viernes, septiembre 08, 2023

Raúl González Tuñón / De "Canciones del Tercer Frente", 6



La luna con gatillo

Es preciso que nos entendamos.
Yo hablo de algo seguro y de algo posible.
Seguro es que todos coman
y vivan dignamente
y es posible saber algún día
muchas cosas que hoy ignoramos.
Entonces, es necesario que esto cambie.

El carpintero ha hecho esta mesa
verdaderamente perfecta
donde se inclina la niña dorada
y el celeste padre rezonga.
Un ebanista, un albañil,
un herrero, un zapatero,
también saben lo suyo.

El minero baja a la mina,
al fondo de la estrella muerta.
El campesino siembra y siega
la estrella ya resucitada.
Todo sería maravilloso
si cada cual viviera dignamente.

Un poema no es una mesa,
ni un pan,
ni un muro,
ni una silla,
ni una bota.

Con una mesa,
con un pan,
con un muro,
con una silla,
con una bota
no se puede cambiar el mundo.

Con una carabina,
con un libro,
eso es posible.

¿Comprendéis por qué
el poeta y el soldado
pueden ser una misma cosa?

He marchado detrás de los obreros lúcidos
y no me arrepiento.
Ellos saben lo que quieren
y yo quiero lo que ellos quieren:
la libertad, bien entendida.

El poeta es siempre poeta
pero es bueno que al fin comprenda
de una manera alegre y terrible
cuánto mejor sería para todos
que esto cambiara.

Yo los seguí
y ellos me siguieron.
¡Ahí está la cosa!

Cuando haya que lanzar la pólvora
el hombre lanzará la pólvora.
Cuando haya que lanzar el libro
el hombre lanzará el libro.
De la unión de la pólvora y el libro
puede brotar la rosa más pura.

Digo al pequeño cura
y al ateo de rebotica
y al ensayista,
al neutral
al solemne
y al frívolo,
al notario y a la corista,
al buen enterrador,
al silencioso vecino del tercero,
a mi amiga que toca el acordeón:
-Mirad la mosca aplastada
bajo la campana de vidrio.

No quiero ser la mosca aplastada.
Tampoco tengo nada que ver con el mono.
No quiero ser abeja.
No quiero ser únicamente cigarra.
Tampoco tengo nada que ver con el mono.
Yo soy un hombre o quiero ser un verdadero hombre
y no quiero ser, jamás,
una mosca aplastada bajo la campana de vidrio.

Ni colmena, ni hormiguero,
no comparéis a los hombres
nada más que con los hombres.

Dadle al hombre todo lo que necesite.
Las pesas para pesar,
las medidas para medir,
el pan ganado altivamente,
la flor del aire,
el dolor auténtico,
la alegría sin una mancha.

Tengo derecho al vino,
al aceite, al Museo,
a la Enciclopedia Británica,
a un lugar en el ómnibus,
a un parque abandonado,
a un muelle,
a una azucena,
a salir,
a quedarme,
a bailar sobre la piel
del Último Hombre Antiguo,
con mi esqueleto nuevo,
cubierto con piel nueva
de hombre flamante.

No puedo cruzarme de brazos
e interrogar ahora al vacío.
Me rodean la indignidad
y el desprecio;
me amenazan la cárcel y el hambre.
¡No me dejaré sobornar!

No. No se puede ser libre enteramente
ni estrictamente digno ahora
cuando el chacal está a la puerta
esperando
que nuestra carne caiga, podrida.

Subiré al cielo,
le pondré gatillo a la luna
y desde arriba fusilaré al mundo,
suavemente,
para que esto cambie de una vez.

Raúl González Tuñón (Buenos Aires, 1905 - 1974), "Canciones del Tercer Frente", 1943, La luna con gatillo. Selección de poemas líricos, sociales y políticos, tomo II, Editorial Cartago, Buenos Aires, 1957


Foto: Raúl González Tuñón y su firma en las primeras páginas de A la sombra de los barrios amados, Editorial Lautaro, Buenos Aires, 1957; abajo: la portada de la primera edición de Canciones del Tercer Frente, Editorial Problemas, 1941 










jueves, septiembre 07, 2023

Emily Brontë / Esperanza



La Esperanza sólo fue una amiga fugaz;
Libre en su guarida
Miraba cómo corría mi destino,
Casi como lo hacen los hombres egoístas.

Ella fue cruel en su cobardía.
Un día muy triste me asomé
Para verla tras mis rejas
¡Y ella me dio vuelta la cara! 

Como una guardiana falsa, como una vigilante inútil
Aun así, en la congoja, me susurró paz
Cantó mientras yo lloraba
Y al ver que la escuchaba dejó de hacerlo.

Cuando mis últimas alegrías se derramaron por el suelo,
Se mostró traidora y despiadada; 
Hasta el propio Dolor, arrepentido, miró
Esos tristes despojos caídos;

Pero la Esperanza, cuya mirada hubiera
Calmado mi tremendo dolor,
Estiró sus alas y se elevó al cielo,
¡Se fue y no regresó jamás!

Emily Jane Brontë (Thornton, Inglaterra, 1818 - Haworth, Inglaterra, 1848), Brontë, A., Brontë, C., and Brontë, E., Poems, by Currer, Ellis, and Acton Bell, Aylott and Jones, Londres, 1846. University of South Florida
Traducción de Carmen Verlichak


Imágenes: arriba, las hermanas Brontë (de izquierda a derecha: Anne, Emily y Charlotte), pintadas por su hermano, Patrick Branwell, 1834 (detalle), National Portrait Gallery, Londres; abajo: la portada del libro que las hermanas Brontë firmaron con los seudónimos de Currer, Ellis y Acton Bell, University of Leeds / Wikimedia Commons


Hope

Hope Was but a timid friend;
She sat without the grated den,
Watching how my fate would tend,
Even as selfish-hearted men.

