viernes, agosto 09, 2024

Wallace Stevens / El hombre de la guitarra azul, XXXII




Desecha las luces, las definiciones,
Y di de lo que ves en la oscuridad

Que es esto o que es aquello,
Pero no uses los nombres podridos.

¿Cómo podrías caminar por aquel espacio sin saber
Nada de la locura del espacio,

Nada de sus jocosas procreaciones?
Desecha las luces. Nada debería interponerse

Entre tú y las formas que tomas
Cuando la costra de la forma ha sido destruida.

¿Tú, tal como eres? Tú eres tú mismo.
La guitarra azul te sorprende.

["The Man with the Blue Guitar", XXXII, The Man with the Blue Guitar, 1937]

Wallace Stevens (Reading, Estados Unidos, 1879 - Hartford, Estados Unidos, 1955), Zoon Phonata, 8 de agosto de 2024
Versión de Isaías Garde



Throw away the lights, the definitions,
And say of what you see in the dark

That it is this or that it is that,
But do not use the rotted names.

How should you walk in that space and know
Nothing of the madness of space,

Nothing of its jocular procreations?
Throw the lights away. Nothing must stand

Between you and the shapes you take
When the crust of shape has been destroyed.

You as you are? You are yourself.
The blue guitar surprises you.

Stevens, Collected Poetry and Prose, The Library of America, NY, 1997
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Foto: Wallace Stevens, 1951 San Falk/The New York Times

jueves, agosto 08, 2024

Diego Colomba / De "Carne sola"


Tiempo pretérito perfecto

Hay un nogal frondoso en el confín de mi tierra natal.
Vivimos exiliados en la agitación de la intemperie. 
Alcanzados por el fuego los robles predicen la desgracia.
Los cachorros destetados recorren tu pedazo de tierra.
Afortunado viejo: dejás estar las frutas del árbol
de la quinta, los desconocidos pastos, los olorosos
hinojos, los conejos, las jaulas. Tomando el frescor 
de la sombra de ese sauce amargo. Masticás
con pocos dientes castañas blandas y queso 
en abundancia. Mientras tu tejado en lontananza 
humea como un hálito que husmea en las alturas.


A veces me inquieta la deriva infinita del mundo

Puedo volverme un cristo tragicómico que suda bajo el sol.
Vagando entre yuyales, malezas, sembrados entre lo más 
y lo menos consciente de la tierra. Punteo un cardo en esta 
parcela de fuerza. Extraigo de la mala hierba una chispa 
de vida. No se trata de andar separando las cosas del mundo. 
¡Sino de hincarles su pureza! A la hora de la siesta mi cuerpo 
se abandona. Orgánico y fatal. Al porvenir.

Diego Colomba (San Nicolás, Argentina, 1972)

Carne sola
,
Barnacle,
Buenos Aires, 2024









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Foto: Diego Colomba / Facebook

miércoles, agosto 07, 2024

Amelia Rosselli / De "La libélula"



[Fragmento]

La santidad de los santos padres era algo tan
mudable que yo decidí apartar cualquier duda
de mi cabeza por desgracia demasiado clara y dar
el salto hacia un adiós aún más arriesgado. Y fue
entonces
cuando la santa sede se tomó la molestia de saltar
los fosos, no sé cómo, pero me dejó alucinada.
Y fue entonces cuando los miserables despojos de
nuestros muertos
rimaron en el todo en un retumbar iracundo,
oh yo canto por las calles pero sólo el santo padre
sabe adónde conducirá todo esto. Y tú las santas
molestias llevarás de rosillas hasta ese confesor tuyo
y él te dará a ti esa bendita bendición
que yo desearía que fuese de pan y de aceite. Así que
como decíamos yo estaba tendida sobre la hierba
pútrida
y las canciones de amor sobrevolaban mi cabeza
aquejada de amor, y mascullaba tempestades y
plegarias, y todas las luces del santo padre estaban
encendidas. Sí, la santa sede mascullaba canciones
pueriles también ella y todos los automóviles de los
artistas más ricos eran acogidos dentro de sus muros;
oh desdén, ni siquiera el cauto examen de conciencia
logra
que podamos disimular nuestros más fangosos
defectos
como por ejemplo el desvarío de los manoseados
versos o el lagrimeo sobre los muros inclinados de
nuestras
ambiciones: colores aromáticos, de cera, remarcados
en el aromático establo de los gourmets. Pero ningún
odio preparo en mi cocina excepto
la cansada bestia oculta. Y si el mar que
fue aquella lejana bestia oculta me preguntara
qué ha sido de mi deseo desmesurado, le respondería
pero déjame tranquila, estoy más que harta de
tus demoras. Pero él sabe mejor que yo cuáles
son las virtudes del ser humano. Yo le digo que más
feliz es la tarántula en su propio jardín,
él me contesta pero tú no sabes capturar. Las riendas
se me escapan si no respeto el poder de la
racionalidad lo sé tú lo sabes lo saben algunos pero
de la misma manera la querida tienda de los
descontentos a veces
perfora también mis sueños. Y tú lo sabes. Y yo
lo sé pero todavía llevo a la vanguardia a cuestas
sobre mis hombros y ríe y escupe como una vieja
bruja, y ni siquiera sé dónde tengo que
coger el tranvía que acrecienta tus sueños,
y mis estrellas. Pero tú ves que yo también he perdido
la irisada gracia de quien sabe pasar por encima
de esas menudencias. Debo comer. Tú debes correr.
Yo debo levantarme. Tú debes correr con el rabo
colgando.
Yo me levanto, tú extiendes los brazos en un largo
penoso adiós, con la sonrisa rígida y forzada en
tu boca más bien poco atractiva. ¿Y qué es esa
luz de la verdad cuando ironizas? Nada más
que esa pobre prensa obtuviste de mi corazón herido.
Ya nunca sabré mirarte a la cara; lo que
deseaba decir se ha marchado por la ventana,
lo que tú eras era otro batallón contra el que
ya soy incapaz de enfrentarme; ¿entonces qué nueva
libertad
buscas entre las cansadas palabras? No la blanda
ternura
de quien está en casa bien protegido entre sus altas
paredes y piensa en sí mismo. No el cansado
descuido
del gigante que sabe que no puede rimar nada más
que dentro
del círculo cerrado de sus apesadumbrados conocidos;
la luz es un premio de Dios, y él prefirió venderla
antes que verla sucia entre las manos descuidadas.

