domingo, octubre 14, 2012

Sylvia Plath / Dos poemas




Espejo

Soy plateado y exacto, no tengo ideas preconcebidas,
Cuanto ves, me lo trago de inmediato,
Tal como es, sin sombra de amor o aversión.
No soy cruel sino sincero:
El ojo de un pequeño dios, cuadrangular.
Me paso la mayor parte del tiempo meditando en la pared opuesta.
Es rosada, con motas. La observo desde hace tanto
Que creo que forma parte de mi corazón. Pero parpadea.
Rostros y oscuridad nos separan una y otra vez.
Ahora soy un lago. Una mujer se inclina sobre mí,
Buscando en mi extensión lo que es realmente.
Después se vuelve hacia esas mentirosas, las velas o la luna.
Veo su espalda, y la reflejo fielmente.
Ella me recompensa con lágrimas y un estremecimiento de manos.
Soy importante para ella. Viene y va.
Cada mañana es su rostro lo que reemplaza la oscuridad.
En mí ha ahogado a una muchacha, y en mí una anciana
Se eleva hacia ella día tras día, como un pez terrible.


Suceso

    ¡Cómo se solidifican los elementos!;
El claro de luna, ese risco gredoso
En cuya grieta yacemos

    Espalda contra espalda. Oigo un búho chillar
Desde su frío añil.
Insoportables vocales penetran en mi corazón.

    El niño en la cuna blanca se revuelve y suspira,
Ahora abre la boca, exigente.
Su pequeño rostro está tallado en madera roja, dolorida.

    Además, están las estrellas: inextirpables, firmes.
Un toque: quema y da asco.
No puedo ver tus ojos.

    Donde la manzana en flor enfría la noche
Camino trazando un círculo,
Un surco de viejas culpas, profundo y amargo.

    El amor no puede venir aquí.
Un negro hueco se revela.
En el labio opuesto

    Un alma pequeña y blanca hace señas, un gusano pequeño y blanco.
Mis miembros también me han abandonado.
¿Quién nos ha desmembrado?

    La oscuridad se disuelve. Nos tocamos como mutilados.

Sylvia Plath (Boston, 1932 - Londres, 1963), Crossing the Water, Faber and Faber, Londres, 1971
Versiones de Jonio González


Mirror

I am silver and exact. I have no preconceptions.
What ever you see I swallow immediately
Just as it is, unmisted by love or dislike.
I am not cruel, only truthful---
The eye of a little god, four-cornered.
Most of the time I meditate on the opposite wall.
It is pink, with speckles. I have looked at it so long
I think it is a part of my heart. But it flickers.
Faces and darkness separate us over and over.
Now I am a lake. A woman bends over me,
Searching my reaches for what she really is.
Then she turns to those liars, the candles or the moon.
I see her back, and reflect it faithfully.
She rewards me with tears and an agitation of hands.
I am important to her. She comes and goes.
Each morning it is her face that replaces the darkness.
In me she has drowned a young girl, and in me an old woman
Rises toward her day after day, like a terrible fish.


Event


    How the elements solidify!―
The moonlight, that chalk cliff
In whose rift we lie

    Back to back. I hear an awl cry
From its cold indigo.
Intolerable vowels enter my heart.

    The child in the white crib revolves and sighs,
Opens its mouth now, demanding.
His little face is carved in painted, red wood.

    Then there are the stars―ineradicable, hard.
One touch: it burns and sickens.
I cannot see your eyes.

    Where apple bloom ices the night
I walk in a ring,
A groove of old faults, deep and bitter.

    Love cannot come here.
A black gap discloses itself.
On the opposite lip

    A small white soul is waving, a small white maggot.
My limbs, also, have left me.
Who was dismembered us?

    The dark is melting. We touch like cripples.


Ilustración: Los patinadores, 1910, Marianne von Werefkin

sábado, octubre 13, 2012

Robert Lowell / Pielrroja




Pielrroja 

Desenvainada, inesperadamente te vuelves pielrroja,
salvo por dos antorchas blancas, frutos del verano,
faros de mujer que nos guían en la oscuridad
a amar el cuerpo, el único amor que es hombre.
Desvestidas, las mujeres lucen naturales, el hombre no,
equipado con su bate redentor y sus pelotas
-Renoir, paralizado, pintaba con el pene-
Frases consecutivas sin final ni propósito…
La lluvia araña el tragaluz, mil uñas,
dedos helados, con mala circulación
goteando toda la noche desde el cielo a nuestra piel…
nuestro cuerpos enrojecidos bajo el vitral del amanecer…
Al despuntar la ira, cuando la tierra y el océano se funden,
¿quién quiere alzar su arma contra la ballena?

Robert Lowell (Boston, 1917-Nueva York 1977), traducción de Mirta Rosenberg, "Conversos", El paisaje interior, inédito


Redskin

Unsheathed, you unexpectedly go redskin,
except for two white torches, fruits of summer,
woman’s headlights to guide us through the dark
to love the body, the only love man is.
Women look natural stripped to flesh, not man
equipped with his redemptive bat and balls—
Renoir, paralyzed, painted with his penis. 
Endless, aimless consecutive sentences…
Rain claws the skylight, a thousand fingernails,
icy, poor circulating fingers
trickling all night from heaven to our skins…
our bodies sunburnt in the staining dawn…
At wrath-break, when earth and ocean merge,
who wants to hold his weapon to the whale?
---
Ilustración: Jawlensky and Werefkin, 1908-09, Gabriele Münter

viernes, octubre 12, 2012

Lorna Shaughnessy / Permiso

















Permiso

Para Fiona

Sólo nos ha tomado cuatro horas
volver a encontrar nuestros pasos en el desierto,
la selva tropical y el pantano; tres continentes,
cuatro idiomas, nacimientos, casamiento y enfermedad,
hasta llegar a otra lengua.

A una historia puede tomarle
treinta y dos años ser oída: el lugar puede no ser correcto,
ni el momento, y hasta ahora ningún idioma
pareció apropiado para la tarea.

Te ha tomado todo este tiempo para contarme eso.

Eres la prueba viviente de un yo olvidado,
Tu presencia, el testigo que no tuve.
Mientras hablamos, recupero la fluidez
en un idioma que conocimos todo el tiempo, verme
a mí misma en tus recuerdos, y me parece
que me he quedado sin razones para no hablar.

