jueves, agosto 21, 2014

James Merrill / El poeta ahogado









El poeta ahogado, horas antes de ahogarse
tenía ojos de remolino, sal en sus muñecas, y exhibía
una acuática afectación. El mar estaba enterado,
como las flores en la cabecera de una herida,
de una responsabilidad inminente,
como un imán tendióse al lado de él durante todo el día azul;
ambiguo como un pulmón.

El observaba a los buzos estudiar un elemento
familiar como las escalas para el músico,
donde nadar es una progresión de vocales largas,
una comunicación que nunca puede ser buscada,
pues en sí misma es completa: evidente como las perlas,
ligada a los acontecimientos.

Ahogarse fue la perfección de la técnica,
la palabra envolviendo su propio sentido, como el Tiempo;
como si habláramos de poemas en un poema,
o en el momento culminante en una sonata citáramos
ejercicios de digitación: un cumplido
para todo logro.

James Merrill (Nueva York, 1926-Tucson, 1995), Alberto Girri, 15 poetas norteamericanos. Segunda serie, Bibliográfica Omeba, Buenos Aires, 1969

miércoles, agosto 20, 2014

Giovanni Pascoli / La calandria

I
Borbolla en lo alto un parlotear canoro,
Es la calandria inmóvil en el pleno
Sol meridiano, como un punto de oro.

Sólo su voz domina en el sereno
Y vasto azul, mientras va callando
La copla del gañán en el centeno.

Y el cascabel, tan argentino, cuando
Pasa la jardinera, ya lejana:
Que el cochero, a la sombra, está almorzando

No hay más cigarras, ni más ronca rana,
Ni un soplo, ni un volido por la umbría.
Única en todo el cielo, ella se ufana.

Se ufana y canta, y su himno que gloria
La música del alba y de los setos,
Como el iris del ópalo varía.

Canta, y oyes los silbidos indiscretos
Del mirlo matinal, y te robora
Picante olor de enebros y de abetos.

Y en un frescor de umbría gemidora,
Del rocío y corteza, la incitante
Fragancia del madroño y de la mora.

Por doquier, si en el bosque vas errante,
Los trinos son más líquidos y ricos.
Después, se oye cual golpes de distante

Picapedrero, martillar los picos...

II

Mas, no; dib, dib; si es gorrión... Ya llena
La bruma el campo en que, desde la aurora,
Muge el buey y trajina la faena.

Humean tierra y cielo a aquella hora,
Y tras el seto de álamos temblones
La humedad del abono se evapora.

Bórranse allá en la niebla, los peones;
Acá el arado emerge, por encanto,
Entre un piar de míseros gorriones.

Mas ¿de dónde lanzó su dulce canto
La codorniz? Ya el girasol, orondo
Se despliega, y perfuma el oxiacanto.

Quizás es ya la tarde y en el fondo
Del estival paisaje que se azula
Canta la codorniz al trigo blondo.

El maizal de luciérnagas pulula
Y de grillos el prado; en los almiares
El heno, perfumado, se acumula.

Y no; es la aurora; bajo los alares,
Cual gárrulas zagalas, junto al nido
Charlan las golondrinas familiares.

La casa duerme: el jarro preferido
Del buen café, nadie hurga todavía.
Vuela y revuela el matinal silbido,

Ante la verde, inmóvil celosía.

III

El grito del cernícalo... Una hirsuta
Soledad... Rudas peñas al contorno...
Matorrales de ajenjo y de cicuta...

Abruma el cielo el estival bochorno,
Y como un ebrio en el paisaje huraño,
Ronca un torrente de impetuoso torno;

Cuando he aquí que en el perfil extraño
De un alto escombro dentellado en piedra,
Se oye cantar al pájaro ermitaño.

Canta como alma fiel que no se arredra
Con el dulce penar, desde la ruina
Amortajada de piadosa hiedra,

Pájaro azul. Mas oigo que, vecina,
La curruca gorjeó. ¿Dónde? En un huerto
Cercado por el boj y la uva espina.

Allá rojea entre el follaje muerto
Tal cual manzana, dórase la pera,
O algún higo se arruga al descubierto;

Y canta la alondrilla y la parlera...
Mas no; eres tú, que inmóvil al sol pleno,
Trinas, calandria, sobre la pradera.

