jueves, julio 27, 2017

John Ashbery / Malo para los nombres













Hemos estado aquí lo suficiente.
El pasado retrocede como una sombra exageradamente grande
hacia lo presciente y nuevo-
aquello que en principio vine a investigar.
Tengo mis notas, gracias. El tren espera
en la pequeña área cercada. Mi única obligación
ahora es agradecer a todos los que me aguantaron
y confiaron en mí tanto tiempo. Debió parecer
un largo proceso. Mi agradecimiento es también
para otros con quienes nunca estuve en contacto,
quienes podrían no haber estado vivos, pero con
quienes de algún modo estuvimos yuxtapuestos, y como mi pluma
tacha por su cuenta, es en especial a esos otros
a quienes quiero recordar. En una palabra, merci.

Y en etapas aleatorias del viaje él ve
lo que estábamos destinados a ver: ropa interior en la soga,
hojas volando, áreas de nieve sucia. Es verdad que nadie nunca
te evalúa en estas cosas, que nada hubiera sido distinto
si no hubieses visto todas, pero al emerger
se convirtieron en parte del paisaje, tan vasto y vigoroso
que nadie lo ve. Luego, en la estación,
te encuentras con un pequeño grupo de amigos y de no tan amigos,
discutiendo sobre si el trato habría sido diferente
si hubiera ocurrido en algo similar a un período de tiempo,
o en un paisaje, incluso un paisaje del que solo hayamos oído hablar.
Y se muestran sus ropas entre ustedes, sonriendo con timidez,
y hablan de los efectos secundarios de la medicación
que todos toman estos días, y que parece que ha hecho
una diferencia, haciendo brotar hojas en las plazas.

La escritura de grandes viajes debe ser fabricada así
para que el brillo del desierto se convierta en algo manejable
y las antenas congeladas se resistan a los precios de cierre del día.
Un momento de horrible brujería no es demasiado que digerir
para que la tierra se convierta en una, y la gente se acomode
como mejor les parezca.

John Ashbery (Rochester, Estados Unidos, 1927), "Hotel Lautréamont", 1992, Notes from the Air. Selected Later Poems, HarperCollins, New York, 2007
Versión © Silvia Camerotto

Ref.: Meet John Ashbery


No good at names

We’ve been out here long enough.
The past recedes like an exaggeratedly long shadow
into what is prescient, and new –
what I originally came to do research on.
I have my notes, thank you. The train is waiting
in the little enclosed yard. My only duty
now is to thank all those who put up with me
and trusted me so long. It must have seemed
like  a long process. My thanks are due, too,
to others with whom I never came in contact,
who may not have been alive, but
somehow we were in apposition, and as my pen
strikes out on its own, it is chiefly those others
I wish to remember. In a word, merci.

And at random stages of the journey he sees
what we were meant to see: underwear on a clothesline,
flying leaves, patches of dirty snow. It’s true no one
ever tests you on these things, that nothing would have been different
if you hadn’t seen them all, yet by emerging
they have become part of the picture, so vast and energetic
it gets seen by nobody. Later, in the station,
you greet a small group of close and not-so-close friends,
sparring about would the bargain have been different
if it had happened in something resembling a time-frame,
or a landscape, even a landscape one has only heard about.
And you show each other your clothes, smiling shyly,
and talk about the after-effects of the medication
everyone’s taking these days, and it seems to have made
a difference, brought out the leaves in the public squares.

Great travel writing has to be manufactures this way
For the desert’s glitter to sink back into something tractable
and frozen antennae to balk at the day’s closing prices.
A moment of horrible witchcraft isn’t too much to be swallowed
for the land to become whole, and people wise
in the way that suits them.



1 comentario:


  1. Habiendo leìdo recièn a L.M.Panero con " Los pañuelos que se pierden en el horizonte.." y leer unos minutos despuès " Y en las etapas aleatorias del viaje... hojas volando..." ; una maravilla. Gracias.

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