martes, marzo 08, 2011

Carol Ann Duffy / Tres poemas raudos




Tres poemas raudos

1 Mi trago favorito

fue en The Red Dragon
en Penderyn
cerca de Hirwaun
en el centro de Glamorgan
donde ordené
dos medias pintas
de Dark Brains
y me las llevé afuera
para beberlas en la hierba
sola
mientras una tremenda luna adamascada
sobresalía en el cielo.
Recordándolo
con palabras casi iguales a éstas,
de hecho me considero afortunada;
tanto como me siento
porque aún me amas
y el final de nuestra relación
está todavía a varios años de distancia.
Salud.

2 Cómo

Por qué no me paro y le cuento
al resto de la clase
cómo he arruinado mi vida;
cómo mi matrimonio
aullaba como un perro
encadenado,
cómo lo dejé demasiado tarde
para perdonarles,
a mi madre,
a mi padre,
sólo humanos,
humanos como eran,
la hemorragia de los años;
cómo me atrofié
en un empleo,
viajando a casa
en el tren con parada en todas las estaciones,
una mujer que nunca encontró
su ciudad o pueblo,
su lugar particular;
cómo compré un apartamento
en una casa grande y vieja
y regaba mis plantas de interior,
cómo uso un anillo
con una fría piedra azul
como un ojo inglés,
y cómo,
para ganarme la aprobación de Helen Maguire,
la bella y malvada Helen Maguire,
que no era tan lista como yo,
me arrodillé a sus pies
en el recreo
y lamí como me dijo que hiciera
el polvo
de sus zapatos escolares marrones,
el polvo de sus zapatos.

3 El clima perdido

Como se siente un astronauta
que fue a la luna
si por casualidad alza los ojos
una noche, solo,
para ver la asombrosa luz de su pasado
donde dio
su primer pequeño paso
para un hombre.

Esta noche, sola,
en la punta de mi lengua
el sabor de un copo de nieve
se niega a devolverme
el clima perdido, los dibujos
que mi madre hacía
ante mis ojos
en la bella hiriente luz de la nieve.

Carol Ann Duffy (Glasgow, 1955), The Pamphlet (El volante), 1998
Traducción de Mirta Rosenberg y Lorea Canales


Three Swift Poems

1 My favourite Drink

was in the Red Dragon
in Penderyn
near Hirwaun
in mid-Glamorgan
where I ordered up
two halves
of Dark Brains
and took them out
to drink on the grass
alone
as a whopping apricot moon
bulged in the sky.
Remembering this
in words not dissimilar to these,
I count myself lucky indeed;
as I do
that you love me still
and the end of us both
is a good few years away yet.
Cheers.

2 How

Why don’t stand up and tell
the rest of the class
how I have ruined my life;
how my marriage
howled like a dog
on its chain,
how I left it too late
to forgive them,
my mother, my father,
only human,
human as they were,
the haemorrhage of years;
how I wasted away
in a job,
travelling home
on the stopping train,
a woman who never found
her city or town,
her particular place;
how I purchased a flat
in a big old house
and watered my indoor plants,
how I wear one ring
with a cold blue stone
like an English eye;
and how,
to earn the approval of Helen Maguire
pretty, spiteful, Helen Maguire
who was not as clever as me,
I knelt at her feet
in the playground
ad licked, as she told me to do
the dust
from her brown school shoes,
the dust from her shoes.

3 Lost Weather

How does an astronaut feel
who went to the moon
should he chance to look up
one night on his own
to see the startling light of his past
where he took
his one small step
for a man.

Tonight on my own
on the tip of my tongue
the taste of a snowflake
refuses to yield
lost weather, the patterns
my mother made
before my eyes
in the beautiful hurting light of the snow.

---
Foto: Carol Ann Duffy Murdo Macleod/ The Guardian/ Poetry Foundation

lunes, marzo 07, 2011

Elena Medel / Arbol genealógico



Arbol genealógico

Yo pertenezco a una raza de mujeres con el corazón biodegradable.
Cuando una de nosotras muere
exhiben su cadáver en los parques públicos, los niños se acercan para curiosear en su garganta de hojalata, se celebran festines con moscas y gusanos, me cae mal porque me hizo sonreír a mí, que soy tan triste.
A los treinta días exactos de su muerte el cuerpo de esta extraordinaria raza
se autodestruye, y a las puertas de vuestras casas llaman los restos del alma de las mujeres sobrenaturales,
chocan contra vuestras paredes, sus empastes y sus uñas agujerean vuestras ventanas
hasta que sangran nuestras aortas clavadas en la tierra, igual que las raíces.
Al morir no se abren el estómago, examinan con los dedos su interior, rebuscan entre las vísceras el mapa del tesoro,
sacan sus dedos negros de todos los poemas que se nos han quedado dentro con los años.

Un espectáculo.

Pertenezco a una raza desarrollada más allá de los púlpitos. Soy una de ellas porque mi corazón mancha al tomarlo entre las manos, porque coincide en tamaño con el hueco de un nicho;
fresco y dulce como el de un animal, chupad mi corazón para que, al morir, sepan que hemos estado juntos.
Soy una de ellas porque mi corazón será abono. Porque mi sangre, que es la suya, sube y baja por mi cadáver como por escaleras mecánicas;
porque el fundamento de mi carácter, al descomponerse, se incorpora a una especie savaje
que ladra y que hiere y que te lleva a su terreno, que ignora las afrentas, que jamás se extinguirá.


Elena Medel (Córdoba, España, 1985), Tara, DVD Ediciones, Barcelona, 2006


Foto: Elena Medel (Triplov)

domingo, marzo 06, 2011

Alexander Blok / Dos poemas




La noche, la droguería, la calle, el farol

La noche, la droguería, la calle, el farol,
Mundo absurdo e insípido.
Vive aunque sea un cuarto de siglo más
Y todo será lo mismo. No hay salida.

Morirás --empezarás otra vez desde el comienzo.
Todo se repetirá como antaño:
La noche, el helado escarceo en el canal,
La droguería, la calle y el farol.

1912


Hoy no recuerdo lo que ayer pasó

Hoy no recuerdo lo que ayer pasó.
En la madrugada olvido lo de la tarde anterior.
En los días blancos extravío el fuego
Y en las noches ya no evoco los días.

Pero, ante la muerte, en la hora decisiva,
Todos los días y noches nos pasan por la mente
Y entonces --en el bochorno, en la estrechez--
Es sumamente doloroso soñar
En todo lo hermoso que se fue.
Deseas levantarte y no puedes:
Es de noche.

