lunes, agosto 12, 2013

James Schuyler / Jueves

Nace un día de verano en la ciudad
¿Nace? No, es más como si la noche
–la “oscuridad”, le decimos– se escurriera
por las alcantarillas dejando translucidez.
Se pueden ver: edificios, perros, gente,
cemento, etc. La ciudad de verano, donde,
supongo, alguien será feliz. Alguien.

La otra tarde luminosa yendo en taxi
por la Quinta Avenida, pasando el parque, vi
todas las hojas en todos los árboles
y las conté: no una por una, de a
montones. No recuerdo exactamente cuántas
eran: pero bastantes. Sí, más
de las que se pueden contar. Aunque yo pude.
Yo las conté, montón por montón.

Como dije antes, es verano: no
mi estación favorita. Prefiero la primavera,
cuando las hojas brotan y se desenrollan, o
el otoño, cuando las hojas
cambian de color y caen. O el invierno, cuando
los portadores de hojas se quedan desnudos,
flexionando los bíceps como grandes forzudos
que exhiben sus encantos.

Después hay una quinta estación,
que se llama... pero ése es mi secreto.
Sí, mi secreto, y lo seguirá
siendo. Sí, mi secreto.

James Schuyler (Chicago, 1923-Nueva York, 1991), Una ciudad blanca, traducción de Laura Wittner, Ediciones Gog y Magog, Buenos Aires, 2012


Thursday

A summer dawn breaks over the city.
Breaks? No, it’s more as though the night
–the “dark”, we call it– drained
away into the sewers and left transpicuity.
You can see: buildings, dogs, people,
cement, etc. The summer city, where,
I suppose, someone is happy. Someone.

The other bright evening cabbing
down Fifth Avenue past the park I
saw all the leaves on all the trees
and counted them: not one by one, in
bunches. I forget precisely how many
there were: quite a few. Oh yes, more
than you could count. Not me, though.
I counted them, bunch by bunch.

As said above, it’s summer: not
my favorite season. I prefer the spring,
when the leaves bud and unfurl, or
autumn, when the leaves
color and fall. Or winter, when
the leaf-bearers stand naked,
flexing their biceps like bodybuilders
exhibiting their charms.

Then there is a fifth season,
called– but that’s my secret.
Yes, my secret, and I’m going
to keep it that way. Yes, my secret.

domingo, agosto 11, 2013

Margaret Atwood / Variación con la palabra dormir

Me gustaría mirarte dormir,
cosa que puede no pasar.
Me gustaría mirarte,
durmiendo. Me gustaría dormir
con vos, entrar
en tu sueño mientras su ola suave y oscura
se desliza sobre mi cabeza
y caminar con vos a través de ese bosque
vacilante, resplandeciente de hojas azuladas
con su sol de agua y sus tres lunas
hacia la cueva adonde debés descender,
hacia el peor de tus miedos
me gustaría darte la rama
plateada, la pequeña flor blanca, esa única
palabra para protegerte
de la pena en el centro
de tu sueño, de la pena en el centro. Me gustaría seguirte
por las largas escaleras
hacia arriba y volverme
el bote que te lleve remando de vuelta
con cuidado, como a una llama
entre las manos ahuecadas
hasta tu cuerpo acostado
junto al mío, y entrás
en él con la facilidad con que inspirás

me gustaría ser el aire
que te habita por un momento
sólo. Me gustaría pasar así de desapercibida
y ser así de necesaria.

Margaret Atwood (Ottawa, 1939), Selected Poems II: 1976-1986, Houghton Mifflin, 1987
Versión de Inés Garland


Variation On the Word Sleep

I would like to watch you sleeping,
which may not happen.
I would like to watch you,
sleeping. I would like to sleep
with you, to enter
your sleep as its smooth dark wave
slides over my head

and walk with you through that lucent
wavering forest of bluegreen leaves
with its watery sun & three moons
towards the cave where you must descend,
towards your worst fear

I would like to give you the silver
branch, the small white flower, the one
word that will protect you
from the grief at the center
of your dream, from the grief
at the center. I would like to follow
you up the long stairway
again & become
the boat that would row you back
carefully, a flame
in two cupped hands
to where your body lies
beside me, and you enter
it as easily as breathing in

I would like to be the air
that inhabits you for a moment
only. I would like to be that unnoticed
& that necessary.

sábado, agosto 10, 2013

Jorge Calvetti / Maimará
















Este es mi pueblo.
Su nombre quiere decir: “Estrella que cae”.
Hasta aquí llegan pocas noticias del mundo.
Recibo cartas de mis amigos; me dicen que todo marcha bien,
que en algunos países se vive una vida verdadera
y que en otros la esperanza crece.
Yo no sé nada. Me alegro por momentos
y me encierro otra vez en mi pueblo.

Todo me habla de soledad.
El viento sacude las noches como árboles.
Los mismos pájaros despiertan las mismas mañanas.

El tiempo golpea las casas
y las casas golpean contra el tiempo.

Aquí he vivido mi infancia.
Era feliz. Ignoraba hermosamente la vida.
La infancia...
Los recuerdos más viejos vagan por la memoria,
como doña Melchora por el pueblo.
Tiene ciento cuatro años. Habla sola, como los recuerdos.
Cuando me ve, me dice: “Buenas tardes, maestro...”

Aquí estoy,
buscado y dejado y encontrado por el amor.
Pero no creo que puede hablar de soledad.
Todos tenemos mucho que hacer en el mundo
y no hay tiempo para estar solos.
Es que el futuro está subiendo desde el fondo de la tierra,
Lo veo crecer en mi hijo. Me mira con los ojos de mi hijo.
Sí, ya lo sé. Son hermosos los carnavales
y la fastuosa inocencia de los pájaros...
Pero sé también que el canto y la alegría y el coraje
                       de muchos amigos del pueblo
están durmiendo en una botella de vino
¡y nosotros tenemos mucho que hacer!
Yo por lo menos,
trataré de luchar con mis palabras.
Tengo que decir a mis amigos que no estamos solos
y que debemos trabajar para que el mundo sea mejor.

Este pueblo es muy chico.
Un carnavalito puede envolverlo.
El galope de un caballo es demasiado para él.
¡Qué hermoso sería levantar su estrella
y poder llamarnos, con verdad, “hermanos”
en un mundo sin injusticia!

Mi pueblito es muy chico.
Así deben ser todos los pueblos chicos del mundo.
Por la calle de mi casa veo pasar la vida:
la desgracia, el amor, la humildad, los borrachos...
Pero creo que nadie piensa en nadie.
Nadie sale de sí mismo.
Todos, casi todos, están ahogados en ellos mismos
y es necesario cambiar.
Aquí todo sigue siempre igual...
Si subiera a las cumbres, estoy seguro,
vería pasar los años
como esos perros que acezando y husmeando el miedo pasan
interminablemente ocupados en sus sensaciones...
¡Y eso no puede ser, no puede ser!

Jorge Calvetti (San Salvador de Jujuy, 1916 - Buenos Aires, 2002), Los mejores poemas de la poesía argentina, selección, prólogo y notas de Juan Carlos Martini Real, Corregidor, Buenos Aires, 1974

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viernes, agosto 09, 2013

Amy Lowell / Cuatro poemas


















Estanque

Frías, húmedas hojas
flotan en un agua coloreada por el moho
y el canto de las ranas:
rotas campanadas en el ocaso.


Superstición

He pintado el retrato de un fantasma
en mi barrilete
y he colgado éste de un árbol.
Más tarde, cuando suelte la cuerda
y lo deje volar,
la gente se encogerá de miedo
y ocultará la cabeza,
por miedo al Dios
que da vueltas en las nubes.


Ópalo

Eres hielo y fuego,
tu tacto quema mis manos como la nieve.
Eres frío y llama.
Eres el carmesí de la amarilis.
el plateado de las magnolias acariciadas por la luna.
Cuando estoy contigo
mi corazón es un estanque helado
en el que relucen las antorchas que se agitan.


Extraños

El parloteo de las hadas
destruye mi determinación
como las gotas de agua que lentamente desgastan las rocas
                hasta convertirlas en polvo.
Y mientras río
mi valor se desmorona ante sus burlas.


Amy Lowell (Brookline, Massachusetts, Estados Unidos, 1874-1925), The Complete Poetical Works of Amy Lowell, Houghton Mifflin, Boston, 1983
Versiones de Jonio González


The Pond

Cold, wet leaves 
Floating on moss-coloured water   
And the croaking of frogs— 
Cracked bell-notes in the twilight.


Superstition
                                       
I have painted a picture of a ghost
Upon my kite,
And hung it on a tree.
Later, when I loose the string
And let it fly,
The people will cower
And hide their heads,
For fear of the God
Swimming in the clouds.


