viernes, septiembre 11, 2009

Alberto Girri / De "Elegías italianas", 2



Túmulos

que penden, absortos,
enhebrados
a la más vieja de las Italia
y respiran
eso mismo que encierran, lo oculto,
el instinto
que en el etrusco indujo
al misterio, a replegarse
en el frescor de las ciudades
pensadas como rituales,
plegarias, laberintos,
una lengua irreductible, sin clave,
protección
contra toda súplica de luz
y de memorias.
El viandante
no se da cuenta,
ve apenas
las herbosas superficies,
lagartos
filtrándose por las hendeduras
de la tierra, oscuramente
promiscua tierra,
solamente oye
algún grito que viene del valle,
que lo reclama
y pasa sin reconocer
cómo la inmutable
sonrisa vagando en cada muerto
acalla, flor para siempre, la dura
fugacidad de los días,
el apetito de ultratumba, el miedo.

Alberto Girri (Buenos Aires, 1919-1991), Elegías italianas, Editorial Sur, Buenos Aires, 1962
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Ilustración: Detalle de un fresco en una tumba etrusca, Necrópolis Etrusca, Tarquinia, Viterbo

Fernando Molle / de "Del libro"





Del poema y su poeta, si coinciden

Envía sólo carta contestada,
a sí remite presto y va leyendo,
inserta en su buzón y la recibe,
y el gesto, hueco gesto espeja cero.

Escolta, reduplica, se proclama,
concuerda cuanto aclara, lo reincide;
no piensa en cómo habla cuando escribe,
ni piensa en cómo vive cuando habla.


Del poema y su balanza, si coinciden

Si "Frutas y Verduras" se pensara,
¿las "Frutas y verduras" escribiera
poeta verdulero y vendería
palabra por su plomo machucada,
balanza que uva fragua por sandía?

Palabra nunca pesa si es pesada,
ni canta y es profunda tontería.

Fernando Molle (Buenos Aires, 1968), Del libro, Ediciones Vox, Bahía Blanca, 2008

jueves, septiembre 10, 2009

Dylan Thomas / Negativa a lamentar...




Negativa a lamentar la muerte por fuego de una niña en Londres

Nunca antes de que el hombre creara
pájaro bestia y flor
y toda la humillante oscuridad
diga silenciosa la manifestación de la última luz naciente
y la hora quieta
llegue desde el mar cabalgando en su montura,

y yo deba entrar nuevamente en la circular
Zion de la gota de agua
y en la sinagoga de la espiga de maíz
he de dejar un rezo a la sombra de un sonido
o sembraré mi grano de sal
en el más recóndito valle de arpillera antes que lamentar

la majestad y la inflamada muerte de la niña.
No mataré
su humana partida con una grave verdad
ni blasfemaré sobre las estaciones del aliento
con una postrera
elegía de inocencia y juventud.

En la profundidad, junto a los primeros muertos, yace la hija de Londres
vestida por los viejos amigos,
los granos sin edad, las oscuras venas de su madre,
oculta bajo el agua sin duelo
del cabalgante Támesis.
Después de la primera muerte, no hay otra.

Dylan Marlais Thomas (Swansea, Gales, 1914 – Nueva York, 1953), de Death and Entrances, 1946
Versión de Silvia Camerotto

A Refusal to Mourn the Death, by Fire, of a Child in London
Never until the mankind making/ Bird beast and flower/ Fathering and all humbling darkness/ Tells with silence the last light breaking/ And the still hour/ Is come of the sea tumbling in harness, //And I must enter again the round/ Zion of the water bead/ And the synagogue of the ear of corn/ Shall I let pray the shadow of a sound/ Or sow my salt seed/ In the least valley of sackcloth to mourn//The majesty and burning of the child's death./ I shall not murder/ The mankind of her going with a grave truth/ Nor blaspheme down the stations of the breath/ With any further/ Elegy of innocence and youth.// Deep with the first dead lies London's daughter,/ Robed in the long friends,/ The grains beyond age, the dark veins of her mother,/ Secret by the unmourning water/ Of the riding Thames./ After the first death, there is no other.
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Foto: Dylan Thomas, durante un ensayo de Bajo el bosque de leche, Nueva York, 1953 Rollie McKenna/Grupo Buseta de Papel

De Dylan Thomas en este blog:


Tápame con tu rebozo



La Llorona

Todos me dicen el negro, Llorona, negro pero cariñoso.
Yo soy como el chile verde, Llorona, picante pero sabroso.

Dicen que no tengo duelo, Llorona, porque no me ven llorar.
Hay muertos que no hacen ruido, y es más grande su penar.

La pena y lo que no es pena, Llorona, todo es pena para mí;
Ayer lloraba por verte, ¡ay Llorona!, y hoy lloro porque te vi.

¡Ay de mí!, Llorona, Llorona, Llorona de un campo lirio;
el que no sabe de amores, Llorona, no sabe lo que es martirio.

Salías del templo un día, Llorona, cuando al pasar yo te vi;
hermoso güipil llevabas, Llorona, que la Vírgen te creí .

No sé qué tienen las flores, Llorona, las flores del campo santo,
que cuando las mueve el viento, Llorona, parece que están llorando.

¡Ay de mí!, Llorona, Llorona llévame al río;
tápame con tu rebozo, Llorona, porque me muero de frío.

Yo te soñaba dormida, Llorona, dormida te estabas quieta;
pero en llegando el olvido, Llorona, soñe que estabas despierta.

Dos besos llevo en el alma, Llorona que no se apartan de mí;
el último de mi madre, Llorona, y el primero que te di .

Dícen que el primer amor, Llorona, es grande y es verdadero
Pero el último es mejor, Llorona, y más grande que el primero.

Cada vez que entra la noche, Llorona, me pongo a pensar y digo:
De que me sirve la cama, Llorona, si tu no duermes conmigo.

¡Ay de mí!, Llorona, Llorona tú eres mi shunca.
Me quitarán de quererte, llorona, pero de olvidarte, nunca.

A un santo Cristo de fierro, Llorona, mis penas le conté yo.
Cuáles no serían mis penas, Llorona, que el Santo Cristo lloró.

Porque te quiero quieres, Llorona, quieres que te quiera más.
Si ya te he dado la vida, Llorona, qué más quieres. Quieres más.

Anónimo mexicano


Nota: Son istmeño, de número indeterminado de estrofas, cuya elección hace el intérprete.