3 de febrero de 1909

Alexander Blok (San Petersburgo, 1880-Petrogrado, 1921), Golpe de Dados. Revista de Poesía. Número CLXVIII, Volumen XXVIII, "Poesía rusa del Siglo de Plata", Bogotá, noviembre/diciembre de 2000
Traducción de Jorge Bustamante García

Sobre el primer poema hay otra versión en este blog. Ver Alexander Blok

Ilustración: El hombre invisible, 1929, Salvador Dalí

sábado, marzo 05, 2011

Giuseppe Ungaretti / De "Il dolore"



Día por día
(1940-1946)

2
Ahora podré besar sólo en sueños
Las confiadas manos...
Y charlo, trabajo,
Apenas he cambiado, temo, fumo...
¿Cómo es posible que aguante tanta noche?...

11
Pasa la golondrina y con ella el verano.
También yo, me digo, pasaré...
Pero quede del amor que me desgarra
Por toda huella un breve empañamiento
Si del infierno llego a algún reposo...

13
No más ardor trae a mí el verano,
Ni la primavera sus presentimientos;
Puedes declinar, otoño,
Con tus estúpidas glorias:
¡Para un despojado deseo, invierno,
Despliega la estación benigna!

Giuseppe Ungaretti (Alejandría, 1888-Roma, 1970), "Il dolore", Vita d'un uomo. Tutte le poesie, Mondadori, Milán, 1969
Versiones de Jorge Aulicino


Giorno per giorno
(1940-1946)

2
Ora potrò baciare solo in sogno
Le fiduciose mani...
E discorro, lavoro,
Sonno appena mutato, temo, fumo...
Come si può ch'io regga a tanta notte?...

11
Passa la rondine e con essa estate,
E anch'io, mi dico, passerò...
Ma resti dell'amore che mi strazia
Non solo segno un breve appannamento
Se dall'inferno arrivo a qualche quiete...


13
Non più furori reca a me l'estate,
Né primavera i suoi presentimenti;
Puoi declinare, autunno,
Con le tue stolte glorie:
Per uno spoglio desiderio, inverno
Distende la stagione più clemente!...


Ilustración: Hell, Canto II, Dante and Virgil Penetrating the Forest, 1824-7, William Blake

Roberto Raschella / De "La casa encontrada", 2




Y el abuelo entre las zanjas
ocultaba la brama de mujer plena,
y decía que la mujer de ciudad
no mira fijo no mira torcido
si es de uno o de otro.

Y decía que en la marina había
pequeños corazones de azúcar
sobre un cielo claro de ebriedades
perdidas y españoles cercados en fortalezas,
y que las mujeres llevaban
a los hombres hasta la vida.

Pero su corazón se agrió.
Un grito le cerró la boca.
Tapé. Sólo sus ojos.




La mañana bajaba sola.
En la mesa, cerca de los frutos: cortezas ya,
semillas, un olor apenas levitado
de viejas estaciones. Los frutos,
las rosas, dejadas por tus manos
como un gran pétalo en el universo.

Pero muchos males oscuros -qué mal
no es oscuro-, muchos males oscuros
tiene el hombre en el pecho,
el pecho escondido, el pecho
en furia. Y

a las rosas y a mí
nos faltó el aire,
Después,
hubo un silencio sin cuerpo,

ed io me senti svegliar dentro a lo core.


Roberto Raschella (Buenos Aires, 1930), "Tímida hierba de agosto" (2001), La casa encontrada. Poesía reunida, 1979-2010, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2011

Ilustración: Ciruelas en un plato blanco sobre una mesa, siglo XVII, Louise Moillon

viernes, marzo 04, 2011

Julio Herrera y Reissig / Tánato y Eros



El abrazo pitagórico

Bajo la madreselva que en la reja
filtró su encaje de verdor maduro,
me perturbaba en el claroscuro
de la ilusión, en la glorieta añeja...

Cristalizaba un pájaro su queja...
Y entre el húmedo incienso de sulfuro
la luna de ámbar destacó al bromuro
el caserío de rosada teja...

¡Oh, Sumo Genio de las cosas! Todo
tenía un canto, una sonrisa, un modo...
Un rapto azul de amor, o Dios, quién sabe,

nos sumó a modo de una doble ola,
y en forma de «uno», en una sombra sola,
los dos crecimos en la noche grave...

Los parques abandonados


Neurastenia

Le spectre de la realité traverse ma pensée
Víctor Hugo

Huraño el bosque muge su rezongo,
y los ecos, llevando algún reproche,
hacen rodar su carrasqueño coche
y hablan la lengua de un extraño Congo.

Con la expresión estúpida de un hongo,
clavado en la ignorancia de la noche,
muere la Luna. El humo hace un fantoche
de pies de sátiro y sombrero oblongo.

¡Híncate! Voy a celebrar la misa.
Bajo la azul genuflexión de Urano
adoraré cual hostia tu camisa:

«¡Oh, tus botas, los guantes, el corpiño...!»
Tu seno expresará sobre mi mano
la metempsícosis de un astro niño.

Las Pascuas del tiempo


Amor sádico

Ya no te amaba, sin dejar por eso
de amar la sombra de tu amor distante.
Ya no te amaba, y sin embargo, el beso
de la repulsión nos unió un instante...

Agrio placer y bárbaro embeleso
crispó mi faz, me demudó el semblante,
ya no te amaba, y me turbé, no obstante,
como una virgen en un bosque espeso.

Y ya perdida para siempre, al verte
anochecer en el eterno luto,
mudo el amor, el corazón inerte,

huraño, atroz, inexorable, hirsuto,
jamás viví como en aquella muerte,
nunca te amé como en aquel minuto!

Los peregrinos de piedra

Julio Herrera y Reissig (Montevideo, 1875-1910), Poesía completa y prosas, edición crítica de Angeles Estevez, coordinadora, ALLCA XX/Universidad de Costa Rica, 1998
---
Ilustración: El beso, 1822, Théodore Géricault

César Vallejo / Idilio muerto















Idilio muerto

Qué estará haciendo esta hora mi andina y dulce Rita
de junco y capulí;
ahora que me asfixia Bizancio, y que dormita
la sangre, como flojo cognac, dentro de mí.

