lunes, octubre 22, 2007

Hugo Padeletti / Dos poemas



SIEMPRE HAY UN NIMBO

de tormenta, un gladiolo
amarillo, un ancla herrumbrada
en un pozo.

Repaso
el polvo de canela,
la pez, la obstinación
del mosquito.

La sola persistencia
de un solo afán
posterga lo embozado
del vacío,
la adivinación por la sombra
(late
alguna fragua).

El peso de la vida
-¿siempre yo?-
es un monumento de agua
labrado en vilo.


LAS BORRADAS JUNTURAS IMPERIALES

se aflojan, las raíces
penetran,
el templo o fortaleza
se descarga.

La cifra
del recinto central -la recompensa
del trazado-
no hace mella en la estirpe
del bambú, en la semilla
funeraria.

Ni el rito
instruido en la roca, ni el secreto
enredado en las runas,
ni el vigilante ancestro del coral
-héroe o dios- ni la música
notada

abolieron la dínamo del sol,
la sal, el estatuto
de las dunas.

Hugo Padeletti (Alcorta, 1928), El andariego. Poemas 1944-1980. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2007

jueves, octubre 18, 2007

Tal vez sea una buena manera de leer poesía pensar que todo poeta contiene tres libros básicos de Aristóteles: Política, Poética y Lógica. La Política aristotélica es la formulación de la ciudad perfecta, con un sistema y un número de habitantes limitado que hace posible el funcionamiento del sistema. La Poética indica las estructuras a las que inevitablemente se ciñen, como modelos míticos, los discursos artísticos. Ellas son lírica, épica y drama. La Lógica pone límites al pensamiento, propone un mecanismo que opera por partes, que necesita estaciones, puntos de apoyo. Cualquier cadena de causas y efectos se reduce a dos eslabones, a dos premisas básicas. Será necesario definir nuestras premisas, las premisas de un poeta, sus puntos de apoyo. ¿Cómo?
Volvamos a la Política. Para existir, el poeta requiere una ciudad con cupo limitado. No todos pueden --y si no pueden, no deben-- disfrutar de un poeta. Así pues, lo primero que debe hacer un lector es definir si es parte de esa ciudad. Si siente que sí, pero aún no entiende, pase a la Poética: piense que ha de haber épica, drama y lírica en proporciones variables en cualquier poeta del que se trate, siendo que la lírica, expresión de sentimientos personales de acuerdo con el sistema aristotélico, es el punto de fuga, la arbitrariedad tolerable. Por último, el poeta tendrá un campo limitado de vínculos y claves, por extenso que sea, en la sucesión infinita. El mecanismo de sus "asociaciones libres" responderá a dos premisas básicas.
Nos enseña Eliot que cada gato tiene tres nombres: un nombre común, como Michifuz o Blanquita; uno más privado, el de su dinastía, que pocos conocen (nombres raros, como Nabucodonosor, cada uno de los cuales pertenece a unos pocos gatos), y por último, un nombre único, en cuya contemplación se pierde más de un vez el gato. Aunque el gato conociera el alfabeto --esto es seguro, aunque no lo dice Eliot-- el gato no podría pronunciar aquel nombre.
Así es con las premisas básicas de un poeta. Sólo él las contempla, pero no puede decirlas. Claro que gracias a su Política y su Poética, conocidas a fondo, podemos participar de la contemplación de su Lógica.
Jorge Aulicino
Ñ n°5 / 1° de noviembre de 2003

lunes, octubre 15, 2007

Santiago Sylvester / De "El reloj biológico"





















                                                                                    (nada es incalculable)


Siempre se puede saber cuántas nubes, cuántos nogales, cuántos pájaros
se necesita para que exista esta abertura
donde machos y hembras multiplican todo lo que se ve.

Hay
conexiones: la curiosidad que une a los contrarios, la tentación inacabable,
y en medio de eso
la naturaleza con sus plazos: un buen pagador que respeta acuerdos;
porque incluso en lo que tiene de atolondrada
cumple su palabra torrencial: la que desborda ríos, atruena o incendia con hipérbole.

