jueves, noviembre 11, 2010

Pier Paolo Pasolini / De "L'italiano è ladro", 1

Los pobres de Malafiesta

¿Quién era mi madre?
Me dejaba solo.
Ah madre... tu corazón,
noche y día, espectros, en tu corazón.

Estar solo en una casa
y arreglárselas con el hambre del corazón,
no saber estar solo
con los ojos... la barca, la playa, el cielo.

Malafiesta, la barca es llamada
por un vislumbre de voces,
el viejo acaricia con el remo
los vislumbres verdes en el Tagliamento.

Yo, muchacho, solo, para arreglarme,
Malafiesta.¡Mi camisa!
He nacido en un lecho de piedra.
De piedra es el mundo.

Una cosa sola he tenido en el mundo..
¿Qué? La oreja, la pupila,
los cabellos de sol y seda.
Una cosa sola, ¿pero qué? La oreja...

Sentía cantar las gaviotas.
Una voz desde el otro margen
llamaba a la barca blanca,
y sentía el remo amargo en el río.

¡Quince años! ¡Veinte años!
Bello como la luz de Malafiesta,
el corazón como la playa
pobre, sedienta, nubes, gaviotas en el corazón.

¡Mi camisa de piedra!
¡Mi madre de piedra! ¡El mundo
de piedra! YO SIEMPRE SOLO.
Gozaba, reía, bailaba...

Gozaba, reía, bailaba...
Solo con aquellas cosas no de piedra.
El ojo negro que reía,
los cabellos rubios como el sol.

Uno de los pobres de Malafiesta,
con pie de pobre que se desliza sobre el mundo,
mi padre y mi madre servían,
apenas nacido he tenido un patrón.

Pero aquello no se marchitaba al sol,
no se bañaba bajo la lluvia,
los muchachas y los muchachos le sonreían,
atravesándome el corazón.

Patrón, tú no sabías
que yo estaba solo en el misterio
con el mismo traje de fiesta cada domingo
y una madre y un padre, gente del mundo.

Patrón, tú no sabías
que yo he sido pobre toda la vida
en todos los ángulos de la vida
en todos los instantes de la vida.

Patrón, tú no sabías
que he vivido veinte años
y veinte he sido pobre
con el hambre, el hambre, el hambre en el corazón.

Patrón todo era tuyo,
yo no tenía nada:
solo aquella cosa, aquella sombra viva en el corazón.
Y me la has robado.

Pier Paolo Pasolini (Bolonia, 1922-Ostia, 1975), "L'italiano è ladro. Appendice I" (1949-50), Tutte le poesie, Mondadori, Milán, 2003
Versión: Jorge Aulicino


I poveri di Malafiesta

Chi era mia madre?
Mi lasciava solo.
Ah madre... il tuo cuore,
notte e giorno, spettri, nel tuo cuore.

Essere solo in una casa
ad arrangiarsi con la fame del cuore.
non sappere d'essere solo
con glio occhi... la barca, la spiagggia, il cielo.

Malafiesta, la barca è chiamata
de un barlume di voci.
il vecchio accarezza col remo
barlumi verdi nel Tagliamento.

Io, ragazzo, solo, ad arrangiarmi,
Malafiesta. La mia camicia!
Sono nato in un letto di pietra.
Di pietra è il mondo.

Una cosa sola ho avuto nel mondo...
Ma cosa? L'orecchio, la pupilla,
i capelli di sole e seta.
Una cosa, ma cosa? L'orecchio...

Sentivo cantare i gabbiani.
Una voce dall'altro argine
chiamava la barca bianca,
e sentivo il remo amaro nel fiume.

Quindici anni! Vent'anni!
Bello come la luce di Malafiesta,
il cuore come la spiaggia
povera, assetata, nubi, gabbiani nel cuore.

La mia camicia di pietra!
Mia madre di pietra! Il mondo
di pietra! IO SEMPRE SOLO.
Godevo, ridevo, ballavo...

Godevo, ridevo, ballavo...
Solo con quella cosa non di pietra.
L'occhio nero che rideva,
i capelli biondi come il sole.

Uno dei poveri di Malafiesta,
col piede del povero che slitta sul mondo,
mio padre e mia madre servivano,
appena nato ho avuto un padrone.

Ma quella cosa non sfioriva al sole
non si bagnava sotto la pioggia.
le ragazze e i fanciulli le sorrivano
traspassandomi il cuore.

Padrone tu non sapevi
che io ero solo nel mistero
con lo stesso vestito di festa ogni domenica
e una madre e un padre, gente del mondo.

Padrone tu non sapevi
che io sono stato povero tutta la vita
in tutti gli angoli della vita
in tutti gli istanti della vita.

Padrone tu non sapevi
che io sono vissuto per vent'anni
a pero vent'anni sono stato povero
con la fame, la fame, la fame nel cuore.

Padrone tutto era tuo,
io non avevo nulla:
solo quella cosa, quell'ombra viva nel cuore.
E me l'hai rubata.


