lunes, agosto 14, 2023

Carlos de la Púa / Lucio el anarquista



Nacido entre curdelas, nunca tomó una copa.
Viviendo entre ladrones, siempre la trabajó.
Comprende y ama a aquella que con hambre y sin ropa
a las aguas servidas del vicio se arrojó.

En una pieza inmunda tiene una madre, vieja
a fuerza de miseria y fregar en la tina.
Por ella fue su grito inicial, la gran queja
que prolonga doliente de cantina en cantina...

Carlos Muñoz del Solar, Carlos de la Púa (La Plata, Argentina, 1898 - Buenos Aires, 1950), La crencha engrasada, [1928], cuaderno sin mención de editor ni pie de de imprenta 

---
Imagen: Una caricatura de Carlos de la Púa por Hermenegildo Sábat

domingo, agosto 13, 2023

Fabio Morábito / Ese poeta tenía el orgullo...



                       Busco un país inocente
                            Giuseppe Ungaretti

Ese poeta tenía el orgullo
de no haber odiado a nadie.
Buscaba un país inocente.
Yo busco un país sin ruido.

¿En qué mundo vivías, Giuseppe?
¿Oíste alguna vez cómo retumba 
un bajo eléctrico, cómo atraviesa 
las capas de cemento y de ladrillo?

No hay países que valgan la pena,
Giuseppe, desde que existe
la rueda del volumen
que dispara el jolgorio.

Un leve giro a la derecha
condena a la angustia
a diez familias, ocho gatos, 
cuatro perros y tres pericos.

Te estremecían en la trinchera
los cañonazos de la artillería enemiga.
A mí, que vivo en otra época,
el tum tum tum de las bocinas.

¡El momento en que al fin
sobreviene la calma 
y me quedo en suspenso, temiendo
que empiece todo otra vez

y me digo cobarde 
por no haber ido a partirle la madre
al amo y señor de mis paredes,
que son las paredes de ambos!

Siempre dejo, iluso de mí,
un resquicio de arreglo, 
creo que siempre es posible
encontrar al final

a un hermano, a un sujeto 
que puedo mirar a los ojos, 
porque el asunto en el fondo 
no es tanto el ruido 

sino el alma del otro, en saber 
si la tiene o si está desprovisto;             
no son los decibeles, 
sino el ser imbécil o no serlo.

Está el estupro entre las piernas
y está el estupro de los muros,
el bajo eléctrico que incide 
en el diafragma del estómago,

igual que se traspasa un himen.
Una mujer que violan, 
cuando al final del día se acuesta,
descubre una vez más

que la violaron en los párpados,
no en medio de las piernas,
y la dejaron como las estatuas,
sin poder cerrarlos,

y así se queda en vela preguntándose
si algo le queda de virginidad,
al menos en la piel y en la mirada,
en cómo se mueve y en cómo habla.

Perdemos la virginidad
todos los días, pero el estupro 
es otra cosa: se corta el hilo
que te unía a tu risa, 

tu risa se enrolla y se guarda
como alfombra en un sótano,
hundida en su misterio
como los párpados de las estatuas,

y para que sepas Giuseppe
por donde andamos,
te suelto esta: ya no hay trincheras,
esas donde nació tu poesía,

porque no hay donde guarecerse
ya, donde esconderse
y sólo queda correr y correr 
como un rebaño de cebras.

[inédito]

Fabio Morábito (Alejandría, Egipto, 1955)

---

sábado, agosto 12, 2023

César Vallejo / Me viene, hay días, una gana ubérrima, política...



Me viene, hay días, una gana ubérrima, política,
de querer, de besar al cariño en sus dos rostros,
y me viene de lejos un querer
demostrativo, otro querer amar, de grado o fuerza,
al que me odia, al que rasga su papel, al muchachito,
a la que llora por el que lloraba,
al rey del vino, al esclavo del agua,
al que ocultóse en su ira,
al que suda, al que pasa, al que sacude su persona en mi alma.
Y quiero, por lo tanto, acomodarle
al que me habla, su trenza; sus cabellos, al soldado;
su luz, al grande; su grandeza, al chico.
Quiero planchar directamente
un pañuelo al que no puede llorar
y, cuando estoy triste o me duele la dicha,
remendar a los niños y a los genios.

Quiero ayudar al bueno a ser su poquillo de malo
y me urge estar sentado
a la diestra del zurdo, y responder al mudo,
tratando de serle útil en
lo que puedo, y también quiero muchísimo
lavarle al cojo el pie,
y ayudarle a dormir al tuerto próximo.

¡Ah querer, éste, el mío, éste, el mundial,
interhumano y parroquial, provecto!
Me viene a pelo,
desde el cimiento, desde la ingle pública,
y, viniendo de lejos, da ganas de besarle
la bufanda al cantor,
y al que sufre, besarle en su sartén,
al sordo, en su rumor craneano, impávido;
al que me da lo que olvidé en mi seno,
en su Dante, en su Chaplin, en sus hombros.

Quiero, para terminar,
cuando estoy al borde célebre de la violencia
o lleno de pecho el corazón, querría
ayudar a reír al que sonríe,
ponerle un pajarillo al malvado en plena nuca,
cuidar a los enfermos enfadándolos,
comprarle al vendedor,
ayudarle a matar al matador —cosa terrible—
y quisiera yo ser bueno conmigo
en todo.