Dónde estarán sus manos que en actitud contrita
planchaban en las tardes blancuras por venir;
ahora, en esta lluvia que me quita
las ganas de vivir.

Qué será de su falda de franela; de sus
afanes; de su andar;
de su sabor a cañas de mayo del lugar.

Ha de estarse a la puerta mirando algún celaje,
y al fin dirá temblando: "¡Qué frío hay... Jesús!".
Y llorará en las tejas un pájaro salvaje.

César Vallejo (Santiago de Chuco, 1892-París, 1938), "Heraldos negros", 1918, Obra poética completa, Francisco Moncloa Editores, Lima, 1968
---
Foto: César Vallejo, Niza, Francia, 1929 Biografía y Vidas

jueves, marzo 03, 2011

Julio Herrera y Reissig / Bromuro


Bromuro

Burlando con frecuencia el vasallaje
de la tutela familiar en juego,
nos dimos citas, a favor del ciego
azar, en el jardín, tras el follaje...

Frutó de aventura tu aéreo traje,
sugestivo de aromas y de espliego...
y evaporada entre mis brazos, luego,
soñaste mundos de arrebol y encaje...

Libres de la zozobra momentánea
-sin recelarnos de emergencia alguna-
en los breves silencios, oportuna

te abandonabas a mi fe espontánea;
y sobre un muro, al trascender, la luna
nos denunciaba en frágil instantánea.

Julio Herrera y Reissig (Montevideo, 1875-1910), Las lunas de oro, O.M. Bertani, Editor, Montevideo, 1915
---
Ilustración: Herrera y Reissig por Matías Bergara, en Antología, Estuario Editora, Montevideo, 2010

miércoles, marzo 02, 2011

Mario Bojórquez / El odio




Casida del odio

I
Todos tenemos una partícula de odio
un leve filamento dorando azul el día
en un oscuro lecho de magnolias.

II
Todos
tenemos una partícula de odio macerando sus jugos
enmarcando su alegre floración
su fruta lánguida.

¿Pero qué mares
ay, qué mas, qué abismos tempestuosos golpean
contra el pecho y en lugar de sonrisas abren garras colmillos?

Levanta el mar su enagua florecida, debajo de su piel va creciendo otra ola dispersada en su vacua intrepidez elástica. Levanta el mar su odio y el estruendo se agita contra los muros célibes del agua y atrás y más atrás viene otra ola, otro fermento, otra forma secreta que el mar le da a su odio, se expande sábada de espuma, se alza torre tachonada de urgencias; es monumento en agua de la furia sin freno.

III
Todos tenemos
una partícula de odio
y cuando el hierro arde en los flancos marcados
y se siente el olor de la carne quemada
hay un grito tan hondo, una máscara en fuego
que incendia las palabras.

IV
Todos tenemos una
partícula de odio.

Y nuestros corazones
que fueron hechos para albergar amor
retuercen hoy sus músculos, bombean
los jugos desesperados de la ira.

Y nuestros corazones
otro tiempo tan plenos
contraen cada fibra
y explotan.

V
Todos tenemos una partícula
de odio
un alto fuego quemándonos por dentro
una pica letal que horada nuestros órganos.
Sí, porque donde antes hubo
sangre caliente, floraciones de huesos explosivos,
médula sin carcoma,
empecinadamente, tercamente,
nos va creciendo el odio con su lengua escaldada
por el vinagre atroz del sinsentido.

VI
Todos tenemos una partìcula de odio
y cuando el índice se agita señalando con fuego
cuando imprime en el aire su marca de lo infame
cuando se erecta pleno falange por falange
¡Ah! qué lluvia de ácidos reproches
qué arduos continentes se contraen.

El gesto, el ademán, la mueca
el dedo acusativo
y la uña
¡ay! la uña
corva rodela hincándose en el pecho.

VII
Todos tenemos algo que reprocharle al mundo
su inexacta porción de placer y de melancolía
su pausada, enojosa, virtud de quedar más allá
en otra parte
donde nuestras manos se cierran con estruendo aferradas al aire de la desilusión; su también, po qué no, circunstancia de borde, de extrema lasitud, de abismo ciego; su inoportunidad, sus prisas.

VIII
Todos tenemos algo que decir de los demás
y nos callamos.

Pero siempre detrás de la sonrisa
de los dientes felices, perfectos y blanquísimos
en sueños destrozamos rostros, cuerpos, ciudades.

Nadie podrá jamás contener nuestra furia.

Somos los asesinos sonrientes, los incendiarios,
los verdugos amables.

(CODA)
En alguna parte de nuestro cuerpo
hay una alarma súbita
un termostado alerta enviando sus pulsiones
algo que dice:
ahora
y sentimos la sangre contaminada y honda a punto de saltarse por los ojos, las mandíbulas truenan y mascan bocanadas de aire envenenado y la espina dorsal, choque eléctrico, piano destrozado y molido por un hacha y los vellos, las barbas y el escrito, se erizan puercoespín y las manos se hinchan de amoratadas venas, el cuerpo se sacude convulsiones violentas y todo dura sólo, apenas, un segundo y una última ola de sangre oxigenada nos regresa la calma.

de Diván de Mouraria (1999)

Mario Bojórquez (Los Mochis, México, 1968)

Foto: Mario Bojórquez Omnibus, n° 28, septiembre de 2009

martes, marzo 01, 2011

Randall Jarrell / Guerra



Prisioneros

Detrás de la alambrada de púas, descargando los tachos de basura,
los tres vestidos de azul, sucio algodón (la P blanca sobre las espaldas
indicando a seis yardas su frío Norte a la móvil, negra mira
del abrazado fusil, a los ojos del centinela que bosteza).
Se los sigue castigando todo el día, todo el mes, todo el año,
cargando, descargando; suspiran sus suspiros de niños, de bestias, de desesperación,
de resistencia y existencia; miran sin esperar nada
al grueso centinela, oscuro en su uniforme caqui, hacia el polvo de la abrasada llanura.
Los prisioneros, el centinela, los soldados, todos a su modo, están adiestrándose.
De esos momentos, repetidos para siempre, surgirá nuestro mundo nuevo.


El aviador muerto

Visto sobre el mar, ninguna señal, ninguna señal, ninguna señal
en los negros abetos y en las terrazas de las colinas
rasgadas en la niebla. El cono se estrecha, la nieve
resplandece en las yermas paredes de un cráter. No.
Las casas ruedan todavía como hojas de papel, se tuercen,
y la marejada fluye: un puerto de juguetes
es tachonado de estrellas con sus incendios y sus rostros; pero ninguna señal.

