lunes, abril 30, 2018

Horacio Cavallo / Ojo de vidrio















Ven a cambiarle un ojo al titiritero
por un perrito azul de terciopelo,
por un incandescente caballo saltarín,
por una caja oblonga donde sortea el tiempo una mujer.
Entra despacio, niño.
Olfatea el color de la madera,
elige en la repisa una muñeca, un leñador de trapo
que acompañe el sonido de los grillos
cuando resbale el día bajo la puerta de tu cuarto.
El viejo te dará las buenas tardes.
Pisará una banqueta que ha encolado
catorce veces, quince, en el último invierno.
Le mirarás la espalda, el saco amarronado
y unos pelos blanquísimos que cualquier noche
anudarán tu sueño como las finas patas de una araña.
Te entregará el muñeco. No soltarás el aire.
Vas a mirar únicamente el ojo que tiene movimiento.
Tantearás en tu bolso un ojo como ese
-no vale equivocarse en este punto-
 y apenas se te acerque lo incrustarás del lado de la cara
que refleja la luz. Después vas a correr oyendo
cómo siguen latiendo impertinente en tu cabeza
las varitas de acero que colgaban en lo alto de la puerta.

Horacio Cavallo (Montevideo, 1977)
Envío de Ignacio Di Tullio

Luz de última hora. Poesía (2006-2018),
Editorial Lisboa,
Buenos Aires, 2018









domingo, abril 29, 2018

William Carlos Williams / Paterson, 41


Libro Cuatro  
La corrida al mar III















¿Te has olvidado de tu virginal propósito,
el lenguaje?

¿Qué lenguaje? “El pasado es para los que
vivieron en el pasado”, es todo lo que ella me dijo.

¡Shh! el viejo duerme

— de no ser por las mareas, no hay río,
silencioso ahora, retorciéndose y girando
en sus sueños         

¡El océano bosteza!

Casi es la hora

—¿y supiste alguna vez de una mujer de
sesenta años embarazada             ?

¡Escucha!

alguien viene por el camino,           ¿tal vez no sea
demasiado tarde? Demasiado tarde    

Jonathan fue bautizado en oct. 29, 1752; se casó con Gritie (¿Haring?).
Nació y fue criado en Hoppertown (Hohokus), pero en 1779 mane-
jaba la molienda y el aserradero en Wagaraw, ahora propiedad de los Alyeas.
En la noche de abril 21, 1779, su esposa se despertó por un ruido, como
si alguien tratara de entrar a la parte inferior del molino, donde, para mayor seguridad,
él guardaba sus caballos. “Yawntan,” dijo ella en holandés, “alguien está robando los caballos.”
Él encendió una linterna, abrió la parte superior de la puerta y enfrentó a los merodeadores. In-
mediatamente sonó un disparo a través de la parte inferior de la puerta, hiriéndolo en el abdomen.
Retrocedió tambaleándose hacia la casa y se desplomó en la cama; tapándose con las cobijas.
Un grupo de Tories, enmascarados y disfrazados, se abalanzó al interior y obligando
a la joven esposa a sostener una vela, atacaron brutalmente al postrado. Una vez que logró
hacerse con una de las bayonetas, sosteniéndola durante un momento, le gritó a su
agresor, “Andries, este es un rencor viejo”. Con redoblada furia, los inhumanos salvajes
lo apuñalaron, hasta que murió con un gemido. Sus dos pequeños hijos que solían dormir
en la cama corrediza de abajo, fueron espantados testigos del asesinato de su padre.
Cuando los asesinos se fueron, su esposa y un vecino quitaron la sangre de la cama
a manos llenas. El hombre asesinado recibió diecinueve o veinte crueles estocadas. Se cree
que fue algún vecino el que condujo a los Tories al ataque, no tanto por razones políti-
cas o económicas, sino más bien por razones de venganza personal. Hopper era capitán
de la milicia del Condado de Bergen. Uno de sus hijos fue Albert, bautizado en octubre 6, 1776.
Se cuenta que los hijos de Jonathan se mudaron a Cincinnati, y allí alcanzaron cierta notorie-
dad.

