martes, septiembre 11, 2018

John Ciardi / La señora Me-lamo-el-mentón


















Algunos de los gatos que conozco
se pasan un rato dentro y un montón de tiempo fuera.
O un montón de tiempo fuera y un rato dentro.
Pero mi gata, la señora Me-Lamo-El-Mentón,
nunca sabe dónde quiere estar.
Si la dejo dentro, me mira
y empieza a cantar que quiere salir.
Así que abro la puerta y ella mira alrededor
y empieza a cantar: "¡Por favor, déjame entrar!"

¡Ah, qué tonta es la pobre señora Me-Lamo-El Mentón!

Lo que pasa con los gatos, como puedes comprobar,
es que nadie sabe qué piensan.

Y te diré algo a propósito de esto:
nadie lo sabe menos que mi gata.

John Ciardi (Boston, Estados Unidos, 1916-Edison, Nueva Jersey, Estados Unidos, 1986)
Traducción de Jonio González

Your Read To Me, I'll Read to You,
ilustrado por Edward Gorey
Harper & Row,
Nueva York, 1962
HarperCollins, 1987








Mrs. Lick-a-chin

Some of the cats I know about
Spend a little time in and a lot of time out.
Or a lot of time out and a little time in.
But my cat, Mrs. Lick-a-chin,
Never knows where she wants to be.
If I let her in she looks at me
And begins to sing that she wants to go out.
So I open the door and she looks about
And begins to sing, "Please let me in!" 

Poor silly Mrs. Lick-a-chin!

The thing about cats, as you may find,
Is that no one knows what they have in mind.

And I'll tell you something about that:
No one knows it less than my cat.
---
Retrato: John Ciardi por Kenneth Hari (detalle)

lunes, septiembre 10, 2018

Raúl Vera Ocampo / El otro Shelley













A  veces uno es
fantasma
de uno mismo
y el destino
ordena un tránsito
que deja atónito
al desprevenido
en su paso
por la vida,
¿qué saber
de una silueta
que disipa
su imagen
con el pie
en el estribo
de la nada?

Un pobre hombre
de nombre Shelley
igual que el otro,
poeta
respetado,
éste con su destino
incierto, vulnerado,
enganchado en su bote
y muerto
en el lago Thompson
de un fiero
escopetazo;
qué ridícula suerte
encuentran algunos
y yo descubro
ahí mismo
en ese camposanto
de Spoon River
que la suerte
es dura,
capricho
de pocos.

Uno puede morir
o vivir
es lo mismo,
si el azar
de la ruleta
que nos depara
ese tránsito
desatinado
te señala
una mueca irónica
puedes ver entonces
tu imagen
reflejada
en el filo
de una escopeta
o en la página
en blanco
de un libro
todavía
no escrito.
Y ése
es tu destino.

Raúl Vera Ocampo (La Rioja, Argentina, 1935), Mundo ajeno, Vinciguerra, Buenos Aires, 1998
Envío de Jonio González

Ref.:
Librería Hernández
Wikipedia
YouTube

domingo, septiembre 09, 2018

Horacio Sanguinetti / Nada




















[Tango]

He llegado hasta tu casa...
¡Yo no sé cómo he podido!
Si me han dicho que no estás,
que ya nunca volverás...
¡Si me han dicho que te has ido!
¡Cuánta nieve hay en mi alma!
¡Qué silencio hay en tu puerta!
Al llegar hasta el umbral,
un candado de dolor
me detuvo el corazón.

Nada, nada queda en tu casa natal...
Sólo telarañas que teje el yuyal.
El rosal tampoco existe
y es seguro que se ha muerto al irte tú...
¡Todo es una cruz!
Nada, nada más que tristeza y quietud.
Nadie que me diga si vives aún...
¿Dónde estás, para decirte
que hoy he vuelto arrepentido a buscar tu amor?

Ya me alejo de tu casa
y me voy ya ni sé donde...
Sin querer te digo adiós
y hasta el eco de tu voz
de la nada me responde.
En la cruz de tu candado
por tu pena yo he rezado
y ha rodado en tu portón
una lágrima hecha flor
de mi pobre corazón.

[1944]

Horacio Sanguinetti, seudónimo de Horacio Basterra (Montevideo, 1914-1957), Todo Tango

Una perla y un Tango
Tangos al Bardo
Trascartón

Imagen: Una partitura de Nada s/d El Tango te Espera

sábado, septiembre 08, 2018

Robin Myers / Puesto de control en Belén
















Yo no soy como vos: para una voz
yo sólo tengo un cuerpo
                         Louise Glück

Ese soldado se hace el muerto. Miles
de hombres se apiñan en los molinetes.
¿Quién se piensa que es?
¿Morirse ahí, en su puesto,
en hora pico,
a la vista de todos?
Él cree que está muerto.
Los hombres, indignados,
se aferran a las barras
esperando su turno.
El soldado murió
con brazos extendidos
a lo largo de la mesa,
un gesto repentino congelado
en la testarudez
del rigor mortis.
Los hombres se apoderan de su lengua
y gritan
y lo insultan en la de ellos.
Él carece de lengua,
no tiene ojos.
Tiene una calavera que se pudre
adentro de su gorra.
Los hombres despotrican e intentan persuadir
y se cansan y escupen y patean los barrotes
como costillas.
La fila se despliega hasta adentrarse
en las entrañas de la tierra.
El sol se eleva.
Más encumbrado, hasta en la muerte,
que el propio sol, sabe el soldado
que la muerte no alcanza,
que también va a pasar,
que exige un tipo de consentimiento
más absoluto
de lo que su rango
podría pretender.
Y sin embargo, mientras está aquí
se siente bendecido,
no sirve para nada,
no es hombre ni palabra,
un fantasma y un huérfano,
irresponsable,
despojado;
si no absuelto,
al menos eximido.
Hasta que:

¡Hijo de puta!

De repente, un milagro.
Una infracción,
una respiración,
entendimiento:
el soldado oye,
el soldado se mueve,
el soldado levanta la cabeza.
Y levanta la mano.
Y una vez más
junta los cinco dedos
de una forma
que sus huesos recuerdan, apretados
según las órdenes reflejas
de su hogar terrenal,
un gesto que, de todos modos,
articula la jerga
preciosa de su paraíso.

¡Esperen!

Y se muere otra vez.

Robin Myers (Nueva York, Estados Unidos, 1987), Op. Cit.Lo demás, Zindo & Gafuri, Buenos Aires, 2016
Traducción de Ezequiel Zaidenwerg

Ref.:
Audisea
Kriller 71
Vice
Tierra Adentro
Letras Libres
Otra Parte
Universo
Nexos

Foto: Universo

viernes, septiembre 07, 2018

Marianne Moore / El San Jerónimo de


 Leonardo da Vinci y su león
  en esa ermita
de muros derrocados,
  comparten refugio para un sabio
-marco idóneo para el apasionado y lúcido
  Jerónimo versado en el lenguaje-
y para un león pariente de aquel en cuya piel
  no dejó huella el garrote de Hércules.

