domingo, septiembre 17, 2023

Philippe Soupault / Dos poemas





Antedecir

Inclínate 
y corta la lisa superficie

Naranjas
azules
grises
bermellones
se deslizan y nadan
mis poemas

Alrededor de mi pensamiento
giran
los peces verdes

                  Aquarium, 1917


Horizonte

Toda la ciudad entró a mi habitación
los árboles desaparecían
y la noche se pega a mis dedos
Las casas se convierten en transatlánticos
el ruido del mar ha subido hasta mí
Dentro de dos días llegaremos al Congo
He atravesado el Ecuador y el Trópico de Capricornio
sé que hay colinas innumerables
Notre-Dame oculta al Gaurisankar y las auroras boreales
la noche cae gota a gota
espero las horas

Dadme esa limonada y el último cigarrillo
volveré a París

                               Rose des Vents, 1920

Philippe Soupault (Chaville, Francia, 1897 - París, 1990), Poetas franceses contemporáneos, Ediciones Librería Fausto, Buenos Aires, 1974
Traducción de Raúl Gustavo Aguirre




Avant dire

Penche-toi
et perce la lisse surface

Oranges
bleus
gris
vermillons
glissent et nagent
mes poèmes

Tout autour de ma pensée
virevoltent
les poissons verts


Horizon

Toute la ville est entrée dans ma chambre
les arbres disparaissaient
et le soir s'attache à mes doigts
Les maisons deviennent des transatlantiques
le bruit de la mer est monté jusqu'à moi 
Nous arriverons dans deux jours au Congo
J'ai franchi l'Équateur et le Tropique du Capricorne
je sais qu'il y a des collines innombrables
Notre-Dame cache le Gaurisankar et les aurores boréales 
La nuit tombe goute à goute
j'attends les heures

Donnez-moi cette citronnade et la dernière cigarette
je reviendrai à Paris

sábado, septiembre 16, 2023

Cesare Pavese / De "Poemas inéditos", 3



Ocio

Todos esos grandes carteles pegados a las paredes, 
que presentan, sobre un fondo de fábricas, 
al obrero robusto que se yergue contra el cielo,
caen en pedazos por el sol y el agua. Masino maldice
al ver el rostro fiero sobre las paredes 
en las calles, mientras da vueltas en busca de trabajo.
Uno se levanta a la mañana y se para a mirar los diarios
en los quioscos, con vivos rostros de mujeres a color:
los compara con las que pasan y pierde el tiempo,
pues todas tienen ojeras y caras de cansancio. 
Comparten la calle 
con carteles de cine sobre sus cabezas,
y, con pasos lentos, los viejos vestidos de rojo.
Y Masino, mirando las caras extenuadas
y los colores, se palpa las mejillas y las siente huecas.

Después de comer, Masino vuelve a dar vueltas,
hace de cuenta que ya trabajó. Cruza las calles
y no mira ya la cara de nadie. De noche regresa
y se acuesta un rato en el campo con alguna chica.
Solo, le gusta estar en los campos también,
entre las casas aisladas y los ruidos apagados
y a veces duerme un poco. No faltan mujeres,
como cuando era todavía mecánico: ahora es Masino,
que busca una sola para serle fiel.
Una vez -cuando buscaba trabajo- derribó a un rival
y los colegas, que lo encontraron en una zanja,
debieron vendarle una mano. Tampoco ellos hacen nada
y tres o cuatro, hambrientos, formaron una banda
de clarinete y guitarras -querían llevarlo a Masino
para que cantase- y andaban por las calles pasando la gorra.
Masino dijo que él canta por nada,
a veces, cuando tiene ganas, pero andar molestando sirvientas
por la calle es un trabajo para napolitanos. Y los días que come
se va con pocos amigos a las colinas:
allá se meten en alguna hostería y cantan un poco.
solos, entre hombres. Antes también se subían a una barca,
pero desde el río se ve la fábrica y te hacés mala sangre.

Después de gastar los zapatos delante de los carteles,
a la noche Masino termina en un cine
donde trabajó una vez. Hace bien esa oscuridad
a los ojos agotados de ver tantos faroles.
Seguir la historia no da mucho trabajo:
siempre hay una chica y a veces unos hombres
que se matan a golpes. Hay países
en los que valdría la pena vivir, en lugar
de los estúpidos actores. Masino imagina,
sobre un país de peladas colinas, de prados y fábricas,
su cabeza agrandada en primerísimos planos.
Al menos no dan la rabia que dan los carteles
de colores en las esquinas, y el morro de mujeres pintadas.

Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, Italia, 1908 - Turín, Italia, 1950), Poemas inéditos, Barnacle, Buenos Aires, 2023
Versión de Jorge Aulicino




Ozio

Tutti i gran manifesti attaccati sui muri,
che presentano sopra uno sfondo di fabbrícbe
l’operaio robusto che si erge nel cielo,
vanno in pezzi, nel sole e nell’acqua. Masino bestemmia
a veder la sua faccia piú fiera, sui muri
delle vie, e doverle girare cercando lavoro.
Uno si alza al mattino e si ferma a guardare i giornali
nelle edicole vive di facce di donna a colori.
fa confronti con quelle che passano e perde il suo tempo,
ché ogni donna ha le occhiaie píú stracche. 
Compaiono a un tratto
coi cartelli dei cinematografi addosso alla testa
e con passi sostanti, i vecchiotti vestiti di rosso
e Masino, fissando le facce deformi
e i colori, si tocca le guance e le sente più vuote.
Ogni volta che mangia, Masino ritorna a girare,
perché è segno che ha già lavorato. Traversa le vie
e non guarda piú in faccia nessuno. La sera, ritorna
e si stende un momento nei prati con quella ragazza.
Quando è solo, gli piace restare nei prati
tra le case isolate e i rumori sommessi
e talvolta fa un sonno. Le donne non mancano,
come quando era ancora meccanico: adesso è Masino
a cercarne una sola e volerla fedele.
Una volta -da quando va in giro- ha atterrato un rivale
e i colleghi, che li hanno trovati in un fosso,
ban dovuto bendargli una mano. Anche quelli non fanno più nulla
e tre o quattro, affamati, han formato una banda
di clarino e chitarre -volevano averci Masino
che cantasse- e girare le vie a raccogliere i soldi.
Lui, Masino ha risposto che canta per niente
ogni volta che ha voglia, ma andare a svegliare le serve
per le strade, è un lavoro da napolitani. I giorni che mangia,
porta ancora con sé pochi amici a metà la collina:
là si chiudono in qualche osteria e ne cantano un pezzo
loro soli, da uomini. Andavano un tempo anche in barca,
ma dal fiume si vede la fabbrica, e fa brutto sangue.