Lorna Shaughnessy (Belfast), Witness Trees, Salmon Poetry, 2011
Traducción de Jorge Fondebrider

Permission
For Fiona
It has taken only tour hours/ to re-trace our steps across desert,/
rainforest and bog; three continents,/ four languages, births,
marriage and disease,/ until we come to another tongue.// It can take
thirty-two years/ for a story to be heard: the place may not be
right,/ nor te moment, and until now no language/ seemed up to the
task.// It has taken you this long to telmm me this.// You are living
proof of a forgotten self;/ your presence, the witness I lacked./ As
we talk, I recover fluency/ in a language we knew all along, eyeball/
myself in your memories, and find/ I’ve run out of reasons not to
speak.
---
Foto: Lorna Shaughnessy lee poemas de Witness Trees durante la presentación del libro en Galway. Junio 2011 / Salmon Poetry

jueves, octubre 11, 2012

Federico García Lorca / Preciosa y el aire

Preciosa y el aire

        A Dámaso Alonso


Su luna de pergamino
Preciosa tocando viene
por un anfibio sendero
de cristales y laureles.
El silencio sin estrellas,
huyendo del sonsonete,
cae donde el mar bate y canta
su noche llena de peces.
En los picos de la sierra
los carabineros duermen
guardando las blancas torres
donde viven los ingleses.
Y los gitanos del agua
levantan por distraerse,
glorietas de caracolas
y ramas de pino verde.

*    

Su luna de pergamino
Preciosa tocando viene.
Al verla se ha levantado
el viento que nunca duerme.
San Cristobalón desnudo,
lleno de lenguas celestes,
mira la niña tocando
una dulce gaita ausente.

Niña, deja que levante
tu vestido para verte.
Abre en mis dedos antiguos
la rosa azul de tu vientre.

*  

Preciosa tira el pandero
y corre sin detenerse.
El viento-hombrón la persigue
con una espada caliente.

Frunce su rumor el mar.
Los olivos palidecen.
Cantan las flautas de umbría
y el liso gong de la nieve.

¡Preciosa, corre, Preciosa,
que te coge el viento verde!
¡Preciosa, corre, Preciosa!
¡Míralo por dónde viene!
Sátiro de estrellas bajas
con sus lenguas relucientes.

 *

Preciosa, llena de miedo,
entra en la casa que tiene,
más arriba de los pinos,
el cónsul de los ingleses.

Asustados por los gritos
tres carabineros vienen,
sus negras capas ceñidas
y los gorros en las sienes.

El inglés da a la gitana
un vaso de tibia leche,
y una copa de ginebra
que Preciosa no se bebe.

Y mientras cuenta, llorando,
su aventura a aquella gente,
en las tejas de pizarra
el viento, furioso, muerde.

Federico García Lorca (Fuente Vaqueros, 1898-Granada, 1936) "Romancero gitano", 1924-1927, Antología, Losada, Buenos Aires, 1957
---
Ilustración: Rafael Alberti, Romancero gitano, Federico García Lorca, Editorial Filigrana, Madrid, 1977

miércoles, octubre 10, 2012

Joaquín Giannuzzi / De "Violín obligado", 3




Violín obligado


                              Obligado - Mús. Un obligado de tenor, trompa, violín, 
                              clarinete, etc., se entiende un pasaje destinado 
                              expresamente a tal voz o a tales instrumentos 
                              y que ninguno otro dice (Enciclopedia Espasa. V. 39). 



En tu cerebro harapiento entró Mozart:
una ética absoluta, fresco y antiguo.
Cuántas cosas desde el mundo lo ocupaban,
pesadas. Puertas, caminos,
y montañas de polvo que reclamaban
un orden para un significado.
Pero el violín circuló
y todas las desesperaciones lo seguían
en círculos, como perros que no alcanzan
el tema central, la intensidad secreta,
el solo de Mozart en su cielo obligado.

Joaquín Giannuzzi (Buenos Aires, 1924-Salta, 2004), Violín obligado, Libros de Tierra Firme, Buenos Aires, 1984
---
Ilustración: Violon et cruche, 1910, Georges Braque

martes, octubre 09, 2012

John Keats / Oh soledad, si debo vivir contigo


Oh soledad, si debo vivir contigo que no sea
entre un montón enmarañado de edificios
sombríos; trepa conmigo la cuesta -mirador
de la naturaleza- desde donde el valle,

sus prados floridos y el flujo cristalino de su río
son un remanso; déjame guardar tus vigilias
entre el ramaje, donde el brinco veloz del ciervo
espanta a la abeja posada en la campanilla...

Con todo, aunque feliz descubra esas escenas
contigo, es el hablar dulce de una mente limpia,
cuya palabra es imagen de fino pensamiento,

el placer de mi alma; y casi seguro debe ser
la dicha más alta de los humanos, toda vez
que a tu morada vuelan dos espíritus afines.

John Keats (Londres, 1795-Roma, 1821), La poesía de la tierra, selección y traducción de Ana Bravo y Javier Adúriz, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2003


O solitude! if I must with thee dwell

O solitude! if I must with thee dwell,
let it not be among the jumbled heap
ff murky buildings; climb with me the steep,—
Nature’s observatory—whence the dell,

Its flowery slopes, its river’s crystal swell,       
may seem a span; let me thy vigils keep
’mongst boughs pavillion’d, where the deer’s swift leap
startles the wild bee from the fox-glove bell.

But though I’ll gladly trace these scenes with thee,
yet the sweet converse of an innocent mind,        
whose words are images of thoughts refin’d,

is my soul’s pleasure; and it sure must be
almost the highest bliss of human-kind,
when to thy haunts two kindred spirits flee.
---
Ilustración: Los almendros en flor, 1905, Darío de Regoyos

lunes, octubre 08, 2012

Cesare Pavese / Los mares del sur


Los mares del sur

Caminamos una tarde sobre la ladera de una colina,
en silencio. En la sombra del tardo crepúsculo
mi primo es un gigante vestido de blanco,
que se mueve tranquilo, el rostro bronceado,
taciturno. Callar es nuestra virtud.
Algún antepasado nuestro debe de haber estado muy solo,
un gran hombre entre idiotas o un pobre loco,
para enseñar a los suyos tanto silencio.

Mi primo habló esta tarde. Me pidió
que subiera con él: desde la cumbre se divisa
en las noches serenas el reflejo del faro,
lejano, de Turín. "Tú que vives en Turín
-me dijo-... pero tienes razón, la vida se vive
lejos de la tierra: se progresa y se goza;
luego, cuando se regresa, como yo, a los cuarenta,
se encuentra todo nuevo. Las Langas no se pierden".
Todo esto me dijo y no habla italiano
sino el lento dialecto que, como estas mismas piedras,
es tan áspero que veinte años de idiomas y de océanos diversos
no consiguieron pulirlo. Y camina por la cuesta
con la mirada ensimismada que vi, de chico,
en los campesinos un poco cansados.