La bestia, recibida como un huésped,
  aunque algunos monjes huyeran
-con su pata curada
  que una espina del desierto había enrojecido-
guardaba el asno del monasterio…
  que desapareció –según Jerónimo pensó-
devorado por el guardián. Así el huésped, como un asno,
  sin ofrecer resistencia, fue encargado de transportar la leña;
pero, poco después, el león reconoció
  al asno y entregó toda la caravana de camellos
de sus aterrorizados
  ladrones al afligido
san Jerónimo. La bestia absuelta y
  el santo quedaron de esa suerte hermanados;
y desde entonces su similar aspecto y comportamiento
  estableció su parentesco leonino.

Pacífico, aunque apasionado
              -porque de no ser ambas cosas,
            ¿cómo podría ser grande?-
              Jerónimo –debilitado por las pruebas sufridas-
            la cintura afilada comiera lo que comiera,
              nos dejó la Vulgata. Bajo el signo de Leo,
            la crecida del Nilo ponía fin a la hambruna, lo que hizo
              de la boca del león un elemento apropiado para las fuentes,
            un emblema que si no es universal
              al menos no es oscuro.
            Y aquí, aunque solo sea un esbozo, la astronomía
              o los pálidos colores hacen que la dorada pareja
            en el dibujo de Leonardo da Vinci parezca
              bronceada por el sol. Resplandece, cuadro,
            santo, animal; y tú, León Haile Selassie, con tu escolta
              de leones símbolo de soberanía.

[O To Be a Dragon, 1959]

 Marianne Moore (Kirkwood, Misuri, Estados Unidos, 1887-Nueva York, Estados Unidos, 1972), Poesía completa, Lumen, Barcelona, 2010 The Barcelona Review, n° 74

© de los poemas: Marianne Craig Moore/Random House Mondadori
© de la traducción: Olivia de Miguel Crespo


Leonardo da Vinci’s

Saint Jerome and his lion
     in that hermitage
     of walls half gone,
       share sanctuary of a sage—
joint frame for impassioned ingenious
     Jerome versed in language
and for a lion like the one on the skin of which
      Hercules’ club made no impression.

The beast, received as a guest,
     although some monks fled—
    with its paw dressed
     that a desert thorn had made red—
stayed as guard of the monastery ass . . .
    which vanished, having fed
its guard, Jerome assumed. The guest then, like an ass,
    was made carry wood and did not resist,

but before long, recognized
    the ass and consigned
its terrorized
     thieves’ whole camel train to chagrinned
Saint Jerome. The vindicated beast and
      saint somehow became twinned;
and now, since they behaved and also looked alike,
       their lionship seems officialized.

     Pacific yet passionate—
      for if not both, how
     could he be great?
       Jerome—reduced by what he’d been through—
with tapering waist no matter what he ate,
     left us the Vulgate. That in Leo,
the Nile’s rise grew food that checked famine, 
     made lion’s-mouth-fountains appropriate,

     if not universally,
      at least not obscure.
     And here, though hardly a summary, astronomy—
      or pale paint—makes the golden pair
in Leonardo da Vinci’s sketch seem
       sun-dyed. Blaze on, picture,
saint, beast; and Lion Haile Selassie, with household

     lions as symbol of sovereignty.

-Complete Poems, © Marianne Moore/Penguin, Nueva York, 1994
---
Foto: Ezra Pound y Marianne Moore, Nueva York, 1969 Poets Org

jueves, septiembre 06, 2018

Piergiorgio Viti / Tú, detrás de la ventana...
















Tú, detrás de la ventana,
con la luz de la terraza
encendida,
escrutabas algo en la oscuridad.
Perdido entre la vajilla en la cocina,
te dejaba hacer
en esa luz tenue
que te inmaculaba,
te desvanecía un poco la cara
extraña, venida
de otras dimensiones. De otras luces
de planetas remotos.
Entonces, "¿qué estás mirando
allá afuera", te pregunté
mientras hacía resplandecer
los óvalos de los vasos,
y tú, casi en silencio zen,
"un geco", susurraste.
Un geco.
Toda la noche mirando
entre las hojas de la albahaca
y de la gardenia
un geco, con la prehistoria
viva en sus escamas,
en sus ojos de poseído...
Y ahí, ahí te quedaste,
para que algo se hiciese realidad,
para que la prehistoria,
al menos por un momento,
pudiera atravesar
la pompa de jabón de tu presente.

[inédito]

Piergiorgio Viti (Sulmona, Italia, 1978)
Versión de Jorge Aulicino


Tu, dietro la finestra,
con la luce della terrazza 
accesa,
scrutavi nel buio qualcosa.
Perso tra le stoviglie della cucina,
io ti lasciavo fare,
dietro quella luce tenue
che ti immacolava,
ti sbiadiva appena il volto
forestiero, precipitato
da altre dimensioni. Da altre luci
di pianeti remoti.
Poi, “cosa stai guardando,
là fuori”, ho domandato,
mentre facevo scintillare
l’ovale dei bicchieri
e tu, quasi in un silenzio zen,
“un geco” hai sussurrato.
Un geco.
Tutta la sera a cercare 
tra le foglie del basilico
e della gardenia
un geco, con la preistoria 
viva nelle sue squame,
nei suoi occhi spiritati…
E lì, lì sei rimasta,
perché qualcosa si avverasse,  
perché la preistoria
almeno per un attimo
potesse incrociare 
la bolla di sapone del tuo presente…

---
Foto: FB

miércoles, septiembre 05, 2018

Léon-Paul Fargue / Nocturno

















Un brazo con tatuajes de oro se desliza
Desde lo alto de los árboles y toca
Suavemente en las ramas. Las hojas y las flores
Se abrazan y se entienden. Y yo vi a la culebra
Deslizarse en la quieta dulzura del crepúsculo.
Diana sobre el estanque se inclina y se enmascara
Un zapato de seda corre a través del claro
Como una voz del cielo que se une al horizonte.
Las barcas de la noche se aprestan a partir.
Otros se sentarán en la silla de hierro.
Otros esto verán cuando yo ya no esté.
La luz se olvidará de aquellos que la amaron.
No habrá ningún llamado que alumbre nuestros rostros.
No habrá ningún sollozo que hiera nuestro amor.
Nuestras ventanas estarán cerradas.
Una pareja de extranjeros
Recorrerá la calle gris.
Las voces,
Cantarán otras voces, llorarán otros ojos
En una casa nueva.
Todo será gastado y todo perdonado,
La pena será extraña y el bosque será nuevo,
Y hasta quizás un día, para amigos recientes,
Dios tendrá esa alegría que ayer nos prometió.

Léon-Paul Fargue (París, 1876-1947),  Poetas franceses contemporáneos, Ediciones Librerías Fausto, Buenos Aires, 1974
Traducción de Raúl Gustavo Aguirre
Envío de Jonio González

Ref.:
Errata Naturae
El Encanto de las Catacumbas
Poetas Siglo XXI

martes, septiembre 04, 2018

Claudio Lo Menzo / Ciudad del presente


II

Un cuarto de hotel en Oaxaca cubre el juego,
y afuera llueve semen de otros dioses.

Tláloc, Chac, Cocijo inundan la Plaza de la Constitución.
Adentro transpiran nuestros cuerpos
esculpidos por las formas del fuego.

Esta ciudad, como Mijas Pueblo,
Guarda do Embaú, Taxco,
invoca el vértigo y la tarde,
para que caiga como un aguijón de obsidiana
vehemente, perpendicular y violento.