Dopo un giorno a strisciare le suole davanti agli affissi,
alla sera Masino finisce al cinema
dove ha già lavorato, una volta. Fa bene quel buio
alla vista spossata dai troppi lampioni.
Tener dietro alla storia non è una fatica:
vi si vede una bella ragazza e talvolta c’è uomini
che si picchiano secco. Vi sono paesi
che varrebbe la pena di viverci, al posto
degli stupidi attori. Masino contempla,
su un paese di nude colline, di prati e di fabbriche,
la sua testa ingrandita in primissimi piani.
Quelli almeno non dànno la rabbia che dànno i cartelli
colorati, sugli angoli, e i musi di donna dipinti.

viernes, septiembre 15, 2023

Hernán Sagristá / El ministerio de la belleza




El municipio era la patria y la patria
no era más que belleza. El municipio,
por consiguiente, era indivisible patria y belleza.
El intendente eligió tres de sus mejores hombres
para embellecer la patria que era el municipio.
Los juntó en el Ministerio Público
de Plazas, Paseos y Rocailles. Enemistados
por viejos rencores y por quien se prendía
más de la ubre de la loba, cuando al arquitecto
se le encomendaba una maison folie para realzar
lo galo de nuestro pueblo, ahí estaba el naturalista
a hurtadillas de noche plantando entre los techos y
balaustres, líquenes y musgos de alta regeneración
que expandían la humedad en la obra hasta
debilitarla y otorgarle una belleza antigua.
Si el naturalista armaba linda plaza en las afueras,
iba el jardinero —así le decían al paisajista—
con su pandilla de ítalos albañiles a cementarla
con ornamentos de falsa naturaleza. Si el arquitecto
fumaba pipa inglesa, el naturalista se hacía traer
un calumet de los Pawnee; para no ser menos,
el jardinero armaba su propio bong casero.
Así el ministerio, la patria y su belleza. Dejados
en los puertos, aquellos echados en los pastos
ignoraban que a su alrededor se zanjaba una guerra
mientras esperaban la huelga.

Hernán Sagristá (Buenos Aires, 1974), Falso inanimado, Barnacle, 2021 


jueves, septiembre 14, 2023

Nizar Qabbani / Patria de alquiler




1
Cada día
me siento con un amigo italiano, Roberto.
Cada día
llevo esbozos de poesía
y me los como en lugar del desayuno...
Roberto conoce mi rostro,
mide el viaje de mi tristeza en metros.

2
Cada día
camino sobre las hojas secas.
Cada día
hablo con el lenguaje de la hierba
y entiendo los sentimientos de los árboles.
Cada día
construyo una esperanza con los colores del espectro
y un pueblo de flores...
Cada día
guardo en él la montura del mar.
La policía dice: no hay mares.
Cada día
construyo un país en el que vivo
y las lluvias lo arrastran...

3
Cada día
me pongo un abrigo,
cruzo la calle,
ocupo un asiento,
pido un café
y compro los periódicos de los países de Oriente Medio.
No me entusiasmo por abrirlos:
las noticias son las noticias
en el siglo primero y en el décimo.
Las noticias son las noticias...

4
Cada día
me siento con un amigo italiano, Roberto.
Cada día
pido una copa de coñac francés,
me trago una espada de fuego,
escribo poesía en una servilleta
y llora al leerla la chica del bar...

Cada día
se sienta en mi cama una mujer
y el destino me la arrebata.
Cada mujer lleva un hijo mío
y el huracán la golpea.
Cada día
escribo un poema a la libertad
que prohíben hasta los que son libres...

6
Ay, amiga mía:
las hormigas tienen patria,
los gusanos tienen patria,
las ranas tienen patria,
los ratones tienen patria,
las liebres tienen patria,
las lagartijas y las cucarachas...
pero yo no poseo ninguna patria.
Por eso, amiga mía, vivo
en una patria de alquiler.

Nizar Qabbani (Damasco, 1923 - Londres, 1998), El libro del amor, Hiperión, Madrid, 2001; poesiaarabe.com 
Traducción de de María Luisa Prieto
Envío de Jonio González


Foto: Modo de Usar & Co.

miércoles, septiembre 13, 2023

María Belén Aguirre / Dos poemas




Un caer hacia arriba muy cansado.
Un deshielo polar en la nevera.

Una mañana cualquiera. Esta, por ejemplo.
Un ejemplo que de tan singular lo explique todo.
Una duda, una suspensión momentánea del tiempo
en el espacio.
Una certeza, una flecha asertiva hacia Allá, envenenada.
Un ciervo de papel, en un bosque de papel. Polonia,
1996. Wisława escribe con letra diminuta la palabra
hierba y a las fauces con mano temblorosa se la acerca.
En el reverso de la alegría, la tristeza de escribir siempre
lo mismo.
Una demasiada presencia de la Realidad en la Poesía
diezmará comarcas enteras. Y no habrá sitio en este
mundo para tanto muerto. Amuchados, hacinados,
hermanados y al borde / del incesto
la tentación copulará en sus sienes
el atávico sueño del origen.
Y de la Realidad nacerán vástagos monstruosos.
Este es el sintagma y el paradigma.
Este, el catre en que me hundo.
Un espejo multiplica y aborrece. Yo escribo
a la velocidad de las sombras este, mi último poema.
Y mojo el canuto de mi pluma en el petróleo derramado
de las playas, de cuclillas
ante el estuario en que tu barca ha encallado.