En la luz horizontal, sobre las costas furiosas,
el avión vuela en obstinado círculo, los ojos se distienden
colmados de odio y dolor, escrutan
el negruzco océano en busca de un cadáver,
los incendios se apagan; los cuadrantes bajan,
un largo, seco estremecimiento le corre por las vértebras,
sus dedos tiemblan: pero su duro, inmutable rostro
se mueve negando la aceptación: Tengo un amigo.

Los incendios son grises; ninguna estrella, ninguna señal
guiña desde la oscura respiración del portaviones
donde el piloto da vueltas en busca de su compañero; donde,
planeando sobre el armazón de las ciudades, ojo obstinado
entre las cenizas de las naciones, dolorosamente
trazando círculos de ese consumido, inmutable No
-la larga guerra, la perdida guerra de las vidas-, el piloto duerme.


Randall Jarrell (Nashville, Tennessee, 1914-1965), versión de Alberto Girri, Poesía norteamericana del siglo XX, selección de Mario Morales y Eugenio Lynch, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1970

Ilustración: Shotdown, A. Deineka Pintura soviética de la Segunda Guerra Mundial/All World Wars

lunes, febrero 28, 2011

Jude Nutter / Ultima cena



La última cena


Fue María, postrada por el dolor y de rodillas
en el polvo, la que confundió a un hombre recién levantado
de entre los muertos, el único
hombre que amó de verdad, con un jardinero. Señor,
si te lo has llevado, imploró, dime a dónde lo has dejado, y lo buscaré.
Es verdad: lo que observamos
a veces nos traiciona. Llovía,


fuerte, lentamente, haciendo que las hojas plateadas del fresno
en mi ventana se inclinaran en reverencia;
y el espejo de mi cómoda con su esbelta
deshonestidad reflejaba y traía cosas a la habitación
cosas fuera de mi vista: algunos botes


acercándose a los resistentes brazos de entrada
del puerto, una tanda de ropa
abandonada colgando de la soga en la casa de al lado, y la lluvia
cerrándose alrededor de la bandera amarilla y la fucsia.
Siempre sospeché que la lluvia estaba llena


de este tipo de espacios y cerramientos. Me había despertado
con jet-lag, hacia el final de la tarde, en la cama angosta en la que dormía
cuando era chica; me desperté sintiéndome triste y sola
aunque no estaba ni triste


ni sola —era nada más la que fui, el pasado
y sus muchos disfraces. Había estado soñando
con un poeta en Nueva York que vaga
por las calles más concurridas durante todo el día, anotando,
en una libreta de bolsillo con espiral, ninguna otra cosa
que el mundo visible. Hacerlo, decía,
lo mantenía honesto, y jamás fue seducido
por sus propias ideas. Es extraño, siempre he pensado que el arte
era una serie de pequeñas decepciones
realizadas al servicio de la verdad. La lluvia


y el final de la tarde ya se movían
hacia el momento de luz cuando la mansa
benevolencia que nos ha observado el día entero como un padre
se marcha, y supe que debía estar afuera
caminando, resistiendo mi presentimiento del fin,
de otro modo me sentiría abandonada toda la tarde, o bien
me volvería a dormir abandonada.
Pero era casi la hora de la cena y yo


permanecía retenida,allí donde estaba, por la música de mi madre
golpeando su carrillón de sartenes con fondo de cobre,
por el suave deslizamiento de cajón
después de que el cajón se abriera y se cerrara, se abriera y se cerrara;
por los cuchillos cabalgando
a través de la tabla de picar de mármol.


Mis padres me pasaban las cosas que, insistían,
ellos no podían terminar: un magro puñado de verduras,
más guarnición que comida, puerros hervidos y medallones de cerdo,
algunos glaceados, zanahorias cortadas, brillando
como un puñado de monedas. Y lo que arruinó


mi corazón no fue la delgadez de los muslos de mi padre,
o las venas marcadas en los tobillos de mi madre;
no fue la manera en que ellos se olvidaban o recordaban cosas
que aún no habían ocurrido. Era lo poco


que comían; era lo mucho que mi madre corría durante todo el día
en la cocina y luego llegaba a la mesa
con fuentes y grandes platos que siempre estaban
casi vacíos. Era el modo en que las porciones se perdían
en las vastas, pálidas arenas de sus platos.
Si observar al mundo nos mantiene honestos, ¿qué verdades
recogemos mirando cómo un cuerpo que amamos
se hunde en la tierra? El cuerpo es al mismo tiempo todo
y nada.
Era la manera en que ellos habían llegado a necesitar tanto
tan poco del mundo. Y de cómo esto, quizá, era suficiente.


Jude Nutter (North Yorkshire, Inglaterra, residente en los Estados Unidos desde 1980), The Curator of silence, University of Notre Dame Press, 2006
Versión de Silvia Camerotto


The last supper
It was Mary, felled by grief and on her knees /in the dirt, who mistook a man newly risen /from the dead, the only /man she’d ever really loved, for a gardener: Sir, /if you have carried him away, she cried, tell me /where you have laid him, and I will take him away. /So it’s true: what we observe /sometimes betrays us. It was raining, //heavily, slowly, making the leaves of the silver ash /outside my window genuflect and bow down; /and the mirror on the dresser with its slender /dishonesty reflected and carried into the room /things from outside my field of vision: a few boats //approaching the hard, welcome arms /of the harbour, a short run of laundry /left hanging on the line next door, and the rain /closing its lips around the yellow flag and the fuchsia. /I’d always suspected the rain to be full //of such rooms and enclosures. I’d woken /jet-lagged in the late afternoon in the tin bed I’d slept /in when I was a child; woken feeling sad and lonely /even though I was neither sad //nor lonely —that was just my old self, the past/and its various disguises. I’d been dreaming /of that poet in New York city who wanders /through the busiest streets all day, recording, /in a spiral-bound, pocket-sized notebook, nothing /but the observable world. To do so, he said, /keeps him hones, and he’s never seduced /by his own ideas. Strange, I’d always thought art /was a series of small deceptions /performed in the service of the truth. Already //the rain and the late afternoon were moving /toward that time of light when the quiet /benevolence that has watched us all day like a parent /turns away, and I knew I should be outside /walking, resisting any intimation of ending, /otherwise I’d feel abandoned all evening, otherwise /I’d fall back into sleep abandoned. /But it was nearly dinnertime and I //was held where I was by the music my mother made /striking her carillon of copper-bottomed saucepans, /by the breathy glide of drawer /after drawer opening then closing, opening then closing; /by the galloping knives /across the marble cutting block. //My parents slipped me the things they insisted /they could not finish: a thin sheaf of greens, /more garnish than meal, boiled leeks and pork medallions, /a few glazed, sliced carrots, glowing /like a handful of change. And what ruined /my heart was not the thinness of my father’s thighs, /or the inlay of veins around my mother’s ankles; /it was not how they forgot things or remembered /what had not yet happened. It was how little //they ate; it was how my mother rallied all day /in the kitchen and then arrived at the table /with platters and great dishes that were always /almost empty. It was the way their portions became lost /in the vast, pale arenas of their plates. /If observing the world keeps us hones, what truths /do we glean watching a body we love /going into the ground? The body is both everything
and nothing. /It was the way they’d come to need so much/less of the world. And how this, perhaps, was enough.


