domingo, junio 05, 2022

Edgar Allan Poe / El cuervo. Una versión libre




[Versión VII, no definitiva]

Una honda medianoche
en que triste y fatigado
meditaba sobre libros
de los sabios olvidados,
soñolienta la cabeza
sobre ellos inclinada,
en mi puerta sonó el golpe
como de una mano incierta.
"Es -pensé- una visita
que está llamando a mi puerta.

Sólo es eso y nada más."

Ah, recuerdo claramente
ese tétrico diciembre,
su fantasma cada brasa
al morir enviaba al suelo.
Yo deseaba la mañana
y buscaba algún consuelo
en los libros a mi pena,
a mi pena por Leonora,
la radiante criatura
a quien nombran en el cielo
y aquí nadie nombrará

nunca más.

El crujido triste, vago,
de los rojos cortinados
me espantaba, me llenaba
de escalofriante temor,
de manera que intentaba
contener mi corazón
con la frase repetida:
"Sólo es eso, una visita
que está llamando a mi puerta;
una tardía visita; sólo eso 

y nada más".

Tomé fuerza a esa deshora,
y mientras abría la puerta
dije: "Señor o señora,
le suplico me perdone,
pero estaba adormecido
y fue suave su llamada,
de manera que dudaba
haberla oído".

Vi las sombras, nada más.

Solo frente a la noche,
temeroso, alucinado,
quedé fijo en unos sueños
que jamás fueron soñados.
Y el silencio no cedió.
Hubo solo una palabra
pronunciada aquella hora,
y fue el nombre de mi amada,
y fue el nombre de Leonora.
Yo lo dije balbuceando.
Y sin más 
la trajo el eco.

Solo eso,
nada más.

Entré de nuevo a la sala
con el alma atormentada.
Sonó entonces nuevamente
el tap-tap de la llamada.
"Ya no hay duda, es el sonido
de algún golpe en la ventana;
tenga calma el corazón
y decida si es el viento.
Si es el viento en la ventana,

y nada más”.

Abrí entonces los postigos, 
y aleteando fuertemente
entró un cuervo majestuoso 
de algún sacro, antiguo reino.
Como dama o caballero, 
suavemente fue a posarse 
sobre un busto de Atenea, 
en el dintel de mi cuarto, 

nada más.

Aquel pájaro de ébano
provocaba cierta gracia
con su seria 
-y convencida- gravedad.
Dije al cuervo:
"Aunque eres calvo y viejo,
no temes a la tiniebla".
"Muestra entonces tus blasones
en la orilla plutoniana de la noche
y de la niebla".

Dijo el cuervo: "Nunca más".

Me asombró oír hablar
a aquel cuervo desgarbado.
En verdad, no es habitual
encontrarse frente a un pájaro
oscuro, sobre un busto
de Atenea, en lo alto 
de una puerta,

y llamado "Nunca Más".

Pero el cuervo, sobre Palas,
no agregó ni una palabra;
ni una pluma sacudió,
como si hubiese entregado
una llave de su alma.
Y me dije pensativo:
"Han partido los amigos 
y también él volará
cuando llegue la mañana.
Otros sueños han volado".

Dijo el cuervo: "Nunca más".

La respuesta fue apropiada 
a mi oscuro pensamiento.
Espantado, sin embargo,
pensé que era aquel lamento
un monótono estribillo,
aprendido de algún amo 
batido por la fortuna
tan violentamente, y tanto,
que sonara en su instrumento
sólo el fatídico canto
del jamás 

y el nunca más.

Pero el cuervo todavía
me causaba cierta gracia con su aire 
entre desgarbo y gravedad,
de suerte que el sillón puse delante
de Palas, del cuervo y del tirante
y hundido en el terciopelo
di a volar el pensamiento,
meditando en el sentido
sin sentido,
de aquel dicho repetido:
 
nunca más y
nunca más.

Discurría de ese modo
para recobrar la calma
mientras los ojos del cuervo
encendían más mi alma;
eso solo investigaba,
la cabeza reclinada
sobre el suave terciopelo
que otras sienes han rozado
y ya nunca tocarán,

¡ah, nunca más!

