martes, marzo 14, 2017

Rita Kratsman / Silba esa línea de voces















silba esa línea de voces
en qué tiempo de pájaros

cuando en verdad
quiero hablar de las maquinaciones
de ahora con su aire y lo demás
en un amanecer ya deshecho
y
fluidez de saliva
en el silencio

los humos pestilentes en el fondo de la tarde
nunca como ahora

de la misma camada es al fin la
disolución del pensamiento
y de las cosas como eran aun con sus descuidos
en el alboroto de las ramas, sí

Rita Kratsman (Buenos Aires, 1940), Tornasol, El Jardín de las Delicias, Buenos Aires, 2015

lunes, marzo 13, 2017

W. S. Merwin / A mis dientes














Así los compañeros
de Ulises que
permanecían junto a él
después de noches cabalgando las rutas del mar
las otras islas los amigos
perdidos uno a uno en el dolor
y el regreso a casa un día
vacío una edad futura
que ya era suya
pero ahora cargando cicatrices
y ennegrecidos y desgastados y algunos
rotos imposibles de identificar
y aún faltan
los arrancados de su lado
los que crecieron con ellos
y les sirvieron por años sin titubeos
sin pedir nada

sentados alrededor de antiguos lugares
a través de los huecos
diciéndose a sí mismos
que eran los afortunados
por estar en su sitio

pero se quedaría él ahí

William Stanley Merwin (Nueva York, Estados Unidos, 1927), Perdurable compañía [Present Company, 2005], Vaso Roto, Madrid, 2012
Trducción de Jeannette Clariond
Envío de Jonio González


To My Teeth

So the companions
of Ulysses those that were
still with him after
the nights in the horse the sea lanes
the other islands the friends
lost one by one in pain
and the coming home one
bare day to a later
age that was their own
but with their scars now upon them
and now darkened and worn and some
broken beyond recognition
and still missing the ones
taken away from beside them
who had grown up with them
and served long without question
wanting nothing else

sat around in the old places
across from the hollows
reminding themselves
that they were the lucky ones
together where they belonged

but would he stay there.

-Present Company, Google Books Copper Canyon Press, Washington. Copyright 2007 by W.S. Merwin

Foto: PBS/MIC

domingo, marzo 12, 2017

Giovanni Raboni / Dos poemas















Este es el catálogo

Y así, si andás de paseo, a pie, terminás
por conocerlas a todas; vejestorios
de la calle Lazzaretto, avispadas
y en grupos, como comadres; las burguesas
modestas, casi lóbregas, esperando
entre Ponte Vetero y Arena;
la rubia de las Cinco calles
con su cara hinchada, apedreada. Y ves
que es todo distinto en las avenidas,
allí las chicas son esbeltas y sanas
y suben riendo con gente encapuchada
a las diáfanas tanquetas...


Suicidio en la enfermería

En un montón de sólidos, transparencia
de gotas de agua. Peladuras
de naranja. Las barandas de la cama. Y
la fatiga pasada. Adormilado
entre dos almohadas, entre una muerte
que repta y otra que espera muy
tímida, evasiva en el semicírculo
de la sombra -¿negarse
con la cabeza, decís?- alcanzar a tientas
el blanco de la lámpara, enjaretarse los anteojos
para dar caza a otra muerte, más cercana, específica
como el vidrio, el plástico, el cartón...

Giovanni Raboni (Milán, Italia, 1932-Fontanellato, Italia, 2004), A tanto caro sangue, Mondadori, Milán, 1988
Versiones de Jorge Aulicino


Il catalogo è questo

E poi, se vai in giro a piedi finisci
col conoscerle tutte: le vecchione
di via Lazzaretto, vispe
e a gruppi, come comari; le borghesi
modeste, appena lugubri, in attesa
tra Ponte Vetero e l'Arena;
la bionda delle Cinque vie
con la sua faccia gonfia, lapidata. Dunque vedi
che è tutto diverso dai viali
dove le ragazze sono sane e sottili
e salgono ridendo con gente incappucciata
nelle chiare autoblindo...


Suicidio in infermeria

In un branco di solidi, trasparenza
di gocce d'acqua. Pelli
d'arancia. Le sponde del lettino. E
la fatica che ha fatto. Assopito
fra due guanciali, fra una morte
che striscia e una che aspetta così
timide, sfuocate nel semicerchio
dell'ombra - scuotersi
da capo, ci pensi?, raggiungere a tastoni
il bianco della lampada, inforcare gli occhiale
per dar la caccia a un'altra morte, più vicina, specifica
come il vetro, la plastica, il cartone...

sábado, marzo 11, 2017

Hans Børli / La mano de Dios















Mi pequeña vida recóndita:
Una llama de cerilla
que flamea asustada
en el hueco de la mano de Dios
durante las ventosas noches del mundo.
Sí, en el asustado resplandor de mí mismo
he visto la palma
de la mano de Dios.
Era dura y tosca,
gastada
como la mano de un colono
que una tarde en su campo
aplasta un grano de cebada para ver
si el meollo es bueno

Hans Børli (Eidskog, Noruega, 1911-Skotterud, Noruega, 1999), Poesía nórdica, Ediciones de la Torre, Madrid, 1999
Traducción de Francisco J. Uriz
Envío de Jonio González




viernes, marzo 10, 2017

Sandro Penna / De "Segreti"
















Soy un pequeño mocoso
muy terrible y caprichoso
siempre me pendula el coso:
no lo veo vergonzoso.

*
El burro tira del carro
por un puñado de heno
y el hombre detrás le pega.

*
En Roma he oído cantar
una piedra como el arroyo
de un secreto bosque mío.

*
El Viareggio es una cosa *
con las espinas de una rosa.

*
No ves que en Roma los gatos
duermen de a dos.

*
Los cantos desesperados de la noche
son los muchachos que mi corazón no tuvo.

*
Y quedamos a oscuras
con el alma mojada.

Sandro Penna (Perugia, Italia, 1906-Roma, 1977), Segreti, svelati da Enzo Giannelli, illustrati da Lorenzo Conte, Don Chisciotte, Roma, 1977
Versiones de Jorge Aulicino

* Se refiere sin duda al premio Viareggio que obtuvo veinte años antes ex-aequo con Pier Paolo Pasolini,y que ganaron entre otros Carlos Emilio Gadda, Vasco Pratolini, Italo Calvino, Alberto Moravia, Giorgio Bassani, cuya entrega a Penna causó cierto escándalo por la alusiones homosexuales de sus poemas, no presentes aún en Pasolini. (n. del t.)

Nota del T.: Giannelli consigna en el prólogo de este pequeño libro que se trata de poemas dictados por teléfono o anotados por el recopilador al pie de la cama del autor en sus últimos días. "Son mis secretos, son mi vergüenza", decía Penna de estas ocurrencias epigramáticas, afirma Giannelli, quien asumió en ese prólogo la responsabilidad "cósmica" de darlos a conocer. Se imprimieron 121 copias numeradas.


Sono un bambino moccioso
terribile e capriccioso
sempre mi penzola il coso
che non trovo vergognoso.

*
Il ciuco tira il carretto
per un pugno di fieno e l'uomo
che viene dietro lo batte.

*
A Roma ho sentido cantare
un sasso come il ruscello
di un mio segreto bosco.