Autumn

All day I have watched the purple vine leaves
Fall into the water.
And now in the moonlight they still fall,
But each leaf is fringed with silver.


Opal                                         

You are ice and fire,
The touch of you burns my hands like snow.
You are cold and flame.
You are the crimson of amaryllis,
The silver of moon-touched magnolias.
When I am with you,
My heart is a frozen pond
Gleaming with agitated torches.


Aliens

The chatter of little people   
Breaks on my purpose 
Like the water-drops which slowly wear the rocks to powder. 
And while I laugh 
My spirit crumbles at their teasing touch.

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Foto: Amy Lowell Harvard Gazette/Marceau

jueves, agosto 08, 2013

Marco Martos / Dos poemas


Guatemala

Tirado en la soledad de Guatemala,
en el vestíbulo de un hotel,
no hay pieza para mi sueño,
ni amigo que me espere,
ni verde palmera, ni rosas en el huerto,
ni pluma de quetzal, ni laurel.
Dama telefonista del Perú,
dime algo amable de lo lejos
en tu boca de miel.


Postal de Cali

Cali es Cali, lo demás es loma.
Cali. Sus luladas. Su pantera negra
agazapada en el zoológico.
El rumor de los insectos
en la noche de jazmines.
Lo eterno que llega a tu corazón
con la música de los olores.
Y el aguacero sobre el verde.
Y la calma.

Marco Martos (Piura, 1942), Vértigo, Ediciones Vicio Perpetuo, Lima, 2013


Foto: Marco Martos en La Palabra

miércoles, agosto 07, 2013

Orlando en verso y prosa, I


Orlando furioso, de Ludovico Ariosto
Versión en prosa y verso de Jorge Aulicino

Noticia
Pulida y repulidas las versiones, el Administrador descubre que es mejor combinar prosa y verso en la traducción del Orlando de Ariosto, after Italo Calvino. Con dos modestas variaciones al modelo Orlando narrado en prosa: se trata de una traducción a otro idioma y de una narración, por un lado; por otro, los tramos en prosa se toman ciertas libertades -como una película contada con comentarios-, pero no pretenden ser ensayísticos, como los de Calvino. Se ha intentando mantener, en todos los casos, un grado de ironía no superior al del propio Ariosto frente a su material. En lo que respecta a los tramos en verso, se eligieron lo que muestran mejor los nudos de cada canto y las vivaces dotes descriptivas de Ariosto, especialmente ejercitadas en las escenas fantásticas, amorosas y de acción militar. En los versos, se mantuvo la literalidad hasta donde fue posible.
Nota bene: Ariosto usa constantemente la segunda persona del singular, dirigida a su protector, Hipólito de Este, como si todo el libro lo hubiese concebido para un único lector. En los tramos en prosa, se ha elegido la segunda persona del plural.


Canto Primero
1- La bella fugitiva

No menos que la narración de esta historia es lo que merece Hipólito de Este, descendiente de Hércules de Este y también de otra hercúlea prole, en pago de todo lo que el autor le debe. Verá el ilustre hombre que las raíces de su dinastía se hunden hasta los lejanos tiempos de Carlomagno en que combatió aquel Rogelio que era de su sangre, entre tantos otros paladines, cuando los moros pasaron el mar.
Vayamos pues al escenario
El  emperador franco, con la gente de Francia y de Alemania, se apresta a enfrentar, bajo los  imponentes Pirineos, al ejército del rey pagano Agramante y a los moros españoles, movidos por Marsilio.
En tales circunstancias vuelve a su tierra el gran campeón Orlando, trayendo desde Oriente a la noble Angélica, poco menos que en grupas, no muy distintamente a un trofeo, pero de ella realmente enamorado. Una desafortunada circunstancia -que, como veremos, se debe a un encantamiento- precipita en desdicha el regreso triunfal del guerrero: su primo Reinaldo también está enamorado de Angélica.
Carlomagno es un gran militar. No puede menos que entender en términos de estrategia lo que aquella situación significa: dos de sus campeones, recelosos entre sí, debilitarán sus fuerzas. Toma pues a Angélica, la pone en custodia del duque de Baviera y la promete al que mejor combata contra los moros en la batalla del día siguiente.
El combate es un desastre para los cristianos. La retirada los llevará hasta París.
Los héroes y la heroína se han separado en medio del fragor de las armas. Moros y cristianos andan dispersos y medio aturdidos por los campos.
Angélica, quien huye en una montura salvadora, se topa de frente con el mismísimo Reinaldo, a quien desprecia con toda su alma por razones que se verán. Reinaldo anda a su vez en busca de su propio corcel, Bayardo, que se le escapó en medio de la batalla.
Ver a Reinaldo, señor de Montalbán, y volver sobre sus pasos es para Angélica todo uno.

La dama el palafrén atrás da vuelta,
y por la selva a toda brida toma;
ni por lo liso más que por las matas
la más segura y mejor vía sigue;
pálida, fuera de sí  y temblorosa
deja que su diestro corcel la guíe.
De arriba a abajo, la selva fiera
corre tanto, que llega a una ribera.

En la ribera a Ferragús se topa,
de sudor lleno y todo polvoriento.
Lo traía de la batalla hecha
deseo de beber y de reposo;
de mal grado, estaba entretenido
porque, de agua tragón y presuroso,
el yelmo al río lo dejó caer
y quiere el yelmo ahora recoger.

Presta cuanto podía, se acercaba
gritando la doncella con espanto.
Al oírla, se yergue en la ribera
el sarraceno, y la ve en el rostro;
y reconoce súbito a quien llega,
por el temor tan blanca y tan turbada,
y siente que no es otra sino aquélla;
sin duda alguna: Angélica, la bella.

Era cortés, y no tenía menos
que los primos el corazón caliente;
de inmediato se pone a su servicio:
aun sin yelmo, ardiente y atrevido,
saca la espada y corre amenazante
donde, vacilante, está Reinaldo.
Algunas veces se habían ya medido
y al parangón de las armas conocido.

Se inicia allí una batalla dura,
a pie, como están, a filo crudo.
No ya planchas y diminutas mallas:
ni yunques aguantarían tales golpes.
Ahora, mientras uno al otro ataca,
ella elige la senda más propicia;
al palafrén espolea con saña
y se lanza al bosque y a la campaña.

Luego de intentar trozarse en vano,
los guerreros, uno por el otro,
ya que no menos era con las armas
éste que aquél, ni más habilidoso,
fue el primero el señor de Montalbán
en dirigirse a su rival; y habló
como quien siente el alma arderle tanto
que no encuentra un alivio a su quebranto.

Dijo al pagano: "Herido me quieres,
pero también saldrás de esto herido.
Si esto sucede porque los fulgores
de un nuevo sol te arden en el pecho,
de hacerme demorar, ¿qué ganarás?,
que cuando esté muerto o prisionero,
no por ello tendrás a la doncella:
nos demoramos aquí, y allá va ella.

"Cuanto mejor sería, si es que la amas
que vayas a atravesarte en su carrera,
y al alcanzarla hacer que se detenga,
antes de que aun más lejos no se vaya.
Cuando la tengas en plena potestad,
de quién será decidan las espadas;
no sé, después de habernos afanado,
algo que cuadre aquí más apropiado."

Al pagano no disgusta la propuesta;
así difirieron ambos la tensión;
y se impusieron de tal modo una tregua
que les hizo abandonar cólera y odio;
el pagano, al partir del agua clara,
no deja de a pie al buen hijo de Amón:
le ofrece que se agrupe en su montura
y tras la bella galopa y se apresura.

¡Oh bondad de los antiguos caballeros!
Eran rivales, eran de fe diversa,
y sentían, de los golpes poderosos,
aún doloridas todas sus personas;
y así y todo, en aquella selva oscura, *
por oblicuas calles marchan sin recelo.
Por dos pares de espuelas lacerado
el corcel llega a un sitio bifurcado.

Ante la duda, pues no hay huellas visibles, los caballeros deciden separarse y cada uno toma un camino diferente. Después de varias vueltas por un bosque que parece siempre el mismo, el sarraceno se encuentra de nuevo en el punto de partida. Casi diríamos que en un gesto de resignación –tal vez el autor consienta en que así puede leerse- Ferragús se da nuevo a la tarea de buscar su yelmo. Usa para eso una larga rama. Rastrea el limo del fondo. Y en tales circunstancias, un fantasma guerrero se alza desde el agua.

Iba, salvo la cabeza, todo armado,
y llevaba un yelmo en la mano diestra:
tenía el yelmo aquel que Ferragús
había buscado largamente en vano.
A Ferragús le habló, en tono airado,
y dijo: "¡Ah mentidor de fe, marrano!
¿Por qué en buscar el yelmo insistes,
si traerlo hace tiempo a mí debiste?