[1985]

Amelia Rosselli (París, 1930 - Roma, 1996), La líbélula, Sexto Piso, Madrid, 2015
Traducción de Esperanza Ortega Martínez 

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martes, agosto 06, 2024

Jorge Brega / de "Luz mala"



Poética 

Como Hopper
escrutar desde la noche un cafetín iluminado.
Un claro lunar desde el monte tupido.
No un destino ajeno
de parroquiano acodado al estaño.
Sino una hondura propia.
Un misterio íntimo que la conciencia ronda.


Custom Deluxe

Una banda blanca.

Una circunferencia
límpida
sobre la cara
exterior
de los neumáticos.

Las tazas cromadas.

Chevrolet.
Sedán.
Modelo 38.
Estribos a los lados.

Negro.

En shorts
mi primo muerto lo lustra
con una gamuza
             amarilla.

Jorge Brega (Buenos Aires, 1949), Luz mala, Ediciones Cinco, 2004

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lunes, agosto 05, 2024

Geoffrey Hill / Domaine public



(i. m. Robert Desnos, muerto en el campo de concentración de Terezin, 1945)

Como lectura, puedo recomendar
los Padres. El modo en que
cultivan la carne corrompida:
sabrosa contemplación: limpios
gusanos que remueven la sangre
hasta convertirla en leche. Como ejercicio, supresión
prolongada de tanto discurso
inapropiado sobre tumbas apropiadas.
Si la tierra se abre, ¿deberían abrirse también
las bocas de los hombres? “¡No soy nada
si no me salvan ahora mismo!”, o
“¡Por Dios, qué pantomima!” Los días
de la semana son siete fosos. Mira,
Seigneur, resucitamos
de nuevo y vienen los jueces.

Geoffrey Hill (Bromsgrove, Reino Unido, 1932-Cambridge, Reino Unido, 2016), Broken Hierarchies: Collected Poems 1952-2012, edición de Kenneth Haynes, Oxford University Press, Oxford, 2013
Versión de Jonio González 



DOMAINE PUBLIC (i. m. Robert Desnos, died Terezin Camp, 1945)

For reading I can recommend
the Fathers. How they
cultivate the corrupting flesh:
toothsome contemplation: cleanly
maggots churning spleen
to milk. For exercise, prolonged
suppresion of much improper
speech from proper tombs.
If the ground opens, should men's mouth
open also? "I am nothing
if not saved now!" or
"Christ, what a pantomime!" The days
of the week are seven pits. Look,
Seigneur, again we
resurrect and the judges come.
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sábado, agosto 03, 2024

Edmond Jabès / Delante de Notre Dame



Delante de Notre-Dame, un ciego vende tarjetas postales a los turistas que vienen a visitar la catedral: vistas coloreadas de París. 
Creo que todo exiliado es hermano de este vendedor. 
El lugar que no vemos más, deja de ser nuestro. El exiliado es un ciego sin territorio. 
Vuelto hacia sí mismo, relegado al fondo de su alma, su piel es su frontera; se tuesta al sol y, en invierno, se deja penetrar por el frío. 
Sigue dos caminos paralelos: el de su memoria y el de sus pasos. Ocurre que sus pasos lo traicionan; nunca su memoria. 

Edmond Jabès (El Cairo, 1912 - París, 1991), El libro de las semejanzas, Alfaguara, Madrid, 2001
Traducción de Saúl Yurkievich
Envío de Jonio González

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viernes, agosto 02, 2024

Rafael Ielpi / Un indiano en la corte




a juan josé saer

El avión
ave serena
te alejaba de aquí

Oh dulces días
interminables
en la calma provinciana
tardes en el río
noches en procura
de una efímera aventura
mujeres en el cabaret
esas tiernas mulatas

Tus manoseadas imágenes
los escasos nombres
para recordar
la torpe y tímida mirada
pregustando un asombro
un gesto
una defensa
ante lo desconocido
tus viejos poemas tristes
tus libros
el pequeño nombre
sudamericano
para exhibir como un escudo
como una mueca
como un acalorado
empuje

Tus lecturas
el arsenal de tus días
la torpeza de tus pies
la melancolía de tus viajes

Después
otros viajes
en otras provincias distintas
el tren con su rápido morir
el paisaje
como un desconocido paisaje
las clases
una norma de subsistencia
la memoria
una forma de subsistencia

Los nuevos amigos
con su acento particular
los viejos amigos
sepultados
en las tierras
americanas
con sus sobresaltos ambiguos
su ambigua felicidad
las ganas
de no quedar al margen
las dudas