Y en este juego, cada uno
para el otro
es el mundo exterior: la trama problemática que comenzó en el
agua nos hizo reptar unos cuantos milenios, hasta que
levantamos la cerviz y ya nunca volvimos al origen: un
hombre se ha hecho para caminar, para nacer y morir en
todas partes con el trenzado del ADN: ramificaciones y
sorpresas.

Todo cabe y resiste
en esta corriente que no termina,
este largo viaje en el que plantas, días nublados, palomas
y fracasos
cantan a coro:

vos con tu suave armonía,
yo con mi voz desigual.


Santiago Sylvester (Salta, 1942), El reloj biológico. Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2007

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jueves, octubre 11, 2007

Dylan Thomas / No entres dócilmente ... (Versión III)

NO ENTRES DOCILMENTE EN ESA PLACIDA NOCHE

No entres dócilmente en esa plácida noche,
la vejez debería arder y delirar al terminar el día;
rabia, rabia contra la agonía de la luz.

Aunque los sabios reconocen al morir que la tiniebla es justa,
porque ningún relámpago han clavado sus palabras
no entran dócilmente en esa plácida noche.

Los buenos, que en el último gesto lloran por el brillo
con que sus frágiles actos hubieran podido bailar en una verde bahía,
rabian, rabian contra la agonía de la luz.

Los salvajes, que atraparon y cantaron el sol en vuelo,
y demasiado tarde aprenden que lo han apenado en su camino,
no entran dócilmente en esa plácida noche.

Los solemnes, cerca de la muerte, que ven con mirada cegadora
que los ojos ciegos pudieron brillar igual que meteoros y alegrarse,
rabian, rabian contra la agonía de la luz.

Y tú, mi padre, allí en la triste altura,
maldice, bendíceme ahora con tus lágrimas feroces, te suplico.
No entres dócilmente en esa plácida noche.
Rabia, rabia contra la agonía de la luz.

Dylan Thomas (Gales, 1914-Estados Unidos, 1953), trad. de Gerardo Gambolini, Los grandes poetas, prólogo de Jorge Fondebrider, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1988

martes, octubre 09, 2007

Dylan Thomas / No entres dócilmente...


N. del Ad.: Dos versiones de un poema legendario. Al nombre de pila de este poeta galés debemos el que finge ser apellido en el seudónimo de Robert Zimmerman. Y a la mítica leyenda sobre su muerte, el de una revista efímera de marcadísima presencia en la poesía argentina actual. La anécdota se cita en la contratapa del libro en el que se incluye la segunda versión aquí publicada: "A la hora y media regresa como un sonámbulo de las calles de Nueva York y dice las que serían sus últimas palabras conscientes: 'He tomado dieciocho whiskies seguidos, creo que es un buen record'". Detrás de estas dos versiones, además, hay una discusión más filosófica que técnica sobre la traducción de poesía. 

DO NOT GO GENTLE INTO THAT GOOD NIGHT

Do not go gentle into that good night,
Old age should burn and rave at close of day;
Rage, rage against the dying of the light.

Though wise men at their end know dark is right,
Because their words had forked no lightning they
Do not go gentle into that good night.

Good men, the last wave by, crying how bright
Their frail deeds might have danced in a green bay,
Rage, rage against the dying of the light.

Wild men who caught and sang the sun in flight,
And learn, too late, they grieved it on its way,
Do not go gentle into that good night.

Grave men, near death, who see with blinding sight
Blind eyes could blaze like meteors and be gay,
Rage, rage against the dying of the light.

And you, my father, there on the sad height,
Curse, bless, me now with your fierce tears, I pray.
Do not go gentle into that good night.
Rage, rage against the dying of the light.

Dylan Thomas (Swansea, Gales 1914-Nueva York, Estados Unidos, 1953)


NO ENTRES DOCILMENTE EN LA NOCHE CALLADA

No entres dócilmente en la noche callada,
Que al morir la luz la vejez debería
Delirar y arder; odia el fin de la jornada.