She was cruel in her fear;
Through the bars one dreary day,
I looked out to see her there,
And she turned her face away!

Like a false guard, false watch keeping,
Still, in strife, she whispered peace;
She would sing while I was weeping;
If I listened, she would cease.

False she was, and unrelenting;
When my last joys strewed the ground,
Even Sorrow saw, repenting,
Those sad relics scattered round;

Hope, whose whisper would have given
Balm to all my frenzied pain,
Stretched her wings, and soared to heaven,
Went, and ne’er returned again!



miércoles, septiembre 06, 2023

Juan Meneguín / De "Astronomías para nictálopes"




Astronomía para nictálopes


          Todos los mundos nacen de ti
              Svatasvatara Upanisad, 4-4


1.

La doble hélice del cometa brilla al crepúsculo,
pronto habrá consumido últimas moléculas de lejano hielo
cuando acaricie la corona solar
y serán solo fragmentos de sueños encendidos
toda su vida de hiperbólico viaje.
Sentado aquí, al borde del Acantilado de Kuiper,
al término de una meseta de cien unidades astronómicas
donde la luz de la estrella llega ya oblicua,
con las piernas colgando a un vacío de treinta mil años luz
donde alguna vez nacieran los cometas visitantes del borde,
veo en mi mente la luz esplendorosa de algún atardecer de la Tierra,
el punto de fuga de todo un misterio, con
la infancia al verano en sus cielos claros
cuando nos acostábamos en las terrazas de la noche
para contar meteoritos en épocas de gemínidas o cuadrántidas
mientas nos íbamos quedando dormidos
y dentro de los párpados,
brillando todavía tanta luz,
la compañera roja de Mimosa y la gigante doble en el río oscuro de Carina.
¿Por qué la luz y no la respiración 
de ese carburante que nos da la vida y también la quita?
¿Por qué la luz, pálido viento solar que llega 
hasta estas piernas que descansan al filo del precipicio? 
Pálido viento de un Sol que llega ya curvado ya menguante
la luz del Sol del tercer planeta, 
coalescente brisa de fotones últimos entre las piernas, 
brillo póstumo de una estrella tan eterna tan efímera
en las viejas noches de un pueblo de provincia
mientras se encendían las calderas de los trenes
que habrían de partir hacia la oscuridad,
cuando ya callaran las criaturas nocturnas
y se inauguraban otros sonidos,
propios del trabajo del hombre y sus rutinas
-- una fragua crepitando en sus rojos carbones,
un martillo que cae al fierro y lo moldea,
una limpia campana de taller --
Veo un mundo que despierta al frío
en aquel barrio al sur,
con la abrigada niñez de lanas por varias capas;
escucho un mundo que renace cada día 
anterior a la escarcha y los fríos de junio, 
y el sonido es anterior a la luz,
anterior al día que habrá de venir con la luz, 
disipando la niebla y las ventanas empañadas,
como empañadas vías de tren ahí cerca, y un monte de aromitos
floreciendo, envueltos en una telaraña de rocío, cada gota un prisma,
cada gota un mundo donde la luz se descompone en su espectro visible, 
como si fuera la tarde la mañana el día primero, 
y aquel niño era dueño de todas las cosas creadas
y todos los mundos que nacían de las cosas creadas --
Una mañana descubro un duraznero en flor 
y otra mañana sus primeros frutos de avanzada primavera,
y las flores del aromito ya son recuerdo
aunque su aroma todavía permanece en un patio de casa italiana
donde sobrevuelan las criaturas y más allá más arriba
aún era digno llamar «aeroplano» a los Pipper de aeroclub
con sus alas enteladas y su ronroneo lento a tres mil pies --

2.

Pero el hombre que se acuesta tarde 
y ve los sirirís que vuelan altos en la noche,
sabe que mañana va a llover. Sabe 
que esa formación en ala delta
avanzará al oeste sin sextante ni satélites,
saludando la altura sobre un pueblo,
donde en sus orillas maduran los maizales,
y los paisanos curtidos de chacras y viejos tractores
buscan en las nubes un código escrito de lluvias previstas e imprevistas,
y escuchan ese saludo como un mensaje, porque
huelen la baja presión de un cielo cargado de iones
y sienten la humedad del aire en sus huesos,
y hay nubes de verano en sus ojos vencidos...
Busco un punto de luz en la mirada lateral, un rojo particular
que no admite iguales en el fondo de estrellas al Sur,
un color que va naciendo con la noche,
que no podemos ver de frente porque otros mundos encandilan 
y enceguecen las magnitudes límites del telescopio.
Pupila abierta a la oscuridad: otras tierras nacen 
y se forman delicadas en las células bastón del ojo, incendiado 
por la luz de las estrellas que cantan, y más allá de todo,
más allá del límite del cielo, donde hay siquiera 
imágenes fragmentarias de un azul tercer planeta--
Cien millones de soles en el telescopio, el corazón
de Omega Centauri late un enjambre de luciérnagas al sur del Trópico
y al rocío de la madrugada; la fresca noche declina
como hacia el cuerpo de una mujer hermosa y desnuda 
durmiente aún bajo las estrellas últimas y el rocío último
donde cada gota es un espejo convexo que refleja un sol diferente,
que la brisa diluye y difunde hacia aquellos árboles,
entrevistos apenas bajo la luz de Sirio, y el azahar
que regresa ayer de un horizonte de colinas y de una mañana fragante,
mientras caminara yo entre frutales y fresca arena
donde la luz toda fuese de iridio y topacio, 
nacida de espejos cósmicos esas gotas de rocío,
aire nuevo y claro cielo a la hora del equilibrio --

3.

