martes, junio 11, 2013

Poemas elegidos, 19

Emma Villazón Richter
(Santa Cruz, Bolivia, 1983-El Alto, Bolivia, 2015)

Poema del fin, de Marina Tsvetáyeva
Marina Tsvetáyeva escribe una música de fuego. Uno de mis encuentros más poderosos con la poesía ha sido a través de sus poemas. Su voz me habla así como el mar de Pushkin le hablaba a ella. Este poema forma parte de un texto más largo que se llama “Poema del fin”. Esta versión extraordinaria, por el compromiso que expresa con la musicalidad particular de Tsvetáyeva, es de Severo Sarduy.


En las afueras: ¡afuera!
Más allá de las barreras.
La vida es inhabitable:
un barrio ju—dío…

Dignos, como los judíos.
Cien veces: dignos y errantes.
Para quien no es canalla,
matanza de ju—díos es la vida.

Vivir entre conversos,
¡los judas de la fe!
A las islas leprosas,
¡al diablo de una vez!

Vida para el converso,
¡Ovejas para el verdugo!
Permiso de residencia:
¡lo pisoteo!

El escudo de David
venga los cuerpos revueltos.
¿O no quisieron vivir
entre los otros, los muertos?

El gueto es muro y es foso,
donde piedad no se espera.
En el mundo cristianísimo,
¡los poetas son judíos!

Marina Tsvetáyeva (Moscú, 1892-Yelábuga, 1941)
Versión de Severo Sarduy

Poemas elegidos, 20

Marcelo Leites
(Concordia, 1963)

6 de Zarpa, de Leónidas Lamborghini
Es difícil elegir un solo poema de la obra de Leónidas Lamborghini que me haya influido, como se requiere en esta encuesta. Sin considerar su obra total, quiero decir. Sé que de él aprendí que la lírica podía prescindir de todo excedente emotivo, que la lírica podía ajustarse a una palabra esencial y despojada. Finalmente me decidí por este poema, citado como epígrafe en mi primer libro. En él hay otros valores que también me fueron útiles a lo largo de mi escritura, como la repetición de una palabra o de una frase con mínimas variaciones y cómo este recurso bien usado puede potenciar el sentido. Pero sobre todo, hay aquí un regreso, una memoria que está en juego, y ese retorno a las cosas que constituyen el ser, es uno de los elementos característicos de mi poética. Sin embargo no se trata de nostalgia, sino de algo más profundo: de la imposibilidad de escapar de lo que fuimos. El pasado determina el presente pero la “mirada poética” es la del presente. Por supuesto que esos materiales de la historia personal después son procesados junto a otras voces, otros ámbitos: ideas, libros, personas, etc., todo lo que termina conformando el llamado "yo lírico".
                                                            Concordia, mayo de 2013



6 de ZARPA

volver a ver:
volver
blandamente.

las ganas
de florecer
blandamente
en el volver.

las ganas
de volver a
florecer.

volver
en las ganas
de volver:
blandamente
blandamente.

Leónidas Lamborghini (Buenos Aires, 1927-2009)

Foto: Marcelo Leites en Aromito

lunes, junio 10, 2013

Poemas elegidos, 17


Cecilia Romana
(Buenos Aires, 1975)

Estampa, de Francisco López Merino
Leí a López Merino por primera vez en la antología de poetas argentinos que Horacio Armani publicó en Aguilar en 1981. Después de leer estos versos del poeta nacido en 1904 y muerto de un pistoletazo en 1928, no pude dejar de buscarlo, de querer imitarlo como fuera.
Horacio Armani le regaló la antología a mi padre apenas salió. Yo tenía cinco años.
Una vez por mes acompañaba a mi padre al diario La Nación a entregar los comentarios de libros que luego salían en el Suplemento Cultural. Armani por ese entonces era el director del Suplemento. Cada vez que me veía entrar en el edificio de la calle Bouchard, aquel poeta delicado y bueno me regalaba el último ejemplar de La Nacioncita, que yo atesoraba con mi alma y defendía de la avidez de mis hermanos.
Vaya este breve poema de López Merino como recuerdo y agradecimiento a Horacio Armani, que más tarde fue mi amigo.


Estampa

Siempre estás como ausente de la tarde. ¿Qué lago
invisible y lejano recogerá tu imagen?
Líquido estremecido por un perfil tan vago
se tornará sensible cuando los astros bajen.

Temo quebrar la magia de tus vírgenes sendas
con la torpe palabra que mi labio pronuncia.
Tendré que ser más leve para que me comprendas
o tú bajar al mundo como hoja que renuncia.

Siempre estás como ausente de la tarde. ¿Qué brisa
se lleva tu silencio cargado de leyendas?
De paisajes soñados se nutre tu sonrisa.
Tendré que ser más leve para que me comprendas.

Francisco López Merino (La Plata, 1904-1928)

Poemas elegidos, 18


Santiago Sylvester
(Salta, 1942)

Los bufones, de Rubén Darío
No es necesario (creo)  justificar la importancia de Rubén Darío en la poesía de la lengua, y sobre todo en la modernidad de Latinoamérica. Por razones paradojales, se lo suele considerar demasiado pendiente de cisnes, de qué tendrá la princesa, y de la marquesa que ríe, ríe y ríe.
El soneto que elijo es lo contrario: un resumen denso de la América profunda, que nunca descuidó. Es un poema que obliga a situar a este poeta como testigo implacable, desde dentro, del tejido americano. Y es curioso cómo, siendo uno de los más contundentes del autor, casi no ha encontrado cabida en las antologías que se le han dedicado: tengo varias y en ninguna está.


Los bufones

Recuerdo, allá en la casa familiar, dos enanos
como los de Velázquez. El uno varón era
llamado “el Capitán”. Su vieja compañera
era su madre. Y ambos parecían hermanos.

Tenían de peleles, de espectros, de gusanos;
él cojeaba, era bizco, ponía cara fiera;
fabricaba muñecos y figuras de cera
con sus chicas, horribles y regordetas manos.

También fingía ser obispo y bendecía,
predicaba sermones de endemoniado enredo
y rezaba contrito Pater y Ave María.

Luego enano y enana se retiraban quedo;
y en tanto que la gente hacendada reía,
yo, silencioso en un rincón, tenía miedo.