Aunque el sabio ve en su ocaso la alborada,
Como a su verbo el rayo vigor no confía
No entra dócilmente en la noche callada.

Llora el hombre bueno tras la última oleada,
Por lo que pudo su obra danzar en la bahía,
Y odia, odia feroz el fin de la jornada.

Y el loco, que al sol cogió al vuelo en su “albada”,
Y advierte, aunque tarde, la ofensa que le hacía,
No entra dócilmente en la noche callada.

Y el grave, que al morir ve con ciega mirada
Que ojos ciegos ser pueden meteoros de alegría,
Odia, odia feroz el fin de la jornada.

Y tú, padre mío, de tu cima alejada,
Maldice o bendíceme con voz airada o pía.
No entres dócilmente en la noche callada.
Odia, odia feroz el fin de la jornada.

Trad. Esteban Pujals
Vía Nostalgias imperiales


NO ENTRES DOCILMENTE EN ESA NOCHE QUIETA

No entres dócilmente en esa noche quieta.
La vejez debería delirar y arder cuando se cierra el día;
Rabia, rabia, contra la agonía de la luz.

Aunque los sabios al morir entiendan que la tiniebla es justa,
porque sus palabras no ensartaron relámpagos
no entran dócilmente en esa noche quieta.

Los buenos, que tras la última inquietud lloran por ese brillo
con que sus actos frágiles pudieron danzar en una bahía verde
rabian, rabian contra la agonía de la luz.

Los locos que atraparon y cantaron al sol en su carrera
y aprenden, ya muy tarde, que llenaron de pena su camino
no entran dócilmente en esa noche quieta.

Los solemnes, cercanos a la muerte,
que ven con mirada deslumbrante
cuánto los ojos ciegos pudieron alegrarse
y arder como meteoros
rabian, rabian contra la agonía de la luz.

Y tú mi padre, allí, en tu triste apogeo
maldice, bendice, que yo ahora imploro
con la vehemencia de tus lágrimas.
No entres dócilmente en esa noche quieta.
Rabia, rabia, contra la agonía de la luz.

Trad. Elizabeth Azcona Cranwell, Dylan Thomas, poemas completos. Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 1974
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Foto: Dylan Thomas, Nueva York, 1950. Hulton Archive/Getty Images

lunes, octubre 08, 2007

Ochenta y cinco años de una tierra yerma


La tierra baldía (fragmento)

A la hora de color violeta, cuando del escritorio alzamos los ojos y las espaldas,
Cuando la humana máquina aguarda
Cual taxímetro en marcha,
Yo, Tiresias, aunque ciego, palpitando entre dos vidas,
Anciano de arrugadas tetas, puedo ver
A la hora de color violeta, a esa hora de la tarde que nos conduce
Camino del hogar y la mar trae de vuelta a su casa al marinero;
Y la mecanógrafa, para tomar el té de la tarde, recoge las sobras del desayuno, calienta
La estufa y prepara su comida a base de conservas.
Fuera de la ventana, puestas peligrosamente a secar, cuelgan
Sus prendas íntimas, manoseadas por los últimos rayos del sol.
Sobre el sofá (que le sirve de cama por la noche) se amontonan
Medias, chinelas, chambras y sostenes.
Yo, Tiresias, anciano de arrugadas tetas de mujer
Vi la escena y predije lo demás.-
Yo también esperaba la ansiada visita.
Él, joven carbuncoso, llega,
Secretario de un agente de una pequeña firma comercial, de mirada imprudente,
Uno de esos bribones en quien el descaro se ensarta
Como chistera en la cabeza de un millonario de Bradford.
La hora es favorable, y tal como él se figurara,
La cena ha terminado, ella está aburrida y cansada,
Él trata de envolverla con caricias
Que, si bien consentidas, no son deseadas,
Animoso y resuelto, él la asalta sin demora;
Sus manos acuciosas no encuentran resistencia alguna,
Su vanidad no necesita respuesta,
Y hasta recibe con agrado tal indiferencia.
(Y yo, Tiresias, he permitido todo
Lo que ocurriera en este mismo sofá o lecho;
Yo, que estuve sentado bajo los muros de Tebas
Y anduve entre lo más bajo de los muertos).
Le da un condescendiente beso postrero
Y baja a tientas por la escalera sin luces...