"Recuerda, pagano, cuando mataste
al hermano de Angélica (yo soy aquél):
después del combate tú me prometiste
tirar, en poco tiempo, el yelmo al río.
Si Fortuna (puesto que no quisiste tú
cumplir) satisface ahora mi deseo,
no te turbes; y si turbarte quieres
túrbate, que de fe privado eres.

"Si deseas un refinado yelmo,
encuentra otro, y honrosamente tenlo;
uno similar suele usar Orlando,
y Reinaldo, tal vez uno mejor:
uno es de Almonte, el otro de Mambrino;
consigue uno de los dos con valentía;
y este que habías prometido darme
bien harías ahora en entregarme.”

Al aparecer que fuera de improviso
del agua la sombra, se le erizó el pelo
y empalideció de un solo golpe el moro;
la voz, que quiso salir, se le detuvo.
Pero al oír a Argalia, que estaba muerto
(y Argalia se llamó a sí mismo),
reprocharle la fe que no cumplió,
de ira y de bochorno se encendió.

Ni tiempo tuvo de pensar excusas,
y sabiendo que era cierto lo que oía,
quedó sin respuesta, enmudecido;
pero la vergüenza le devolvió el color
y juró por la vida de Lanfusa
no querer que otro yelmo lo cubriese
sino el que le quitó en Aspramonte **
de la cabeza, Orlando, al fiero Almonte.

En tanto, Reinaldo ve aparecer ante él a su corcel, pero no puede retenerlo. El animal huye desatinadamente. Aunque no tanto como parece.


2. Las argucias de Angélica


Angélica sigue galopando a la buena de Dios, por sitios cada vez más oscuros y selváticos, hasta que encuentra una suerte de pequeño Edén junto a un arroyo. Decide que Reinaldo debe de estar ya muy lejos y aparta este fantasma de su mente. Desmonta y se tiende a reposar bajo un arbusto cargado de rosas, al que cuatro árboles protegen, formando una especie de caverna. A poco de estar allí, la fugitiva oye que alguien se aproxima. Se asoma y ve que un caballero armado ha llegado hasta el arroyo. El hombre de pesados pasos de hierro se tiende en la orilla, apoya un codo y con la mano sostiene su cabeza. Piensa y suspira, más como un Werther que como un príncipe de Dinamarca, si el autor permite estas anacrónicas comparaciones. El guerrero no solo suspira: también lagrimea. Y lo hará durante una hora.
Angélica reconoce en él a Sacripante, rey de Circasia, quizá quien más la ama entre los muchos que la aman en el Lejano Oriente y en el Cercano Oriente y en Europa. Sacripante se lamenta justamente de que Angélica haya sido traída a Francia por Orlando. La da por perdida, en virtud de consideraciones de naturaleza, cómo decirlo, moral:

"La virgencita se parece a una rosa
que en buen jardín, sobre nativa espina,
mientras reposa tranquila y solitaria,
grey ni pastor se acercan a ella;
el aire suave, y con rocío el alba,
el agua, la tierra, todo la sirve;
ellos la desean; damas enamoradas
en el seno la llevarían, adornadas.

"Pero tan pronto del materno tallo
es removida, y de su cepa verde,
todo cuanto obtenía de tierra y hombres,
favor, gracia, belleza, todo pierde.
La virgen que la flor -que con más celo
que de sus ojos y vida debe guardar-
entrega a uno, el precio que tenía
pierde ante el resto que antes la quería.

"Es vil a todos, y sólo de uno amada:
el que de ella recibió tanta abundancia.
¡Ah Fortuna cruel, ah Fortuna ingrata!
Triunfan los otros y muero de inopia,
¿puede ser, pues, que ella no me quiera?
¿puedo, entonces, dejar mi propia vida?
¡Ah, pronto llegue a su fin mi día entero,
si no debo ya pensar cuánto la quiero!"

Cuando escucha el triste lamento y las más que desdorosas reflexiones del caballero, Angélica piensa inmediatamente en valerse de él para abandonar Francia y volver a Catay.

Y fuera del arbusto oscuro y ciego
se muestra ella de súbita manera,
como en la selva o en umbroso espejo
Diana o Citerea a veces se presentan;
y dice al salir: "La paz sea contigo;
contigo defienda Dios la fama nuestra,
y no escuches a quien, sin válida razón,
difundió sobre mí mala opinión".

Nunca con más júbilo o más estupor
elevó la vista al hijo madre alguna,
luego de haberlo llorado como muerto,
cuando vio que sin él volvía la tropa.
Con cuánto júbilo el sarraceno, cuánto
estupor, la alta presencia y la graciosa
forma, el verdadero angélico semblante,
imprevisto, aparecer lo vio delante.

Pleno de dulce y de amoroso afecto,
a su dama, a su diosa, se abalanza;
ella lo toma y estrecha entre los brazos,
como en Catay quizá no habría hecho.
Al patrio reino, a su natal castillo,
estando con él, se vuelve su alma;
súbita en ella se aviva la ilusión
de volver a su dorada posesión.

Ella le rinde cuentas plenamente
desde el día lejano en que lo envió
a demandar socorro en el Levante
al rey de Sericana y Nabatea,
y de cómo Orlando la libró a menudo
de muerte, de deshonor, de malos casos;
y que lleva intacta la flor virginal
desde que salió del seno maternal.

Tal vez fuese cierto, pero no creíble
a quien tiene posesión de sus sentidos;
él, sin sospechas, lo dio por verdadero,
perdido como estaba en un grave error;
lo que ve el hombre, Amor hace invisible,
y lo que es invisible hace ver Amor.
Fue creído aquello: el sufrir confiere
una fe fácilmente a aquel que quiere.


3. La inoportuna aparición de un caballero vestido de blanco


Sacripante piensa que ha perdido Orlando, señor de Anglante, su oportunidad, y mientras se prepara para el dulce asalto, un ruido inesperado le atruena en los oídos. De muy malhumor abandona la empresa amorosa y se prepara para un combate masculino. Por la selva se aproxima, con gran sonido de armas, un caballero cubierto con una túnica blanca y que lleva un penacho blanco en la cimera.

Tan pronto llega, lo invita a la pelea;
piensa que podrá tirarlo de la silla.
Aquél, que yo no estimo que valiera
un gramo menos, y no menos que igual,
la orgullosa amenaza toma en vuelo
y al mismo tiempo espolea y pone en ristre;
Sacripante maniobra con presteza,
y corren a partirse la cabeza.

No acuden los leones ni los toros
a dar de frente, a acosar tan crudo,
como esos dos guerreros en asalto
que trenzan tan parejos los escudos.
El choque hace temblar, de arriba a abajo,
desde herbosos valles a collados secos,
y que fuera perfecta la armadura
a los dos les salvaba la figura.

Ya no intentan los caballos separarse, ***
se dan golpes como dos machos cabríos;
el del paladín pagano muere pronto,
aunque era de los mejores que vivieron;
el otro cae también, mas se levanta
tan pronto siente en los flancos las espuelas.
El del moro tiene, con su peso,
el cuerpo de su jinete opreso.

El incógnito campeón quedó erguido,
y al ver al otro con el caballo en tierra,
estima haber hecho ya lo suficiente,
y no se cuida de renovar la brega;
por el camino más recto de la selva,
corriendo a toda brida descerraja;
y antes que se libere el rey pagano,
mejor que mucho, está ya lejano.

Como el arador al que aturde el rayo,
pasado el fuerte resplandor, se alza
de donde aquel altísimo fragor
junto al muerto buey lo había tendido,
y contempla sin fronda y ya sin honra
el pino que solía ver de lejos,
tal se alza el sarraceno de lo raso;
Angélica presencia el duro caso.

Suspira y gime, no por el dolor,
porque pie o brazo se hubiera roto,
sino por la vergüenza: en su vida
no tuvo tan colorado el rostro;
porque cayó y porque fue su dama
quien le quitó el gran peso de encima.
Mudo iba a quedar, si ella no le daba
aquel habla que entonces le faltaba.

"Oh (le dijo ella), señor, no lo lamente,
que la caída no fue la culpa suya
sino del corcel, al que reposo y cebo
mejor le habrían venido que batalla.
No crea a aquel guerrero más glorioso,
pues demuestra haber sido el perdedor:
así, por lo que sé, lo considero,
pues en dejar el campo fue el primero".

Un personaje más ha de aparecer en este concurrido bosque. Se trata de un mensajero que pregunta a Angélica y Sacripante si no han visto a un caballero vestido de blanco.

Repuso Sacripante: "¡Y sí, lo vi!
Aquí nos batimos, y se ha ido ahora;
y para saber quién me ha dejado a pie,
si conoces su nombre, dímelo".
Y el otro le repuso: "Lo que pides,
satisfago ya mismo sin demora:
quien a ti te arrojó de la montura
ha sido una doncella noble y pura".