Ilustración: Puberty, 1894, Edvard Munch

domingo, febrero 27, 2011

Manrique Fernández Moreno / Dos poemas



Algunas veces cuando el viento...

algunas veces cuando el viento te da de plano en la cara
y vas en busca de algo
y te ves reflejado en el cristal de un cine cerrado
es eso
que brillas en el cristal que te corresponde


Estás medio...

estás medio arrepentido por algo
que no sabes si has hecho
has escuchado media hora un músico
y tomaste el montacargas de las mañanas

has pasado por un piso oscuro
acomodándote
y con los mismos pasos desubicados
te apretabas la frente como siempre
como si quisieras ponerla en una estantería de curiosidades como una corona

Manrique Fernández Moreno (Buenos Aires, 1928-2006), 200 años de poesía argentina, selección de Jorge Monteleone, Editorial Alfaguara, Buenos Aires, 2010

Foto: Manrique Fernández Moreno, 1999, Daniel Grad/revagliatti.com.ar

Almafuerte / De "El misionero"




El misionero [Fragmentos]

Para Bartolito Mitre, en la gloria
......................................

¡Escúpeme en la frente!
                           Ricardo Gutiérrez


4.- No hay caridad verdadera que no se enferme o
que no se manche.
5.- Para subir hasta Jesús hay que bajar hasta Dimas,
y para llegar hasta Dimas hay que dejar muy arriba el
éter irrespirable de los inocentes y los puros.
9.- El dolor no huele a vinagre aromático: ni habla en
verso ni se lamenta en música, ni va a cenar a la
fonda, como los cómicos, después de llorar.
18.- El corazón del bueno es comparable a las vendas que
circundan las heridas: a medida que éstas van
cicatrizando, aquéllas van arrojándose impregnadas de
pus y sangre.
20.- No creas en la predicación de aquel abate perfumado
de heliotropo, que sube a su púlpito con el corazón
lleno, todavía, de las graves impresiones de la Conferencia
de San Vicente y de las fiestas de caridad de las duquesas
y que cruza después, como un César, sudoroso entre sus
encajes, por aquella elegantísima multitud cuya emoción
artística él ha producido y cuya admiración él ha
conquistado. No creas en esa predicación... ¡es una página de
Rossini!
21.- Cree, sí, en el propio San Vicente de Paul; sí, en el
apostolado de aquel sacerdote ciego de caridad, enloquecido de
evangelización, que ora se lanza por los desiertos de Africa
y ora se mete en los tugurios de la ciudad, que son los
desiertos de la civilización, para salir de ellos torturado de
dudas, cubierto de maldiciones y carcomido de remordimientos.


Almafuerte, Evangélica XV


De compasivos canes escoltado,
Sobre un bloque de piedra de la vía,
Zozobrante, vencido, en agonía,
Un Siervo del Señor cayó postrado.

Cual desgranada, mísera mazorca
Que saltó del maizal en el camino,
Parecía más bien, el Peregrino,
Desecho deleznable de la horca.

Y era desecho mismo. La tonsura
no inmuniza del dolo y los pesares:
Del sagrado mantel de los altares
Se desprende, también, polvo y basura.

Como Pablo, el Apóstol de las Gentes,
Aquel vil protegido de sus perros,
Por mares, por estepas y por cerros
Corrió tras ilusiones eminentes...

Y allí, con su sayal hecho jirones
Y apoyando en un can la flaca diestra,
Aquel Fraile de Dios era la muestra
De cómo trata Dios los corazones.

Tal vez, una visión de faz macabra
Le sacó de su grande abatimiento,
Y al despertar de aquél, su pensamiento
Se deshizo en el mar de la palabra.

Mudo debiera estar; pero, recuerda,
Y hablaría, quizás, amordazado...
Porque impera una ley que al derrotado
Le impone repicar la misma cuerda.

Y es propio del Dolor, joven o viejo,
Despedir melancólico relente
Y derramar, lo mismo que una fuente,
La cáustica lejía del consejo.

¡Virtud de la Tristeza, que percibe
Con profética luz, remotas huellas.
Como se ven más claras las estrellas
Desde la sombra fría de un aljibe!

Cual pudiera un bohemio, el Franciscano
Se puso a platicar con su jauría...
¡No caemos del todo, sino el día
Que cuando pasa un can, pasa un hermano!

¡El ser hombre es gemir, magüer los nombres
Con que tu pobre condición revistes;
Y por eso las bestias, que son tristes,
Cuando sospechan un dolor, son hombres!

Y yendo, sin querer, al punto fijo,
Como quien sus heridas palpa y frota,
Destilando su hiel, gota por gota,
A sus perros y a Dios, el Fraile dijo...

¡Dijo con tal verdad, que desde entonces
Pienso que las protestas de los viles,
Deben ser perpetuadas con buriles
En duras piedras y en solemnes bronces!

"En este bajo, relativo suelo,
También para ser santo hay que ser listo;
No basta ir a una cruz para ir a Cristo,
Ni basta la bondad para el ir al cielo.

"La misma compasión requiere astucia
Para sellar con gloria su cruzada,
Si no quiere, después, ser arrojada
Sucia y hedionda, como venda sucia.

"Los sicarios del Bien han de ser yermos,
Duros, como filósofos estoicos:
Los médicos más nobles, más heroicos,
No lamen el sudor de sus enfermos.