Invisible Mercurio, extraño tu incandescencia al ocaso;
invisible Marte, extraño fuego errante. Ya Saturno en Tauro, 
otra vez el cielo de las Pleyades en las noches de verano,
inalcanzables ya aquellas moradas, vaporizadas en la luz del pasado,
cuando no es este centro de gravedad, mi centro de gravedad,
ni aquel mi horizonte, horizonte de eventos. ¿Cuánto demoraré
en llegar a mi centro? ¿Cuánto tiempo más en mi tiempo?
No hay colores ni sonidos ni tiene formas este cielo,
sólo radiación, ruido blanco de como piedras triturándose
en la absoluta sombra; la creación que no fue,
el reloj detenido un terasegundo antes; el día domingo que no comenzó, 
la casa a la que estoy regresando y jamás llegaré.
En la luz del telescopio es ahora el horizonte 
donde el viento solar ya descansa; estas tierras grises 
y estos arbustos sobrevivientes. Es aquí 
donde el ojo recibe las impresiones más primitivas
y exceden la capacidad del alma para entender,
el no espacio y el no presente, y el mañana que fue ayer.
Sentado al borde del Cinturón de Kuiper, con los pies
colgando al vacío como en un acantilado
a treinta mil años luz del corazón, el Brazo de Orión
se alarga hacia el Gran Silencio
y me arroja lejos, lejos de todos estos mundos.

Juan Meneguín (Concordia, Argentina, 1958)

Astronomías para nictálopes.
Selección de Poesía 1997-2022,
Ediciones El Suri Porfiado,
Buenos Aires, 2023










martes, septiembre 05, 2023

Antonia Pozzi / El perro sordo



Sordo por el fuerte viento
que en el castillo vuela y grita
se ha quedado el perro.

Sobre los baluartes -en el lago
tendidos- corre,
sin sobresaltos:
ni el musgo de las piedras
a gran altura lo amenaza,
ni una teja removida.

Tan cerrada y entera
está en él la fuerza
desde que ya no tiene nombre
para nadie
y va por su propia
línea secreta
libre.

25 de septiembre de 1933

Antonia Pozzi (Milán, Italia, 1912 - 1938), Inicio de la muerte, La Bella Varsovia, España, 2019 Vía revista Ñ, Buenos Aires, 2.9.2023
Traducción de María Martínez Bautista


Foto: La Soga


Il cane sordo

Sordo per il gran vento
che nel castello vola e grida
è divenuto il cane.

Sopra gli spalti – in lago
protesi – corre,
senza sussulti:
né il muschio sulle pietre
a grande altezza lo insidia,
né un tegolo rimosso.

Tanto chiusa e intera
è in lui la forza
da che non ha nome
più per nessuno
e va per una sua
segreta linea
libero.

25 settembre 1933

lunes, septiembre 04, 2023

Joaquín Pasos / Tres poemas




Poema inmenso

En estas tardes tu perfil no tiene línea precisa
pues no hay un límite en tu gesto para el principio de tu sonrisa
pero de repente está en tu boca y no se sabe cómo se filtra
y cuando se va nunca se puede decir si está allí todavía
lo mismo que tu palabra de la cual jamás oímos la primera sílaba
y nunca terminamos de escuchar lo que decías
porque estás tan cercana en esta lejanía
que es inútil preguntar cuándo vino tu venida
pues entonces nos parece que has estado aquí toda la vida
con esa voz eterna con esa mirada continua
con ese contorno inmarcable de tu mejilla
sin que podamos decir aquí comienza el aire y aquí la carne viva
sin conocer aún dónde fuiste verdad y no fuiste mentira
ni cuándo principiaste a vivir en estas líneas
detrás de la luz de estas tardes perdidas
detrás de estos versos a los cuales estás tan unida
que en ellos tu perfume no se sabe ni dónde comienza ni
dónde termina


Los indios viejos

Los hombres viejos, muy viejos, están sentados
junto a sus cabras, junto a sus pequeños animales mansos.
Los hombres viejos están sentados junto a un río
que siempre va despacio.
Ante ellos el aire detiene su marcha,
el viento pasa, contemplándolos,
los toca con cuidado
para no desbaratarles sus corazones de ceniza.

Los hombres viejos sacan al campo sus pecados,
éste es su único trabajo.
Los sueltan durante el día, pasan el día olvidando,
y en la tarde salen a lazarlos
para dormir con ellos calentándose.


Cementerio

La tierra aburrida de los hombres que roncan
es aquella que habitan los pájaros pobres,
las gallinas que comen las piedras,
las lechuzas que braman de noche.
Una jícara negra, una seca tinaja,
un carbón, una mierda, una cáscara.

En la tierra aburrida de los hombres que roncan,
donde viven los pájaros tristes, los pájaros sordos,
los cultivos de piedras, los sembrados de escobas.
Protejan los escarabajos, cuiden los sapos
el tesoro de estiércol de los pájaros pobres.
Los pájaros enfermos, los vestidos de sombra,
los que habitan la tierra de los hombres que roncan.