Esta ciudad, como Nueva York, Madrid o París,
no es fija, es un territorio náufrago entre soledades.
Se enciende con deseos de noche,
se abre con palabras llaves,
con amarillas obediencias y rojos gestos.

Así con sólo abrir los ojos la descubro,
habitada, por el festivo carnaval de las miradas.
Y me asomo y la contemplo edificada:
con dos cuerpos en su centro.

Claudio Lo Menzo (Buenos Aires, 1962)

Ciudad del presente,
Ediciones del Dock,
Buenos Aires, 2018










Ref.:
Festival Internacional de Poesía de Buenos Aires
La Guacha

lunes, septiembre 03, 2018

Ernst Orvil / Dos poemas


























Existencia

Anne volvió de la escuela
diciendo que en la escuela dicen que
Dios no existe. Yo le dije
tú no debes creer eso.

Bueno, entonces, ¿Dios existe?
Para los que no creen, no,
le dije, pero por lo demás Dios
existe. ¿No es eso raro? dijo Anne.

Sí, le dije, es raro.
¿Es posible, dijo Anne, no
existir y existir?
Sí, le dije, para Dios es posible.


El sentido de la vida

El sentido de la vida, digo inquieto,
¿por qué nos es desconocido?

Porque una vida con sentido
nos parece intolerable.

Un sentido de la mañana
a la noche, de la noche a la mañana.

Así una vida sin sentido,
dijo ella, no es una vida sin sentido.

Ernst Orvil (Oslo, 1898-1985), Poesía nórdica, Ediciones de la Torre, Madrid, 1999
Traducción del noruego de Francisco J. Uriz
Envío de Jonio González

Ref.:
Poetas Siglo XXI
Poéticas
Universidad de Valencia
Store Norske Lexikon


Foto: Portada de Sommer. Samlede dikt 1940-1955 [Verano. Poemas reunidos 1940-1955], Gyldendal Norsk Forlag, 1990 Arbeidernes Antikvariat

domingo, septiembre 02, 2018

E. E. Cummings / El amor es un lugar


















el amor es un lugar
& a través de este lugar de
amor se mueven
(con el brillo de la paz)
todos los lugares

sí es un mundo
& en este mundo de
sí viven
(hábilmente enroscados)
todos los mundos

E. E. Cummings (Cambridge, Estados Unidos, 1894-North Conway, Estados Unidos, 1962), Complete Poems 1904-1962, George James Firmage, ed., Liveright, Nueva York, 1994
Trad. de Jonio González


love is a place

love is a place
& through this place of
love move
(with brightness of peace)
all places

yes is a world
& in this world of
yes live
(skilfully curled)
all worlds

---

sábado, septiembre 01, 2018

Claudia Masin / De "Geología"


















Oro

No hay otra manera, debes hacerte como la piedra
cuando rondas su compañía
Yorgos Seferis

Permanecías callada, tu infancia entera un juego
de perseverancia en el silencio. Callada: definición de alguien por lo que no dice. Como si tomáramos la sombra de un ser y con ella construyéramos la imagen,
completando su cuerpo con la idea de lo que allí falta. O como cuando decimos de un paisaje: es árido, suponiendo que algo que debería estar creciendo en él ha decidido, misteriosamente, ausentarse.
¿Pero y si se tratara de riqueza
y no de pérdida esa ausencia de frutos, árboles, palabras?

Tu casa estaba construida en un paisaje árido.
Lo recorrías con el entusiasmo de los buscadores de oro, segura de la existencia de ese tesoro y de tu decisión
de hallarlo. La aridez era tan bella
como la visión que, imaginabas, se tenía del océano desde los barcos: una extensión de luz vacía,
todo un país para ser habitado y a su vez una magnífica excusa para el futuro exilio.

Cierta vez te advirtieron del peligro de vivir entre piedras:
-vas a terminar convirtiéndote en una de ellas. No pensaste entonces en la quietud,
en la invariable tristeza. Pensaste en cambio: de las piedras se arrancan las palabras, de la minúscula entraña
de las cosas calladas.


Malaquita

¿Quién te rescataría de la extensa siesta de tu ciudad
pequeña? De la misma paciente manera
en que las peregrinas de la Edad Media
cargaban sus piedras de malaquita, amuleto
contra los peligros del camino y los relámpagos,
en tu viaje llevarías las palabras de los libros,
serenas dentro de su inalcanzable órbita de silencio.
Un satélite más, tu cuerpo, en su lento giro idéntico.

La espera de la pasión es la dicha más perfecta,
no su llegada. El metrónomo del verano mide el ritmo
de la sequía, de la lluvia. Cuando ella sí llegue,
será espléndida. Mientras tanto, el peregrinaje va creando
el camino que recorre, como pequeñas puntadas de un tejido:
tu vida. Con las hebras que hubiera.

Si no se habita en el mundo, no se puede construir hogar,
calor o piedra que te cubra de los peligros del camino,
los relámpagos. Entonces, que tu amor a las palabras alcance
a temblar en la vacilación de la luz en el instante
que precede a la total oscuridad. Se desvanezca
cuando la luz se desvanezca y solo entonces.
Que aún allí toque tu cuerpo y lo encienda.

Claudia Masin (Resistencia, Argentina, 1972)

Geología,
Caleta Olivia,
Buenos Aires, 2018










Espacio Luke - El Otro - Malón Malón
---
Foto: Facebook

viernes, agosto 31, 2018

William Shakespeare / Cuanto más parpadeo...





















Cuanto más parpadeo, mis ojos ven mejor:
durante todo el día ven cosas sin sustancia,
pero cuando duermo, ellos te miran en los sueños
brillando oscuramente, en lo oscuro dirigidos.

Entonces tú, cuya sombra hace brillantes las sombras,
¡cómo podría esa forma de tus sombras formar una visión
feliz, con luz mucho más clara durante el día claro,
si para estos ojos que no ven tu sombra brilla tanto!

¡Cómo podrían, digo, mis ojos ser benditos
mirándote en el día vivo, si por la muerta
noche, tu hermosa sombra imperfecta permanece
en mis ojos ciegos a lo largo del pesado sueño!

Todos los días son noches hasta que te veo,
y las noches, días brillantes, no bien te muestra el sueño.

William Shakespeare (Stratford-upon-Avon, Inglaterra, 1564-1616), Treinta sonetos, traducción y versiones de Javier Adúriz y Agustín Adúriz Bravo, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2000

Shakespeare On Line - William Shakespeare Sonnets - Interesting Literature - Jaime Gatica

Imagen: Probablemente William Shakespeare. Pinura de Nicholas Hilliard circa 1588, bajo el título "Retrato de un hombre joven"


When most I wink
(XLIII)

When most I wink, then do mine eyes best see,
For all the day they view things unrespected;
But when I sleep, in dreams they look on thee,
And darkly bright, are bright in dark directed.

Then thou, whose shadow shadows doth make bright,
How would thy shadow's form form happy show
To the clear day with thy much clearer light,
When to unseeing eyes thy shade shines so! 

How would, I say, mine eyes be blessed made
By looking on thee in the living day,
When in dead night thy fair imperfect shade
Through heavy sleep on sightless eyes doth stay!

