miércoles, noviembre 08, 2017

Edward Hirsch / Una historia parcial de mi estupidez















El tráfico era denso al salir del puente,
y tomé el camino de la derecha, el equivocado,
y quedé atrapado en el coche durante horas.

La mayoría de las noches, tarde, salía precipidamente
sin prestar atención a los árboles,
cuyos nombres desconocía,
o los pájaros, que echaban a volar sin hacer caso.

No podía renunciar a mis deseos
o aceptarlos, y así  deambulaba
como un tigre que quería revelarse
pero aún temía la ferocidad que escondía dentro de sí.

Las barras de hierro parecían invisibles para otros,
pero yo llevaba una jaula dentro de mí.

Me preocupaba mucho lo que pensara la gente
y hacía comentarios que no debería haber hecho.
Guardé silencio cuando debería haber hablado.

Perdonadme, filósofos,
leí a los estoicos pero jamás los entendí.

Sentía que vivía una vida equivocada,
espiritualmente hablando,
mientras en el extremo opuesto del mundo
miles de personas estaban siendo asesinadas,
algunas de ellas por mis compatriotas.

De modo que seguí andando -distraído, perdido en mis pensamientos
y olvidé prestar atención a aquellos que sufrían
lejos, cerca.

Perdóname, fe, por no haberte tenido nunca.

No creía en Dios,
que me eludía.

Edward Hirsch (Chicago, Estados Unidos, 1950), Special Orders, Alfred A. Knopf, Nueva York, 2008
Versión de Jonio González

Ref.:
Foundation for Art & Healing
Big Think



A PARTIAL HISTORY OF MY STUPIDITY

Traffic was heavy coming off the bridge,
and I took the road to the right, the wrong one,
and got stuck in the car for hours.

Most nights I rushed out into the evening
without paying attention to the trees,
whose names I didn't know,
or the birds, which flew heedlessly on.

I couldn't relinquish my desires
or accept them, and so I strolled along
like a tiger that wanted to spring
but was still afraid of the wildness within.

The iron bars seemed invisible to others,
but I carried a cage around inside me.

I cared too much what other people thought
and made remarks I shouldn't have made.
I was silent when I should have spoken.

Forgive me, philosophers,
I read the Stoics but never understood them.

I felt that I was living the wrong life,
spiritually speaking,
while halfway around the world
thousands of people were being slaughtered,
some of them by my countrymen.

So I walked on—distracted, lost in thought—
and forgot to attend to those who suffered
far away, nearby.

Forgive me, faith, for never having any.

I did not believe in God,
who eluded me.

© Edward Hirsch


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