"La luz no triunfa, el Ideal no medra,
Si un cierto brutal extorsionismo:
Como una César sin ley, el pastor mismo
Gobierna con su palo y con su piedra.

*

"Inhumano, inconcreto, el Sacerdote
Ame a Dios, sólo en Dios, y no en ninguno;
Y si al triunfo de Dios es oportuno...
¡Bese con la traición del Iscariote!

Clamó con el valor de los insanos
El viejo Apóstol, sin temer su mengua,
Mientras los canes, con cristiana lengua,
Le ungían caridad sobre las manos.

Y siguió, con apóstrofes más duros,
Y hablando a todos, pues hablaba solo:
"Más fría que los témpanos del polo
Tiene que ser el alma de los puros.

*

"Hay entre la Equidad y la Justicia
Nada más que una feble sutileza...
¡Y entre la Caridad y la pureza,
Un abismo, sin fondo, de inmundicia!

Calló el Apóstol, y en su adusto ceño,
Como en un tronco escuálido de otoño,
Se sospechaba el cárdeno retoño
De un deleitable, de un nefando sueño.

Mas, levantando el sórdido capucho,
Toca de su radiante, calva testa,
Dijo con voz de llanto y de protesta:
"Yo soy el miserable que amé mucho,

"Soy el que puso paz en la discordia,
Pan en el hambre, alivio en las prisiones,
Y en la obsesión tenaz, más que razones,
Puso sin razonar, misericordia.

"Yo derramé, con delicadas artes,
Sobre cada reptil una caricia:
No creí necesaria la Justicia
Cuando reina el Dolor por todas partes.

"Con sublime, suprema Democracia,
Cualquier hombre fue hombre en mi presencia;
No dividí jamás en mi conciencia
Cual un escriba infame, la Desgracia.

"Yo miré con espanto al miserable,
Con el espanto del Caín primero,
Cual si yo -¡pobre sombra, todo entero!-
Fuese de su miseria responsable.

"Yo entendí que los éxitos ultrajan
La equidad del Señor y de sus dones;
Pues por un triunfador hay mil millones
Que más abajo de sí mismos, bajan.

"Yo repudié al feliz, al potentado,
Al honesto, al armónico y al fuerte...
¡Porque pensé que les tocó la suerte
Como a cualquier tahúr afortunado!

"Yo tuve la tendencia, la costumbre,
De poner mi saliva en las montañas;
Pero, les di sin pena mis entrañas
Cada vez que dejaron de ser cumbre.

"Yo veneré, genial de servilismo,
En aquel que por fin cayó del todo,
La cruz irredimible de su lodo,
La noche inalumbrable de su abismo.

"Yo devolví su cetro a la Locura,
Fomentando en las almas anormales,
El gesto imperatriz de los fatales,
La rigidez papal de la tonsura.

*

No pudo proseguir... Seco, rabioso,
Con el gemir de formidable llanta,
Restalló, de repente, en su garganta,
Suma de angustias, un sollozo.

Aquel hondo mugido vibró tanto,
Que traspasó recónditos confines,
Y sus propios hermanos, los mastines,
Se volvieron al Fraile con espanto.

Se repuso por fin, y resumiendo
En epílogo intenso su discurso,
Comenzó a despedirse del concurso
Que a su largo gemido fue surgiendo:

"Todo es contradictorio, todo vago,
Todo se ve a través de una penumbra:
La misma antorcha que en la noche alumbra,
Sirve para el incendio y el estrago.

"Siembran dos jardineros su simiente,
Idénticas las dos, una mañana:
Y el primero cosecha una manzana,
Y el otro, miserando... ¡una serpiente!

"Yo no sé qué pragmáticas malditas
Fulminan mis obras más amables,
Cual migración de bestias formidables
Sobre una floración de margaritas.

*

"Se desató el ciclón. Dios me desgaja,
Y el criterio de Dios no se interrumpe...
¡Si el volcán de sus cóleras irrumpe,
Arde su creación como una paja!

"Yo mismo, sin piedad, no me perdono
Ese luchar frenético de Olimpia;
Criminal es un bien que nada limpia,
Castigo es una cruz que no es un trono.

"Sin ley, ni hogar, ni patria, ni destino,
Como las hojarascas de la selva,
¡Dejaré de sufrir cuando me vuelva,
Polvo bien pisoteado en el camino!...

"Pero, no quiero yo, de ningún modo,
Que me perdonen teólogos ateos...
¡A quien se absuelve, al absolver los reos,
Es al sublime Artífice de Todo!

"Prefiero que los sabios, casi estetas,
Que llaman al dolor "idiosincrasias",
Pongan motes en griego a mis desgracias...
Para cobrar más caro sus recetas.

"El perdón es la mácula del cieno
Puesta sobre la clámide de un nombre,
¡Porque tengo amarguras, ya soy hombre,
Y porque soy un hombre, ya soy bueno!

"¡Hablen los impecados a porfía:
Desescamen la red de sus escamas...
¡Digan si saben al dejar sus camas,
Cuál será la belleza de aquel día!

"Cuando el hijo de Dios, el Inefable,
Perdonó desde el Gólgota al perverso...
¡Puso sobre la faz del Universo,
La más horrible injuria imaginable!

"Sepa por prima vez, el presidiario,
Y alce su frente mustia y lapidada:
El más vil... es un alma destinada
Como el propio Jesús, a su Calvario!

"Somos los anunciados, los previstos,
Si hay un Dios, si hay un Punto Omnisapiente;
Y antes de ser, ya son, en esa Mente,
Los Judas, los Pilatos y los Cristos!"

*

Dijo, y al ver que con cobarde espanto
Murmuraba la turba, gritó fiero:
"¿Dónde está el miserable que primero
Vino a rasgar mi pecho con su llanto?

"¿Dónde está, dónde rasca los residuos
De su mordiente lepra inveterada?...
¡Para lanzar a él, toda esta nada,
Y untarle mis consuelos más asiduos!

"¿Dónde está, donde gime, sin la sombra
De mi pecho de madre sin rencores?
¡Para tejerle un camarín de flores,
Y tenderme a sus pies como su alfombra!

"¿Dónde oculta sus pálpitos de lobo?
¿Dónde esgrime su trágica energía?
¡Para ponerme yo como vigía
Mientras urde su crimen y su robo!

"¿En qué frío pretorio, en qué portales
Tiembla bajo la toga de sus jueces?...
Para decir, para gritar mil veces:
¡El Juez y el Criminal son anormales!