"Es muy bella y de espíritu gallardo;
su nombre es muy famoso y no lo escondo:
fue Bradamante la que te quitó
el honor que ganaste en este mundo".
Luego que esto dijo, a freno suelto,
dejó al caballero, no muy contento.
No sabe el moro qué decir ni hacer;
está turbado y vuelve a enrojecer.

Y aun otro personaje aparece. Esta vez, es Bayardo, el corcel de Reinaldo, a quien Reinaldo viene siguiendo con más empeño que a la bella Angélica. Ésta, quien ha cedido al rey su cabalgadura y va en las grupas, cree que el brioso caballo de guerra, a quien conoce muy bien, ha aparecido providencialmente para ayudarlos. Sacripante desmonta e intenta subirse a Bayardo, pero el animal lo rechaza vivamente con una tremenda patada que no llega a pegarle. Luego se aproxima manso a la dama. La conoce desde los tiempos en que, en Albranca, ella amaba a Reinaldo, pero Reinaldo la desdeñaba. Situación inversa a la actual, puesto que ahora ella lo desprecia y él la ama. Ella acaricia al corcel y Sacripante aprovecha la tierna escena para montarlo, son sin darle castigo antes. Ella pasa de la grupa a la montura de su caballo.
Aparece entonces, o mejor dicho, reaparece, otro personaje: el propio Reinaldo, con resonantes armas, a paso militar. A ella se le nublan los ojos de odio. Lo odia intensamente. Él, que la desdeñaba, la ama.

Y esto fue causado por las dos fuentes
que de efecto adverso tienen licores,
ambas en Ardenas, no muy lejanas.
De deseo una llena el corazón;
odia en cambio, quien prueba de la otra;
se le vuelve hielo lo que era fuego.
De una, Reinaldo tomó y se destruye;
Angélica de la otra, y odia y huye.

El licor, de veneno inficionado,
que cambia en odio lo que es sentir de amor,
hace que aquella que Reinaldo mira
en sus serenos ojos se oscurezca,
y con voz temblorosa y rostro triste
le hable a Sacripante y le suplique
no espere la llegada del guerrero
y prosiga veloz por el sendero.

"¿Soy (dijo entonces el sarraceno), soy,
tan poco acreditado ante tus ojos,
que me estimas inútil y no bueno
para librarte del que ahora llega?
¿La batalla de Albranca se ha borrado
de tu mente, y la noche en que yo fui,
para tu cuerpo, solo yo, desnudo,
contra Agricán, y aquel campo, escudo?"

No responde ella; ya nada cabe hacer,
porque Reinaldo se acercó bastante
y de lejos al moro lo amenaza.
Ha visto el caballo y lo ha reconocido
y también distingue el rostro angélico
que en un fuego amoroso lo calcina.
Entre estos dos soberbios lo pasado
queda, para otro canto, reservado.

Ludovico Ariosto (Reggio Emilia, 1474-Ferrara, 1533), Orlando furioso, 1532; Einaudi, Turin, 1992
Versión de Jorge Aulicino


* Aunque en plural en el original (selve oscure) parece ésta la primera referencia a la Divina Comedia, de Dante Alighieri (Infierno, Canto I, 2). La selva oscura, más adelante “selva áspera”, como en Dante, no sólo no mantiene ese aspecto siempre, pues a menudo se vuelve paradisíaca, sino que tampoco parece ser una alegoría en sí misma. Se ha convertido en un escenario al que entran y del cual salen figuras muchas veces incógnitas, embozadas tras sus yelmos, envueltas en hechizos o que ocultan su nombre. La selva es ya renacentista, literaria. Es quizá el mundo mismo, donde todo suele ser cortesano, fingido. Incluso el canto, que no puede menos que recurrir al pareado, de ritmo casi  irónico, para conservar su dignidad.

** En Aspramonte, Sicilia, quiere la tradición que se inicien las acciones juveniles de Orlando. Pronto se verá que ese célebre combate está ligado a otro héroe de la historia y, en la imaginación de Ariosto, a la genealogía de la casa de Este, de Ferrara, donde encontró su mecenas

*** Ariosto usa indistintamente los términos corcel, caballo y palafrén. Este último se aplicaba al caballo para las paradas militares, al que generalmente se ataviaba ricamente, o bien al destinado a conducir a las damas, igualmente cubierto de adornos. No se trataba, como es de suponer, de bestias belicosas ni entrenadas para la guerra. Sin embargo, la sugerencia de animal vistosamente enjaezado no debe de haber sido indiferente al autor, pues se adapta a un escenario asimismo artificioso y en el que suele hacerse alarde de riqueza, brillos y colores.



La "iluminación" de este texto, que será insignia aquí de todo el poema, es de Paul Klee

martes, agosto 06, 2013

Ezra Pound / Canto XIII


Kung se paseaba
junto al templo dinástico
y se adentró por entre los cedros
y luego apareció por la parte baja del río,
y con él estaban Khien,Tchi
  y Tian el que hablaba bajito
Y dijo Kung “Somos desconocidos”
“¿Os quisiérais dedicar a las carreras de cuadrigas?
Entonces seréis famosos,
“¿O quizás yo debería dedicarme a las carreras de cuadrigas, o a la arquería?
 “¿O adquirir destreza hablando en público?”
Y Tseu-lou dijo “yo pondría en orden las defensas,”
Y Khien dijo “Si yo fuese el soberano de una provincia
La tendría mejor organizada que ésta.”
Y Tchi dijo “yo preferiría un pequeño templo de montaña,
Y observar el correcto orden de las ceremonias,
la apropiada celebración del ritual,”
Y Tian dijo, con la mano en las cuerdas del laúd
Los sonidos bajos seguían sonando
    después de que apartó la mano de las cuerdas
Y el sonido ascendió como humo, bajo el follaje,
 Y Tian siguió el sonido con la mirada:
“El viejo pozón donde se bañan
los muchachos, y se zambullen desde los tablones,
O se sientan entre los arbustos a tocar la mandolina.”
Y Kung les sonrió a todos por igual.
Y Thseng-sie quiso saber:
“¿Quién ha respondido correctamente?”
Y Kung dijo “Todos respondieron correctamente,
“Es decir, cada cual según su naturaleza.”
Y Kung alzó su caña contra Yuan Jang,
    Yuan Jang era el mayor,
Porque Yuan Jang se quedaba sentado a la vera del camino presumiendo
de estar adquiriendo sabiduría
Y Kung dijo
    “Viejo tonto, déjate de pavadas,
levántate y haz algo útil.”
Y Kung dijo
 “Respeta las facultades del niño
“Desde el instante mismo en que respira el aire límpido
“Pero un hombre de cincuenta que no sabe nada
  No merece respeto”
Y “Cuando el príncipe ha congregado a su alrededor
“A todos los sabios y artistas, sus riquezas estarán aprovechadas a pleno.”
Y Kung dijo, y lo escribió en las hojas del árbol bo, la higuera sagrada,
  Si un hombre no tiene orden en su interior,
No puede propagar el orden a su alrededor;
Y si un hombre no tiene orden en su interior,
Su familia no actuará con el debido orden;
Y si un príncipe no tiene orden en su interior
No puede poner orden en sus dominios.
Y Kung habló de “orden”
y de “respeto fraternal”
Y no dijo nada de “la vida después de la muerte
Y dijo “Cualquiera es capaz de incurrir en excesos,
es fácil colmar la medida,
Lo difícil es afianzarse en el medio.”

Y dijeron: Si un hombre comete un asesinato
¿Debe protegerlo su padre, y ofrecerle refugio?
Y Kung dijo:
Debe ofrecerle un escondite.