Una tarde cualquiera. Esta, por ejemplo.
(El ocaso en que los pájaros migraron hacia el sur
solo su canto llevaban de equipaje, y en la garganta
de sus cogotitos pesaba más la nostalgia que el futuro).

Yo dije: No. Pero mi No
no detuvo el perverso
curso de la Historia.

Los duraznos de Cézanne relucen sobre la mesa.
Ya rebasan el mimbre del canasto. Ya se vuelven
para mí agua en la boca. Ya en el lienzo de la Mímesis
hinco el filo de mis colmillos. Ya sangran.
Ya ruedan bajo el agua
los carozos.

Una noche cualquiera. Esta, por ejemplo.
En procesión marchaban hacia el patíbulo
danzando los verdugos. A Dios reconocí, era el último.
Tenía Dios mi rostro, mis facciones, el mismo
rictus de mi boca. El mismo horror,
la misma plenitud de un fracaso contundente.

Este es, pues, mi lacrimae rerum.
Lágrimas de cocodrilo evaporándose
bajo el sol tibio de este otoño.

La opulencia y la escasez
han concluido.

Requiescat in pace.

La épica que arqueaba mis espaldas
por fin ha terminado.

La llave que abría se quebró, 2022

*

Tamar departe con Satán
a las puertas del Averno
(o Los inescrutables designios
del Señor)

Pero no está mal
que quieras el bien.
También yo
en algún momento
lo he deseado.
Después el Padre
fustigó mi alma
con empresas
oprobiosas.
Esculpió en mí
al monstruo necesario.
Y al mirarme al espejo
también yo
temí.

Fui sin dudar
la serpiente alada,
Eva, Caín y las fieras degolladas,
el cuchillo de Abraham,
la lascivia procreativa de Yahvé,
Lot fingiéndose dormido,
los hijos incestuosos,
el círculo perfecto,
la lepra de Job,
la viudez de Ruth,
los hijos de Jacob,
las diez plagas de Egipto,
Egipto,
la chispa que originó el gran incendio de Roma,
Roma,
la noche en que fueron concebidos
los niños perentorios,
la insidiosa mirada de Juan el Bautista,
la avaricia de Herodías,
las caderas de Salomé,
yo mismo en el desierto
saboreando la piedra,
las falsas promisiones,
el ósculo de Judas,
la negación de Pedro,
los clavos,
el madero,
la mosca pordiosera
zumbando
en el oído virgen
de mi hermano,
la doctrina crepitando
bajo el cuerpo combustible
Juana de Arco, los herejes
y las brujas,
Santa María, La Niña, La Pinta,
1492, Primera Guerra Mundial.
La serialización en las fábricas de la muerte,
Auschwitz.
Y Amnón he sido
entrando el Tamar.
Su horrenda virilidad.
Su miembro tumefacto.
La palma de su mano
abierta contra mi boca.
La impunidad iluminada
de esa mañana.
El temor de los sirvientes
a auxiliarte.

La obediencia.

La vara quebradiza de David.
Y también los celos de Absalón.
La rama inoportuna del árbol
que lo ahorcó.

La oscilación pendular de su cuerpo
por segunda vez impotente.

La manga de tu túnica
rota en el piso.

La impudicia de esa brisa
en tu brazo desnudo.

Tu pequeño puño cerrado.
Tus uñas incrustadas
en las líneas del destino.

La mudez de tu lengua
desde entonces.

Lo que he debido
soy.

Hace calor, mi niña.
Y estoy temblando.

El silencio de Tamar, 2014

María Belén Aguirre (Tucumán, Argentina, 1977)


Foto: La Nación 

martes, septiembre 12, 2023

Alejandro Méndez Casariego / De "Un lugar entre los ojos"



19

Cuando tomamos esa foto
era tiempo de jubileo de las almas.
Pero mi hija, trepada sobre mis hombros
entrecierra los ojos, y presiente.

En el borde inferior, sobre el recuadro blanco,
un cartelito advierte: 
dos de diciembre del setenta y cinco.
Detrás, una alameda
y un camino de tierra entre viñedos
atravesado por bastones de sol.

Al poco tiempo
alguien cerró las esclusas,
desintegró las hojas. Una helada ventisca
cayó sobre los álamos. El tiempo
no pasó sin consecuencias:
no hubo otro resplandor como aquel,
la tibieza se perdió
entre la escarcha de las hojas
podadas a destiempo
por un invierno repentino y feroz.

                                   (verano del 76, Tunuyán, Mendoza)

Alejandro Méndez Casariego (Buenos Aires, 1952)

Un lugar entre los ojos
La Gran Nilson, 
Buenos Aires, 2023










lunes, septiembre 11, 2023

Harriet Monroe / El jardín



Oculto bajo la colina,
Cargado de túnicas trepadoras y enmarañados velos de verdor,
Hasta el punto de que sólo su pequeño y macilento rostro era visible,
El jardín yace tímido y melancólico,
Suspirando de amor por el verano que parte,
Haciendo sonar en el aire la melodía de su pequeña y goteante fuente.
Y por encima de todo, imponiendo el silencio, tranquilizadoras,
Las clemátides se tienden
Como una nieve temprana.

Harriet Monroe (Chicago, Estados Unidos, 1860 - Arequipa, Perú, 1936), The Difference and Other Poems, MacMillan, Nueva York, 1925. Edición digital en archive.org. 
Versión de Jonio González.


Foto: Harriet Monroe, 1920 Universidad de Chicago


THE GARDEN

Hiding under the hill,
Heavy with trailing robes and tangled veils of green,
Till only its little haggard face was visible,
The garden lay shy and wistful,
Lovelorn for summer departing,
Blowing its little trickling fountain tune into the air.
And over all, hushing, soothing,
Lay the clematis
Like early snow.

domingo, septiembre 10, 2023

Richard Wilbur / Parábola



Leí cómo don Quijote en su cabalgata a la ventura
Llegó a un cruce y para no perder
La pureza de lo fortuito, no se decidió
Por un rumbo sino que quiso que su caballo eligiera.