T. S. Eliot (Missouri, 1888-Londres, 1965), La tierra baldía, 1922

Por la versión, José Luis Rivas

domingo, octubre 07, 2007

Geoffrey Hill / Dos poemas




















Ex Propertio

Alentado a practicar la adivinación
por un arúspice locuaz - ¿Qué pasa aquí?
Los adivinos mantienen inviolado su arte.
Incitado por un mago renegado
destripé mis lealtades a la ley y al amor,
en parte retóricas. El amor vuelve a infiltrar en los muertos
como un nigromante mientras la ley se transgrede
a sí misma: dos antiguos matices de gravedad,
la autoridad mero poder, poder en la autoridad.
El acto del amor superando la elocuencia –
una sombra allí de Amor que deja a su paso.
No recuperaré la magia de la adivinación
con estos pernos y argollas, ni con el anillo de himeneo
de hierro derruido, ni con la marca que cauteriza.


Luxe, Calme et Volupté

La pérdida no se ha esfumado; ni ha llegado a su fin;
es más el merodear desde un embrujado futuro
que no fue nuestro y que ahora no puede ser invocado
a la existencia por un consentimiento demasiado tardío.
Los movimientos hacia la vida solo están vivos
de un modo abstracto, me atrevería a decir.
Nosotros dos aquí reunidos en epitafio
aguardando la piedra.

Geoffrey Hill (Bromsgrove, Worcestershire, Inglaterra, 1932-Cambridge, Inglaterra, 2016), Without Title, Penguin Group, Nueva York, 2006
Versiones: Jorge Salvetti y Darío Rojo
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sábado, octubre 06, 2007

Durante una temporada en Monterrey, Garbeld analizó --fríamente, como era su costumbre-- el poema Piedra de Sol, de Octavio Paz. Comprendía el castellano, aunque no podía hablarlo ni escribirlo. No sabía nada sobre su fonética pero percibía con claridad extraña su estructura. "Osbserve que Paz habla de las ramas de un durazno", me dijo cuando volvía de procurarle, a alto precio, tabaco puro de Virginia en un lejano estanco. "Suena, en realidad, extraño", dije. "No por cierto si pensamos, y seguramente Paz lo pensaba, que el durazno engendra el duraznero". "Me temo --dije-- que se equivoca, suele el pueblo llamar al árbol por su fruto". "Precisamente", repuso Garbeld. "¿Y cree usted que esa sinécdoque es casual, producto de una comodidad o simplificación del lenguaje?". "Estoy casi seguro", dije. "Apunte para una filosofía de la gramática popular: resumen en la abundancia; percepción instintiva de la verdad platónica". "No intente confundirme", dije. "Está tan claro como el agua, joven. El durazno antecede al duraznero, pero no en la mera filosofía del lenguaje, y no sólo en la más profunda del pensamiento, sino en la realidad específica". "De modo --dije-- que usted supone que el fruto permanece invisible hasta que el árbol entero crece a su alrededor como una obertura". "Lo ha dicho usted bastante bien", concluyó Garbeld (por así decirlo).