Las cartas nunca
enviadas
las nunca recibidas
una corriente
que no viene
que no va
un intercambio
de silencios
Los escondidos temores
del regreso
la incomodidad
del destierro

Y las palabras
las empecinadas palabras
que sin embargo
te resguardan
tan fieles
entre Bizancio y París
de la muerte

Rafael Ielpi (Esquel, Argentina, 1939 - Rosario, Argentina, 2024), "Diez poetas del litoral", selección de Noemí Ulla, Crisis, n° 12, Buenos Aires, abril de 1974. Archivo Histórico de Revistas Argentinas

Más poemas de Rafael Ielpi en Otra Iglesia Es Imposible, Barullo, Sonidos de Rosario
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jueves, agosto 01, 2024

Virginia Caramés / Variaciones Storni



(Relectura de los poemas "Voz", "Contravoz" 
y "Versos a la tristeza de Buenos Aires") 

II

Dónde, cuando la carne
de los hombres sin arraigo,
correré puños en alto

Debo
con los dedos
Debo
separar los párpados
hasta que las raíces lleguen
    del cielo a la casa

Con los dedos
Con sus uñas que crecen
que crecen

Cuando el universo se desmembra
   -o no se desmembra-
mis ojos estarán rojos
Mis ojos que ceden

No te duermas,
   cuéntame los cabellos.


III

Por el llano buscaré tu agua

La que hace canales
la que se desparrama

Tu agua con limos
Tu agua de cosas estúpidas

La de la punta de tu pluma 
para armar tu cuerpo
                  tu lengua
                  tu vida

Agua para apagar tu hoguera

Voy a juntar agua
para que la casa humana,
esa,
pueda rozar la fracción de cielo


IV

Que si triste
Que recta la calle
repta
por la gris
calle
igual a calle
igual
a calle
Así mi alma
lenta
de su gris ahora
se decora

Que si untada de río
en sombras
en la calle
igual y gris
igual y bruma
de la calle en sombras
untada de río en sombras

Ya no respondo
ya gris
y en sombras
yazgo yo enterrada

[inéditos]

Virginia Caramés (La Plata, Argentina, 1963)

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miércoles, julio 31, 2024

Joaquín Giannuzzi / De "Principios de incertidumbre", 4



La gravedad y la gracia

He aquí el mundo de la caída absoluta,
la hoja desprendida
que flota y oscila hasta posarse:
el suelo después de la gracia,
la bala que silbando en declinante
parábola, da en el blanco
y se desploma con el cuerpo.

Mis piernas pesaron mucho más este año;
los astronautas volvieron al planeta enloquecido
y desde muy abajo susurraron los muertos.
Tambaleando, me aferré entre los vivos, busqué
una especie de salvación a mi medida:
aquí un rostro amado, allí una mano tendida;
arranqué cabellos, ramas, dientes y alas
a partir de un cielo vacío donde una fe desconocida
ya se había disuelto.
En el descenso general me vi arrastrado;
pedí gracia
y pensé en Pedro, al revés colgado,
viendo caer este mundo hacia las estrellas.

Joaquín Giannnuzzi (Buenos Aies, 1924 - Salta, Argentina, 2024), "Principios de incertidumbre", 1980, Obra completa, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2015

Más poemas de Joaquín Giannuzzi en Otra Iglesia Es Imposible

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Foto: © Marcela Giannuzzi

martes, julio 30, 2024

Anna Rita Merico / De "Si quito el nudo"



yo no le contesto nunca
ella no lo sabe porque no contesto nunca
debería decirle que si lo dejo ir
si LO dejo ir 
se me arrancan todas las entrañas
¿sabes? ¿sabes cómo? 
sí como una abeja que te deja un aguijón en la piel y aguijón 
es rostro es garfio
                              y ella pierde y ella muere
                                       eso es
                  ¿cómo decir que aquella membranita amarillenta suave 
                                 sale de la abeja y que
                                        luego
                                    la abeja muere?
                             pero él ya se ha ido   él lo ha dejado
                                  él sabe dejar    entonces
                          yo estoy quieta yo estoy quieta y así    no dejo
                                no dejo ir   basta con estar quieta
                        basta con estar quieta      aquí                dentro de la grieta   
                                             acurrucada 


*

Todo ocurre en el pasaje del cosmos a las trompas
pasaje simple
regular 
lineal
pero cuando este pasaje no ha sido
simple regular lineal y se ocluye el sendero y algo queda 
                                                 en la oscuridad metálica del cosmos
y toda la vida no basta para reenganchar aquella pieza en el cosmos frío
y luego hacerla resbalar por la trompa y conectar con la célula 
y luego y luego y luego y luego y luego y luego
y luego sucede que nazco pero tengo una pieza afuera
allí en el cosmos frío
y busco el calor
y quiero volver atrás siempre
sin aquella pieza no puedo
no lo logro
pero es demasiado lejos e imposible el viaje      y hace mucho frío
no logro pensar sino por electrocuciones que me danzan en los huesos
todos me dicen que debería alinear más cada palabra 
y desvestirla de signos yo no puedo
detrás de cada palabra hay un pensamiento que no estrecho 
pero que se me muestra atormentándome
a veces unos rayos me traspasan las pupilas y las manos
sin embargo no hablo con dios
hoy me siento enceguecida pero no sé si es este ocaso o si es dios
                                       que me busca mientras me escabullo lejos