   All days are nights to see till I see thee,
   And nights bright days when dreams do show thee me.

jueves, agosto 30, 2018

Charles Baudelaire / El gato / Los gatos






















El gato

Ven, mi bello gato, a mi corazón amoroso;
Guarda las uñas de tus patas,
Y déjame hundirme en tus bellos ojos,
Fundidos en metal y en ágata.

Cuando mis dedos acarician ociosos
Tu cabeza y tu elástico dorso,
Y se llena de placer mi mano
De palpar tu cuerpo eléctrico,

Veo el espíritu de mi amante. Su mirada,
Como la tuya, amable bestia,
Honda y fría, hiende y corta como un dardo,

Y de los pies a la cabeza,
Un aire sutil, un perfume peligroso,
Nada en torno de su cuerpo bruno.


Los gatos

Los amantes fervientes y los sabios austeros
Aman de la misma forma, en su edad ya madura,
Los gatos fuertes, dulces, orgullo de la casa,
Friolentos como ellos, y como ellos, sedentarios.

Amigos de la ciencia y la voluptuosidad,
Auscultan el silencio y el horror de lo oscuro;
El Erebo haría de ellos fúnebres heraldos,
Si pudiera en servicia trocar su dignidad.

Adoptan cuando piensan las nobles actitudes
De las grandes esfinges en hondas soledades
Que parecen dormitar en un sueño sin fin;

Hay en sus flancos feraces mágicos reflejos,
Y rastros dorados, como de una arena fina,
Estrellas vagas prenden en sus místicos ojos...

Charles Baudelaire (París, 1821-1867), Les fleurs du mal, 1857, 1861
Versiones de J.A.

Foto: Charles Baudelaire por Nadar, 1855, Wikimedia Commons

Le chat

Viens, mon beau chat, sur mon coeur amoureux;
Retiens les griffes de ta patte,
Et laisse moi plonger dans tes beaux yeux,
Mêlés de métal et d’agate.

Lorsque mes doigts caressent à loisir
Ta tête et ton dos élastique,
Et que ma main s’enivre du plaisir
De palper ton corps électrique,

Je vois ma femme en esprit. Son regard,
Comme le tien, aimable bête,
Profond et froid, coupe et fend comme un dard,

Et, des pieds jusques à la tête,
Un air subtil, un dangereux parfum,
Nagent autour de son corps brun.


Les Chats

Les amoureux fervents et les savants austères
Aiment également, dans leur mûre saison,
Les chats puissants et doux, orgueil de la maison,
Qui comme eux sont frileux et comme eux sédentaires.

Amis de la science et de la volupté
Ils cherchent le silence et l'horreur des ténèbres;
L'Erèbe les eût pris pour ses coursiers funèbres,
S'ils pouvaient au servage incliner leur fierté.

Ils prennent en songeant les nobles attitudes
Des grands sphinx allongés au fond des solitudes,
Qui semblent s'endormir dans un rêve sans fin;

Leurs reins féconds sont pleins d'étincelles magiques,
Et des parcelles d'or, ainsi qu'un sable fin,
Etoilent vaguement leurs prunelles mystiques.

https://fleursdumal.org/

Julia Hartwig / Así será















Eso volverá
No será en forma de rescoldos ni de ruinas
todo estará como antes del exterminio
a la luz y en flor
Amistades no desavenidas
pozos no envenenados
batallas rebosantes aún de esperanza en la victoria
Estrellas incontables
Una luna no reconocida
Nosotros ignorantes todavía
de lo que puede cumplirse
y de lo que para siempre
nos será arrebatado

Julia Hartwig (Lublin, Polonia, 1921-Gouldsboro, Estados Unidos, 2017) Dualidad. Antología poética, Vaso Roto, Madrid, 2014
Traducción de Antonio Benítez Burraco y Anna Sobieska
Envío de Jonio González

Ref.:
#Poland
El País
Luvina
Emma Gunst

Foto: #Poland

miércoles, agosto 29, 2018

Freddy Yezzed / De "El diario inédito del filósofo vienés Ludwing Wittgenstein"














4           Señor, si existes, sálvame. & si no existes, invéntate & vuélveme a inventar.

4.001    Solo un fruto puesto sobre la mesa de madera. Es la única nota de color en esta
             alcoba altamente vacía, donde Dios duda, desde la ventana, si entrar o no.

4.002     Como un ciego que busca a Dios entre las sombras, creo ver un día luminoso, la
              luz en la piel de una manzana, mi rostro en una pared blanca.

4.003     Camino en dirección contraria a la del otoño & le doy la cara a cada doloroso
              rayo del verano; de esa forma, con el rostro herido, es más fácil enfrentar
              a Dios.

4.0031   Un W. adentro & otro W. afuera. Uno que pronuncia la palabra campo & otro que
              aspira la palabra abismo. Uno que siente la ternura de un niño & otro que
              piensa en las flaquezas de una mujer sola.
              Como la flor que resiste el peso del cielo, uno & otro arquean sus tallos...
              para no dejar caer a Dios.

4.01      Un W busca con afán la salida de la casa mientras otro W., con parsimonia,
             busca la dirección de la misma casa. Cuando, por fin, los dos W. se encuentran
             en el jardín, en la estación del tren o haciendo fila en un banco,
             indescriptiblemente han de hallar a un tercer W. que camina hermosamente hacia
             el interior de los dos.

Freddy Yezzed (Bogotá, 1979), El diario inédito del filósofo vienés Ludwing Wittgenstein, Ministerio de Cultura de Bogotá y Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2016

Ref.:
Vallejo & Co.
Revista Conexos
La Primera Piedra
Claroscuro

Foto: Sofía Macarena Castillón/Claroscuro

martes, agosto 28, 2018

Carolina Doartero / De "Sibila"
















En la casa de mis padres
hay muebles longevos
discretos testigos
        de tanta vida

laten a la siesta
crujen de madrugada

como árboles que entregan sus frutos
emanan escenas
       enteras

guardamos los carozos
para aprender
       del pasado

son seres
        no cosas

viven
entre la materia
y el espíritu

Carolina Doartero (Laprida, Argentina, 1965)

Sibila,
Ediciones en Danza,
Buenos Aires, 2018









Ediciones en Danza - Carolina Doartero - Lapridenses - Internatural

Foto: FB

lunes, agosto 27, 2018

Rafael Gabino Britez / La sonrisa de Yuri Gagarin


                                                         
             











 “Un piloto no debe cesar de volar”                                                                                                                                                  Y. G.

Somos sobrevivientes del linaje de Ulises,  
nadadores de aguas profundas, 
exploradores del océano cósmico, 
impulsores de una épica
recitada al pie de las naves
como un mantra salvador.”
                            Leonel César Jovellanos,
                            La mística del aventurero


Hay quienes aman viajar, se van lejos de casa
viven un tiempo abrazados al peligro
luego extrañan
emprenden la vuelta
bajo el amparo de sus dioses

otros aman la aventura constante
con cada regreso se motivan
para una nueva partida.

Cuando volvió de orbitar la Tierra
Yuri Gagarin ya no fue el mismo
aquí, sobre el suelo, se sentía pesado
salía a la calle vestido de astronauta
los vecinos aplaudían a su paso.