Ilustración: La Sagrada Familia y Juan el Bautista, 1610, Caravaggio

miércoles, noviembre 10, 2010

María Meleck Vivanco / Las apariciones



Las apariciones

Las estrellas guardan secretos de un deseo agujereado por la lluvia

Desde qué valle te contemplo, desde qué estación y otras voces calientes de intensa fuga, justo a la altura de mi alma

Hay ventanas y sitios luminosos que envidia el atardecer Sus delicados arpegios

horadando la totalidad de lo incorpóreo Envolviendo en seda las mariposas verdes des-

prevenidas del verano

Hay un marcapasos de pulso de fiesta ausente en los graznidos de la noche El

último tren arracimado que se miró cara a cara con la desolación

Y existen también los albergues celestiales a partir de un rencor oculto, sabiamente marginado, sabiamente indeciso

El ombligo partido de la serenidad es como una hilera de gansos cegados por la luz de los ríos

Se me olvidó la vida Se me olvidó la muerte

Me he quedado con las apariciones de mi corazón


María Meleck Vivanco (San Javier, Córdoba, Argentina, 1921- Portezuelo, Uruguay, 2010)

Antologíatriplov

Foto: María Meleck Vivanco, Facebook

martes, noviembre 09, 2010

Federica Rosenfeld / El mismo paso sordo...





Constantes de comunicación

El mismo paso sordo que pauta la mañana,
la piel que el dedo hunde obrando como una aspirina,
eso que trae el aire de sólido e hiriente,
servir de poco la mayor parte del tiempo.
¡El regusto de los bellos fragmentos
y de los fragmentos de lo bello!
No compartir el palio de la tienda translúcida
(la que separaría de los aerolitos inminentes)
gozarlo sólo a solas con las películas japonesas,
y, solapadamente, ser gastados
hasta aparecer todos con la misma tara de peso.

Federica Rosenfeld (Buenos Aires, 1914-1998), Desde el cerco, Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2010

Ilustración: Tigre en el bambú, siglo XVII, Kano Eitoku

lunes, noviembre 08, 2010

Osvaldo Lamborghini / Dos poemas




Envuelto en una paz apocalíptica

Envuelto en una paz apocalíptica
el tipo miraba la cocina,
las hornallas, el fuego encendido:
la cocina, empapelada ciertamente
con hojas o páginas
de diarios y revistas.
El no había merecido la estrella de la mañana,
eso es claro, y no era (ni siquiera)
el primogénito de la muerte.
La vida pasaba como un lago.
Las orillas tensas, el centro mudo.
Agua ciega, pobre y cerrada.

Aquel que ayer no más decía
tomaba mate ahora eternamente
y leía novelas de vampiros.
Televisión y fármacos: la perfección
quedó en anhelo.
Renacerá el amor con la próxima guerra.
Y en un entonces sin entonces,
como un Dios pifio que siempre tarda,
entonces se apoyará en sus muletas
y abrirá el pico como una gaviota
y derribará las puertas del paraíso,
antesala del infierno.


Mi tema es la matanza

Mi tema es la matanza
es claro: la matanza,
y no importa
nada y para nada
a qué muerte me refiero
ni de qué
muertos hablo, menos aún
si la guerra como efecto de la matanza
o a la inversa (estas minucias,
no tengo tiempo).
Pienso en mi mirada.
En qué campo de batalla nacieron mis ojos
y allí se estrenaron
para ver así,
y mirar de otro modo.
Como si hubiera modos.
Mentira es la palabra.

La palabra mentira,
¿por qué no enredarnos?


De Poemas 1969-1985


Osvaldo Lamborghini (Buenos Aires, 1940-Barcelona, 1985), Mario Campaña, Antología de poesía argentina de hoy, Editorial Bruguera, Barcelona, 2010

Foto: Osvaldo Lamborghini s/d

domingo, noviembre 07, 2010

Miguel Hernández / Tres poemas


Imagen de tu huella

V

Pirotécnicos pórticos de azahares,
que glorificarán los ruy-señores
pronto con sus noctámbulos amores,
conciertan los amargos limonares.

Entusiasman los aires de cantares
fervorosos y alados contramores,
y el giratorio mundo va a mayores
por arboledas, campos y lugares.

La sangre está llegando a su apogeo
en torno a las criaturas, como palma
de ansia y de garganta inacabable.

¡Oh primavera verde de deseo,
qué martirio tu vista dulce y alma
para quien anda a solas miserable!


El rayo que no cesa

2

¿No cesará este rayo que me habita
el corazón de exasperadas fieras
y de fraguas coléricas y herreras
donde el metal más fresco se marchita?

¿No cesará esta terca estalactita
de cultivar sus duras cabelleras
como espadas y rígidas hogueras
hacia mi corazón que muge y grita?

Este rayo ni cesa ni se agota:
de mí mismo tomó su procedencia
y ejercita en mí mismo sus furores.

Esta obstinada piedra de mí brota
y sobre mí dirige la insistencia
de sus lluviosos rayos destructores.


6

Umbrío por la pena, casi bruno,
porque la pena tizna cuando estalla,
donde yo no me hallo no se halla
hombre más apenado que ninguno.

Sobre la pena duermo solo y uno,
pena es mi paz y pena mi batalla,
perro que ni me deja ni se calla,
siempre a su dueño fiel, pero importuno.

Cardos y penas llevo por corona,
cardos y penas siembran sus leopardos
y no me dejan bueno hueso alguno.

No podrá con la pena mi persona
rodeada de penas y de cardos:
¡cuánto penar para morirse uno!


