viernes, febrero 07, 2014

Patrizia Valduga / Un poema





















Y feliz el que reconoce culpas.
"¡Orfeo, Orfeo, me achuran aquí,
me desfiguran, y no tengo culpas!"

"¡Orfeo, Orfeo"", se desfogaba así,
alborotaba Eurídice finados.
"¿Y muerta entre ellos me dejás aquí?"

¿Y por qué se dio vuelta aquel tarado?
¿Estilo del poeta es ser así?
¿Querer estar así desesperado?

¿Sentirse aún más “inspirado”? Bah. 
Gran risotada. El gran amor, la mortalidad...

Patrizia Valduga (Castelfranco, Italia, 1953), Prima antologia, Einaudi, Turín, 2012
Versión de Jorge Aulicino

Foto: s/d

E beato chi conosce le sue colpe.
"Orfeo, Orfeo, mi fanno a pezzi qui,
mi sfigurano Orfeo, e non ho colpe!

schiamazzava Euridice in mezzo ai morti,
"Orfeo! Orfeo!", si sfogava così.
"E tu mi lasci qui? morta tra morti?"

Ma quel coglione, perché si è voltato?
Lo stile dei poeti è questo qua?
Che volesse restare disperato?

sentirsi ancora piú "ispirato"? Bah.
(Gran risata) Il grande amore, la mortalità…

jueves, febrero 06, 2014

Eduardo González Lanuza / Apocalipsis















Cuando
el jazz-band de los ángeles
toque el fox-trot del juicio final
y llegue Dios al galope tendido
de sus tanques de hierro
estallen los soles
hechos dinamita viviente
y por los espacios
rueden oleadas de odios dispersos.
Se enhebrarán las chimeneas y las torres
en el agujero de la luna
y un bosque de gritos
retorcidos como llamas
incendiará el silencio de las noches
y llegará una voz infinita,
la voz del OTRO diciendo a Dios;
-¿Que has hecho de los hombres?
y él temblará de miedo
como un niño que ha roto los juguetes.


Eduardo González Lanuza (Santander, España, 1900-Buenos Aires, 1984), Los mejores poemas de la poesía argentina, Juan Carlos Martini Real, Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 1974

miércoles, febrero 05, 2014

Amiri Baraka (LeRoi Jones) / Prefacio para una nota de suicidio en veinte volúmenes


                  



(Para Kelly Jones, nacida el 16 de mayo de 1959)

Últimamente me he acostumbrado a la manera
en que el suelo se abre y me envuelve
cada vez que salgo para pasear el perro.
O a la música inconfundible, afilada y tonta que hace
el viento cuando corro para alcanzar el bus...

Las cosas han llegado a este punto.

Y ahora, cada noche cuento las estrellas.
Y cada noche obtengo el mismo número.
Y cuando ellas no vienen para que las cuente,
cuento los agujeros que dejan.

Ya nadie canta.

Y entonces, anoche subí en puntas de pies
hasta la habitación de mi hija y oí
que le hablaba a alguien, y cuando abrí
la puerta no había nadie más allí...
sólo ella, arrodillada, espiando dentro

de sus propias manos cerradas.

Amiri Baraka (Newark, New Jersey, 1934-2014), Transbluency: The Selected Poems of Amiri Baraka/LeRoi Jones (1961-1995), Marsilio, Nueva York, 1995
Versión de Jonio González



Preface to a Twenty Volume Suicide Note

                            For Kellie Jones, Born 16 May 1959

 Lately, I've become accustomed to the way
 The ground opens up and envelopes me
 Each time I go out to walk the dog.
 Or the broad edged silly music the wind
 Makes when I run for a bus...

 Things have come to that.

 And now, each night I count the stars.
 And each night I get the same number.
 And when they will not come to be counted,
 I count the holes they leave.

 Nobody sings anymore.

 And then last night I tiptoed upTo my daughter's room and heard her
 Talking to someone, and when I opened
 The door, there was no one there...
 Only she on her knees, peeking into

 Her own clasped hands

martes, febrero 04, 2014

D.H. Lawrence / A la salida de la ópera















Por las escaleras de piedra
muchachas de grandes ojos colmados de tragedia
alzan hacia mí sus miradas de grave desconsuelo.
Y yo sonrío.

Damas
con pies lustrosos y puntiagudos dando pasitos como pájaros
buscan con ansia algo como un bote que las salve del naufragio,
y yo, en la averiada multitud,
estoy de pie y sonrío.

Toman la tragedia tan naturalmente.
Eso me complace.

Pero al ver los ojos cansados
dolientes, enrojecidos del camarero de brazos flacos,
me alegra volver al lugar de donde vine.

D.H. Lawrence (Eastwood, 1885-Vence, Francia, 1930), Uvas y otros poemas, traducción de Carmen Vasco, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2013


After the Opera

Down the stone stairs
girls with theri large eyes wide with tragedy
lift looks of shocked and momentous emotions up at me.
And I smile.

Ladies
stepping like birds with their bright and pointed feet
peer anxiously forth, as if for a boat to carry them out of the wreckage,
and among the wreck of the theatre crowd
I stand and smile.

They take tragedy so becomingly.
Which please me.

But when I meet the weary eyes
the reddened asching eyes of the bar-man with thin arms,
I am glad to go back to the place where I came from.

domingo, febrero 02, 2014

William Carlos Williams / Paterson, 17




Libro 2
Domingo en el Parque
I (cont.)





Se para en seco:
¿quién anda ahí?