Veinte años ha estado viajando por el mundo,
Se fue cuando yo era un nene en brazos de mujeres
y lo dieron por muerto. Sentí después hablar de él
a las mujeres, a veces, como en una fábula,
pero los hombres, más graves, lo olvidaron.
Un invierno, a mi padre, ya muerto, le llegó una postal
con una gran estampilla verdosa de naves en un puerto
y augurios de buena vendimia. Fue un gran estupor,
pero el muchacho, crecido, explicó ávidamente
que el billete venía de una isla llamada Tasmania
circundada de un mar muy azul, feroz de tiburones,
en el Pacífico, al sur de la Australia, y añadió
que, seguro, el primo pescaba perlas. Y guardó la estampilla.
Todos dieron su opinión, pero todos concluyeron
que si no había muerto, moriría.
Después todos lo olvidaron y pasó mucho tiempo.

Desde que jugué a los piratas malayos, ¡cuánto tiempo ha pasado!,
y desde la última vez que bajé a bañarme a un sitio mortal
y he seguido a un compañero de juegos sobre un árbol
quebrando hermosas ramas y le rompí la cabeza a un rival
y también me la dieron, cuánta vida transcurrió.
Otros días, otros juegos, otros sacudones de sangre
delante de rivales más evasivos: los pensamientos y los sueños.
La ciudad me ha enseñado infinitas pavuras,
una muchedumbre, una calle, me han hecho temblar;
un pensamiento, a veces, espiado sobre un rostro.
Todavía siento en los ojos esa luz burlona
de millares de faroles sobre el ruido de pasos.

Mi primo regresó terminada la guerra,
gigantesco como pocos. Y tenía dinero.
La parentela decía por lo bajo: "En un año,
por decir mucho, se lo comió todo y vuelve a vagar.
Así terminan los desesperados".
Mi primo tiene una cara rotunda. Compró un lote
en el pueblo y se hizo construir un garaje de cemento
con un flamante surtidor de nafta en el frente
y sobre la curva del puente, bien grande, un cartel metálico.
Después puso un mecánico adentro a cobrar el dinero
y él se dedicó a recorrer las Langas, fumando.
Se había casado. Tomó una chica rubia y delicada
como las extranjeras que seguramente conoció en el mundo.
Pero sale todavía solo, vestido de blanco,
con las manos atrás y el rostro bronceado;
por la mañana recorría las ferias, con aire cazurro,
negociando caballos. Después me explicó,
cuando fracasó el proyecto, que su plan
era quitarle al valle todas las bestias
y obligar a la gente a comprarle motores.
"Pero la bestia más grande de todas", decía,
"fui yo al pensarlo. Debí saber
que bueyes y personas son aquí la misma raza."

Caminamos más de media hora. La cima está cerca,
aumentan alrededor el susurro y el silbido del viento.
Mi primo se para de golpe y se da vuelta: "Este año
escribo en el cartel: Santo Stefano ha sido siempre
el primero en los festejos del valle del Belbo.
Y que chillen los de Canelli". Después, sigue la subida.
Un perfume de tierra y viento nos envuelve en lo oscuro.
algunas luces en la distancia, casitas, automóviles
que se oyen apenas. Y yo pienso en la fuerza
que me ha devuelto a este hombre, arrancándolo del mar,
de las tierras lejanas, del silencio que dura.
Mi primo no habla de los viajes que hizo; dice, seco,
que ha estado en este lugar, aquel otro,
y piensa en los motores.

Sólo un sueño le ha quedado en la sangre.
Se cruzó una vez, viajando como maquinista
de un pesquero holandés, con el cetáceo,
y ha visto volar los pesados arpones en el sol,
vio huir las ballenas entre espumarajos de sangre
y la persecución, y las colas alzadas y la lucha en la lanza.
Me lo recuerda a veces.

Pero cuando le digo que es de los elegidos que vieron la aurora
sobre las islas más bellas de la tierra,
sonríe al recordarlo y responde que el sol
se levantaba cuando el día era viejo para ellos.

Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, 1908-Turín, 1950), "Lavorare stanca" (1936, 1943), Poesie, Mondadori, 1969
Versión de J. Aulicino


I mari del Sud

Camminiamo una sera sul fianco di un colle,
in silenzio. Nell'ombra del tardo crepuscolo
mio cugino è un gigante vestito di bianco,
che si muove pacato, abbronzato nel volto,
taciturno. Tacere è la nostra virtù.
Qualche nostro antenato dev'essere stato ben solo
- un grand'uomo tra idioti o un povero folle -
per insegnare ai suoi tanto silenzio.

Mio cugino ha parlato stasera. Mi ha chiesto
se salivo con lui: dalla vetta si scorge
nelle notti serene il riflesso del faro
lontano, di Torino. "Tu che abiti a Torino... "
mi ha detto "...ma hai ragione. La vita va vissuta
lontano dal paese: si profitta e si gode
e poi, quando si torna, come me a quarant'anni,
si trova tutto nuovo. Le Langhe non si perdono".
Tutto questo mi ha detto e non parla italiano,
ma adopera lento il dialetto, che, come le pietre
di questo stesso colle, è scabro tanto
che vent'anni di idiomi e di oceani diversi
non gliel'hanno scalfito. E cammina per l'erta
con lo sguardo raccolto che ho visto, bambino,
usare ai contadini un poco stanchi.

Vent'anni è stato in giro per il mondo.
Se n' andò ch'io ero ancora un bambino portato da donne
e lo dissero morto. Sentii poi parlarne
da donne, come in favola, talvolta;
uomini, più gravi, lo scordarono.
Un inverno a mio padre già morto arrivò un cartoncino
con un gran francobollo verdastro di navi in un porto
e auguri di buona vendemmia. Fu un grande stupore,
ma il bambino cresciuto spiegò avidamente
che il biglietto veniva da un'isola detta Tasmania
circondata da un mare più azzurro, feroce di squali,
nel Pacifico, a sud dell'Australia. E aggiunse che certo
il cugino pescava le perle. E staccò il francobollo.
Tutti diedero un loro parere, ma tutti conclusero
che, se non era morto, morirebbe.
Poi scordarono tutti e passò molto tempo.

Oh da quando ho giocato ai pirati malesi,
quanto tempo è trascorso. E dall'ultima volta
che son sceso a bagnarmi in un punto mortale
e ho inseguito un compagno di giochi su un albero
spaccandone i bei rami e ho rotta la testa
a un rivale e son stato picchiato,
quanta vita è trascorsa. Altri giorni, altri giochi,
altri squassi del sangue dinanzi a rivali
più elusivi: i pensieri ed i sogni.
La città mi ha insegnato infinite paure:
una folla, una strada mi han fatto tremare,
un pensiero talvolta, spiato su un viso.
Sento ancora negli occhi la luce beffarda
dei lampioni a migliaia sul gran scalpiccio.