Vamos, a ponerse en marcha. La marea ha subido

Leise, leise! Lentement!    Che va piano,
va lontano!     La virtud,
gatita mía, es una compleja recompensa en todas
las lenguas, que se obtiene gradualmente.

                     lo que me recuerda a  
un viejo amigo, ahora muerto        

—mientras él aun se dedicaba
al negocio de hotelería, una joven mujer alta y más bien bella se acercó
a su escritorio un día para preguntar si en el local había algún libro interesante
para leer. Él, interesado en la literatura, como ella sabía, le respondió que su
departamento estaba repleto de ellos y que, aunque no podía salir en ese momento
— Aquí están mis llaves, suba y sírvase usted misma.
Ella le agradeció y
se fue. Él se olvidó de ella por completo.
Después de almorzar también él
fue a sus habitaciones sin recordar que no tenía llaves hasta que se paró frente a la puerta.
Pero la puerta estaba sin llave y cuando entró, había una chica desnuda sobre la cama.
Se sorprendió un poco. Tanto que todo lo que hizo fue quitarse su ropa y recostarse a su la-
do. Era tan cómodo que pronto se durmió profundamente. Ella debió haberse dormido
también.
Más tarde se despertaron
al mismo tiempo, muy descansados.

— otro, una vez me dio
un cenicero viejo, un pedazo de
porcelana con
una leyenda, La Vertue
est toute dans Peffort
fraguada en el material,
bermellón sobre blanco, una
venera esmaltada             para
las cenizas, un depósito adecuado
para una leyenda, un pensamiento tranquilizador:
La Virtud es sagrada
en el esfuerzo por ser virtuoso     
Esto requiere connivencia,
toma formas complejas, ¡lleva
tiempo!      Una concha   
No nos obsesionemos con los primos libidinosos
de la infancia.    ¿Por qué
lo haríamos? O incluso con
algo tan simple en comparación
como el diente de león
compuesto que
cambia de lado durante la noche          La virtud,
una máscara: la máscara,
virtuosa          

Mata la oración explícita, ¿no crees? y expande nuestro significa-
do — con secuencias verbales. Oraciones, pero no oraciones gramati-
cales: trampas hechas por académicos. ¿Piensas que hay alguna
virtud en eso? ¿más que dormir? ¿o reanimarnos?

Ella solía llamarme su
ratón de campo
ahora que ella se ha ido pienso
en ella como en el Cielo
Ella me hizo creer en
él               un poco
¿Adónde más pudo ir ella?
Había
Algo grandioso
sobre ella     
No se pone tanto énfasis en
hombre y mujer como
en la edad: ambos
quieren la misma
cosa              entretenerse.
Imagíname a
en su funeral. Yo sentado
bien atrás.     Estúpido,
quizás pero no más  
que cualquier funeral.
Podrías pensar que ella tenía
un pase privado.
Creo que lo tenía; algunas
personas, no muchas,
te hacen sentir así.
Está en ellas.

La virtud, ella diría    
(su versión de ella)
es una vieja zorra,
impredecible.    Y
así la recuerdo,
incorporando,
como ella lo hacía, con torpeza,
no está acostumbrada a
este tipo de charla, que —
No hace nada, hace
como solía
¡haz, haz!     La amaba.

Todas las profesiones, todas las artes,
idiotas, asesinos de la mayor
carencia y deformidad, las partes estables
que conforman la mente de un hombre— vuela
tras él atacando ojos y oídos:
pequeños pájaros que siguen a cuervos
depredadores, en éxtasis         por temor
y audacia

El cerebro es débil. Falla el dominio,
nunca un hecho.

Para introducirse a sí mismo,
mantener unidas a las esposas en una esposa y
al mismo tiempo diluirla,
a la única entre todas      

Debilidad,
la debilidad lo persigue, la realización solo
un sueño o en un sueño. No hay una mente
que pueda hacerlo todo, corre mansa
en el esfuerzo: toute dans l’ effort

El Presidente canoso
(de Haiti), sus mujeres e hijos,
al borde del agua,
transpirando, comienza al final, luego
de demoras, hurras, canciones para desfiles
sobre el agua azul    
en un avión privado
con su secretaria rubia.

Dispersos, la intensidad
del conocimiento desciende en masa otra vez—
suvenir de la infancia,
                        el cráneo de piedra blanca      
                        Estaba Margaret de pechos grandes
y ojos desafiantes que llevaba
su cabeza, donde su pequeño cerebro se agitaba,
según la mente deseaba,
en el mejor de los casos, ser llevada. Estaba
Lucille, cabello dorado y ojos azules, muy
recta, que
para el asombro de muchos, se casó con el
encargado de una cantina y perdió su modestia.
Estaba la amorosa Alma, que escribía con mano  
firme, cuya boca nunca anhelaba
alivio. Y la fría Nancy, con pequeños
pechos firmes                

¿Te acuerdas?