En un banco de piedra al que ella está sujeta, cerca del muro un hombre en tweeds —la pipa enganchada a su mandíbula— cepilla a una perra Collie recién bañada. En  cada cepillada divide la cabellera adrede—incluso cepilla su cara aunque sus patas tiemblan ligeramente—hasta que cae, tal como él quiere, como ondas en la arena blanca despidiendo su fragancia a perro limpio. El suelo, el granito, ella pacientemente de pie ante sus caricias en esa despojada “recámara marina”

a la derecha
desde este punto, el torreón
se levanta a medio camino, prominente,
de su monte púbico

Querida B *. Por favor, discúlpame por no haberte dicho esto cuando estuve en tu casa. No tenía el coraje para responder a tus preguntas, por lo que las escribiré. Tu perra va a tener cachorros aunque recé para que estuviera bien.  No fue que la dejé sola, de hecho, pero solía dejarla salir a la hora de la cena mientras colgaba mi ropa. En esa ocasión, fue un jueves, mi suegra tenía algunas sábanas y manteles colgados al final de la cuerda. Creí que los perros no se acercarían si yo estaba allí y ninguno cruzó el patio ni se acercó al  departamento. Debe haberse metido entre tu cerca y la casa. A cada rato iba hasta el final de la cuerda o miraba por entre las sábanas para ver que Musty estuviera bien. Y lo estaba hasta que miré demasiado tarde. Le tiré con palos y piedras pero el perro no se iba. George me dijo de todo y empecé a rogar que hubiera asustado tanto al perro como para que nada ocurriera. Sé que me estarás maldiciendo como loca y que probablemente no volverás a hablarme por no habértelo dicho. Ni se te ocurra pensar que no me he estado preocupando por Musty. Ella ha ocupado mi pensamiento cada día desde aquel lamentable suceso. Ya no pensarás tan bien de mí y no tendrás ganas de cuidarme. En cambio, apuesto que matarías. . .

Y siguen llegando excursionistas, ahora
a primera hora de la tarde, y se pierden entre
los árboles entre los campos cercados  .

¡Voces!
múltiples e inarticuladas       .               voces
retumbando a todo volumen al sol, las
nubes. ¡Voces!
asaltando el aire gozosos desde todas partes.

—entre las que el oído se esfuerza por captar
el movimiento de una voz entre el resto
—una voz aflautada
de tono peculiar

Así encuentra ella la paz que sea, se inclina,
antes de que él se acerque, tocada
por sus pies que trepan—por placer

Es todo por
placer      . sus pies    . sin rumbo
vagando

La “gran bestia” asoleándose el mismo
como puede
.          .        sus sueños mezclándose,
distantes

¡Seamos sensatos!

Domingo en el parque,
delimitado por la pendiente, al este; al
oeste lindando con la vieja carretera: ¡recreación
con paisaje! los binoculares atados
a soportes fijos a lo largo del muro este—
más allá del cual un halcón

¡vuela!

—una trompeta suena intermitentemente.

Párate en la muralla (usa un metrónomo
si tu oído es deficiente, uno hecho en Hungría
si prefieres)
y mira al norte por el este donde los capiteles
de la iglesia usan su ingenio contra
el cielo hacia la cancha de béisbol
en la hondonada con sus diminutas figuras corriendo
—más allá del espacio donde el río
se precipita hacia el estrecho cañón, desapercibido

—y la imaginación se eleva, mientras una voz
llama, una voz estruendosa, interminable
—como el sueño: la voz
que los ha llamado inexorable—
¡ese estruendo constante!
iglesias y fábricas
(a un costo)
juntas, los convocan a salir del pozo  .

—su voz, una entre muchas (inaudita)
moviéndose debajo de todas.

La montaña tiembla.
¡Tiempo! ¡Cuenta! ¡Rompe y marca el tiempo!

Entonces en la primera hora de la tarde, él se mueve
de un lugar a otro,
su voz se mezcla con otra voces
—la voz en su voz
abre su vieja garganta, saliendo por sus labios,
despertando su mente (más
de lo que su mente despertaría)

—siguiendo a los excursionistas.

Al fin llega al lugar favorito de los
ociosos, la pintoresca cumbre, donde
la lazurita (rojo óxido donde estuvo expuesta)
fue fracturada a varios niveles
(helechos propagándose entre las piedras)
convirtiéndose en irregulares mesetas y cerradas parcialmente en
cuevas de hierba santa, el terreno en suave pendiente.

Los haraganes se rezagan en grupos
sobre la rocosa meseta desnuda—más rayada por los
clavos de las botas que por el
glaciar—caminando indiferentes a través de la
privacidad de cada uno   .

—en todo caso,
  el centro del movimiento, el corazón del regocijo.

Aquí un joven, quizás de dieciséis,
sentado con su espalda contra la roca entre
los helechos, toca la guitarra, inexpresivo   .

El resto come y bebe.

El tipo grandote
con sombrero negro está demasiado lleno para moverse   .

pero Mary
¡se ha levantado!

¡Vamos! ¿Qué te pasa? ¿Te rompiste
la pierna?

¡Es este aire!
el aire del Midi
y las antiguas culturas los intoxican:
¡presente!

—levanta un brazo sosteniendo los címbalos
de sus pensamientos, inclina su vieja cabeza
¡y baila! levantándose sus faldas:

¡La la la la!

¡Qué montón de vagos! ¿Tienes miedo de que alguien
te vea?

¡Bah!
¡Excrementi!
—escupe ella.
¡Mírame, abuela! Son todos unos malditos
vagos.

Esto es lo antiguo, lo más antiguo, antiguo entre lo antiguo,
lo inmortal: hasta los gestos mínimos,
la mano sosteniendo la copa, el vino
derramándose, el brazo que manchó:

¿Recuerdas

el peón en la película perdida
de Eisenstein bebiendo

de una bota con el abandono
de un caballo que bebe

hasta que cae por su barbilla
por el cuello, derramándose

en la pechera de su camisa hasta
sus pantalones—riéndose, desdentado?

¡Criatura celestial!

—la pierna levantada, verosimilitud  .
hasta los toscos contornos de la pierna, ¡el
toque animal! La mirada lasciva, su caverna,
lo femenino enfrentado a lo masculino, el sátiro—
(¡Príapo!)
con la solitaria implicancia, pastor
y cabra, fertilidad, el ataque, borracho,
purificado   .