[6 Nov 1937]

César Vallejo (Santiago de Chuco, Perú, 1892 - París, 1938), "Poemas humanos", Obra poética completa, Francisco Moncloa Editores, Lima, 1968

N. del Ad.: La fecha entre corchetes figura al pie de la hoja mecanografiada y corregida a mano por Vallejo, cuyo facsímil está incluido en la edición citada.

---
Foto: Reproducida en sitios de la internet, sin mención de fuente ni otros datos

viernes, agosto 11, 2023

Heinrich Heine / Intermezzo lírico


 
Érase un caballero macilento,
Trémulo, triste, silencioso y lento,
Que vagaba al acaso,
con inseguro paso,
Siempre en hondos ensueños sumergido,
Tan desairado y zurdo y distraído,
Que susurraban flores y doncellas
Al pasar, vacilante, junto a ellas.

Huyendo de los hombres a menudo,
El lugar más recóndito escogía
De la casa, y allí, anhelante y mudo,
En la sombra los brazos extendía.-
¡Media noche sonó!... Rara armonía
Y voces peregrinas se escucharon
Entre la vaga bruma,
Y a la puerta, quedísimo, tocaron.

Con furtiva pisada,
Su visión adorada
Entra vestida de sonante espuma,
Y como fresca rosa,
La divinal hermosa
Brilla, encanta y perfuma.
Cúbrela tenue velo
De vaporosas joyas adornado,
Y la áurea cabellera en rizos suelta,
En ondas baña su figura esbelta;
Brillan sus ojos con la luz del cielo.
Y en brazos uno de otro, al par lanzados,
Se acarician los enamorados.

Contra el amante pecho,
Con fuerza apasionada,
La oprime el caballero en lazo estrecho;
Y el soñador despierta,
Y la nieve se torna en llamarada,
Y el pálido enrojece, y se convierte
El temeroso en atrevido y fuerte.
Mas ella, con engaño femenino
Y sin igual destreza,
Con el brillante velo diamantino
Le envuelve, sin sentirlo, la cabeza.

Encantado al instante
Se encuentra el caballero en un radiante
Palacio de cristal, bajo la linfa
De una tersa laguna sepultado.
Absorto y deslumbrado
Queda ante brillo tanto, mas la ninfa
Del onda habitadora
En sus brazos lo estrecha, lo enamora,
Y en tanto, sus doncellas
A la cítara arrancan notas bellas.

Y de modo tan dulce y lisonjero
Cantan y tocan, que los pies se lanzan
Al baile embriagador, y alegres danzan;
Y siente el caballero
Que, ya desvanecidos,
Amenazan dejarle sus sentidos;
Y a la ondina se enlaza
Y estrechamente en su ansiedad la abraza.
Más, de pronto se extingue
La viva luz... ¡Oscuridad completa!...
¡Y a hallarse vuelve, solitario y triste,
En su guardilla mísera el poeta!

[1823]

Heinrich Heine (Düsseldorf, Alemania, 1797 - París, 1856), El cancionero: el intermezzo lírico, baladas, el regreso, Editorial América, Madrid, 1920 Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes
Versión de Juan Antonio Pérez Bonalde (Venezuela, 1846-1892)


Imagen: Heinrich Heine, retrato grabado por Ludwig Emil Grimm (1790-1863), 1827 Portal Rheinische Geschichte/Centro LVR de Medios y Educación

jueves, agosto 10, 2023

Juan Gustavo Cobo Borda / Tres poemas



Rey en el exilio
                
                A José Luis Díaz-Granados

Sus huestes se pasan en tropel al enemigo;
las tácticas que él utilizara
se emplean en su contra
y no queda ni el consuelo
de un sobrio epitafio.
Hay, en todo ello, una justicia exacta,
implícita en su decisión de servir a la patria.
(Ahhh, las grandes palabras).
La política era pues esta infamia,
Y sus memorias, pasto del gorgojo y la ignorancia.

Casa de citas, Centro Colombo-Americano, Bogotá, 1980


Rue de Matignon, 3

El viejo judío enfermo -su oficio eran mirar-
levanta con el índice el párpado paralizado:
allí están los polvorientos estandartes del Emperador.
Las leyendas del liberalismo
no han logrado enturbiar su gesto aristocrático.
Además, renegar de Yahvé, mendigar unos francos
no era, en verdad, asunto grave,
Quedaba el idioma, y el antiguo oficio de Dios
que es perdonar. Pero el desterrado no es hombre práctico:
desdicha y aflicción, como en toda biografía respetable.
Mientras Matilde cotorrea,
Heine, aburrido, se demora en morir.

Salón de Té, Centro Colombo-Americano, Bogotá, 1979


Leyendo a Conrad

Las aspas del ventilador
apenas remueven el aire
y en algún remoto cuarto de este hotel,
destartalado pero noble,
una mujer se demora bajo el agua.
Fue entonces cuando el capitán comenzó
a narrarnos su historia.
Transcurría en el Oriente,
entre islas secretas
y radas de blancura deslumbrante.
Aparecía un hombre,
traficante de armas, y culpas innominadas.
También el piadoso consuelo de una mulata.
Eso fue todo. Y sin embargo,
luego de que los huéspedes nos dispersamos,
fatigados por un día de playa,
ella siguió resonando, de modo inolvidable.