El héroe de la carrera espacial
sonreía, las chicas lo abrazaban
sólo querían un beso con aliento a estrellas,

su amada esposa recorría la ciudad
hasta encontrarlo, lo arropaba de modo decente
lo cuidaba hasta la próxima aventura,

su obsesión era volver al espacio
en cambio el Partido lo enviaba
como propagandista de la hazaña
lo recibían los líderes del mundo.

Es improbable, nadie quiere acordarse
de la presencia del tango en la Unión Soviética
durante aquellos años de la guerra fría,
parece inverosímil que los astronautas
escucharan a Gardel para relajarse
durante los descansos.

Un documentalista está buscando
testimonios que lo corroboren,
se interna en la espesura de la taiga
acumula entrevistas en aldeas perdidas
en medio de la estepa,
en una esquina de la Plaza Roja
algunos se lanzan a declarar sobre el asunto
entre un fundido y otro.

La leyenda dice
la sonrisa de Yuri
fue determinante para que Jruschov 
le confiara el primer vuelo
alrededor del planeta.

La sonrisa de Yuri
se parecía a la de Gardel,
tenía un aire, digamos
esa intensidad cautivadora

uno primero, otro después
ambos murieron en accidentes de avión
ahora son mitos amados por el pueblo.

Los soviéticos se rezagaron
y ya sabemos quiénes dicen
que llegaron a la luna un poco después
de que el MiG de Yuri se estrellara
una trágica mañana de marzo.

En algún lugar están ocultos
los registros grabados
los últimos instantes del vuelo,
un balbuceo confuso
la inminencia de la muerte
guardada en caja negra.

Decir que el destino se articula de manera lógica
parece aventurado,
huye de las certezas a menudo
cruza coordenadas insólitas
con datos en apariencia inconexos
para acomodar la suerte de los hombres.

Un campesino dice que vio un resplandor
estira un brazo frente a la cámara
para señalar un punto en el cielo
sobre el bosque donde el MiG de Yuri
se precipitó como un relámpago,

en la teve de Moscú nadie da crédito al relato
editado con fondo de bandoneón
y un horizonte de estepa
mientras corren los títulos.

Rafael Gabino Britez (Almirante Brown, Argentina), Variaciones de una demora, inédito

Ref.:
Otra Iglesia Es Imposible
El Silencio y sus Máscaras
La Ficción del Olvido
Un Caos Lúcido

Foto: FB

domingo, agosto 26, 2018

Manuel Bandeira / Dos poemas















La realidad y la imagen

El rascacielos sube en el aire puro lavado por la lluvia
y baja reflejado en el charco barroso del patio.
Entre la realidad y la imagen, en la tierra seca que las separa,
cuatro palomas pasan.


Excusa

Eurico Alves, poeta bahiano,
salpicado de rocío, leche cruda y tierna mierda de cabrito,
lo siento mucho, pero no puedo ir a la Feria de Santa Ana.

Soy poeta de la ciudad
Mis pulmones se volvieron máquinas inhumanas
y aprendieron a respirar el gas carbónico de las salas de cine.
Como el pan que el diablo amasó.
Bebo leche de lata.
Hablo con A., que es ladrón.
Estrecho la mano de B., que es asesino.
Hace años que no veo salir el sol, que no lavo los ojos en
los colores de la madrugada.

Eurico Alves, poeta bahiano,
no soy digno de respirar el aire puro de los corrales del campo.

Manuel Bandeira (Recife, Brasil, 1886 -Río de Janeiro, Brasil, 1968), Antología, Arquitrave Editores, Colombia, edición digital sin fecha
Traducción de Umberto Cobo
Envío de Jonio González

Poemas del Alma - El Poder de la Palabra - Toda Matéria - Eldígoras - Crear en Salamanca - Bula Revista
...
Foto. s/d

sábado, agosto 25, 2018

Julieta Desmarás / De "La voz mayor"














Sun

Miramos lo que se rompe
nada mueve las rocas
subsistimos de resortes vencidos
y un sol que no sabe por dónde
seguir siendo sol
guarda o borra 
(como si su luz fuera responsable)
Bola amarilla   nunca    chupaste frío.


Quién vive 

Dormido tu cara no te pertenece.
La boca es una fosa de muertos,
un pequeño círculo de espanto.
Tus manos tocan un piano al vacío,
privan las mías liberar sus extraños.
¿Quién las pregunta?
¿Qué pez podrido acampa al lado del sueño?
Mortal es herirse por no tener a dónde ir.

Julieta Desmarás (Buenos Aires, 1982)

La voz mayor,
Alción Editora,
Córdoba, Argentina, 2018









Malón Malón - Círculo de Poesía - Seshat - Entre Vidas - Música Rara
---
Foto: FB

viernes, agosto 24, 2018

Yannis Ritsos / La ventana

















En una pieza, dos hombres están sentados junto a la ventana que da al mar. Parecen dos viejos amigos que no se encuentran desde hace mucho tiempo. Uno de ellos tiene el aspecto de un marino, no así el otro, el que habla. La tarde cae dulcemente. Es un crepúsculo de primavera, calmo, violeta y púrpura. La mar de enfrente, toda unida, ilumina con franjas ondulantes y encostilladas los flancos de los buques, los cordajes y los mástiles, las casas. Empieza, simplemente, y con un aire fatigado:


Me siento junto a la ventana; miro a los transeúntes,
y me miro en sus ojos. Creo ser
una fotografía silenciosa, en su marco envejecido,
suspendida fuera de la casa, en la pared de enfrente-
yo y mi ventana.
Yo mismo, algunas veces, miro
esta fotografía de ojos amorosos y cansados-
una sombra esconde la boca; por momentos, el destello igual del vidrio,
al recogimiento del sol o a la iluminación de la luna,
esconde todo el rostro, y yo resulto escondido
tras una luz estática, palidecida rosa o argentina,
y puedo mirar el mundo libremente sin que nadie me vea- libremente, qué quiere decir?

No puedo ya moverme. Contrapuesta a mi espalda
la pared húmeda o ardiente; sobre mi pecho el frío
vidrio. Las venillas de mis ojos
se ramifican en el vidrio. De este modo, comprimido
entre la pared y el vidrio, no oso mover ninguna de las manos;
llevar la palma a las cejas cuando el sol resplandece
en una gloria implacable; y estoy así obligado
a ver, a querer, y a no moverme. Si intento
tocar algo, mi codo
quebrará quizás, el vidrio, y quedaría un agujero
en mi costado, abierto a las miradas y las lluvias.
Si intento hablar, el aliento de mi voz
empaña el vidrio (como en este momento)
y no veo más aquello de que quería hablar.
Silencio, dices, e inmovilidad. Puedes, aún, decir ocultación,
porque acaso conoces cuántas voces clavadas,
cuántos gestos doblados,
detrás de este esplendor vertical y cristalino tienen casa?
Sobre todo cuando cae la tarde como ahora, bajo la primavera, y el puerto
es un fuego lejano, rojo y amarillo,
en la floresta oscura de los mástiles, y sientes
los peces que el agua oprime, subir
a la superficie, con sus bocas abiertas, abriéndose parecidas a triángulos pequeños,
para hacer una profunda aspiración- lo viste?
es entonces rajado el viso denso de las aguas
por millones de bocas de pececillos, abiertas. Nadie puede
resistir indefinidamente, bajo la masa del agua, en esas florestas fabulosas del mar,
en esa transparencia de asfixia, a una tal perspectiva de inmensidad y de peligro.