*
Il Viareggio è una cosa
che ha le spine di una rosa.

*
Non vedi che a Roma i gatti
dormono a due a due.

*
I canti disperati de la notte
sono i fanciulli che il mio cuore non ha avuto.

*
E poi restammo al buio
con l'anima bagnata.

jueves, marzo 09, 2017

Santiago Sylvester / Una dosis de inexactitud parece necesaria


                         














                                (a qué hora exacta fue escrito este poema)

Una dosis de inexactitud parece necesaria:
en el ladrido del perro, en la lluvia, en la cebolla del caldo,
     en el cuidador del parque.
No todo tiene importancia o justificación: hay alivio
en que algo tenga que fallar.

Un balazo puede ser exacto si mata;
un pedazo de carne, si calma el hambre;
pero hay demasiada cosa inexacta como para ponderarlo; la
     estadística apuesta a lo impreciso;
cuándo ocurrió el nacimiento, el tornado; la salida del tren,
la muerte del anciano.

Que no haya prisa ni tardanza, ¿es exactitud? ¿que el
     desenlace sea cuando tiene que llegar?

Pura falacia.
Inexacto el tiempo, la distancia, el fenómeno meteorológico:
     lo que llega
actúa y sigue
con la única necesidad de suceder.

Santiago Sylvester (Salta, Argentina, 1942), El que vuelve a ver, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2016

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Foto: Lexia

miércoles, marzo 08, 2017

Jorge Fondebrider / Pájaros desbandados en la niebla















Los pájaros, desbandados en la niebla,
pasan delante de mi ventana.
Ellos no saben que arriba hay un milano que adivina
su tránsito y el miedo.
Después ya no vi más. Ayer en cambio
veía las montañas y adivinaba el lago,
todo el paisaje ajeno y suizo de este valle
surcado de colinas,
búnkers, bosques,
cargado de milanos.

[inédito]

Jorge Fondebrider (Buenos Aires, 1956)

martes, marzo 07, 2017

William Butler Yeats / Nunca des tu corazón














Nunca des todo tu corazón por amor
las mujeres apasionadas
apenas lo considerarán si parece
seguro, y ellas nunca conciben
que se desgaste beso a beso;
pues todo lo amoroso es
sólo un suspiro, un sueño, amable deleite.
Oh, nunca des el corazón completamente,
por ellas, por lo que puedan decir los suaves labios,
pues han entregado sus corazones al juego.
¿Y quién puede jugar lo bastante bien
si está sordo y mudo y ciego de amor?
Ése que lo hizo conoce el costo,
porque dio su corazón entero y lo perdió.

[In the Seven Woods, 1904]

William Butler Yeats (Dublín, 1865 -Roquebrune-Cap-Martin, Francia, 1939), Selected Poetry, Macmillan, Londres, 1968. University of Toronto Libraries
Versión de Marina Kohon

Foto: W. B. Yeats en 1920 Library of Congress EE.UU./Wikimedia Commons


Never Give All the Heart

Never give all the heart, for love
Will hardly seem worth thinking of
To passionate women if it seem
Certain, and they never dream
That it fades out from kiss to kiss;
For everything that's lovely is
But a brief, dreamy, kind delight.
O never give the heart outright,
For they, for all smooth lips can say,
Have given their hearts up to the play.
And who could play it well enough
If deaf and dumb and blind with love?
He that made this knows all the cost,
For he gave all his heart and lost.

lunes, marzo 06, 2017

Fernando Pessoa / Al volante del Chevrolet por la carretera de Sintra















[Fragmento]

Al volante del Chevrolet por la carretera de Sintra,
a la luz lunar y al sueño por la carretera desierta,
conduzco a solas, conduzco casi despacio, y un poco
me parece, o me esfuerzo porque un poco me parezca,
que sigo por otra carretera, por otro sueño, por otro mundo,
que sigo sin que haya Lisboa atrás dejada o Sintra a la que llegar,
que sigo, ¿y qué más puede haber en seguir sino no parar, proseguir?

Voy a pasar la noche en Sintra por no poder pasarla en Lisboa,
mas cuando llegue a Sintra me apenará no haberme quedado en Lisboa.
Siempre esta inquietud sin propósito, sin nexo, sin consecuencia,
siempre, siempre, siempre
esta desmedida angustia del espíritu por nada
en la carretera de Sintra o en la carretera del sueño o en la carretera de la vida...

Maleable a mis movimientos subconscientes del volante,
galopa por debajo de mí conmigo el automóvil prestado.
Sonrío del símbolo al pensarlo, y al girar a la derecha.
¡Con cuántas cosas prestadas voy yendo por el mundo!
¡Cuántas cosas que me prestaron conduzco como mías!

[Alvaro de Campos]

Fernando Pessoa (Lisboa, 1888-1935), Los autos (Poemas a cuatro ruedas), Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2017
Traducción de César Antonio de Molina

Foto: Último retrato de Fernando Pessoa (1935). J. G. Simões, Vida e obra de F. Pessoa: Historia duma geração, Bertrand, 1950


Ao volante do Chevrolet pela estrada de Sintra

Ao volante do Chevrolet pela estrada de Sintra,
Ao luar e ao sonho, na estrada deserta,
Sozinho guio, guio quase devagar, e um pouco
Me parece, ou me forço um pouco para que me pareça,
Que sigo por outra estrada, por outro sonho, por outro mundo,
Que sigo sem haver Lisboa deixada ou Sintra a que ir ter,
Que sigo, e que mais haverá em seguir senão não parar mas seguir?
Vou passar a noite a Sintra por não poder passá-la em Lisboa,
Mas, quando chegar a Sintra, terei pena de não ter ficado em Lisboa.
Sempre esta inquietação sem propósito, sem nexo, sem consequência,
Sempre, sempre, sempre,
Esta angústia excessiva do espírito por coisa nenhuma,
Na estrada de Sintra, ou na estrada do sonho, ou na estrada da vida...

Maleável aos meus movimentos subconscientes do volante,
Galga sob mim comigo o automóvel que me emprestaram.
Sorrio do símbolo, ao pensar nele, e ao virar à direita.
Em quantas coisas que me emprestaram guio como minhas!
Quanto me emprestaram, ai de mim!, eu próprio sou!
(...)

11-5-1928
Poesias de Álvaro de Campos. Fernando Pessoa. Lisboa: Ática, 1944 Arquivo Pessoa

domingo, marzo 05, 2017

Walt Whitman / La última vez que florecieron las lilas en el jardín
















1

La última vez que florecieron las lilas en el jardín
y la primera gran estrella caía en el cielo de occidente por la noche,
yo me lamenté y me lamentaré con el eterno regreso de la primavera.

Primavera que eternamente regresas, trinidad segura me traes,
lilas que florecen perennes y estrella que cae en el oeste,
y el pensamiento de aquel que amo.

2

¡Oh, poderosa estrella del occidente caída!
¡Oh, sombras de la noche! — ¡oh, noche cambiante, llorosa!
¡Oh, gran estrella desaparecida! — ¡oh, negra oscuridad que oculta a la estrella!
¡Oh, crueles manos que me dejan impotente! — ¡oh, inútil alma mía!
¡Oh, dura nube envolvente que no liberará mi alma!