Rechazado. Incluso la película
prohibida   :   pero       .     persistente

Los excursionistas se ríen en las rocas celebrando
el variado domingo de sus amores con
su luz cayendo—


William Carlos Williams (Rutherford, 1883-1963), Paterson,  New Directions, New York, 1963
Versión de Silvia Camerotto

* Referencia a Betty Stedman, en John Thirlwall, William Carlos Williams’ Paterson, The Search for the Redeeming Language—a Personal Epic in Five Parts, New Directions 17, 1961



Book Two
Sunday in the Park I

He stops short: /Who’s here? /To a stone bench, to which she’s leashed, within the wall a man in tweeds —a pipe hooked in his jaw— is combing out a new-washed Collie bitch. The deliberate comb-strokes part the long hair—even her face he combs through her legs tremble slightly—until it lies, as he designs, like ripples in white sand giving off its clean-dog odor. The floor, stone slabs, she stands patiently before his caresses in that bare “sea chamber”//to the right /from this vantage, the observation tower /in the middle distance stands up prominently /from its public grove //DEAR B. Please excuse me for not having told you this when I was over to your house. I had no courage to answer your questions so I’ll write it. Your dog is going to have puppies although I prayed she would be okey. It wasn’t that she was left alone as she never was but I used to let her out at dinner time while I hung up my clothes. At the time, it was on a Thursday, my mother-in-law had some sheets and table cloths out on the end of the line. I figured the dogs wouldn’t come as long as I was there and none came thru my yard or near the apartment. He must have come between your hedge and the house. Every few seconds I would run to the end of the line or peek under the sheets to see I Musty was alright. She was until I looked a minute too late. I took sticks and stones after the dog but he wouldn’t beat it. George gave me plenty of hell and I started praying that I frightened the other dog so much that nothing had happened. I know you’ll be cursing like a son-of-a-gun and probably won’t ever speak to me again for not having told you. don’t think I haven’t been worrying about Musty. She’s occupied my mind every day since that awful event. You won’t think so highly of me now and feel like protecting me. Instead I’ll bet you could kill . . . //And still the picnickers come on, now /early afternoon, and scatter through the /trees over the fenced-in acres   . //Voices! /multiple and inarticulate    .      voices /clattering loudly to the sun, to /the clouds. Voices! /assaulting the air gaily from all sides. //—among which the ear strains to catch /the movement of one voice among the rest /—a reed-like voice /of peculiar accent //Thus she finds what peace there is, reclines, /before his approach, stroked /by their clambering feet—for pleasure //It is all for/pleasure         .   their feet    . aimlessly  / wandering /The “great beast” come to sun himself  / as he may /.         •           their dreams mingling, /aloof //Let us be reasonable! //Sunday in the park, /limited by the escarpment, eastward; to /the west abutting on the old road: recreation /with a view! the binoculars chained /to anchored stanchions along the east wall— /beyond which, a hawk /soars! //—a trumpet sounds fitfully. //Stand at the rampart (use a metronome /if your ear is deficient, one made in Hungary /if you prefer) /and look away north by east where the church /spires still spend their wits against /the sky      to the ball-park /in the hollow with its minute figures running /—beyond the gap where the river /plunges into the narrow gorge, unseen //—and the imagination soars, as a voice /beckons, a thunderous voice, endless /—as sleep: the voice /that has ineluctably called them— /that unmoving roar! /churches and factories /(at a price) /together, summoned them from the pit  . /—his voice, one among many (unheard) /moving under all. //The mountain quivers. /Time! Count! Sever and mark time! //So during the early afternoon, from place /to place he moves, /his voice mingling with other voices /—the voice in his voice /opening his old throat, blowing out his lips, /kindling his mind (more /than his mind will kindle) //—following the hikers. //At last he comes to the idler’s favorite /haunts, the picturesque summit, where /the blue-stone (rust-red where exposed) /has been faulted at various level   /(ferns rife among the stones) /into rough terraces and partly closed in /dens of sweet grass, the ground gently sloping. //Loiterers in groups straggle /over the bare rock-table—scratched by their /boot-nails more than the glacier scratched /them—walking indifferent through /each other’s privacy  . //—in any case, /the center of movement, the core of gaiety. //Here a young man, perhaps sixteen, /is sitting with his back to the rock among /some ferns playing a guitar, dead pan  . //The rest are eating and drinking. //The big guy /in the black hat is too full to move   . //but Mary /is up! /Come on! Wassa ma’? You got /broken leg? //It is this air! /the air of the Midi /and the old cultures intoxicates them: /present! //—lifts one arm holding the cymbals /of her thoughts, cocks her old head /and dances! raising her skirts: //La la  la la! //What a bunch of bums! Afraid somebody see /You? //Blah! //Excrementi! /—she spits. /Look a’ me, Grandma! Everybody too damn /lazy. //This is the old, the very old, old upon old, /the undying: even to the minute gestures, /the hand holding the cup, the wine /spilling, the arm stained by it: //Remember /the peon in the lost /Eisenstein film drinking //from  a wine-skin with the abandon /of a horse drinking //so that it slopped down his chin? /down his neck, dribbling //over his shirt-front and down /onto his pants—laughing, toothless? //Heavenly man! //—the leg raise, verisimilitude   . /Even to the coarse contours of the leg, the /bovine touch! The leer, the cave of it, /the female of it facing the male, the satyr— /(Priapus!) /with the lonely implication, goatherd /and goat, fertility, the attack, drunk, /cleansed   .   //Rejected. Even the film/suppressed  :  but   .  persistent //The picnickers laugh on the rocks celebrating /the varied Sunday of their loves with /its declining light—

sábado, febrero 01, 2014

Giorgio Caproni / A algunos





















A algunos (en concreto)

Podéis decir de nosotros
-si así os complace-
que somos unos renunciatarios.
Que no conseguimos seguir
el paso de la historia.

Las frases hechas -lo sabemos-
son vuestra gloria.

Nosotros, ni siquiera respondemos.

Vivir en desarmonía
con la época (ir
contra los tiempos a favor
del tempo) es nuestra manía.

Creemos en el anacronismo.
En el rayo. No en el futurismo.

Giorgio Caproni (Livorno, 1912-Roma, 1990), "Res amissa", 1991, póstumo, Poesía escogida, traducción de Juan Carlos Reche y Juan Antonio Bernier, Editorial Pre-textos, Valencia, 2012

Imagen: Foto de la tapa de Tutte le poesie, Garzanti, 1983 Garzanti


A certuni

Dite pure di noi
-se questo vi farà piacere-
che siamo dei renunciatari.
Che non riusciamo a tenere
il passo con la Storia.

Le frasi fatte -sappiamo-
sono la vostra gloria.

Noi, noi non ve le contestiamo.