Miguel Hernández (Orihuela, 1910-Alicante, 1942), Imagen de tu huella. El silbo vulnerado. El rayo que no cesa. Otros poemas. Viento del pueblo, Editorial Losada, Buenos Aires, 1975

Ilustración: Miguel Hernández, por Benjamín Palencia El País, Madrid

sábado, noviembre 06, 2010

Louis MacNeice / "Diario de otoño", 1


Diario de otoño

I

Pesado y lento, el verano termina en Hampshire,
desaparece en las laderas de pasto raso donde el tejo podado
separa las vidas de generales y almirantes retirados
y a los binoculares que cuelgan en el vestíbulo y los misales dispuestos en el banco de la iglesia
y a agosto que se va yendo al son de las trompetas de lata de las capuchinas
y al estruendo de los bronces del Ejército de Salvación de los girasoles
y a la solterona que teje sentada en una mecedora
sin levantar la vista ante el ruido de los aviones que pasan
hacia el norte desde Lee-on-Solent. Macrocarpa y ciprés
rosas en rústico emparrado y árboles de moras
y huevos con tocino para el desayuno en bandeja de plata
y todas las ventajas heredadas del desahogo material
y todas las preocupaciones heredadas, reumatismo e impuestos,
y si Stella se casará y qué hacer con Dick
y con la rama de la familia que perdió su dinero en acciones de Hatry
y el cierre del Morning Post y el paso del climaterio
y el auge de la vulgaridad, autos que pasan el portón del guardia
y las multitudes que se desvisten en la playa
y los amantes cockney que hacen dedo con pensamientos
que no dirigen ni a Dios ni a la Nación sino el uno al otro.
Pero la casa sigue siendo un santuario debajo de visillos,
sin novedad en el Frente Familiar,
ruidos de corral por los campos al atardecer
mientras los vagones del Ferrocarril del Sur se demoran…desviados
a vías muertas de amapolas para pasar la noche – noche que no conoce pasión
ni asalto de manos o lengua,
porque todo es antiguo como pedernal o tiza o agujas de pino
y los rebeldes y los jóvenes
han tomado el tren a la ciudad o el auto de dos plazas
desentrañando vías o ruta,
perdiendo tras de sí deliberadamente el hilo–
palinodia otoñal.
Y ahora también voy en el tren y el verano se va yendo
al sur mientras me dirijo al norte
rumbo a los hojas secas que caen, la fogata que arde,
el moribundo que da a luz
la vida más ardua, revelando lo que soporta los árboles,
la escarcha que mata los gérmenes del laissez-faire;
West Meon, Tisted, Farnham, Woking, Weybridge,
luego, el aire apiñado y rancio y preñado de Londres.
Mi perra, un símbolo del orden abandonado,
yace en el suelo del coche,
sus ojos ineptos y seductores como una estrella de cine,
que quiere vivir, o sea que quiere más
regalos, joyas, pieles, chucherías, invitaciones,
como si vivir no fuera
seguir la curva de un planeta o del agua contenida
sino un salto a la oscuro, una tangente, un disparo desviado.
Eso es lo que aprendemos después de tantos fracasos,
la construcción de castillos de arena, de reinas de nieve,
que no podemos avanzar en la vida o en la belleza de la vida,
que ningún río es río si no fluye.
Surbiton, y sube una mujer, pintada,
con el pelo teñido, pero una media corrida y los ojos
pacientes debajo de las pestañas calculadas,
endurecidos para siempre a la sorpresa,
y el ritmo del tren se vuelve repetición ad nauseam
de toda cansadora alborada o madrigal sensiblero,
los aires deslavados de la atracción sexual
que como hojas secas vagan por la pared del corralón:
“Quise a mi amor con un billete de andén,
una canción de jazz,
un bolso de mano, un par de medias de Paris Sand;
mucho la quise
la quise entre líneas, contra reloj,
no hasta la muerte
sino hasta que la vida nos separó, la quise con papel moneda
y con aliento a whisky.
La quise con ojos de pavo real y loza de Cartago,
con cristal y guantes, oro y polvera
con blasfemia, camaradería y bravata
y montones de otras cosas.
Quise a mi amada con alas de ángeles,
sumergidas en henna, extraordinariamente rojas,
con mis horas de oficina, con flores y sirenas,
con mi presupuesto, mi llave y pan diario.”
De modo que a Londres y bajando las escaleras
siempre en movimiento
donde un viento cálido reúne los cuerpos de los hombres
y dispersa sus complejos y desvelos.

[1939]