Así, creo yo que las fotografías tampoco pueden resistir tras de su vidrio
en cualquier pose-actitud, aun muy bella, en cualquier momento de su vida,
en una edad fijada, en un momento de pureza desdeñosa
con la exquisita mano juvenil abandonada sobre la mesa elegante del estudio fotográfico,
o sobre su rodilla, con una siempreviva (naturalmente) en el ojal,
con una sonrisa imperceptible y vencedora, por sus labios,
no muy pronunciada, traicionando su arrogancia,
pero tampoco invisible, enteramente, al traicionar su dependencia del destino.
Entretanto, inflexible, el tiempo les acecha, antes y después de su instante perfecto,
y ellos desean su tiempo, inflexible del todo, aun cuando por eso,
hubieran de perder
esa dignidad petrificada, esa
pose resplandeciente, premeditada o no —poco interesa—
aun si su leyenda, muy erguida, debiera de fundirse como un cirio
blanco, bajo la llama de sus ojos,
aun si su juventud debiera, saliendo del cristal, ser desmentida.

Sin embargo, al parecer, el miedo excede su deseo,
o quizás se le iguala; y entonces su sonrisa
semeja un pez plateado, alargado asimismo y detenido
entre dos peñascos, en las profundidades... semeja
un pájaro gris de alas inmóviles, meciéndose en el aire,
inmóvil en su propio movimiento. Y las fotografías permanecen
encerradas allí con todo su pesar o sus remordimientos y su ojeriza, aun
sin librarse del cuadro, de su deseo y de su miedo,
frente al cielo exigente y al mar innumerable.
Es por lo que elegimos, comúnmente, un espacio reducido que nos proteja
de nuestra inmensidad. Y es por lo que. tal vez,
yo me siente junto a esta ventana, aquí, mirando
las húmedas señales que dejaran los desnudos pies del batelero
sobre las baldosas del muelle, poco a poco extinguirse,
lo mismo que una hilera de lunitas oblongas, en un cuento de hadas.
Y no puedo ya nada comprender ni me esfuerzo por ello.
Una mujer inclina, sobre el balcón de al lado, sus cabellos en limpio
y dulcemente canta
para secarlos con su canto. Un marinero
permanece azorado, las piernas apartadas,
ante su sombra inmensa, en el atardecer, y es igual que si estuviera
de pie, sobre la proa de un navío, en un puerto extranjero
donde las aguas ignorase y donde, a la vez, le fuera preciso
echar el ancla.
Luego, cuando el anochecer se abate, lentamente, y de los muros
y los cercos
desaparece la palpitación silenciosa y violeta del poniente, antes
de que los reverberos se enciendan,
se produce un súbito calor, y entonces
los rostros se adivinan más bien que se perciben.
Tú ves la sombra penetrar bajo las axilas en sudor;
el sonido de un vestido abanica, al pasar, el follaje de un árbol;
las camisas blancas de los jóvenes toman un color azul lejano, y
exhalan como un vaho,
y toda cosa es tan desprotegida, hechizada e inasible, que
quizás por eso
todas las luces se encienden a la vez, positivas para disipar
lo que es su precisión.

En las casas, los paños se parecen a banderas que caen
en un recalmón inexplicable del mar, cuando todo el mundo deja el barco,
y las banderas no tienen ya por quien flotar; penden así al atardecer,
enardecidas por el sol, lánguidas, olvidadas,
como pieles de grandes bestias, desolladas, de bestias degolladas
para un día de fiesta popular, de desfiles, de músicas, de
danzas y banquetes.
La fiesta pasó. Nadie en las calles. Sobre las aceras
papeles aceitados, escarapelas pisoteadas, cortezas, huesos...
ninguno, sin embargo, ha regresado a su casa, como si arrepentidos
estuvieran y hubiesen asumido una prolongación innecesaria.

Los cuartos quedan sin apetito, y oscuros, mirados solamente
por las luces multicolores de la calle y los navíos, o por unas
estrellas distraídas
o por el repentino proyector de un camión de transporte que pasa,
cargados de soldados ebrios, de gritos y canciones,
y el proyector fija la sombra de la ventana de la casa,
sorda, discretamente, al igual que si fuese un gran cofre de madera
que dos marinos de sombra transportaran sobre una orilla sin nadie.
Y a uno le vienen, entonces, ideas raras —es que ello no te sucede
a ti también?—
que cada uno de nosotros es —supuesto— dos hombres
con rostros encubiertos, rencorosos los dos,
que no pueden entenderse entre sí y que se acuerdan sólo en el momento
de trasladar el cofre, de cavar con las uñas
para enterrarlo, un poco más allá de la orilla.

Y tan bien como ellos, a pesar de todo su misterio, tú sabes
que en ese cofre yace un cuerpo dividido,
un cuerpo juvenil, querido; y ese único cuerpo es su cuerpo
que ellos mismos ataran y enterraran,
como dos extranjeros.
Ese cofre semeja
con su forma perfecta, regular, decidida,
una puerta cerrada,
esas fotografías en su marco, de que hablamos,
semeja esta ventana por la que miramos el vaivén primaveral y
grato de la calle.

A menudo hallé ese cuerpo, ese rostro,
en las noches de luna clara, sobre todo, paseándome
— un poco pálido, pero siempre juvenil— por el muelle,
o por la calle de arriba, con los ribetes sucios,
las mujeres pintadas, los perros hambrientos, los hierros herrumbrados,
con los mal rasurados marineros, los frutos corrompidos, los reniegos,
las huecas mitades de limones,
los lavabos verdes, las cubetas, las candelas, los mecheros de gas.

Y alguna vez, todavía, yo he visto venderse una mujer,
pero ésta no quería aceptar porque él le daba demasiado. "No
no", decía
"Eso no se hace. No", con una voz ronca, y su mano
de uñas encarnadas, tiritaba un poco. Tenía miedo
de ser mezclada en robos, estafas, llaves falsas,
hasta las grandes puertas de hierro parecidas a esas que predicen
las echadoras de cartas,
y que jamás, es cierto, faltan. Por qué mezclarse en tales cosas?

Era precio fijo — nada menos, seguramente, pero tampoco nada más.
Incomprensible, ese hombre con sus ojos
inmensos y como inhabitados en su semblante pálido,
iguales a carbones ardiendo. Hubieran podido ellos quemarla, tal vez.
Aun sus horquillas fundiesen,
y el hierro ardiente, fundido, corriera por los surcos de la cabellera,
hasta en sus ojos.
El continuaba, al parecer, atristado —q uizás a causa de su fuerza
que no pudiera matar nunca. Una bella aflicción,
evocadora de la melancolía, larga, del atardecer primaveral. Y le
sentaba,
le era casi necesaria. El no fuera jamás
decidido, según hemos podido presumirlo. Abría, tranquilo,
el cofre aquél,
como si abriese una puerta, y saliera, íntegro, a la luna,
y las venas de sus manos intensamente se trazaban,
rojas, tan rojas — extrañas para una tal aparición de luna,
bajo su piel cérea de cristiano.