Tengo un triste recuerdo de esa tierra sin horas,
la picada de pájaros, la que se desmorona.
Con murciélagos me persigue de noche
su horizonte de barro y su luna de broza.
En la tierra aburrida de los hombres que roncan
se hizo piedra mi sueño, y después se hizo polvo.

Joaquín Pasos (Granada, Nicaragua, 1914 - Managua, 1947), Poemas de un joven, edición de Ernesto Cardenal. Fondo de Cultura Económica, México, 1962


Foto: Altazor s/d

domingo, septiembre 03, 2023

Antonio Nazzaro / De "Il Tinnito"




Tinnitus
(los inicios)

la señora de la bata semi abotonada abre la puerta y sonríe. me habla en voz alta, un poco estridente, lo bastante como para dañar mi oído. logra superar la frecuencia del tinnitus. calzo obedientemente los raros auriculares. escucho una serie de sonidos. todos parecen más dulces que el mío. me mira y siempre en tono alto dice que el tímpano está bien. escucho el tinnitus reírse. me golpeo la oreja con la esperanza de que se detenga. la mujer de la bata semi abotonada me hace señas para que entre a una habitación. de aquellas que se hacen para no oír el mundo. él silba alegremente. ama el silencio. nuevos auriculares: siento salir las palabras cada vez que presiono el botón. como un jugador de un programa de juegos. la bata semi abotonada abre la puerta: todo está bien. usted se oye genial. siento reír a reventar en mi oído. la bata semi abotonada explica que lo mejor es evitar el silencio. al tinnitus le encanta cantar solo. los coros lo fastidian.


Tinnitus
(viajero/emigrante)

una caracola de tierra
muevo mis pasos en la mañana alpina

en la ventana la mirada
hace del cielo un mar plano

una caracola
la oreja lleva en la cabeza

el eco de los océanos y mares
todos los posibles del emigrante

el tinnitus sentado en el lóbulo
canta mil lenguas y tierras


Tinnitus
(épico)

no me perderé en la espesa niebla de Londres
atravesada por el canto perdido de Trafalgar

ni en la también espesa de Eridanus
para hacer eco de los gritos de batracomiomaquia

ni en aquella colgada de las cumbres andinas
atravesada por el silbido del Libertador

ni en la vertida por Atenea sobre las costas de Itaca
para ocultarlas a la mirada de Ulises

ni en aquella dulcemente adormilada sobre las Highland
tejida por los elfos del agua

el fiel tinnitus corcel del chirrido
desde las nieblas llama a la tierra

y no puedes perder el camino
solo seguir el infinito silbido

Antonio Nazzaro (Turín, Italia, 1963), Il Tinnito, inédito
Versión de Jorge Aulicino




Tinnito
(gli inizi)

la signora con il camice semi abbottonato apre la porta e sorride. mi parla con voce alta un po’ squillante tanto da ferirmi il sentire. riesce a superare la frequenza del tinnito. obbediente calzo delle strane cuffie. ascolto una serie di suoni. sembrano tutti più dolci del mio. mi guarda e sempre in tono alto dice che il timpano è a posto. sento il tinnito che se la ride. mi colpisco l’orecchio sperando di farlo smettere. la donna dal camice semi abbottonato mi fa segno d’entrare. una stanza di quelle fatte per non sentire il mondo. lui fischietta felice. adora il silenzio. nuove cuffie: sento uscire le parole per ciascuna schiaccio il pulsante. come un giocatore di quiz televisivi. il camice semi abbottonato apre la porta: tutto bene. lei ci sente benissimo. sento ridere a crepapelle dentro l’orecchio. il camice semi abbottonato spiega che la cosa migliore è evitare il silenzio. il tinnito ama cantare da solo. i cori gli danno fastidio.


Tinnito 
(viaggiatore/emigrante)

una conchiglia di terra
muovo passi sul mattino alpino

alla finestra lo sguardo
fa il cielo mare piatto

una conchiglia
l’orecchio porta nella testa

l’eco degli oceani e dei mari
tutti i possibili dell’emigrante

il tinnito seduto sul lobo
canta mille lingue e terre


Tinnito
(epico)

non mi perderò nella nebbia densa di Londra
trafitta dal canto perduto di Trafalgar

né in quella spessa dell’Eridano
a riecheggiare le urla della batracomiomachia

né in quella impigliata alle cime andine
attraversata dal fischiettare del Libertador

né in quella versata da Atena sulle coste d’Itaca
a nascondere lo sguardo d’Ulisse

né in quella dolce addormentata sulle Highlands
tessuta dagli elfi dell’acqua

il fedele tinnito destriero dello stridio            
dalle nebbie richiama alla terra

e non si può perdere il cammino
solo seguire l’infinito sibilo

sábado, septiembre 02, 2023

Alvaro Mutis / Cita



Y ahora que sé que nunca visitaré Estambul,
me entero que me esperan en la calle de Shidah Kardessi,
en el cuarto que está encima de la tienda del oculista.
Un golpe de aguas contra las piedras de la fortaleza,
me llamará cada día y cada noche
hasta cuando todo haya terminado.
Me llamará sin otra esperanza
que la del azar agridulce
que tira de los hilos neciamente
sin atender la música
ni seguir el asunto en el libreto.
Entretanto, en la calle de Shidah Kardessi
tomo posesión de mis asuntos
mientras se extiende el tiempo
en ondas crecientes y sin pausa
desde el cuarto que está encima
de la tienda del oculista

Álvaro Mutis (Bogotá, 1923 - Ciudad de México, 2013), Los trabajos perdidos, Era, Ciudad de México, 1965
Envío de Jonio González


viernes, septiembre 01, 2023

Demetrio Korsi / Dos poemas



Los ruiseñores ciegos

En jaula de oro su prisión tenían
mis ruiseñores, aves melodiosas
que honda nostalgia del azul sentían
en el tibio jardín, donde las rosas
-embriagadas de sol- languidecían. . .