Félix Rubén García Sarmiento, Rubén Darío (Metapa, hoy Ciudad Darío, 1867-León, Nicaragua, 1916)

Foto: Santiago Sylvester en el programa televisivo Dar de Nuevo

domingo, junio 09, 2013

Poemas elegidos, 16


Fabio Morábito
(Alejandría, 1955)

Trotamundos, de Giuseppe Ungaretti
El traductor vincula dos idiomas, pero también los separa; los vincula y los separa con la misma pasión y, por lo mismo, el arte de la traducción se ejerce en un espacio exiguo, lo que hace del traductor una figura emblemática de nuestro tiempo, porque nuestro tiempo nos exige ser exiguos y las grandes ciudades son prueba de ellos. Se rigen por el principio del espacio exiguo pero suficiente.
En este poema de Ungaretti, el primer poeta a quien traduje en mi vida, no sólo encontré retratada una experiencia vital que pude entender porque era también la mía, sino, sobre todo, una manifestación de lo exigua que es la poesía. Como la traducción, la poesía se nutre de fragmentos mínimos, trozos duros de lenguaje que en el poema se reúnen, pero jamás se funden como en la prosa; siempre estarán a la vista en su soledad gracias al simple hecho de que el poema, gracias al verso, ha renunciado al optimismo del renglón seguido que es propio de la prosa.
Este poema de Ungaretti, del que ofrezco aquí una traducción, está hecho de fragmentos que parecen casi esquirlas de una explosión. El poeta, en lugar de fundirlos para ocultarlos, los exhibe con un candor infantil, como si nos dijera: un poema se hace recogiendo trozos duros del suelo; hay que inclinarse, mirar y recoger (o desechar) un trozo a la vez; y girar la cabeza lo menos posible, pero no olvidar hacerlo. Toda una lección de exigüidad que he tenido siempre presente al escribir poesía.


Trotamundos

En ninguna
parte
de la tierra
puedo
asentarme

En cada
nuevo
clima
que encuentro
descubro
con pena
que
alguna vez
me fue
conocido

Y me separo de él siempre
extranjero

Naciendo
de vuelta de épocas
demasiado vividas

Gozar un solo
minuto de vida
inicial

Busco un país
inocente

Giuseppe Ungaretti (Alejandría, 1888-Roma, 1970)

Foto: Fabio Morábito por Cristina Rodríguez en La Jornada, junio 2011

Poemas elegidos, 15


Roberto Pasquali
(Boloña, 1955)

Ci fu un redentore (Hubo un redentor), de Dylan Thomas
Salí de la escuela pensando que la poesía era algo aburrido, inútil y viejo con palabras muy lejanas de mi experiencia juvenil, pero algo en mis cuadernos escribía sin saber qué era y cómo llamar a esa forma de escritura. Un día me regalaron un libro de Thomas y fue como un relámpago en un cajón. Hablaba mi lengua y sentía cosas parecidas y él podía decirlas con palabras hermosas; en ese momento entendí qué era la poesía: decir cosas hermosas con palabras hermosas y con total libertad al mismo tiempo. Desde entonces no paré de leer y escribir poesía y de darla  a conocer, sobre todo a los chicos que se aburren en la escuela...




Ci fu un redentore

Ci fu un redentore
Più raro del radio,
Più comune dell'acqua, più crudele della verità;
Fanciulli tolti al sole,
Si riunivano intorno alla sua lingua
Per udire la nota dorata girare in un solco,
Prigionieri dei loro desideri sprangavano gli occhi
Dentro le carceri e gli studi dei suoi sorrisi senza chiave.

La voce dei pargoli dice
Da un perduto deserto
Bisognava far calma nel suo tranquillo tumulto;
Quando uomo ostile feriva
Uomo, bestia, od uccello,
Noi celavamo il terrore in quel fiato omicida;
Bisognava tacere, quando la terra divenne fragorosa,
Dentro le tane e i manicomi del terribile grido.

C'era gloria da udire
Nelle chiese del suo pianto,
Sotto il suo braccio piumoso, mentre colpì, sospiravi
O tu che non sapevi
Piangere sulla terra quando un uomo moriva,
Immettesti una lacrima di gioia nel divino diluvio
E appoggiasti l'orecchio a una conchiglia di nuvola:
Ora nel buio siamo soltanto tu e io.

Due orgogliosi oscurati fratelli,
Sprangati dall'inverno fianco a fianco
Gridiamo a questo vuoto inospitale anno,
O noi che non sapemmo
Trarre un solo sospiro nell'udire
La cupidigia umana avventarsi sul prossimo in fiamme
Ma gemendo corremmo a rifugiarci dentro le azzurre mura,
Ora versiamo gigantesche lacrime per la colpa mal conosciuta,

Per il crollo di case
Che non allevarono le nostre ossa,
Per le morti coraggiose degli unici mai ritrovati,
Orà vediamo, solitari in noi,
La nostra polvere di veri stranieri
Cavalcare attraverso le porte della nostra
Impenetrata casa. In noi esiliati, risvegliamo il molle,
Inerme, disserrato, scabro e setoso amore che frantuma ogni pietra.

Versión de Ariodante Marianni, 1965



Una vez hubo un salvador

             Una vez hubo un salvador
             más precioso que el radium
más simple que las aguas, más cruel que la verdad;
             reunidos por su hablar
             los niños se alejaban del sol
para oír la nota de oro dar vueltas en un surco
los prisioneros de sus deseos encerraban los ojos
en las cárceles y el indagar de su sonrisa sin llave.

             Desde un erial perdido
             voces de niños cuentan
que una calma se hacía en su inquietud segura,
             cuando el hombre opositor hería
             al hombre, el animal, o al pájaro
ocultamos el miedo en ese aliento asesino,
silencio, silencio que guardar cuando la tierra se volvió ruidosa
en las cuevas y asilos del tremendo alarido.

             Se dejó oír la gloria
             en las iglesias de sus lágrimas,
suspirabas cada vez que su brazo velludo te golpeaba,
             oh tú que no pudiste llorar
             sobre la tierra cuando un hombre moría
derramaste una lágrima de gozo en el diluvio sobrenatural
y apoyaste la mejilla en una caracola con figura de nube.
Ahora estamos solos tú y yo en la oscuridad.

             Dos ennegrecidos hermanos orgullosos
             encerrados en el invierno lado a lado
le gritan a este inhóspito año hueco.
             Oh nosotros que ni esbozar logramos
             un pálido suspiro cuando oímos
golpear a la codicia en nuestro prójimo y quemar al vecino
             pero acurrucados y lastimeros en el muro celeste
ahora soltamos una lágrima enorme por la caída pequeña que supimos,

             por los hogares derribados
             que no alimentan nuestros huesos,
ni las muertes valientes de unos pocos que jamás hallamos,
             mira ahora solitario en nosotros,
             cómo nuestro genuino polvo de extranjeros
             cabalga por las puertas de nuestra casa inexplorada.
Exiliados en nuestro propio ser levantamos
desatado, sin brazos, el amor sedoso y áspero que deshace todas las rocas.