Ofrenda en el altar del bolero, Golpe de Dados, Bogotá, 1979

Juan Gustavo Cobo Borda (Bogotá, 1947 - 2022), José Rodríguez Padrón, Antología de poesía hispanoamericana, Selecciones Austral, Espasa-Calpe, Madrid, 1984


miércoles, agosto 09, 2023

César Bisso / De "Haikus felinos"




1.

Sagaz arlequín.
El gato atrapa la luz 
del nuevo día.


7.

Aunque lo mimes
el gato tiene siempre
las garras prestas.


14.

Desoye el gato        
canto del aguacero
tras la ventana.


28.

Trance nocturno.
El resuello del gato
destempla al grillo.


34.

En la altura
gozoso de silencio.
Karma felino.


49.

Al arca Noé 
no subió ningún gato
y bajaron tres.

César Bisso (Coronda, Argentina, 1952)

Haikus felinos
,
Ediciones la Yunta,
Buenos Aires, 2022










Foto: Gentileza de Ediciones La Yunta

martes, agosto 08, 2023

Osvaldo Picardo / Tres poemas de "Nadar en el tiempo"





Según los papeles del viejo poeta Antonio J. Orbe
con edición, notas y versiones del original
por el no tan joven poeta Osvaldo Picardo


La luz de otoño no llega igual entre las nubes

El verano en su apuro olvida, atrás,
días de playa. Entierra un arito, monedas,
botellas sin mensaje.

Aún podés nadar y secarte al sol tibio.

Si mirás bien al fondo, cuando se retira el mar
las rocas y las hoyas brillan
descubriendo un nuevo tesoro.
No lo creerías.
Tanto baja la marea que un paisaje fósil
emerge de millones de años.

Otras muchas historias cuentan los buzos:
en la restinga, entre meros y barcos hundidos
tapizados de anémonas y algas esmeraldas
han visto lo que nadie conocía.
Callan como el viejo marinero.

El mar del otoño, tiene muchos días como estos.
Uno mira alrededor y se pregunta
qué es lo que querés que vuelva.


La tarde no es tan vieja para no arder
una vez más

Como de la ventana de Le Gras, miramos
los techos: El atardecer antiguo.
Ninguno es igual a otro.

Al joven ciprés, algo inclinado,
lo ocupa una pareja de loros.
La pasionaria entre la hiedra
trepa contra el alambrado de las vías.

¿Sabés? Se llama “mburucuyá” en guaraní.
Lo sabés. Una vez, descubriste la flor imposible
y en los zarcillos mil orugas peludas.
Sí, mil mariposas a los pocos días.

La luz ya cae al fondo.
Por la pared del oeste, dos frondas se encienden,
una es el jacarandá y la otra, el ceibo.
Bajo la sombra cuelga una hamaca.
Un poco más allá, la cancha de fútbol.

La duración de la puesta de sol
depende de un lugar en el mundo,
un punto de apoyo.
Antiguo ardor de la tarde
sobre los techos de la memoria.

Nota del Traductor:

La ventana de Le Gras es una referencia a Point de vue du Gras, tal
vez la fotografía más antigua que se conserva. La toma de Joseph Nicéphore
Niépce es en junio de 1826 desde la ventana de su casa, duró unas ocho
horas, de ahí que Orbe lo asocie con el atardecer y la duración. El poema
también menciona en guaraní el “mburucuyá” o pasionaria, una planta
trepadora, propia de Sudamérica y Centroamérica de la que proviene el
fruto maracuyá. Por eso supuse que el poema debe ser anterior a la obra
escrita en África. Probablemente escribió el poema en Paraguay donde
pudo haber aprendido el guaraní y conocido la poesía de Manuel Ortiz
Guerrero, cuyo libro con prólogo de Roa Bastos y anotaciones marginales
de Orbe, consta –como ya dije– en la B.M. [Biblioteca McMillan]


Un olor de hace millones de años
y una palabra árabe

El perfume de las flores del naranjo se hospeda
en el mismo nombre que la flor.

Azahar huele a flores con música árabe.

¿Cómo se dice cuando el viento arrastra
nubes de pétalos y el aroma de los naranjos
se enreda al pelo húmedo
de una mujer que sonríe?

Escuché que las costumbres de las flores
no cambiaron en los últimos millones de años.

Me tranquiliza
la fósil costumbre que perfuma nuestro silencio.

Oavaldo Picardo (Mar del Plata, Argentina, 1955)

Nadar en el tiempo
Una invención apócrifa,
Paradiso,
Buenos Aires, 2023









lunes, agosto 07, 2023

Billy Collins / Poesía




Llamémosla un prado en el que los animales
que el Arca olvidó
vienen a pastar bajo las nubes de la tarde.

O un aljibe donde la lluvia que cayó
antes de la historia gotea sobre un reborde de cemento.

Se mire como se mire,
no es lugar para poner
el caballete de tres patas del realismo

o para hacer que un lector 
salte las numerosas vallas de una trama.

Dejemos que el corpulento novelista
con su ruidosa máquina de escribir
describa la ciudad donde nació Francine,

cómo Albert leía el diario en el tren,
cómo el viento agitaba las cortinas en el dormitorio.

Dejemos a la dramaturga con su viejo cárdigan
y un perro acurrucado sobre la alfombra 
desplazar los personajes

de los bastidores al escenario 
para hacer frente a la oscuridad llena de ojos de la sala.

La poesía no es lugar para eso.
Ya tenemos bastante
con quejarnos por el precio del tabaco,

pasar el cucharón chorreante
y entonar canciones para un pájaro en una caja.