Mio cugino è tornato, finita la guerra,
gigantesco, tra i pochi. E aveva denaro.
I parenti dicevano piano: "Fra un anno, a dir molto,
se li è mangiati tutti e torna in giro.
I disperati muoiono così ".
Mio cugino ha una faccia recisa. Comprò un pianterreno
nel paese e ci fece riuscire un garage di cemento
con dinanzi fiammante la pila per dar la benzina
e sul ponte ben grossa alla curva una targa-rèclame.
Poi ci mise un meccanico dentro a ricevere i soldi
e lui girò tutte le Langhe fumando.
S'era intanto sposato, in paese. Pigliò una ragazza
esile e bionda come le straniere
che aveva certo un giorno incontrato nel mondo.
Ma uscì ancora da solo. Vestito di bianco,
con le mani alla schiena e il volto abbronzato,
al mattino batteva le fiere e con aria sorniona
contrattava i cavalli. Spiegò poi a me,
quando fallì il disegno, che il suo piano
era stato di togliere tutte le bestie alla valle
e obbligare la gente a comprargli i motori.
"Ma la bestia" diceva "più grossa di tutte,
sono stato io a pensarlo. Dovevo sapere
che qui buoi e persone son tutta una razza".

Camminiamo da più di mezz'ora. La vetta è vicina,
sempre aumenta d'intorno il frusciare e i fischiare del vento.
Mio cugino si ferma d'un tratto e si volge: "Quest'anno
scrivo sul manifesto: - Santo Stefano
è sempre stato il primo nelle feste
della valle del Belbo - e che la dicano
quei di Canelli ". Poi riprende l'erta.
Un profumo di terra e di vento ci avvolge nel buio,
qualche lume in distanza: cascine, automobili
che si sentono appena; e io penso alla forza
che mi ha reso quest'uomo, strappandolo al mare,
alle terre lontane, al silenzio che dura.
Mio cugino non parla dei viaggi compiuti .
Dice asciutto che è stato in quel luogo e in quell'altro
e pensa ai suoi motori.

Solo un sogno
gli è rimasto nel sangue: ha incrociato una volta,
da fuochista su un legno olandese da pesca, il cetaceo,
e ha veduto volare i ramponi pesanti nel sole,
ha veduto fuggire balene tra schiume di sangue
e inseguirle e innalzarsi le code e lottare alla lancia.
Me ne accenna talvolta.

Ma quando gli dico
ch'egli è tra i fortunati che han visto l'aurora
sulle isole più belle della terra,
al ricordo sorride e risponde che il sole
si levava che il giorno era vecchio per loro.

---
Ilustración: Thonier en mer, 1907, Maxime Maufra

domingo, octubre 07, 2012

Umberto Saba / Mediodía de invierno




Mediodía de invierno

En ese momento, en que ya era feliz
(Dios me perdone la palabra grande
y tremenda), ¿quién convirtió casi en llanto
mi breve dicha? Dirán ustedes: "Cierta
bella criatura que por allí pasaba
y te sonrió". Fue un globito, en cambio,
un globito azul oscuro errante
en el azul del aire, y el nativo cielo
nunca igual como en el claro y frío
mediodía de invierno refulgente.
Cielo con alguna nubecita blanca
y los vidrios de las casas encendidos por el sol
y el humo tenue de una chimenea o dos,
y sobre todas las cosas, las divinas
cosas, aquel globo de la mano incauta
de un chico escapado (él lloraba,
claro, en medio de la gente su dolor,
su gran dolor), entre el Palacio
de la Bolsa y el Café donde sentado
más allá de los vidrios admiraba yo con ojos
brillantes ora subir ora bajar su bien.

Umberto Saba (Trieste, 1883-Gorizia, 1957), "Cose leggere e vaganti", 1920, Il canzoniere, Einaudi, Turín, 2004
Versión de Jorge Aulicino

Mezzogiorno d'inverno

In quel momento ch'ero già felice
(Dio mi perdoni la parola grande
e tremenda) chi quasi al pianto spinse
mia breve gioia? Voi direte: "Certa
bella creatura che di là passava,
e ti sorrise". Un palloncino invece,
un turchino vagante palloncino
nell'azzurro dell'aria, ed il nativo
cielo non mai come nel chiaro e freddo
mezzogiorno d'inverno risplendente.
Cielo con qualche nuvoletta bianca,
e i vetri delle case al sol fiammanti,
e il fumo tenue d'uno due camini,
e su tutte le cose, le divine
cose, quel globo dalla mano incauta
d'un fanciullo sfuggito (egli piangeva
certo in mezzo alla folla il suo dolore,
il suo grande dolore) tra il Palazzo
della Borsa e il Caffè dove seduto
oltre i vetri ammiravo io con lucenti
occhi or salire or scendere il suo bene.

---
Ilustración: Blaue Nacht, 1937, Paul Klee

viernes, octubre 05, 2012

Tony Hoagland / Adán y Eva















Adán y Eva

Quise pegarle en la boca y esa es la verdad.

Después de todo, habíamos pasado de la estación de las miradas furtivas
a la estación de las bocas hambrientas,
de la orilla de las polleras y los jeans desteñidos
al océano de la piel en libertad,
de la cumbre peligrosa de los escalones del departamento
al valle santificado de la cama −

la vela oscilaba en la cómoda, la pequeña espada amarilla
soltaba su aroma a humo y cera,
y yo podía oler el deseo de ella
como una nube húmeda sobre el campo,

cuando en el momento crucial, en el momento fundamental,
en el momento de atención firmes,

agitó su mano blanquísima
delante de la entrada a su cuerpo y dijo No,

y mi cerebro estalló en llamas.

Si no pude hundirme en ella como una lanza oscura
o disolverme en ella como un coágulo tirado al río,

¿puedo llegar hasta el final y decir
que quise pegarle en la cara?
¿Me dan permiso de decir eso, que quería pegarle en la cara blanda?

¿O decir esto es otra instancia de la rapacidad,
otra manera de hacer lo que quería hacer entonces,
al decirlo?

¿Acaso un hombre es solamente un animal, y acaso una mujer no es un animal?
¿Es el nombre del animal poder?
¿Es verdad que el hombre quiere ver a la mujer
herida por su propio placer

y la mujer quiere ver en la cara del hombre la expresión
de alguien que cae desde una gran altura,
que la mujer se emociona con el poder de su debilidad
y el hombre se asombra con la debilidad de su poder?

¿Es la cacería sexual una caza en la que el animal interno
arrastra al humano
a una jungla hecha de vocales,
una maleza de pelos y sudor,

o es esta una idea obsoleta
alojada como un fósil
en el cerebro del mono
que vive dentro del hombre?

¿Puede el fósil ser removido quirúrgicamente
o disuelto, o rediseñado
para que el hombre pueda ser humano como la mujer?