3

En el jardín, frente a una vieja granja junto a una cerca blanqueada,
se yergue el arbusto de lilas, crece alto con sus hojas acorazonadas de un rico verde,
con varias flores puntiagudas elevándose delicadas, con el fuerte perfume que amo,

con cada hoja un milagro — y de este arbusto en el jardín,
con flores de delicado color y hojas acorazonadas de un rico verde,
arranco un ramito con su flor.

4

En el pantano, en apartados rincones,
un tímido pájaro escondido gorjea una canción.

Solitario, el zorzal,
el ermitaño recogido en sí mismo, evita los pueblos,
canta solo una canción.

Canción de la garganta sangrante,
canción de la vida que mana de la muerte (pues, querido hermano, sé bien
que si no te fuera dado cantar, seguramente morirías).

5

Sobre el pecho de la primavera, en el campo, entre ciudades,
entre senderos y a través de viejos bosques, donde recientemente las violetas brotaban del suelo y manchaban los restos grises,
entre la hierba en los campos a cada lado de los senderos, pasando la hierba infinita,
pasando los trigales amarillos, donde cada grano se eleva de su mortaja en los campos de un gris pardo,
pasando los manzanos de flores blancas y rosadas de los huertos,
llevando un cadáver a la tumba en que descansará,
de noche y de día viaja un ataúd.

6

Ataúd que pasas por veredas y calles,
de día y de noche con la gran nube que oscurece la tierra,
con la pompa de las banderas a media asta, con las ciudades enfundadas de negro,
con el espectáculo de los Estados mismos cual mujeres de pie con velos de crespón,
con procesiones largas y sinuosas y antorchas en la noche,
con incontables teas encendidas, con el mar silencioso de los rostros y las cabezas descubiertas,
con la estación que espera, el ataúd por llegar y los sombríos rostros,
con himnos fúnebres en la noche, con las mil voces que se elevan fuertes y solemnes,
con todas las voces dolientes de los himnos fúnebres derramadas en el ataúd,
las iglesias en penumbras y los órganos temblorosos — entre estas cosas viajas,
con el metálico tañido, perpetuo tañido de las campanas,
toma, ataúd que pasas lentamente,
te doy mi ramita de lila.

7

(No para ti, para uno solo,
traigo flores y ramas verdes a todos los ataúdes,
pues, fresco como la mañana, así cantaría una canción para ti, oh cuerda y sagrada muerte.

Toda entera con ramilletes de rosas,
oh, muerte, yo te cubro toda entera de rosas y lirios tempranos,
pero ahora, en especial, con la lila que florece primero,
copiosamente las arranco, arranco las ramitas de los arbustos,
con brazos cargados llego y las derramo para ti,
para ti y todos tus ataúdes, oh muerte.)

8

Oh, estrella del occidente que navegas el cielo,
ahora sé lo que quisiste decir hace un mes cuando yo paseaba,
cuando yo paseaba en silencio en la noche transparente y sombría,
cuando vi que tenías algo para decir al inclinarte hacia mí noche tras noche,
cuando caíste del cielo lentamente como hacia mi lado (mientras todas las otras estrellas nos miraban),
cuando vagamos juntos en la noche solemne (pues algo, no sé qué, me impedía dormir),
cuando la noche avanzaba y yo veía, en el borde del oeste, cuán llena estabas de congoja,
cuando estaba de pie sobre suelo alto, en la brisa, en la fría noche transparente,
cuando observé el lugar donde pasabas para perderte en la negrura descendente de la noche,
cuando mi alma, insatisfecha, se hundió en su dolor, como tú, triste estrella,
concluías, caías en la noche, y desaparecías.

9

Canta allí en el pantano,
oh, cantor tímido y tierno, escucho tus notas, escucho tu llamado,
escucho, llego de inmediato, te comprendo,
pero me demoro un momento, pues la lustrosa estrella me ha detenido,
la estrella retiene a mi camarada que se va, y me detiene.

10

Oh, ¿cómo habré de gorjear para ese muerto que amé?
¿y cómo habré de adornar mi canción para la gran alma dulce que se ha ido?
¿y qué perfume habré de llevar a la tumba de aquel a quien amo?

Vientos marinos soplan del este y del oeste,
que soplan del mar oriental y soplan del mar occidental, para juntarse allí en las praderas,
con ellos y con el aliento de mi canto,
perfumaré la tumba de aquel a quien amo.

11

Oh, ¿qué habré de colgar en las paredes del cuarto?
¿y cuáles habrán de ser los cuadros que cuelgue en las paredes,
para adornar el sepulcro de aquel a quien amo?

Cuadros de creciente primavera y granjas y hogares,
con el atardecer del cuarto mes y el humo gris lúcido y brillante,
con las riadas amarillo doradas del sol poniente precioso, indolente, que explota y se expande en el aire,
con la frescura dulce de la hierba bajo los pies, y las hojas de un verde pálido de los árboles prolíficos,
en la distancia, la bruma que fluye, el pecho del río con motas de viento aquí y allá,
con colinas escalonadas en las riberas, con muchas líneas contra el cielo, y sombras,
y la ciudad cercana con las moradas tan densas, y montones de chimeneas,
y todas las escenas de la vida y los talleres, y los obreros volviendo a sus hogares.

12

Mirad, cuerpo y alma — esta tierra,
mi propio Manhattan con sus pináculos y mareas burbujeantes y presurosas, y barcos,
la tierra variada y amplia, el sur y el norte en la luz, las costas de Ohio y el parpadeante Missouri,
y siempre las praderas amplias a lo lejos cubiertas de hierba y maíz.

Mirad, el sol más excelente tan calmo y altivo,
el amanecer violáceo y púrpura con leves brisas,
la suave luz recién nacida, inabarcable,

el milagro que se expande bañándolo todo, cumplido el mediodía,
el delicioso ocaso que llega, la noche bienvenida y las estrellas,
que brillan todas sobre mis ciudades, envolviendo al hombre y a la tierra.

13

Canta, canta, pájaro grisáceo,
canta desde los pantanos, en los rincones, derrama tu canto desde los arbustos,
ilimitado, desde las sombras, desde los cedros y los pinos.

Canta, hermano querido, gorjea tu aguda canción,
alta canción humana, con voz de supremo dolor.

¡Oh, fluida y libre y tierna!
¡Oh, salvaje y libre para mi alma! — ¡oh, maravilloso cantor!
Solo a ti te escucho — pero la estrella me retiene (mas pronto se irá),
pero la lila con su penetrante olor me retiene.

14

Ahora bien, de día, cuando yo estaba sentado y miraba ante mí,
hacia el final del día con su luz y sus campos de primavera, y los campesinos que preparan sus cosechas,
en el vasto decorado inconsciente de mi tierra con sus lagos y bosques,
en la aérea belleza celestial (después de los vientos turbulentos y las tormentas),
bajo la bóveda del cielo de la tarde que pasaba rápido, y las voces de niños y mujeres,
las muchas mareas movedizas, y yo veía a los barcos que navegaban,
y el verano que se acercaba con riqueza, y los campos atareados de trabajo,
y las infinitas casas separadas, cómo todas avanzaban, cada una con sus comidas y minucias cotidianas,
y las calles que latían palpitantes, y las ciudades contenidas — entonces, allí,
cayendo sobre todas ellas y en medio de todas ellas, envolviéndome con el resto,
apareció la nube, apareció el largo rastro negro,
y conocí la muerte, su pensamiento, y el sagrado conocimiento de la muerte.
Entonces, con el conocimiento de la muerte caminando a mi lado,
y el pensamiento de la muerte caminando al otro lado,

y yo en medio como entre dos compañeros, y como tomando las manos de los compañeros,
hui hacia la oculta noche receptiva que no habla,
hacia las costas, el camino hacia el pantano en la penumbra,
hacia los solemnes cedros sombríos y los pinos fantasmales e inmóviles.