Essere in disarmonia
con l'epoca (andare
contro i tempi a favore
del tempo) è nostra mania.

Crediamo nell'anacronismo.
Nel fulmine. Non nell'avvenirismo.

viernes, enero 31, 2014

Horacio Castillo / Dos poemas breves




















El árbol azul

Un árbol azul ordena el universo.
Sus hojas destilan sobre la tierra lluvia o miel
y nace a su alrededor un espacio indeleble,
la zona donde duerme el pájaro real.


Inscripción

Viva el sol degollado al mediodía,
viva el aroma de los eucaliptos,
viva el cuello del ánade,
viva el color del azafrán,
viva la cólera del sueño,
viva el pie desnudo sobre la nada.

Horacio Castillo (Ensenada, 1934 - La Plata, 2010), Alaska, Libros de Tierra Firme, Buenos Aires, 1993

jueves, enero 30, 2014

Ricardo Molinari / Una rosa para Stefan George


                               
                                  









                     


                     Il va parmi ses fleurs;
                    et les souffles de l’air
                                     HÖLDERLIN

                   (Similis factus sum pellicano
                   solitudinis)


No es la paciencia de la sangre la que llega a morir,
ni el sueño ni el mármol de Delfos, sino el polvo
que se calienta entre las uñas.
Qué importa morir, que se borren las paredes como un río seco;
que no quede una flor en la calle con su borde de luto en la frente,
ni el viento sobre las piedras podridas.

Qué haces allí, tronchado sin humedad,
con tu dicha sin aliento, con tu muerte tendida a los pies.
Con tu espuma llena de ceniza. Desdeñoso.

Ya vendrán los hombres con el ruido, con los gestos;
pero el odio seguirá intacto.

Todos te habrán estrechado la mano alguna vez,
y tú habrás bebido la cicuta en la soledad,
como un vaso de leche.

Adiós, país de nieve, de ventisca agria, sin gentes que digan mal
de ti. Eterno. Desnudo.
La sangre metida en su canal de hielo
—fuego sin aire— Jordán perdido. Si el tiempo
tuviera sentido
como el Sol y la Luna presos;
si fuera útil vivir,
si fuera necesario,
qué hermoso espanto: tengo la voluntad avergonzada.

Yo soy menos feliz que tú. Me quedo combatiendo
sin honor,
con un haz de ramas en las manos.
Duerme. Dormir para siempre es bueno, junto al mar;
los ríos secos debajo de la tierra con su rosa de sangre muerta.

Duerme, lujo triste, en tu desierto solo.

¡Esta palabra inútil!

[1934]

Ricardo Molinari (Buenos Aires, 1898-1996), La pena del aire, Mondadori, Buenos Aires, 2000

martes, enero 28, 2014

Ariel Williams / Un poema
















9

miro a los hombres;
los veo moverse a la música de los días,
gritan, ríen, suspiran como si tuvieran viento
adentro:
los veo inflarse, ponerse rojos ser gallos,
los veo querer quererse, quisieran;
veo sus ojos enfermos, sus patas flacas blancas
con los pelos desparejos;
veo también sus miembros suaves, sus pies
delicados, romos,
entrando en los zapatos puntiagudos,
en las botitas de seda;
los veo entrar en la sombra
y desparramarse adentro de la tierra
como si de sus cuerpos salieran dedos urgentes,
especialistas en tocar violines mudos.

Lomasombra, 2003

Ariel Williams (Trelew, Argentina, 1967), El pensadito y su corazone, Plan Lectura,  2009

lunes, enero 27, 2014

Frank O'Hara / Por qué no soy pintor














No soy pintor, soy poeta.
¿Por qué? Creo que preferiría ser
pintor, pero no lo soy. Bueno,
por ejemplo, Mike Goldberg
está empezando un cuadro. Me paso a verlo.
"Siéntate y toma algo", me
dice. Bebo; bebemos. Levanto
la vista. "Has puesto SARDINAS"
"Sí, ahí le hacía falta algo."
"Ah" Me voy, transcurren los días,
me paso a verlo otra vez. El cuadro
avanza, me voy, transcurren los
días. Me paso a verlo. El cuadro está
terminado. "¿Y las SARDINAS?"
Sólo quedan unas
letras. "Era demasiado", dice Mike.

¿Y yo? Un día pienso en
un color: naranja. Escribo una línea
sobre el naranja. Pronto es toda
una página cubierta de palabras, no unas líneas.
Luego otra página. Debería haber
bastante más, no más naranja, sino
más palabras, sobre lo terrible que es el naranja
y la vida. Pasan los días. Incluso está en
prosa, soy un poeta de verdad. Mi poema
está terminado y aún no he mencionado
el naranja. Son doce poemas, los titulo
NARANJAS. Y un día en una galería
veo el cuadro de Mike. Se titula SARDINAS.

[1957]

Frank O'Hara (Baltimore, 1926-Fire Island, Nueva York, 1966)
Versión de Andrés Boiero


Why I Am Not A Painter

I am not a painter, I am a poet.
Why? I think I would rather be
a painter, but I am not. Well,
for instance, Mike Goldberg
is starting a painting. I drop in.
"Sit down and have a drink" he
says. I drink; we drink. I look
up. "You have SARDINES in it."
"Yes, it needed something there."
"Oh." I go and the days go by
and I drop in again. The painting
is going on, and I go, and the days
go by. I drop in. The painting is
finished. "Where's SARDINES?"
All that's left is just
letters, "It was too much," Mike says.

But me? One day I am thinking of
a color: orange. I write a line
about orange. Pretty soon it is a
whole page of words, not lines.
Then another page. There should be
so much more, not of orange, of
words, of how terrible orange is
and life. Days go by. It is even in
prose, I am a real poet. My poem
is finished and I haven't mentioned
orange yet. It's twelve poems, I call
it ORANGES. And one day in a gallery
I see Mike's painting, called SARDINES. 
---

domingo, enero 26, 2014

Alberto Muñoz / Kapelusz













Un pedazo de la historia argentina
quedó prendido al cuenco de tu mano
cuando quitaste del río
la tremenda pampa del agua.