Anna Rita Merico (Nola, Italia)
Traducción de Antono Nazzaro

Si quito el nudo
,
Buenos Aires, 2024








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lunes, julio 29, 2024

Alberto Girri / De "Juegos alegóricos", 3




26/1/91

   De acuerdo, Musil,
            el mundo es Cacania, tu hombre
sin atributos su ciudadano ejemplo,
de suciedad irracional alimentándose,

   pero qué dirías
si quisiera descansar de su papel,
apartarse en diáfanos lugares de montaña,
y lo que enfrenta, escépticamente considerado,
es desalentador, ningún alivio de sí,
suma de fealdades por hirsutas,
verrugosas laderas,
             y no obstante, de súbito,
un como sosiego original, sus percepciones
abriéndose tras las fatigas de escalar,
             irresistible entonces algo
que en torno del viajero flota, inasible,
desde la mudez de las rocas manando
lo que el paisaje atesora,

              lo vedado a tus páginas, Musil,
lo elemental como salud de eternidad,
el flujo de la vida desnuda, ajena
a toda identidad, atributos,
               indemne a que tú descompongas,
y examines en prescindencia, detrás de tu vidrio.

Alberto Girri (Buenos Aires, 1919-1991), "Juegos alegóricos", 1991, Obra poética VI, Corregidor, Buenos Aires, 1992

Girri según David Viñas en Calibán, 3 de noviembre de 2020
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Foto: Arriba: Alberto Girri por Sara Facio. Abajo: documentos personales y foto de Alberto Girri en la Biblioteca Nacional argentina. Guillermo Rodríguez Adami/ Clarín


domingo, julio 28, 2024

Juan Gonzalo Rose / Dos poemas



Me gustas

Me gustas porque tienes el color de los patios
de las casas tranquilas...

y más precisamente:
me gustas porque tienes el color de los patios
de las casas tranquilas
cuando llega el verano...

y más precisamente:
me gustas porque tienes
el color de los patios
de las casas tranquilas
en las tardes de enero
cuando llega el verano...

y más precisamente:
me gustas porque te amo.


Escribano en la balanza

Y después de servirte
e informarte,
de transitar a mula tus ministerios grises,
los plácemes del sol, las gargantúas de las soledades;
después del recorrido
y de los testimonios
escritos en papeles y tijuanas
se cumplirá tu ley, Rey
Severísimo: muerto seré:
ni siquiera pichón de cacatúa,
coraza de ostras, cachivache ardiendo:
sensatamente un muerto.
Un hombre muerto.
¿Y la frase pensada subido
en un camello? ¿Y el poema
que dije conversando con Walter,
y mis leyes de Niza, y mi ópera
al sacarme la corbata?
¿Quién habrá de escucharlos, Rey
Artero,
cuando las horas huecas
alarguen a mis pencas sus hocicos?
Nadie.
Nadie.
Pero entre los aperos de tus largos veranos,
¡oh Rey del exterminio!, seguirás,
encontrando mis mensajes:
este es mi oficio.
Y esta fugacidad:
todo mi reino.

Juan Gonzalo Rose (Tacna, Perú, 1928-Lima, 1983), Obra poética, Instituto Nacional de Cultura, Lima, 1974

Mas poemas de Juan Gonzalo Rose en Otra Iglesia Es Imposible, Quipu Virtual, Isliada, La Mula
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Foto: Infobae

sábado, julio 27, 2024

Mark Weiss / De "Apuntes de campo"




Elegías 8

siempre hay casos apartatados en una bandada de palomas, hoy
una de ellas, sostenida en el viento, planea inmóvil, mientras
     la bandada
gira a su alrededor.

importante notar que el cielo
estaba gris y luminso.

colgado como un adorno

como un emblema


Elegías 9

justo antes de la primavera
y fantasmas de árboles en la autopista.

manejando a través de las sombras de ramas desnudas.

por las sombras de ramas desnudas.

todas estas cosas que no nunca deberían haber pasado.

"Charlotte es la madre porque,
les dice a los demás, usa los zapatos plateados".


Elegías 34

tenemos estrellas
y una nube plateada.

algunas estrellas se mueven.

escribí una novela llamada La venganza de Fido.

lagos de ácido en las minas de molibdeno.

ya no vienen a las aguas ocultas.

Mark Weiss (Nueva York, Estados Unidos, 1943-2023), "III Elegías 1-46"
Versiones de Judith Filc

Apuntes de campo
,
Buenos Aires, 2023









Más poemas de Mar Weiss en Otra Iglesia Es Imposible
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Foto: Zeta, Tijuana, México

viernes, julio 26, 2024

Pablo Caramelo / De "Impresión, Oscuridad"



También el vacío es un paisaje

Del fundamento del lar
hablábamos con miedo.

Enfrente están los que vinieron 
a echar un vistazo y cabecean,
o paladean reminiscencias,
pedazos de bromas piamontesas, 
poemas preparatorios:
sin saber adónde ir, se quedó en casa.

Amoladora y masa, metro y
niveles, sogas, cinceles y cucharas,
la vieja carretilla verde transporta
la mezcla futura. Descansan las jaulas
con pajaritos cuyo canto es similar
afuera y adentro, ahora o antes.  
Los lindes anfitriones fingen 
fechas de exterminios ilustres. 
El catastro borronea parcelas en el tiempo. 

Lo que se ve es tan hermoso
como lo que no se ve.
So beautiful el mapa que deambula.
So beautiful. So beautiful el calor 
de los nombres afuera de la mente. 

Enfrente se despereza el plan
de los objetos tumbados. 
Nadie desea nada, pero el miedo
es una voluntad que se hereda.