Y el cantor, tan tímido con los demás, me recibió,
el pájaro grisáceo que conozco, nos recibió a los tres camaradas,
y cantó la canción de la muerte, y un poema para aquél a quien amo.

Desde profundos rincones apartados,
desde los fragantes cedros y los pinos fantasmales e inmóviles,
llegó la canción del pájaro.

Y el encanto de la canción me capturó,
mientras yo sostenía como de las manos a mis camaradas en la noche,
y la voz de mi espíritu coincidía con la canción del pájaro.

Ven, agradable y reconfortante muerte,
ondula alrededor del mundo, llega serena, llega,
de día, o de noche, para todos, para cada uno,
tarde o temprano, delicada muerte.

Loado sea el universo insondable,
por la vida y la alegría, y por los objetos y saber curiosos,
y por el amor, dulce amor — pero ¡loado, loado, loado!!
por el abrazo seguro, fresco, envolvente, de la muerte.

Oscura madre que siempre te deslizas cerca con suaves pisadas,
¿nadie ha cantado para ti un canto de plena bienvenida?
Entonces yo lo canto para ti, yo te glorifico por encima de todas las cosas,
yo te traigo una canción para que, cuando vengas, vengas sin dudar.

Acércate fuerte, libertadora,
cuando es así, cuando los has arrebatado, yo canto alegremente a los muertos,
perdidos en el amoroso océano que eres tú,
bañados en el diluvio de tu dicha, oh, muerte.

De mi hacia ti, alegres serenatas,
danzas propongo para saludarte, adornos y deleites para ti,
y las vistas del paisaje abierto y el alto cielo extendido son adecuados,
y la vida y los campos, y la noche inmensa y pensativa.

La noche silenciosa bajo innumerables estrellas,
la costa del océano y la ronca ola murmurante cuya voz conozco,
y el alma que se vuelve hacia ti, oh, vasta y velada muerte,
y el cuerpo agradecido que anida cerca de ti.

Sobre las copas de los árboles hago flotar tu canción,
sobre las olas que se levantan y se hunden, sobre las miríadas de campos y las anchas praderas,
sobre las ciudades populosas todas y los atestados muelles y caminos,
yo hago flotar esta canción con alegría, con alegría para ti, oh muerte.

15

En armonía con mi alma,
alto y fuerte continuó el pájaro grisáceo,
con notas puras, deliberadas, que extendían y llenaban la noche.

Alto en los pinos y en los cedros sombríos,
claro en la frescura húmeda y en el perfume del pantano,
y yo con mis camaradas, allí en la noche.

Mientras tanto, mi vista encerrada en mis ojos abiertos,
sobre largos panoramas de visiones.

Y yo vi de reojo a los ejércitos,
vi, como en sueños silenciosos, cientos de estandartes de guerra,
cargados a través del humo de las batallas y agujereados con proyectiles, yo los vi,
y llevados de aquí para allá a través del humo, y arrancados y ensangrentados,
y al final sólo unos pocos jirones en las astas (y todo en silencio),
y las astas todas astilladas y rotas.

Yo vi los cadáveres de las batallas, miríadas de ellos,
y los blancos esqueletos de hombres jóvenes, yo los vi,
vi restos y restos de todos los soldados asesinados en la guerra,
pero vi que no eran como se creía,
ellos mismos estaban en completo descanso, no sufrían,
los que quedaban vivos sufrían, la madre sufría,
y la esposa y el niño y el reflexivo camarada, sufrían,
y los ejércitos que quedaban, sufrían.

16

Paso las visiones, paso la noche,
paso, suelto las manos de mis camaradas,

paso la canción del pájaro ermitaño y el canto coincidente con mi alma,
victoriosa canción, canción de liberación de la muerte, pero canción que varía, siempre cambiante,
baja y sufriente, pero de notas claras, que sube y baja, inundando la noche,
que triste se hunde y se desvanece, como advirtiendo y advirtiendo, y otra vez estalla de alegría,
cubriendo la tierra y llenando la extensión del cielo,
como ese poderoso salmo en la noche que oía desde los rincones,
paso, te abandono, lila con hojas acorazonadas,
te abandono allí en el jardín, florecida, regresando con la primavera.

Ceso mi canto para ti,
mi mirada para ti hacia el oeste, de cara al oeste, comulgando contigo,
oh, camarada brillante con tu rostro plateado en la noche.

Pero guardemos cada cosa recuperada de la noche,
el canto, el maravilloso canto del pájaro gris pardo,
y el canto coincidente, el eco despertado en mi alma,
con la brillante estrella caída, con su rostro lleno de dolor,
con quienes sostenían mi mano al acercarnos al canto del pájaro,
mis camaradas y yo en el medio, y conservemos siempre su recuerdo, por el muerto a quien tanto amé,
por el alma más dulce y sabia de todos mis días y tierras — y esto en su querido nombre,
lila y estrella y pájaro entrelazados con el canto de mi alma,
allá en los fragantes pinos y los cedros sombríos.

Walt Whitman (West Hills, Estados Unidos, 1819 – Camden, Estados Unidos, 1892), "Memories of Presidente Lincoln", Leaves of Grass, David Mc Kay, Filadelfia, 1891-92 The Walt Whitman Archive
Versión de Griselda García




When Lilacs Last 
in The Dooryard Bloom'd

1

WHEN lilacs last in the dooryard bloom'd,
And the great star early droop'd in the western sky in the night,
I mourn'd, and yet shall mourn with ever—returning spring.

Ever—returning spring, trinity sure to me you bring,
Lilac blooming perennial and drooping star in the west,
And thought of him I love.

2

O powerful western fallen star!
O shades of night—O moody, tearful night!
O great star disappear'd—O the black murk that hides the star!
O cruel hands that hold me powerless—O helpless soul of me!
O harsh surrounding cloud that will not free my soul.

3

In the dooryard fronting an old farm—house near the white—wash'd palings,
Stands the lilac—bush tall—growing with heart—shaped leaves of rich green,
With many a pointed blossom rising delicate, with the perfume strong I love,

With every leaf a miracle—and from this bush in the dooryard,
With delicate—color'd blossoms and heart—shaped leaves of rich green,
A sprig with its flower I break.

4

In the swamp in secluded recesses,
A shy and hidden bird is warbling a song.

Solitary the thrush,
The hermit withdrawn to himself, avoiding the settlements,
Sings by himself a song.

Song of the bleeding throat,
Death's outlet song of life, (for well dear brother I know,
If thou wast not granted to sing thou would'st surely die.)

5

Over the breast of the spring, the land, amid cities,
Amid lanes and through old woods, where lately the violets peep'd from the ground, spotting the gray debris,
Amid the grass in the fields each side of the lanes, passing the endless grass,
Passing the yellow—spear'd wheat, every grain from its shroud in the dark—brown fields uprisen,
Passing the apple—tree blows of white and pink in the orchards,
Carrying a corpse to where it shall rest in the grave,
Night and day journeys a coffin.