Yo era perverso, como un Borgia altivo.
Vasta y rugiente orgia fué mi historia
sólo sabe Dios por qué estoy vivo;
¡pero de toda soñación cautivo,
de odio cegué y enloquecí de gloria!

Y constelé mi corazón de ensueños,
aunque la carne, el ídolo de lodo,
fué el más constante de mis dulces dueños:
pero salvé el tesoro de mis sueños,
de azul sonámbulo y de amor beodo.

Hice un lindo jardín en mi palacio
para escuchar mis pájaros en calma,
y, bajo un cielo de ópalo y topacio,
pensé que era más grande que el espacio
el glorioso infinito de mi alma. . .

Los ruiseñores, en sus jaulas de oro,
de sus arpegios el gentil derroche
oír dejaban en sonoro coro,
cuando de los luceros el tesoro
fulgía entre las sombras de la noche.

Mas, al llegar el alba, entristecían
esas aves. . . que quedaban silenciosas...
Y honda nostalgia del azul sentían
al ver que las estrellas se dormían
al despertar en el jardín las rosas.

Ansié una tarde disfrutar los magos
arpegios de mis pájaros cantantes;
en esa tarde azul, los cisnes vagos
se hubieran dicho lirios ambulantes
sobre el cristal de los dormidos lagos. . .

Pero los ruiseñores no cantaron. . .
-¡Más me valiera -dije- tener cuervos!
Y furiosas mis manos se crisparon,
y, a mi mandato de crueldad, temblaron
los colosales y desnudos siervos.

Sacáronle los ojos a los suaves
cantores de la gloria y la armonía,
con un largo alfiler, los siervos graves;
¡y a sus cuencas sin ojos, esas aves
sintieron que la noche descendía!

Desde entonces, sus trinos no han cesado. . .
¡No necesitan escuchar mis ruegos
para entonar su cántico exaltado!
¡Y cada día estoy más encantado
con mis preciosos ruiseñores ciegos!

Tierras vírgenes, 1923


Nocturno en gris

Lo gris se vuelve lluvia por la noche,
y esos muertos quisieran un gabán
para arropar sus sueños bajo tierra.
Al otro lado de la calle, un muro
con su verja de hierro, hecha exprofeso
no para que contemplen el mutismo
de tanta cruz anónima sin flores,
sino el parque de mármoles que encierra.

Las dos de la mañana. Insomnio errante
me empuja a un téte-a-téte con esta esquina
donde como una pústula del vicio
sórdidamente se abre una cantina.
Nueva generación de bebedores,
está en pie. . . Los otros, dónde están?
Todo igual. Solo yo no soy el mismo.

Una vez me embriagué en esta cantina.
Cantaba una mujer, bella en su tiempo,
que aún era como un bello anacronismo.
Descuartizaba un tipo en la guitarra
un valse como un clásico jigote.
Los dos ansiaban un pequeño lote,
ambos creyendo que la vida es buena.
Trabajaban los dos, sólo por eso.
Se embriagaban, después de la faena,
y ella escupía si él le daba un beso.

Tanta lucha por un pequeño lote
y tanta tierra que hay para los muertos.
Tanto afán de cantar con la guitarra
y nadie al fin se llevará ni un ruido.
Ya nadie canta. Para qué, si hay discos?
Son baratos: se tocan por un real.
Toque, toquen, que pronto habrá silencio.
Lo gris se vuelve lluvia por la noche.

El silencio es de un gris casi mental.
Una vez me embriagué en esta cantina,
hace ya un poco más de treinta años.
Todo, igual. Sólo yo no soy el mismo.
Cantaba la mujer y se reía.
Triste, fatal, como una rosa trunca.
La noche no se iba, enamorada
también de la mujer. Entre las copas,
aquella noche no acaba nunca,
lejos, cerca, como una lejanía. . .

Triste, fatal mujer, ni tan siquiera
queda ningún mal hombre que la nombre.
A veces, la recuerdo, cual si
fuera un disco roto en medio de un derroche
de juventud. Ni yo me atrevería
a tocarla otra vez, pues me hace falta
el real de juventud de aquella noche.

Entre el silencio de lo gris, está ella.
En lo más gris de su silencio, es barro;
ese barro común, con que a los muertos
cubren con reiterado despilfarro.

No tan alto, sombrío, se alza el muro
con su verja de hierro, hecha ex profeso
no para que contemplen el mutismo
de tanta cruz anónima sin flores,
sino el parque de mármoles que encierra.
Todo igual. Solo yo no soy el mismo.
Nueva generación de bebedores,
está de pie... Los otros... Dónde están?
Lo gris se vuelve lluvia por la noche,
y esos muertos quisieran un gabán
para arropar sus sueños bajo tierra.

Nocturno en gris, 1952


Demetrio Korsi (Ciudad de Panamá, 1899 - 1957) 


Foto: Demetrio Korsi, 1924 Blog Demetrio Korsi

jueves, agosto 31, 2023

Ismael Gavilán / De "Vendramin"


Apócrifo del Canzoniere

Mientras intento hacer un inventario
de las cosas útiles del día, mi cuerpo,
acostumbrado a vaivenes menos decorosos
y a los desfiladeros destructivos del deseo,
nombra otro nombre para olvidarse de sí mismo
en la ilusión que es la fuerza irreal de las palabras.