Nosotros estamos muy ocupados haciendo nada—
y para eso nos basta una tarde,
un bote de remos bajo un cielo azul,

y quizá un hombre pescando en un puente de piedra,
o, mejor todavía, nadie en el puente.

Billy Collins (Nueva York, Estados Unidos, 1941), Aimless Love: New and Selected Poems, Random House, Nueva York, 2013
Versión de Jonio González



POETRY

Call it a field where the animals
who were forgotten by the Ark
come to graze under the evening clouds.

Or a cistern where the rain that fell
before history trickles over a concrete lip.

However you see it,
this is no place to set up
the three-legged easel of realism

or make a reader climb
over the many fences of a plot.

Let the portly novelist
with his noisy typewriter
describe the city where Francine was born,

how Albert read the paper on the train,
how curtains were blowing in the bedroom.

Let the playwright with her torn cardigan
and a dog curled on the rug
move the characters

from the wings to the stage
to face the many-eyed darkness of the house.

Poetry is no place for that.
We have enough to do
complaining about the price of tobacco,

passing the dripping ladle,
and singing songs to a bird in a cage.

We are busy doing nothing—
and all we need for that is an afternoon,
a rowboat under a blue sky,

and maybe a man fishing from a stone bridge,
or, better still, nobody on that bridge at all.

---
Foto: Literal Magazine

domingo, agosto 06, 2023

Roberto Echavarren / De "Verde escarabajo"



La línea de la mano
baja gruesa desde el cielorraso
y se abisma delgadísima
contra el zócalo.
Pájaros supernumerarios
se han posado en cada rama
desglosada de la línea principal,
cada pájaro lleva un nombre,
conceptos singulares
agarrados a cada nervadura,
el viento levanta las plumas
y escapada por todos lados.
La línea de vida continúa,
desfibra las nervaduras,
se afina en el abismo del zócalo
y ya no sabemos cuál color,
si amarillo encarnado punzó
fuimos en aquel momento.



Una pleroma de mantarraya
en el fondo arcilloso
lanza golpes furibundos
con su cola de lanza,
destello azul sobre la arena
levanta un caos
alrededor de sí,
un precipitado browniano,
confunde la presa
desatenta a la sorpresa
de la boca venenosa.

Roberto Echavarren (Montevideo, 1944)

Verde escarabajo
,
Mansalva,
Buenos Aires, 2023










sábado, agosto 05, 2023

Rubén Reches / Dos poemas




Veinticinco de Mayo de 1810 
 
                                                                     A Marcelo Cohen

¡Annie Pleyden!
¡Vacío azul que me sembraste,
indiferente a mi rumbo futuro
como la muchacha que va prendiendo cintas en las chaquetas 
                                                                          de la multitud!
¡Yo el grave patriota de galera y paraguas,
en cuya solapa trabajaron dos manos un instante y se fueron,
y que al minuto percibe que la cinta recién prendida se le 
                                                  cuela de la solapa al alma,
y la furtiva que se apodera de su alma es azul y primero 
                                        diminuta y enseguida inmensa,
y en ella naufragan sin remedio su patriotismo, su rango y 
                                                                        su paraguas,
–su galera queda flotando–,
y la que repartía las cintas desapareció!



Cita 

                                                                           A Jorge Asís

Esperar en la mesa de un café,
no haberse quitado la bufanda y ser pálido,
estar atento a sus huesos de los que el alma pende como unas 
                                                                              pocas sedas
dispuestas para dar una ilusión de anchura,
mirar la hora,
haberse acostumbrado como un vencido a su oscuridad,
en cuyo fondo ya casi no se distingue el dibujo de dos 
                                     ancianos abrazados que sonríen,
mirar hacia la puerta,
ser vertical y blanco como un bastón de ciego,
tener esa mala suerte grave
allí donde lo único razonable y perdurable son las esferas,
ver entrar de la intemperie a un hombre que va a otra mesa,
mirar hacia la calle a través del vidrio,
saber ya que es de pobre su memoria de las casas queridas,
que la lanza de los días viejos no defiende,
mirar la hora, y hacia la puerta, hacia todas las mesas, hacia 
                                                                     el techo del café,
haber tenido mucho a alguien que se deshizo dejando una voz.

Pagar, irse.

Otra noche más y el diablo no vino.

Arrabal de esferas, 1984

Rubén Reches (Buenos Aires, 1949 - 2018), Ya no serás lo que no fuiste. Obra poética, Ediciones Ruinas Circulares, Buenos Aires, 2019

Del prólogo a Poesía reunida, Ruinas Circulares, 2012:

Rubén Reches ha escrito mucho y ha desechado mucho. Este es su segundo libro de poemas, que incluye los del primer libro (Arrabal de esferas) y un puñado de poemas nuevos. Reches es un escritor maniático, hipercrítico. Sospecho que en su actitud obsesiva suele equivocarse en contra de sí mismo. Ni siquiera sé, mientras escribo esto, si los poemas que estoy releyendo aparecerán tal cual se muestran ahora ante mi vista o serán modificados en alguna medida. Como sea, a lo largo de cuarenta años ha pulido estos poemas que son irreprochables en su forma, cáustica, desencantada, urbana y sin embargo clásica.
        Sus temas son la vejez y la infancia, pero sobre todo, su tema es el presente que "hace entrechocar sus helados hierros"; su apariencia inexpugnable contra la que no puede mucho el ser humano que se desgasta sin él: fuera del tiempo real, rodeado de muertos y desaparecidos. El "arma secreta" de Reches es su apego a la exposición clara y a cierto cuidado de la métrica. Su noción de forma. No sé dónde se unen, donde se integran al sistema, esa prolijidad de índole tradicional y su visión sombría.
       Se pueden elegir entre estos poemas los más crudos o los más líricos, pero entre los más significativos, entre los que mejor representan el mundo familiar, social, político, de Rubén Reches, y su mundo metafísico, elijo "El teléfono de la casa paterna" que de tanta voz del tiempo fue vehículo -tanta voz desaparecida o muerta-, cuya campanilla arrumbada puede sonar aún en un placard. Diría Pound: todo fluye, enseñó Heráclito, pero una vulgar baratija será lo que sobreviva nuestros días. Esa es una de las más terribles constataciones de la poesía de Reches.
                                                                                                         Jorge Aulicino


Foto: Rubén Reches en Rosario, Argentina, 2016. Foto del Administrador

viernes, agosto 04, 2023

Georg Heym / Dos poemas




Los locos

Sale la luna de la amarilla pared de nubes.
Los locos cuelgan de los barrotes de la verja
como grandes arañas pegadas a los muros.
Exploran con sus manos la cerca del jardín.

En salones abiertos se deslizan bailarines.
El baile de los locos. De repente la insania
da cortos gritos. El ruido se propaga
y está haciendo temblar todos los muros.

Al médico con quien hablaba sobre Hume
le da un loco violenta sacudida.
Yace empapado en sangre. Tiene el cráneo partido.

Los locos lo contemplan con placer. Pero pronto
escapan en silencio al restallar del látigo
igual que los ratones se arrastran por el suelo.


El dios de la ciudad

Esparrancado está sobre un bloque de casas.
Acampan vientos negros en torno de su frente.
Lleno de rabia mira a los lejos las últimas
y solitarias casas, que en el campo se pierden.

Reluce el rojo vientre de Baal en el crepúsculo.
Las enormes ciudades que lo rodean se postran.
Las campanas de iglesias incontables oscilan
hacia él en mar de negras torres.

Como una danza de coribantes retumba
por las calles la música de inmensas multitudes.
Humo de chimeneas y nubes de las fábricas
suben a él, azules como vapor de incienso.

Arden las tempestades en medio de sus cejas.
El crepúsculo oscuro se ensordece en la noche.
Ondulan las borrascas que miran como buitres
desde su cabellera erizada de cólera.

Extiende en las tinieblas su puño carnicero
y lo sacude. Está corriendo un mar de llamas
por una calle. Y brama la humareda
y la devora, hasta que ya tarde alborea.

[1910]

Georg Heym (Monciervo, Polonia, 1887 - Berlín, 1912), "Poesía y narrativa del expresionismo alemán", Rialta, 14 de junio de 2022
Traducciones de Francisco Díaz Solar


Fotos: Georg Heym alrededor de sus veinte año 7 Faces

jueves, agosto 03, 2023

Cesare Pavese / Dos poemas con viejos



El vino triste (2)

La cuestión es sentarse sin hacerse notar.
Todo lo demás viene solo. Tres sorbos
y vuelven las ganas de pensarlo a solas.
Se abre de par en par un fondo de lejanos zumbidos,
cada cosa se pierde y se vuelve un milagro
haber nacido y mirar el vaso. El trabajo
(un hombre solo no puede no pensar en el trabajo)
vuelve a ser el antiguo destino que es bueno sufrir
para poder pensarse. Luego los ojos se quedan
en medio del aire, dolientes, como ciegos.

Si ese hombre se para y va a casa a dormir
parece un ciego que ha perdido el camino. Cualquiera
puede aparecerse en una esquina y molerlo a golpes.
Puede aparecer una mujer y acostarse en la calle,
joven y bella, bajo otro hombre, gimiendo,
como en un tiempo una mujer gemía con él.
Pero ese hombre no ve. Va a casa a dormir
y la vida no es más que un zumbido de silencio.

Desnudo ese hombre mostraría miembros agotados
y pelos animales, aquí y allá. ¿Quién diría
que a ese hombre lo recorren venas tibias
donde en un tiempo iba ardiendo la vida? Nadie
creería que en un tiempo una mujer haya acariciado
ese cuerpo, y besado ese cuerpo que tiembla,
y que lo bañó en lágrimas, ahora que el hombre,
llegado a casa, no puede dormir, pero gime.


La paz que reina

El placer del viejo es sorprender las últimas estrellas
en el alba, después tomar otra vuelta y vagar por la calle.
Uno siempre supo que el mundo se termina así:
nos encontramos entre rostros de gente inaudita
y no basta mirarlos y pensarlos con calma.

Mi viejo comienza al alba a vagar por las calles
y ninguno sabe que mira y nos piensa, 
él, que en un tiempo era joven, como era joven el mundo.
No hay ni un perro que sepa cómo es el cuerpo del viejo,
desnudo y débil, y cómo transcurre la mañana para él,
mientras ve los cuerpos de jóvenes y mujeres
y de todos sabe el vigor. Pero los ojos de los jóvenes,
que no se ocupan del viejo, recorren la calle,
inquietos, y tienen todos una vida que el viejo no sabe.