Versión de Elizabeth Azcona Cranwell, 1974

Dylan Thomas (Swansea, Gales, 1914–Nueva York, 1953)

sábado, junio 08, 2013

Poemas elegidos, 14


Tamara Kamenszain
(Buenos Aires, 1947)

Bajo las estrellas del invierno, de Héctor Viel Temperley
Viel Temperley es para mí nuestro poeta más alto (sé que mi afirmación puede sonar fundamentalista, pero bueno, me arriesgo, así somos los fans…) Es el poeta de la modernidad tardía que al mismo tiempo nos tira adelantos de cómo será la estética de la postmodernidad. Todo lo que él hace anticipa lo que vendrá, y "Bajo las estrellas del invierno" está en el centro de esa constelación futurista. Es el único poema argentino que encuentra la perfecta manera de narrar sin claudicar, mientras a cada paso se da el lujo de paralizar el relato con shocks de poesía pura. Este poema nos enfrenta con operaciones de síntesis que parecen imposibles: entre imágenes y personajes, entre singularidad y universalidad, entre intimismo y extimidad absoluta. Por eso me guía cada vez que estoy escribiendo y pierdo la brújula.


Bajo las estrellas del invierno

La liebre que una vez que yo miraba
atardecer -volaban los chimangos!-
salió del sol y se sentó a mirarme

El pájaro que una mañana
se posó exactamente sobre mi corazón
a una hora en que su cuerpo todavía
calentaba la piel más que el sol

El pene entre mis dedos de ese enfermo
al que ayudé a orinar mientras marchábamos
lentamente una noche a un hospital
cruzando playas de estacionamiento

La perra que buscaba a mi pene en la sombra
cada vez que salía para orinar desnudo
mirando las estrellas del invierno
antes de regresar corriendo hasta el colchón
iluminado por el fuego que ardía toda la noche
en los troncos que hachaba con mi hacha todo el día

La mujer que pedía serenamente auxilio
agitando los brazos y volviendo a nadar
en las primeras horas de una tarde pesada
en que yo con el pan en el estómago
no encontraba a otro hombre en las orillas

Y todos los metros que nadé por el mar
sin ver jamás a la terrible aleta
Y mi alegría de noche en las ramas de un árbol
oyendo tangos en mi adolescencia
Y mis siestas sentado junto al cajón de un muerto
descansando en la diga frescura de una bóveda
del verano porteño que tantos nos había humillado

Hablo de todas las horas y de todos los días
y de todas las estaciones y de todos los años

Pero la liebre que una vez que estaba solo
se ubicó exactamente entre el sol y mis ojos
guardando exactamente la distancia
que guarda un ángel que visita a un hombre...

Y el pájaro que un día
se posó exactamente sobre mi corazón
lo que es igual a recibir de un golpe
el propio corazón en el lugar exacto
el único lugar del universo
donde es una victoria recibirlo...

Y la perra que se acercaba agitando la cola
cada vez que volvíamos a encontrarnos desnudos
y solos bajo el cielo del oeste...

En fin...
Brillan los miles de ojos que me miran
Brillan las estrellas del oeste en invierno
Sobre la borda del colchón iluminada por las llamas
me siento arreglo el fuego
leo diarios viejos mientras mi sombra crece

Son las tres de la tarde en el reloj
que después del almuerzo se detiene
La noche es larga
Toda la noche sopla el viento
Mi muslo brilla con la saliva de la perra
o entre las piernas de una mujer de buen carácter
desnuda alegre dormida satisfecha
Vuelvo a despertarme cuando quiero
Vuelvo a salir al frío y a orinar nuevamente
porque estas noches bebo mucha agua
El fuego hace sudar al que lo cuida

En fin...
Hice orinar a un hombre
Salvé del mar a una mujer lejana
Y sé que puedo recordar algunos otros
actos de más amor de más coraje

En fin...
Pienso en todas las horas pienso en todos los días
pienso en todos los años sin encontrar mi imagen

Pero una liebre un pájaro una perra
me miraron a los ojos al corazón al sexo
como creo que sólo me miró también el mar
una madrugada de verano en que vagaba
con una pistola en el puño sin tener dónde afeitarme

Héctor Viel Temperley (Buenos Aires, 1933-1987)

Poemas elegidos, Faretta (eludimos el número inconveniente)


Angel Faretta
(Buenos Aires, 1953)

Oscuridad, de Silvina Ocampo
En la lírica moderna el yo, o una proyección particular y vicaria del yo, se separa, eleva o rebaja para ser una suerte de cámara móvil que describirá aquello que la otra mitad sufre o padece -difícilmente goza. Y si lo hace es para reflejar especularmente tanto lo efímero de ese goce como, tras la huida del placer, el regreso doloroso -nóstos álgos- a lo trágico cotidiano. Porque es eso lo que ha sucedido con lo trágico y la tragedia, se han vuelto cotidianos, diarios. Por eso el cine y la poética del tango y el regreso de la representación melodramática.
Una voz se separa de lo que la otra voz padece. Este padecimiento puede ser también lo que la voz primera recuerda -i. e. líricamente- de lo sucedido a esa segunda voz que está en un pasado de relación especular con ese presente lírico. Si ello es así, este poema de Silvina Ocampo leído en mi in illo tempore particular y vuelto a releer con los años, cumple todas las condiciones antes dichas. También con el empleo, desvío o transformación lírica de los objetos seriales y maquinales producidos ad nauseam en la ciudad moderna industrial.
¿Qué fermentos y leudantes dieron a mi propia poesía? Lo dejo para los tenaces pero benevolentes lectores críticos.


Oscuridad

Tal vez nadie te ame como te amé aquel día.
No yo misma. Qué oscuro estaba el aposento.
En la dicha que fue también padecimiento
tu clandestinidad era, en tinieblas, mía.

Las cortinas metálicas y las ruedas que giran,
el confuso rumor de ascensores, los cables,
en el viento afilado las escalas variables,
los gritos ambulantes, con voces que se estiran,

no anunciaban que afuera persistieran las cosas
como siempre: las tiendas, la gente, los carruajes,
los letreros políticos, las miserias, los viajes,
los portafolios rotos, los zapatos, las rosas.

Y para recordarte, sin querer, en mi olvido
compuse este catálogo de sonidos diversos
ahora descifrables, antes vagos, dispersos,
que paulatinamente adquirieron sentido,

rostros, mitos y luego complejas vestiduras,
rituales perfecciones, edificios de frente,
en esa luz que a veces aun sin amor consiente
como la eternidad a elaborar figuras.