Porque la gloria yacía en todos los caminos,
Su cabeza estaba fresca de orgullo, los zapatos

De su caballo estaban pesados y se encaminó
       hacia el establo.

Richard Wilbur (Nueva York, Estados Unidos, 1921 - Belmont, Estados Unidos, 2017), Nueva poesía U.S.A., Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 1970
Versión de Marcelo Covián



Parable

I read how Quixote in his random ride
Came to a crossing once, and lest he lose
The purity of chance, would not decide

Whither to fare, but wished his horse to choose.
For glory lay wherever he might turn.
His head was light with pride, his horse's shoes

Were heavy, and he headed for the barn.

Collected Poems 1943-2004 © Harcourt, Inc.
---
Foto: ABC/EFE

sábado, septiembre 09, 2023

William Carlos Williams / A Marco Antonio en el paraíso




Esta quieta luz reflejada de la 
mañana, cuántas veces
desde el pasto y los árboles y nubes
entra en mi cuarto del norte
tocando las paredes
con pasto y nubes y árboles.
Antonio,
árboles y pasto y nubes.
¿Por qué seguiste 
a ese cuerpo  adorado
con tus barcos hasta Actium?
Espero que lo hayas hecho
porque la conocías palmo a palmo
desde el pie inclinado para arriba
hasta las raíces de su pelo
y abajo de nuevo y que
la viste
sobre la furia de la batalla -
Nubes y árboles y pasto -

Porque entonces tú estás
escuchando en el paraíso.

William Carlos Williams (Rutherford, Nueva Jersey, Estados Unidos, 1883 - 1963), Nueva poesía U.S.A., Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 1970
Traducción de Marcelo Covián


Foto: Williams Carlos Williams en la portada de Selected Poems, New Directions, 1985


To Mark Anthony in heaven

This quiet morning light
reflected, how many times
from grass and trees and clouds
enters my north room
touching the walls with
grass and clouds and trees.
Anthony,
trees and grass and clouds.
Why did you follow
that beloved body
with your ships at Actium?
I hope it was because
you knew her inch by inch
from slanting feet upward
to the roots of her hair
and down again and that
you saw her
above the battle's fury —
clouds and trees and grass —

For then you are
listening in heaven.

viernes, septiembre 08, 2023

Raúl González Tuñón / De "Canciones del Tercer Frente", 6



La luna con gatillo

Es preciso que nos entendamos.
Yo hablo de algo seguro y de algo posible.
Seguro es que todos coman
y vivan dignamente
y es posible saber algún día
muchas cosas que hoy ignoramos.
Entonces, es necesario que esto cambie.

El carpintero ha hecho esta mesa
verdaderamente perfecta
donde se inclina la niña dorada
y el celeste padre rezonga.
Un ebanista, un albañil,
un herrero, un zapatero,
también saben lo suyo.

El minero baja a la mina,
al fondo de la estrella muerta.
El campesino siembra y siega
la estrella ya resucitada.
Todo sería maravilloso
si cada cual viviera dignamente.

Un poema no es una mesa,
ni un pan,
ni un muro,
ni una silla,
ni una bota.

Con una mesa,
con un pan,
con un muro,
con una silla,
con una bota
no se puede cambiar el mundo.

Con una carabina,
con un libro,
eso es posible.

¿Comprendéis por qué
el poeta y el soldado
pueden ser una misma cosa?

He marchado detrás de los obreros lúcidos
y no me arrepiento.
Ellos saben lo que quieren
y yo quiero lo que ellos quieren:
la libertad, bien entendida.

El poeta es siempre poeta
pero es bueno que al fin comprenda
de una manera alegre y terrible
cuánto mejor sería para todos
que esto cambiara.

Yo los seguí
y ellos me siguieron.
¡Ahí está la cosa!

Cuando haya que lanzar la pólvora
el hombre lanzará la pólvora.
Cuando haya que lanzar el libro
el hombre lanzará el libro.
De la unión de la pólvora y el libro
puede brotar la rosa más pura.

Digo al pequeño cura
y al ateo de rebotica
y al ensayista,
al neutral
al solemne
y al frívolo,
al notario y a la corista,
al buen enterrador,
al silencioso vecino del tercero,
a mi amiga que toca el acordeón:
-Mirad la mosca aplastada
bajo la campana de vidrio.

No quiero ser la mosca aplastada.
Tampoco tengo nada que ver con el mono.
No quiero ser abeja.
No quiero ser únicamente cigarra.
Tampoco tengo nada que ver con el mono.
Yo soy un hombre o quiero ser un verdadero hombre
y no quiero ser, jamás,
una mosca aplastada bajo la campana de vidrio.

Ni colmena, ni hormiguero,
no comparéis a los hombres
nada más que con los hombres.

Dadle al hombre todo lo que necesite.
Las pesas para pesar,
las medidas para medir,
el pan ganado altivamente,
la flor del aire,
el dolor auténtico,
la alegría sin una mancha.

Tengo derecho al vino,
al aceite, al Museo,
a la Enciclopedia Británica,
a un lugar en el ómnibus,
a un parque abandonado,
a un muelle,
a una azucena,
a salir,
a quedarme,
a bailar sobre la piel
del Último Hombre Antiguo,
con mi esqueleto nuevo,
cubierto con piel nueva
de hombre flamante.

No puedo cruzarme de brazos
e interrogar ahora al vacío.
Me rodean la indignidad
y el desprecio;
me amenazan la cárcel y el hambre.
¡No me dejaré sobornar!

No. No se puede ser libre enteramente
ni estrictamente digno ahora
cuando el chacal está a la puerta
esperando
que nuestra carne caiga, podrida.

