sábado, agosto 19, 2017

Donald Justice / El turista de Siracusa



         











 Uno de esos hombres que pueden ser un vendedor de autos
 o un turista de Siracusa o un asesino a sueldo.
                                                        John D. MacDonald


No me reconocerías.
Mío es el rostro que florece en
los húmedos espejos de los lavabos
cuando enciendes a tientas la luz.

Mis ojos tienen la expresión
de los fríos ojos de las estatuas
que observan a sus palomas regresar
de allí donde has esparcido la comida,

y permanezco de pie en mi esquina
con la misma paciencia marmórea.
Si me muevo, es
en el mismo, exacto paso

como la sombra de la marquesina
bajo la cual espero
y con cuya oscuridad al parecer
ya me he confundido.

Raramente hablo, y siempre
en un murmullo tan callado
como el de las muchedumbres que rodean
a las víctimas de los accidentes.

¿Confesaré quién soy?
Mi nombre es todos los nombres y ninguno.
Soy el vendedor de autos usados,
el turista de Siracusa,

el asesino a sueldo, esperando.
Me quedaré aquí por siempre
como uno que ha perdido el autobús:
familiar, anónimo.

En mi esquina de costumbre,
la esquina en la que doblas
para acercarte al lugar al que ahora
no tienes esperanza de llegar.

Donald Justice (Miami, Estados Unidos, 1925-Iowa City, Estados Unidos, 2004), New and Selected Poems, Alfred A. Knopf, Nueva York, 1995
Versión de Jonio González

Ref.:
YouTube
Poetry Foundation


THE TOURIST FROM SYRACUSE

One of those men who can be a car salesman or a tourist
from Syracuse or a hired assassin. 
                            John D. MacDonald


You would not recognize me.   
Mine is the face which blooms in   
The dank mirrors of washrooms   
As you grope for the light switch. 

My eyes have the expression   
Of the cold eyes of statues 
Watching their pigeons return   
From the feed you have scattered, 

And I stand on my corner   
With the same marble patience.   
If I move at all, it is 
At the same pace precisely 

As the shade of the awning 
Under which I stand waiting 
And with whose blackness it seems   
I am already blended. 

I speak seldom, and always 
In a murmur as quiet 
As that of crowds which surround   
The victims of accidents. 

Shall I confess who I am? 
My name is all names and none.   
I am the used-car salesman,   
The tourist from Syracuse, 

The hired assassin, waiting. 
I will stand here forever 
Like one who has missed his bus— 
Familiar, anonymous— 

On my usual corner, 
The corner at which you turn 
To approach that place where now   
You must not hope to arrive.

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