Y Kung le concedió su hija a Kong-Tch’ang
Aunque Kong-Tch’ang estaba en la cárcel.
Y le concedió su sobrina a Nan-Young
Aunque Nan-Young no estaba ejerciendo ningún cargo oficial.
Y Kung dijo “Wang gobernó con mesura,
En sus tiempos el Estado estaba bien administrado,
Y hasta yo mismo recuerdo
la época en la que los historiadores dejaban lagunas en sus escritos,
Quiero decir: para las cosas que no sabían,
Pero esos tiempos parece que se acaban.”
Y Kung dijo, “Sin temple serás
incapaz de tocar ese instrumento
O interpretar música apta para las Odas
Los pétalos del damasco
    vuelan de este a oeste,
y yo he intentado impedir que caigan”

Ezra Pound (Hailey, EE UU, 1885-Venecia, Italia, 1972) The Cantos, New Directions, Nueva York, 1993
Versión de Jan de Jager

Nota de edición: Kung es evidentemente Confucio (Kung fu-tzu en la transliteración inglesa)

[Se publica sólo un fragmento del original debido al control sobre los derechos de autor ejercido en la web]


XIII

KUNG walked
by the dynastic temple
          and into the cedar grove,
and then out by the lower river,
          And with him Khieu Tchi
and Tian the low speaking
And "we are unknown," said Kung,
"You will take up charioteering?
Then you will become known,
"Or perhaps I should take up charioteering, or archery?
"Or the practice of public speaking?"
And Tseu-lou said, "I would put the defences in order,"
And Khieu said, "If I were lord of a province
I would put it in better order than this is."
And Tchi said, "I would prefer a small mountain temple,
"With order in the observances,
          with a suitable performance of the ritual,"
And Tian said, with his hand on the strings of his lute
The low sounds continuing
          after his hand left the strings,
And the sound went up like smoke, under the leaves,
And he looked after the sound:
          "The old swimming hole,
"And the boys flopping off the planks,
"Or sitting in the underbrush playing mandolins."
          And Kung smiled upon all of them equally.
And Thseng-sie desired to know:
          "Which had answered correctly?"
And Kung said, "They have all answered correctly,
"That is to say, each in his nature."
And Kung raised his cane against Yuan Jang,
          Yuan Jang being his elder,

(...)
---
Dibujo: Study for Head of Ezra Pound, 1914, Henri Gaudier-Brzeska

lunes, agosto 05, 2013

Poemas elegidos, escolio


La convocatoria Poemas elegidos terminó ayer en este blog con la publicación de los poemas elegidos por 101 autores que respondieron a la invitación del Administrador. Éste debe aclarar que algunos autores se excusaron de participar, con distintos argumentos, otros no respondieron nada y algunos llegaron tarde. La convocatoria se hizo dos veces. Al finalizar la publicación de la primera serie, de 59 autores, el Administrador publicó un comentario bajo el título Poemas elegidos, números. Las cifras aumentaron dentro de las mismas tendencias señaladas en esa nota.
Los autores a veces narraron la circunstancia en que descubrieron el poema de su elección, explicando además el significado del texto entre sus primeras experiencias con la poesía y el grado de relación con su poética. A veces analizaron en detalle la pieza en sí misma. Otras veces sólo dijeron escuetamente por qué les parece destacable. La anécdota del descubrimiento es desarrollada en unas ocasiones, en otras no. En general puede verse que, de acuerdo con la invitación formulada, el poema significó el primero o uno de los primeros contactos del autor con la poesía, o bien que es el que más corresponde a su actual pensamiento sobre ella. En todo caso, debería entenderse que el poema elegido está estrechamente ligado a la poética de quien lo eligió. Como sea que se estime la obra del poeta que elige, el conjunto puede verse como un test sobre la lectura de poemas en la Argentina. No precisamente el último ni el definitivo ni el más abarcador. Sólo una muestra.
Respondieron 97 autores argentinos y cuatro no argentinos (estos últimos a manera de testigos de la encuesta) que eligieron 102 poemas (uno de los autores eligió dos textos que se publicaron en atención a que uno es reescritura del otro: se trata del famoso fragmento de Safo reescrito por Catulo). Los autores eligieron 48 autores cuya lengua es el español; 15 de lengua inglesa; cinco del italiano y cuatro del francés (más un texto en francés de un español, Joan Miró). Las restantes lenguas de origen son el ruso, el polaco, el chino, el catalán, el hebreo, el latín y el griego clásico. En los dos primeros casos (ruso y polaco) cada uno está representando por dos autores. Los restantes, por uno.
Dos de los poetas ya elegidos dos veces volvieron a ser elegidos. T. S. Eliot y Eugenio Montale están representados en la muestra con tres poemas cada uno. En el caso de Eliot, cabe destacar que dos de los autores que lo eligieron optaron por la misma obra: La tierra baldía. Es la única obra que se repite en la muestra, si bien no citada entera por los autores que la eligieron, y con el foco puesto en el fragmento elegido.
La particularidad de los ocho poemas italianos que se eligieron es que cinco de ellos pertenecen a dos autores: tres a Montale y dos a Giuseppe Ungaretti. Los otros tres son de Sandro Penna, Salvatore Quasimodo y Giacomo Leopardi.
Otros poetas cuyos poemas resultaron elegidos dos veces son los norteamericanos William Carlos Williams y Ezra Pound; el galés Dylan Thomas; el español Francisco de Quevedo; el nicaragüense Rubén Darío; los peruanos César Vallejo y José Watanabe y los argentinos Raúl González Tuñón, Edgar Bayley y Arnaldo Calveyra.
Aunque la encuesta no consistía en votar el mejor poema, sino en elegir el más vinculado, o uno de los más vinculados a la propia experiencia, concepción y práctica de la poesía, son quizá muy significativos otros autores mencionados por los participantes en sus textos, que un espíritu prolijo sin duda puede explorar, para encontrarse con que cada práctica muchas veces reconoce la convergencia de autores diversos e incluso de escuelas diversas, por no hablar de la diversidad de lenguas. En muchos o en casi todos los casos se trata de la lengua del traductor que han leído.
De los poetas españoles elegidos (11), casi todos son clásicos o clásicos contemporáneos. Autores argentinos de varias generaciones, incluidas las más recientes, eligieron desde el más ilustre poema de Juan de Yepes, hasta uno contemporáneo, de Olvido García Valdés, pasando por poemas de Francisco de Quevedo, Luis de Góngora, Antonio Machado, Federico García Lorca y Juan Ramón Jiménez. Sumados a los poemas de latinoamericanos ya clásicos, como Darío, José Martí, José Asunción Silva, César Vallejo, Jorge Luis Borges y Raúl González Tuñón, los de lengua española contribuyen de manera decisiva a que la presencia de la tradición tome en la muestra un cuerpo considerable. Pero no es menor que la de poetas en lengua castellana más recientes, algunos vivos y actuantes. En rigor, son más los poetas cercanos que los clásicos, y el arco es extenso: los peruanos José Watanabe y Antonio Cisneros conviven con los mexicanos Gerardo Denis y Coral Bracho; con los chilenos Nicanor Parra y Enrique Lihn; con el cubano José Lezama Lima; con los argentinos Olga Orozco, Horacio Armani, Edgar Bayley, Leónidas Lamborghini, Amelia Biagioni, Susana Thénon, Héctor Viel Temperly, Ricardo Zelarayán, Juan José Saer, Estela Figueroa y Arnaldo Calveyra, entre otros.
Podría decirse que el francés, como lengua de origen, tiene menor presencia en la poesía argentina que otrora. El inglés es la segunda lengua en importancia, si se considera la lengua como portadora de culturas y tendencias diversas, seguida por el italiano. Para mantener la dinámica de la estadística, lo dicho podría resumirse en que alrededor de un 20 por ciento de los textos elegidos fueron escritos originariamente en inglés y un 8 por ciento en italiano. Al francés correspondió un 4 por ciento.
La antología que de hecho conforman, colectivamente, los 102 poemas elegidos denota una mezcla interesante de la tradición española y las vanguardias, con mayor presencia, entre éstas, de la de impronta eliotiana, del imaginismo anglosajón y del hermetismo italiano, con sus reflejos en las generaciones inmediatamente anteriores a la de la mayoría de los poetas que participaron de la encuesta, más el particular toque o elaboración local entre los autores elegidos más recientes.
Sin ignorar que el análisis de fondo puede descubrir infinidad de matices y argumentaciones, bases y señales en los textos con que cada autor presentó su poema elegido, esas líneas, estos autores, parecen ser nuevos referentes; otros habrán caído, porque la tradición se arma y desarma en cada época.