Un brazo llega a estirar lo que no está.
Discreción

La mesa de conversar mudábamos
detrás del rastro furtivo de la luz.

¿Temíamos despertar al demonio 
de la solemnidad, dormido junto 
a otros pasmos como la Hidra
o el Abuelo Descamisado? 

Como si hubiésemos cortado la cabeza 
del ansia que no nos dejaba suspirar.
Con la exhalación triunfante, resistimos.
Ni siquiera la noche nos deja adornar 
los bordes de las palabras. Tan discreto.
Susurrar casi besándonos arrastra 
la misma nimiedad, el mismo ayuno.


Los muebles cambian de lugar

Un presidente sueña. 
Aquellos a quienes nadie habla, 
escuchan a un predicador. 
Hace rato dejamos de reír, 
aunque en los rostros congelados
se conserva una mueca iluminista. 
Así nos despedimos. Palabras tuyas, 
mías, vanas, no bastaron. 
Enfermás, animal altruista, 
un pensamiento de higiene te masturba 
y te hace suspirar. También te dormís.
El predicador subasta imágenes 
contra lo indigno. Son baratas, eficaces.
Los sordos del mundo transfieren dinero 
a cambio de la palabra que nadie les dirige. 
Un presidente despierta solo. Mira en el espejo 
la palabra vos escrita con rouge. 
Vas a ganar la guerra, piensa.  

Alguien prende una vela blanca contra sí mismo.


Nómades

Medicinas, víveres, colchones, 
mantas tejidas por la vacilación,
estertor de la estación retrasada: 
nace muriendo la cala, embebe
los ojos del chico que la percibe 
no del todo blanca, plomiza, 
pues brotó para opacar la mirada 
del que aún aprende a vivir entre pares, 
a mortificarse solo y preguntar al viento.

Golpean los hielos en el vaso de whisky, 
algo se desprende: viene de lejos 
la mole fría que nos arrasa. 

(¿Hay tiempo para el cuento del ciego 
que ve el color blanco al acariciar un cisne?)

Pablo Caramelo (Junín, Argentina, 1964)

Impresión, Oscuridad
,
Buenos Aires, 2024









Más poemas de Pablo Caramelo en Otra Iglesia Es Imposible, Voces del Extremo
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jueves, julio 25, 2024

Tennessee Williams / Insinuaciones



No creo que deba mostrarme en público 
más abajo de los hombros. 
Hasta el nacimiento del cuello estoy vendado. 
Ninguna herida seria he recibido todavía, 
aunque espero recibirlas. 
Un resplandor oblicuo me recuerda las lanzas de hierro. 
Mi barriga se estremece, el bajo vientre se contrae. 
Una venda aplicada de antemano no sirve para nada. 
Durante la noche, mientras la paralizada víctima duerme, 
misteriosamente la herida se produce sin que la venda 
     haya sido traspasada. 
Y entonces deben admitir: ¡oh sí!, tenía razón, 
al parecer, sus ansiedades no carecían de fundamento. 

Moviendo los ojos por encima de la pálida sábana, trata 
de hablar: 
sus ojos, apesadumbrados, son dos rimas gastadas, 
dos estribillos lamentables sobre un tema épico... 

Tiendo la mano para tomar el anotador blanco: 
¡Volverán! 
¡Volverán y no estaré preparado! 

¡Oh sí!, yo sé que junto al velador encendido quedarán 
     calcinadas 
las píldoras curalotodo, semejantes a pedazos de un 
     conejo de porcelana
en la botella que lleva un rótulo puesto por el médico: 
imperecedero
Pero también observé el guiño cómplice y la mueca burlona 
mientras escuchaba, a través del estetoscopio, el estruendo 
de la muerte 
en mis venas... 

Sola, después de medianoche, en una casa barroca, 
una poetisa de edad madura, soltera, 
y pasada de moda hace veinte años, 
enloquecía entre los restos del cacareo romántico. 

Llevando su conocida caparazón a cuestas, la botella 
     y el anotador, 
bajó las escaleras y se sentó a esperar ansiosamente 
como una solterona, el llamado de un visitante que no llega. 

Su soledad habría sido menor 
si ella no hubiese colocado la botella de vino un escalón 
     más abajo 
antes de morir... 

Debajo de la alta y eterna oscuridad sonora 
la ramera Du Barry, 
la hombruna mujer de Arc, 
el cura en llamas, el ardido Savonarola, 
toda la cohorte herética vociferante exclamó 
o murmuró detrás de la máscara de hierro del silencio: 

¡Espera! ¡Espera! 

El azul es un pedazo de papel muy delicado.

Tennessee Williams (Columbus, Estados Unidos, 1911-Nueva York, 1983), En el invierno de las ciudades, Ediciones De la Flor, Buenos Aires, 1968 
Traducción de Juan José Hernández y Eduardo Paz Leston

Más poemas de Tennessee Williams en Otra Iglesia Es Imposible

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Foto: Tennessee Williams, 1966 Jack Mitchell / Vanity Fair / Getty Images

miércoles, julio 24, 2024

Henri Michaux / De "Paz en las fisuras", 2



(...)

es innoble haber vivido

aplastado por toda esta multitud
     ¡cuántas multitudes!
la multitud que expulsa al ángel

en el alma paralizada, ¡todo lo que pasa!
     monstrualmente…
el ser agotado, pero genitor, tanto más genitor
genitor sin saberlo

la torsión de las líneas: signo de los vicios

ahora sé
 yo sé
la línea que pervierte
que arrastra
y el barroco…

yo sé

sin embargo el espacio y el espacio mío que me pica
continuamente rebullimos y bullimos 

(...)