Como si ángeles invisibles
descendieran con un bálsamo,
se llenó de un raro aroma
de repente el aire rancio.
"Miserable", pensé entonces,
"Dios le da tregua y descanso
a tu mente perturbada
por la muerte de Leonora.
Reposo, con este bálsasmo.
Toma de él para olvidarla.
Bebe de él y olvidarás."

Dijo el cuervo: 
"Nunca más".

"Profeta -dije- ave o duende,
profeta al fin, si te envían el diablo
o la tormenta hasta esta playa,
intrépido y desolado hasta
este hogar de espanto,
dime entonces la verdad:
¿hay un bálsamo, te ruego,
hay un bálsamo en Galaad?"

Dijo el cuervo: 
"Nunca más"

"Profeta", dije, "ave o diablo, 
y profeta finalmente,
por el Cielo,
por el Dios al que ambos adoramos, 
dile a mi alma destruida 
si otra hora,
en otra vida,
podré abrazar la deidad 
a la que llaman los ángeles 
Leonora". 

Dijo el cuervo: 
"Nunca más."

"Sean pues estas palabras
la señal de tu partida.", 
dije. "Vuelve a la borrasca
y no dejes una pluma 
que recuerde tu estadía. 
Quita el pico de mi alma,
deja en paz mi soledad." 

Dijo el cuervo: 
"Nunca más."

Y no ha partido. Aún está
sentado sobre el pálido busto 
de Atenea, en la puerta de mi cuarto.
Con sus ojos encendidos 
como el diablo con que sueña.
Y mi alma de esa sombra 
que desciende sobre el suelo 
ya no se levantará. 
Jamás.

¡Nunca más!

[2020, año de la peste]

Edgar Poe (Boston, Estados Unidos, 1809-Baltimore, Estados Unidos, 1849)
 © por esta versión libre: Jorge Aulicino

Más traducciones de poemas de Edgar Allan Poe, incluida la clásica versión Pérez Bonalde de "El cuervo", en Otra Iglesia Es Imposible

Imagen: Poe. Daguerrotipo de Sarah Ellen Whitman, 1848, Biblioteca Nacional de Francia (detalle)


The Raven

Once upon a midnight dreary, while I pondered, weak and weary,
Over many a quaint and curious volume of forgotten lore—
    While I nodded, nearly napping, suddenly there came a tapping,
As of some one gently rapping, rapping at my chamber door.
“’Tis some visitor,” I muttered, “tapping at my chamber door—
            Only this and nothing more.”

    Ah, distinctly I remember it was in the bleak December;
And each separate dying ember wrought its ghost upon the floor.
    Eagerly I wished the morrow;—vainly I had sought to borrow
    From my books surcease of sorrow—sorrow for the lost Lenore—
For the rare and radiant maiden whom the angels name Lenore—
            Nameless here for evermore.

    And the silken, sad, uncertain rustling of each purple curtain
Thrilled me—filled me with fantastic terrors never felt before;
    So that now, to still the beating of my heart, I stood repeating
    “’Tis some visitor entreating entrance at my chamber door—
Some late visitor entreating entrance at my chamber door;—
            This it is and nothing more.”

    Presently my soul grew stronger; hesitating then no longer,
“Sir,” said I, “or Madam, truly your forgiveness I implore;
    But the fact is I was napping, and so gently you came rapping,
    And so faintly you came tapping, tapping at my chamber door,
That I scarce was sure I heard you”—here I opened wide the door;—
            Darkness there and nothing more.

    Deep into that darkness peering, long I stood there wondering, fearing,
Doubting, dreaming dreams no mortal ever dared to dream before;
    But the silence was unbroken, and the stillness gave no token,
    And the only word there spoken was the whispered word, “Lenore?”
This I whispered, and an echo murmured back the word, “Lenore!”—
            Merely this and nothing more.

    Back into the chamber turning, all my soul within me burning,
Soon again I heard a tapping somewhat louder than before.
    “Surely,” said I, “surely that is something at my window lattice;
      Let me see, then, what thereat is, and this mystery explore—
Let my heart be still a moment and this mystery explore;—
            ’Tis the wind and nothing more!”