Los poetas elegidos y sus lectores

Roberto Themis Speroni (Osvaldo Ballina)
William Carlos Williams (Daniel Durand, María Stella Ponce)
Louise Glück (Ana Lafferranderie)
Sor Juana Inés de la Cruz (Romina Freschi)
Francisco de Quevedo (Eduardo Alvarez Tuñón, Carlos Aldazabal)
Blaise Cendrars (María del Rosario Sola)
Jorge Aulicino (Mauro Viñuela)
Pedro Salinas (Flora Vronsky)
Salvatore Quasimodo (Miguel Angel Federik)
Ana Ajmátova (Diego Bentivegna)
Gerardo Deniz (Gabriel Reches)
San Juan de la Cruz (Javier Galarza)
Guillaume Apollinaire (Anahí Mallol)
Amelia Biagioni (Fernando Noy)
Elizabeth Bishop (Vanina Colagiovanni)
Estela Figueroa (Carlos Battilana)
Arnaldo Calveyra (Joaquín Valenzuela, Daiana Henderson)
Daniel Durand (Cristhian Monti)
W. H. Auden (Alejandro Jorge)
Enrique Lihn (Nurit Kasztelan)
Edwin Morgan (Alejandro Méndez)
Ricardo Zelarayán (Lucas Soares)
José Lezama Lima (Luis Thonis)
Susana Thénon (Marina Mariasch)
Jonio González (Javier Cófreces)
Giacomo Leopardi (Guillermo Boido)
Cecilia Meirelles (Eduardo Ainbinder)
Horacio Armani (Ricardo Herrera)
Juan José Saer (Walter Cassara)
Gabriel Ferrater (Silvio Mattoni)
Antonio Cisneros (Mario Arteca)
Rafael Alberti (Jorge Leonidas Escudero)
D. H. Lawrence (Mirta Rosenberg)
Ezra Pound (Armando Roa Vial, Rogelio Ramos Signes)
Juan Ramón Jiménez (Lucio Madariaga)
Raúl González Tuñón (Jorge Fondebrider, Rubén Reches)
Kennet Rexroth (Osvaldo Picardo)
Safo (Enrique Solinas, Ignacio Uranga)
Catulo (Ignacio Uranga)
César Vallejo (Francisco Muñoz, Alberto Cisnero)
Eugenio Montale (Liliana Díaz Mindurry, Laura Wittner, Roberto Malatesta)
Olga Orozco (Horacio Zabaljáuregui)
Emily Dickinson (Paulina Vinderman, Mercedes Araujo)
Mario Porro (José María Pallaoro)
Mario Romero (Christian Kuptchik)
Antonio Machado (Miguel Angel Petrecca)
Luis de Góngora (Jorge Aulicino)
Li Po (Darío Rojo)
Wislawa Szymborska (Susana Szwarc)
Edgar Bayley (Silvia Dabul, Silvina López Medin)
Gregory Corso (Jonio González)
José Watanabe (Marina Kohon, Martín Armada)
Rubén Darío (Santiago Sylvester, Pablo Seguí)
T.S. Eliot (Silvia Camerotto, Griselda García, Daniel Freidemberg)
Sandro Penna (Osvaldo Bossi)
Giuseppe Ungaretti (Judith Filc, Fabio Morábito)
José Martí (Pablo Anadón)
Czeslaw Milosz (Rafael Oteriño)
Leónidas Lamborghini (Marcelo Leites)
Marina Tsvetáyeva (Emma Villazón Ritcher)
Francisco López Merino (Cecilia Romana)
Dylan Thomas (Roberto Pasquali, Gerardo Gambolini)
Héctor Viel Temperley (Tamara Kamenszain)
Silvina Ocampo (Angel Faretta)
José Asunción Silva (Mercedes Roffé)
Amado Nervo (Germán Arens)
Paul Eluard (Irene Gruss)
Dan Pagis (Luisa Futoransky)
Joan Miró (Silvana Franzetti)
Alejandro Carrizo (Gabo Moreno)
Olvido García Valdés (Liliana García Carril)
Jorge Luis Borges (Miguel Angel Morelli)
Luis Alberto Spinetta (José Villa)
Fabián Casas (Ignacio Di Tullio)
Linda Pastan (MiguelGaya)
Óscar de Pablo (Alejandro Crotto)
Nicanor Parra (Rodolfo Edwards)
Augusto de Campos (Valeria Cervero)
Harry Mathews (Cecilia Pavón)
Mark Strand (Eduardo Mileo)
Carlos Vladimirsky (Alejandro Schmidt)
René Ménard (Rodolfo Alonso)
Coral Bracho (Gabriela Bejerman)

domingo, agosto 04, 2013

Poemas elegidos, 101


Osvaldo Ballina
(La Plata, 1942)

He tomado la última semana, de Roberto Themis Speroni
Elijo este poema de Roberto Themis Speroni, que escuché recitado en un café de La Plata en los sesenta. Me impresionó la vitalidad, su poca sumisión al conformismo y la fuerza avasallante de su poesía, su alto y jerarquizado lirismo, indeclinable en toda su obra.







He tomando la última semana...

He tomado la última semana
del mes de abril para morir intacto,
cerca de mi lugar, con los abrojos
que encierran una estrella en el tejido.

Los hombres como yo, deben morirse
aferrados al ser de la resina,
a los formones y a las alcayatas;
a todo aquello que en la vida fuera
signo de su vejez y su principio

Debe ser en abril porque en el campo
abril es un espejo de oro seco,
y las ovejas tienen las pupilas
abiertas al cristal y al duro frío.
Y además, porue el cuero fue a galpones
y hay fiesta en la cocina y en la altura.

Debe ser en abril. De otra manera
yo no podría ver a los labriegos
ni a mis hijos en torno, ni a mi rostro.
ni a tanta cosas que en abril fue mía.

Roberto Themis Speroni (La PLata, 1922-1967)

Foto: Osvaldo Ballina en alpialdelapalabra

Poemas elegidos, 100


Stella Maris Ponce 
(Concordia, Entre Ríos)


La carretilla roja, de William Carlos Williams
En mis primeros años de escritura hubo un poema que fue un leit motiv, una especie de estribillo de canción que volvía a la hora de recordar el propósito de la poesía: ir más allá, ver del otro lado, encontrar a través de la palabra la belleza siempre presente y disponible. Ese poema fue "Es infinita esta riqueza abandonada", de Edgar Bayley.
Con el tiempo fueron apareciendo otros poemas-guías en los cuales uno recala por diversos motivos como el gusto, la afinidad estética o lo contrario, una poética ajena a la propia sensibilidad pero admirable por lo experimental. En este sentido, creo que el primer poema que despertó en mí una curiosidad como método en la búsqueda de una nueva forma de mirar la realidad fue "La carretilla roja", de William Carlos Williams.
La frase inicial "Tanto depende de" que se impone con la fuerza de un látigo o de una confesión. Esos pocos elementos, despojados y potentes, instalados como en una pequeña escenografía e iluminados con spot capturaron mi atención. Imágenes de tal intensidad que generaban desde indiferencia hasta crueldad. Ese poema fotográfico de Williams fue una llave para seguir leyendo su poesía y escuchar su postulado: Compone. (Que no haya ideas sino en las cosas). ¡Inventa!
Haciendo esta síntesis veo ahora que no hay azar sino un hilo conductor entre aquel Invencionismo de Bayley que me decía algo al oído y el descubrimiento posterior de Williams, cuyo efecto en mí quedó en este poema:

Objetivismo

todos nos subimos a
la carretilla de Williams
y nos caímos
mareados por el vértigo
del rojo
anémicos frente a los pollos
blancos

tanto depende de
uno







La carretilla roja

Tanto depende de
una

carretilla roja lustrada
con

agua de lluvia
junto

a los pollos
blancos


(La música del desierto y otros poemas. Selección y prólogo de Jorge Santiago Perednik. Colección Los Grandes Poetas N° 34, CEAL, Buenos Aires. Sin mención de traductor)


Otras versiones:


La carretilla roja

Mucho depende
de una

carretilla
roja

lavada con agua
de lluvia

junto a los blancos
polluelos

-versión de Agustí Bartra


La carretilla roja

cuánto
depende

de una carre
tilla roja

reluciente de
agua de lluvia

junto a blancas
gallinas

-versión de Octavio Paz


La carretilla roja

Tanto depende
de

una carretilla
roja

reluciente de gotas
de lluvia

junto a las gallinas
blancas

-versión de E. Cardenal y Coronel Urtecho


La carretilla roja

cuánto depende
de una

carretilla
roja

bruñida por el agua
de la lluvia

junto a los blancos
pollitos.

-versión de Alberto Girri


The red wheelbarrow

So much depends 
upon

a red wheel
barrow

glazed with rain
water

beside the white
chickens

William Carlos Williams (Rutherford 1883 - 1963)



Foto: Stella Maris Ponce en Radioteca

sábado, agosto 03, 2013

Poemas elegidos, 99


Ana Lafferranderie
(Montevideo, 1969)

El umbral, de Louise Glück
Este poema es parte de lecturas relativamente recientes. Será que tengo aún tanto por leer y descubrir que las nuevas lecturas me provocan un particular entusiasmo.
Lo elegí porque me hace pensar en la percepción poética. La imagen del niño que ronda un umbral me lleva al modo de estar en la poesía como experiencia, algo de lo cual tengo conciencia desde muy chica. Una modalidad diferente de la percepción se activa, me sustrae del hacer cotidiano, genera cierto  “detenimiento”. Una sensación de  perplejidad, extrañamiento en relación al mundo y a la propia percepción. Es pura apertura (entrar en los detalles, mirar la posibilidad). Una quisiera  quedarse ahí, quieta, a diferencia del mundo, retirada de la utilidad inmediata de la praxis, sabiendo incluso que a ella se va a volver, que la vida es entrar una y otra vez en ese verano intoxicante, ese placer fraudulento, ese aturdimiento.
Sé cuánto debo a ese umbral, al movimiento de la percepción poética que me deja en ninguna parte, más yo, amplificada y minuciosa, con un radar y un foco ingobernables, íntimos.  