Silvina Ocampo (Buenos Aires, 1903-1993)

viernes, junio 07, 2013

Poemas elegidos, 11


Germán Arens
(Bahía Blanca, 1967)


Perlas negras XII, de Amado Nervo
En el año 1987, mientras cursaba quinto año del secundario en el Nacional nocturno de Bahía Blanca, elegí este poema de Amado Nervo para responder a un trabajo práctico que  me había sido encomendado como tarea para el hogar. Debía leerlo y analizar su tono, estructura, sintaxis, puntuación, etc. Nada tenía que ver este poema con mi manera  de hablar, sí con la de creer, al menos en ese entonces. Gracias a él empecé a esbozar mis primeros versos. Mi madre, después de leerlos, se los acercó a una monja de María Auxiliadora con la que tenía amistad desde sus años de pupila en dicho colegio. La monja dijo que yo era un muchacho triste.




Perlas Negras XII  

Sol esplendente de primavera,
a cuyo beso, fresca y lozana,
la flor se yergue, la mariposa
viola el capullo, la yema estalla;
sol esplendente de primavera:
¡yo te aborrezco! porque desgarras
las brumas leves, que me circundan
como rizado crespón de plata.
A mí me gustan las tardes grises,
las melancolías, las heladas,
en que las rosas tiemblan de frío,
en que los cierzos gimiendo pasan,
en que las aves, entre las hojas,
el pico esconden bajo del ala.
A mí me gustan esas penumbras
indefinibles de la enramada,
a cuyo amparo corren las fuentes,
surgen los gnomos, las hojas charlan…
Sol esplendente de primavera,
cede tu gloria, declina, pasa:
deja las brumas que me rodean
como rizado crespón de plata.
Bellas mujeres de ardientes ojos,
de vivos labios, de tez rosada,
¡os aborrezco! Vuestros encantos
ni me seducen ni me arrebatan.
A mí me gustan las niñas tristes,
a mí me gustan las niñas pálidas,
las de apacibles ojos obscuros
donde perenne misterio irradia;
las de miradas que me acarician
bajo el alero de las pestañas…
Más que las rosas, amo los lirios
y las gardenias inmaculadas;
más que claveles de sangre y fuego,
la sensitiva mi vista encanta…
Bellas mujeres de ardientes ojos,
de vivos labios, de tez rosada:
pasad en ronda vertiginosa;
vuestros encantos no me arrebatan…

*
Himnos vibrantes de las victorias,
notas triunfales, bélicas marchas,
¡os aborrezco! porque, al oíros,
trémulas huyen mis musas blancas.
A mí me gustan las notas leves…
las notas leves… las notas lánguidas,
las que parecen suspiros hondos…
suspiros hondos de almas que pasan…
Chopin: delirio por tus nocturnos;
Beethoven: sueño con tus sonatas:
Weber: adoro tu Pensamiento
Schubert: me arroba tu Serenata.
¡Oh! Cuántas veces, bajo el imperio
de vuestra música apasionada,
Ella me dice: ¿Me quieres mucho?
y yo respondo: ¡Con toda el alma!
Himnos vibrantes de las victorias,
notas triunfales, bélicas marchas:
¡chit! porque huyen al escucharos,
trémulas todas, mis musas blancas…
Sol esplendente de primavera,
lindas mujeres de faz rosada,
himnos triunfales…; ¡dejadme a solas
con mis ensueños y mis nostalgias!
Pálidas brumas que me rodean
como rizado crespón de plata,
vagas penumbras, niñas enfermas
de ojos obscuros y tez de nácar,
notas dolientes: ¡venid, que os amo!
¡Venid, que os amo! ¡Tended las alas!

Juan Crisóstomo Ruiz de Nervo y Ordaz, Amado Nervo (Tepic, México, 1870-Montevideo, 1919)
---
Foto: Germán Arens en El Infinito Viajar

Poemas elegidos, 12


Mercedes Roffé
(Buenos Aires, 1954)

Nocturno III, de José Asunción Silva
Debía de tener 17 años cuando leí este poema por primera vez -y por segunda, y por tercera. Decir que el deslumbramiento fue instantáneo no le haría honor. Más bien diría que el deslumbramiento fue para siempre. ¿Quién podría creer tanta belleza? Esa mañana, en la clase no se habló de silvas ni de alejandrinos, sino de la respiración entrecortada, asmática, de aquel que se debate y lucha con un dolor profundo y penetrante.
Ese poema nos enseñaba a un tiempo la noche del amor y de la muerte. Nos revelaba el trémulo enlazarse de las almas que a veces se deriva del amoroso enlazarse de los cuerpos. Nos hacía sospechar la enormidad del pecado y de inmediato nos garantizaba su segura redención por la belleza. Nos develaba, antes bien, que la noche y la luna no son tópicos, sino esa particular cualidad que cobra el aire en aquellos -pocos- momentos en que el ser se vuelve hacia lo más hondo de sí.
Si las églogas de Garcilaso, los monólogos de Calderón, los sonetos de Sor Juana, habían iniciado a esa joven que era yo por entonces en lo que la poesía había sido, el "Nocturno" de José Asunción Silva me reveló, más que nada, lo que la poesía podía llegar a ser. Es el poema que hizo para mí posible un camino, como años más tarde volverían a revelar otros caminos posibles los poemas de Pizarnik, los de Girondo, los de Artaud…
Allí, en el "Nocturno", estaba la esencia del verso libre, es decir, la esencia del único instrumento con que habríamos de contar, a fines del siglo xx, para devenir los poetas que somos. Allí estaba el ritmo y su modulación, la repetición y su encantamiento, el rigor y la flexibilidad. Allí se iniciaba de algún modo ese diálogo radical que se abriría por entonces entre la letra y los blancos -es decir, entre el poema y el silencio que entraña. Allí estaba el corte del verso, caprichoso y justísimo, y estaba la sangría anticipando, tenue pero firmemente, el inminente golpe de dados.
No será hasta fines de los años 90 que me inscriba -en lo que atañe al menos a dos de mis libros: La ópera fantasma (2005) y Las linternas flotantes (2009)- en algo que no dudaría en llamar una poética marcadamente neo-simbolista. Una estética que comparto con otros varios poetas de Latinoamérica aun si nunca hemos acordado reuninos bajo tal consigna. Bocklin, Redon, Moreau, Puvis de Chavannes, Khnoff, Schwabe, Nerval, Rodenbach, Verhaeren, Wilde, Poe, Wagner, Lautréamont… podrían decirse nuestros referentes, nuestros maestros. Una fiesta nocturna -una fiesta en la oscuridad habría dicho otro neo-simbolista, el español Diego Jesús Jiménez- a la que el joven Silva habría sido el primer invitado.
                                   
