jueves, diciembre 02, 2021

Eugenio Mandrini / Un poema y dos microficciones



Aquello

Estoy entre los que buscamos Aquello.
No somos muchos. Apenas unas almas ávidas
andando por los infiernos de esta tierra
que sin embargo va perdiendo la luz.
Estoy entre los que buscamos Aquello
que suele aparecer tras el torbellino de las visiones
o en los destellos de ciertos libros
de cólera y espuma: un lugar secreto imaginado
donde el tiempo aún no gastó sus primeros días.
Estoy entre los que buscamos Aquello.
No somos muchos y estamos locos (dicen)
porque sólo a los muertos les está dado entrar
a la dimensión de los grandes sueños,
tercamente locos (dicen) por querer saciar la sed
en la lengua de la verdad dado que ella es piedra muda.
Estoy entre los que buscamos Aquello.
A veces alguno lo augura y canta,
canta un himno todavía no escrito que habla
de hacer azul la sombra, olvido el llanto, sin trémolo
la jaula, inaudible la palabra vana,
hasta que una gota de penumbra apaga
el júbilo y los ojos.
Estoy entre los que buscamos Aquello,
que para algunos es la atracción del abismo,
para otros el único lugar bajo el sol
que ya no arde como entonces, y
para los que miran con un ojo ciego
y el otro desmesurado, la belleza que huye
y que no tiene fin.
Estoy entre los que buscamos Aquello.

Conejos en la nieve, Colihue, Buenos Aires, 2009


Los misterios de la poesía

El poeta Ezra Kiesinsky, famoso por sus visiones que la realidad prontamente imitaba, hacía meses que no escribía una sola línea, ni una palabra o sílaba o letra. Se estaba allí, de pie frente a la ventana que daba al patio de su vieja casa, esperando una sorpresa: la caída de algún fragmento de otra dimensión, de una hoja de otoño vestida de escarcha, o de una gota del sudor del sol, en fin, algo, alguna de esas súbitas apariciones que, como solía sucederle, le abrieran la puerta de entrada al tembladeral del poema. Entonces vio al elefante, que lo miraba desde el patio. Era de un color gris violáceo y tan enorme su edificio de carne que pareció cubrir de sombra la ventana y aun la casa entera. Debía pesar, se dijo, más de tres toneladas.

Antes de que la sobrenatural imagen desapareciera tan súbitamente como había llegado, el poeta Ezra Kiesinsky se sentó, puso una hoja bajo su mano y, sin agitar la respiración, escribió un admirable poema sobre una insignificante hormiga.


Raíces

Con el último golpe del hacha, el árbol cae pesadamente al suelo. Sin embargo, los pájaros permanecen inmóviles donde antes estuvieron las ramas. Acaso porque sólo son la sombra de esos pájaros. Acaso porque esos pájaros miraban demasiado la distancia y la distancia los hipnotizó. O acaso porque la memoria del árbol muere después.

Las otras criaturas, Menoscuarto, Palencia, 2013  

Eugenio Mandrini (Buenos Aires, 1936-2021)


Foto: Sur y Sur

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