El umbral

Yo quería quedarme como estaba,
quieta, a diferencia del mundo,
no en medio del verano sino en la fase previa
al brote de la primera flor, el momento
en que nada es pasado aún -

no en medio del verano, intoxicante,
sino a fines de la primavera, cuando el césped no es alto todavía
al borde del jardín, cuando los tulipanes precoces
empiezan a brotar -

como un niño que ronda un umbral, observando a los demás,
los que entran primero,
tensa fusión de brazos, atento a los
fracasos ajenos, las vacilaciones ajenas

con la brutal confianza infantil de un inminente poder
preparándose para vencer
esas flaquezas, para sucumbir
a la nada, el tiempo directamente

previo a la floración, la época de la maestría

antes de la aparición del don,
antes de la posesión.

Louise Glück (Nueva york, 1943)
Versión de María Negroni
---
Foto: Ana Lafferranderie en FB

Poemas elegidos, 98


Marisa do Brito Barrote
(Buenos Aires, 1970)

 Romance sonámbulo, de Federico García Lorca
¿Por qué Lorca? Por muchas razones. La primera, quizás, porque algunos de estos versos los recitaba mi madre y le pasaban por el alma. Era raro ver a mi madre poseída por la literatura...
Lorca, por la música, esa forma de contar cantando del romance y sus octosílabos que galopan como caballo en la montaña, como zapateo de gitana.
Por el deleite de la propia lengua y la simpleza de las imágenes que transmiten el drama.
Lorca, por el erotismo y el duende. Por todo eso y, además, porque dan ganas de bailarlo.






Romance sonámbulo

A Gloria Giner
y a Fernando de los Ríos

Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar
y el caballo en la montaña.
Con la sombra en la cintura
ella sueña en su baranda,
verde carne, pelo verde,
con ojos de fría plata.
Verde que te quiero verde.
Bajo la luna gitana,
las cosas le están mirando
y ella no puede mirarlas.

              *
Verde que te quiero verde.
Grandes estrellas de escarcha,
vienen con el pez de sombra
que abre el camino del alba.
La higuera frota su viento
con la lija de sus ramas,
y el monte, gato garduño,
eriza sus pitas agrias.
¿Pero quién vendrá? ¿Y por dónde...?
Ella sigue en su baranda,
verde carne, pelo verde,
soñando en la mar amarga.

              *
Compadre, quiero cambiar
mi caballo por su casa,
mi montura por su espejo,
mi cuchillo por su manta.
Compadre, vengo sangrando,
desde los montes de Cabra.
Si yo pudiera, mocito,
ese trato se cerraba.
Pero yo ya no soy yo,
ni mi casa es ya mi casa.
Compadre, quiero morir
decentemente en mi cama.
De acero, si puede ser,
con las sábanas de holanda.
¿No ves la herida que tengo
desde el pecho a la garganta?
Trescientas rosas morenas
lleva tu pechera blanca.
Tu sangre rezuma y huele
alrededor de tu faja.
Pero yo ya no soy yo,
ni mi casa es ya mi casa.
Dejadme subir al menos
hasta las altas barandas,
dejadme subir, dejadme,
hasta las verdes barandas.
Barandales de la luna
por donde retumba el agua.

              *
Ya suben los dos compadres
hacia las altas barandas.
Dejando un rastro de sangre.
Dejando un rastro de lágrimas.
Temblaban en los tejados
farolillos de hojalata.
Mil panderos de cristal,
herían la madrugada.

              *
Verde que te quiero verde,
verde viento, verdes ramas.
Los dos compadres subieron.
El largo viento, dejaba
en la boca un raro gusto
de hiel, de menta y de albahaca.
¡Compadre! ¿Dónde está, dime?
¿Dónde está mi niña amarga?
¡Cuántas veces te esperó!
¡Cuántas veces te esperara,
cara fresca, negro pelo,
en esta verde baranda!

              *
Sobre el rostro del aljibe
se mecía la gitana.
Verde carne, pelo verde,
con ojos de fría plata.
Un carámbano de luna
la sostiene sobre el agua.
La noche se puso íntima
como una pequeña plaza.
Guardias civiles borrachos,
en la puerta golpeaban.
Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar.
Y el caballo en la montaña.
 
Federico García Lorca (Fuente Vaqueros, 1898-Granada, 1936)

Foto: Marisa do Brito en FB

viernes, agosto 02, 2013

Poemas elegidos, 97


Hugo Luna
(Concepción del Uruguay, 1959)

El fondo de las cosas no es la vida o la muerte, de Roberto Juarroz
Este texto, que pertenece a la primera poesía vertical (1958) de R. Juarroz, fue de los primeros que me estremecieron. Temblaba por el frío que a veces te hace correr la poesía por los huesos y también para atraer la belleza y sus significados, tal y como hace una carnada con los peces. Ha sido una presencia en mí, una harina que no deja de caer (acaso algo de mi padre y su vida de panadero, allí). No creo que mi escritura, apenas fraseo de una música pequeña, tenga nada de este equilibrio de luz y sombra, de pensamiento y experiencia poética, pero aún así es algo que me acompaña y ayuda a encontrar algunas veces una palabra.









El fondo de las cosas no es la vida o la muerte

El fondo de las cosas no es la vida o la muerte.
Me lo prueban
el aire que se descalza en los pájaros,
un tejado de ausencias que acomoda el silencio
y esta mirada mía que se da vuelta en el fondo,
como todas las cosas se dan vuelta cuando acaban.

Y también me lo prueba
mi niñez que era pan anterior a la harina,
mi niñez que sabía
que hay humos que descienden.
voces con las que nadie habla,
papeles donde el hombre está inmóvil.

El fondo de las cosas no es la muerte o la vida.
El fondo es otra cosa
que alguna vez sale a la orilla.

Roberto Juarroz (Coronel Dorrego, 1925-Temperley, 1995)

Poemas elegidos, 96


Eduardo Álvarez Tuñón
(Buenos Aires, 1957)


Salmo XVII, de Francisco de Quevedo
Si la extensión del blog lo permitiese, si existieran traducciones que no la arrasaran, mi elección hubiese sido, sin dudarlo "Tristesse D´Olympio" de Victor Hugo. Pero quizás porque es igual en su grandeza, en su profundidad y en su perfección, me inclino por el "Salmo XVII" de los sonetos metafísicos de Quevedo. Creo, lo cual no significa que sea cierto, que el paso del tiempo y sus huellas sobre los objetos y los seres, es un tema central no solo de la poesía sino de la literatura y la filosofía en sus acepciones más amplias. Desde que empecé a escribir mi obsesión fue "lo perdido", lo que se llevan los días.  Este soneto, que solo puede ser leído en voz alta, es uno de los momentos más altos de la poesía castellana y resume muchos textos de la literatura universal que, si se me permite el anacronismo, van desde Virgilio al Tiempo recobrado de Marcel Proust.







Salmo XVII

Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes, ya desmoronados,
de la carrera de la edad cansados,
por quien caduca ya su valentía.

Salíme al campo, vi que el sol bebía
los arroyos de hielo desatados,
y del monte quejosos los ganados,
que con sombras hurtó su luz al día.

Entré en mi casa; vi que, amancillada,
de anciana habitación era despojos;
mi báculo más corvo y menos fuerte;

vencida de la edad sentí la espada.
Y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.