6

Coffin that passes through lanes and streets,
Through day and night with the great cloud darkening the land,
With the pomp of the inloop'd flags with the cities draped in black,
With the show of the States themselves as of crape—veil'd women standing,
With processions long and winding and the flambeaus of the night,
With the countless torches lit, with the silent sea of faces and the unbared heads,
With the waiting depot, the arriving coffin, and the sombre faces,
With dirges through the night, with the thousand voices rising strong and solemn,
With all the mournful voices of the dirges pour'd around the coffin,
The dim—lit churches and the shuddering organs—where amid these you journey,
With the tolling tolling bells' perpetual clang,
Here, coffin that slowly passes,
I give you my sprig of lilac.

7

(Nor for you, for one alone,
Blossoms and branches green to coffins all I bring,
For fresh as the morning, thus would I chant a song for you O sane and sacred death.

All over bouquets of roses,
O death, I cover you over with roses and early lilies,
But mostly and now the lilac that blooms the first,
Copious I break, I break the sprigs from the bushes,
With loaded arms I come, pouring for you,
For you and the coffins all of you O death.)

8

O western orb sailing the heaven,
Now I know what you must have meant as a month since I walk'd,
As I walk'd in silence the transparent shadowy night,
As I saw you had something to tell as you bent to me night after night,
As you droop'd from the sky low down as if to my side, (while the other stars all look'd on,)
As we wander'd together the solemn night, (for something I know not what kept me from sleep,)
As the night advanced, and I saw on the rim of the west how full you were of woe,
As I stood on the rising ground in the breeze in the cool transparent night,
As I watch'd where you pass'd and was lost in the netherward black of the night,
As my soul in its trouble dissatisfied sank, as where you sad orb,
Concluded, dropt in the night, and was gone.

9

Sing on there in the swamp,
O singer bashful and tender, I hear your notes, I hear your call,
I hear, I come presently, I understand you,
But a moment I linger, for the lustrous star has detain'd me,
The star my departing comrade holds and detains me.

10

O how shall I warble myself for the dead one there I loved?
And how shall I deck my song for the large sweet soul that has gone?
And what shall my perfume be for the grave of him I love?

Sea—winds blown from east and west,
Blown from the Eastern sea and blown from the Western sea, till there on the prairies meeting,
These and with these and the breath of my chant,
I'll perfume the grave of him I love.

11

O what shall I hang on the chamber walls?
And what shall the pictures be that I hang on the walls,
To adorn the burial—house of him I love?

Pictures of growing spring and farms and homes,
With the Fourth—month eve at sundown, and the gray smoke lucid and bright,
With floods of the yellow gold of the gorgeous, indolent, sinking sun, burning, expanding the air,
With the fresh sweet herbage under foot, and the pale green leaves of the trees prolific,
In the distance the flowing glaze, the breast of the river, with a wind—dapple here and there,
With ranging hills on the banks, with many a line against the sky, and shadows,
And the city at hand with dwellings so dense, and stacks of chimneys,
And all the scenes of life and the workshops, and the workmen homeward returning.

12

Lo, body and soul—this land,
My own Manhattan with spires, and the sparkling and hurrying tides, and the ships,
The varied and ample land, the South and the North in the light, 
Ohio's shores and flashing Missouri,
And ever the far—spreading prairies cover'd with grass and corn.

Lo, the most excellent sun so calm and haughty,
The violet and purple morn with just—felt breezes,
The gentle soft—born measureless light,

The miracle spreading bathing all, the fulfill'd noon,
The coming eve delicious, the welcome night and the stars,
Over my cities shining all, enveloping man and land.

13

Sing on, sing on you gray—brown bird,
Sing from the swamps, the recesses, pour your chant from the bushes,
Limitless out of the dusk, out of the cedars and pines.

Sing on dearest brother, warble your reedy song,
Loud human song, with voice of uttermost woe.

O liquid and free and tender!
O wild and loose to my soul—O wondrous singer!
You only I hear—yet the star holds me, (but will soon depart,)
Yet the lilac with mastering odor holds me.

14

Now while I sat in the day and look'd forth,
In the close of the day with its light and the fields of spring, and the farmers preparing their crops,
In the large unconscious scenery of my land with its lakes and forests,
In the heavenly aerial beauty, (after the perturb'd winds and the storms,)
Under the arching heavens of the afternoon swift passing, and the voices of children and women,
The many—moving sea—tides, and I saw the ships how they sail'd,
And the summer approaching with richness, and the fields all busy with labor,
And the infinite separate houses, how they all went on, each with its meals and minutia of daily usages,
And the streets how their throbbings throbb'd, and the cities pent —lo, then and there,
Falling upon them all and among them all, enveloping me with the rest,
Appear'd the cloud, appear'd the long black trail,
And I knew death, its thought, and the sacred knowledge of death.

Then with the knowledge of death as walking one side of me,
And the thought of death close—walking the other side of me,

And I in the middle as with companions, and as holding the hands of companions,
I fled forth to the hiding receiving night that talks not,
Down to the shores of the water, the path by the swamp in the dimness,
To the solemn shadowy cedars and ghostly pines so still.

And the singer so shy to the rest receiv'd me,
The gray—brown bird I know receiv'd us comrades three,
And he sang the carol of death, and a verse for him I love.

From deep secluded recesses,
From the fragrant cedars and the ghostly pines so still,
Came the carol of the bird.

And the charm of the carol rapt me,
As I held as if by their hands my comrades in the night,
And the voice of my spirit tallied the song of the bird.

Come lovely and soothing death,
Undulate round the world, serenely arriving, arriving,
In the day, in the night, to all, to each,
Sooner or later delicate death.

Prais'd be the fathomless universe,
For life and joy, and for objects and knowledge curious,
And for love, sweet love—but praise! praise! praise!
For the sure—enwinding arms of cool—enfolding death.

Dark mother always gliding near with soft feet,
Have none chanted for thee a chant of fullest welcome?
Then I chant it for thee, I glorify thee above all,
I bring thee a song that when thou must indeed come, come unfalteringly.

Approach strong deliveress,
When it is so, when thou hast taken them I joyously sing the dead,
Lost in the loving floating ocean of thee,
Laved in the flood of thy bliss O death.

From me to thee glad serenades,
Dances for thee I propose saluting thee, adornments and feastings for thee,
And the sights of the open landscape and the high—spread sky are fitting,
And life and the fields, and the huge and thoughtful night.

The night in silence under many a star,
The ocean shore and the husky whispering wave whose voice I know,
And the soul turning to thee O vast and well—veil'd death,
And the body gratefully nestling close to thee.

Over the tree—tops I float thee a song,
Over the rising and sinking waves, over the myriad fields and the prairies wide,
Over the dense—pack'd cities all and the teeming wharves and ways,
I float this carol with joy, with joy to thee O death.

15

To the tally of my soul,
Loud and strong kept up the gray—brown bird,
With pure deliberate notes spreading filling the night.

Loud in the pines and cedars dim,
Clear in the freshness moist and the swamp—perfume,
And I with my comrades there in the night.

While my sight that was bound in my eyes unclosed,
As to long panoramas of visions.