Louis MacNeice (Belfast, 1907-Londres, 1963)
Traducción de Jorge Fondebrider


Autumn Journal

I

Close and slow, summer is ending in Hampshire, / Ebbing away down ramps of shaven lawn where dose-clipped yew/ Insulates the lives of retired generals and admirals/ And the spyglasses hung in the hall and the prayer-books ready in the pew/ And August going out to the tin trumpets of nasturtiums/ And the sunflowers' Salvation Army blare of brass/ And the spinster sitting in a deck-chair picking up stitches/ Not raising her eyes to the noise of the 'planes that pass/ Northward from Lee-on-Solent. Macrocarpa and cypress/ And roses on a rustic trellis and mulberry trees/ And bacon and eggs in a silver dish for breakfast/ And all the inherited assets of bodily ease/ And all the inherited worries, rheumatism and taxes,/And whether Stella will marry and what to do with Dick/ And the branch of the family that lost their money in Hatry/ And the passing of the Morning Post and of life's climacteric/ And the growth of vulgarity, cars that pass the gate-lodge/ And crowds undressing on the beach/ And the hiking cockney lovers with thoughts directed/ Neither to God nor Nation but each to each./ But the home is still a sanctum under the pelmets,/ All quiet on the Family Front,/ Farmyard noises across the fields at evening/ While the trucks of the Southern Railway dawdle… shunt/ Into poppy sidings for the night –night which knows no passion/ No assault of hands or tongue/ For all is old as flint or chalk or pine-needles/ And the rebels and the young/ Have taken the train to town or the two-seater/ Unravelling rails or road,/ Losing the thread deliberately behind them–/ Autumnal palinode./ And I am in the train too now and summer is going/ South as I go north/ Bound for the dead leaves falling, the burning bonfire,/ The dying that brings forth/ The harder life, revealing the trees' girders,/ The frost that kills the germs of laissez-faire; West Meon, Tisted, Farnham, Woking, Weybridge,/ Then London's packed and stale and pregnant air./ My dog, a symbol of the abandoned order,/ Lies on the carriage floor,/ Her eyes inept and glamorous as a film star's,/ Who wants to live, i.e. wants more/ Presents, jewellery, furs, gadgets, solicitations/ As if to live were not/ Following the curve of a planet or controlled water/ But a leap in the dark, a tangent, a stray shot./ It is this we learn after so many failures,/ The building of castles in sand, of queens in snow,/ That we cannot make any corner in life or in life's beauty,/ That no river is a river which does not flow./ Surbiton, and a woman gets in, painted/ With dyed hair but a ladder in her stocking and eyes/ Patient beneath the calculated lashes,/ Inured for ever to surprise;/ And the train's rhythm becomes the ad nauseam repetition/ Of every tired aubade and maudlin madrigal,/ The'he faded airs of sexual attraction/ Wandering like dead leaves along a warehouse wall:/ 'I loved my love with a platform ticket,/ A jazz song,/ A handbag, a pair of stockings of Paris Sand–/ I loved her long./ I loved her between the lines and against the clock,/ Not until death/ But till life did us part I loved her with paper money/ And with whisky on the breath./ I loved her with peacock's eyes and the wares of Carthage,/ With glass and gloves and gold and a powder puff/ With blasphemy, camaraderie, and bravado/ And lots of other stuff./ I loved my love with the wings of angels/ Dipped in henna, unearthly red,/ With my office hours, with flowers and sirens,/ With my budget, my latchkey, and my daily bread.'/ And so to London and down the ever-moving Stairs/ Where a warm wind blows the bodies of men together/ And blows apart their complexes and cares.

Faber & Faber, Londres

Foto: MacNeice The Guardian

viernes, noviembre 05, 2010

Concha García / La memoria














La memoria

Dirección a casa se han puesto grises
los lomos de los libros y el reflejo
de un vaso vacío brilla ocupando
todo el mueble. Siento el primer
escalofrío de la pérdida. Una rara coherencia
apabulla mis sentidos. He roto un saquito
de arena y me abuela se ha desparramado.
Abriendo el álbum, algo familiar
que no me mira, fija su vista
hacia mi chaqueta. Me veo hermosa
porque soy dos estilos de persona,
estilos que se acortan o son estilos
de provincia diversos, no sé
si ya quedan provincias. También he visto
dos estilos de muchacha. Una no sé
si regresaba de algún sitio, o si iba,
vestía como hubiera vestido la madre
de cualquiera. Otra llevaba ornamentos
que me recuerdan el brillo del vaso
ocupando todo el mueble.

Concha García (La Rambla, Córdoba, España, 1956), Un brillo del no y otros poemas, Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2010

Ediciones en Danza

Foto: Concha García Wikimedia Commons

jueves, noviembre 04, 2010

Roberto Juarroz / De "Cuarta poesía vertical"




27

¿Sobre qué lado se apoya más la ternura del hombre?
¿Sobre su pecho, siempre relativamente abierto?
¿Sobre su espalda, siempre relativamente abandonada?
¿Sobre su perfil, siempre relativamente ajeno?

¿Sobre qué lado lo sentirá más la tierra,
cuando cae para volver a levantarse
y cuando cae para que otros se levanten?
¿Será distinto ese lado para el tacto del polvo,
/de la piedra o del barro.
para el desierto, el campo de batalla o el jardín?

¿Sobre qué lado se lo olvida más fácil,
se lo mata más fácil,
se lo ama más fácil?

¿Sobre qué lado se abre el vuelo que llevamos,
el fruto que llevamos,
el cero que llevamos?

¿Sobre qué lado es el hombre posible para el hombre?


Roberto Juarroz (Coronel Dorrego, 1925-Temperley, 1995), Cuarta poesía vertical, Aditor, Buenos Aires, 1969

Ilustración: Torso de Belvedere, Cuaderno italiano, Francisco de Goya, 1770

miércoles, noviembre 03, 2010

María Auxiliadora Alvarez / El cielo de más arriba







El cielo de más arriba

lo más puntual de los árboles es su propósito de desordenar el cielo de abajo
   para hacerlo parecer
/ huidizo y descuidado

el llanto de la cabra camino al matadero es un alto relieve sin nicho
   en el vacío:
como la piedra puntiaguda de una enfermedad en la familia o de un hijo
   que desgarra a una mujer joven (o no tan joven) Para nacer
/sin poder Para volver de África

el cielo de más arriba sin embargo brilla como ninguno:
   vuelan las ovejas del hambre en el azul de cadmio
de la estera Como viejos relámpagos arrastrando en peso
   La bóveda del firmamento

María Auxiliadora Alvarez (Caracas, 1956), Periódico de Poesía de la UNAM. Anuario 2009-2010, Ciudad de México

Foto: María Auxiliadora Alvarez II Festival de Poesía de Santo Domingo

martes, noviembre 02, 2010

Pedro Serrano / De "Nueces"




Baño nupcial

Las dos navajas de afeitar
penden de un hilo del horizonte.
Con su penacho, a contraluz,
se alza una brocha vertical.
Brillan jabones y champús.
En ese nicho religioso
hecho de luz y mercancías
(pasta de dientes, un cepillo,
ungidos klinex, cortauñas)
un mundo crece en el detalle.
Todo se puede así sumar
en este suelo y en el sueño
y es un castillo este lugar.