En verdad, suelo pensar que la división, únicamente,
puede ahorrarnos enteros, siempre que lo sepamos.
Y cómo no saberlo desde que son nuestros conocimientos
los que nos dividen y nos unen de nuevo por eso mismo que nosotros
hemos desechado.

Más alto, en la calle de la cual yo te hablaba, es muy lindo...
los más extraordinarios almacenes del mundo... baratilleros,
carboneros, abaceros
peluquerías con grabados antiguos y sillones conspiradores y pesados,
carnicerías con espejos enormes que multiplicándolos repiten,
a una roja teoría, los corderos degollados y las vacas,
puestos de fruteros y vendedores de pescados donde se unen los
efluvios de la pesca y de la cosecha...
un ruido taciturno y ambiguo delante de las puertas,
una iluminación nunca parecida a la reverberación de la hojalata
o de grandes tablas acepilladas, amarillas,
puestas verticalmente sobre la fachada de la carpintería. Allá arriba
se ve en baturrillo
impermeables, botellas, peines, volaterías,
cajas, en hierro, de bizcochos, ataúdes baratos, jabones perfumados,
literas oxidadas de buques naufragados a las que pusiera
en subasta
y que se retirase pieza a pieza,
sederías que furtivamente se han traído de países diferentes, con
toda suerte de dibujos y colores,
servicios de té japonés, de manteles y de haschich,
y también ciertas cajas extrañas, abovedadas, semejantes a iglesias
sin concluir
en las cuales, pájaros desconocidos, rosas y dorados, miran
el movimiento de la calle con ojos impenetrables y extranjeros,
iguales a dos pedrerías, amarillas y negras, robadas por la noche
de los dedos de muerto.
Niños descalzos juegan en el justo medio de la calle, a los cacos,
mujeres se acuestan con marineros en piezas de techo bajo y de
ventanas abiertas,
tenderillos ambulantes, tostados, orinan en fila delante del cercado;
en las canastas rutilan, de cuando en cuando, los pescados, similares
a grandes cuchillos ensangrentados,
y alguna vez, una abeja extraviada,
vagabundea ahí perpleja, bordoneando,
y dejando en el aire las espirales, en alambre dorado, de sus vértigos,
parecidos a pequeños resortes de un juguete de niño desmontado.

La polvareda en nubes se mueve lentamente, entre los rostros,
al crepúsculo,
como un secreto rojo oscuro hecho de sudores y de hálitos, y de
combinaciones y de crímenes,
secreto profundo de un hambre inagotable, apresuradamente nutrida,
un vaivén sin fin, un regateo sin fin, un gastadero sin fin,
que mantiene el comercio, las ambiciones, y como es natural,
también la vida,
te suele ocurrir ver a una moza con un vestido florecido, muy limpio,
detenida en la calle llena de polvareda carbonosa, al lado de los
sacos y de la carreta del vendedor de alfóncigos,
toda iluminada por el mar,
sonreír con dos filas de castísimos dientes al silbido
de un barquillo.

A su alrededor los medio limones descompuestos brillan
soles pequeñitos;
en una ventana baja, una cortinilla de indiana, corrida oblicuamente,
es igual a la página, doblada en la extremidad, de un libro amado,
para que pienses en ella, en un cierto momento, y vuelvas a leerla.
No hay, pues, ninguna humillación ahí donde la vida demanda ser
vivida,
allí donde los perros, con gestos nobles, buscan el montón de
suciedades,
y las jovencitas mantienen levantada, bajo el peso de sus fuertes
cabellos, una frente pulida,
como si sostuvieran una negra colmena con un agua de silencio,
y temiesen que se les caiga. Vi a muchas jovencitas
en esta actitud, en aquella calle, sí,
y jóvenes morenos, de carnudos labios, y velludos,
siempre en irritación (al igual que los muy tristes)
que no lograron devenir tan vulgares como ellos querían.

Es por eso que lanzan, cada vez más, blasfemias,
con una voz, cada vez más pesada. Si prestas atención
comprenderías. Su voz es
una ancha palma que acaricia el gato negro del batel,
sentado sobre sus rodillas, cuerdamente... cuando se hace la noche,
desde luego,
y ni su mano ni el gato son visibles, Sólo los ojos de éste
brillan fosforescentes,
a manera de dos luces de costado, sobre un barquilluelo que costea
una isla florecida.

Si tú excedes dicha calle y hasta la colina de San Basilio, subes,
ves, ante tus ojos, extenderse todo el puerto,
ves, sobre el agua oscura, en la orilla del mar inmenso, relucir
las grandes tachas verdes y doradas, irisadas, de petróleo o de aceite;
tachas brillantes e inmaculadas, se diría, lo mismo que pequeñas
islas movedizas, de una calma indiferente,
entre los perros reventados, y las patatas corrompidas, y las briznas
de paja, y las piñas, y los barcos.

Tú puedes, por esta ventana, mirar, pues, sin vacilar,
o salir a la calle, también — una silenciosa santidad
bajo los actos humanos, queda siempre. Una sombra violeta
calla en el hombro izquierdo de una mujer, derrengada por el amor,
que se ha vuelto del otro lado, y se ha dormido sola. Te es posible mirar
los calzoncillos groseros, en el patio vecino, ensuciados por las
nocturnas poluciones,
o los preservativos desplegados bajo los bancos del paseo,
o los botones del corpiño de las mujeres, caídos sobre el césped,
como florecillas de nácar, algo tristes
por no tener ya qué ofrecer —perfume, polen, simiente. Nada.

He pensado yo mismo ir a esa calle una vez
para vender esta ventana y al mismo tiempo este gran cofre,
sin otro fin que no sea el de escapar de su cuidado
y también mezclarme al tráfico,
escuchar a mi voz hablar una lengua extranjera. En seguida sentí
que no tenía nada que vender. Era sólo un pensamiento inconfesable,
la rebusca de una inédita prueba
que habría acechado, de nuevo, desde la ventana, aun sin vidrios.

No he logrado jamás, éxito en el comercio. Por otra parte, no tengo
nada que pueda ser pagado, nada
que yo pueda pagar. Y esas fotografías, viejas, y
carentes de valor para los otros, bien que sus marcos, a lo menos,
sean de oro macizo. Mas para mí son necesarias,
y no están muertas, no. Cuando cae la tarde
y las sillas, fuera de los cafés, están calientes todavía,
y todos (inclusive acaso yo) piden nido en el otro,
ellas descienden silenciosamente de sus marcos, al igual que si lo
hicieran por una humilde escala de madera, van a la cocina,
encienden la lámpara, ponen la mesa, se oye
el sonido amusical de un tenedor al chocar con un plato,
arreglan mis pocos libros y aun mis pensamientos
por medio de comparaciones y de imágenes (viejas y nuevas)
de modestos argumentos,
y, alguna vez, de antiguas pruebas, inquebrantables: vividas.
De ahí que guarde yo con reconocimiento esta ventana.
No me impide ella ver, existir aun al contrario, todavía...

En cuanto a lo que te decía: "apretado entre el vidrio y la pared"
era una exageración de primavera, un exceso
debido a la abundancia, carnal y verde, de las hojas. La ventana
es una serenidad, una transparencia servicial y leal.