Subiré al cielo,
le pondré gatillo a la luna
y desde arriba fusilaré al mundo,
suavemente,
para que esto cambie de una vez.

Raúl González Tuñón (Buenos Aires, 1905 - 1974), "Canciones del Tercer Frente", 1943, La luna con gatillo. Selección de poemas líricos, sociales y políticos, tomo II, Editorial Cartago, Buenos Aires, 1957


Foto: Raúl González Tuñón y su firma en las primeras páginas de A la sombra de los barrios amados, Editorial Lautaro, Buenos Aires, 1957; abajo: la portada de la primera edición de Canciones del Tercer Frente, Editorial Problemas, 1941 










jueves, septiembre 07, 2023

Emily Brontë / Esperanza



La Esperanza sólo fue una amiga fugaz;
Libre en su guarida
Miraba cómo corría mi destino,
Casi como lo hacen los hombres egoístas.

Ella fue cruel en su cobardía.
Un día muy triste me asomé
Para verla tras mis rejas
¡Y ella me dio vuelta la cara! 

Como una guardiana falsa, como una vigilante inútil
Aun así, en la congoja, me susurró paz
Cantó mientras yo lloraba
Y al ver que la escuchaba dejó de hacerlo.

Cuando mis últimas alegrías se derramaron por el suelo,
Se mostró traidora y despiadada; 
Hasta el propio Dolor, arrepentido, miró
Esos tristes despojos caídos;

Pero la Esperanza, cuya mirada hubiera
Calmado mi tremendo dolor,
Estiró sus alas y se elevó al cielo,
¡Se fue y no regresó jamás!

Emily Jane Brontë (Thornton, Inglaterra, 1818 - Haworth, Inglaterra, 1848), Brontë, A., Brontë, C., and Brontë, E., Poems, by Currer, Ellis, and Acton Bell, Aylott and Jones, Londres, 1846. University of South Florida
Traducción de Carmen Verlichak


Imágenes: arriba, las hermanas Brontë (de izquierda a derecha: Anne, Emily y Charlotte), pintadas por su hermano, Patrick Branwell, 1834 (detalle), National Portrait Gallery, Londres; abajo: la portada del libro que las hermanas Brontë firmaron con los seudónimos de Currer, Ellis y Acton Bell, University of Leeds / Wikimedia Commons


Hope

Hope Was but a timid friend;
She sat without the grated den,
Watching how my fate would tend,
Even as selfish-hearted men.

She was cruel in her fear;
Through the bars one dreary day,
I looked out to see her there,
And she turned her face away!

Like a false guard, false watch keeping,
Still, in strife, she whispered peace;
She would sing while I was weeping;
If I listened, she would cease.

False she was, and unrelenting;
When my last joys strewed the ground,
Even Sorrow saw, repenting,
Those sad relics scattered round;

Hope, whose whisper would have given
Balm to all my frenzied pain,
Stretched her wings, and soared to heaven,
Went, and ne’er returned again!



miércoles, septiembre 06, 2023

Juan Meneguín / De "Astronomías para nictálopes"




Astronomía para nictálopes


          Todos los mundos nacen de ti
              Svatasvatara Upanisad, 4-4


1.

La doble hélice del cometa brilla al crepúsculo,
pronto habrá consumido últimas moléculas de lejano hielo
cuando acaricie la corona solar
y serán solo fragmentos de sueños encendidos
toda su vida de hiperbólico viaje.
Sentado aquí, al borde del Acantilado de Kuiper,
al término de una meseta de cien unidades astronómicas
donde la luz de la estrella llega ya oblicua,
con las piernas colgando a un vacío de treinta mil años luz
donde alguna vez nacieran los cometas visitantes del borde,
veo en mi mente la luz esplendorosa de algún atardecer de la Tierra,
el punto de fuga de todo un misterio, con
la infancia al verano en sus cielos claros
cuando nos acostábamos en las terrazas de la noche
para contar meteoritos en épocas de gemínidas o cuadrántidas
mientas nos íbamos quedando dormidos
y dentro de los párpados,
brillando todavía tanta luz,
la compañera roja de Mimosa y la gigante doble en el río oscuro de Carina.
¿Por qué la luz y no la respiración 
de ese carburante que nos da la vida y también la quita?
¿Por qué la luz, pálido viento solar que llega 
hasta estas piernas que descansan al filo del precipicio? 
Pálido viento de un Sol que llega ya curvado ya menguante
la luz del Sol del tercer planeta, 
coalescente brisa de fotones últimos entre las piernas, 
brillo póstumo de una estrella tan eterna tan efímera
en las viejas noches de un pueblo de provincia
mientras se encendían las calderas de los trenes
que habrían de partir hacia la oscuridad,
cuando ya callaran las criaturas nocturnas
y se inauguraban otros sonidos,
propios del trabajo del hombre y sus rutinas
-- una fragua crepitando en sus rojos carbones,
un martillo que cae al fierro y lo moldea,
una limpia campana de taller --
Veo un mundo que despierta al frío
en aquel barrio al sur,
con la abrigada niñez de lanas por varias capas;
escucho un mundo que renace cada día 
anterior a la escarcha y los fríos de junio, 
y el sonido es anterior a la luz,
anterior al día que habrá de venir con la luz, 
disipando la niebla y las ventanas empañadas,
como empañadas vías de tren ahí cerca, y un monte de aromitos
floreciendo, envueltos en una telaraña de rocío, cada gota un prisma,
cada gota un mundo donde la luz se descompone en su espectro visible, 
como si fuera la tarde la mañana el día primero, 
y aquel niño era dueño de todas las cosas creadas
y todos los mundos que nacían de las cosas creadas --
Una mañana descubro un duraznero en flor 
y otra mañana sus primeros frutos de avanzada primavera,
y las flores del aromito ya son recuerdo
aunque su aroma todavía permanece en un patio de casa italiana
donde sobrevuelan las criaturas y más allá más arriba
aún era digno llamar «aeroplano» a los Pipper de aeroclub
con sus alas enteladas y su ronroneo lento a tres mil pies --

2.