Chiquero

Ruedan las copas en cristales rotos,
abre la náusea su frugal huida,
flotan los ojos en agua perdida,
bordan las brumas sobre los escrotos.
La piel un torno de la piel eriza,
las piernas doblan como dos badajos,
del vientre salen machacados gajos,
masa de carne rolliza y hechiza.
Se han vuelto hilachos los nervios, las voces;
crispado el cuerpo como bricolage
va dando tumbos de puro coraje.
Manta mareada el agua que toses,
hoces y coces y voces sin dueño:
un cerdo negro irracional el sueño.

Pedro Serrano (Montreal, 1957), Nueces, Trilce Ediciones, México, 2009

Ilustración: Splendor in the glass, Steve Smulka

lunes, noviembre 01, 2010

Cecil Day-Lewis / De "La montaña magnética"




3

En algún lugar más allá de las terminales
de la razón, al sur o al norte,
hay una montaña magnética
que remacha el cielo a la tierra.

No hay línea tendida hasta ahora.
Conexiones oxidadas en montones
y durmientes -huesos de muertos-
marcan una pista derrotada.

Un halcón que anualmente
cambia su sitio en el espacio,
en el último vuelo
puede significar el lugar.

Hierro en el alma,
espíritu acerado en fuego,
aguja temblando en la verdad -
tal lo que allí me revelará.

Cecil Day-Lewis (Ballintubbert, Irlanda, 1904-Hadley Wood, Inglaterra, 1972) The Magnetic Mountain, L. & V. Woolf, Londres 1933; Complete Poems, Random House, 2012
Versión de J. Aulicino

Foto: Cecil Day Lewis, 1951(detalle)  Irving Penn/Condé Nast Publications/National Portrait Gallery UK


The Magnetic Mountain

3

Somewhere beyond the railheads
Of reason, south or north,
Lies a magnetic mountain
Riveting sky to earth.


No line is laid so far.
Ties rusting in a stack
And sleepers – dead men’s bones –
Mark a defeated track.

Kestrel who yearly changes
His tenement of space
At the last hovering
May signify that place.

Iron in the soul,
Spirit steeled in fire,
Needle trembling on truth –
These shall draw me there.

domingo, octubre 31, 2010

Paul Valéry / "El cementerio marino" en francés, castellano e inglés


El cementerio marino


          ¡Oh alma mía, no aspires a la vida inmortal,
          pero agota toda la extensión de lo posible!

                                              Pindaro, Píticas III

Calmo techo surcado de palomas,
palpita entre los pinos y las tumbas;
mediodía puntual arma sus fuegos
¡El mar, el mar siempre recomenzado!
¡Qué regalo después de un pensamiento
ver moroso la calma de los dioses!

¡Qué obra pura consume de relámpagos
vario diamante de invisible espuma,
y cuánta paz parece concebirse!
Cuando sobre el abismo un sol reposa,
trabajos puros de una eterna causa,
el Tiempo riela y es Sueño la ciencia.

Tesoro estable, templo de Minerva,
quietud masiva y visible reserva;
agua parpadeante, Ojo que en ti guardas
tanto sueño bajo un velo de llamas,
¡silencio mío!... ¡Edificio en el alma,
mas lleno de mil tejas de oro. Techo!

Templo del Tiempo, que un suspiro cifra,
subo a ese punto puro y me acostumbro
de mi mirar marino todo envuelto;
tal a los dioses mi suprema ofrenda,
el destellar sereno va sembrando
soberano desdén sobre la altura.

Como en deleite el fruto se deslíe,
como en delicia truécase su ausencia
en una boca en que su forma muere,
mi futura humareda aquí yo sorbo,
y al alma consumida el cielo canta
la mudanza en rumor de las orillas.

¡Bello cielo real, mírame que cambio!
Después de tanto orgullo, y de tanto
extraño ocio, mas pleno de poderes,
a ese brillante espacio me abandono,
sobre casas de muertos va mi sombra
que a su frágil moverse me acostumbra.

A teas del solsticio expuesta el alma,
sosteniéndote estoy, ¡oh admirable
justicia de la luz de crudas armas!
Pura te tomo a tu lugar primero:
¡mírate!... Devolver la luz supone
taciturna mitad sumida en sombra.

Para mí solo, a mí solo, en mí mismo,
un corazón, en fuentes del poema,
entre el vacío y el suceso puro,
de mi íntima grandeza el eco aguardo,
cisterna amarga, oscura y resonante,
¡hueco en el alma, son siempre futuro!

Sabes, falso cautivo de follajes,
golfo devorador de enjutas rejas,
en mis cerrados ojos, deslumbrantes
secretos, ¿qué cuerpo hálame a su término
y qué frente lo gana a esta tierra ósea?
Una chispa allí pienso en mis ausentes.

Sacro, pleno de un fuego sin materia;
ofrecido a la luz terrestre trozo,
me place este lugar alto de teas,
hecho de oro, piedra, árboles oscuros,
mármol temblando sobre tantas sombras;
¡allí la mar leal duerme en mis tumbas!

¡Al idólatra aparta, perra espléndida!
Cuando con sonrisa de pastor, solo,
apaciento carneros misteriosos,
rebaño blanco de mis quietas tumbas,
¡las discretas palomas de allí aléjalas,
los vanos sueños y ángeles curiosos!

Llegado aquí pereza es el futuro,
rasca la sequedad nítido insecto;
todo ardido, deshecho, recibido
en quién sabe qué esencia rigurosa...
La vida es vasta estando ebrio de ausencia,
y dulce el amargor, claro el espíritu.