And I saw askant the armies,
I saw as in noiseless dreams hundreds of battle—flags,
Borne through the smoke of the battles and pierc'd with missiles I saw them,
And carried hither and yon through the smoke, and torn and bloody,
And at last but a few shreds left on the staffs, (and all in silence,)
And the staffs all splinter'd and broken.

I saw battle—corpses, myriads of them,
And the white skeletons of young men, I saw them,
I saw the debris and debris of all the slain soldiers of the war,
But I saw they were not as was thought,
They themselves were fully at rest, they suffer'd not,
The living remain'd and suffer'd, the mother suffer'd,
And the wife and the child and the musing comrade suffer'd,
And the armies that remain'd suffer'd.

16

Passing the visions, passing the night,
Passing, unloosing the hold of my comrades' hands,

Passing the song of the hermit bird and the tallying song of my soul,
Victorious song, death's outlet song, yet varying ever—altering song,
As low and wailing, yet clear the notes, rising and falling, flooding the night,
Sadly sinking and fainting, as warning and warning, and yet again bursting with joy,
Covering the earth and filling the spread of the heaven,
As that powerful psalm in the night I heard from recesses,
Passing, I leave thee lilac with heart—shaped leaves,
I leave thee there in the door—yard, blooming, returning with spring.

I cease from my song for thee,
From my gaze on thee in the west, fronting the west, communing with thee,
O comrade lustrous with silver face in the night.

Yet each to keep and all, retrievements out of the night,
The song, the wondrous chant of the gray—brown bird,
And the tallying chant, the echo arous'd in my soul,
With the lustrous and drooping star with the countenance full of woe,
With the holders holding my hand nearing the call of the bird,
Comrades mine and I in the midst, and their memory ever to keep, for the dead I loved so well,
For the sweetest, wisest soul of all my days and lands—and this for his dear sake,
Lilac and star and bird twined with the chant of my soul,
There in the fragrant pines and the cedars and dim.

---
Foto: Walt Whitman, entre 1865 y 1867 Archivo Nacional de los Estados Unidos/The Walt Whitman Archive

sábado, marzo 04, 2017

Piergiorgio Viti / De "Se le cose stanno così", 2















Querría morir antes que tú
porque, lo sabes, no soportaría
la idea de quedarme solo
para ocuparme de tus agaves
y poner la mesa a la noche
para mí solamente

Corramos la carrera
de quién muere primero.
Yo podría contar las ovejitas
hasta el día
del sueño eterno,
o bien podría morir
una tarde de lluvia
como esta
o ahogado en un charco
o en un vaso de agua
en momentos difíciles.

Tú quizá
no estarías en paz,
me buscarías entre las sábanas
de nuestra cama desecha,
o detrás de las cortinas
de ciudades remotas...

Entonces no,
sigamos así,
viendo el noticiero de las ocho,
preguntándonos cuándo vendrá el calor,
mirándonos a través del vidrio
de los vasos
durante los aperitivos
y en los días más tristes
tengamos una cita.

Piergiorgio Viti (Sulmona, Italia, 1978), Se le cose stanno così,  Italic, Ancona, 2015
Versión de Jorge Aulicino

Foto: Piergiorgio Viti FB


Vorrei morire prima di te 
perché, lo sai, non sopporterei
l’idea di restare da solo
a occuparmi delle tue agavi
e la sera apparecchiare
per me soltanto.

Facciamo a gara
a chi muore per primo allora.
Io potrei contare le pecore 
fino al giorno
del sonno eterno,
oppure potrei morire
in un pomeriggio di pioggia 
come questo
affogando in una pozzanghera, 
o nei momenti difficili
dentro un bicchiere d’acqua.

Tu forse
non ti daresti pace,
mi cercheresti tra le lenzuola 
del nostro letto sfatto, 
oppure al di là delle cortine
di città remote...

Allora no,
continuiamo pure
a guardare il tiggì delle venti, 
a domandarci il caldo quando arriva,
a guardarci oltre i vetri
dei bicchieri
durante gli aperitivi
e anche nei giorni più tristi 
diamoci un appuntamento.

jueves, marzo 02, 2017

Edward Hirsch / Domingo por la mañana temprano

















Solía burlarme de mi padre y sus compinches
por levantarse temprano los domingos por la mañana
y beber café en un área de estacionamiento del lugar
pero ahora yo soy uno de esos compinches.

A nadie le importan mis viejas humillaciones
pero ellas continúan arrastrándose por mi sueño
como una ristra de latas vacías que resonaran
detrás de un coche abandonado.

La cosa es así: justo cuando crees
que te has olvidado de aquella muchacha pelirroja
que te dejó varado en un parking
cuarenta años atrás, te despiertas

lo bastante temprano para verla desaparecer
a la vuelta de la esquina de tu sueño
en la motocicleta de otro
rugiendo por la autopista hacia la salida del sol.

Y así, ahora estoy sentado en un café
débilmente iluminado lleno de madrugadores
cuyas ventanas están cubiertas de hollín
y el café es tibio y amargo.

Edward Hirsch (Chicago, Estados Unidos, 1950), The Living Fire, Knopf, Nueva York, 2010
Versión de Jonio González


EARLY SUNDAY MORNING
   
I used to mock my father and his chums 
 for getting up early on Sunday morning 
 and drinking coffee at a local spot 
 but now I’m one of those chumps.

 No one cares about my old humiliations 
 but they go on dragging through my sleep 
 like a string of empty tin cans rattling 
 behind an abandoned car.

 It’s like this: just when you think 
 you have forgotten that red-haired girl 
 who left you stranded in a parking lot 
 forty years ago, you wake up

 early enough to see her disappearing 
 around the corner of your dream 
 on someone else’s motorcycle 
 roaring onto the highway at sunrise.

 And so now I’m sitting in a dimly lit 
 café full of early morning risers 
 where the windows are covered with soot 
 and the coffee is warm and bitter.
---

Angel Faretta / Horacianas















I

No renueva el mar la corriente
que ha dejado atrás junto a la resaca.
Así la memoria, Romina, no hace más
que ordenar las cosas a su manera.
Somos hijos, nietos, biznietos ya
de ese navegar lejano. No sabemos,
salvo borrosos recuerdos, las sirtes
y sargazos que tuvieron que atravesar.
Ahora aquí varados en parte, en parte
afincados, buscamos el ancla o el lastre;
no sabemos. Unos viejos dioses arbitrarios
parecen jugar nuevamente con nosotros.
Ya no en la borra del café ni en el vuelo
de las aves, sus entrañas, ni dados
ni números babilónicos nos consuelan.
Hijos y nietos tal vez del olvido aciago
vemos a través de esta costa sin mar
el fulgor arcano; rumores y olas lejanas.
No es bueno entonces disputar aquello
que une. No son dados ni naipes marcados,
es el sitio que elegimos, o así creemos
en la bitácora de navegación. Silencio,
es de nuevo aurora, hay que izar velas.