Ilustración: Retrato de Angélica, 1947, David Alfaro Siqueiros

miércoles, septiembre 09, 2009

Ignacio Uranga / de "El ella real", 2


Nihil aut de gemina elegeia: funus

Después de todas las teorías, Caroline
literarias, después de todos los
movimientos de avanzada, ahora, septiembre
dos mil seis, ahora que, la liter-
tura no existe, ahora, que el poema se nos vuel-
ve tan íntimo, porque, repito
hoy, ahora, la lit no existe, elijo el poema
para construir, así en la forma
como en el fondo, este signo, estético, que
muestra la nada que hay, hoy, en sus prin-
cipios, lo imposible que se vuelve el verso
para arar con el lenguaje la re-
presentación, Caroline, de tus ojos fe-
roces, por ejemplo, regresando
mansos, al presente, de las drogas; un a-
gravio, una imprudencia, un ultraje, el tu-
yo, Caroline, dejarme, así, como si nun-
ca, así, como si nada, así, como
hoy la lit, de suerte tal que deba, en nuestros
tiempos, recurrir a esto, lo que, ahora
septiembre, dos mil seis, no es, meramente, más
que, de momento, cicatriz, recuer-
do, esto que, hoy, no es, repito, ahora, septiembre, nue-
ve, dos mil seis, cuando la lit no exis-
te, y yo me lo apropio para, con la forma
decir, también, no hay, no queda, acá, nada

Ignacio Uranga (Bahía Blanca, 1982), El ella real, Hemisferio Derecho Ediciones, Bahía Blanca, 2009

De Ignacio Uranga en este blog: Interacción comunicacional

martes, septiembre 08, 2009

John Hewitt / Dos poemas


El cuerno del carnero

Me he vuelto hacia el paisaje porque los hombres me decepcionan:
el tronco de un árbol es orgulloso: cuando los leñadores lo derriban,
conserva una contenida, jónica solemnidad:
es un hecho rotundo que no necesita explicación.

Nunca me vi forzado a evitar el alba
porque oculte traición detrás de su rostro animado:
incluso el carnero que mira adusto en el pantano,
aunque símbolo del mal, avanzará con gracia por la hierba
/que arrastra el viento.

Animal, planta o insecto, piedra o agua,
son, cada minuto, ellos mismos; actúan conforme a la ley.
No hace falta que yo les encuentre motivo,
o que me rasgue el corazón para excusar a la rata en el heno.

Vivo a gusto en el paisaje, me siento cómodo allí;
el único problema que veo lo traje en la mano.
Miren, lo dejo caer con un crujir de tallos en las ortigas
y ni por un instante espero que ellas entiendan.


Substancia y sombra

Hay una austeridad en las imágenes
con que atempero el tiempo en defensa de mi mente;
conservan sus propios, sus obstinados secretos;
inútil enojarse con su reticencia:
la zambullida de un ibis, una garza junto a un estanque
una última corneja volando a su nido al caer el sol,
una araña acechando en una hoja de helecho,
y cardos en la corona borlada de un haz de maíz,
una roca, manchada de liquen, en la falda de una colina,
los destellos del sol sobre cálamos de hielo que gotean,
su perdurable significado contenido
en la textura, el color, la forma, y nada más.
Sobrios, magros, simples, naturales
de esta pequeña república que he presentado
como el terreno seguro donde mi percepción es firme,
mientras alrededor de sus límites se extienden los pedregales de la duda.

Mi lámpara alumbra la pava en el hornillo
y arroja su sombra contra la pared blanqueada,
como un perfil asirio con un yelmo
y una serpiente o un pájaro coronando la cimera;
pero sigue siendo una sombra; cuando cambio
la lámpara de sitio o muevo la pava, desaparece;
la substancia y la sombra escapan
del bronce preciso para encerrarlas, bronce o piedra.

John Hewitt (Belfast,1907-1987), Poesía irlandesa contemporánea, Libros de Tierra Firme, Buenos Aires, 1999
Traducción de Gerardo Gambolini

The ram's horn
I have turned to the landscape because men disappoint me:/ the trunk of a tree is proud: when the woodmen fell it,/ it still has a contained ionic solemnity:/ it is a rounded event without the need to tell it.// I have never been compelled to turn away from the dawn/ because it carries treason behind its wakened face:/ even the horned ram, glowering over the bog hole,/ though symbol of evil, will step through the blown grass with grace.// Animal, plant, or insect, stone or water,/ are, every minute, themselves; they behave by law./ I am not required to discover motives for them,/ or strip my heart to forgive the rat in the straw.// I live my best in the landscape, being at ease there;/ the only trouble I find I have brought in my hand./ See, I let it fall with a rustle of stems in the nettles,/ and never for a moment suppose that they understand.

Substance and shadow
There is a bareness in the images/ I temper time with in my mind's defense;/ they hold their own, their stubborn secrecies;/ no use to rage against their reticence:/ a gannet's plunge, a heron by a pond,/ a last rook homing as the sun goes down,/ a spider squatting on a bracken-frond,/ and thistles in a cornsheaf's tufted crown,/ a boulder on a hillside, lichen-stained,/ the sparks of sun on dripping icicles,/ their durable significance contained/ in texture, colour, shape, and nothing else./ All these are sharp, spare, simple, native to/ this small republic I have charted out/ as the sure acre where my sense is true,/ while round its boundaries sprawl the screes of doubt.// My lamp lights up the kettle on the stove/ and throws its shadow on the whitewashed wall,/ like some Assyrian profile with, above,/ a snake, or bird-prowed helmet crested tall;/ but this remains a shadow; when I shift/ the lamp or move the kettle it is gone,/ the substance and the shadow break adrift/ that needed bronze to lock them, bronze or stone.

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Foto: Hewitt Universidad del Ulster

lunes, septiembre 07, 2009

Allen Tate / Homilia


                             Si tu ojo te ofende, arráncalo

Si tu cabeza cansada y silenciosa
Desgarra la sombra con mirada fija,
Enloquecida por la maldición de un brujo
Imaginado en algún lecho locuaz,
Y si en su escenario oscuro tu cabeza ensaya
El quinto acto de la noche de final de temporada,

Pues corta sus contactos, uno tras otro,
Y tira a la basura el duro cortex,
Y cuando te hayas maravillado de las guerras
Que teje en su interior, llena de humo sus corredores,
Rompe su cerrado pliegue con forma de gusano
Al que la muerte se arrastró, acorralada y furiosa.