Sólo tu voz expláyase en el seno
Del claro azul, con la virtud secreta
De un sortilegio límpido y sereno:

Grande en tus breves alas, ¡oh poeta!

Giovanni Pascoli (San Mauro di Romagna, 1855-Bologna, 1912), Il Nuovo, Vecchio Stil. Hoja de poesía italiana, n° 22, Córdoba, 1988
Traducción de Leopoldo Lugones


La calandra



Galleggia in alto un cinguettìo canoro.
È la calandra, immobile nel sole
meridïano, come un punto d'oro.

E le sue voci pullulano sole
dal cielo azzurro, quando è per tacere
la romanella delle risaiole;

e non più tintinnìo di sonagliere
s'ode passare per le vie lontane;
ché già desina all'ombra il carrettiere.

Né più cicale, né più rauche rane,
non un fil d'aria, non un frullo d'ale:
unica, in tutto il cielo, essa rimane.

Rimane e canta; ed il suo canto è quale
di tutto un bosco, di tutto un mattino;
vario così com'iride d'opale.

Canta; e tu n'odi il lungo mattutino
grido del merlo; e tu senti un odore
acuto di ginepro e di sapino,

senti un odore d'ombra e d'umidore,
di foglie, di corteccia e di rugiada;
un fragrar di corbezzole e di more.

Vai per un bosco e senti, ove tu vada,
quei fischi uscir più liquidi e più ricchi;
poi, come colpi da remota strada

di spaccapietre, il martellar de' picchi.

II

Ma no: dib dib: è il passero. Ricopre
la nebbia i campi, dove è dall'aurora
de' bovi il muglio e il viavai dell'opre.

Fuma la terra, fuma il cielo; ancora
fuma il camino e, tra le tamerici,
fuma il letame e grave oggi vapora.

Vaniscono laggiù le zappatrici;
di qua l'aratro emerge per incanto,
tra un pigolìo di passeri mendici.

Ma donde viene chiaro e dolce il canto
or della quaglia? È in fior lo spigo; tondo
s'apre nei campi il fior dell'elïanto.

È sera forse? e dentro il ciel profondo
il crepuscolo indugia? e nel sereno
canta la quaglia di tra il grano biondo?

E pieno il prato è già di trilli, e pieno
il grano è già di lucciole, e su l'aie
bianche s'esala il buon odor del fieno.

E no, ch'è l'alba: è sotto le grondaie
tutto un ciarlare. Sono intorno al nido
le rondinelle garrule massaie.

La casa dorme. Niuno ancor nel fido
bricco il caffè, nemico al sonno, infuse.
Vola e rivola il mattutino strido

lungo le verdi persïane chiuse.

III

Un torvo strillo di poiana... muta
solitudine... roccie irte, malvage...
qualche cesto d'assenzio e di cicuta...

Il cielo sfuma in un rossor di brage.
Solo un torrente urlare odo: russare
d'un ebbro in mezzo una sua muta strage.

E la poiana strilla. Ecco mi appare
una rovina, una deserta chiesa,
da cui te, solitario, odo cantare.

Canti come una dolce anima presa
da' suoi ricordi, tu, dalla rovina
dove è già la pietosa edera ascesa,

passero azzurro! O donde mai, vicina
cincia, m'inviti in vano a te? Da un orto
rosso, cui cinge il bosso e l'albaspina.

Pendono rosse tra il fogliame smorto
le dolci mele, e ingiallano le pere.
Nel mezzo un fico, nudo già, contorto.

E vi cantano cincie e capinere...
Ma no, sei tu che, immobile nel sole,
canti, o calandra, sopra le brughiere.

E le tue voci pullulano sole
dal cielo azzurro, con virtù segreta,
come veggenti limpide parole,

o grande su le brevi ali poeta!


martes, agosto 19, 2014

Leonardo Sinisgalli / Apretada entre dos cúpulas








Apretada entre dos cúpulas
conozco una callecita
a la que no llega nunca el sol
y se oye la queja de un viejo
meadero intermitente.
Además de los sacristanes
pasan por allí los actores
de un teatro de marionetas
que entran por la puerta de servicio
abierta solo los domingos
y los jueves.
                      Vuelvo a respirar
en este meandro abandonado,
me siento en el escalón de un nicho.
me enjugo el sudor,
me desato los zapatos.
Enfrente, como en un altar
adornado con telarañas,
arde la vidriera de una vinería
con botellas de hace un siglo.