II

Tántalo va el cántaro a la fuente
que al final se rompe. En el mito
un juego arcano de palabras oculto.
Así también –Delfina- en el tiempo
que pasa y no se detiene, como
las olas del mar que empuja el
viento inclemente. Solo uno
cree saber qué destino es el suyo
cuando éste termina. El hilo
del huso, se corta o se acaba.
No podemos enrollar el carretel
nuevamente. De igual modo
la corriente del mar cambia
a su antojo o al arbitrio divino.
De la nave al timón aferrados
creemos llevarla a su destino,
pero nada, es solo madera
la arboladura, y lo demás.
No quieras saber entonces
más de la cuenta. La quietud
es la única respuesta posible.
Algo de lujo en los platos
o en las copas es bienvenido.
Aún la rosa en su rosal florece
un corto tiempo y se marchita.
Pero antes adornó tu casa y mesa.

[inéditos]

Angel Faretta (Buenos Aires, 1953)

miércoles, marzo 01, 2017

Bliss Carman / De "Sappho", 2














XXXV

Cuando la gran malva rosa
florece en la marisma,
llena de verano lento
y horas suaves,

en ese momento escucho los llamados
de un amante no mortal
jamás resistido,
extraño y lejano.

En las laderas azul-pálido
tocando música maravillosa
Pan hace su trabajo de amor
en el cañaveral

Puedo adivinar el corazón dejando de latir
caída y respiro y secuencia,
lleno de dolor por Siringa
mucho tiempo atrás.

Bliss Carman (Fredericton, Canadá, 1861– New Canaan, Estados Unidos, 1929), Sappho, One Hundred Lyrics, The Florence Press by Chatto and Windus, 1910
Versión de Marina Kohon

Nota del Administrador: El libro de Carman consiste en reconstrucciones libres de los fragmentos de Safo de Mitilene (VII-VI a.C)

Foto: Carman Bliss Library and Archives Canada/The Canadian Ecyclopedia


XXXV

When the great pink mallow
blossoms in the marshland,
full of lazy summer
and soft hours,

Then I hear the summons
not a mortal lover
ever yet resisted,
strange and far

In the faint blue foothills,
making magic music,
Pan is at his love-work
on the reeds.

I can guess the heart-stop
fall and lull and sequence,
full of grief for Syrinx
Long ago.





martes, febrero 28, 2017

Verónica Zondek / De "Fuego frío"





















13

Tumbas de silencio en paisaje anotado.
Tumbas de tierras
       de bosques
       de miradas entre nos.


Tumbas.
Destierro.
Testigos pasajeros ............... de la orilla de donde vinimos
y pasajeros testigos ............... de la barca que nos cruza donde vamos.
No remeros digo/ no timón para la travesía.

Y es tierra
          su tiempo pausado
y los nombres/ la luz/ el viento helado
caen
caen cayendo a plomo
como antes en el Canto 11 de este poema
caen
cayendo a plomo
que si la sangrienta hierba pierde el equilibrio
es obvia cosa que se desmorona
y de bruces se da
entre las muchas y tantas lenguas violetas abrazadas a los troncos
para ver/ vislumbrar una danza erguida
un temblor ponderado de alas
y brazos/ pulpos/ aspas
y hombres/ y mujeres/ y niños
llevados todos de donde nacieron al otro lado/ a la otra orilla
quedados
ahí
desnudos de pecho
vacíos.

Silencio.

Acaece nuevamente un silencio
como ya y ya y ya vez anterior mencioné
y nunca
nunca cansaré de mencionar
porque este silencio cargado
cargado de oro perdido/ despilfarrado/ vendido
nos envuelve en su melodía
nos desnuda el pecho
nos abre el alma antes de que esta caiga a los pies
para que cruja y hable
y agradezca la vida y su viento cabrón
y quede con el sentido y lo sabido bien puesto/ un poco sucio
pero con alas de filigranas tan tiernas
que ya no sé si voy a saber.

Veronica Zondek (Santiago de Chile, 1953), Fuego frío, Lom, Santiago de Chile, 2016

Foto: Verónica Zondek con Richard Gwyn, Chubut, Argentina, 2013

lunes, febrero 27, 2017

Sun Bolei / Spam













Te cuesta seguir el hilo de esas conversaciones,
tantas palabras nuevas, guiños, nombres de películas,
cosas que significan algo distinto de lo que parece
Debe ser que estás pensando en el pasillo de ese hospital
A veces para tomar un atajo cruzás por ahí de noche
No es un lugar peligroso aunque tiene todo el aspecto
Gente sin casa se refugia ahí y no sé como hacen para dormir
con esas luces prendidas todo el tiempo
Y a mi mismo me desvela a veces pensar (¿te das cuenta o no?)
que los algoritmos que nos unieron un día
podrían, de golpe, darnos la espalda y todo
sería mas complicado entonces, por no decir
imposible, por no decir trágico. Supongo que eso
te gustaría. Como te gusta todo lo que, en algún momento,
nos permite reclinarnos en un sillón mientras decimos:
estaba escrito. Pero no estaba escrito y podría probártelo
si quisiera. Leé con atención tu correo,
mensajes que de costumbre pasás por alto como spam
podrían tener algo para decirte, e incluso
el verdadero spam puede también enseñarte
de vez en cuando una verdad sobre vos misma.

Sun Bolei (Xiamen, China, 1981), El camino de ida, editorial Shijing, 2008
Version de Miguel Angel Petrecca en Miguel Angel Petrecca

Sun Bolei es egresado del Instituto Central de Bellas Artes de Pekín, donde vive y trabaja actualmente

Ilustración: Mask Series 1996 N° 6, por Zeng Fanzhi  CNN Art

domingo, febrero 26, 2017

Milo De Angelis / De "Incontri e agguati", 3















[de "Guerra de trincheras"]

Con la muerte, he procurado hacer
un pacto, pero era astuta y discontinua
aparecía en el tráfico del amor,
se volvía amarillez y número fijo
era la respiración y la garra en la respiración
una hora amurallada
flotaba en el agua sucia de la bañadera.

*

Luego, de golpe, un lunes de febrero
todo volvió a ser como antes... salió
de su feudo
hizo incursiones, al amanecer,
a la casilla de correo, retomó
a su ceremonia incesante, difundió
su canto de puro hielo
nos buscó.

Milo De Angelis (Milán, Italia, 1951), "Guerra di trincea", Incontri e agguati, Mondadori, 2016
Versiones de Jorge Aulicino

Foto: Dino Ignani/Doppiozero


Con la morte ho cercato ancora
un patto, me lei era astuta e discontinua
appariva nei traffici dell'amore,
diventava giallore e numero fisso
era il respiro e l'artiglio nel respiro
un'ora murata
galleggiava nel fradiciume della vasca.

*

Poi, di colpo, un lunedi di febbraio
tutto è tornato come prima... è uscita
dal suo feudo,
ha fatto incursioni, all'alba,
nella casella della posta, ha ripreso
la sua cerimonia incessante, ha diffuso
un canto di puro gelo
ha cercato proprio a noi.

sábado, febrero 25, 2017

William Butler Yeats / Aceite y sangre


En tumbas de oro y lapislázuli
cuerpos de santos y santas exudan
aceite milagroso, fragancia de violeta.

Pero bajo los pesados cúmulos de arcilla pisoteada
yacen cuerpos de vampiros pletóricos de sangre;
sus mortajas ensangrentadas y sus labios están húmedos.