Gustav Who, Charlas en los trópicos, Oldenburg, Baja Sajonia, 1958

Octavio Paz / 50 años de una piedra de sol

Piedra de sol 

(fragmento)

cuartos a la deriva
entre ciudades que se van a pique,
cuartos y calles, nombres como heridas,
el cuarto con ventanas a otros cuartos
con el mismo papel descolorido
donde un hombre en camisa lee el periódico
o plancha una mujer; el cuarto claro
que visitan las ramas de un durazno;
el otro cuarto: afuera siempre llueve
y hay un patio y tres niños oxidados;
cuartos que son navíos que se mecen
en un golfo de luz; o submarinos:
el silencio se esparce en olas verdes,
todo lo que tocamos fosforece;
mausoleos de lujo, ya roídos
los retratos, raídos los tapetes;
trampas, celdas, cavernas encantadas,
pajareras y cuartos numerados,
todos se transfiguran, todos vuelan,
cada moldura es nube, cada puerta
da al mar, al campo, al aire, cada mesa
es un festín; cerrados como conchas
el tiempo inútilmente los asedia,
no hay tiempo ya, ni muro: ¡espacio, espacio,
abre la mano, coge esta riqueza,
corta los frutos, come de la vida,
tiéndete al pie del árbol, bebe el agua!,


Octavio Paz (México DF, 1914-1998), Piedra de sol, Fondo de Cultura Económica, México, 1957

La otra mitad


Nacimiento de la simetría

a Osvaldo Torasso


De esas dos mitades sólo una es real.
Hechizada por su aparición
y antes que la luz la disuelva
engendró otra para verse.

Medio árbol es el que extiende sus ramas para tocarse,
medio hombre el que custodia su propia calavera
y sólo con un ala y un espejo vuela la mariposa.

Una desesperada volandería de mitades llena de mañanas el mundo.

Siempre que la muerte, que es tuerta,
con su ojo demasiado solitario
no se atreva a mirar,
lo irreal semillará la tierra.


Leopoldo Castilla (Salta, 1947), El amanecido. Ediciones el Mono Armado, Buenos Aires, 2005

miércoles, octubre 03, 2007

Jim Morrison / El fin














Este es el fin,
hermosa amiga.
Este es el fin,
mi única amiga, el fin.

De nuestros planes elaborados, el fin.
De todo lo que está en pie, el fin.
Ninguna seguridad o sorpresa, el fin.
Nunca volveré a mirar dentro de tus ojos

Puedes imaginar lo que vendrá
tan ilimitado y libre,
desesperadamente necesitado de la mano extraña
en una tierra desesperada.

Perdido en un romano desierto de dolor.
Todos los chicos están locos.
Todos los chicos locos.
Esperan la lluvia del verano.

Hay peligro en el límite de la ciudad.
Monta la autopista de los reyes, nena.
Escenas extrañas dentro de la mina de oro
Monta la autopista Oeste, nena.

Monta la serpiente, monta la serpiente.
Hacia el lago, el lago antiguo, nena.
La serpiente es larga, como de siete millas
Monta la serpiente. Está vieja, su piel es fría.

El Oeste es lo mejor
Ven, y haremos bien el resto.

El ómnibus azul nos está llamando.
Conductor, ¿adónde vamos?

El asesino se despertó antes de amanecer.
Se calzó las botas
y tomó una cara de su antigua galería.
Caminó por el pasillo
y entró en el cuarto de su hermana
y pagó una visita a su hermano.
Caminó por el pasillo
y miró dentro de un cuarto.
Padre 
Sí, hijo
Quiero matarte.
Madre... quiero cogerte.

Vamos, toma esta oportunidad con nosotros, nena.
Y encuéntrame en la parte trasera del ómnibus azul.
Haciendo un rock azul en un ómnibus azul.

Mata, mata, mata, mata, mata, mata.

Me lastima dejarte ir,
pero jamás me seguirás.
Es el fin de la risa y las dulces mentiras.
Fin de la noche en que quisimos morir.

Este es el fin.