Mi cuerpo -un cuerpo o su representación-
entrelazado a esa densidad metálica que atraviesa,
sin reticencia, el cuarto, los estantes,
los fragmentos de una historia personal compleja
y con la curiosidad por indagar acerca de sí mismo
como motivo burlesco para una imagen de Francis Bacon;
aún hace legible el modo en que el placer no es indiferente:
caída donde prevalece lo que hacemos y llamamos amor,
el sonido de nuestro nombre pronunciado en el abrevadero
de la noche y esas cortinas sucias
que convierten la complicidad de las sensaciones tibias
en una necesidad metafísica de buscar lo invisible en lo visible
como asimismo hacer del engaño verdad
y de la concupiscencia, exploración del vacío y su sorpresa.

En la tristeza de vivir el fin de toda experiencia,
la simplicidad incomprensible de unos labios
delatan el sabor incestuoso del atardecer,
el espasmo a que todo discurso llega
cuando su referente es desdibujado,
volviendo indolente esa humedad que desdeña palabras
y que hace del movimiento un arma exquisita:
ese ahogo transparente, donde el quejido mutuo
y el sudor de las nalgas fulminan toda percepción,
la habitual monotonía en gris mayor -Darío dixit-
y cualquier posibilidad de entendimiento
representado en alguna paráfrasis que la tradición racional
designa como conciencia, gnosis o cosa semejante.

Después de todo, al final del día,
cualquier inventario entra en contradicción
con el comportamiento ritual y sus exigencias terrestres.
Así, el gesto en que se paraliza el instante
es reflejo de aquel espacio blanco de donde volvemos
con una oscuridad fecunda, ajena al lenguaje:
una rutina que se ha vuelto el mal montaje de una película
donde lo que queremos decir y lo que decimos realmente
se halla prescrito en el abismo abierto entre deseo y realidad.

Ismael Gavilán (Valparaíso, Chile, 1973), "Vendramin", 2014, Mundo visible. Poesía reunida 1995-2020, Ediciones Altazor, Viña del Mar, 2021

---
Foto: LP5

miércoles, agosto 30, 2023

Raúl González Tuñón / De "Miércoles de Ceniza"

 

Poema para la Virgencita del Teatro Cervantes

                                          Escrito por encargo de mi querida

Ruega por mí, que tengo pasta de santo y de bandido.
Mi corazón es tierno como un niño dormido.
Ruega por mí, que tengo alma de evangelista, sangre de aventurero.
¡Ruega por mí, que nunca tuve un smoking!

Por mí que heredé el perro de Carlitos Chaplin
y amo las altas torres florecidas de trinos
y creo en Norte América, en la voz de los órganos,
y en el cinematógrafo y en el box, y 
también en Dios y en ti.
Hoy quiero ser creyente y llegar a tu lado
apartando la gente y apartando la rima, y cantarle con una
voz tan simple y tan alta como la de la luna.

Ni damas ataviadas y autos alucinantes,
ni la luz de los focos que aplastan el asfalto;
nunca fustigó el viento tu grandeza minúscula,
tu lucecita humilde que aman los elementos
como los piratas a las mascotas.
Eres una cruz de luz,
el retrato de mi madre de luz,
un gran perdón de luz,
un boquete abierto en una esperanza de cielo,
sin reglamentos y con pájaros pintados.

Quiero creer, oh dulcísima señora, aún más breve
que el zapato de vidrio de la Cenicienta,
que una pequeña felicidad me espera
cuando haya traspuesto el umbral luminoso
del último poniente,
y que desprecias a los burgueses
y a los jurados del municipio,
que por la noche pinchan los globos de los niños.

Me he despertado anoche reclamando a mi madre.
Sólo el viento respondió
con su eterno arrastrar de papeles inútiles,
que arrojan al alba los filósofos.

En tu encrucijada convergen todas las perspectivas
y eres la inmensa luz de Buenos Aires en una lamparita
que nada tiene que ver con la C.H.A.DE.
Siento esa luz en mi alma como a Dios en el mundo.
Cuando el del Barber Shop, junto con el sol,
cuelga su distintivo de latón,
               todavía
                       tu luz
                             brilla
                                 en mi
                                       corazón.

Raúl González Tuñón (Buenos Aires, 1905 - 1974), Miércoles de Ceniza, Gleizer, Buenos Aires, 1928; El violín del diablo / Miércoles de Ceniza, Ediciones La Rosa Blindada, Buenos Aires, 1973

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Fotos: Raúl González Tuñón, Buenos Aires, c.1970; abajo: las tapas de las dos ediciones de Miércoles de Ceniza: la de Manuel Gleizer y la de José Luis Mangieri en La Rosa Blindada






martes, agosto 29, 2023

Ramón Palomares / En el patio



Pues me estuve entre las flores del patio
con las cayenas
gozando con las hojas y los rayos del cielo.

Aquí pongo mi cama y me acuesto
y me doy un baño de flores.
Y después saldré a decirles a las culebras y a las gallinas
y a todos los árboles.
Me estuve sobre las betulias y sobre las tejas de rosas
conversando, cenando, escuchando al viento.
Yo me voy a encontrar un caballo y seremos amigos.