Los muertos se hallan bien en esta tierra
cuyo misterio seca y los abriga.
Encima el Mediodía reposando
se piensa y a sí mismo se concilia...
Testa cabal, diadema irreprochable,
yo soy en tu interior secreto cambio.

¡A tus temores, sólo yo domino!
Mis arrepentimientos y mis dudas,
son el efecto de tu gran diamante...
Pero en su noche grávida de mármoles,
en la raíz del árbol, vago pueblo
ha asumido tu causa lentamente.

En una densa ausencia se han disuelto,
roja arcilla absorbió la blanca especie,
¡la gracia de vivir pasó a las flores!
¿Dónde del muerto frases familiares,
el arte personal, el alma propia?
En la fuente del llanto larvas hilan.

Agudo gritos de exaltadas jóvenes,
ojos, dientes, humedecidos párpados,
el hechicero seno que se arriesga,
la sangre viva en labios que se rinden,
los dedos que defienden dones últimos,
¡va todo bajo tierra y entra al juego!

Y tú, gran alma, ¿un sueño acaso esperas
libre ya de colores del engaño
que al ojo camal fingen onda y oro?
¿Cuando seas vapor tendrás el canto?
¡Ve! ¡Todo huye! Mi presencia es porosa, ¡
la sagrada impaciencia también muere!

¡Magra inmortalidad negra y dorada,
consoladora de horroroso lauro
que matemal seno haces de la muerte,
el bello engaño y la piadosa argucia!
¡Quién no conoce, quién no los rechaza,
al hueco cráneo y a la risa eterna!

Deshabitadas testas, hondos padres,
que bajo el peso de tantas paladas,
sois la tierra y mezcláis nuestras pisadas,
el roedor gusano irrebatible
para vosotros no es que bajo tablas
dormís, ¡de vida vive y no me deja!

¿Amor quizás u odio de mí mismo?
¡Tan cerca tengo su secreto diente
que cualquier nombre puede convenirle!
¡Qué importa! ¡Mira, quiere, piensa, toca!
¡Agrádale mi carne, aun en mi lecho,
de este viviente vivo de ser suyo!

¡Zenón! ¡Cruel Zenón! ¡Zenón de Elea!
¡Me has traspasado con tu flecha alada
que vibra, vuela y no obstante no vuela!
¡Su son me engendra y mátame la flecha!
¡Ah! el sol... ¡Y qué sombra de tortuga
para el alma, veloz y quieto Aquiles!

¡No! ¡No!... ¡De pie! ¡En la era sucesiva!
¡Cuerpo mío, esta forma absorta quiebra!
¡Pecho mío, el naciente viento bebe!
Una frescura que la mar exhala,
ríndeme el alma... ¡Oh vigor salado!
¡Ganemos la onda en rebotar viviente!

¡Sí! Inmenso mar dotado de delirios,
piel de pantera, clámide horadada
por los mil y mil ídolos solares,
hidra absoluta, ebria de carne azul,
que te muerdes la cola destellante
en un tumulto símil al silencio.

¡Se alza el viento!... ¡Tratemos de vivir!
¡Cierra y abre mi libro el aire inmenso,
brota audaz la ola en polvo de las rocas!
¡Volad páginas todas deslumbradas!
¡Olas, romped con vuestra agua gozosa
calmo techo que foques merodean!


The Graveyard By The Sea

This quiet roof, where dove-sails saunter by,
Between the pines, the tombs, throbs visibly.
Impartial noon patterns the sea in flame --
That sea forever starting and re-starting.
When thought has had its hour, oh how rewarding
Are the long vistas of celestial calm!

What grace of light, what pure toil goes to form
The manifold diamond of the elusive foam!
What peace I feel begotten at that source!
When sunlight rests upon a profound sea,
Time's air is sparkling, dream is certainty --
Pure artifice both of an eternal Cause.

Sure treasure, simple shrine to intelligence,
Palpable calm, visible reticence,
Proud-lidded water, Eye wherein there wells
Under a film of fire such depth of sleep --
O silence! . . . Mansion in my soul, you slope
Of gold, roof of a myriad golden tiles.

Temple of time, within a brief sigh bounded,
To this rare height inured I climb, surrounded
By the horizons of a sea-girt eye.
And, like my supreme offering to the gods,
That peaceful coruscation only breeds
A loftier indifference on the sky.

Even as a fruit's absorbed in the enjoying,
Even as within the mouth its body dying
Changes into delight through dissolution,
So to my melted soul the heavens declare
All bounds transfigured into a boundless air,
And I breathe now my future's emanation.

Beautiful heaven, true heaven, look how I change!
After such arrogance, after so much strange
Idleness -- strange, yet full of potency --
I am all open to these shining spaces;
Over the homes of the dead my shadow passes,
Ghosting along -- a ghost subduing me.

My soul laid bare to your midsummer fire,
O just, impartial light whom I admire,
Whose arms are merciless, you have I stayed
And give back, pure, to your original place.
Look at yourself . . . But to give light implies
No less a somber moiety of shade.

Oh, for myself alone, mine, deep within
At the heart's quick, the poem's fount, between
The void and its pure issue, I beseech
The intimations of my secret power.
O bitter, dark, and echoing reservoir
Speaking of depths always beyond my reach.

But know you -- feigning prisoner of the boughs,
Gulf which cats up their slender prison-bars,
Secret which dazzles though mine eyes are closed --
What body drags me to its lingering end,
What mind draws it to this bone-peopled ground?
A star broods there on all that I have lost.