Nueva York, mayo de 2013



Nocturno III

                   (a su hermana Elvira)

          Una noche,
una noche toda llena de perfumes, de murmullos y de músicas de alas,
          una noche
en que ardían en la sombra nupcial y húmeda las luciérnagas fantásticas,
a mi lado, lentamente, contra mí ceñida toda,
          muda y pálida,
como si un presentimiento de amarguras infinitas
hasta el más secreto fondo de las fibras te agitara,
por la senda que atraviesa la llanura florecida
          caminabas.
          Y la luna llena
por los cielos azulosos, infinitos y profundos esparcía su luz blanca,
          y tu sombra,
          fina y lánguida,
          y mi sombra
por los rayos de la luna proyectadas
sobre las arenas tristes
de la senda se juntaban.
          Y eran una,
          y eran una,
¡y eran una sola sombra larga!
¡Y eran una sola sombra larga!
¡Y eran una sola sombra larga!

          Esta noche,
          solo, el alma
llena de las infinitas amarguras y agonías de tu muerte,
separado de ti misma por el tiempo, por la sombra y la distancia,
          por el infinito negro
          donde nuestra voz no alcanza,
          mudo y solo
          por la senda caminaba.
Y se oían los ladridos de los perros a la luna,
          a la luna pálida,
          y el chillido
          de las ranas…
Sentí frío. Era el frío que tenían en tu alcoba
tus mejillas y tus sienes y tus manos adoradas,
          entre las blancuras níveas
          de las mortuorias sábanas.
Era el frío del sepulcro, era el frío de la muerte,
          era el frío de la nada...
          Y mi sombra,
por los rayos de la luna proyectada,
          iba sola,
          iba sola,
          iba sola por la estepa solitaria.
          Y tu sombra, esbelta y ágil,
          fina y lánguida,
como en esa noche tibia de la muerta primavera,
como en esa noche llena de murmullos de perfumes y de músicas de alas,
          se acercó y marchó con ella,
          se acercó y marchó con ella,
se acercó y marchó con ella... ¡Oh las sombras enlazadas!
¡Oh las sombras que se buscan y se juntan en las noches de negruras y de lágrimas!

José Asunción Silva (Bogotá, 1865-1896)

Foto: Mercedes Roffé por Estela Fares

jueves, junio 06, 2013

Poemas elegidos, 10


Gerardo Gambolini
(Buenos Aires, 1955)

Y la muerte no tendrá dominio, de Dylan Thomas
Lo elijo en la versión en que lo leí por primera vez, de Elizabeth Azcona Cranwell. En realidad, debería mencionar 3 poemas: "Yo canto el cuerpo eléctrico", de Walt Whitman; "Y la muerte no tendrá dominio" y "Prufrock", de T. S. Eliot, todos leídos entre los 15 y los 20 años, más o menos. Cada uno me marcó a su modo, por distintas razones. En el caso de Thomas, porque me encontré con posibilidades expresivas & de imaginación que hasta ese momento no conocía y que me emocionaban fuertemente, cosa que hasta hoy me parece central, por sobre la mera destreza descriptiva, la corrección formal, o la agudeza de pensamiento (que admiro, pero que busco en otro tipo de textos).
Thomas me significó una audacia que poco después encontré también en Vallejo, con quien internamente siempre lo conecté, aunque sin mucho fundamento.


Y la muerte no tendrá dominio

Y la muerte no tendrá dominio.
Los hombres desnudos han de ser uno solo
con el hombre en el viento y la luna poniente;
cuando sus huesos queden limpios y los limpios huesos se dispersen,
ellos tendrán estrellas en el codo y en el pie;
aunque se vuelvan locos serán cuerdos,
aunque se hundan en el mar de nuevo surgirán,
aunque se pierdan los amantes, no se perderá el amor;
y la muerte no tendrá dominio.

Y la muerte no tendrá dominio.
Los que hace tiempo yacen
bajo los dédalos del mar no han de morir entre los vientos,
retorcidos de angustia cuando los nervios cedan,
atados a una rueda no serán destrozados;
la fe, en sus manos, ha de partirse en dos,
y habrán de traspasarles los males unicornes;
rotos todos los cabos, ellos no estallarán.
Y la muerte no tendrá dominio.

Y la muerte no tendrá dominio.
Y las gaviotas no gritarán en los oídos
ni romperán las olas sonoras en las playas;
donde alentó una flor, otra flor tal vez nunca
levante su cabeza a los embates de la lluvia;
y aunque ellos estén locos y totalmente muertos
sus cabezas martillearán en las margaritas;
irrumpirán al sol hasta que el sol sucumba,
y la muerte no tendrá dominio.

Dylan Thomas (Swansea, Gales, 1914–Nueva York, 1953)
Versión de Elizabeth Azcona Cranwell

Poemas elegidos, 9


Cecilia Pavón
(Mendoza, 1973)          

El nuevo turismo, de Harry Mathews
Conocí a Harry Mathews gracias a Ezequiel Alemian, que me prestó su libro 20 lines a day un día de invierno de 2010. ´Habíamos empezado a traducirlo juntos, pero por a o por b, el proyecto fracasó. Unas semanas después, de casualidad, en la presentación de un libro de Francisco Garamona en la librería Eterna Cadencia, conocía a un poeta de Estados Unidos, Stuart Krimko que me regaló un libro de poemas que acababa de publicar. Era un libro de tapas rosadas, algo que me gustó mucho, y en la contratapa tenía un breve texto de Harry Mathews. En 2011 viajé a Miami invitada a un festival de poesía, y Stuart Krimko organizó un almuerzo con H.M. en Key West, uno de sus lugares de residencia. Comimos pescado que había cocinado Arlo Haskell, otro poeta residente en Key West, y tomamos un vino francés muy rico. Yo estaba re nerviosa de estar ahí teniendo que esforzarme en hablar bien en inglés y en parecer inteligente con un escritor mítico de ochenta y pico de años, y no paraba de fumar; pero él era encantador, súper amable y alegre y me decía, "por favor dame una seca de tu cigarrillo antes de que venga mi esposa y me rete". Le dije que quería traducir su libro 20 Lines a day y le encantó la idea. Ahora lo estoy terminando y saldrá pronto ojalá este año por la Editorial Mansalva. Es un libro sutil, escrito con la mente y el corazón sobre el misterio de escribir. Avanzo en la traducción en mis momentos libres, (cuando termino algún encargo que es de lo que vivo), creo que me demoro a propósito porque traducir a Harry Mathews, aunque sea una o dos frases por día llena mi día y mi vida de una forma que no lo hace nada más. La influencia de lo traducido sobre uno es algo difícil de medir; cuando traduzco movida por la fascinación, es una influencia total y completa. Aunque sea un cliché, uno se transforma en el otro, algo cercano a una sesión de espiritismo, si se quiere. Siempre me acuerdo que Mirta Rosenberg decía que el mejor taller literario era la traducción. Elegí este poema porque la estrofa sobre el lenguaje prestado que se repite dos veces en el poema es una canción que reaparece en mi mente con frecuencia: "¿de dónde vengo y dónde estoy?". Pienso que si uno se dedica a escribir en el fondo se hace siempre esa pregunta, que es una pregunta llena de alegría. Como la literatura de Harry Mathews que es una celebración de la alegría de escribir, entendida como una forma de manifestar la libertad de la consciencia. Harry Mathews ha sido una gran influencia en mí durante los últimos tres años. Fue un escritor y una obra que llegaron a mi vida por azar, y eso también es muy importante. Seguramente su influjo en mí acabe pronto, cuando le entregue el libro traducido al editor, y espero encontrar pronto otro gran influjo que me lleve hacia lugares desconocidos.