Mañana le digo al saúco que me voy
hasta muy lejos, hasta allá donde están cantando los hombres , 
donde corren los muertos y se entierran.
Yo caminaba por unos árboles, por unas hojas doradas
y me comía las estrellas, y me senté
y escuché la hierba alta y vi los ojos de una mujer
que brillaban como un diente
entonces arrojé una gran rama de naranjo
y todo quedó oscuro.

Ramón Palomares (Escuque, Venezuela, 1935 - Mérida, Venezuela, 2016), "Paisano" (1964), Antología poética, Fundación Editorial el Perro y la Rana, Caracas, 2007
Envío de Jonio González


lunes, agosto 28, 2023

Raúl González Tuñón / De "El violín del diablo"




Eche veinte centavos en la ranura

                (Viejo Paseo de Julio, hoy
                   Avenida Leandro Alem)

I

A pesar de la sala sucia y oscura
de gentes y de lámparas luminosa
si quiere ver la vida color de rosa
eche veinte centavos en la ranura.
¡Y no ponga los ojos en esa hermosa
que frunce de promesas la boca impura!
Eche veinte centavos en la ranura
si quiere ver la vida color de rosa.
El dolor mata, amigo, la vida es dura,
y ya que usted no tiene ni hogar ni esposa.
si quiere ver la vida color de rosa
eche veinte centavos en la ranura.

II

Lamparillas de la kermesse,
títeres y titiriteros,
volver a ser niño otra vez
y andar entre los marineros
de Liverpool o de Suez.
Teatrillos de utilería,
detrás de los turbios cristales
hay una sala sombría:
Paraísos Artificiales.

III

Cien lucecitas. Maravilla
de reflejos funambulescos.
¡Aquí hay mujer y manzanilla!
¡Aquí hay títeres y refrescos!
Pero sobre todo mujeres
para los hombres de los puertos
que prenden como alfileres
sus ojos en los ojos muertos.

No debe tener esqueleto
el enano de Sarrasani,
que bien parece un amuleto
de la joyería Escasany.
Salta la cuerda, sáltala,
ojos de rata, cara de clown
y el trala-trala-tralalá
ritma en tu viejo corazón.

Estampas, luces, musiquillas,
misterios de los reservados
donde entrarán a hurtadillas
los marinos alucinados.
Y fiesta, fiesta un poco idiota
o tragicómica o grotesca.
Pero una esperanza remota
de vida miliunanochesca…

IV

¡Qué lindo es ir a ver
la mujer,
la mujer más gorda del mundo!
Entrar con un miedo profundo
pensando en la giganta de Baudelaire…
Nos engañaremos, no hay duda,
si desnuda nunca muy desnuda,
si barbuda nunca muy barbuda
será la mujer...
Pero ese momento de miedo profundo…
¡Qué lindo es ir a ver
la mujer,
la mujer más gorda del mundo!

V

Y no se inmute, amigo, la vida es dura,
con la filosofía poco se goza.
Si quiere ver la vida color de rosa,
eche veinte centavos en la ranura.


Versos a Susana

Un puerto y otro puerto y otro, tal vez mañana
veré otros, lejanos, muy lejanos. 
Sirve café, sirve café, Susana. 
Yo adoro la blancura de tus manos.

La calle es una exclamación inquieta; 
la madama está echando los cerrojos. 
Déjame ver tu cara, tu careta. 
Yo adoro la dulzura de tus ojos.

La flauta del grumete se ha callado 
pero el silencio ha sido agujereado
por el filoso alerta de la ronda.

Un parroquiano... Dile que no entre.
Me ahoga el humo de una pena honda.
Y yo alabo el cansancio de tu vientre.


Bar de camareras

New Gross. Bar de camareras.
Troteras y danzeras.
Vasos de ponche humeantes
en los pálidos semblantes
de las mujeres rameras.
Ojos turbios, cráneos gachos
de viejos y de muchachos
en juego de camisetas,
y las absurdas piruetas
de los marinos borrachos.

Por entre los bebedores
la mujer que vende flores
se esfuerza por sonreír,
La mira -cara de tiza-
una joven primeriza
y se ve en su porvenir.

Sobre el tablado -en verdín-
la melena del violín
con un anillo en la mano
y el resfriado del piano.

Está galante el alcohol
con su querida -la histeria-
y en un do-re-mi-fa-sol
se brinda por la miseria.


Nostalgia de las danzas bárbaras

El fogonero filipino
arroja al suelo su sombrero
y con mirada de felino
alza los ojos, vuelca el vino,
mueve el trasero.

Se ha entusiasmado el bailarín,
en el enfermo, en el caótico, 
furor demente del violín
y del pistón, el bailarín
exótico.

Negro y mugriento muequea
bailando al son infernal
de la música que se arquea.
El filipino piruetea.
¡Oh Clown sensual!

Pobre muñeco grotesco.
¿Qué te ha inspirado a danzar?
Poseído, loco, simiesco,
borracho, funambulesco
risa del Bar.

Calla la orquesta del "Avón".
El fogonero filipino
bebe mi copa de rhon
y haciendo una inclinación
sale a la niebla del camino.


El enano del bazar

El Bazar del Enano. En la calle Florida.
Brillan de alegre asombro los ojos de las gentes
ante la pobre mueca grotesca de la vida
que es un cartel de carne, con alma y con dientes.

Es rubio y pequeñito; tendrá cincuenta años.
Subido a un banquillo divierte al comprador,
y parece uno de esos personajes extraños
habitantes supuestos de un planeta inferior.

Un hábil comerciante lo encontró en el camino
y como a un muñeco de farsa lo compró,
y tal vez todos digan: "Las cosas del destino"...
y yo pienso en la pobre madre que lo parió.