Henri Michaux (Namur, Bélgica, 1899-París, 1984), Paz en las fisurasCuadernos de Traducción, Buenos Aires, 2021
Versión de Laura Crespi


c’est ignoble d’avoir vécu

foulé par toute cette foule
    que de foules!
la foule qui refoule l’ange

dans l’âme tétanisée, tout ce qui passe!
     monstruellement…
l’être épuisé, mais géniteur, d’autant plus géniteur
géniteur sans le savoir

la torsión des lignes: signe des vices

je sais maintenant
     je sais
la ligne qui pervertit
qui entraîne
et le baroque…

je sais

cependant l’espace et l’espace mien qui me démange
continuellement bougeons et bouillonno
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Foto: Henri Michaux, 1983. Roger Viollet/Getty Images/Babelio

martes, julio 23, 2024

Cecilia Arellano / De "A través"




Ping Pong

De la matemática, la lógica
de la música, la abstracción
de la poesía, la precisión
de la historia, el relato
de la psicología, los vericuetos
de los viajes, las perspectivas
de las redes sociales, lo descononexo
de la música barroca, el flotar
del cantar, el cuerpo
de los tambores, el trance
del amor, el sentido


CV distraído

Nací en Rosario,
de allí me llevo el pasaporte italiano con
      su pompa y locura.
Su anarquía y aristocracia intercaladas,
su distinción aspiracional
y sentimiento popular disipando gestos, decisiones.
La escritura y la oralidad
lo clásico y lo popular
lo académio y lo callejero.
Binarios, binomios entrelazados.
Quedó Mafalda dibujada en el pasado
y una ilustración difusa y desorientada.

Cecilia Arellano (Rosario, Argentina)

A través
,
Buenos Aires, 2024









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Foto: Cecilia Arellano /Facebook

lunes, julio 22, 2024

Hart Crane / De "El puente"




V. Tres canciones

        "Una es Sestos, la otra la altísima Abidos."
                                                        Marlowe

La Cruz del Sur

Yo te deseaba, Mujer del Sur, sin nombre,
no eres espectro, sino absoluta -aún más sola
que la Cruz del Sur cuando toma la noche
y le quita las fajas, una a una-
alta, serena,
            lejos del lento fuego humeante
de los cielos bajos-
                   ¡vaporosas cicatrices!
¡Eva! ¡Magdalena!
¿o eres María?

Llamémosla como queramos -su nombre cae, vano, sobre la ola.
¡Ay, Venus simiesca, Eva desamparada,
si casar, vacilante, sin jardín, que te lamentas
por siempre con guitarras arrebatadas por el viento sobre cubiertas
     soltiarias,
¡por fin todas responderán en una misma tumba!

¡Y esa larga estela de fósforo,
iridiscente
surco de nuestro viaje, rezagado escarnio!
Ante su beso se desintegra la mirada. Su lento conjuro
provoca un alarido. Obsesionada por esa visión pasada
la mente se deshace en saliva, y murmura el infierno.

Yo te deseaba... Las ascuas de la Cruz
trepaban al sesgo y se apiñaban, aromáticas.
Es sangre recordar; es fuego
volver a balbucear... Es
Dios-tu falta de nombre. Y la estela-
la noche entera el agua se encrespaba con negra
insolencia. Tú escurrías, sosegada, consumada.
El agua batía esa atormentante espiral, tu

acariciado pelo-dócil, ¡ay! de tantos brazos.
Sí, Eva, ¡espectro de mi simiente no amada!

La Cruz, un fantasma, curvada-caía bajo la aurora.
La luz sofocaba los líticos trillones de tu desove.


Jardín Nacional de Invierno

Contundentes traseros con rosados abalorios
invitan el necesario forcejeo nebuloso
de aviesos ojos... Aquí no hay trapos que amortigüen:
el mundo es algo fácil, flagrante y sudoroso.

Y mientras las piernas provocan ensaladas en la mente
uno prolijamente elige a su rubia entre el humo.
Sin embargo, siempre se espera a otra persona, siempre -
(luego uno se dirige a la primera salida entre el humo).

Siempre y por fin, antes del último son,
cuando estallan los fuegos de artificio, comienza
en algún lado una escaramuza retumbante de violines,
un eco barato de todo eso comienza.

Y ¿diremos que es más blanca que la nieve?
Rociada primero de rubí, luego de brillo esmeralda,
menos llorosa y menos feliz (¿quién conoce su sonrisa?)
el desliz de una mirada muestra su arenisca gris.

Sus ojos existen en el menear de sus tetas,
las perlas sacuden sus caderas como aluvión de remolineantes
     sartas.
Sus inanes anillos serpenteantes entre ellos se montan,
falsas turquesas en manos de oropel.

Esperamos que caigan las perlas en un contorsionante charco
-todo, salvo su panza, en el piso se ha desmoronado-
y con el lascivo azote del último compás enmudecido
huimos de sus espasmos por un portal descarnado...

Pero al vacío trapecio de tu carne,
¡ay Magdalena! para morir solos volvemos al redil.
LUego tú, parodia de nuestra lascivia-y de nuestra fe-
nos arrastras de vuelta a la vida, hueso tran infantil hueso.


Virginia

Ay, lluvia a las tres,
cheque a las diez-
sonríe y rechaza a tu jefe,
¿qué harás, María?
Pasan las tres, pasan las diez,
y te aguardo todavía-

¡Ay María de los azules ojos y el clarete chal,
María de los sábados, mía!