Allen Tate (Winchester, Estados UNidos,1899-Nashville, Estados Unidos, 1979), Poems 1922-1947 
Versión de J. Aulicino

Homily

"If thine eye offend thee, pluck in out"

If your tired unspeaking head / Rivet the dark with linear sight,/ Crazed by a warlock with his curse/ Dreamed up in some loquacious bed,/ And if the stage-dark head rehearse/ The fifth act of the closing night,// Why, cut it off, piece after piece,/ And throw the tough cortex away,/ And when you've marvelled on the wars/ That wove their interior smoke its way,/ Tear out the close vermiculate crease/ Where death crawled angrily at bay.
Tate en este sitio:
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Foto: Tate The Famous People

Joaquín Valenzuela / de "Doméstico"

se la llevó el carlanco se le atoró en la glotis
epiglotis laringe faringitis se le trabó en la
tráquea en la parrilla respiratoria caja que
guarda y suena una hora una no hora un
ni muerto el tiempo se acabó la hora
un espacio general arqueológico un
cuarto de polvo volado del seso de la vaca
un cuadro a tiro
un hueco en el hueso de la hoja
acero algo en el detalle
de la cota
en la piedra

el carlanco se llevó un espacio
se llevó la flecha una
de mi mente donde espumabas hora
y en el puerto
un pez en yodo
que descanse un pez un tiempo ido

Joaquín Valenzuela Bellocq (Dolores, 1971), doméstico, Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2009
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Foto: Valenzuela Ediciones en Danza

domingo, septiembre 06, 2009

Gary Snyder / Templo

















Toji

     Templo de Shington, Kioto

Hombres dormidos en calzoncillos
Diarios bajo sus cabezas
Debajo de los aleros de Toji,
Kobo Daishi, sólido hierro y diez pies de altura,
Cruza a zancadas, una paloma en el sombrero.

Atisbando a través de mallas de alambre
Polvorientas estatuas laminadas de oro
Un calmo Bodhisattva -tal vez Avalokita-
Cínica barriga redonda,
Bisexual y que ha probado todo, su peso en
Una pierna, aureolado de serpiente dorada,
Brilla a través de la sombra,
Una antigua sonrisa a la moda,
Cosquilleo de la India y del Tibet

Suelta de pechos una joven madre
Con sus chicos a la sombra
Del antiguo árbol del Templo,
Nadie te molesta en Toji;
Afuera el tranvía pasa rechinando.

Gary Snyder (San Francisco, 1930), Riprap and Cold Mountains [1958], Counterpoint, Berkeley, Estados Unidos, 2009
Versión de J. Aulicino

Toji
Shington temple, Kyoto
Men asleep in their underwear/ Newspaper under their heads/ Under the eaves of Toji,/ Kobo Daishi solid iron and ten feet tall/ Strides through, a pigeon on his hat. // Peering through chickenwire grates/ At dusty gold-leaf statues/ A cynical curving round-belly/ Cool Bodhisattva - maybe Avalokita -/ Bisexual and tried it all, weight on/ One leg, haloed in snake-hood gold/ Shines through the shadow/ An ancient hip smile/ Tingling of India and Tibet. // Loose-breasted young mother/ With her kids in the shade here/ Of old Temple tree,/ Nobody bothers you in Toji;/ The streetcar clanks by outside.


Foto: Snyder Minessota Public Radio/Shoemaker Hoard Publishing

W.D. Snodgrass / Barro

La ciénaga

Contiendas y nenúfares
se aquietan en las pesadas aguas;
una treintena de ranas
saltan a cada paso que das;
el vientre de un pez resplandece
confundido entre los podridos troncos.

Allá cerca de las rocas grisáceas
ratas almizcleras se sumergen y giran.
Saliendo de su contorno de limo
una negra babosa de agua se arrastra
invertida sobre la superficie
hacia aquel alimento que ha de elegir.

Tú alzas los ojos; mientras caminas
el sol se estremece y cae preso
en el cerco de cañas de los árboles,
entre sus tallos muertos.
¿Hurgas en el barro, viejo corazón,
qué estás haciendo aquí?

William De Witt Snodgrass (Wilkinsburg, Pennsylvania, 1926 – Nueva York, 2009), Alberto Girri, Versiones, Ediciones Corregidor, 1974

Foto: Snodgrass Melville House Publishing

sábado, septiembre 05, 2009

Claudiano / Sobre una mesa de piedra...



10

Sobre una mesa de piedra
Adornada con una flor
Se ha posado un águila.

La imagen del ave
Sobre la superficie pétrea
Sugiere una extraña figura:

La mesa en lo alto
Tomando vuelo, pesada y sin alas.

Claudio Claudiano (Alejandría, c. 370-Roma, c. 404), Los V latinos, versiones textos y notas de Javier Cófreces y Matías Mercuri, Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2005

X
Mensa coloratis aquilae in alis, / quam floris dinstinguit honos, similisque figura,/ texitur: implumem mentitur gemma volatum.

Ilustración: Apoteósis de Claudio (detalle), Museo del Prado

Jacques Roubaud / Refugio en las mañanas negras



1983: enero. 1985: junio


El registro rítmico de la palabra me produce horror.

No consigo abrir un solo libro que contenga poesía.

Las horas de la noche tienen que ser aniquiladas.

Cuando me despierto está oscuro: siempre.

En los cientos de mañanas negras me he refugiado.

Leo prosa inofensiva.

Las piezas quedaron tal cual estaban: las sillas, las paredes, los postigos, las ropas, las puertas.

Cierro las puertas como si el silencio.

La luz me sale por las orejas.


Jacques Roubaud (Caluire, Rhône, 1932), de Quelque chose noir (1986)
Traducción de Jorge Fondebrider

1983: JANVIER. 1985: JUIN
Le registre rythmique de la parole me fait horreur.// Je ne parviens pas à ouvrir un seul livre contenant de la poésie.// Les heures du soir doivent être annihilées.// Quand je me réveille il fait noir : toujours.// Dans les centaines de matins noirs je me suis réfugié.// Je lis de la prose inoffensive.// Les pièces sont restées en l'état : les chaises, les murs, les volets, les vêtements, les portes.// Je ferme les portes comme si le silence.// La lumière me dépasse par les oreilles.

Foto: Roubaud (izq.), Nueva York, 2009 Charles Bernstein

De Roubaud en este blog:
Días tranquilos en la Porte d'Orleans

viernes, septiembre 04, 2009

Ausonio / Eunomo le diagnosticó...


















4

Eunomo le diagnosticó al pálido y desfalleciente Gayo:
"Tu vida está en manos de los dioses".

Pasado el tiempo, el médico se cruzó con su paciente
Quien lucía el mismo rostro cadavérico de antaño.

"¿Eres tú?, preguntó Eunomo.
"Sí, soy Gayo", respondió el otro.
"¿Has sobrevivido?"
A lo que Gayo negó moviendo su cabeza.
"¿Qué haces aquí entonces?"
"Me enviaron los dioses a merodear entre los vivos
Para llevarme a los médicos al más allá."