Ciertamente, las calles son siempre las mismas
y la mañana tiene el mismo esplendor. Pero un joven
que golpeara y apedreara a mi viejo
no sería más que justo. Mi viejo no sabe,
aunque piensa cada cosa, que esta es la suerte:
pensar en los jóvenes y los viejos que son toda la vida.

Inquieto se pone también el viejo al pensar que un día
serán viejos también ellos, y quién sabe
con qué mirada los desconocidos mirarán las cosas.
Pero una mirada sobre el mundo la tiene cualquiera
y a la mañana cada cosa se despierta. Envejeciendo,
todavía es un placer sorprender el alba
y descender la calle entre la muchedumbre viva.

Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, Italia, 1908 - Turín, Italia, 1950), Poemas inéditos, Barnacle, Buenos Aires, 2023
Versiones de Jorge Aulicino


Imagen: Recorte de la portada de Poemas inéditos, con retrato de Cesare Pavese por Merlina H. Cisnero. Abajo, la imagen completa. 


Il vino triste (2) 

La fatica è sedersi senza farsi notare. 
Tutto il resto poi viene da sé. Tre sorsate 
e ritorna la voglia di pensarci da solo. 
Si spalanca uno sfondo di lontani ronzii, 
ogni cosa si sperde, e diventa un miracolo 
esser nato e guardare il bicchiere. Il lavoro 
(l’uomo solo non può non pensare al lavoro) 
ridiventa l’antico destino che è bello soffrire 
per poterci pensare. Poi gli occhi fissano 
a mezz’aria, dolenti, come fossero ciechi. 

Se quest’uomo si rialza e va a casa a dormire, 
pare un cieco che a perso la strada. Chiunque 
può sbucare da un angolo e pestarlo di colpi. 
Può sbucare una donna e distendersi in strada, 
bella e giovane, sotto un altr’uomo, gemendo 
come un tempo una donna gemeva con lui. 
Ma quest’uomo non vede. Va a casa a dormire 
e la vita non è che un ronzio di silenzio.
 
A spogliarlo, quest’uomo, si trovano membra sfinite 
e del pelo brutale, qua e là. Chi direbbe 
che in quest’uomo trascorrono tiepide vene 
dove un tempo la vita bruciava? Nessuno 
crederebbe che un tempo una donna abbia fatto carezza 
su quel corpo e baciato quel corpo, che trema, 
e bagnato di lacrime, adesso che l’uomo, 
giunto a casa a dormire, non riesce, ma geme.


La pace che regna

Il piacere del vecchio è sorprendere le ultime stelle
sotto l’alba, poi bere una volta e girare per strada.
Uno ha sempre saputo che il mondo finisce così:
ci si trova tra visi di gente inaudita,
e non basta guardarli e pensarci con calma.

Il mio vecchio comincia dall’alba a girare le strade
e nessuno s’accorge che guarda e ci pensa,
lui, che un tempo era giovane, com’è giovane il mondo.
Non c’è un cane che sappia com’è il corpo del vecchio,
nudo e debole, e come il mattino trascorra per lui,
mentre lui vede i corpi di giovani e donne
e di tutti conosce il vigore. Ma gli occhi dei giovani
che non badano al vecchio, trascorrono in strada
inquieti, e hanno tutti una vita che il vecchio non sa.

Certamente, le strade son sempre le stesse
e il mattino ha lo stesso splendore. Ma un giovane
che picchiasse e piombasse sui sassi il mio vecchio
non sarebbe che giusto. E il mio vecchio non sa,
benché pensi a ogni cosa, che questa è la sorte:
pensa ai giovani e ai vecchi che son tutta la vita.

Inquieto è anche il vecchio al pensiero che un giorno
saran vecchi anche questi, e nessuno saprà
con che sguardo gli ignoti urteranno le cose.
Ma un’occhiata sul mondo la stende chiunque
e al mattino ogni cosa si sveglia. Invecchiando,
sarà ancora un piacere sorprendere l’alba
e discendere in strada tra la folla vivente.


















miércoles, agosto 02, 2023

Elizabeth Jennings / Dos poemas



Mi abuela

Tenía una tienda de antigüedades - o ésta la tenía a ella.
Entre cucharas de apóstol * y cristal de Bristol,
sedas descoloridas, muebles pesados,
contemplaba su propio reflejo en las bandejas
de metal y las copas de plata, como para demostrar
que el brillo lo es todo, que no se necesita amor.

Y recuerdo que una vez me negué
a salir con ella, porque tenía miedo.
La razón quizá fuera que no quería me tratasen
como a un objeto antiguo. Aun cuando ella nunca dijo
que le doliese mi actitud, yo podía sentir la culpa
de esa negativa, imaginando cómo se sentiría.

Tiempo después, demasiado débil para llevar un negocio, guardó
todos sus objetos más valiosos en una habitación pequeña.
El lugar olía a viejo, a cosas que llevaban demasiado tiempo encerradas,
el olor de ausencias donde aparecen las sombras
a las que no se les puede sacar brillo. Ya no había nada
a lo que devolver de nuevo su propio reflejo.

Y cuando ella murió no sentí pena ninguna,
sólo la culpa por haberla rechazado una vez.
Entré en su habitación en medio de altos
aparadores y armarios - cosas que ella nunca usó
pero necesitaba y en las cuales no había ni la marca de un dedo,
sólo el polvo nuevo que caía a través del aire.