Yo no sé, al igual que tantos
que intentaron medir el sueño
con varas y sistemas,
qué habrá de cierto en el fondo de los ríos,
pero allí,
como en el uso del ámbar y la estrella,
se habla de lo oscuro,
del abúlico tenor de la desgracia,
de perros y maestras.

Se dice que en el lecho de los ríos
de la plata
duermen, esperando que la muerte los reflote,
algas con voz de hombre,
peces con risa de niña,
trozos de buques del Edén.

¡Dios mío cuándo levantarás del río
el cuenco lleno!

 de Terra balestra, 1985

Alberto Muñoz (Buenos Aires, 1951), La luz contra el centeno, Ediciones Continente, Buenos Aires, 2013
en Poesía Argentina

sábado, enero 25, 2014

John Burnside / Ne de cest an













Conoces la región: jadis et naguère;
húmedas huellas en la nieve; húmedos huesos desmoronados;
húmedos terraplenes prensados bajo la escalera;
huevos de chorlito quebrados y armazones rotos.

Noviembre. Barres las moscas muertas
y sólo cuando el piso está limpio te das cuenta
lo arreglado que se ve un espacio cuando algo muere
y no deja ningún rastro de haber estado;

lo arreglada de la casa inhabitable
que no guarda en el tiempo ninguna traza espectral,
ningún frío familiar, empapado de sangre y pérdida,
sólo un hilo de viento, el sonsonete nítido del reloj
y la luz habitual del día, suficientemente clara para mostrar
lo que se derrite y lo que queda de la nieve del año pasado.

de Feast Day

John Burnside (Dunfermline, Escocia, 1955), Carlos López Beltrán y Pedro Serrano, La generación del cordero. Antología de la poesía actual de las islas británicas, Trilce Ediciones, Ciudad de México, 2000


Ne de cest an

You know this country: jadis et naguère;
wet treadmarks in the snow; wet crumbled bones;
wet earthworks in the press beneath the stair;
blown plover's eggs and broken staddlestones.

November. You are sweeping out dead flies
and only notice when the floors is clean
how tidy space appears when something dies
and leaves no mark to show that ithas been;

how tidy the inhabitable house
that holds no spectral afterprint in time,
no cold familiar, damp with blood and loss,
only a thread of wind, the clock's neat chime
and common daylight, clear enough to show
what melts and what remains of a last year's snow.
---
Foto: John Burnside por Murdo Macleod en The Guardian

viernes, enero 24, 2014

Maria Luisa Vezzali / balada de los chicos matados por sus madres




    -¿Es Medea la mujer que avanza con pequeñas calaveras sujetas a la cintura?
    -No, Media.        

       en memoria de Neil Gaiman, American Gods


mamá no mandes de paseo el diario
tan lleno de cosas indecibles
del trípode de la sibila délfica
de la bolsa de Tiresias    del sol

los triciclos grises abandonados
los guijarros de jardines perfectos
los informes psiquiátricos    el juego
bajo la cuna      el biberón lleno

de metadona       la foto del padre
abatido     los abuelos incrédulos    el vecino
que quizá había escuchado algo
en el fondo personas de bien o quizá

más bien no tanto    pero la usl * se sabe desde agosto
no responde    el sindicato lidiando
entre privacy y propaganda      el abogado
excelente    los dogmas de la autopsia

sobre el papel se arremolinan lagos
enfermos       los largos sedales atraen
la carne bondadosa     nutrida y ofendida
por aquella vieja historia de amor

hostil          que mata lo que ama sin
dejar de amarlo    amando por sí mismo
incluso el aire    de oxígeno al menos una
burbuja       en el agua densa y plena

los narvales enrojecidos de los móviles
dibujan indicios tortuosos
no se los puede contar     seguir
hasta el fondo     entre las algas nidifican

desde siempre     y quién diría que no los ha
entrevisto si ha decidido descender
en el agua       unida al agua dentro y fuera
transformada a su vez en batisfera

un medio        de transporte de sustenta-
ción            y reconocer así qué
no hace la vida para abrirse paso
qué sacrifica    tu danzar     te

papel papel    no es la calle en que
vivimos pero se le parece mucho
tiene apariencia de tierra pero se mueve
bajo los ojos      fango       no habitable

chau cantan voces de labios sucios
de plomo     a ti que estás del otro lado
de la página     somos profundos
en la rendición     libres en la vorágine

de la inocencia    tenemos gargantas que
son trampas entre los corales de preguntas
ojos que laten sin ver
no nos sirve la interpretación

chau recién nacidos de cuatro días
de quince meses tres o diez años
compañero de asilo parque patio
dice el chico que observa el diario

antes de doblar la hoja para hacer
una vela     una ballena                   no
regresen sopla un viento de piratas
tierra      una isla existirá en algún lado

Maria Luisa Vezzali (Boloña, 1964), lineamadre, Crocetti, Roma, 2007
Versión de Jorge Aulicino

* Siglas de Unità Sanitaria Locale


ballata dei bambini uccisi dalle loro madri

                   - E’ Medea la donna che avanza con piccoli teschi attaccati alla cintura?
                    - No, Media.

                     a memoria da Neil Gaiman, American Gods


mamma non lasciare in giro il giornale
molto più pieno di cose indicibili
del tripode della sibilla delfica
della sacca di Tiresia del sole

i triciclini grigi abbandonati 
sui ciottoli di giardini perfetti
i referti psichiatrici il gioco
sotto la culla        il biberon riempito

di metadone la foto del padre
affranto i nonni increduli il vicino
che forse aveva sentito qualcosa
ma in fondo persone perbene o forse

poi non tanto        ma l'usl si sa d’agosto 
non risponde        il sindaco combattuto 
tra privacy e propaganda il legale
eccellente i dogmi dell'autopsia

sopra la carta vorticano laghi
ammalati le lenze lunghe adescano
la carne più mite nutrita e offesa
da quella vecchia storia dell’amore

nemico che uccide ciò che ama senza
smettere di amarlo ma amando per sé
anche l’aria           d’ossigeno almeno una 
bolla         nell’acqua densa e piena

i narvali arrossati dei moventi
disegnano tracce contorte
non si può contarli seguire
fino in fondo        tra le alghe nidificano

da sempre e chi dirà di non averli
intravisti se ha deciso di scendere
nell’acqua unita all’acqua dentro e fuori
trasformata a sua volta in batisfera

