia este lugar,
Que es como volver a un país sin habitantes:
No levantamos la cabeza por temor a las constelaciones
Donde el rostro yace coronado de furias.

Y ni siquiera tenemos el arranque, la bendita locura
De volver la cabeza y quedarnos mirando este castigo
Todo hecho de sal y de ortigas y de silencioso abandono.

1956

Vicente Barbieri, (Alberti, 1903-Buenos Aires, 1956), "Poemas no publicados en libro", Obra poética, Editorial Plus Ultra, Buenos Aires, 1991