Al oír esto, Eunomo comenzó a temblar.
Gayo continuó:
"No tienes por qué preocuparte,
Nadie que te conozca sospecharía que eres médico".

Magno Décimo Ausonio (Burdigala, actual Burdeos, c. 310-c.395), Los V latinos, versiones textos y notas de Javier Cófreces y Matías Mercuri, Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2005

IV
Languentem Gaium moriturum dixerat olim / Eunomus: evasit fati ope, non medici./ Paulo post ipsum videt aut vidissi putavit/ pallentem et mula mortis in effigie./ "Quis tu"? "Gaius", ait. "Vivisne"? Hic abnuit. "Et quid/ nunc agis hic"? "Missu Ditis", ait, "venio/ ut, quit notitiam rerumque hominumque tenerem,/ accirem medicos". Eunomus obriguit./ Tum Gaius: "Metuas nihil, Eunome: dixi ego et omnes/ nullum qui saperet dicere te medicum".

Ilustración: Probablemente Ausonio, en un grabado medieval Aquitaine Online

jueves, septiembre 03, 2009

Paz Levinson / Dos poemas


Una visita

Sentada en casa la ventana se abre sola
entra algo que veo crecer
hacia los objetos desordenados:
ropa, libros, papeles
cosas que se van cerrando
como novelas televisivas por temporadas.
Los perros cruzan el puente colgante,
la corriente es fuerte, clara y helada.

Sentada en casa, tocan el timbre por equivocación.


Agua

Mi papá como hijos tiene historias,
mi mamá tuvo hijos y después tuvo hijos adoptivos,
gatas y miles de hijos planta.

El agua cae, cada hoja tiene un sonido.
Con los ojos cerrados,
al final del verano
voy a poder distinguir cuál de las plantas estoy regando
como cuando alguien llama por teléfono cada tanto
y el timbre de la voz se graba en algún lugar de la mente.


Paz Levinson (Bariloche, 1978), Un catálogo de todo lo que hay, Gog y Magog, Buenos Aires, 2006

Héctor Pedro Blomberg / Versos a María Kempenfeldt



















¿Quién eras, oh María, misteriosa María,
la dueña de este libro que he encontrado al partir?
En la primera página, en alemán, decía
con letra temblorosa: "te quiero hasta morir".

Dulce María Kempenfeldt, aquí en este navío
que te llevaba lejos, ¿soñaste como yo?
¿Tu corazón sangraba nostalgias, como el mío?
¿Tampoco tu quimera de amor se realizó?

"Ich liebe Dich, Maria..." ¿En qué brumoso puerto,
en qué tierra lejana dejaste el corazón
que gimió en estas páginas, en este libro abierto
y olvidado en un barco, su ensueño y su pasión?

"Ich liebe Dich, María..." Yo guardo el libro, y leo
el verso que ha veinte años escribió en alemán
un hombre que te amaba, y en mis sueños veo
tu rostro rubio y triste, y los barcos se van...

Héctor Pedro Blomberg (Buenos Aires, 1889-1955), El pastor de estrellas, Editorial Tor, Buenos Aires, 1928

De Blomberg en este blog:
Las dos irlandesas
---
Ilustración: Joven rubia de ojos azules, Édouard Manet, 1878

miércoles, septiembre 02, 2009

Giuseppe Ungaretti / Cuatro versiones



Lucca

En mi casa, en Egipto, después de la cena, rezado el rosario,
/mi madre nos hablaba de estos sitios.
Mi infancia toda fue maravillada por ello.
La ciudad tiene un tráfico tímido y fanático.
Junto a estas paredes no se está más que de paso.
Aquí la meta es partir.
Me he sentado al fresco en la puerta de la hostería
/con gente que me habla de California como
/de una de sus propiedades.
Me descubro con terror en los rasgos de estas personas.
Ahora siento correr caliente en mis venas la sangre de mis muertos.
También yo he tomado una zapa.
Entre los muslos humeantes de la tierra me he descubierto riendo.
Adiós, deseos, nostalgias.
Sé del pasado y del porvenir cuanto un hombre puede saber.
Conozco ahora mi destino y mi origen.
No me queda ya nada que profanar, nada que soñar.
He gozado de todo, y sufrido.
No me resta más que resignarme a morir.
Criaré por lo tanto una prole.
Cuando un apetito maligno me empujaba a los amores mortales,
/elogiaba la vida.
Ahora que considero, también yo, el amor como una garantía
/de la especie, tengo en vista la muerte.

[L'allegria, 1915-1931]

Cien poemas escogidos. Selección, traducción y prólogo de Rodolfo Alonso, Editorial Argonauta, Buenos Aires, 2009


Ironía

Esucho la primavera en las ramas negras doloridas.
Se puede seguir solo en esta hora, pasando entre
/las casas solas con los propios pensamientos.
Es la hora de las ventanas cerradas, pero esta tristeza
/de retornos me quitó el sueño.
Un velo de verde enternecerá mañana desde estos árboles,
/hace un rato, cuando sobrevino la noche, todavía secos.
Dios no concede descanso.
A esta hora, sólo a un raro soñador le es dado
/ el martirio de continuar su obra.
Esta noche, aunque sea de abril, nieva sobre la ciudad.
Ninguna violencia supera a la que tiene
/aspectos silenciosos y fríos.

La alegría. La tierra prometida. Traducción de Oreste Fattoni, Ediciones Librería Fausto, Buenos Aires, 1974


No griten más

Dejen de matar a los muertos,
no griten más, no griten
si los quieren todavía oír,
si confían en no morir.

Tienen el imperceptible susurro,
no hacen más rumor
que la hierba cuando crece
dichosa, donde no pasa el hombre.

Il dolore, 1942-1946
la poesía.it
Versión de J. Aulicino


Agonía

Morir como las alondras sedientas
sobre el espejismo

O como la codorniz
pasado el mar,
en las primeras matas
porque de volar
no tiene más deseo

Pero no vivir de lamento
como un jilguero cegado

L'allegria, 1931
Antologia Virtuale della Poesia Italiana
Versión de J. Aulicino

Giuseppe Ungaretti (Alejandría, 1888-Roma, 1970)

Lucca
A casa mia, in Egitto, dopo cena, recitato il rosario, mia madre ci parlava di questi posti./ La mia infanzia ne fu tutta meravigliata./ La città ha un traffico timorato e fanatico./ In queste mura non ci si sta che di passaggio./ Qui la meta è partire./ Mi sono seduto al fresco sulla porta dell'osteria con della gente che mi parla di California come d'un suo podere. / Mi scopro con terrore nei connotati di queste persone. / Ora lo sento scorrere caldo nelle mie vene, il sangue dei miei morti./ Ho preso anch'io una zappa./ Nelle cosce fumanti della terra mi scopro a ridere./ Addio desideri, nostalgie./ So di passato e d'avvenire quanto un uomo può saperne./ Conosco ormai il mio destino, e la mia origine./ Non mi rimane che rassegnarmi a morire./ Alleverò dunque tranquillamente una prole./ Quando un appetito maligno mi spingeva negli amori mortali, lodavo la vita. / Ora che considero,
anch'io, l'amore come una garanzia della specie, ho in vista la morte.patatonia.it