     una frente
alta, nunca sonreía más que lo
suficiente pero su boca
ancha era helada, ¡con un placer que estremecía
espalda y rodillas! cuyas palabras eran
pocas y nunca demasiadas. Había
otras — tímidas, las híper entusiastas,
las aburridas, lástima por ellas, mirando
desde las sucias ventanas, incompetentes, indiferentes,
llegando demasiado tarde y algunas, demasiado borrachas
por eso— o por cualquier cosa— para mantenerse despiertas
y más— resplandecientes moscas en apuros
atrapadas en las redes de Su pelo, de quien
no pueden quejarse, fijadas en
la red invisible— del campo,
medio despiertas— todas deseosas. Ni una
que huya, ni una                una fragancia
de heno cortado, frente al rapaz,
el “grande”         


   El paradero de la tumba de Peter el Enano era desconocido, has-
ta fines del siglo pasado, cuando en 1885, P. Doremos, enterra-
dor, mientras sacaba cuerpos del sótano de la vieja iglesia para
hacer lugar para un nuevo horno, desenterró un pequeño ataúd y
junto a él una gran caja En el ataúd había un esqueleto sin cabeza que
supuso era de un niño hasta que abrió la caja grande y encontró
en su interior un cráneo enorme. Al consultar en los archivos de entierros
descubrió que Peter el Enano había sido sepultado.

Amarillo, para genio, dijo el ponja. Amarillo
es tu color. El sol. Todos miraron.
Y tú, púrpura, agregó, viento sobre agua.

¡Mi serpiente, mi río! genia de los campos,
Kra, adorada mí, no corrompida por la mente,
centinela de palomas, la que recuerda las
cataratas, ¡apasionada de gaviotas! Conocedora
de mareas, contadora de horas, menguantes y
crecientes, enumeradora de copos de nieve, indagadora
a través del delgado hielo, cuyos corpúsculos son
pescardos, cuya bebida, arena     

¡Brindemos por el bebé,
que crezca!
Brindemos por el labio
que desgarra

para hacerle lugar
en un mundo obstinado.
¡Y brindemos por la cima
desde donde se lanzó la semilla!

En un valle profundo entre colinas, casi oculta
por el denso follaje yacía la pequeña aldea.
Dominada por las Cataratas la zona alrededor
era una hermosa tierra salvaje donde la montaña rosada
y el bosque violeta crecía:    un lugar habitado solo
por tramperos extraviados e indios errantes.
Un grabado en colores de Paul Sandby, un famoso
acuarelista del siglo dieciocho,
un curioso grabado en la Biblioteca Pública
muestra las viejas Cataratas reestudiadas a partir de un dibujo
hecho por subgobernador Pownall (excelente trabajo) según las
vio en el año 1700.

La wigwam y el tomahawk, la tribu Totowa   
a cada lado del río, granjas que yacen en
la tranquilidad de esos días coloniales: una vieja y amable
estirpe holandesa, resistente a permanecer y
a estar sujeta, aunque no rápidas para superarse.

Ropa hecha a mano.    La gente crio su propia
estirpe. Muebles toscos, pisos arenados, sillas
con asientos de mimbre, un estante con vajilla de peltre
de Brittania. Las esposas hilaban y tejían —muchas cosas
que hoy serían impresentables o de mal gusto
los estados de Benson y Doremus fueron durante años
los únicos del lado norte del río.

Estimado Doc: Desde la última vez que le escribí me he establecido, y estoy trabajando
en un periódico laborista (N. J. Labor Herald, AFL) en Newark. El
dueño es un legislador y así tengo la oportunidad de ver muchas de
las intimidades que rodean la vida política de este vecin-
dario que para mí siempre ha tenido el atractivo del resto del paisa-
je, y un poco más, ya que es paisaje vivo y activo.
   ¿Sabía usted qué del lado oeste de la municipalidad, hay calle que se
llama la Bolsa por el continuo ir y venir político y banca-
rio que existe allí?
  También he estado yendo por las calles y descubriendo bares—
en especial alrededor de las Mill y River. ¿Conoce esta parte de
Paterson? He visto tantas cosas — negros, gitanos, un cantinero
incoherente en una taberna suspendida sobre el río, llena de gas,
lista para explotar, con la ventana mirando hacia el río sobrepintada
para que la gente no pueda verlo. Me pregunto, más que nada, si
ha visto la calle River, porque está realmente en el centro de lo que
debemos conocer.
   Sigo esperando escribirle una larga carta sobre cosas profundas que
podría mostrarle, y que haré algún día— el aspecto de las calles y la gente,
eventos ocurridos aquí y allá.

A.G.

                                                                                  


William Carlos Williams (Rutherford, Estados Unidos, 1883-1963), Paterson, New Directions, New York, 1963

Versión © Silvia Camerotto





Book Four

The Run to the Sea

III

Haven't you forgot your virgin purpose,
the language?