*

"¿Quién habla de Deberes, de Derechos,
De arrojar los malos a una pira?...
¡Si ellos viven sus vidas, sin mentira;
Si no pueden dejar sus propios pechos!

"¿Qué sable justiciero es esa daga
Que sólo hiere frentes sin diadema?...
¿Por qué no abisma el sol, cuando nos quema?
¿Por qué no seca el mar, cuando nos traga?

"¿Por qué ha dejar el Universo
Vasto campo a la luz para que vibre,
Y el corazón de Adán no ha de ser libre,
Y el alma ha de rimarse como un verso?

"¿Qué ciencia miserable es esa ciencia
Que nada sabe más que el primer día?...
¿Qué remedia con ver una insanía
Donde antes vio pasión y no demencia?

*

"Ven a mí, rey enfermo, vil canalla,
Quiero que con tus lágrimas me mandes:
Yo soy como aquel grande entre los grandes
Que no dobló su frente en la batalla."

"Sombra y luz, piedra y alma, seso insano
Y ángel lleno de dudas y malicia:
Yo no sé de Razón ni de Justicia...
¡Sólo quiero saber que soy tu hermano!

"Chusma ruin, que tus dedos como sondas
Hurguen en las heridas de mi brega,
Y palparás al menos, si eres ciega,
Que las hechas por ti, son las más hondas.

*

"Ven a mí, monstruo amigo, no estoy muerto,
Como no muere nunca una gran lira:
Que otros vivan la ley, que es la mentira.
Yo vivo los impulsos, que es lo cierto.

"Aquí estoy, si me manchan tus minucias,
Tus terribles minucias, más me place:
El obrero mejor, el que más hace,
Tiene las manos más que todos, sucias.

"Y odie el feliz, que es bestia, ésta, mi fiebre;
Y me ultraje y repudie, y me dé coces...
¡Yo amo la libertad, como los dioses,
Y el feliz, como el asno, su pesebre!

"No me causa pavor, ni me difama,
Envolver con mi llanto tu persona:
No soy el Cristo-dios que te perdona...
¡Soy un Cristo mejor, soy el que te ama!

*

¡Pulpa sin gratitud, no sabrás nunca
Que yo luché con Dios que te moldea!..."
Y se quedó de pie, como una idea,
Que se va del cerebro y queda trunca.

Pedro Bonifacio Palacios, Almafuerte (San Justo, 1854- La Plata, 1917), Obras completas, Editorial Claridad, Buenos Aires, 1993

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Foto: De la portada de Poesía completa, Almafuerte ISBN: 978-950-03-5415-8

sábado, febrero 26, 2011

Luís Vaz de Camões / Al desconcierto del mundo



Esparsa ao desconcerto do mundo

Os bons vi sempre passar
No mundo graves tormentos;
E, para mais me espantar,
Os maus vi sempre nadar
Em mar de contentamentos.
Cuidando alcançar assim
O bem tão mal ordenado,
Fui mau, mas fui castigado.
Assim que, só para mim,
Anda o mundo concertado.

Luís Vaz de Camões (c.1524-Lisboa, 1580), Versos e alguma prosa, Fundação Calouste Gulbenkian-Moraes Editores, Lisboa, 1977


[Esparsa al desconcierto del mundo

Los buenos vi siempre pasar
En el mundo graves tormentos;
Y para espantarme más,
Los malos vi siempre nadar
En mar de contentamientos.
Cuidando alcanzar así
El bien tan mal ordenado
Fui malo, mas fui castigado.
Así que, sólo para mí,
Anda el mundo concertado
.]

Nota: en el canto galaico-portugués, la esparsa es una trova de 8 a 16 versos heptasilábicos, generalmente de queja de amor.

Ilustración: Camões, c.1573, Fernão Gomes

viernes, febrero 25, 2011

Giuseppe Ungaretti / Inútil infinito





Los recuerdos

Los recuerdos, un inútil infinito,
Pero solos y unidos contra el mar, intacto
En medio de estertores infinitos...

El mar,
Voz de una grandeza libre,
Pero inocencia enemiga en los recuerdos,
Rápido para borrar las dulces huellas
De un pensamiento fiel...

El mar, sus lisonjas melancólicas
Tan feroces y tan, tan esperadas
Y en su agonía,
Presente siempre, renovada siempre,
En el pensamiento vigilante, la agonía...

Los recuerdos,
El verter en vano
De arena que se mueve
Sin pesar sobre la arena.

Ecos breves prolongados
Sin voz eco de los adioses
De minutos que parecieron felices.


Giuseppe Ungaretti (Alejandría, 1888-Roma, 1970), Vita d'un uomo. Tutte le poesie, Mondadori
Versión de Angel Faretta


I ricordi

I ricordi, un inutile infinito,
Ma soli e uniti contro il mare, intatto
In mezzo a rantoli infiniti...

Il mare,
Voce d’una grandezza libera,
Ma innocenza nemica nei ricordi,
Rapido a cancellare le orme dolci
D’un pensiero fedele...

Il mare, le sue blandizie accidiose
Quanto feroci e quanto, quanto attese,
E alla loro agonia,
Presente sempre, rinnovata sempre,
Nel vigile pensiero l’agonia...

I ricordi,
Il riversarsi vano
Di sabbia che si mueve
Senza pesar sulla sabba,
Echi brevi protratti,
Senza voce echi degli addii
A minuti che parvero felici...


Ilustración: Cascos de barco en el Tamar, crepúsculo, 1813 J.M.W. Turner

jueves, febrero 24, 2011

Enrique Banchs / El Cristo del juzgado




El Cristo del juzgado


Mientras lee el secretario con voz que atrista
de los considerandos partes primeras,
el juez que tiene cara de prestamista
va marcando el programa de las carreras.

Se trata del proceso de un anarquista
que gritó cuatro cosas por las aceras,
y el a latere docto pasa en revista
los cargos que merecen penas severas.

Tiene el muro un doliente Crucificado
que fermenta en sus llagas toscos rubíes.
Cercanas a los clavos del pie llagado

se entretejen rojizas llagas de herrumbre...
(¿Qué hará entre providencias y entre otrosíes
ese cuerpo de ayunos y mansedumbres...?)