Ironia
Odo la primavera nei rami neri indolenziti. / Si pó seguire solo a quest'ora, passando tra le case soli con i propri pensieri. / È l'ora delle finestre chiuse, ma questa tristezza di ritorni m'ha tolto il sonno. / Un velo di verde intenerirà domattina da questi alberi, poco fa quando è sopraggiunta la notte, ancora secchi. / Id dio no si dà pace. / Solo a quest'ora è dato, a qualche raro sognatore, il martirio di seguirne l'opera. / Stanotte, benché sia d'aprile, nevica sulla città. / Nessuna violenza supera quella che a aspetti silenziosi e freddi.

Non gridate più
Cessate di uccidere i morti,/ non gridate più, non gridate / se li volete ancora udire,/ se sperate di non perire.// Hanno l'impercettibile sussurro,/ non fanno più rumore/ del crescere dell'erba,/ lieta dove non passa l'uomo.

Agonia
Morire come le allodole assetate / sul miraggio // O come la quaglia / passato il mare / nei primi cespugli / perché di volare / non ha più voglia // Ma non vivere di lamento / come un cardellino accecato


Foto: Ungaretti, soldado, en la Primera Guerra Mundial Del Cielo Stellato

De Ungaretti en este blog:
San Martino del Carso / En memoria
Todo he perdido... / La piedad (fragmento)

martes, septiembre 01, 2009

Aldo Oliva / Dos poemas


Rasgo fugaz

Lo que está debajo de la línea
urdida en la invención geológica,
violentamente quebrada en
inmensas aguas y dislocadas masas
de tierra es una magnitud
que se eleva como un cielo
de terrorífico misterio:
real como un sueño,
futura como la infinitud,
como la generación del
más remoto, insondable principio.

Pero un tablón de andamio,
cayendo con su obrero
o, tal vez, una azalea,
pisoteada por la torpeza (o la furia)
de un buen hombre,
abre la sospecha de que la
conjetura de un límite se ha derrumbado,
de que la línea se ha borrado,
de que son sólo espanto y exaltación,
de que la muerte y el saber son,
apenas, un ensayo de vida.


Fresno

Arrodíllate, Fresno: serás ejecutado;
profusas, humildes ramínculas,
tajeadas cortecitas, apagada flor,
retorcido recato
vedan tu médula corrupta
y sabotea lo natural la justicia.
Ya lo cantaban los azahares desde el alba:
“muerte a quien no da vigor
al amo de la renta sometida.
Te enmascaras Fresno, y simulas
tejerte en la bondad de las horas
que pasan; tienes astucia.
Pero la exhibición productiva
te arrasará. Lo simple caducará”.
¿Mienten, cantando, los azahares
desde el alba?

Aldo Oliva (Rosario, 1927-2000), Poesía completa, Editorial Municipal de Rosario, 2003

Foto: Oliva, 1993, por Claudia del Río, op. cit.

De Oliva en este blog: Fábula barrial: primavera

lunes, agosto 31, 2009

Gerard Manley Hopkins / Perfección





















El hábito de la perfección

Silencio elegido, canta para mí
Y bate en mi oreja de caracol,
Condúceme a calmas pasturas y sea
Tu música la que guarda el corazón.

No den forma a nada, labios, amorosamente mudos:
Es el cierre, el toque de queda enviado
Desde donde vienen todas las capitulaciones
Lo único que los hace elocuentes.

Cubiertos sean los ojos por doble penumbra
Y encuentren la luz no creada:
Esa muchedumbre vacilante que observas
Enreda, roba, se burla de la simple visión.

¡Paladar, conejera de sabrosa lujuria,
No desees ser lavado con vino:
Debería ser tan dulce su cántaro, su piel
Tan fresca como la del divino ayuno!

¡Fosas de la nariz, el descuidado aire que gastan
Sobre la agitación y las torres del orgullo
Con qué deleite dispersarán los incensarios
A lo largo de las naves del santuario!

Oh manos como prímulas al tacto, pies
Que quieren pisar el césped afelpado;
Pero tú caminarás la calle dorada
Y tú revelarás y hospedarás al Señor.

Y, Pobreza, sé tú la esposa
Inicia ahora la fiesta de bodas,
Y ropas del color de los lirios trae
A tu esposo, no trabajadas ni tejidas.

Gerard Manley Hopkins (Essex, Inglaterra, 1844-Dublin, 1889)
Versión de J. Aulicino

The Habit of Perfection
Elected Silence, sing to me / And beat upon my whorlèd ear, / Pipe me to pastures still and be / The music that I care to hear. // Shape nothing, lips; be lovely-dumb: / It is the shut, the curfew sent / From there where all surrenders come/ Which only makes you eloquent. // Be shellèd, eyes, with double dark / And find the uncreated light:/ This ruck and reel which you remark / Coils, keeps, and teases simple sight. // Palate, the hutch of tasty lust, / Desire not to be rinsed with wine: / The can must be so sweet, the crust/ So fresh that come in fasts divine! // Nostrils, your careless breath that spend / Upon the stir and keep of pride, / What relish shall the censers send / Along the sanctuary side!// O feel-of-primrose hands, O feet / That want the yield of plushy sward, / But you shall walk the golden street / And you unhouse and house the Lord. // And, Poverty, be thou the bride/ And now the marriage feast beguin, / And lily-coloured clothes provide / Your spouse not laboured-at nor spun.

PoemHunter

Retrato: G.M. Hopkins, por Anne Eleanor Hopkins, 1859 National Portrait Gallery, Londres

domingo, agosto 30, 2009

Hugo Padeletti / Dos poemas


Me he sentado a la puerta y he mirado pasar

los años como ramas hacia el humo.
Los pesados membrillos fueron humo
también. Y las granadas,

alveolada codicia de incendiados
veranos,
se abrieron sin salvarse:

amarilla, astringente, con amargo
sabor medicinal,
la cáscara en el clavo.


Pocas cosas

y sentido común
y la jarra de loza, grácil,
con el ramo
resplandeciente.

La difícil extracción del sentido
es simple:

el acto claro
en el momento claro
y pocas cosas -
verde
sobre blanco.