Closed, hallowed, full of insubstantial fire,
Morsel of earth to heaven's light given o'er --
This plot, ruled by its flambeaux, pleases me --
A place all gold, stone, and dark wood, where shudders
So much marble above so many shadows:
And on my tombs, asleep, the faithful sea.

Keep off the idolaters, bright watch-dog, while --
A solitary with the shepherd's smile --
I pasture long my sheep, my mysteries,
My snow-white flock of undisturbed graves!
Drive far away from here the careful doves,
The vain daydreams, the angels' questioning eyes!

Now present here, the future takes its time.
The brittle insect scrapes at the dry loam;
All is burnt up, used up, drawn up in air
To some ineffably rarefied solution . . .
Life is enlarged, drunk with annihilation,
And bitterness is sweet, and the spirit clear.

The dead lie easy, hidden in earth where they
Are warmed and have their mysteries burnt away.
Motionless noon, noon aloft in the blue
Broods on itself -- a self-sufficient theme.
O rounded dome and perfect diadem,
I am what's changing secretly in you.

I am the only medium for your fears.
My penitence, my doubts, my baulked desires --
These are the flaw within your diamond pride . . .
But in their heavy night, cumbered with marble,
Under the roots of trees a shadow people
Has slowly now come over to your side.

To an impervious nothingness they're thinned,
For the red clay has swallowed the white kind;
Into the flowers that gift of life has passed.
Where are the dead? -- their homely turns of speech,
The personal grace, the soul informing each?
Grubs thread their way where tears were once composed.

The bird-sharp cries of girls whom love is teasing,
The eyes, the teeth, the eyelids moistly closing,
The pretty breast that gambles with the flame,
The crimson blood shining when lips are yielded,
The last gift, and the fingers that would shield it --
All go to earth, go back into the game.

And you, great soul, is there yet hope in you
To find some dream without the lying hue
That gold or wave offers to fleshly eyes?
Will you be singing still when you're thin air?
All perishes. A thing of flesh and pore
Am I. Divine impatience also dies.

Lean immortality, all crêpe and gold,
Laurelled consoler frightening to behold,
Death is a womb, a mother's breast, you feign
The fine illusion, oh the pious trick!
Who does not know them, and is not made sick
That empty skull, that everlasting grin?

Ancestors deep down there, O derelict heads
Whom such a weight of spaded earth o'erspreads,
Who are the earth, in whom our steps are lost,
The real flesh-eater, worm unanswerable
Is not for you that sleep under the table:
Life is his meat, and I am still his host.

'Love,' shall we call him? 'Hatred of self,' maybe?
His secret tooth is so intimate with me
That any name would suit him well enough,
Enough that he can see, will, daydream, touch --
My flesh delights him, even upon my couch
I live but as a morsel of his life.

Zeno, Zeno, cruel philosopher Zeno,
Have you then pierced me with your feathered arrow
That hums and flies, yet does not fly! The sounding
Shaft gives me life, the arrow kills. Oh, sun! --
Oh, what a tortoise-shadow to outrun
My soul, Achilles' giant stride left standing!

No, no! Arise! The future years unfold.
Shatter, O body, meditation's mould!
And, O my breast, drink in the wind's reviving!
A freshness, exhalation of the sea,
Restores my soul . . . Salt-breathing potency!
Let's run at the waves and be hurled back to living!

Yes, mighty sea with such wild frenzies gifted
(The panther skin and the rent chlamys), sifted
All over with sun-images that glisten,
Creature supreme, drunk on your own blue flesh,
Who in a tumult like the deepest hush
Bite at your sequin-glittering tail -- yes, listen!

The wind is rising! . . . We must try to live!
The huge air opens and shuts my book: the wave
Dares to explode out of the rocks in reeking
Spray. Fly away, my sun-bewildered pages!
Break, waves! Break up with your rejoicing surges
This quiet roof where sails like doves were pecking.

Paul Valéry (Sète,  Francia, 1871-París, 1945), Charmes, 1922

Versiones: Javier Sologuren (Lima, 1921-2004) La Máquina del Tiempo
Cecil Day Lewis (Ballintogher, 1904-Hadley Wood, 1972) Seamus Cooney/Western Michigan University


Le cimetière marin

          Μή, φίλα ψυχά, βίον ἀθάνατον
          σπεῦδε, τὰν δ' ἔμπρακτον ἄντλει μαχανάν.
                                       PÍNDARO, Píticas, III

Ce toit tranquille, où marchent des colombes,
Entre les pins palpite, entre les tombes;
Midi le juste y compose de feux
La mer, la mer, toujours recommencee
O récompense après une pensée
Qu'un long regard sur le calme des dieux!

Quel pur travail de fins éclairs consume
Maint diamant d'imperceptible écume,
Et quelle paix semble se concevoir!
Quand sur l'abîme un soleil se repose,
Ouvrages purs d'une éternelle cause,
Le temps scintille et le songe est savoir.

Stable trésor, temple simple à Minerve,
Masse de calme, et visible réserve,
Eau sourcilleuse, Oeil qui gardes en toi
Tant de sommeil sous une voile de flamme,
O mon silence! . . . Édifice dans l'ame,
Mais comble d'or aux mille tuiles, Toit!

Temple du Temps, qu'un seul soupir résume,
À ce point pur je monte et m'accoutume,
Tout entouré de mon regard marin;
Et comme aux dieux mon offrande suprême,
La scintillation sereine sème
Sur l'altitude un dédain souverain.