           [The Winding Stair and Other Poems, 1933]

William Butler Yeats (Dublín, 1865 -Roquebrune-Cap-Martin, Francia, 1939), Alberto Girri, Versiones, Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 1974

Foto: W. B. Yeats, 1920, por Arnold Genthe Getty Images/La Cebra


244. Oil and Blood

IN tombs of gold and lapis lazuli
Bodies of holy men and women exude
Miraculous oil, odour of violet.

But under heavy loads of trampled clay
Lie bodies of the vampires full of blood;
Their shrouds are bloody and their lips are wet.

-The Collected Works of W. B. Yeats, Vol. I: The Poems, Scribner, Nueva York, 1997

viernes, febrero 24, 2017

Vizma Belševica / Ser las raíces















Ser las raíces. En el subsuelo al que jamás
desciende un rayo. Donde la luz nunca echa un vistazo.
Una rama sin pájaro. Una rama sin hojas.
La fuente de un manantial en la más fina red de fibra
que no debe romperse. El duro trabajo de las raíces.
Sin respiro. (Hasta el sueño de invierno sólo es aparente.)
Almacenar. Alimentar. Saciar. Ser un vínculo mudo
entre el amargo final y la vida. Negado por su propio ser
y tullido para permitir que la flor blanca
celebre el sol,
el poder de la revelación de la belleza.
Ser las raíces. Y no envidiar la flor.

Vizma Belševica (Riga, Letonia, 1931-2005), The Drunken Boat, nº 3-4, volumen 5, primavera-verano de 2005,
Traducción del letón al inglés de Mara Rozitis
Versión del inglés al castellano, Jonio González


TO BE THE ROOTS 

   To be the roots. In subsoil where never a ray
 Descends. Where light never glances.
 A birdless bough. A leafless branch.
 A spring head in the finest web of thread
 That must not break. The hard labor of roots
 Without respite. (Even winter's sleep is only apparent.)
 To store. To feed. To quench. To be a mute link
 Between the bitter end and life. By self denied
 And crippled to allow the white flower
 The celebration of the sun,
 The power of beauty's revealment.
 To be the roots. And not to envy the flower. 

jueves, febrero 23, 2017

Czesław Miłosz / Dos poemas



















La huida

Cuando nos escapábamos de la ciudad incendiada,
En el primer camino campestre volviendo atrás la mirada,
Decía yo: “Que la hierba cubra nuestras huellas,
Que en las llamas se callen los gritantes profetas,
Que los muertos a los muertos cuenten lo sucedido.
A nosotros nos tocó crear una generación nueva y violenta,
Libre del mal y de la dicha que ahí han existido.
Sigamos”. Y la espada de fuego nos abría la tierra.

                                                                 1944, Goszyce



Duermo mucho

Duermo mucho y leo a Tomás de Aquino
o La muerte de Dios (una obra protestante casi).
A la derecha, la bahía como fundida de estaño,
detrás de esta bahía la ciudad, detrás de la ciudad el océano,
detrás del océano el océano, hasta el Japón.
A la izquierda las colinas secas con hierba blanca,
detrás de las colinas el valle irrigado donde se cultiva arroz,
detrás del valle las montañas y los pinos ponderosa,
detrás de las montañas el desierto y las ovejas.
Cuando no he podido sin alcohol, viajaba con alcohol.
Cuando no he podido sin cigarrillos y café,
viajaba con cigarrillos y café.
Fui valiente. Trabajador. Casi un ejemplo de virtud.
Pero esto no sirve de nada.

Señor doctor, me duele.
No aquí. No, no aquí. Ya no sé.
Tal vez sea por exceso de islas y continentes,
de palabras calladas, de bazares y flautas de madera,
o por beber frente al espejo, sin gracia,
aunque uno iba a ser alguien al estilo de un arcángel
o San Jorge en el Bulevar de San Jorge.

Señor curandero, me duele.
Yo creía siempre en sortilegios y supersticiones.
Naturalmente que las mujeres tienen sólo una, alma católica,
pero nosotros tenemos dos. Cuando bailas
en el sueño visitas lejanos pueblos
y hasta las tierras nunca vistas.
Ponte, por favor, los amuletos de plumas,
hay que socorrer a uno de los nuestros.
He leído muchos libros pero no les creo.
Cuando duele regresamos a las orillas de algunos ríos,
me acuerdo de aquellas cruces con signos del sol y de la luna,
y a los hechiceros, cómo trabajaban cuando la epidemia del tifo.
Manda tu otra alma detrás de las montañas, detrás del tiempo.
Dime, voy a esperar, qué has visto.

                                                                           1962, Berkeley


Czesław Miłosz (Szetejnie, Lituania, 1911-Cracovia, Polonia, 2004), Czeslaw Milosz, selección, traducción y nota introductoria de Jan Zych, Material de Lectura n° 108, Universidad Nacional Autónoma de México, 2011
---

miércoles, febrero 22, 2017

Ernesto Cardenal / De "Gethsemani, Ky"















1.
En Pascua resucitan las cigarras
-enterradas 17 años en estado de larva-
millones y millones de cigarras
que cantan y cantan todo el día
y en la noche todavía están cantando.
Sólo los machos cantan:
las hembras son mudas.
Pero no cantan para las hembras:
porque también son sordas.
Todo el bosque resuena con el canto
y sólo ellas en todo el bosque no los oyen.
¿Para quién cantan los machos?
¿Y por qué cantan tanto? ¿Y qué cantan?
Cantan como trapenses en el coro
delante de sus Salterios y sus Antifonarios
cantando el Invitatorio de la Resurrección.
Al fin de mes el canto se hace triste,
y uno a uno van callando los cantores,
y después sólo se oyen unos cuantos,
y después ni uno. Cantaron la resurrección.

2.
Ha llegado al cementerio trapense la primavera,
al cementerio verde de hierba recién rozada
con sus cruces de hierro en hilera como una siembra,
donde el cardenal llama a su amada y la amada
responde a llamada de su rojo enamorado.
Donde el reyezuelo recoge ramitas para su nido
y se oye el rumor del tractor amarillo
al otro lado de la carretera, rozando el potrero.
Ahora vosotros sois fósforo, nitrógeno y potasa.
Y con la lluvia de anoche, que desentierra raíces
y abre los retoños, alimentáis las plantas
como comíais las plantas que antes fueron hombres
y antes plantas y antes fósforo, nitrógeno y potasa.
Pero cuando el cosmos vuelva al hidrógeno original
-Porque hidrógeno somos y en hidrógeno nos hemos de convertir-
no resucitaréis solos, como fuisteis enterrados,
sino que en vuestro cuerpo resucitará toda la tierra:
la lluvia de anoche, y el nido del reyezuelo,
la vaca Holstein, blanca y negra, en la colina,
el amor del cardenal, y el tractor de mayo

11.
La bocina de este auto en la carretera me es familiar
y este viento silbando en los pinos
y estremeciendo el techo de zinc del noviciado
me recuerda mi casa. Alguien llama desde el auto.
Pero mi casa, junto a la carretera
donde estaban siempre pasando los autos,
hace años fue vendida y en ella viven extraños.
El auto era desconocido y ya se fue.
Sólo el viento es el mismo. Sólo el silbido
de esta tarde lluviosa de otoño es familiar.

Ernesto Cardenal (Granada, Nicaragua, 1925-Managua, 2020), Gethsemani, Ky, Ediciones UNAM, Ciudad de México, 1961
Envío de Jonio González

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