Las barcas [1907]

Enrique Banchs ((Buenos Aires, 1888-1968), Antología de la poesía argentina, tomo I, selección de Raúl Gustavo Aguirre, Ediciones Librería Fausto, Buenos Aires, 1979

Foto: La Prensa

miércoles, febrero 23, 2011

Patrizia Cavalli / Poemas, 2




Aun cuando parece que el día
ha pasado como un ala de golondrina,
como un puñado de polvo
arrojado y que ya no es posible
recoger y la descripción
el relato no encuentran necesidad
ni escucha, hay siempre una palabra
una palabrita que decir
aunque sea para decir
que no hay nada que decir.

*

En el cesto de la ropa blanca sucia
reconozco el verano
los pantalones livianos las camisetas.

*

Tengo mucho apuro por partir
para poder pararme a limpiar
las huellas de la escapada.

*

Dulcísimo es quedarse
y mirar en la inmovilidad
soberana la belleza de una pared
donde el hilo de la luz y la lámpara
existen desde siempre
para garantizar su permanencia.

*

Montaña de luz abanico
¡paisajes paisajes! cómo podré
desatar mis pies, cómo
descender -reina de las rocas
y de los abismos- al paso involuntario,
a la mano que abre una puerta, a la voz
que pregunta dónde iré a comer.

Patrizia Cavalli (Todi, 1947), Poesie, Einaudi, Florencia, 1999
Versiones de J. Aulicino


Anche quando sembra che la giornata / sia passata come un'ala di rondine, / come una manciata di polvere / gettata e che non è possibile / raccogliere e la descrizione / il racconto non trovano necessità / né ascolto, c'è sempre una parola / una paroletta da dire / magari per dire / che non c'è niente da dire.


Nel cesto della biancheria sporca / riconosco l'estate, / i pantaloni leggeri le magliette.

Avevo troppa fretta d partire / per potermi fermare a ripulire / le tracce della corsa.


Dolcissimo è rimanere / e guardare nella immobilità / sovrana la bellezza di una parete / dove il filo della luce e la lampada / esistono da sempre / a garantire la loro permanenza.

Montagna di luce ventaglio,/ paesaggi paesaggi! come potrò / sciogliere i miei piedi, come / discendere - regina delle rupi / e degli abissi - al passo involontario, / alla mano che apre una porta, alla voce / che chiede dove andrò a mangiare.

---
Foto: Patrizia Cavalli Facebook

martes, febrero 22, 2011

Delmore Schwartz / Consideremos dónde están...





















Consideremos dónde están los grandes hombres

Consideremos dónde están los grandes hombres
que obsesionarán al niño cuando sepa leer:
Joyce enseña en Trieste en una escuela Berlitz,
aprende a pronunciar los juegos de palabras en Finnegan's Wake...
Eliot trabaja en un banco, y allí aprende
las utilidades y las pérdidas,
la muerte de las ciudades...
Pound brama en contra de él, encuentra lo que los expatriados
pueden hallar,
una confusión de culturas de todos los tiempos,
como una muestra de Picasso.
Rilke soporta
la no oída música del silencio y de la soledad
en vacíos castillos que grandes caballeros abandonaron
(como Beethoven, hachando de la memoria
los inefables bosques de los últimos cuartetos).
Trotsky, también en el exilio, pasea por Londres
con Lenin, le escucha decir semi verdades de exiliado:
"Mira: ésta es la Westminster de ellos", como si
los rasgos del padre fueran el alma entera del hijo...
También Yeats, como Rilke, con maneras de antiguos señores,
busca lo permanente entre la pérdida
cotidiana y desesperada del amor, de los amigos,
de cada uno de los pensamientos con que comenzó su época...
Kafka trabaja en una oficina en Praga, aprende
qué burocrática es la vida,
qué lejos está Dios,
en una escuela de teología de empleados...
Perse, diplomático en Asia,
descubre la violenta energía con la cual
la civilización se crea a sí misma y marcha...
Sin embargo, con esas imágenes él no puede ver
la apatía moral luego del Pacto de Munich,
el forzado silencio de la línea Maginot,
y además no puede prever la caída de Francia...
También Mann, en Davos-Platz, encuentra en los enfermos
el triunfo del artista y del intelecto...
Por toda Europa estos desterrados descubren en el arte
lo que es el exilio: también el arte se convierte en exilio,
un secreto y un código estudiado en secreto,
proclamando la agonía de la vida moderna:
este niño aprenderá de la vida de estos grandes hombres,
participará de su soledad,
y quizás, al final, en una noche
como ésta, volverá al punto de partida, a su nombre
mostrándose a sí mismo como tal, entre sus amigos.

Delmore Schwartz (Nueva York, 1913-1966), Alberto Girri, 15 poetas norteamericanos. Segunda serie, Editorial Bibliográfica Omeba, Buenos Aires, 1969 (edición no bilingüe)
---
Foto: 1x.com, Mal Smart, In Pursuit of the Sublime

lunes, febrero 21, 2011

Kenneth Rexroth / La vida color de rosa


Anteojos de color rosa

Diez años, y todavía está en la
Radio. La vie en rose
Se derrama desde una docena de ventanas
En el canal. Una mujer
Y su hijo en una barcaza
De verduras la cantan. Un hombre, limpiando
La proa de su góndola,
La canta mientras su perro mueve la cola.
Los chicos jugando a la rayuela la cantan.
Ropa a medio lavar cuelga sobre las cabezas.
Flota basura en el estrecho canal.
Más radios se suman. A través
Del canal, detrás de las ventanas enrejadas
De la Cárcel de Mujeres, un centenar
De puras voces de carteristas
Y prostitutas comienza a cantarla.
Es como estar en la iglesia.
El próximo número es Ciao, ciao, bambina.

Kenneth Rexroth (South Bend, Indiana, 1905-Montecito, California, 1982), Venice, 1959-1964/65
Versión de J. Aulicino


Rose Colored Glasses

Ten years, and it’s still on the
Radio. La vie en rose
Spills out of a dozen windows
Onto the canal. A woman
And her son in a vegetable
Barge sing it. A man polishing
The prow of his gondola
Sings it while his dog wags its tail.
Children playing hopscotch sing it.
Grimy half washed clothes hang overhead.
Garbage floats in the narrow canal.
More radios join in. Across
The canal, beyond the iron windows
Of the Women’s Prison, a hundred
Pure voices of pickpockets
And prostitutes start to sing it.
It is just like being in church.
The next number is Ciao, ciao, bambina.

Bureau of Public Secrets

Ilustración: Venice: An Imaginary View of the Arsenale, c. 1840, J.M.W. Turner