Hugo Padeletti (Alcorta, 1928), Antología poética (1944-1980), Editorial Pre-Textos, Aldaia, Valencia, 2006

Ilustración: Caspar David Friederich, Monk by the sea, 1809

sábado, agosto 29, 2009

Pier Paolo Pasolini, "Las cenizas de Gramsci", partes IV, V y VI (final)




Las cenizas de Gramsci

IV

El escándalo de contradecirme, de estar
contigo y contra ti; contigo en el corazón,
a la luz, contra ti en las oscuras vísceras;

de mi paterna condición, traidor
-en el pensamiento, en una sombra de acción-,
me sé a ella unido en el calor

de los instintos, de la estética pasión;
atraído por una vida proletaria
anterior a ti, y para mí religión

su alegría, no la milenaria
lucha suya; su naturaleza, no su
conciencia: es la fuerza originaria

del hombre que se ha perdido en el acto,
al darle la ebriedad de la nostalgia,
una luz poética: y más

no sé decir, que no sea
justo pero no sincero, abstracto
amor, no dolorosa simpatía...

Como los pobres, pobre, me ato
como ellos a humillantes esperanzas,
como ellos para vivir me bato

cada día. Pero en la desoladora
condición mía de desheredado,
yo poseo: y es la más exaltante

de las posesiones burguesas el estado
más absoluto. Pero como yo poseo la historia,
ella me posee; ella me ha iluminado:

¿pero de qué sirve la luz?


V

No digo el individuo, el fenómeno
del ardor sensual y sentimental...
otros vicios tiene, otro es el nombre

y la fatalidad de su pecar...
Pero en él amasados como comunes
vicios prenatales, ¡y qué

objetivo pecado! No son inmunes
los internos y los externos actos, que lo hacen
encarnar en la vida, a ninguna

de las religiones que en la vida son
hipoteca de muerte, instituidas
para engañar la luz, dar luz al engaño.

Destinados a ser sepultados
sus despojos en Verano, es católica
su lucha con él: jesuíticas

las manías con las que dispone el corazón;
y todavía más adentro: tiene bíblica astucia
su conciencia... e irónico ardor

liberal... y rústica luz, entre los digustos
de dandy provinciano, de provinciana
salud... Hasta las ínfimas minucias

en las que se esfuman, en el fondo animal,
Autoridad y Anarquía... Bien protegido
de la impura virtud y del ebrio pecar,

defendiendo una ingenuidad de obseso,
¡y con cuánta conciencia! vive el yo: yo
vivo, eludiendo la vida, con el pecho

el sentido de una vida que sea olvido
penetrante, violento... Ah cómo
entiendo, mudo en el húmedo rumor

del viento, aquí donde es muda Roma,
entre cipreses cansadamente convulsos,
cerca de ti, el alma de cuyo burilado tañe

Shelley... Cómo entiendo el vórtice
de los sentimientos, el capricho (griego
en el corazón del patricio, nórdico

veraneante) que lo tragó en el ciego
celeste del Tirreno; el carnal
goce de la aventura, estética

y pueril: mientras postrada Italia
como dentro del vientre de una enorme
cigarra, descubre blancos litorales,

esparcidos en el Lazio de veladas turbas
de pinos, barrocos, de amarillentos
calveros de rúcula, donde duerme,

con el miembro hinchado entre andrajos, un sueño
goethiano el muchachito campesino...
En Maremma, oscuros, de estupendas zanjas

de sagitaria entre las que se impone claro
el avellano, por las sendas que el paso
de su juventud recorre ignaro.

Ciegamente fragantes en las secas
curvas de Versilia, que sobre el mar
embrollado, ciego, los tersos estucos,

los taraceados leves de su pascual
campiña, enteramente humana,
expone, sombría sobre Cinquale,

desatada sobre la tórrida Apuane,
los azules vítreos sobre el rosa... De escollos,
quebradas, convulsas, como por un pánico

de fragancia, Riviera, blanda,
yerta, donde el sol lucha con la brisa
por dar suprema suavidad a los óleos

del mar... Y alrededor zumba de alegría
el exterminado instrumento de percusión
del sexo y de la luz: así a eso habituada

está Italia, que no tiembla, como
muerta en su vida: gritan acalorados
desde cientos de puertos el nombre

del compañero los jovencitos transpirada
la oscuridad de la cara, entre la gente
ribereña, en huertos de cardos, en sucias playitas...

¿Me pedirías tú, muerto despojado,
que abandone esta desesperada
pasión de estar en el mundo?


VI

Me voy, te dejo en el anochecer
que, si bien triste, tan dulce desciende
para nosotros vivos, con la luz de cera

que en el barrio en penumbra se coagula.
Y lo alborota. Lo hace más grande, vacío
alrededor, y, más lejano, lo reenciende

de una vida inquieta que del ronco
rodar del tranvía, de los gritos humanos
dialectales, hace un concierto sordo

y absoluto. Y escucha cómo en aquellos lejanos
seres que en vida gritan, ríen,
en aquellos vehículos suyos, en aquellos pobres

caseríos donde se consuma el impío
y expansivo don de la existencia
aquella vida no es más que escalofrío;

corpórea, colectiva presencia;
escucha la falta de toda religión
verdadera; no vida, sino sobrevivencia

-tal vez más alegre que la vida- como
de un pueblo de animales, en cuyo arcano
orgasmo no se siente más pasión

que en la ocupación cotidiana:
humilde fervor al que da un sentido de fiesta
la humilde corrupción. Cuánto más vano es

-en este vacío de la historia, en esta
zumbante pausa en que la vida calla-
cualquier ideal, más bien es manifiesta

la estupenda, adusta sensualidad
casi alejandrina, que todo minia
e impuramente asciende, cuando acá

en el mundo, algo se sacude, y se arrastra
el mundo en la penumbra regresando
a vacías plazas, a desangelados talleres...

Ya se encienden las luces constelando
Via Zabaglia, Via Franklin, el entero
Testaccio, despojado en su gran

monte sucio, la calle del Tíber, el negro
fondo, más allá del río, que a Monteverde
reúne o esfuma invisible sobre el cielo.

Diademas de luces que se pierden,
resplandecientes, y frías de tristeza
casi marina... Falta poco para la cena;

brillan los raros autobuses de la barriada,
con racimos de obreros en las puertas,
y grupos de militares van, sin prisa,

hacia el monte que oculta en medio de excavaciones
cenagosas y montones de tachos de basura
en la sombra, sigilosas meretrices

que esperan airadas sobre la inmundicia
afrodisíaca: y, no lejos, entre casillas
invasoras en los costados del monte, o en medio

de monobloques, casi mundos, los chicos
ligeros como jirones juegan en la brisa
ya no fría, primaveral; encendiendo

de atolondramiento juvenil su romano
anochecer de mayo oscuros adolescentes
silban por las veredas en la fiesta

vespertina; y sacuden las persianas
de los garajes de improviso, gozosamente
si la oscuridad ha rendido serena a la tarde,

y en medio de los plátanos de Piazza Testaccio
el viento que cae en amagos de tormenta
es bien dulce, aunque rasure el pelo

y las fetideces del matadero, allí se embeba
de sangre descompuesta, y por donde vaya
agite repulsas y olor de miseria.