¡Agudo carrillón
de campanas de rosetón!
Palomas por un millón
y en la calle del Príncipe es primavera
y el verdor de los higos reverbera
junto a las ostras.

¡Ay, María, asomada a la alta torre güera,
suéltate la rubia cabellera!

En lo alto del mediodía de primavera
sobre las cornisas de narcisos
brotan, descarriadas, las violetas.
En Bleecker juegan a los dados las pandilas-
peonías con crines de caballo-
y hay nomeolvides en los cristales:

¡Desde la alta torre resplandece,
María de las Catedrales,
resplandece!

[1930]

Hart Crane (Garretsville, Ohio, Estados Unidos, 1899 - Golfo de México, 1932), "El puente", Hart Crane y El puente, Colihúe, Buenos Aires, 2008
Introducción y versión de Rolando Costa Picazo

Más poemas de Hart Crane en

Se puede consultar la obra poética de Hart Crane en inglés en Voetica y en Internet Archive


V. THREE SONGS 

The one Sestos, the other Abydos hight
Marlowe


SOUTHERN CROSS 

I WANTED you, nameless Woman of the South, 
No wraith, hut utterly — as still more alone 
The Southern Cross takes night 
And lifts her girdles from her, one by one — 
High cool, 
       wide from the slowly smoldering fire 
Of lower heavens, — 
       vaporous scars! 

Eve! Magdalene! 
or Mary, you? 

Whatever call—falls vainly on the wave. 
0 simian Venus, homeless Eve, 
Unwedded, stumbling gardenless to grieve 
Windswept guitars on lonely decks forever; 

Finally to answer all within one grave! 

And this long wake of phosphor, 
iridescent 
Furrow of all our travel—trailed derision! 
Eyes crumble at its kiss. Its long-drawn spell 
Incites a yell. Slid on that backward vision 
The mind is churned to spittle, whispering helL 

I wanted you . . . The embers of the Cross 
Climbed by aslant and huddling aromatically. 

It is blood to remember; it is fire 
To stammer back ... It is 
God—your namelessness. And the wash — 
All night the water combed you with black 
Insolence. You crept out simmering, accomplished. 
Water rattled that stinging coil, your 

Rehearsed hai—docile, alas, from many arms. 
Yes, Eve—wraith of my unloved seed! 

The Cross, a phantom, buckled — dropped below the dawn. 
Li^t drowned the lithic trillions of your spawn. 


NATIONAL WINTER GARDEN 

Outspoken buttocks in pink beads 
Invite the necessary cloudy clinch 
Of bandy eyes. ... No extra mufflings here: 
The world’s one flagrant, sweating cinch. 

And while legs waken salads in the brain 
You pick your blonde out neatly through the smoke. 
Always you wait for someone else though, always — 
(Then rush the nearest exit through the smoke). 

Always and last, before the final ring 
When aU the fireworks blare, begins 
A tom-tom scrimmage with a somewhere violin. 
Some cheapest echo of them all—begins. 

And shall we call her whiter than the snow? 
Sprayed first with ruby, then with emerald sheen — 
Least tearful and least glad (who knows her smile?) 
A cau^t slide shows her sandstone grey between. 

Her eyes exist in swivellings of her teats, 
Pearls whip her hips, a drench of whirling strands. 
Her silly snake rings begin to mount, surmoimt 
Eadi other — turquoise fakes on tinselled hands. 

We wait that writhing pool, her pearls collapsed, 
— All but hmr belly buried in the floor; 
And tibe lewd trounce of a final muted beat! 
We flee her spasm through a fleshless door...

Yet, to the empty trapeze of your flesh, 
0 Magdalene, each comes back to die alone. 
Then you, the burlesque of our lust — and faith, 
Lug us back lifeward—bone by infant bone. 


VIRGINIA 

0 RAIN at seven, 
Pay-check at eleven — 
Keep smiling the boss away, 
Mary (what are you going to do?) 
Gone seven— gone eleven, 
And I’m still waiting you — 

0 hlue-eyed Mary with the claret scarf, 
Saturday Mary, mine! 

It’s high carillon 
From the popcorn bells! 
Pigeons by the million — 
And Spring in Prince Street 
Where green figs gleam 
By oyster shells! 

0 Mary, leaning from the high wheat tower. 
Let down your golden hair! 

High in the noon of May 
On cornices of daffodils 
The slender violets stray. 
Crap-shooting gangs in Bleecker reign, 
Peonies with pony manes — 
Forget-me-nots at windowpanes; 

Out of the way-up nickel-dime tower shine. 
Cathedral Mary, 
shine! — 
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domingo, julio 21, 2024

Hart Crane / Dos poemas




Extracto del jardín 

La manzana en su tallo es el deseo de ella,
suspensión brillante, mímica del sol.
El tallo ha capturado el aliento de ella, y su voz,
silenciosamente articulada en la inclinación y la subida
de rama en rama hacia arriba, enturbia sus ojos.
Está presa del árbol y de sus dedos verdes.

Y entonces ella viene a soñar que es el árbol,
el viento poseyéndola, trenzando sus nervaduras jóvenes,
alzándola hasta el cielo y su azul vivo,
sumergiendo la fiebre de sus manos en la luz del sol.
No tiene memoria ni miedo ni esperanza
más allá de la hierba y las sombras a sus pies.

[The Little Review, vol. 7,  n° 3, 1920 / Poems Org.]