What language? “The past is for those who
lived in the past," is all she told me.

Shh! the old man's asleep

— all but for the tides, there is no river,
silent now, twists and turns
in his dreams         

The ocean yawns!

It is almost the hour

—and did you ever know of a sixty year
woman with child             ?

Listen!

someone's coming up the path,           perhaps
it is not too late? Too late     

Jonathan, bap. Oct. 29, 1752; m. Gritie (Haring?). He was born
and brought up at Hoppertown (Hohokus), but in 1779 was run-
ning the grist and saw-mill at Wagaraw, now owned by the Alyeas.
On the night of April 21, 1779, his wife was aroused by a noise as
of someone trying to get into the lower part of the mill, where,
for better security, he kept his horses. “Yawntan,” said she in
Dutch, "someone is stealing your horses." Lighting a lantern, he
threw open the upper half -door and challenged the marauders. In-
stantly a shot was fired through the lower half -door, wounding him
in the abdomen. He staggered back into the house and fell upon a
bed; covering himself up in the blankets. A party of Tories, masked
and disguised, rushed in, and, compelling his young wife to hold
a candle, they savagely attacked the prostrate form. Once he seized
one of the bayonettes and holding it for a moment, cried at his as-
sailant. “Andries, this is an old grudge." With redoubled fury the
inhuman savages bayonetted him, until with a groan he expired.
His two infant children who were wont to sleep in a trundle bed
beneath his, were horrified spectators of their father's massacre.
After the murderers were gone, his wife and a neighbor took the
blood out of the bed in double handfuls. The murdered man had
received nineteen or twenty cruel bayonette thrusts. It was believed
that some neighbor had led the Tories to attack, less from politi-
cal or pecuniary considerations than from motives of private re-
venge. Hopper was a captain in the Bergen County militia. One of
his children was Albert, bap. Oct. 6, 1776. It is said that Jonathan's
children removed to Cincinnati, and there attained some promi-
nence.

Come on, get going. The tide's in

Leise, leise! Lentement!    Che va piano,
va lontano!     Virtue,
my kitten, is a complex reward in all
languages, achieved slowly.

                     which reminds me of
an old friend, now gone         

—while he was still
in the hotel business, a tall and rather beautiful young woman came
to his desk one day to ask if there were any interesting books to
be had on the premises. He, being interested in literature, as she
knew, replied that his own apartment was full of them and that,
though he couldn't leave at the moment — Here's my key, go up
and help yourself.
She thanked him and
went off. He forgot all about her.
After lunch he too
went to his rooms not remembering until he was at the door that
he had no key. But the door was unlatched and as he entered, a
girl was lying naked on the bed. It startled him a little. So much
so that all he could do was to remove his own clothes and lie be-
side her. Quite comfortable, he soon fell into a heavy sleep. She
also must have slept.
They wakened later,
Simultaneously, much refresehed.

— another, once gave me
an old ash-tray, a bit of
porcelain inscribed
with the legend, La Vertue
est toute dans Peffort
baked into the material,
maroon on white, a glazed
Venerian scallop               for
ashes, fit repository
for legend, a quieting thought:
Virtue is wholly
in the effort to be virtuous     
This takes connivance,
takes convoluted forms, takes
time!      A sea-shell    
Let's not dwell on childhood's
lecherous cousins.    Why
should we? Or even on
as comparatively simple
a thing as the composite
dandelion that
changes its face overnight          Virtue,
a mask: the mask,
virtuous           

Kill the explicit sentence, don't you think? and expand our mean-
ing — by verbal sequences. Sentences, but not grammatical sen-
tences: dead-falls set by schoolmen. Do you think there is any
virtue in that? better than sleep? to revive us?

She used to call me her
country bumpkin
Now she is gone I think
of her as in Heaven
She made me believe in
it                a little
Where else could she go?
There was
Something grandiose
about her     
Man and woman are not
much emphasized as
such at that age: both
want the same
thing              to be amused.
Imagine me
at her funeral. I sat
way back.     Stupid,
perhaps but no more so
than any funeral.
You might think she had
a private ticket.
I think she did; some
people, not many,
make you feel that way.
It's in them.

Virtue, she would say     
(her version of it)
is a stout old bird,
unpredictable.    And
so I remember her,
adding,
as she did, clumsily,
not being used to
such talk, that —
Nothing does, does
as it used to do
do do!     I loved her.

All the professions, all the arts,
idiots, criminals to the greatest
lack and deformity, the stable parts
making up a man's mind — fly
after him attacking ears and eyes:
small birds following marauding
crows, in ecstasies         of fear
and daring

The brain is weak. It fails mastery,
never a fact.

