jueves, diciembre 09, 2010

Manuel Ruano / Algunos no deberían...




Algunos no deberían extrañarse de ciertos
hechos ocurridos en la ciudad de Lima



Erny:
tu mirada es como una carabina belga automática
-año 1936-
con el cargador repleto y el proyectil en la recámara
para los días húmedos en mi recuerdo,
para los estanques y el crepúsculo,
para las pequeñas tumbas a lo largo de las carreteras,
para la ocupación de un poblado con manchas amarillas,
para las ciudades que han descifrado mi regreso
después de las 4 a.m. con mi cámara Kónica con
su ojo eléctrico dormido sobre el abdomen.
No es nada extraño para ti, viejo Ernie, que eres un oscuro búfalo
perdido en un zafari,
cuando tu rostro sonríe como el sol
en Machu Pichu,
verme pasar junto al Rimac con una bella dulce muchacha
que escribe su nombre con grandes batallas
y que sonríe siempre con historias que nunca conocí,
con tigres hambrientos en sus pechos
que pronunciaban el hecho y cuando las civilizaciones más grandes
de su sonrisa pronunciaban el hecho...
Tú apuntabas viejo Erny con tu carabina entre el follaje verde
y a veces rojo o violeta.
Y no es nada extraño para ti, viejo cuervo,
que me hayas visto correr sobre el mar a pocos kilómetros de Lima
y enmudecer ante las ruinas que dejan las cosas quietas.
Nada es extraño para ti, que me has visto volver
sobre esta ciudad sin una razón aparente.
También es cierto el hecho de que bien podría
amar a una adolescente ante la caída de bombas en una ciudad
con cuerpos despedazados...
Vuelvo con mi Kónica con su ojo intacto en la oscuridad,
con los ciegos deseos de un pájaro silvestre
que se lanza al hecho como hacia algo desconocido,
con toda esta chatarra que hubiera querido olvidar
como se olvidan los desencuentos y las vacilaciones
entre películas de 35 mm. y los fantasmas de la fotosíntesis.
Con el temor que no es al dolor sino a lo inevitable,
pero que es como el de esos huracanes que se levantan en la costa sur
y arrastran confundidos odios y rencores, plantas coníferas y algas marinas.
Como los que dicen fueron alguna vez en estas tierras.
Con tu barba de endiablado brujo
que eres capaz de colocar firme la carabina belga
del año treinta y seis,
no ver los pájaros ni las nubes de Kilimanjaro
o relampaguear cantos de furia entre mis recuerdos,
correr la manivela como si colocaras un disco de Mozart en el estéreo,
sacar el seguro y saber que la bala en la recámara está tan ahí,
como una muchacha en el momento último del amor,
en el último suspirto.
Luego el hecho. Cierto hecho y eficaz hecho
de obturar el gatillo y sentirte el rey,
porque entonces, mi querido Erny,
la tierra se levanta como inmensas catapultas,
rojas o verdes o violetas,
riscos salientes que lastiman al mar,
y mi cuerpo se desplomará mortalmente en el pavimento,
herido de sangre y de soledad por las águilas de la noche.

Manuel Ruano (Buenos Aires, 1943), Los que siguen (antología a cargo de Guillermo Boido), Ediciones Noé, Buenos Aires, 1972

Foto: Una máquina de escribir de Ernest Hemingway y un gato en la casa del escritor en Key West, Florida. AP

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