El nuevo turismo

¿De dónde vine
y dónde estoy varado?
Una parte de los mapas es negra
y el resto es lenguaje prestado

No tengo ropa
y las tiendas no aceptan mi dinero
los niños doblaron mis rodillas
y los párpados se me llenaron de escozor

Los labios de hierro son resbalosos
y las páginas que se incendian, soleadas
pero no les encuentro sentido
a las activas criaturas arrugadas

¿por qué pensar en el miedo frente
a plácidos rasgos extraños?
son más extrañas las lágrimas
de las activas criaturas arrugadas.

¿De dónde vine
y dónde estoy varado?
Una parte de los mapas es negra
y el resto es lenguaje prestado

Harry Mathews (Nueva York, 1930)
Versión de Cecilia Pavón



miércoles, junio 05, 2013

Poemas elegidos, 8


Eduardo Mileo
(Buenos Aires, 1953)

Mantener las cosas enteras, de Mark Strand
El corte de versos es el que corresponde a la respiración con que yo lo digo; no tengo la traducción a mano, pero lo sé de memoria.
La elección de este poema tiene una pequeña historia. En el año 1990 estábamos representando junto a Alberto Muñoz nuestra obra Misa negra en el ya desparecido teatro Babilonia, frente al Abasto. Me invitaron a un programa de radio para conversar sobre la obra y, como sucede con bastante frecuencia, en un momento la periodista me hizo la pregunta imposible: ¿para qué sirve la poesía? Le respondí con este poema y agregué: “Creo que si la poesía sirve para algo, será para esto: mantener las cosas enteras”.
El poema de Mark Strand me dio la respuesta en ese momento a una pregunta circunstancial, pero iluminó un espacio siempre oscuro, esquivo, y me permitió un modo de ver la poesía.


Mantener las cosas enteras 

En un campo
soy la ausencia de campo.
Siempre sucede así:
dondequiera que esté
soy aquello que falta.

Si camino
parto el aire, mas
siempre
el aire vuelve
a ocupar el sitio
donde mi cuerpo estuvo.

Todos tenemos razones
para movernos:
yo me muevo
para mantener las cosas
enteras.

Mark Strand (Summerside, Isla del Príncipe Eduardo, 1934-Nueva York, 2014)
Versión de Reynaldo Jiménez y Violeta Lubarsky

Poemas elegidos, 7


Irene Gruss
(Buenos Aires, 1950)

Para vivir aquí, de Paul Eluard
No es, pienso, su mejor poema ni el que más me gusta. Pero ese “Yo hice un fuego / para ser su amigo” sigue viniendo casi a diario, casi leitmotiv, casi cantinela; y el “Como un muerto yo no tenía más que un único elemento” es uno de mis lemas o especie de lemas. Esa conciencia del absoluto, ese giro que da al final transforma y me da de comer. I.G.


Versión de Luis Quintana Tejera:

Para vivir aquí

Yo hice un fuego, el azur me había abandonado,
un fuego para ser su amigo,
un fuego para introducirme en la noche invernal,
un fuego para vivir mejor;
Yo le di aquello que el día me había dado:
los bosques, las zarzas, los campos de trigo, las viñas,
los nidos y sus pájaros, las casas y sus llaves,
los insectos, las flores, las hormigas, las fiestas.
Yo viví al solo ruido de sus llamas crepitantes,
al perfume de su calor;
yo era como un barco navegando en un agua cerrada,
como un muerto yo no tenía más que un único elemento.


Versión de Raúl Gustavo Aguirre:

Para vivir aquí

Hice un fuego, lo azul me había abandonado,
Un fuego para ser su amigo,
Un fuego para entrar en la noche invernal,
Para vivir mejor.

Y le di todo aquello que el día me hubo dado:
Los bosques, los zarzales, los trigales, las viñas,
Los nidos y sus pájaros, las casas y sus llaves,
Los insectos, las flores, los armiños, las fiestas.

Viví con el rumor de las llamas crujientes.
Con el perfume de su ardor;
Yo como un barco iba por el agua prohibida,
Como un muerto no tuve más que un solo elemento.

Paul Eluard (Saint-Denis, 1895-Charenton-le-Pont, 1952)

martes, junio 04, 2013

Poemas elegidos, 6


Alejandro Schmidt
(Villa María, 1955)

Claridad, de Carlos Vladimirsky
A este poema lo leí  en la libreta de un amigo, yo trabajaba de peón de albañil en la ciudad de Córdoba, en esos momentos estudiaba los comentarios de  Maurice Nicoll sobre las enseñanzas de Gurdjieff y Ouspensky, la Biblia y la poesía argentina de los '50. Me pareció, por entonces, que  "Claridad" concentraba lo sentimental, la luz, la soledad y el andar, temas que fueron motivo de media docena de libros escritos desde esa época.
"Claridad" me iluminó como una sugerencia, una sincronía… algo, modestamente justo entre tanta ilusiones y pretensiones.
A lo largo del tiempo leí completo a Vladimirsky. Lo considero uno de los grandes poetas argentinos de todos los tiempos.


Claridad

Esa pequeña
claridad tuya
es como el cielo.

Cuando camino
solo.

Carlos Vladimirsky (Santa Fe, 1952)

Poemas elegidos, 5


Laura Wittner
(Buenos Aires, 1967)

La casa de los aduaneros, de Eugenio Montale
Las cosas capaces de conservar para siempre un misterio son las que más me seducen y me incentivan a escribir. Claro que hay que ser manso y no afilar del todo la herramienta interpretativa para que algunos misterios puedan seguir encendidos, raros como la luz del petrolero. Me gusta mucho entender, pero todo tiene un límite. Me aferro al plano que no termina de definirse, como en algunas películas de Wong Kar Wai.
Cuando empezaba a escribir poesía, con mis amigos, nos pasábamos días y noches leyendo en voz alta, opinando, pensando, interpretando. “La casa de los aduaneros” se nos resistía. La extrañeza del paisaje portuario y oscuro, como oscura se va volviendo la memoria, la falta de memoria. Esa línea de luz que une a dos personas, y luego va apagándose sólo de un lado. “¿Il varco è qui?” (“¿Es éste el paso?”): ¿quién habla? ¿qué paso?. Sí: la versión de Horacio Armani da una explicación, pero ¿por qué querría creérmela? Estoy en contra de disecar poemas: podrían pulverizarse.
Tiene además, “La casa dei doganeri”, esa música adictiva que ya en el segundo verso nos hace trepar por territorio escabroso: “sul rialzo a strapiombo della scogliera”. Yo sabía poco italiano en esa época, pero el sonido de esa línea me compraba por completo.
En 1998, varios años después de esas eternas lecturas grupales, y en un  momento en que Montale me había quedado medio lejos, pasó que escribí un poema largo que terminaba casi igual que “La casa de los aduaneros”. Pero de esto acabo de darme cuenta. Ahora mismito. ¡Plop!