Sala de estar de un hospital psiquiátrico

Utrillo en la pared. Sube por las escaleras
una monja en Montmartre. Debajo, sentados, nosotros los pacientes.
No parece época de rimas lúcidas;
demasiadas alteraciones. No parece época
cuando nada puede fecundar o crecer.
Es como si un grito se abriera de par en par,
una boca exigiendo a todo el mundo que escuche.
Demasiada personas lloran, demasiadas se esconden
y miran fijamente dentro de sí. Tengo miedo,
aquí no hay chalecos salvavidas que ponerse.

La monja sube por las escaleras. La sala
se mueve hasta que el polvo vuela entre nuestros ojos.
La única esperanza es que vendrán visitas
y hablarán de otras cosas que nuestra enfermedad...
Tanto está anquilosado y aun así nada muere.

Elizabeth Jennings (Boston, Lincolnshire, Reino Unido, 1926 - Bampton, Reino Unido, 2001), Collected Poems 1953-1985, Carcanet, Manchester, 1987
Versión de Jonio González

* Las llamadas cucharas de apóstol tienen la imagen de un apóstol o un santo en el extremo del mango. Servían como recordatorio de la Última Cena. Eran apreciadas sobre todo en Alemania y, especialmente, Inglaterra. (N. del T.)
 

martes, agosto 01, 2023

Ezequiel Alemian / De "Anexo Lindsay"



(...)

VI. habiendo concluido su proyecto de vida, consultando si 
no queríamos hacerle más preguntas

un barrio irreconocible a los ojos de la fotografía satelital
después de fumar en el hotel salimos a dar una vuelta por las 
     peatonales vacías
nadie en la ciudad la reconoció
la cámara seguía el dibujo del sendero de los cargadores que 
     subían la montaña santa
nada que midiese menos de un metro cuadrado
él se retrasaba del grupo que iba con la guía, se apoyaba 
     contra alguna pared y revisaba los mensajes de texto que 
     iban entrando en su teléfono 
se sacaba toda la ropa y después se la volvía a poner
con los ojos cerrados y las manos sobre las rodillas respira 
     profundamente mientras imagina una pelota color crema 
     que sube y baja contra el cielo celeste
la historia de un hombre obeso y bien vestido que escucha 
     a alguien silbar en la calle una melodía que le suena 
     oprobiosa, y va y lo abofeteaba, hasta que el otro hace 
     silencio, y semanas más tarde deja de bañarse y empieza a 
     bajar de peso de manera enfermiza
me gustaría caer borracho en una zanja de pastos crecidos 
     por la que corriera agua sucia, y no levantarme hasta 
     después de varias horas, bajo un sol fuertísimo que no me 
     dejara orientar
en una marcha acompañando la llegada de un tractor al koljós 
una pausa, como quien se detiene para dejar que pase una 
     columna de peregrinos, si creyera que la columna de 
     peregrinos en algún momento dejará de pasar 
es algo muy elemental 
me digo que soy capaz de conservar la palabra en la memoria 
     durante los minutos que faltan hasta que recupere mi 
     libreta, pero cuando finalmente la tengo y me siento a 
     escribir comprendo que otra vez la he olvidado
un halcón aferrado a una mujer desnuda vuela sobre un 
     desierto de cactus y pirámides a la luz de la luna
durante años a la deriva
palabras que permanecen en la boca sin llegar a formarse 
     en el océano lingüístico, flotando como ensayos de 
     microorganismos
de otra manera: las pobres, pequeñas aventuras que vivimos
una historia común, de artista viejo, a quien abandonó la 
     imaginación
comprendemos de lo que oímos
que pulverizar significa convertir en polvo
un momento del tiempo que acontecía por un equilibrio 
     general de las partes

(...)

XI. un millonario acelera su auto oscuro y brillante sobre 
puentes y túneles de un mundo impersonal

su hermano está atrapado en un satélite a años luz de distancia
cerca de lago escobar
lo vemos del otro lado del vidrio que da a la calle en un 
     rincón del shopping, aferrando contra su cuerpo el morral 
     donde guarda las remeras con los estampados que nadie 
     jamás podrá descifrar
unos abejorros negros que se nos aferraban a la ropa sin que 
     pudiéramos desprenderlos, horrorizados por el poder 
     mortífero que sabíamos tenían sus picaduras
nos detuvo una familia con varios hijos, y empezaron a 
     hacernos preguntas que no pudimos entender
el concierto se interrumpió cuando el guitarrista cambió su 
     instrumento por un bajo
con su vestido largo y pesadas botas de cuero no lograba 
sostener una taza del café después del almuerzo 
caramelos de menta y barcos en miniatura de chocolate blanco
pienso que la muerte se aproxima rápidamente
y eso me hace sentir bien
pierdo el foco y soy incapaz de concentrar la mirada en 
     cualquier cosa
días en que se me aflojan las piernas y no puedo caminar
días en que duermo como un feto sobre la tierra descompuesta 
     de una playa donde van a dar unas olas grises
sin astros en conjunción
el nivel de realidad de mis fantasías aumenta de manera 
     increíble
una forma de una premonición, un contenido de verdad que 
     nunca antes había experimentado
el paso de un tornado a miles de kilómetros de distancia hizo 
     temblar el castillo de cartas que habíamos armado en el 
     porche
una guerra de imágenes intersectándose en el cielo
como máscaras sin arrugas de rostros sin ojos
un pájaro de dos cabezas alimentando a sus crías
convertidos mis dedos en muñones, por más que insistan 
     para que regrese
nunca en la vida haber viajado
en el sentido del agua
terminarán sus melodías por confluir en un futuro que no ha 
     comenzado a manifestarse

(...)