un mezzo di trasporto di sostenta-
mento e riconoscere così cosa
non fa la vita per tenere il passo
cosa sacrifica     il tuo danzare    te

carta carta      non è la strada che
abitiamo ma le assomiglia troppo
ha parvenza di terra ma si muove
sotto gli occhi     fango     non da abitare 

ciao cantano voci da labbra sporche
di piombo a te che sei dall’altra parte 
della pagina noi siamo profondi
nella resa liberi nella voragine

dell’innocenza        abbiamo gole come
trappole tra i coralli di domande
occhi che pulsano senza vedere
non ci servono le interpretazioni

ciao appena nato di quattro giorni 
di quindici mesi tre o dieci anni
compagno di asilo parco cortile
dice il bambino che osserva il giornale

prima di piegare il foglio per farne
una vela una balena                 non vi
voltate soffia un vento di pirati
terra un'isola esisterà pure

jueves, enero 23, 2014

Marqués de Santillana / Serranillas, 2

















Serranilla I

La serrana de Boxmediano

Serranillas de Moncayo,
Dios vos dé buen año entero,
ca de muy torpe lacayo
faríades caballero.
   Ya se pasaba el verano,
al tiempo que hombre s'apaña
con la ropa a la tajaña,
encima de Boxmediano
vi serrana sin argayo
andar al pie d'un otero,
más clara que sal'en mayo,
el alba nin su lucero.
    Díjele: «Dios vos mantenga,
serrana de buen donaire».
Respondió como'n desgaire:  
«¡Ay!, qu'en hora buena venga
aquel que para Sant Payo
d'esta irá mi prisionero».
E vino a mí como rayo
diciendo: «Preso, montero».  
    Díjele: «Non me matedes,
serrana, sin ser oído,
ca yo non soy del partido,
d'esos por quien vos lo habedes.
Aunque me vedes tal sayo  
en Ágreda soy frontero,
e non me llaman Pelayo,
maguer me vedes señero».
    Desque oyó lo que decía,
dijo: «Perdonad, amigo,  
mas folgad ora conmigo,
e dejad la montería.
A este zurrón que trayo
quered ser mi parcionero,
pues me fallesció Mingayo,  
que era comigo ovejero.

Finida

    Entre Torrellas y el Fayo
pasaremos el febrero».
Díjele: «De tal ensayo,
serrana, soy placentero».  



Serranilla V

Menga de Manzanares

Por todos estos pinares
nin en Val de la Gamella,
non vi serrana más bella
que Menga de Manzanares.
    Descendiendo'l yelmo ayuso,  
contra Bóvalo tirando,
en ese valle de suso
vi serrana entrar cantando;
saluela, segund es uso,
e dije: «Serrana, estando
oyendo, yo non m'excuso
de facer lo que mandares».
    Respondiome con ufana:
«Bien vengades, caballero.
¿Quién vos trae de mañana  
por este valle señero?
Ca por toda aquesta llana
yo non dejo andar vaquero,
nin pastora, nin serrana,
sinon Pascual de Bustares.
    Pero ya, pues la ventura
por aquí vos ha traído,
convien'en toda figura,
sin ningund otro partido,
que me dedes la cintura,
o entremos a braz partido,
ca dentro en esta espesura
vos quiero luchar dos pares».
    Desque vi que non podía
partirme d'allí sin daña,  
como aquel que non sabía
de luchar arte nin maña,
con muy grand malenconía,
armele tal guadramaña
que cayó con su porfía  
cerca d'unos tomellares.

Íñigo López de Mendoza, Marqués de Santillana (Carrión de los Condes, 1398-Guadalajara, España, 1458), Obras completas, Fundación José Antonio de Castro, Madrid, 2002
Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

miércoles, enero 22, 2014

Marcos Siscar / Trescientos años Voltaire nacía

















verter el café en un día sin color el cálculo
del azúcar la cuchara inútil girando
pero mirando desde dentro de la espiral de humo
mil poetas absortos no obstante muertos
tal vez se digan que romper esta taza
bastaría para cambiar la vida changer la vie
decidí ser feliz hace bien a la salud
dice uno de ellos libre me he unido al aniversario
de su ausencia flor de ébano glauca

Marcos Siscar (Borborema, São Paulo, 1964),  versión de Aníbal Cristobo


Foto: Marcos Siscar en Kriller 71 Ediciones

martes, enero 21, 2014

Carl Sandburg / Tres poemas breves
















Niebla

La niebla llega
con pisadas de gato.
Se sienta silenciosa
para observar el puerto y la ciudad.
Después
se marcha.


Astilla

El canto del último grillo
atraviesa el frío de la primera nevada
y de ese modo se despide de nosotros.
Esa astilla delgada que canta.


Elige

Un solo puño alzado, listo,
o la mano abierta, tendida, con su pregunta.
Elige:
en uno de los dos hemos de encontrarnos.

Carl Sandburg (Galesburg, Illinois, 1878 -Flat Rock, Carolina del Norte, 1967), Harvest Poems, Harcourt, Brace and World, Nueva York, 1960
Versiones de Eduardo Conde