La casa de los aduaneros

Tú no recuerdas la casa de los aduaneros
sobre la elevación inclinada sobre la escollera:
desolada te espera desde la noche
en que entró en ella el enjambre de tus pensamientos
y se detuvo inquieto.

La marejada azota hace años la vieja muralla
y el sonido de tu risa ya no es alegre:
la brújula gira loca a la ventura
y el cálculo de los dados no regresa.
Tú no recuerdas; otro tiempo trastorna
tu memoria; un hilo se devana.

Tengo todavía la punta; pero se aleja
la casa y sobre el techo la ennegrecida
veleta gira sin piedad.
Tengo la punta; pero tú estás sola
casi ni respiras en la oscuridad.

Oh el horizonte en fuga donde se enciende
rara la luz del petrolero.
¿Es este el paso? (Pulula todavía el oleaje
sobre el acantilado que se desploma).
Tú no recuerdas la casa de esta
noche mía. Y yo no sé quién va y quién queda.

Eugenio Montale (Génova, 1896-Milán, 1981)
Versión J. Aulicino


Foto: Laura Wittner por Estela Fares

lunes, junio 03, 2013

Poemas elegidos, 4


Daniel Freidemberg
(Resistencia, 1945)

El entierro de los muertos (segunda parte), de Thomas Stearns Eliot
Es, como se ve, la segunda de las cinco partes que componen “El entierro de los muertos”, a su vez primera de las cinco secciones de La tierra baldía, de T.S. Eliot (sigo utilizando ese título para la traducción de The Waste Land, en vez de La tierra yerma, El páramo o algún otro de los varios que se propusieron, porque es el que más se acerca, me parece, a la variedad de connotaciones que tiene el título en inglés, o quizá simplemente porque así me quedó grabado en la mente). No sería exactamente un poema pero tiene una unidad que lo hace recortarse nítidamente en el conjunto del texto, y bien creo que puede considerarse a La tierra baldía como un gran poema compuesto de varios poemas que en su mayor parte también contienen poemas (de hecho, algo así intenté en mi último libro). Y si tanto me importa, es sobre todo por las cinco primeras líneas, aunque también las cuatro últimas siguen estremeciéndome cada vez que las leo, y ni hablar del conjunto, de principio a fin.
Esa frase, “un montón de imágenes rotas donde el sol bate” fue para mí encontrar una clave, algo que me abrió la cabeza y me permitió vislumbrar caminos en varios planos, y en especial para pensar a la poesía y a mi escritura. Estaba en plena elaboración de mi segundo libro, Diario en la crisis, en los últimos años de la última dictadura, pero decir “elaboración” es excesivo: trataba apenas de apuntar lo que pudiera encontrar que tuviera alguna significación para mí, en medio de la carencia de palabras y de posibilidades de alguna “visión poética” en que vivía, como si el mundo fuera precisamente una tierra baldía o yerma. Y sucedió que me encargaron para una revista española una de las consabidas notas sobre “poesía argentina actual” (creo ahora recordar que me la encargó Beatriz Sarlo) y, mientras la iba pensando, me encontré con “El entierro de los muertos”, en la versión de Agustí Bartra, en una brevísima antología de poesía del siglo XX publicada por el Centro Editor de América Latina.
Ya lo había leído, pero al reencontrarlo descubrí, en esas primeras cuatro líneas, lo que necesitaba para la nota: ahí, en un mundo hecho de desperdicios, restos, residuos de algo que fue otra cosa, endurecidos ya y mudos, como de piedra, ¿cómo podía saber uno qué puede arraigar o crecer? ¿qué podía uno realmente conocer de todo eso? Y algo, sin embargo, estaba, sí, ante mí, y de eso tal vez podíamos dar cuenta en nuestros poemas: no el mundo, porque el mundo se había hecho pedazos, sino imágenes del mundo, apenas imágenes, con lo que las imágenes tienen de irreductible, pero a su vez imágenes rotas, ya que no había manera de completar una imagen de nada, y sobre esas imágenes, en medio de la aridez de un gran campo sembrado de residuos, batía indiferente y espléndida la luz del sol de siempre, el del mundo real, indiferente, poniendo todo eso a la vista.
Eso era lo que estábamos escribiendo, pensé entonces, y en base a esa idea elaboré aquel artículo que ya no sé a dónde fue a parar. Hoy no podría volver a decirlo, pero sí, en todo caso, sé que eso era lo que escribía yo. Eso es Diario en la crisis y esa es la base a partir de la cual escribí toda la poesía que produje desde entonces. Al fin y al cabo, el título de En la resaca, mi último libro, surge de un poema que incluí en Lo espeso real en el que miro al mundo como si todas las cosas fueran resaca depositada antes mis ojos al retirarse por un rato el mar del tiempo. Aprender a mirar: no puedo dejar de hablar, una y otra vez, de lo mismo. Así creo que lo sigo mirando al mundo, no siempre, sino cuando consigo apartarme de los vientos de la urgencia o de las visiones consensuadas, para tratar de apreciar algo, y no está nada mal. El sol bate sobre las cosas aunque no sepamos qué son, pero algo son, y eso ya es mucho.

La tierra baldía

El entierro de los muertos

II

¿Cuáles son las raíces que arraigan, qué ramas crecen
en estos pétreos desperdicios? Oh hijo del hombre,
no puedes decirlo ni adivinarlo; tú sólo conoces
un montón de imágenes rotas, donde el sol bate,
y el árbol muerto no cobija, el grillo no consuela
y la piedra seca no da agua rumorosa. Sólo
hay sombra bajo esta roca roja
(ven a cobijarte bajo la sombra de esta roca roja),
y te enseñaré algo que no es
ni la sombra tuya que te sigue por la mañana
ni tu sombra que al atardecer sale a tu encuentro;
te mostraré el miedo en un puñado de polvo.