¿Es que la mujer ve al hombre como una casa
donde vivir a salvo,
y es que el hombre ve a la mujer como a una puerta
a través de donde escaparse
de la odiosa prisión de sí mismo,

y si la puerta está cerrada,
es que él odia a la puerta entonces?
¿Es que aprende a odiar todas las puertas?

He visto a la lluvia volverse nieve y otra vez volverse lluvia,
y he visto al amor volverse sexo
y otra vez volverse amor,
y nadie se cubrió la cara de vergüenza,
y nadie se levantó para adentrarse en las fauces solitarias de la noche.

¿Pero adónde, de hecho, se podría haber ido?
¿Es acaso mejor que algunas cosas queden sin decir?
¿Debería decirles el nombre de ella?
¿Puedo decir otra vez,
que quise pegarle en la cara?

Hasta que digamos la verdad, no puede haber ternura.
Mientras haya deseo, no estaremos a salvo.

Tony Hoagland (Fort Bragg, Carolina del Norte, 1953-Santa Fe, Estados Unidos, 2018), Donkey Gospel, Graywolf Press, Minneapolis, 1998
Traducción de Inés Garland

Adam and Eve

I wanted to punch her right in the mouth and that’s the truth.

After all, we had gotten from the station of the flickering glances
to the station of the hungry mouths,
from the shoreline of skirts and faded jeans
to the ocean of unencumbered skin,
from the perilous mountaintop of the apartment steps
to the sanctified valley of the bed −

the candle fluttering upon the dresser top, its little yellow blade
sending up its whiff of waxy smoke,
and I could smell her readiness
like a dank cloud above a field,

when at the crucial moment, the all-important moment,
the moment standing at attention,

she held her milk white hand agitatedly
over the entrance to her body and said No,

and my brain burst to flame.

If I couldn’t sink myself in her like a dark spur
or dissolve into her like a clod thrown in a river,

can I go all the way in the saying, and say
I wanted to punch her right in the face?
Am I allowed to say that,
that I wanted to punch her right in her soft face?

Or is the saying just another instance of rapaciousness,
just another way of doing what I wanted then,
by saying it?

Is a man just an animal, and is a woman not an animal?
Is the name of the animal power?
Is it true that the man wishes to see the woman
hurt with her own pleasure

and the woman wants to see the expression on the man’s face 
of someone falling from great height,
that the woman thrills with the power of her weakness
and the man is astonished by the weakness of his power?

Is the sexual chase a hunt where the animal inside 
drags the human down
into a jungle made of vowels,
hormonal undergrowth of sweat and hair,

or is this an obsolete idea
lodged like a fossil
in the brain of the ape
who lives inside the man?

Can the fossil be surgically removed
or dissolved, or redesigned
so the man can be a human being, like a woman?

Does the woman see the man as a house
where she might live in safety,
and does the man see the woman as a door
through which he might escape
the hated prison of himself,

and when the door is locked,
does he hate the door instead?
Does he learn to hate all doors?

I’ve seen rain turn into snow then back to rain,
and I’ve seen making love turn into fucking
then back to making love,
and no one covered up their faces out of shame,
no one rose and walked into the lonely maw of night.

But where was there, in fact, to go?
Are some things better left unsaid?
Shall I tell you her name?
Can I say it again,
that I wanted to punch her right in the face?

Until we say the truth, there can be no tenderness.
As long as there is desire, we will not be safe.


Foto: Tony Hoagland en High Volumes

act. 2021

Roberto Raschella / Y la pala, el oro sutil, no cesan



Y la pala, el oro sutil, no cesan:
bajo una luz de Rembrandt,
flacos, miserables,
sin venas, sin banderas,
avanzan como un río revelado;
el músculo de la noche a la deriva
es un amor misterioso,
círculo al que hemos sido arrojados,
pozo de los cerezos negros
donde descubrí
el abandono,
yesos soplados, barro de rosas,
pies de los arbustos salvajes,
cantorías lúgubres y togadas.
Lo negro no es negro,
lo blanco no es blanco.
Hay animales desolados de rabia,
meditaciones sobre la sal,
misas sajadas, una miel servil.
En los límites de la agonía,
mujeres muy blancas
y con la única profundidad religiosa del sexo,
seudónimos de asesinos,
una resbalada lentitud,
viscosos laberintos, el delirio duro
de los puros, la niebla, la carne.

Roberto Raschella (Buenos Aires, 1930), Antología poética, Fondo Nacional de las Artes, Buenos Aires, 2012

Foto: Poesía en la Escuela

jueves, octubre 04, 2012

H. W. Longfellow / Barcos que pasan en la noche


















Barcos que pasan en la noche, y se hablan el uno al otro al cruzarse;
sólo dan una señal, una voz distante en la oscuridad;
también en el océano de la vida, pasamos y nos hablamos,
sólo una mirada y una voz, luego oscuridad otra vez y silencio.

H. W Longfellow (Portland, 1807-Cambridge, 1882), Tales of a Wayside Inn, 1863
Versión de Marina Kohon

Ships that pass in the night, and speak each other in passing;
Only a signal shown, and a distant voice in the darkness;
So on the ocean of life, we pass and speak one another,
Only a look and a voice, then darkness again and a silence. 

Foto: Henry Wadsworth Longfellow, 1868, por Julia Margaret Cameron Wikimedia Commons

miércoles, octubre 03, 2012

Tiffany Atkinson / Querida Kate




Querida Kate:

Las veredas de fin de semana son para las chicas pálidas. Todas esas hijas
de nuestro pueblo, alimentadas con leche, salen; sus párpados de neón
brillan. Están asustando a los gatos
y haciendo sonar las alarmas —

descaradas con sus cigarrillos y sus tampones,
pasándose brillo en los labios, con tiras de pastillas diminutas.
Absurdamente desenvueltas al besar. Siempre
besando, oh, a alguien —

y Rufus, paseando por la costanera, dice
hola, Kirsty. Jess, te ves impresionante. ¡Sam!
Casi no te… ¿cuándo te volviste tan…?
Qué culto de histéricas.

Pero más tarde, cuando chapalean pasadas de lágrimas, o
llevan a casa gaviotas heridas en cajas de cartón
o comparten una colilla en la costanera, no puedo
dejar de pensar en ellas

a nuestra edad: engordando en el callejón sin salida
de matrimonios destartalados —peor— disecándose
sobre hojas de cálculo. ¿De qué lado estamos ahora, Kate?
Pd. ¿Café? ¿Pronto?