Pero el hombre que se acuesta tarde 
y ve los sirirís que vuelan altos en la noche,
sabe que mañana va a llover. Sabe 
que esa formación en ala delta
avanzará al oeste sin sextante ni satélites,
saludando la altura sobre un pueblo,
donde en sus orillas maduran los maizales,
y los paisanos curtidos de chacras y viejos tractores
buscan en las nubes un código escrito de lluvias previstas e imprevistas,
y escuchan ese saludo como un mensaje, porque
huelen la baja presión de un cielo cargado de iones
y sienten la humedad del aire en sus huesos,
y hay nubes de verano en sus ojos vencidos...
Busco un punto de luz en la mirada lateral, un rojo particular
que no admite iguales en el fondo de estrellas al Sur,
un color que va naciendo con la noche,
que no podemos ver de frente porque otros mundos encandilan 
y enceguecen las magnitudes límites del telescopio.
Pupila abierta a la oscuridad: otras tierras nacen 
y se forman delicadas en las células bastón del ojo, incendiado 
por la luz de las estrellas que cantan, y más allá de todo,
más allá del límite del cielo, donde hay siquiera 
imágenes fragmentarias de un azul tercer planeta--
Cien millones de soles en el telescopio, el corazón
de Omega Centauri late un enjambre de luciérnagas al sur del Trópico
y al rocío de la madrugada; la fresca noche declina
como hacia el cuerpo de una mujer hermosa y desnuda 
durmiente aún bajo las estrellas últimas y el rocío último
donde cada gota es un espejo convexo que refleja un sol diferente,
que la brisa diluye y difunde hacia aquellos árboles,
entrevistos apenas bajo la luz de Sirio, y el azahar
que regresa ayer de un horizonte de colinas y de una mañana fragante,
mientras caminara yo entre frutales y fresca arena
donde la luz toda fuese de iridio y topacio, 
nacida de espejos cósmicos esas gotas de rocío,
aire nuevo y claro cielo a la hora del equilibrio --

3.

Invisible Mercurio, extraño tu incandescencia al ocaso;
invisible Marte, extraño fuego errante. Ya Saturno en Tauro, 
otra vez el cielo de las Pleyades en las noches de verano,
inalcanzables ya aquellas moradas, vaporizadas en la luz del pasado,
cuando no es este centro de gravedad, mi centro de gravedad,
ni aquel mi horizonte, horizonte de eventos. ¿Cuánto demoraré
en llegar a mi centro? ¿Cuánto tiempo más en mi tiempo?
No hay colores ni sonidos ni tiene formas este cielo,
sólo radiación, ruido blanco de como piedras triturándose
en la absoluta sombra; la creación que no fue,
el reloj detenido un terasegundo antes; el día domingo que no comenzó, 
la casa a la que estoy regresando y jamás llegaré.
En la luz del telescopio es ahora el horizonte 
donde el viento solar ya descansa; estas tierras grises 
y estos arbustos sobrevivientes. Es aquí 
donde el ojo recibe las impresiones más primitivas
y exceden la capacidad del alma para entender,
el no espacio y el no presente, y el mañana que fue ayer.
Sentado al borde del Cinturón de Kuiper, con los pies
colgando al vacío como en un acantilado
a treinta mil años luz del corazón, el Brazo de Orión
se alarga hacia el Gran Silencio
y me arroja lejos, lejos de todos estos mundos.

Juan Meneguín (Concordia, Argentina, 1958)

Astronomías para nictálopes.
Selección de Poesía 1997-2022,
Ediciones El Suri Porfiado,
Buenos Aires, 2023










martes, septiembre 05, 2023

Antonia Pozzi / El perro sordo



Sordo por el fuerte viento
que en el castillo vuela y grita
se ha quedado el perro.

Sobre los baluartes -en el lago
tendidos- corre,
sin sobresaltos:
ni el musgo de las piedras
a gran altura lo amenaza,
ni una teja removida.

Tan cerrada y entera
está en él la fuerza
desde que ya no tiene nombre
para nadie
y va por su propia
línea secreta
libre.

25 de septiembre de 1933

Antonia Pozzi (Milán, Italia, 1912 - 1938), Inicio de la muerte, La Bella Varsovia, España, 2019 Vía revista Ñ, Buenos Aires, 2.9.2023
Traducción de María Martínez Bautista


Foto: La Soga


Il cane sordo

Sordo per il gran vento
che nel castello vola e grida
è divenuto il cane.

Sopra gli spalti – in lago
protesi – corre,
senza sussulti:
né il muschio sulle pietre
a grande altezza lo insidia,
né un tegolo rimosso.

Tanto chiusa e intera
è in lui la forza
da che non ha nome
più per nessuno
e va per una sua
segreta linea
libero.

25 settembre 1933

lunes, septiembre 04, 2023

Joaquín Pasos / Tres poemas




Poema inmenso

En estas tardes tu perfil no tiene línea precisa
pues no hay un límite en tu gesto para el principio de tu sonrisa
pero de repente está en tu boca y no se sabe cómo se filtra
y cuando se va nunca se puede decir si está allí todavía
lo mismo que tu palabra de la cual jamás oímos la primera sílaba
y nunca terminamos de escuchar lo que decías
porque estás tan cercana en esta lejanía
que es inútil preguntar cuándo vino tu venida
pues entonces nos parece que has estado aquí toda la vida
con esa voz eterna con esa mirada continua
con ese contorno inmarcable de tu mejilla
sin que podamos decir aquí comienza el aire y aquí la carne viva
sin conocer aún dónde fuiste verdad y no fuiste mentira
ni cuándo principiaste a vivir en estas líneas
detrás de la luz de estas tardes perdidas
detrás de estos versos a los cuales estás tan unida
que en ellos tu perfume no se sabe ni dónde comienza ni
dónde termina


Los indios viejos

Los hombres viejos, muy viejos, están sentados
junto a sus cabras, junto a sus pequeños animales mansos.
Los hombres viejos están sentados junto a un río
que siempre va despacio.
Ante ellos el aire detiene su marcha,
el viento pasa, contemplándolos,
los toca con cuidado
para no desbaratarles sus corazones de ceniza.