Ezequiel Alemian (Buenos Aires, 1968)

Anexo Lindsay
,
Caleta Olivia,
Buenos Aires, 2023










lunes, julio 31, 2023

Emily Brontë / Ven, el viento no soplará más...




La casa está en silencio

Ven, el viento no soplará más 
Como hoy sopla para nosotros;
Y las estrellas no brillarán más como hoy para nos lucen
Pasará tiempo hasta que vuelva octubre,
Mares de sangre nos separarán;
¡Y tu estrujarás el amor en tu pecho y yo en el mío! 

Emily Brontë (Thornton, Yorkshire, Inglaterra, 1818 - Haworth, Yorkshire, Inglaterra, 1848), "Silent is the House", The Complete Poems of Emily Brontë, Clement Shorter (editor), Hodder and Stoughton, Nueva York y Londres, 1908
Versión de Julio Orione


Imagen: Retrato restaurado de Emily Brontë, pintado por su hermano Patrick en 1833 Poetry Foundation / National Portrait Gallery, Londres


Silent is the House

Come, the wind may never again
Blow as now it blows for us;
And the stars may never again shine as now they shine;
Long before October returns,
Seas of blood will have parted us;
And you must crush the love in your heart, and I the love in mine!

domingo, julio 30, 2023

Octavio Paz / De "Salamandra", 2



Aquí

Mis pasos en esta calle 
Resuenan
               En otra calle
Donde
          Oigo mis pasos 
Pasar en esta calle 
Donde

Sólo es real la niebla

Octavio Paz (Ciudad de México, 1914-1998), "Salamandra" (1958-1961), La centena, Barral Editores, Barcelona, 1969

---

sábado, julio 29, 2023

Antonio Deltoro / El gato



El gato

Maestro en el sueño y en el salto,
el gato es una fiera bajo techo:
una chimenea.
Su piel y su dormir
son las llamas y el humo.
En el interior de las horas,
en la profundidad de los minutos,
en el último rincón,
no hay partículas de tiempo:
hay sólo un gato dormido.
Como los ojos por el fuego
paso mis dedos por su piel.

Antonio Deltoro (Ciudad de México, 1947 - 2023), El circo poético. Antología de poesía mexicana del siglo XX, selección de Rodolfo Fonseca, David Huerta y Gerardo Rod, S.M., México, 2003

Gatos, selección de Jorge Aulicino, Ediciones en Danza, 2021


Foto: Milenio

viernes, julio 28, 2023

Carlos Vitale / De "Duermevela"




Risas de cocodrilo

No te engañes.
El de la foto
tan sonriente
ya era infeliz
(tú lo sabes,
bien que lo sabes).

Contémplalo ahí detrás,
público o comparsa,
borroso
incluso en primer plano.

Sonríe
aunque esté muerto.

Si le pides
que se adelante
no da sombra.

Convéncete:
sólo la sombra
no da sombra.


Apariciones

El mar, pintado,
y la isla
que desaparece,
no del recuerdo
sino del instante.


Réquiem

Al final
sólo queda
una dirección
que borro.

Carlos Vitale (Buenos Aires, 1953), Duermevela, Candaya, Barcelona, 2017


jueves, julio 27, 2023

Hala Alyan / Verdad



Soy alérgica al cabello teñido y plateado. De entre todos los nativos
adoro a los aztecas, el modo en que encendían fuegos
en los abiertos pechos de los hombres para que el mundo siguiera girando.
He visto mujeres comer bolas de algodón y así no comían pan,
jamás seré tan maravillosa como la noche en que,
anoréxica, con botas negras, suéter negro, tejanos negros,
bailé hip hop en un garaje y una chica a la que no conocía apretó mis caderas
contra las suyas. El hambre es el hambre. Una noche me emborraché
y discutí con el Pacífico. Tenía veinte años. Irrumpía
en el cuerpo de los hombres como una ladrona de historieta. No había 
   cumplido los veinte.
En el invierno de esos años colgué luces de Navidad
alrededor de mi cama y discutí con la casera italiana
que vivía más abajo sobre apagar o no la calefacción,
y todas las noches quise beber, pero no lo hice.

Hala Alyan (Carbondale, Estados Unidos, 1986), Poetas norteamericanos en dos siglos.
Volumen II, Ediciones en Danza, e-Books, Buenos Aires, 2021
Versión de Jonio González



TRUTH

I’m allergic to hair dye and silver. Of the natives,
I love the Aztecs most of all, the way they lit fires
in the gouged chests of men to keep the world spinning.
I’ve seen women eat cotton balls so they wouldn’t eat bread
I will never be as beautiful as the night I danced in a garage,
anorexic, decked in black boots, black sweater, black jeans,
hip-hop music and a girl I didn’t know pulling my hips
to hers. Hunger is hunger. I got drunk one night
and argued with the Pacific. I was twenty. I broke
into the bodies of men like a cartoon burglar. I wasn’t twenty.
In the winter of those years I kept Christmas lights
strung around my bed and argued with the Italian landlady
who lived downstairs about turning the heat off,
and every night I wanted to drink but didn’t