Tiffany Atkinson (Berlín, 1972, vive en Cardiff), Catulla et all, Bloodaxe, 2011
Versión de Silvia Camerotto


Dear Kate,
Weekend pavements are for pale girls. All the milkfed/ daughters of
our town are out, their neon/ eyelids flashing. They are scaring cats
/and setting off alarms –//are brazen with their cigarettes and tampons,
/ passing lip-glossround with strips of teeny pills. /Absurdly fluent 
in their kissing.Always/kissing, oh, someone – / and Rufus, strolling 
on the promenade, says/ hello, Kirsty. Jess, you’re looking stunning. 
Sam!/ I almostdidn’t…when did you become so…?/ What a cult of shrieks. 
//But later, when they clatter past in tears, or/ carry injured seagulls 
home inchip-cartons/ or share a fag-end on the prom, I cannot/ stop to think
of them// at our age: thickening in the cul-de-sacs /of clapped-out
marriages – worse – dessicating /over spreadsheets. Which side are we
on now, Kate? /P.S. Coffee? Soon?

Ilustración: Natura morta nello studio, 1931, Filippo De Pisis

martes, octubre 02, 2012

Federico García Lorca / Oda a Walt Whitman



Por el East River y el  Bronx
los muchachos cantaban enseñando sus cinturas.
con la rueda, el aceite, el cuero v el martillo.
Noventa mil mineros sacaban la plata de las rocas
y los niños dibujaban escaleras y perspectivas.

Pero ninguno se dormía,
ninguno quería ser el río,
ninguno amaba las hojas grandes,
ninguno la lengua azul de la playa.

Por el East River y el Queensborough
los muchachos luchaban con la industria,
y los judíos vendían al fauno del río
la rosa de la circuncisión
y el cielo desembocaba por los puentes y los tejados
manadas de bisontes empujadas por el viento.

Pero ninguno se detenía,
ninguno quería ser nube,
ninguno buscaba los helechos
ni la rueda amarilla del tamboril.

Cuando la luna salga
las poleas rodarán para turbar el cielo;
un límite de agujas cercará la memoria
y los ataúdes se llevarán a los que no trabajan.
Nueva York de cieno,
Nueva York de alambres y de muerte.

¿Qué ángel llevas oculto en la mejilla?
¿Qué voz perfecta dirá las verdades del trigo?
¿Quién el sueño terrible de tus anémonas manchadas?

Ni un solo momento, viejo hermoso Walt Withman,
he dejado de ver tu barba llena de mariposas,
ni tus hombros de pana gastados por la luna,
ni tus muslos de Apolo virginal,
ni tu voz como una columna de ceniza;
anciano hermoso como la niebla
que gemías igual que un pájaro
con el sexo atravesado por una aguja,
enemigo del sátiro,
enemigo de la vid
y amante de los cuerpos bajo la burda tela.
Ni un sólo momento, hermosura viril
que en montes de carbón, anuncios y ferrocarriles,
soñabas ser un río y dormir como un río
con aquel camarada que pondría en tu pecho
un pequeño dolor de ignorante leopardo.
Ni un solo momento, Adán de sangre, macho.
hombre solo en el mar, viejo hermoso Walt Whitman,
porque por las azoteas,
agrupados en los bares,
saliendo en racimos de las alcantarillas,
temblando entre las piernas de los chauffeurs
o girando en las plataformas del ajenjo,
los maricas, Walt Withman, te soñaban.

¡También ése! ¡También! Y se despeñan
sobre tu barba luminosa y casta,
rubios del norte, negros de la arena,
muchedumbres de gritos y ademanes,
como gatos y como las serpientes,
los maricas, Walt Withman, los maricas
turbios de lágrimas, carne para  fusta,
bota o mordisco de los domadores.

¡También ése! ¡También! Dedos teñidos
apuntan a la orilla de tu sueño
cuando el amigo come tu manzana
con un leve sabor de gasolina
y el sol canta por los ombligos
de los muchachos que juegan bajo los puentes.

Pero tú no buscabas los ojos arañados,
ni el pantano oscurísimo donde sumergen a los niños,
ni la saliva helada,
ni las curvas heridas como panza de sapo
que llevan los maricas en coches y terrazas
mientras la luna los azota por las esquinas del  terror.

Tú buscabas un desnudo que fuera como un río,
toro y suelo que junte la rueda con el alga,
padre de tu agonía, camelia de tu muerte,
y gimiera en las llamas de tu ecuador oculto.

Porque es justo que el hombre no busque su deleite
en la selva de sangre de la mañana próxima.
El cielo tiene playas donde evitar la vida
y hay cuerpos que no deben repetirse en la aurora.

Agonía, agonía, sueño, fermento y sueño.
Este es el mundo, amigo, agonía, agonía.
Los muertos se descomponen bajo el reloj de las ciudades,
la guerra pasa llorando con un millón de ratas grises,
los ricos dan a sus queridas
pequeños moribundos iluminados,
y la vida no es noble, ni buena, ni sagrada.
Puede el hombre, si quiere, conducir su deseo
por vena de coral o celeste desnudo.
Mañana los amores serán rocas y el Tiempo
una brisa que viene dormida por las ramas.

Por eso no levanto mi voz, viejo Walt Whitman,
contra el niño que escribe
nombre de niña en su almohada,
ni contra el muchacho que se viste de novia
en la oscuridad del ropero,
ni contra los solitarios de los casinos
que beben con asco el agua de la prostitución,
ni contra los hombres de mirada verde
que aman al hombre y queman sus labios en silencio.
Pero sí contra vosotros, maricas de las ciudades,
de carne tumefacta y pensamiento inmundo,
madres de lodo, arpías, enemigos sin sueño
del Amor que reparte coronas de alegría.

Contra vosotros siempre, que dais a los muchachos
gotas de sucia muerte con amargo veneno.
Contra vosotros siempre,
Faeries de Norteamérica,
Pájaros de La Habana,
Jotos de México,
Sarasas de Cádiz,
Apios de Sevilla,
Cancos de Madrid,
Fioras de Alicante,
Adelaidas de Portugal.

¡Maricas de todo el mundo, asesinos de palomas!
Esclavos de la mujer, perras de sus tocadores,
abiertos en las plazas con fiebre de abanico
o emboscadas en yertos paisajes de cicuta.

¡No haya cuartel! La muerte
mana de vuestros ojos
y agrupa flores grises en la orilla del cieno.
¡No haya cuartel! ¡Alerta!
Que los confundidos, los puros,
los clásicos, los señalados, los suplicantes
os cierren las puertas de la bacanal.

Y tú, bello Walt Whitman, duerme a orillas del Hudson
con la barba hacia el polo y las manos abiertas,
Arcilla blanda o nieve, tu lengua está llamando
camaradas que velen tu gacela sin cuerpo.