Los hombres viejos sacan al campo sus pecados,
éste es su único trabajo.
Los sueltan durante el día, pasan el día olvidando,
y en la tarde salen a lazarlos
para dormir con ellos calentándose.


Cementerio

La tierra aburrida de los hombres que roncan
es aquella que habitan los pájaros pobres,
las gallinas que comen las piedras,
las lechuzas que braman de noche.
Una jícara negra, una seca tinaja,
un carbón, una mierda, una cáscara.

En la tierra aburrida de los hombres que roncan,
donde viven los pájaros tristes, los pájaros sordos,
los cultivos de piedras, los sembrados de escobas.
Protejan los escarabajos, cuiden los sapos
el tesoro de estiércol de los pájaros pobres.
Los pájaros enfermos, los vestidos de sombra,
los que habitan la tierra de los hombres que roncan.

Tengo un triste recuerdo de esa tierra sin horas,
la picada de pájaros, la que se desmorona.
Con murciélagos me persigue de noche
su horizonte de barro y su luna de broza.
En la tierra aburrida de los hombres que roncan
se hizo piedra mi sueño, y después se hizo polvo.

Joaquín Pasos (Granada, Nicaragua, 1914 - Managua, 1947), Poemas de un joven, edición de Ernesto Cardenal. Fondo de Cultura Económica, México, 1962


Foto: Altazor s/d

domingo, septiembre 03, 2023

Antonio Nazzaro / De "Il Tinnito"




Tinnitus
(los inicios)

la señora de la bata semi abotonada abre la puerta y sonríe. me habla en voz alta, un poco estridente, lo bastante como para dañar mi oído. logra superar la frecuencia del tinnitus. calzo obedientemente los raros auriculares. escucho una serie de sonidos. todos parecen más dulces que el mío. me mira y siempre en tono alto dice que el tímpano está bien. escucho el tinnitus reírse. me golpeo la oreja con la esperanza de que se detenga. la mujer de la bata semi abotonada me hace señas para que entre a una habitación. de aquellas que se hacen para no oír el mundo. él silba alegremente. ama el silencio. nuevos auriculares: siento salir las palabras cada vez que presiono el botón. como un jugador de un programa de juegos. la bata semi abotonada abre la puerta: todo está bien. usted se oye genial. siento reír a reventar en mi oído. la bata semi abotonada explica que lo mejor es evitar el silencio. al tinnitus le encanta cantar solo. los coros lo fastidian.


Tinnitus
(viajero/emigrante)

una caracola de tierra
muevo mis pasos en la mañana alpina

en la ventana la mirada
hace del cielo un mar plano

una caracola
la oreja lleva en la cabeza

el eco de los océanos y mares
todos los posibles del emigrante

el tinnitus sentado en el lóbulo
canta mil lenguas y tierras


Tinnitus
(épico)

no me perderé en la espesa niebla de Londres
atravesada por el canto perdido de Trafalgar

ni en la también espesa de Eridanus
para hacer eco de los gritos de batracomiomaquia

ni en aquella colgada de las cumbres andinas
atravesada por el silbido del Libertador

ni en la vertida por Atenea sobre las costas de Itaca
para ocultarlas a la mirada de Ulises

ni en aquella dulcemente adormilada sobre las Highland
tejida por los elfos del agua

el fiel tinnitus corcel del chirrido
desde las nieblas llama a la tierra

y no puedes perder el camino
solo seguir el infinito silbido

Antonio Nazzaro (Turín, Italia, 1963), Il Tinnito, inédito
Versión de Jorge Aulicino




Tinnito
(gli inizi)

la signora con il camice semi abbottonato apre la porta e sorride. mi parla con voce alta un po’ squillante tanto da ferirmi il sentire. riesce a superare la frequenza del tinnito. obbediente calzo delle strane cuffie. ascolto una serie di suoni. sembrano tutti più dolci del mio. mi guarda e sempre in tono alto dice che il timpano è a posto. sento il tinnito che se la ride. mi colpisco l’orecchio sperando di farlo smettere. la donna dal camice semi abbottonato mi fa segno d’entrare. una stanza di quelle fatte per non sentire il mondo. lui fischietta felice. adora il silenzio. nuove cuffie: sento uscire le parole per ciascuna schiaccio il pulsante. come un giocatore di quiz televisivi. il camice semi abbottonato apre la porta: tutto bene. lei ci sente benissimo. sento ridere a crepapelle dentro l’orecchio. il camice semi abbottonato spiega che la cosa migliore è evitare il silenzio. il tinnito ama cantare da solo. i cori gli danno fastidio.


Tinnito 
(viaggiatore/emigrante)

una conchiglia di terra
muovo passi sul mattino alpino

alla finestra lo sguardo
fa il cielo mare piatto

una conchiglia
l’orecchio porta nella testa

l’eco degli oceani e dei mari
tutti i possibili dell’emigrante

il tinnito seduto sul lobo
canta mille lingue e terre


Tinnito
(epico)

non mi perderò nella nebbia densa di Londra
trafitta dal canto perduto di Trafalgar

né in quella spessa dell’Eridano
a riecheggiare le urla della batracomiomachia

né in quella impigliata alle cime andine
attraversata dal fischiettare del Libertador

né in quella versata da Atena sulle coste d’Itaca
a nascondere lo sguardo d’Ulisse

né in quella dolce addormentata sulle Highlands
tessuta dagli elfi dell’acqua

il fedele tinnito destriero dello stridio            
dalle nebbie richiama alla terra

e non si può perdere il cammino
solo seguire l’infinito sibilo

sábado, septiembre 02, 2023

Alvaro Mutis / Cita



Y ahora que sé que nunca visitaré Estambul,
me entero que me esperan en la calle de Shidah Kardessi,
en el cuarto que está encima de la tienda del oculista.
Un golpe de aguas contra las piedras de la fortaleza,
me llamará cada día y cada noche
hasta cuando todo haya terminado.
Me llamará sin otra esperanza
que la del azar agridulce
que tira de los hilos neciamente
sin atender la música
ni seguir el asunto en el libreto.
Entretanto, en la calle de Shidah Kardessi
tomo posesión de mis asuntos
mientras se extiende el tiempo
en ondas crecientes y sin pausa
desde el cuarto que está encima
de la tienda del oculista