Cuando los muros se nublan al atardecer, esta ventana
luce por sí misma; ella mantiene y ella extiende
los estertores del poniente,
ella lanza su reflejo sobre la sombra de la calle,
ella ilumina los rostros de los transeúntes como asiéndolos en
flagrante delito,
en su momento más suyo; ella ilumina rayos de bicicleta,
o la cadena dorada que se hunde en un seno de mujer,
o el nombre extranjero de un navío que está anclado en el puerto.

Contra sus vidrios, en invierno, el viento da con las rodillas,
y le veo partir, disgustado y ancho, volviendo las espaldas.
En los crepúsculos de primavera —como éste— otras veces, oigo desde aquí,
las charlas de los marineros, bajel a bajel,
y es como si ellos desnudaran la relación de las estrellas, como si
ellas me explicasen
esos nombres incomprensibles de los flancos de los barcos. De improviso
oigo el ruido de un ancla que penetra en el agua,
a la manera de algo que se me ofrece a mí, exclusivamente,
a indicarlo,
a la manera de algo que me invita.

Cómo podría, entonces, de esta ventana lamentarme?
Puedes entreabrirla, si quieres, sin mirar del todo afuera,
seguir invisible en los vidrios
las escenas verdaderas de la calle, en un espacio más profundo, y
más durable,
con la dulce iluminación, de una distancia grande,
mientras todo, bajo tus ojos, pasa a un metro más lejos.
Si lo deseas, asimismo, puedes abrirla entera, y mirarte en el cristal,
al modo que en un espejo mágico y lejano, y peinar tus cabellos que
comienzan a volverse más ralos,
o arreglar un poco tu sonrisa. En este vidrio
todo es más neto, al parecer... más silencioso, más inmóvil,
e indispensable así también e incorruptible.
Es que jamás
se te ha ocurrido mirar
a través de un vidrio el mar? Bajo la agitada superficie
el fondo de su inmensidad parece espléndido
en un orden cristalino, imperturbable y frágil a la vez,
en una santidad muda — según ya lo hemos dicho. Sólo que si te quedas
unos minutos más así, el aliento te falta,
y levantas la cabeza, consecuentemente, al aire,
o esta ventana abres o sales por la puerta.
No hay ya nada que haga inclinarse a tu vida y a tus ojos,
no hay ya nada que tú no puedas orgullosamente mostrar y hacerlo
canto,
nada cuya figura no puedas tú volverla al sol.

Cerraron ellos la ventana y salieron a la calle. Las luces de los navíos se habían encendido. Fueron hasta la punta de la escollera. Se detuvieron, miraron el mar, oyeron el salto entrecortado de un pez en el agua baja y, sin razón, se apretaron sus manos, palma sobre palma. Luego silenciosos, tomaron asiento sobre un ruedo de húmedos cordajes, encendieron un cigarrillo y se miraron a la llama del fósforo. Parecían extraña y absurdamente dichosos, con esa dicha inexplicable que posee siempre la vida en la primavera, cuando todo a su alrededor huele al agua salada, a la fritura, a la lechuga picada y al vinagre. Irían a cenar, pronto, a la taberna vecina. Tenían hambre ya y el sonido del gramófono acentuaba sanamente la sensación de su apetito. A su lado pasó la guardia del puerto con su paso regular. Los uniformes de verano eran enteramente blancos en el anochecer. Los dos amigos se levantaron de los cordajes y avanzaron.

El Pireo, Abril de 1959

Yannis Ritsos (Monemvasía, Grecia, 1909-Atenas, 1990), La ventana, El Lagrimal Trifurca, Rosario, 1973
Versión de Juan L. Ortiz

Ref.: El bar El Cairo y los poemas de Yannis Ritsos, por Jorge Isaías, Rosario 12
---
Foto: Yannis Ritsos, sitio oficial

jueves, agosto 23, 2018

Yannis Ritsos / Grecite
















Estos árboles no pueden saciarse a menos que de cielo,
Estas piedras no pueden saciarse bajo el paso extranjero,
Y esos hombres no pueden saciarse sino bajo el sol,
Y esos corazones no pueden saciarse sino de justicia.

Este país es tan duro como el silencio,
Aprieta en su seno lozas abrazadas,
Aprieta dentro de la luz sus viñas y sus olivos huérfanos,
Aprieta sus dientes. No hay agua. Solamente luz.

El camino se pierde en la luz.
Metálica es la sombra del vallado.
Estos árboles se han vuelto piedra y los ríos y los
            gritos en la cal del sol.

La raíz choca con el mármol.
Robles polvorientos.
Este mulo. Esta roca. Anhelantes. No hay agua.
Todos tienen sed, desde hace años.
Todos muerden un bocado de cielo sobre su amargura.
Sus ojos son rojos por la vigilia.
Una arruga profunda se alberga entre sus cejas.
Como entre dos colinas, al crepúsculo, un fino ciprés.

Su mano está clavada sobre un fusil.
Su fusil prolonga su mano
Su mano prolonga su alma.
Sobre su labio habita la cólera.
Y la tristeza resplandece en el fondo de sus ojos
Como una estrella en el fondo de una caverna de sal.

Cuando ellos aprietan los puños,
El sol es seguro para el mundo
Cuando ellos sonríen,
Una pequeña golondrina escapa del matorral de su barba,
Cuando ellos duermen,
Doce estrellas caen de sus bolsillos vacíos
Y cuando se los mata,
La vida trepa la pendiente con tambores y banderas.
Desde hace tantos años, todos tienen sed, todos tienen hambre,
                                       todos están muertos.

Sitiados por tierra y por mar
El calor ha devorado sus campos
La sal impregna sus casas
El viento ha echado abajo sus puertas y las tristes lilas de la plaza
La muerte entra y sale por los agujeros de sus uniformes
La lengua tiene la rugosidad de una piña
Sus perros están muertos con sus sombra por mortaja
La lluvia da latigazos a las osamentas.

Petrificados en la espera fuman la bosta y la noche
Escrutando el gran desencadenamiento
Donde se sepulta el mástil quebrado de la luna.

El pan se ha ido, las balas se han ido.
No tienen más que su corazón
Para cargar sus fusiles.
Tantos años asediados por tierra y por mar,
Todos tienen hambre, todos sucumben
Pero algunos de ellos no mueren,
Sus ojos brillan mientras velan
Y brilla una gran bandera
Y brilla un gran fuego rojo,
En cada alborada miles de torcazas vuelan de sus manos hacia
        las cuatro puertas del horizonte.

[1966]

Yannis Ritsos (Monemvasía, Grecia, 1909 - Atenas, 1990), La Cachimba, n° 10, Rosario, Argentina, 1974
Traducción: Alejandro Pidello, sobre la versión francesa de J. Lacarriere

Nota del Administrador: El poema cuya primera parte se publica aquí alude a la ocupación alemana de Grecia durante la Segunda Guerra Mundial. En el mundo de habla hispana se conoce como "Grecidad" (Ρωμιοσυνη). Pidello lo tituló "Grecite" , más o menos en francés, en una decisión encomiable, pues grecidad suena feo, y no existe, por ahora, en castellano.