Duerme, no queda nada,
Una danza de muros agita las praderas
y América se anega de máquinas y llanto.
Quiero que el aire fuerte de la noche más honda
quite flores y letras del arco donde duermes
y un niño negro anuncie a los blancos del oro
la llegada del reino de la espiga.

Federico García Lorca (Fuente Vaqueros, España, 1898-Granada, España, 1936), "Poeta en Nueva York", 1929-1930, Antología poética, Losada, Buenos Aires, 1967
---
Ilustración: Club Night, 1907, George Bellows

Gerard Vergés / Hablo de un río mítico y rumoroso




Hablo de un río mítico y rumoroso

A menudo pienso que mi infancia
tiene un dulce y secreto rumor de agua.
Hablo del verdor de un delta inmenso;
hablo del vuelo de los ibis (miles de ibis
como copos vivos de la nieve más blanca)
y del flamenco rosa (del íntimo rosa
de un seno de muchacha apenas entrevisto).
Y hablo del azulón zumbando por el aire
como la piedra lanzada por la honda,
de la anguila sutil como la serpiente,
la tenca plateada de los estanques.
Hablo del largo silencio donde se fundían
el agua dulce del río, el mar amargo.

Hablo de un río entre cañaverales, doméstico;
hablo -Virgilio amigo- del huerto ufano,
de los naranjos en flor, del apio tierno,
de la azada y la hoz, del perro en la era.
(Lejos, por el cielo claro, va un vuelo dorado de garzas.)

Hablo de un río antiguo, surcado todavía
por los viejos laúdes*: los últimos, legendarios
laúdes, tan agudos como una espada,
y cargados de vino, de lana, de cebada,
y con marineros cantando en la popa.

Hablo de un lento crepúsculo que ponía
oro en el agua enternecida,
puntos de luz en las alas de los insectos,
reflejos solares en los puentes lejanos.

Dulce rumor del agua en el recuerdo.

Gerard Vergés (Tortosa, 1931), Long play per a una ànima trista, Edicions Proa, Barcelona, 1986
Versión de Jonio González
 
* La palabra "laúd" se emplea aquí en su acepción de embarcación pequeña de un solo palo, propia del Mediterráneo. (N. del T.)


 Parlo d'un riu mític i remorós 

Tot sovint penso que la meva infància 
té una dolça i secreta remor d'aigua. 
Parlo de la verdor d'un delta immens; 
parlo dels vols dels ibis (milers d'ibis 
com volves vives de la neu més blanca) 
i del flamenc rosat (de l'íntim rosa 
d'un pit de noia gairebé entrevist). 
I parlo del coll-verd brunzint per l'aire 
com la pedra llançada per la fona, 
de l'anguila subtil com la serpent, 
la tenca platejada de les basses. 
Parlo del llarg silenci on es fonien 
l'aigua dolça del riu, la mar amarga. 

Parlo d'un riu entre canyars, domèstic; 
parlo -Virgili amic- de l'horta ufana, 
dels tarongers florits i l'api tendre, 
de l'aixada i la falç, del gos a l'era. 
(Lluny, pel cel clar, va un vol daurat de garses.) 

Parlo d'un riu antic, solcat encara 
pels vells llaguts: els últims, llegendaris 
llaguts, tan afuats com una espasa, 
i carregats de vi, de llana, d'ordi, 
i amb mariners cantant sobre la popa. 

Parlo d'un lent crepuscle que posava 
or tremolós a l'aigua amorosida, 
punts de llum a les ales dels insectes, 
solars reflectiments als ponts llunyans. 

Dolça remor de l'aigua en el record.

---
Foto: Gerard Vergés en lainformacion.com

lunes, octubre 01, 2012

Carlos Battilana / Los pájaros se acercan



*

Los pájaros se acercan
al jardín: sobre todo
gorriones, pero también
calandrias, jilgueros,
cabecitas negras, algún
hornero. Caminan
por el pasto
mueven sus cabezas
absorben
los minerales de la tierra
están preparados
ante el menor descuido.
Los pájaros
se demoran
en el conurbano
profundo
husmean
los beneficios del jardín:

¿padecerán el recuerdo
de un bosque
oscuro?

Como un resto
de otro resto
la tierra
mezcla
o articula
el residuo
de lo civil.

Carlos Battilana (Paso de los Libres, 1964), Velocidad crucero, inédito

Ilustración: Todo lo que cuelga, 1930, Paul Klee

domingo, septiembre 30, 2012

Jorge Fondebrider / Conversación




Conversación

Adentro no pasan cosas importantes.
Por eso salimos al crepúsculo y prende un cigarrillo.
Me dice qué cosa que es la noche.
La miro apoyado en la baranda
pensando que tal vez todo es así
porque la vida es eso y no hay fisura,
apenas un rostro a contraluz
y entonces pasa el río que va por otro cauce y me doy cuenta
de que acaso hay un abismo
y un vértigo también.
No hay duda de que estamos
profundamente solos,
ajenos en la fe como en la carne
y apenas nos rige una ilusión
y no es la misma.

Jorge Fondebrider (Buenos Aires, 1956), inédito

Ilustración: Two People Walking, c.1965, Laurence Stephen Lowry

sábado, septiembre 29, 2012

Juan Gelman / lamento por el sapo de stanley hook




stanley hook llegó a Melody Spring un jueves de noche con un sapo en la mano
"oh sapo" le decía "sapito mío íntimo mortal y moral y coral
no preocupado por esta finitud
no sacudido por la triste condición furiosa" le decía

"oh caballito cantor de la humedad oh pedazo esmeralda"
le decía stanley hook al sapo que llevaba en la mano
y todos comprendieron que él amaba al sapo que llevaba en la mano
más allá de accidentes geográficos sociológicos demográficos climáticos
más allá de cualquier condición

"oye mío" decía "hay muerte y vida y noche y sombra y luz"
decía stanley hook "y sin embargo te amo sapo
como amaba a las rosas tempranas esa mujer de Lesbos
pero más y tu olor es más bello porque te puedo oler"

decía stanley hook y se tocaba la garganta
como raspándose el crepúsculo que entraba y avanzaba y le ponía el pecho gris
gris la memoria feo el corazón
"oye sapo" decía mostrándole el suelo
"los parientes de abajo están divididos ni siquiera se hablan"
decía stanley hook "qué bárbara tristeza" decía ante el asombro popular
los brillos del silencio popular
que se ponía como el sol

esa noche naturalmente stanley hook se murió
antes dio terribles puñetazos a las paredes de su cuarto en representación de sí mismo
mientras el sapo sólo el sapo todo el sapo
seguía con su jueves

todo esto es verdad
hay quien vive como si fuera inmortal
otros se cuidan como si valieran la pena
y el sapo de stanley hook se quedó solo