Villas

Por las calles tranquilas,
por el silencio largas,
y en donde hasta la luna se pasea despacio,
no cabe
la primavera con olor a nafta
de los otros barrios.

Como los hombres claros y humildes
se estremecen cuando les atraviesa
alguna mala idea por los ojos absortos,
tú te estremeces
cuando alguna veloz locomotora
te hiere los oídos y te asusta los ojos.

Nostalgias de ciudades que yo no he visto nunca.
Lieja lejana y vieja, lejana y vieja Brujas.
Sobre tus silencios perfumados
desangran los crepúsculos
cuando te ando,

Villa Mazzini, Villa Ortúzar, o Palermo al Sur o Bajo Belgrano.
En el camino
Tú eres como un aljibe; yo una piedra que cae
y se siente rodeada de sonidos.

Raúl González Tuñón (Buenos Aires, 1905 - 1974), "El violín del diablo" (Gleizer, 1926); La luna con gatillo, selección de poemas líricos, sociales y políticos, tomo I: Editorial Cartago, Buenos Aires, 1957


Foto: Raúl González Tuñón, café Tortoni, c.1971. Archivo del diario Clarín. Abajo: Portada de la primera edición de El violín del diablo, Gleizer, Buenos Aires, 1926 Abe Books




















domingo, agosto 27, 2023

Olga Suárez / Hermano



A los ocho años dejó de fumar.
Era por entonces el gesto de falsa omnipotencia
en la casa solitaria, ajena a la mirada de los padres.
Prendía cordeles en los picaportes
enviaba una contraseña estelar.
Nadie la encontraba en el envés de los espejos
donde fluctuaba el tiempo.
De a poco fue haciéndose invisible entre los pliegues
de su vestido, se desdoblaba sin prisa.
Tablas del asombro en un cuerpo pequeño y frágil,
cigarra al vuelo.
Adquirió la destreza de la invisibilidad sin queja alguna.
Le pasó los cigarrillos mentolados a su hermano,
Tito fumaba en el exilio o en prisión para alejarse de todo.
No había ocasión en sus cartas en que no le rogara
que escribiera sobre él y sus designios,
esas engorrosas fórmulas para ganar al siete y medio
sus pasatiempos de robo a mano armada
los no lugares donde pernoctaba
o las inverosímiles historias de Rita codiciándolo
en el puterío más caro de la ciudad.
En esas cartas también se regodeaba de ser
un auténtico gángster rosarino,
incluso confesó haber matado en un arrebato de ira.
A los ocho años no se tiene conciencia de lo venidero
sin embargo, no dejó de escribirle un destino.

Olga Suárez (Centeno, Argentina, 1967)

Estirpe del juncal,
Barnacle,
Buenos Aires, 2023










sábado, agosto 26, 2023

Leonardo Sinisgalli / Dos poemas



Otoño

Las moscas parecen
felices de verme de nuevo.
Se arrastran sobre las patillas
de los anteojos, saltan
en las puntas de las orejas.
La hoja en blanco las fascina.
Hablo, las acaricio,
Las recojo en mi puño
las llamo por sus nombres
Fantina Filomena Felicetta.
Me ilusiono con que son
siempre aquellas.
Una se mira en el espejo de la uña,
las otras se esconden
para que las encuentre.


El estudiante incansable

Hoy el viento me lleva a la Suburra,
me arrastra por el pavimento
azul de Via Capocci, de Via Cimarra.
Una estrella brilla en la punta del
zapato que el robot sordomudo
exacerba en vía Panisperna
a golpes de cepillo y escupitajo.
Se disuelve el hedor del ácido úrico
de Via del Sambuco, lo anula
la nube nitro de Via Clementina.
En Via Caprareccia ¿quién le soba
quién le frota el codo a la camisera
que cose puños y cuellos?
Via dei Ciancaloni, Via Boschetto,
Via delle Frasche: patrón
prostitutas y sirvientas fantásticas.
Mafai escribe que me vio
en vísperas de los exámenes 
escolares un frasco de antiparasitario.

Leonardo Sinisgalli (Montemurro, Italia, 1908 - Roma, 1981), Il passero e il lebbroso, Arnoldo Mondadori Editore, 1970
Versiones de Jorge Aulicino


Foto: Leonardo Sinisgalli, 1975 Mondadori


Autunno

Le mosche sembrano
felici di rivedermi.
Strisciano sulle stanghette
degli occhiali, saltano
sulla punta delle orecchie.
Il foglio bianco le affascina.
Parlo, le accarezzo,
le raccolgo nel pugno,
le chiamo di nome
Fantina Filomena Felicetta.
Mi illudo che siano
sempre quelle.
Una si specchia nell'unghia,
le altre si nascondono
per farsi trovare.


Lo strenuo studente

Oggi il vento mi porta alla Suburra
a volo, mi trascina sulle selci
azzurre di Via Capocci, di Via Cimarra.
Brilla una stella sulla punta della
scarpa che il robot sordomuto
esaspera in Via Panisperna
a colpi di spazzola e di sputo.
Si dissolve l'afrore di acido urico
da Via del Sambuco, vanifica
la nuvola di nitro di Via Clementina.
In Via Caprareccia chi pòmicia
chi struscia il gomito della camiciaia
che ricuce polsini e colletti?
Via dei Ciancaloni, Via Boschetto,
Via della Frasche: padrone
meretrici e servette fantastiche.
Mafai scrive di avermi visto
alla vigilia degli esami
scolare una bottiglia contro i vermi.