Francisco de Quevedo (Madrid, 1580-Ciudad Real, 1645)


jueves, agosto 01, 2013

Poemas elegidos, 95


Romina Freschi
(Buenos Aires, 1974)

Primero Sueño, de Sor Juana Inés de la Cruz
Elijo a Sor Juana y su sueño porque es un texto que no sé si me es posible terminar de leer, y porque por eso mismo me permite siempre hablar de abandonar la pretensión de “entender” la poesía, o simplemente la de “entender” el mundo. La primera vez que lo leí, en la Facultad, hace unos dieciocho o veinte años, me llené de pasmo, frustración, miedito y admiración. No podía unir una palabra con otra, y esa imposibilidad me resultaba más inquebrantable que las Soledades de  Góngora o cualquier otro texto barroco.
Abandonando esa pretensión, abandono que me sirve para leer cualquier poema, pude simplemente leerlo, como quien se saca anteojos que no necesita. Claro que leí mucho más de Sor Juana, porque su figura me fascina. Su poesía entera, sus cartas, sus obras de teatro. También leí mucho acerca de ella e interpretaciones de su obra.  Creo, como los poetas concretos, que es la iniciadora de la poesía latinoamericana (mal que les pese a tantos con o), y para mí ha sido un punto de ida y vuelta. Vuelvo, con los años, vuelvo y vuelvo a ella. A las cartas, la atenagórica y su brillo prepotente, y la respuesta a Sor Filotea, defensa ajustadísima, desesperada, exhaustiva y por todo eso, luminosísima. Y al "Sueño", muralla increíble. Como con muchos otros sueños, olvido sus versos con frecuencia, por eso, cada vez que lo leo, es siempre nuevo.
Hace unos años escribí un texto que se llama "Todas Cuerdas", y se editó en un volumen en colaboración (con E. Solinas, M.Arancet y V. Melchiorre)  llamado Invocaciones, 4 poetas en la voz del mito (Ruinas Circulares, Bs.As. 2012). Al principio y al final de mi parte hay citas de Sor Juana, anillos perfectos para mis dedos. Lo cierto es que siempre estoy incluyendo algo de ella en mis poemas, y del "Sueño", en particular, el principio o el final, por ejemplo, o  teniendo en mente alguna otra frase magistral como aquella que dice  “cuanto más se implican combinadas/tanto más se disuelven desunidas,/de diversidad llenas”, declaración que me parece define al poema, al conocimiento y a todas las cosas de la vida.
Han tachado ese poema de intelectual, y muchas veces me parece un sinónimo de “difícil” en sentido peyorativo -y es que eso vuelve a la pretensión de “entender” un poema, además de que clausura su lectura-. A mí me parece un poema lleno de pasión por la vida, y Juana misma lo define como el único papel que ha escrito “para sí misma”. En ese atisbo de romanticismo en una época barroca –y en una tierra colonizada y colonial, poblada por inquisidores y cuando no había destino intelectual para las mujeres- hay para mí un camino de luz y de libertad, o al menos un sueño de ello.
Este año, volví a leer el "Sueño", esta vez pensando en hacer conscientes y manifiestas mis referencias recurrentes a Sor Juana en un poema que creo, terminé de escribir hace unos días. Se llama “Eco del Parque”. No es una reescritura, aunque por momentos puede parecerlo. Sí hay un diálogo constante, incluso apelaciones directas a la obra de Sor Juana o de otros que la han leído y escrito a partir de ella, como Margaret Atwood o Roberto Echavarren.
Como el "Sueño" tiene casi 1000 versos, seleccióné solo algunos, aquellos con los que termina (la noche, el sueño y el poema). Además de ser una de las partes que retomo en mi nuevo poema,  creo que es una de las más bellas y transparentes.




Primero Sueño

[Fragmento]

Llegó, en efecto, el Sol cerrando el giro
que esculpió de oro sobre azul zafiro:
de mil multiplicados                      
mil veces puntos, flujos mil dorados
--líneas, digo, de luz clara--, salían
de su circunferencia luminosa,
pautando al Cielo la cerúlea plana;
y a la que antes funesta fue tirana        
de su imperio, atropadas embestían:
que sin concierto huyendo presurosa
--en sus mismos horrores tropezando--
su sombra iba pisando,
y llegar al Ocaso pretendía                
con el (sin orden ya) desbaratado
ejército de sombras, acosado
de la luz que el alcance le seguía.

  Consiguió, al fin, la vista del Ocaso
el fugitivo paso,                          
y --en su mismo despeño recobrada
esforzando el aliento en la rüina--,
en la mitad del globo que ha dejado
el Sol desamparada,
segunda vez rebelde determina              
mirarse coronada,
mientras nuestro Hemisferio la dorada
ilustraba del Sol madeja hermosa,
que con luz judiciosa
de orden distributivo, repartiendo        
a las cosas visibles sus colores
iba, y restituyendo
entera a los sentidos exteriores
su operación, quedando a luz más cierta
el mundo iluminado y yo despierta.        

Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana, Sor Juana Inés de la Cruz (San Miguel
de Nepantla, 1651- Ciudad de México, 1695)


Foto: Romina Freschi en FB

Poemas elegidos, 94


María del Rosario Sola
(Mendoza, 1955)

Prosa de Transiberiano y de la pequeña Juana de Francia, de Blaise Cendrars
Mi casa natal estaba  cerca de las viñas, en el territorio olvidado del cacique Guaymallén. El barrio tenía ese aire ligeramente inglés de los chalecitos de los cincuenta en los cuales a veces ardían los leños en  torno a una chimenea rodeada de bibliotecas o de radios. Nada ingleses en cambio, brillaban entre los libros los ojos hipnóticos de Baudelaire  y se retorcía  el humo de la pipa de Norah Lange con el remo en la mano sobre un bote en el Tigre, sacando la cabeza por el hueco de un poncho ceniciento. Pero cerca del 68 todo empezó a ponerse cuyanamente francés, si se me permite. Se leía a Cogtazar. Alejandra había venido de visita y hablaba de París. A papá le gustaba recordar los versos de  Mallarmé -la chair est triste hélas-, contaba anécdotas de Apollinaire y reía a llorar. Mamá, elegante y con los lentes de Jackie, volvía en el trolebús de la Librería Internacional que había abierto Rosel Albero en la galería Persiam con una pila de libros bilingües y con discos con aquellas increíbles voces de Brassens y Jaques Brel. Entonces  las chicas de la casa descubrimos a Cendrars. En vez de Kerouac llegó un francés que había sido suizo y que se había tomado el  tren de carga hasta Moscú a los 16 años con una muchachita de Montmartre. No es el mejor (¿quién corno sabe cuál fue el mejor poeta que leyó?). No fue el primer poeta que conocí, pero elijo para ustedes amigos estas prosas de Blaise Cendrars porque en aquel transiberiano me fui por primera vez de casa y tal vez alguno de ustedes quiera tomarlo.





Prosa de Transiberiano y de la pequeña Juana de Francia

Dedicada a los músicos

[Fragmento]

Cuando se viaja habría que cerrar los ojos
Dormir
Hubiera deseado tanto dormir
Reconozco todos los países con los ojos cerrados por su olor
y reconozco todos los trenes por el ruido que hacen
Los trenes de Europa son de cuatro tiempos mientras que los
de Asia son de cinco o siete tiempos
Otros van en sordina son canciones de cuna
Hay algunos que por el ruido monótono de las ruedas
me recuerdan la pesada prosa de Maeterlinck
He descifrado todos los textos confusos de las ruedas y
reunido los elementos dispersos de una violenta belleza
Que poseo
y que me acosa.
Tsitsikar y Jarbín
No voy más lejos
Es la última estación
Me apeé en Jarbín cuando acababan de prender fuego a las
oficinas de la Cruz Roja  

Oh París
Gran hogar cálido con los tizones entrecruzados de tus calles
y tus viejas casas que se inclinan sobre ellas
 y se recalientan Como abuelas
y aquí hay anuncios, rojo verde multicolores como mi pasado en suma amarillo

Amarillo el arrogante color de las novelas de Francia en el extranjero
                                                           
Me gusta frotarme con los ómnibus en marcha en las grandes ciudades
Los de la línea Saint-Germain
-Montmartre me llevan al asalto de la Butte
Los motores mugen como los toros de oro
Las vacas del crepúsculo pastan en el Sagrado Corazón
Oh París
Estación central andén de las voluntades encrucijada de las inquietudes
Unicamente los droguistas aún tienen un poco de luz sobre su puerta

La Compañía Internacional de Wagons-Lits y de los
Grandes Expresos Europeos me envió su prospecto
Es la iglesia más hermosa del mundo
Tengo amigos que me rodean como pretiles
Cuando parto tienen miedo de que no vuelva más
Todas las mujeres que conocí se alzan en los horizontes
Con los gestos lastimosos y las miradas tristes de los semáforos bajo la lluvia

Bella, Inés, Catalina y la madre de mi hijo en Italia
y aquélla, la madre de mi amor en América
Hay gritos de sirena que me parten el alma
Allá lejos en Manchuria un vientre se estremece todavía como en un  parto

Querría
Querría no haber hecho nunca mis viajes
Esta noche me atormenta un gran amor
Y a pesar mío pienso en la pequeña Juana de Francia.
Fue en una noche de tristeza cuando escribí este poema en honor
                                                                     
Juana
La pequeña prostituta
Estoy triste estoy triste
Iré al «Conejo ágil» a recordar mi juventud perdida
y tomar unas copitas
Luego volveré solo
París
Ciudad de la Torre única del gran Patíbulo y de la Rueda

París, 1913

Frédéric-Louis Sauser, Blaise Cendrars (La Chaux-de-Fonds, Suiza, 1887-París, 1961)
-Sin datos del traductor-


Foto: María del Rosario Sola en Poetas Argentinos