Juan Gelman (Buenos Aires, 1930-México, 2014), Traducciones III. Los poemas de Sidney West (1968-1969), Editorial Galerna, Buenos Aires, 1969

Ilustración: Street Scene, 1958, Laurence Stephen Lowry

actualizado 2014

viernes, septiembre 28, 2012

Aníbal Cristobo / Una objeción




Una objeción

Objetos como estos potes, lociones de afeitar
correctamente etiquetadas y expresadas, colonias,
no son paradigmáticas, no sirven como recursos o ilustración de lo que
nos sucede

constantemente. No consiguen tampoco
crear un guión de nuestras actitudes: nos ponemos loción
y salimos; en el ascensor ya somos una incógnita
nueva, manchados por las dudas, o la desconfianza
ante un perro cuya mirada no puede comprenderse. Una mancha
de aceite, en la calle y un frasco de aceite, más tarde, en el
supermercado
establecen una relación necesaria; mentalmente
podemos regresar sobre esos datos: para imitarnos,

eliminamos las magnitudes despreciables; nos perfumamos
con actos improvisados, implorando
que ningún Jack Russell intente frotarse en nuestra pierna
mientras bajamos desde el 5to piso -y llamamos a esto

decisión: al parecer, compramos ese ticket
como quien adquiere una cadena infinita de consecuencias. Pero
no: el reverso, la frase se nos escapa y otra vez
reencarnamos en nuestro propio tránsito, aunque
éste no exista. La página que escribo ya dejó de existir, o bien
tenemos problemas con el navegador, interrumpidos
siempre por el ruido que hacemos al quitarnos las manchas, intentando
recuprerar alguna apariencia tras hacer el amor
con un perro, o quedarnos callados, fumando, con los dientes
perfectos, cuando llega un mensaje
y transforma por un momento algo importante

en algo irrelevante, y no lo percibimos.

Aníbal Cristobo (Buenos Aires, 1971), Krakatoa, Zindo & Gafuri, Buenos Aires, 2012


Foto: Aníbal Cristobo en Facebook

jueves, septiembre 27, 2012

Piergiorgio Viti / La miope



(la miope)

No es raro que me equivoque,
confundo las entradas con las salidas,
los ómnibus que se van
con los que vienen;
confundí incluso un amor
con el de otro,
pero me di cuenta enseguida,
por el olor de la loción para después de afeitar
o porque el abrazo
no era igual.

No es raro que me equivoque,
pero me gusta,
prefiero escuchar,
desenredar las voces,
porque salen del pecho,
colmena del alma,
y si me dicen
por qué no me pongo anteojos
respondo que la realidad hace tanto mal
que a veces es mejor
imaginarla.

Piergiorgio Viti (Sulmona, L'Aquila, 1978), inédito


(la miope)

Non è raro che sbagli,
confondo le entrate con le uscite,
gli autobus che partono
con quelli che ritornano;
alcune volte ho scambiato con altri
perfino il mio amore,
ma me ne sono accorta subito,
dall’odore del dopobarba
o perché l’abbraccio
non era lo stesso.

Non è raro che sbagli,
però mi piace così,
preferisco ascoltare,
districarmi tra le voci,
perché partono dal petto,
alveare dell’anima,
e se mi chiedono
come mai non indosso occhiali,
rispondo che la realtà fa così male
che a volte è meglio 
immaginarla.

---
Ilustración: Porto di Marghera, 1983, Zoran Music

miércoles, septiembre 26, 2012

Aldo Oliva / Parábola




Parábola

Este lobo translúcido, este
lánguido andante de un ansia extinguida
no podrá ocultar el matorral
incierto,
la solapada corriente del dolor
donde, sin saberlo, deambula;
no busca el placer sino el ensueño
de existir, a ras del piso, arrastrado
por el alcohólico comezón de la angustia.

Sonríe, a veces, a la altura, sin embargo;
como abarcando un círculo de airado ópalo;
cúmulos temibles de cernidas
olas de fuego, berceuse vertida en pizzicatto,
tremando en la sima de la niñez.

Fueron entonces los momentos,
en que, exhibiendo su cuchillo,
lo hundió en las junturas de las piedras
de algunas coquetas callecitas;
amasó un cosmos de la tierra fascinada
en el prodigio del principio: con saliva
y orina fue creando la invención del amor.

Y quedó solo.

Aldo Oliva (Rosario, 1927-2000), "Ese general Belgrano y otros poemas", 2000, Poesía completa, Editorial Municipal de Rosario, Rosario, 2003

Ilustración: Venezia d'oro, 1961, Lucio Fontana

martes, septiembre 25, 2012

Eugenio Montale / Paseo junto al lago


                      
                                      Campione

El pequeño halcón pescador
cayó en picada sobre un tiesto de terracota
entre los muchos puestos sobre un muro junto al lago.
Oculto entre los claveles era visible
lo suficiente como para hacer posible
un diálogo.
Eres el último ejemplar de una especie
que yo creía extinta, dije.
La sobreabundancia de vosotros
surtirá el mismo efecto, fue su respuesta.
Ahora aprendo, acoté, que se es demasiados o ninguno.
Con el privilegio dijo el halconcillo
de que alguno de vosotros asistirá al ballet final.
A menos, repliqué, que espacio y tiempo, fin y principio
sean tan sólo invenciones humanas
mientras que tú ya devoraste el Todo con tu pico.
Adiós, hombre, adiós halcón y olvídate tu pesca.
Y tú olvida la tuya sin picos y sin alas,
hombrecito, hombrezuelo.
                         Y el granuja
se eclipsa en un halo de púrpura y herrumbre.

Eugenio Montale (Génova, 1896-Milán, 1981), "Cuaderno de cuatro años", 1973-1977, Poesía completa, traducción de Fabio Morábito, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, Barcelona, 2006.


Lungolago

                       Campione

Il piccolo falco pescatore
sfrecciò e fini in un vaso di terracotta
fra i tanti di un muretto del lungolago.
Nascosto nei garofani era visibile
quel poco da non rendere impossibile
un dialogo.
Sei l'ultimo esemplare di una specie
che io credevo estinta, così dissi.
Ma la sovrabbondanza di vuoi uomini
sortirà eguale effetto mi fu risposto.
Ora apprendo osservai che si è troppi o nessuno.
Col privilegio vostro disse il falchetto
che qualcuno di voi vedrà il balletto finale.
A meno ribattei che tempo e spazio, fine
e principio non siano invenzioni umane
mentre tu col becco ha divorato il Tutto.
Addio uomo, addio falco dimentica la tua pesca.
E tu scorda la tua senza becco e senz'ali,
omiciattolo, ometto.
                     E il furfante dispare in un alone
de porpora e di ruggine.

---
Ilustración: Derniers messages, 1967, George Braque