To bring himself in,
hold together wives in one wife and
at the same time scatter it,
the one in all of them      

Weakness,
weakness dogs him, fulfillment only
a dream or in a dream. No one mind
can do it all, runs smooth
in the effort: toute dans l’ effort

The greyhaired President
(of Haiti), his women and children,
at the water's edge,
sweating, leads off finally, after
delays, huzzahs, songs for pageant reasons
over the blue water    
in a private plane
with his blonde secretary.

Scattered, the fierceness
of knowledge comes flocking down again—
souvenir of childhood,
                        the skull of the white stone      
                        There was Margaret of the big breasts
and daring eyes who carried
her head, where her small brain rattled,
as the mind might wish,
at the best, to be carried. There was
Lucille, gold hair and blue eyes, very
straight, who
to the amazement of many, married a
saloon keeper and lost her modesty.
There was loving Alma, who wrote a steady
hand, whose mouth never wished for
relief. And the cold Nancy, with small
firm breasts                 

You remember?

     a high
forehead, she who never smiled more
than was sufficient but whose broad
mouth was icy with pleasure startling
the back and knees! whose words were
few and never wasted. There were
others — half hearted, the over-eager,
the dull, pity for all of them, staring
out of dirty windows, hopeless, indifferent,
come too late and a few, too drunk
with it — or anything — to be awake to
and more — shining, struggling flies
caught in the meshes of Her hair, of whom
there can be no complaint, fast in
the invisible net — from the back country,
half awakened — all desiring. Not one
to escape, not one                a fragrance
of mown hay, facing the rapacious,
the “great”          


The whereabouts of Peter the Dwarfs grave was unknown un-
til the end of the last century, when, in 1885, P. Doremus, under-
taker, was moving bodies from the cellar of the old church to
make room for a new furnace, he disinterred a small coffin and
beside it a large box. In the coffin was the headless skeleton of what
he took to be a child until he opened the large box and found
therein an enormous skull. In referring to the burial records it was
learned that Peter the Dwarf had been so buried.

Yellow, for genius, the Jap said. Yellow
is your color. The sun. Everybody looked.
And you, purple, he added, wind over water.

My serpent, my river! genius of the fields,
Kra, my adored one, unspoiled by the mind,
observer of pigeons, rememberer of
cataracts, voluptuary of gulls! Knower
of tides, counter of hours, wanings and
waxings, enumerator of snowflakes, starer
through thin ice, whose corpuscles are
minnows, whose drink, sand     

Here's to the baby,
may it thrive!
Here's to the labia
that rive

to give, it place
in a stubborn world.
And here's to the peak
from which the seed was hurled!

In a deep-set valley between hills, almost hid
by dense foliage lay the little village.
Dominated by the Falls the surrounding country
was a beautiful wilderness where mountain pink
and wood violet throve:    a place inhabited only
by straggling trappers and wandering Indians.
A print in colors by Paul Sandby, a well known
water color artist of the eighteenth century,
a rare print in the Public Library
shows the old Falls restudied from a drawing
made by Lieut. Gov. Pownall (excellent work) as he
saw it in the year 1700.

The wigwam and the tomahawk, the Totowa tribe    
On either side lay the river-farms resting in
the quiet of those colonial days: a hearty old
Dutch stock, with a toughness to stick and
hold fast, although not fast in making improvements.

Clothing homespun.    The people raised their own
stock. Rude furniture, sanded floors, rush
bottomed chair, a pewter shelf of Brittania
ware. The wives spun and wove —many things
that might appear disgraceful or distasteful today
The Benson and Doremus estates for years were
the only ones on the north side of the river.

Dear Doc: Since I last wrote I have settled down more, am working
on a Labor newspaper (N. J. Labor Herald, AFL) in Newark. The
owner is an Assemblyman and so I have a chance to see many of
the peripheral intimacies of political life which in this neighbor-
hood has always had for me the appeal of the rest of the land-
scape, and a little more, since it is the landscape alive and busy.
   Do you know that the west side of City Hall, the street, is
nicknamed the Bourse, because of the continual political and bank-
ing haggle and hassel that goes on there?
Also I have been walking the streets and discovering the bars —
especially around the great Mill and River streets. Do you know
this part of Paterson? I have seen so many things — negroes, gypsies,
an incoherent bartender in a taproom overhanging the river, filled
with gas, ready to explode, the window facing the river painted
over so that the people can't see it. I wonder if you have seen
River Street most of all, because that is really at the heart of what
is to be known.
   I keep wanting to write you a long letter about deep things I
can show you, and will some day — the look of streets and people,
events that have happened here and there.

A.G.