Jim Morrison (Melbourne, Florida, Estados Unidos, 1943 - París, 1971), LP The Doors, Elektra, 1967
Versión del Administrador


The End

This is the end

Beautiful friend
This is the end
My only friend, the end

Of our elaborate plans, the end

Of everything that stands, the end
No safety or surprise, the end
I'll never look into your eyes...again

Can you picture what will be

So limitless and free
Desperately in need...of some...stranger's hand
In a...desperate land

Lost in a roman...wilderness of pain

And all the children are insane
All the children are insane
Waiting for the summer rain, yeah

There's danger on the edge of town

Ride the king's highway, baby
Weird scenes inside the gold mine
Ride the highway west, baby

Ride the snake, ride the snake

To the lake, the ancient lake, baby
The snake is long, seven miles
Ride the snake...he's old, and his skin is cold

The west is the best

The west is the best
Get here, and we'll do the rest

The blue bus is callin' us

The blue bus is callin' us
Driver, where you taken' us

The killer awoke before dawn, he put his boots on

He took a face from the ancient gallery
And he walked on down the hall
He went into the room where his sister lived, and...then he
Paid a visit to his brother, and then he
He walked on down the hall, and
And he came to a door...and he looked inside
Father, yes son, I want to kill you
Mother...i want to...fuck you

C'mon baby, take a chance with us

C'mon baby, take a chance with us
C'mon baby, take a chance with us
And meet me at the back of the blue bus
Doin' a blue rock
On a blue bus
Doin' a blue rock
C'mon, yeah

Kill, kill, kill, kill, kill, kill


This is the end

Beautiful friend
This is the end
My only friend, the end

It hurts to set you free

But you'll never follow me
The end of laughter and soft lies
The end of nights we tried to die

This is the end


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Foto: Jim Morrison The Doors

Imaginación sin Dios



God

God is a concept,
By which we can measure,
Our pain,
I'll say it again,
God is a concept,
By which we can measure,
Our pain,
I don't believe in magic,
I don't believe in I-ching,
I don't believe in Bible,
I don't believe in tarot,
I don't believe in Hitler,
I don't believe in Jesus,
I don't believe in Kennedy,
I don't believe in Buddha,
I don't believe in mantra,
I don't believe in Gita,
I don't believe in yoga,
I don't believe in kings,
I don't believe in Elvis,
I don't believe in Zimmerman,
I don't believe in Beatles,
I just believe in me,
Yoko and me,
And that's reality.
The dream is over,
What can I say?
The dream is over,
Yesterday,
I was dreamweaver,
But now I'm reborn,
I was the walrus,
But now I'm John,
And so dear friends,
You just have to carry on,
The dream is over

John Lennon (Liverpool, 1940- Nueva York, 1980)

jueves, septiembre 27, 2007

Desmitificar pero no tanto

Algo que compartimos muchos a mediados de los 80 era el cuestionamiento a la visión del poeta y de la poesía que venía de los 50, por ejemplo del grupo Poesía Buenos Aires, la creencia en que la poesía era una actividad superior a todas las demás y en que solo la poesía podía salvar al mundo. Pero el hecho es que esa misma ideología equivocada, inflada, los llevó a escribir unos tremendos poemas, y a ponerse en una situación de riesgo al escribir. Después llega la tendencia a desmitificar al poeta, y yo estoy de acuerdo, pero la desmitificación fue tan lejos que ahora hay que llenar el poema de indicios de que uno no aspira a nada, de que la poesía es pura joda. Ante eso me doy cuenta de que nunca dejé de preferir la poesía que elabora los problemas que uno tiene frente al mundo, aunque no la lea nadie. Y no creo que eso se haya terminado con la posmodernidad. Me parece que es fácil darlo por terminado.

Daniel Freidemberg, revista La guacha, año 10, número 27, Buenos Aires, julio 2007

Cuatro no "taxativos"

La posición de los poetas de más edad osciló entre esas dos variantes del tema. Pero en ellos cuatro apenas se advirtió la sombra de su propia experiencia concreta de la relación entre poesía y política (...) Y tampoco es tan taxativa su opinión si se trata de hablar de la política de la poesía. Como si esa misma experiencia fuera una carga al momento de elaborar una hipótesis de trabajo, como si cualquier hipótesis se convirtiera en juicio. Por suerte sus escritos (...) dejan ver que esa experiencia histórica se cristaliza en poesía...