    Open here I flung the shutter, when, with many a flirt and flutter,
In there stepped a stately Raven of the saintly days of yore;
    Not the least obeisance made he; not a minute stopped or stayed he;
    But, with mien of lord or lady, perched above my chamber door—
Perched upon a bust of Pallas just above my chamber door—
            Perched, and sat, and nothing more.

Then this ebony bird beguiling my sad fancy into smiling,
By the grave and stern decorum of the countenance it wore,
“Though thy crest be shorn and shaven, thou,” I said, “art sure no craven,
Ghastly grim and ancient Raven wandering from the Nightly shore—
Tell me what thy lordly name is on the Night’s Plutonian shore!”
            Quoth the Raven “Nevermore.”

    Much I marvelled this ungainly fowl to hear discourse so plainly,
Though its answer little meaning—little relevancy bore;
    For we cannot help agreeing that no living human being
    Ever yet was blessed with seeing bird above his chamber door—
Bird or beast upon the sculptured bust above his chamber door,
            With such name as “Nevermore.”

    But the Raven, sitting lonely on the placid bust, spoke only
That one word, as if his soul in that one word he did outpour.
    Nothing farther then he uttered—not a feather then he fluttered—
    Till I scarcely more than muttered “Other friends have flown before—
On the morrow he will leave me, as my Hopes have flown before.”
            Then the bird said “Nevermore.”

    Startled at the stillness broken by reply so aptly spoken,
“Doubtless,” said I, “what it utters is its only stock and store
    Caught from some unhappy master whom unmerciful Disaster
    Followed fast and followed faster till his songs one burden bore—
Till the dirges of his Hope that melancholy burden bore
            Of ‘Never—nevermore’.”

    But the Raven still beguiling all my fancy into smiling,
Straight I wheeled a cushioned seat in front of bird, and bust and door;
    Then, upon the velvet sinking, I betook myself to linking
    Fancy unto fancy, thinking what this ominous bird of yore—
What this grim, ungainly, ghastly, gaunt, and ominous bird of yore
            Meant in croaking “Nevermore.”

    This I sat engaged in guessing, but no syllable expressing
To the fowl whose fiery eyes now burned into my bosom’s core;
    This and more I sat divining, with my head at ease reclining
    On the cushion’s velvet lining that the lamp-light gloated o’er,
But whose velvet-violet lining with the lamp-light gloating o’er,
            She shall press, ah, nevermore!

    Then, methought, the air grew denser, perfumed from an unseen censer
Swung by Seraphim whose foot-falls tinkled on the tufted floor.
    “Wretch,” I cried, “thy God hath lent thee—by these angels he hath sent thee
    Respite—respite and nepenthe from thy memories of Lenore;
Quaff, oh quaff this kind nepenthe and forget this lost Lenore!”
            Quoth the Raven “Nevermore.”

    “Prophet!” said I, “thing of evil!—prophet still, if bird or devil!—
Whether Tempter sent, or whether tempest tossed thee here ashore,
    Desolate yet all undaunted, on this desert land enchanted—
    On this home by Horror haunted—tell me truly, I implore—
Is there—is there balm in Gilead?—tell me—tell me, I implore!”
            Quoth the Raven “Nevermore.”

    “Prophet!” said I, “thing of evil!—prophet still, if bird or devil!
By that Heaven that bends above us—by that God we both adore—
    Tell this soul with sorrow laden if, within the distant Aidenn,
    It shall clasp a sainted maiden whom the angels name Lenore—
Clasp a rare and radiant maiden whom the angels name Lenore.”
            Quoth the Raven “Nevermore.”

    “Be that word our sign of parting, bird or fiend!” I shrieked, upstarting—
“Get thee back into the tempest and the Night’s Plutonian shore!
    Leave no black plume as a token of that lie thy soul hath spoken!
    Leave my loneliness unbroken!—quit the bust above my door!
Take thy beak from out my heart, and take thy form from off my door!”
            Quoth the Raven “Nevermore.”

    And the Raven, never flitting, still is sitting, still is sitting
On the pallid bust of Pallas just above my chamber door;
    And his eyes have all the seeming of a demon’s that is dreaming,
    And the lamp-light o’er him streaming throws his shadow on the floor;
And my soul from out that shadow that lies floating on the floor
            Shall be lifted—nevermore!

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