T. S. Eliot (St. Louis, 1888-Londres, 1965)
Versión de Agustí Bartra

Poemas elegidos, 3

Luisa Futoransky
(Buenos Aires, 1939)

Escrito con lápiz en el vagón sellado, de Dan Pagis
Pucha, ni de vieja puedo conformarme a las consignas, me puse la mano en el corazón y de veras me veo reducida a hacer lo que siempre hago, juntar retazos y confeccionar con ellos mi manto de atravesar lo más rudo del invierno. Los versos que modifican, conforman, hacen respirable la vida, suelen estar siempre con uno, y según las circunstancias se evidencian más que otros. Digamos que los continuos que asoman con mayor porfía en este tramo de mi camino son tu madre que te quiere, Naomi, esa pobre Naomi que después de haberse muerto en el loquero a las dos semanas llevó en andas el Kaddish de su hijo Allen G., no vas a dejar sola a la pobre Lou, línea de Nosotros dos aún de Henri Michaux con la que desde siempre mi soledad se identifica, y un texto muy breve que cuando creí que había oído todo y leido tanto sobre el Holocausto, me golpeó en pleno rostro: Lo traduje con una amiga, Marta Teitelbaum, del hebreo. El poeta se llamaba Dan Pagis y el poema está grabado en polaco, hebreo e inglés en la estela conmemorativa del campo de exterminio de Balzanek:


Escrito con lápiz en el vagón sellado

Aquí en este envío

yo Eva

con mi hijo Abel

si ven a mi hijo mayor

Caín hijo de Adán

díganle que yo


Dan Pagis (Rumania, 1930-Israel, 1986)


Foto: Luisa Futoransky en el Salón del Libro de París, 2013, por Daniel Mordzinski

domingo, junio 02, 2013

Poemas elegidos, 2


Rodolfo Alonso
(Buenos Aires, 1934)

El español en el cabaret, de René Ménard
Ni lo pensé. A este poema, a la versión de Aguirre de este poema de René Ménard (1908-1980), los llevo muy adentro en mi memoria desde que lo descubrí, en un número de Poesía Buenos Aires. Después de René Char, Ménard era el poeta francés contemporáneo más afín a Raúl. Y fue en su casa que lo conocí, llegando a ser amigos. Por eso recibí la mayoría de sus libros. Y sin embargo, aunque lo busqué y rebusqué sin cesar, allí y por otros medios, nunca logré toparme con el ansiado original francés. Y sin embargo, estas palabras sin duda relacionadas con el cante jondo que desde antes de saberlo me tentó, y cuyo texto primigenio no logré hasta ahora conseguir, se me vuelve una y otra vez evidencia viva de lo que intuyo es la poesía: palabra encarnada. Palabras secas, cortantes, precisas, conmovedoras, entrañables, bellísimas, de un duende tan flagrante e inefable como el que llega a rozar el cante alto, el cantaor hecho pura voz, sin otra música. Eso a lo que un título de Duke Ellington supo aludir, tan cabalmente, de una vez y para siempre: “Nada tiene sentido si le falta swing.”
                                                                                                                 Olivos, mayo 27 de 2013


El español en el cabaret

Hombre
Al exceso de ser hombre
A la autoridad de ser hombre
Tú dedicas tu canto

Rostro de filigrana de ruinas
La herramienta ruda de tu voz
Separa de los guijarros
Rostros que te contemplan

Y ronca un planeta negro
En la lumbre en el vino
Cuando tu guitarra
Vuelve a tu puño.

René Ménard (París, 1908-Fontainebleau, 1980)
Versión de Raúl Gustavo Aguirre

sábado, junio 01, 2013

Poemas elegidos, 1


Gabriela Bejerman 
(Buenos Aires, 1973)

Tierra viva, de Coral Bracho
La revelación: que el lenguaje sea y no que señale. El poema late, vibra; es un geológico temblor que no alude, sacude. En vez del sentido que capta la mente, la materia encendida que recibe, como cuenco, un cuerpo -puro oído, puro tacto, saboreo, masticación-. Las palabras no están quietas en su molde lexical, destellan movimiento, se escapan por las propias venas en infatigable circulación.


Tierra viva 

Tierra viva,
tierra de entraña ardiente,
encendido panal bajo los sepias
de un manto espeso.
Materia de ebriedad y de dulzura
que a sí misma se engendra,
que en sí misma se vierte.
Tierra que funde
y que concentra, en su cieno solar,
las ternuras huidizas que amasa el tiempo. Tierra
de floración. Tierra torneada en que cifra el goce
sus huellas íntimas, cera en que se abisma y palpa
su memoria:
cuenco; lugar oculto
donde el amor
es un fruto que pesa
y que madura. Es el huerto ceñido
que se extiende hacia adentro:
selva de nervaduras
en sus hojas;
redes de bronce contra el mar.
Destellos finos
que alarga el sueño sobre sus lascas azuladas. Sal,
huellas de sal sobre esta tierra. Rastros
de plenitud; y el tejido del otoño al trasluz
de sus frutos.

[1992]

Coral Bracho (México, 1951)

Foto: Gabriela Bejerman en el Filba

viernes, mayo 31, 2013

Robert Lowell / Para hablar del infortunio que hay en el matrimonio




Para hablar del infortunio que hay en el matrimonio

La noche calurosa nos hace mantener abiertas las ventanas del dormitorio.
Nuestra magnolia florece. La vida comienza a acontecer,
mi excitado marido interrumpe sus discusiones hogareñas
y recorre las calles de un lado a otro, en busca de prostitutas,
lanzándose por el filo de la navaja.
Ese insensato podría matar a su mujer y luego jurar no beber más.
Oh la monótona bajeza de su lujuria...
Es la injusticia... él es tan injusto...
ciego de whisky volviendo a casa a las cinco, fanfarroneando.
¿Qué lo mueve? Cada noche ato a mi muslo
diez dólares y la llave del auto...
Aguijoneado por la urgencia de su deseo,
se desploma sobre mí como un elefante.

Robert Lowell (Boston, 1917-Nueva York 1977), Alberto Girri, Versiones, Corregidor, Buenos Aires, 1974 

To Speak of Woe That Is in Marriage

The hot night makes us keep our bedroom windows open.
Our magnolia blossoms.Life begins to happen.
My hopped up husband drops his home disputes,
and hits the streets to cruise for prostitutes,
free-lancing out along the razor's edge.
This screwball might kill his wife, then take the pledge.
Oh the monotonous meanness of his lust...
It's the injustice ... he is so unjust...
whiskey-blind, swaggering home at five.
My only thought is how to keep alive.
What makes him tick? Each night now I tie
ten dollars and his car key to my thigh...
Gored by the climacteric of his want,
he stalls above me like an elephant.

Poetry Org.-

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Ilustración: Vista de Basilea y el Rin, 1927, Ernst Ludwig Kirchner