Foto: Carl Sandburg, 1919 Steichen/Bettmann/Getty Images

lunes, enero 20, 2014

Edwin Muir / Los caballos














Al final de la tarde, apenas un año después
de la guerra de siete días que hizo dormir al mundo,
los extraños caballos regresaron.
Por entonces ya habíamos sellado nuestro pacto con el silencio,
pero aquellos primeros días todo estaba tan quieto
que el sonido de nuestra propia respiración nos asustaba.
Al segundo día
las radios se estropearon; movíamos el dial; ningún sonido.
Al tercer día un barco de guerra pasó ante nosotros en dirección norte,
sembrado de cadáveres en cubierta. Al sexto día
un avión cayó al mar sobre nosotros. A partir de ese instante,
nada. Las radios mudas;
y ahí siguen, en un rincón de nuestras cocinas,
y siguen encendidas, tal vez, en un millón de habitaciones
de todo el mundo. Pero ahora, si rompieran a hablar,
si de pronto les diera por hablar,
si al dar las doce una voz nos hablara,
no le haríamos caso, dejaríamos fuera
ese mundo maligno que engulló a nuestros hijos
de un bocado. No habría vuelta atrás.
A veces pensamos en las naciones que duermen,
arropadas ciegamente en un dolor impenetrable,
y la extrañeza de esta idea nos confunde.
Los tractores descansan en los campos; cuando se pone el sol
parecen acecharnos y esperar como monstruos marinos.
Están bien donde están, cubriéndose de herrumbre:
«Que acaben de pudrirse, nos servirán de abono».
Hacemos que los bueyes tiren de los viejos arados,
los mismos que juntaban polvo. Hemos vuelto
para ensanchar la tierra de nuestros padres.
                                                                    Entonces esa noche
al final del verano los extraños caballos regresaron.
Oímos un lejano retumbar en el camino,
un traqueteo cada vez más violento; se detuvo, luego empezó de nuevo
y al doblar el recodo se transformó en un clamor vacío.
Cuando vimos las cabezas
como una gran ola salvaje tuvimos miedo.
Habíamos vendido los caballos en época de nuestros padres
para comprar tractores nuevos. Y nos eran extraños
como corceles fabulosos en antiguos escudos
o ilustraciones de un libro de caballerías.
No nos atrevíamos a acercarnos. Sin embargo esperaron,
testarudos y tímidos, como si tiempo atrás
hubieran recibido la orden de encontrarnos
y revivir el lazo arcaico que dábamos por perdido.
En un primer momento no pensamos siquiera
que aquellos seres se dejaran domar o utilizar.
Había en la manada media docena de potrillos
paridos entre ruinas, en terreno salvaje,
y aun así frescos como si hubieran emergido de un edén propio.
Desde entonces arrastran los arados y llevan nuestras cargas,
pero esa libre servidumbre nos sigue traspasando el corazón.
Nuestra vida ha cambiado; en su venida está nuestro comienzo.

Edwin Muir ( Deerness,1887 – Cambridge 1959)
Versión de Jodi Doce en Perros en la Playa


The Horses

Barely a twelvemonth after
The seven days war that put the world to sleep,
Late in the evening the strange horses came.
By then we had made our covenant with silence,
But in the first few days it was so still
We listened to our breathing and were afraid.
On the second day
The radios failed; we turned the knobs; no answer.
On the third day a warship passed us, heading north,
Dead bodies piled on the deck. On the sixth day
A plane plunged over us into the sea. Thereafter
Nothing. The radios dumb;
And still they stand in corners of our kitchens,
And stand, perhaps, turned on, in a million rooms
All over the world. But now if they should speak,
If on a sudden they should speak again,
If on the stroke of noon a voice should speak,
We would not listen, we would not let it bring
That old bad world that swallowed its children quick
At one great gulp. We would not have it again.
Sometimes we think of the nations lying asleep,
Curled blindly in impenetrable sorrow,
And then the thought confounds us with its strangeness.
The tractors lie about our fields; at evening
They look like dank sea-monsters couched and waiting.
We leave them where they are and let them rust:
'They'll molder away and be like other loam.'
We make our oxen drag our rusty plows,
Long laid aside. We have gone back
Far past our fathers' land.
                    And then, that evening
Late in the summer the strange horses came.
We heard a distant tapping on the road,
A deepening drumming; it stopped, went on again
And at the corner changed to hollow thunder.
We saw the heads
Like a wild wave charging and were afraid.
We had sold our horses in our fathers' time
To buy new tractors. Now they were strange to us
As fabulous steeds set on an ancient shield.
Or illustrations in a book of knights.
We did not dare go near them. Yet they waited,
Stubborn and shy, as if they had been sent
By an old command to find our whereabouts
And that long-lost archaic companionship.
In the first moment we had never a thought
That they were creatures to be owned and used.
Among them were some half a dozen colts
Dropped in some wilderness of the broken world,
Yet new as if they had come from their own Eden.
Since then they have pulled our plows and borne our loads
But that free servitude still can pierce our hearts.
Our life is changed; their coming our beginning. 

domingo, enero 19, 2014

Erika Martínez / Carga y descarga














Los técnicos de equipaje caminan erguidos, a cámara
    lenta, con la figura desdibujada por el calor de los
    motores. Llevan cascos amarillos para aislarse de un
    estruendo que tampoco se escucha dentro del avión:
    película muda a ambos lados de la ventanilla.

Los técnicos de equipaje vienen de Bolivia, Marruecos,
    Zambia. Cargan, descargan maletas que han hecho tantos
    kilómetros como ellos pero mucho más rápido. Las
    maletas no necesitan pasaportes, visados, asilo: tienen
    pegatinas.

Los técnicos de equipaje se fajan la cintura como un luchador
    de sumo antes de salir al ring. Son hermosos como eran
    hermosos los proletarios de Pasolini, que los imaginó
    hedonistas con un clasismo a su manera. Pasolini
    al que escupieron, violaron, lincharon, Pasolini que
    también era hermoso a su manera.

Los técnicos de equipaje visten monos azules aunque la
    empresa que los contrata cultiva el respeto a la diferencia.
    Cuando salen llevan todos los mismos vaqueros,
    zapatillas, camisetas estampadas. El capitalismo es un
    uniforme.

Los técnicos de equipaje son muy feos porque lo perdieron
    todo y viajaron para comer basura, para cargar, descargar
    maletas hasta volverse feos. Miran a los pasajeros
    que los miran a través de la ventanilla y piensan: qué
    hermosos, qué feos son mientras trasladan nuestras
    maletas con souvenires procedentes de Bolivia,
    Marruecos, Zambia, donde fuimos a hacer juegos de
    supervivencia.

Los técnicos de equipaje saben que cuatro maletas pesan
    igual que el cuerpo de un técnico de equipaje.