Álvaro Mutis (Bogotá, 1923 - Ciudad de México, 2013), Los trabajos perdidos, Era, Ciudad de México, 1965
Envío de Jonio González


viernes, septiembre 01, 2023

Demetrio Korsi / Dos poemas



Los ruiseñores ciegos

En jaula de oro su prisión tenían
mis ruiseñores, aves melodiosas
que honda nostalgia del azul sentían
en el tibio jardín, donde las rosas
-embriagadas de sol- languidecían. . .

Yo era perverso, como un Borgia altivo.
Vasta y rugiente orgia fué mi historia
sólo sabe Dios por qué estoy vivo;
¡pero de toda soñación cautivo,
de odio cegué y enloquecí de gloria!

Y constelé mi corazón de ensueños,
aunque la carne, el ídolo de lodo,
fué el más constante de mis dulces dueños:
pero salvé el tesoro de mis sueños,
de azul sonámbulo y de amor beodo.

Hice un lindo jardín en mi palacio
para escuchar mis pájaros en calma,
y, bajo un cielo de ópalo y topacio,
pensé que era más grande que el espacio
el glorioso infinito de mi alma. . .

Los ruiseñores, en sus jaulas de oro,
de sus arpegios el gentil derroche
oír dejaban en sonoro coro,
cuando de los luceros el tesoro
fulgía entre las sombras de la noche.

Mas, al llegar el alba, entristecían
esas aves. . . que quedaban silenciosas...
Y honda nostalgia del azul sentían
al ver que las estrellas se dormían
al despertar en el jardín las rosas.

Ansié una tarde disfrutar los magos
arpegios de mis pájaros cantantes;
en esa tarde azul, los cisnes vagos
se hubieran dicho lirios ambulantes
sobre el cristal de los dormidos lagos. . .

Pero los ruiseñores no cantaron. . .
-¡Más me valiera -dije- tener cuervos!
Y furiosas mis manos se crisparon,
y, a mi mandato de crueldad, temblaron
los colosales y desnudos siervos.

Sacáronle los ojos a los suaves
cantores de la gloria y la armonía,
con un largo alfiler, los siervos graves;
¡y a sus cuencas sin ojos, esas aves
sintieron que la noche descendía!

Desde entonces, sus trinos no han cesado. . .
¡No necesitan escuchar mis ruegos
para entonar su cántico exaltado!
¡Y cada día estoy más encantado
con mis preciosos ruiseñores ciegos!

Tierras vírgenes, 1923


Nocturno en gris

Lo gris se vuelve lluvia por la noche,
y esos muertos quisieran un gabán
para arropar sus sueños bajo tierra.
Al otro lado de la calle, un muro
con su verja de hierro, hecha exprofeso
no para que contemplen el mutismo
de tanta cruz anónima sin flores,
sino el parque de mármoles que encierra.

Las dos de la mañana. Insomnio errante
me empuja a un téte-a-téte con esta esquina
donde como una pústula del vicio
sórdidamente se abre una cantina.
Nueva generación de bebedores,
está en pie. . . Los otros, dónde están?
Todo igual. Solo yo no soy el mismo.

Una vez me embriagué en esta cantina.
Cantaba una mujer, bella en su tiempo,
que aún era como un bello anacronismo.
Descuartizaba un tipo en la guitarra
un valse como un clásico jigote.
Los dos ansiaban un pequeño lote,
ambos creyendo que la vida es buena.
Trabajaban los dos, sólo por eso.
Se embriagaban, después de la faena,
y ella escupía si él le daba un beso.

Tanta lucha por un pequeño lote
y tanta tierra que hay para los muertos.
Tanto afán de cantar con la guitarra
y nadie al fin se llevará ni un ruido.
Ya nadie canta. Para qué, si hay discos?
Son baratos: se tocan por un real.
Toque, toquen, que pronto habrá silencio.
Lo gris se vuelve lluvia por la noche.

El silencio es de un gris casi mental.
Una vez me embriagué en esta cantina,
hace ya un poco más de treinta años.
Todo, igual. Sólo yo no soy el mismo.
Cantaba la mujer y se reía.
Triste, fatal, como una rosa trunca.
La noche no se iba, enamorada
también de la mujer. Entre las copas,
aquella noche no acaba nunca,
lejos, cerca, como una lejanía. . .

Triste, fatal mujer, ni tan siquiera
queda ningún mal hombre que la nombre.
A veces, la recuerdo, cual si
fuera un disco roto en medio de un derroche
de juventud. Ni yo me atrevería
a tocarla otra vez, pues me hace falta
el real de juventud de aquella noche.

Entre el silencio de lo gris, está ella.
En lo más gris de su silencio, es barro;
ese barro común, con que a los muertos
cubren con reiterado despilfarro.

No tan alto, sombrío, se alza el muro
con su verja de hierro, hecha ex profeso
no para que contemplen el mutismo
de tanta cruz anónima sin flores,
sino el parque de mármoles que encierra.
Todo igual. Solo yo no soy el mismo.
Nueva generación de bebedores,
está de pie... Los otros... Dónde están?
Lo gris se vuelve lluvia por la noche,
y esos muertos quisieran un gabán
para arropar sus sueños bajo tierra.

Nocturno en gris, 1952


Demetrio Korsi (Ciudad de Panamá, 1899 - 1957) 


Foto: Demetrio Korsi, 1924 Blog Demetrio Korsi