Es un rumor confuso la vida, y éstos, perdidos
en ella, la pierden serenamente
si no tienen el corazón pleno: de gozarse

allí, miserables, el anochecer: y potente
en ellos, inerme, por ellos, el mito
renace... Pero yo, con el corazón consciente

de que sólo en la historia hay vida,
¿podré jamás con pura pasión actuar
si sé que nuestra historia ha terminado?

Pier Paolo Pasolini (Bolonia, 1922-Ostia, 1975), Le ceneri di Gramsci , 1957, Tutte le poesie, Mondadori, 2003
Versión de J. Aulicino

Se pueden leer las partes I, II y III de este poema en Las cenizas de Gramsci en este blog

Le ceneri di Gramsci
IV
Lo scandalo del contraddirmi, dell'essere / con te e contro te; con te nel core, /in luce, contro te nelle buie viscere; // del mio paterno stato traditore / - nel pensiero, in un'ombra di azione - / mi so ad esso attaccato nel calore // degli istinti, dell'estetica passione; / attratto da una vita proletaria /a te anteriore, è per me religione // la sua allegria, non la millenaria /sua lotta: la sua natura, non la sua /coscienza: è la forza originaria // dell'uomo, che nell'atto s'è perduta, / a darle l'ebbrezza della nostalgia, / una luce poetica: ed altro più // io non so dirne, che non sia / giusto ma non sincero, astratto / amore, non accorante simpatia... // Come i poveri povero, mi attacco / come loro a umilianti speranze, / come loro per vivere mi batto // ogni giorno. Ma nella desolante / mia condizione di diseredato, / io possiedo: ed è il più esaltante // dei possessi borghesi, lo stato / più assoluto. Ma come io possiedo la storia, / essa mi possiede; ne sono illuminato: / /ma a che serve la luce?

V
Non dico l'individuo, il fenomeno / dell'ardore sensuale e sentimentale... / altri vizi esso ha, altro è il nome // e la fatalità del suo peccare... / Ma in esso impastati quali comuni, / enatali vizi, e quale // oggettivo peccato! Non sono immuni / gli interni e esterni atti, che lo fanno / incarnato alla vita, da nessuna // delle religioni che nella vita stanno, / ipoteca di morte, istituite / a ingannare la luce, a dar luce all'inganno. // Destinate a esser seppellite / le sue spoglie al Verano, è cattolica / la sua lotta con esse: gesuitiche // le manie con cui dispone il cuore; / e ancor più dentro: ha bibliche astuzie / la sua coscienza... e ironico ardore // liberale... e rozza luce, tra i disgusti / di dandy provinciale, di provinciale / salute... Fino alle infime minuzie // in cui sfumano, nel fondo animale, / Autorità e Anarchia... Ben protetto / dall'impura virtù e dall'ebbro peccare, // difendendo una ingenuità di ossesso, / e con quale coscienza!, vive l'io: io, / vivo, eludendo la vita, con nel petto // il senso di una vita che sia oblio / accorante, violento... Ah come / capisco, muto nel fradicio brusio // del vento, qui dov'è muta Roma, / tra i cipressi stancamente sconvolti, / presso te, l'anima il cui graffito suona // Shelley... Come capisco il vortice / dei sentimenti, il capriccio (greco / nel cuore del patrizio, nordico // villeggiante) che lo inghiottì nel cieco / celeste del Tirreno; la carnale / gioia dell'avventura, estetica // e puerile: mentre prostrata l'Italia / come dentro il ventre di un'enorme / cicala, spalanca bianchi litorali, // sparsi nel Lazio di velate torme / di pini, barocchi, di giallognole / radure di ruchetta, dove dorme // col membro gonfio tra gli stracci un sogno / goethiano, il giovincello ciociaro... / Nella Maremma, scuri, di stupende fogne // d'erbasaetta in cui si stampa chiaro / il nocciolo, pei viottoli che il buttero / della sua gioventù ricolma ignaro. // Ciecamente fragranti nelle asciutte / curve della Versilia, che sul mare /aggrovigliato, cieco, i tersi stucchi, // le tarsie lievi della sua pasquale / campagna interamente umana, / espone, incupita sul Cinquale, // dipanata sotto le torride Apuane, / i blu vitrei sul rosa... Di scogli, / frane, sconvolti, come per un panico // di fragranza, nella Riviera, molle, / erta, dove il sole lotta con la brezza / a dar suprema soavità agli olii // del mare... E intorno ronza di lietezza / lo sterminato strumento a percussione / del sesso e della luce: così avvezza // ne è l'Italia che non ne trema, come / morta nella sua vita: gridano caldi / da centinaia di porti il nome // del compagno i giovinetti madidi / nel bruno della faccia, tra la gente / rivierasca, presso orti di cardi, in luride spiaggette... // Mi chiederai tu, morto disadorno, / d'abbandonare questa disperata / passione di essere nel mondo?