Comme le fruit se fond en jouissance,
Comme en délice il change son absence
Dans une bouche où sa forme se meurt,
Je hume ici ma future fumée,
Et le ciel chante à l'âme consumée
Le changement des rives en rumeur.

Beau ciel, vrai ciel, regarde-moi qui change!
Après tant d'orgueil, après tant d'étrange
Oisiveté, mais pleine de pouvoir,
Je m'abandonne à ce brillant espace,
Sur les maisons des morts mon ombre passe
Qui m'apprivoise à son frêle mouvoir.

L'âme exposée aux torches du solstice,
Je te soutiens, admirable justice
De la lumière aux armes sans pitié!
Je te tends pure à ta place première,
Regarde-toi! . . . Mais rendre la lumière
Suppose d'ombre une morne moitié.

O pour moi seul, à moi seul, en moi-même,
Auprès d'un coeur, aux sources du poème,
Entre le vide et l'événement pur,
J'attends l'écho de ma grandeur interne,
Amère, sombre, et sonore citerne,
Sonnant dans l'âme un creux toujours futur!

Sais-tu, fausse captive des feuillages,
Golfe mangeur de ces maigres grillages,
Sur mes yeux clos, secrets éblouissants,
Quel corps me traîne à sa fin paresseuse,
Quel front l'attire à cette terre osseuse?
Une étincelle y pense à mes absents.

Fermé, sacré, plein d'un feu sans matière,
Fragment terrestre offert à la lumière,
Ce lieu me plaît, dominé de flambeaux,
Composé d'or, de pierre et d'arbres sombres,
Où tant de marbre est tremblant sur tant d'ombres;
La mer fidèle y dort sur mes tombeaux!

Chienne splendide, écarte l'idolâtre!
Quand solitaire au sourire de pâtre,
Je pais longtemps, moutons mystérieux,
Le blanc troupeau de mes tranquilles tombes,
Éloignes-en les prudentes colombes,
Les songes vains, les anges curieux!

Ici venu, l'avenir est paresse.
L'insecte net gratte la sécheresse;
Tout est brûlé, défait, reçu dans l'air
A je ne sais quelle sévère essence . . .
La vie est vaste, étant ivre d'absence,
Et l'amertume est douce, et l'esprit clair.

Les morts cachés sont bien dans cette terre
Qui les réchauffe et sèche leur mystère.
Midi là-haut, Midi sans mouvement
En soi se pense et convient à soi-même
Tête complète et parfait diadème,
Je suis en toi le secret changement.

Tu n'as que moi pour contenir tes craintes!
Mes repentirs, mes doutes, mes contraintes
Sont le défaut de ton grand diamant! . . .
Mais dans leur nuit toute lourde de marbres,
Un peuple vague aux racines des arbres
A pris déjà ton parti lentement.

Ils ont fondu dans une absence épaisse,
L'argile rouge a bu la blanche espèce,
Le don de vivre a passé dans les fleurs!
Où sont des morts les phrases familières,
L'art personnel, les âmes singulières?
La larve file où se formaient les pleurs.

Les cris aigus des filles chatouillées,
Les yeux, les dents, les paupières mouillées,
Le sein charmant qui joue avec le feu,
Le sang qui brille aux lèvres qui se rendent,
Les derniers dons, les doigts qui les défendent,
Tout va sous terre et rentre dans le jeu!

Et vous, grande âme, espérez-vous un songe
Qui n'aura plus ces couleurs de mensonge
Qu'aux yeux de chair l'onde et l'or font ici?
Chanterez-vous quand serez vaporeuse?
Allez! Tout fuit! Ma présence est poreuse,
La sainte impatience meurt aussi!

Maigre immortalité noire et dorée,
Consolatrice affreusement laurée,
Qui de la mort fais un sein maternel,
Le beau mensonge et la pieuse ruse!
Qui ne connaît, et qui ne les refuse,
Ce crâne vide et ce rire éternel!

Pères profonds, têtes inhabitées,
Qui sous le poids de tant de pelletées,
Êtes la terre et confondez nos pas,
Le vrai rongeur, le ver irréfutable
N'est point pour vous qui dormez sous la table,
Il vit de vie, il ne me quitte pas!

Amour, peut-être, ou de moi-même haine?
Sa dent secrète est de moi si prochaine
Que tous les noms lui peuvent convenir!
Qu'importe! Il voit, il veut, il songe, il touche!
Ma chair lui plaît, et jusque sur ma couche,
À ce vivant je vis d'appartenir!

Zénon! Cruel Zénon! Zénon d'Êlée!
M'as-tu percé de cette flèche ailée
Qui vibre, vole, et qui ne vole pas!
Le son m'enfante et la flèche me tue!
Ah! le soleil . . . Quelle ombre de tortue
Pour l'âme, Achille immobile à grands pas!

Non, non! . . . Debout! Dans l'ère successive!
Brisez, mon corps, cette forme pensive!
Buvez, mon sein, la naissance du vent!
Une fraîcheur, de la mer exhalée,
Me rend mon âme . . . O puissance salée!
Courons à l'onde en rejaillir vivant.

Oui! grande mer de delires douée,
Peau de panthère et chlamyde trouée,
De mille et mille idoles du soleil,
Hydre absolue, ivre de ta chair bleue,
Qui te remords l'étincelante queue
Dans un tumulte au silence pareil

Le vent se lève! . . . il faut tenter de vivre!
L'air immense ouvre et referme mon livre,
La vague en poudre ose jaillir des rocs!
Envolez-vous, pages tout éblouies!
Rompez, vagues! Rompez d'eaux rejouies
Ce toit tranquille où picoraient des focs!

---