Javier Magistris, La guacha, julio 2007, en el comentario a la mesa redonda sobre poesía y política realizada el 26 de junio en el Centro de la Cooperación de Buenos Aires con Susana Cella, Daniel Freidemberg, Jorge Fondebrider, Jorge Aulicino, Leonor Silvestri y Gabriel Reches.


N. de R.: Magistris, uno de los directores de La guacha, fue parte activa del debate que comenta. Los "de más edad", los "cuatro", a quienes alude, son Freidemberg, Aulicino, Fondebrider y Cella. Magistris esperaba "hipótesis", "opiniones taxativas" que en efecto no abundaron. Abundaron opiniones no taxativas. La crónica no las cita.

martes, septiembre 25, 2007

DEL LIBRO DE PARAGUAY


¿Agrega Paraguay a Paraguay el libro?
¿Palabra Paraguay país alude?
¿De libro sale Paraguay entero?

¿Dice Paraguay, si libro dice?
¿Habla Paraguay en libro dicho?
¿Libro Paraguay lo dijo?

Letra alude,
¿si hunde en tierra?
Dice tierra,
¿a letra acude?
Letra evoca,
¿tierra esconde?

¿País sabía lo que letra dice?
¿País en tierra letra esconde?
¿País en tierra sabe letra?
¿Palabra tierra ya sabía?

Fernando Molle (Buenos Aires, 1968) Del libro, inédito

Vía La infancia del procedimiento

lunes, septiembre 24, 2007

Pedro Serrano / Tuscania

5

El sol pega en la cocina, juega
con las sonrisas ladeadas y desmañadas
de platos y tazas.
Cerrados los visillos
la luz irrumpe en la oscuridad como metralla.
En el reflejo, como un cuadro de Sisley
tiembla la iglesia de San Pietro.
La falsa acacia cuida al viento, cubre al sol
y a todo ruido que se acoja en su fronda
monumental. Al fondo el valle,
sus otros ruidos y humos,
su descompuesta placidez.

Pedro Serrano (Montreal, 1957), Desplazamientos. Candaya, Barcelona, 2006






Foto: s/d

María Teresa Andruetto / De "Kodak"


Visita

Hoy vino mi madre a visitarme
y caminamos las dos por estas calles.
Hablamos de mi hermano,
de los hijos, de las chicas del Sur,
de mi cuñado. Otra vez yo critiqué
al gobierno y ella dijo otra vez
“¡Es un país tan grande!”. No quiere
que me queje: “¡Este país generoso
recibió a tu padre!” y rodamos las dos
hacia una zona de tristeza, en silencio,
hasta que se detiene y dice: “Ayer
hice dulce de duraznos” y yo digo
que hablaron de mi libro
en el diario.

María Teresa Andruetto (Arroyo Cabral, 1954), Kodak. Ediciones Argos, Córdoba, 2001

Vía Las elecciones afectivas

sábado, septiembre 22, 2007

Un hotel ruinoso


2

He llegado a un hotel tan ruinoso como mi alma
antes del viaje.
Suelen llamar café al brebaje que preparan por la mañana
y no existen cerraduras en las puertas.
La felicidad debe parecerse bastante
a este estado de exposición a los detalles
y a una oscura revancha sobre "los elementos del desastre".

El tarareo del mar llega hasta mi hamaca
y el salitre hasta la máscara
de mi pobre memoria.
La soledad tiene patas de ángel en este lugar;
no escribirá nada, no puede escribir nada,
pero acribillará a preguntas mi pasión por lo astroso.

Desde acá, las ciudades
son arcaicas esculturas de asfalto y de vidrio
iluminadas por las matemáticas,
como lo son los durazneros por la estructura musical
del viento al anochecer.

Paulina Vinderman (Buenos Aires, 1944), Hospital de veteranos. Alción Editora, Córdoba, 2006