viernes, mayo 19, 2023

Thomas Lux / Ladrillos que se hunden en el agua profunda




¿A qué profundidad desaparece su opaco color anaranjado?
Remé hasta donde sé que el agua es profunda,
y en mi bote: un cargamento
de ladrillos, cincuenta apilados
en la popa, así de simple.
En el fondo de este embalse
había un pueblo. Dos pueblos, en realidad.
A su gente se le pagó una suma justa
para que se fuera, pero sin hacer preguntas: tenían que trasladarse.
Echo el ancla cuarenta pies por encima
de lo que una vez fue un prado.
Primero agarro un ladrillo de babor
y lo sujeto por la esquina superior derecha
y meto su esquina inferior izquierda en el agua
antes de dejar que resbale entre mis dedos.
El siguiente lo agarro de estribor,
pero ha caído de babor, y así sucesivamente.
La mano izquierda es la que hace el trabajo.
Es visto y no visto. Se hunden hasta detenerse
en lo que ahora es una tierra anegada y sin hierba.
¿Por qué quiero dejar unas cuantas
piedras triangulares artificiales
en el fondo de este cuerpo de agua sin huesos?
(el cementerio fue trasladado).
¿Quién no ha amado, en la oscuridad,
el borroso, fuerte, anaranjado resplandor
de los ladrillos?

Thomas Lux (Northampton, Estados Unidos, 1946-Atlanta, Estados Unidos, 2017), Selected Poems, Bloodaxe Books, Hexham, 2014
Versión de Jonio González


Foto: Thomas Lux durante la 17° caminata anual de poesía de Poets House a través del puente de Brooklyn, 11 de junio de 2012 Ilya S. Savenok/Getty Images/Poetry Foundation


BRICKS SINKING IN DEEP WATER

At what depth does their dull orange disappear?
I rowed out to where I know the water’s deep,
and in my rowboat: a cargo
of bricks, fifty balanced
across the stern, just so.
At the bottom of this reservoir
was a town. Two towns, in truth.
Its people were paid an honest price
to leave, but no question: they had to move.
I anchor my boat forty feet above
what was once a pasture.
I take a brick from port first
and hold it by its upper right corner
and dip its lower left corner into the water
before I let it slip my fingers.
The next one I take from starboard,
but drop from port, and so forth and on.
It’s the sinestra hand that does the work.
I never counted two seconds before one was gone
from touch, and sound, and sight. They sink until they stop
on now drowned and grassless land.
Why do I want to leave a small scattering
of man-made triangular stones
at the bottom of this no-bones
(the cemetery relocated)
body of water?  In darkness, who does not love
the faint, hard, orange glow

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