Un nombre para todo
 
Mariposa y langosta que huyen de nuestra página
y aún aletean, no empañadas por el nombre
que sujetamos a sus cuerpos para aplacar
nuestra envidia de su libertad -̶ debemos mutilar 

porque somos usurpadores afligidos-̶ ,
omamos el ala y la marcamos sobre la mano.
Nombres que tenemos, incluso, para aplaudir en el viento;
pero debemos morir, como ustedes, para entender.
 
Soñé que todos los hombres abandonaban sus nombres y cantaban
como solo pueden alabar quienes construyen sus días
con aleta y pezuña, con ala y colmillo endulzado
descubiertos, libres y sagrados, en un solo Nombre siempre.

[Key West, póstumo; c.1932]

Hart Crane (Garretsville, Ohio, Estados Unidos, 1899 - Golfo de México, 1932), Otro Páramo, n° 24
Traducción de Yanina Audisio

Más poemas de Hart Crane en

Se puede consultar la obra poética de Hart Crane en inglés en Voetica y en Internet Archive


Garden Abstract 

The apple on its bough is her desire,—
Shining suspension, mimic of the sun.
The bough has caught her breath up, and her voice,
Dumbly articulate in the slant and rise
Of branch on branch above her, blurs her eyes.
She is prisoner of the tree and its green fingers. 

And so she comes to dream herself the tree,
The wind possessing her, weaving her young veins,
Holding her to the sky and its quick blue,
Drowning the fever of her hands in sunlight.
She has no memory, nor fear, nor hope
Beyond the grass and shadows at her feet.


 A Name For All 

Moonmoth and grasshopper that flee our page
And still wing on, untarnished of the name
We pinion to your bodies to assuage
Our envy of your freedom—we must maim 

Because we are usurpers, and chagrined—
And take the wing and scar it in the hand.
Names we have, even, to clap on the wind;
But we must die, as you, to understand. 

I dreamed that all men dropped their names, and sang
As only they can praise, who build their days
With fin and hoof, with wing and sweetened fang
Struck free and holy in one Name always.
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sábado, julio 20, 2024

Daniel Durand / De "Tulang pinoy"




(...)

Yo vivo en el infierno de los perros,
arenales calientes que nunca afilan las garras,
montañas de esqueletos de pescado
y la calor eterna entre vendavales y brisas.
Los perros que muy seguido no comen
le ladran a las olas y rabiosos
andan mordiendo el viento.

Por no haber sido aplicado
ahora estoy condenado
a vivir en esta hamaca
escuchando a los orioles amarillos.
Por no haber sido aplicado
y practicar wingsuit con cromosomas
ahora estoy condenado
para siempre, a la rima y a las bromas.
Acá en la iglesia me dicen el Soga
y en la mezquita de la vuelta, Maderita,
pero mi nombre es Lagarto.
Acá me dicen Botella
pero mi nombre es Bolsita
de plástico.

Alon Niña Maharlika
y el Lobito es toda mi familia.
La casa está llena de vecinos
que a la noche caminan invertidos
por el cielorraso, vecinos fríos de goma blanda,
butikís lizards y lagartijas.

La tabilí es rama de carne
y mi nombre es Tambís.

Ahora resulta que lo mejor que me pasa
es una Go Pro con mango flotante
y toda la humareda circundante
que no se aleja nunca
de aquel lote de barcazas.

La brisa viene a la mesa
a acariciar la comida
y zarparse los vapores de los platos,
la brisa viene a la cama
a refrescar los colchones
y la almohada.
Por esta choza barata
de junco y clavo herrumbrado
la brisa pasa de largo
atravesando
telas cañas y ennipados.
En cambio los vendavales
que se mandan a la noche
se trenzan con las palmeras,
la pelea suele durar la noche entera.
Vendaval encastra en palmeral,
son palabras macho y hembra,
son objetos hembra y macho
y yo en el medio me bautizo basural.

(...)

Daniel Durand (Concordia, Argentina, 1964)

Tulang pinoy (Los días filipinos)
Fadel & Fadel, 
Buenos Aires, Argentina










Más poemas de Daniel Durand:

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viernes, julio 19, 2024

Enrique Lihn / El vaciadero




No se renueva el personal de esta calle: 
el elenco de la prostitución gasta su último centavo 
     en maquillaje  
bajo una luz polvorienta que se le pega a la cara. 
Una doble hilera de caries, dentadura de casas 
     desmoronadas 
es la escenografia de esta Danza Macabra 
trivial bailongo sabatino en la pústula de la ciudad. 

Es una cara conocida llena de costurones con lividas 
     cicatrices bajo unos centavos de polvo, y que 
     emerge de todas las grietas 
de la ciudad, en este barrio más antiguo que el Barrio de 
     los Alquimistas
como la cara sin cuerpo del caracol ofreciéndose en los 
     dos sexos de su cuello andrógino 
blandamente fálico y untado de baba vaginal 
el busto de un boxeador que muestra las tetas en el marco 
     de un socavón.

No avanza ni retrocede el rio en este tramo descolorido y 
     bullente alrededor de la compuerta 
El mecanismo de un reloj descompuesto cuelga como la 
     tripa de un pescado 
de la mesita de noche 
entre los rizos de una peluca rosada 
La fermentación de las aguas del tiempo que se enroscan 
     alrededor del detritus como el caracol en su concha
el éxtasis de lo que por fin se pudre para siempre. 

Enrique Lihn (Santiago de Chile, 1929-1988), A partir de Manhattan, Ediciones Ganymedes, Valparaíso, 1979

Más poemas de Enrique Lihn en Otra Iglesia es Imposible
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