Erika Martínez (Jaen, 1979), El falso techo, Editorial Pre-Textos, Valencia, 2013

sábado, enero 18, 2014

Raúl González Tuñón / Surprise party en Madrid





















7 de noviembre

(1936)

Quevedo entró sonriendo -cojeaba un poco- y mirando por el rabillo del ojo a Fray Luis de Granada, Baltasar Gracíán y Fray Luis de León, los primeros en acudir a la cita.
Luego entraron juntos Fernando de Rojas y Santa Teresa, lo que no dejó de causar cierto regocijado asombro a Quevedo.
Lope de Vega llegó con varios Autores Anónimos, cantando unas coplas que hablaban de la villa de Madrid, insobornable y heroica.
El Marqués de Santillana, el Arcipreste y Gonzalo de Berceo saboreaban un vino de soldado como si fuera de primera, pasándose la bota a cada instante.
Jorge Manrique apareció después. Le acompañaba el Autor Anónimo del "Mío Cid".
Fuera, don Luis de Góngora se alegraba de volver a ver un Madrid ennoblecido por el dolor.
Al mismo tiempo Velázquez, el Greco, Murillo y Goya contemplaban con distintos ojos e idéntico ardor el mismo cielo cuyos secretos conocían de antiguo,
Bécquer entró solo, con una lágrima en la corbata.
Le seguía Espronceda, con un ramo de siemprevivas. (Aprovecharía para visitar la tumba de Teresa).
Luego entró Larra (con el trabuco que pensaba donar a las milicias). ¡Qué irresistible simpatía la suya!
Pérez Galdós y Ganivet entraron juntos. El primero apoyado en su bastón rugoso y el segundo con el rostro verdoso, lejano y triste.
Todos daban muestras de impaciencia cuando apareció Valle Inclán haciendo el saludo antifascista con la mano que le faltaba, y todos se alegraron.
De pronto se produjo un gran silencio.
Federico García Lorca hizo su entrada.
Estaba un poco pálido, pero sonrió a todos. ¡Que irresistible simpatía la suya!
Santa Teresa se acercó a él, dándole un beso en la frente (en la que se veía un agujero rojo).
Pedro Espinosa, Garcilaso, el Conde de Villamediana y Calderón, que llegaron enseguida, sentáronse a su lado.
Después vino la oscuridad.
Todos se reunieron en el fondo del templo vacío, donde únicamente había quedado el Cristo de madera pintada (obra de Juan de Juanes, que estaba presente, con Berruguete) y al cual, con gran contento suyo, los obreros habían puesto esta leyenda colgada del pecho ensangrentado:
"Tú eres de los nuestros".
Fue entonces cuando el templo se iluminó. Con la luz, luz él mismo, llegó Don Quijote. (Era fácil reconocer en él a Cervantes).
Después de saludar con una inclinación de cabeza levantó levemente la lanza señalando hacia el oeste de la ciudad.
Todos se incorporaron.
Encaminóse a la puerta del templo.
Todos le siguieron.
Silenciosamente atravesaron la plaza de Santa Ana y continuaron andando por las calles, entre banderas, carteles, explosiones de júbilo y coraje, hacia el oeste de la ciudad.
Ellos podían ver, pero a ellos no los veían.
En el oeste de la ciudad había comenzado la lucha.
Pasaron, apartando cadáveres.
Parecía que de un momento a otro, pese a la bravura del pueblo en armas, los agentes del extranjero, los generales traidores y la tropa mercenaria iban a lograr su propósito: ocupar y arrasar la ciudad.
Don Quijote (era fácil reconocer en él a Cervantes) alzó la lanza sobre el suelo ardido del barrio de Argüelles,
Luego guió a los demás hasta el Paseo de Rosales.
Entrada la noche recorrieron todo el costado de la cintura amenazada de la ciudad de Castilla.
Allí donde ellos se detenían, allí donde la lucha era más terrible, allí donde caían los bravos del pueblo, allí se hacía más fuerte Madrid.
Allí fue contenida la avalancha.
Y las sombras volvieron a su mundo de perfecta sombra. Quiero decir, de perfecta luz.

Raúl González Tuñón (Buenos Aires, 1905-1974), "Las puertas del fuego", 1938, La luna con gatillo, Tomo I, Editorial Cartago, Buenos Aires, 1957
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Foto: Álbum familiar

viernes, enero 17, 2014

Fabio Morábito / No he amado bastante...












NO HE amado bastante
las sillas.
Les he dado siempre
la espalda
y apenas las distingo
o las recuerdo.
Limpio las de mi casa
sin fijarme
y solo con esfuerzo puedo
vislumbrar
algunas sillas de mi infancia,
normales sillas de madera
que estaban en la sala
y, cuando se renovó la sala,
fueron a dar a la cocina.
Normales sillas de madera,
aunque jamás
se llega a lo más simple
de una silla,
se puede empobrecer
la silla más modesta,
quitar siempre un ángulo,
una curva,
nunca se llega al arquetipo
de la silla.
No he amado bastante
casi nada,
para enterarme necesito
un trato asiduo,
nunca recojo nada al vuelo,
dejo pasar la encrespadura
del momento, me retiro,
solo si me sumerjo en algo existo
y a veces ya es inútil,
se ha ido la verdad al fondo
más prosaico.
He amortiguado el brillo
creyéndolo un ornato,
y cuando me he dejado seducir
por lo más simple,
mi amor a la profundidad
me ha entorpecido.

Fabio Morábito (Alejandría, 1955), "Alguien de lava", 2002, Ventanas encendidas. Antología poética, Visor, Madrid, 2012

jueves, enero 16, 2014

Joaquín Valenzuela / Dos poemas

















puede haber cualquier trapo entre las cortaderas
un mechón de lana
una sospecha enganchada al
alambrado en tu vereda.
una prueba
de abandono

puede haber otra vida entre la yuca
otra ciudad
más atlántica y perdida


era puro humo la tormenta
smog de smoke no smoking de las fábricas
puertos orilleros puestos en patas
nenes sin aliento que se les suben en
negro entre sus perros potrillos a las cañas
el ombú de aglomerado que se abre y en su
fibra se desgrana la
chapa cae la lente cae del cielo y sube al
sauce con una tos grave sin ojotas
un pelo crece por las casas
una pasta se pega a los colchones se
hunde el pie entre pollos la gallina hace
su calle sale un chasis salen
bolsas batatas cordilleras de
cables de piñas de pañales

Joaquín Valenzuela (Dolores, Buenos Aires, 1971), La casa del deshielo, Editorial Huesos de Jibia, Buenos Aires, 2013
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Foto: Joaquín Valenzuela en Facebook