VI
Me ne vado, ti lascio nella sera / che, benché triste, così dolce scende / per noi viventi, con la luce cerea // che al quartiere in penombra si rapprende. // E lo sommuove. Lo fa più grande, vuoto, / intorno, e, più lontano, lo riaccende // di una vita smaniosa che del roco / rotolio dei tram, dei gridi umani, / dialettali, fa un concerto fioco // e assoluto. E senti come in quei lontani / esseri che, in vita, gridano, ridono, / in quei loro veicoli, in quei grami // caseggiati dove si consuma l'infido / ed espansivo dono dell'esistenza - / quella vita non è che un brivido; // corporea, collettiva presenza; / senti il mancare di ogni religione / vera; non vita, ma sopravvivenza // - forse più lieta della vita - come / d'un popolo di animali, nel cui arcano / orgasmo non ci sia altra passione // che per l'operare quotidiano: / umile fervore cui dà un senso di festa / l'umile corruzione. Quanto più è vano // - in questo vuoto della storia, in questa / ronzante pausa in cui la vita tace - / ogni ideale, meglio è manifesta // la stupenda, adusta sensualità / quasi alessandrina, che tutto minia / e impuramente accende, quando qua // nel mondo, qualcosa crolla, e si trascina / il mondo, nella penombra, rientrando / in vuote piazze, in scorate officine... // Già si accendono i lumi, costellando / Via Zabaglia, Via Franklin, l'intero / Testaccio, disadorno tra il suo grande // lurido monte, i lungoteveri, il nero / fondale, oltre il fiume, che Monteverde / ammassa o sfuma invisibile sul cielo. / / Diademi di lumi che si perdono, / smaglianti, e freddi di tristezza/ quasi marina... Manca poco alla cena; // brillano i rari autobus del quartiere, / con grappoli d'operai agli sportelli, / e gruppi di militari vanno, senza fretta, // verso il monte che cela in mezzo a sterri / fradici e mucchi secchi d'immondizia / nell'ombra, rintanate zoccolette / che aspettano irose sopra la sporcizia / afrodisiaca: e, non lontano, tra casette / abusive ai margini del monte, o in mezzo // a palazzi, quasi a mondi, dei ragazzi / leggeri come stracci giocano alla brezza / non più fredda, primaverile; ardenti // di sventatezza giovanile la romanesca / loro sera di maggio scuri adolescenti / fischiano pei marciapiedi, nella festa // vespertina; e scrosciano le saracinesche / dei garages di schianto, gioiosamente, / se il buio ha resa serena la sera, // e in mezzo ai platani di Piazza Testaccio / il vento che cade in tremiti di bufera, / è ben dolce, benché radendo i capellacci // e i tufi del Macello, vi si imbeva / di sangue marcio, e per ogni dove / agiti rifiuti e odore di miseria. // È un brusio la vita, e questi persi / in essa, la perdono serenamente, / se il cuore ne hanno pieno: a godersi // eccoli, miseri, la sera: e potente / in essi, inermi, per essi, il mito / rinasce... Ma io, con il cuore cosciente // di chi soltanto nella storia ha vita,/ potrò mai più con pura passione operare, / se so che la nostra storia è finita?
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Foto: Pasolini frente a la tumba de Gramsci, ANSA

viernes, agosto 28, 2009

Pier Paolo Pasolini / "Las cenizas de Gramsci", III


Las cenizas de Gramsci

III

Un jirón rojo como aquel
arrollado al cuello de los partisanos
y, cerca de la urna, sobre el terreno pálido,

distintamente rojos, dos geranios.
Allí estás tú, bandolero y con dura elegancia
no católica, catalogado entre extranjeros

muertos: Las cenizas de Gramsci... Entre esperanza
y vieja desconfianza te aproximas, llegado
al acaso a este magro invernáculo, frente

a tu tumba, a tu espíritu atrapado
aquí abajo entre estos liberados. (O es algo
distinto, tal vez, de más alto éxtasis

incluso más humilde, ebria simbiosis
adolescente de sexo con muerte...)
Y en el país donde no tuvo reposo

tu tensión, siento qué errado estabas
-aquí en la calma de las tumbas- y a la vez
qué razón -en la inquieta suerte

nuestra- tú tenías escribiendo páginas
supremas en los días de tu asesinato.
He aquí, para testimoniar la simiente

todavía no dispersa del antiguo dominio,
estos muertos fijados a una posesión
que ahonda su abominación en los siglos

y su grandeza: y cerca, obsesa,
aquella vibración de yunques en sordina,
sofocada y angustiante -del humilde

barrio- para atestiguar el fin.
Y heme aquí a mí mismo... pobre, vestido
de telas que los pobres ojean en las vidrieras

de barato esplendor, y que ha gastado
la suciedad de las más remotas calles,
de los asientos de los tranvías que

enajenan mi día: en tanto siempre más extraño
soy a este descanso, en el tormento
de mantenerme vivo; y si me sucede

el amor por el mundo, no es más que violento
e ingenuo amor sensual
así como, confuso adolescente, en un tiempo

lo odié, si en él me hería el mal
burgués de mi burgués: y ahora, dividido
-contigo- el mundo, ¿objeto no parece

de rencor, y casi de místico
desprecio, la parte que ni tiene el poder?
Y sin embargo sin tu rigor, subsisto

porque no elijo. Vivo en el no querer
el tramonto de posguerra: amando
el mundo que odio -en su miseria

desdeñoso y perdido- por un oscuro escándalo de conciencia.

Pier Paolo Pasolini (Bolonia, 1922-Ostia, 1975), Le ceneri di Gramsci, 1957, Tutte le poesie, Mondadori, 2003
Versión de J. Aulicino

Le ceneri di Gramsci
III
Uno straccetto rosso, come quello/ arrotolato al collo ai partigiani / e, presso l'urna, sul terreno cereo, // diversamente rossi, due gerani. / Lì tu stai, bandito e con dura eleganza / non cattolica, elencato tra estranei // morti: Le ceneri di Gramsci... Tra speranza / e vecchia sfiducia, ti accosto, capitato / per caso in questa magra serra, innanzi // alla tua tomba, al tuo spirito restato / quaggiù tra questi liberi. (O è qualcosa / di diverso, forse, di più estasiato // e anche di più umile, ebbra simbiosi / d'adolescente di sesso con morte...) / E, da questo paese in cui non ebbe posa // la tua tensione, sento quale torto / - qui nella quiete delle tombe - e insieme / quale ragione - nell'inquieta sorte // nostra - tu avessi stilando le supreme / pagine nei giorni del tuo assassinio. / Ecco qui ad attestare il seme // non ancora disperso dell'antico dominio, / questi morti attaccati a un possesso/ che affonda nei secoli il suo abominio // e la sua grandezza: e insieme, ossesso, / quel vibrare d'incudini, in sordina, / soffocato e accorante - dal dimesso // rione - ad attestarne la fine. / Ed ecco qui me stesso... povero, vestito / dei panni che i poveri adocchiano in vetrine // dal rozzo splendore, e che ha smarrito / la sporcizia delle più sperdute strade, / delle panche dei tram, da cui stranito / è il mio giorno: mentre sempre più rade / ho di queste vacanze, nel tormento / del mantenermi in vita; e se mi accade // di amare il mondo non è che per violento / e ingenuo amore sensuale / così come, confuso adolescente, un tempo // l'odiai, se in esso mi feriva il male / borghese di me borghese: e ora, scisso / - con te - il mondo, oggetto non appare // di rancore e quasi di mistico / disprezzo, la parte che ne ha il potere? / Eppure senza il tuo rigore, sussisto // perché non scelgo. Vivo nel non volere / el tramontato dopoguerra: amando / il mondo che odio - nella sua miseria // sprezzante e perso - per un oscuro scandalo della coscienza...
 
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Foto: Carnet del Comintern de Antonio Gramsci, 1922 International Gramsci Society