Leonardo Sinisgalli (Montemurro, Lucania, 1908-Roma, 1981), Mosche in bottiglia, Mondadori, 1975
Versión de Jorge Aulicino


Stretta tra due cupole

Stretta tra due cupole
conosco una stradetta
dove non arriva mai il sole
e c'è il lagno de un vecchio
pisciatoio intermittente.
Oltre gli scaccini
ci passano gli attori
di un teatro di burattini
che imboccano la porta di servizio
aperta solo la domenica
e il giovedi.
                    Torno a prendere fiato
in questo meandro abbandonato,
mi siedo sul gradino di una nicchia,
mi asciugo il sudore,
mi slaccio le scarpe.
Di fronte come un altare
adorno di ragnatele
arde la vetrina di un vinaio
con bottiglie di un secolo fa.

lunes, agosto 18, 2014

Jean-Louis Giovannoni / La invención del espacio








Nuestras palabras son el espacio
que le falta a este mundo.

Nuestras palabras
son la orilla del mundo.

La orilla
que faltaba.
Uno no atraviesa el espacio
Lo deduce de sus pasos.

No les da un cuerpo
a las cosas
se lo retira.

No hay gesto
sino en el crecimiento
y la desaparición.

Uno escribe
para vaciar el mundo
para que ese despojamiento
comience
lejos
de su propio abrazo.

Uno no les da espacio
a las cosas
Se lo arranca.

Las vacía
de esa atracción
por el adentro.

Abrir el espacio
es colocar las cosas
fuera de sí mismas.

Uno no gana el espacio
lo abandona
desde el primer paso.

Uno no puede moverse
Sino perdiendo
a cada instante
su tierra.

Y mientras más crece en ella
más de ella debe retirarse.

Todo ese mundo que espera
que uno cruce un pasaje
que uno le dé un lugar
en el que no estará
en el que nada ya lo retendrá.

Basta hablar
para que los objetos se destaquen del fondo
se oreen.

Basta que uno nombre
una cosa para que se aleje
no tenga ya la misma consistencia.

Basta escribir una palabra
para que el mundo gane su extensión.

Nuestras palabras son una orilla
de la que puede partirse.

Uno escribe
y el mundo respira
se sustrae
lejos de sí mismo
en la contención
de lo amplio.

Jean-Louis Giovannoni (París, 1950), revista Vuelta, vol. 19, nº 224, 1995
Trad. de  Aurelio Asiain
Envío de Jonio González
En la foto, Giovannoni en 1982

L'invention de l'espace

Nos mots sont l’espace / qui manque à ce monde. // Nos mots / sont le bord du monde. // Le bord / qui manquait. // On ne franchit pas l’espace / on le déduit de ses pas. // On ne donne pas un corps / aux choses / on le leur enlève. // Il n`est de geste / que dans la venue / et l’effacement. // On écrit / pour désemplir le monde // pour qu’il se dessaisisse commence // loin / de sa propre étreinte. // On ne donne pas de l’espace / aux choses / on leur arrache. // On les vide / de cette attirance / pour le dedans. // Ouvrir l’espace / c’est pousser les choses / hors d’elles-mêmes. // On ne gagne pas l’espace / on l’abandonne / dès le premier pas. // On ne peut bouger / qu’en perdant / à chaque instant / sa terre. El plus il en vient / plus il faut en retirer. // Tout ce monde qui attend / que l’on creuse un passage // qu’on lui donne un lieu / où il ne sera pas // où plus rien ne le retiendra. // Il suffit de
parler / pour que les objets se détachent du fond / s’aèrent. // Il suffit que l’on nomme / une chose / pour qu’elle s’allège / n’ait plus la même consistance. // Il suffit d’écrire un mot / pour que le monde gagne son étendue. Nos mots sont un bord / d’où l’on peut partir. // On écrit / et le monde respire // se soustrait // loin de lui-même // dans la tenue / du large. // (Décembre 1991, rue de la Présentation)

domingo, agosto 17, 2014

Pilar Adón / ¿Quieres algo de mí? ¿Has llamado a mi puerta?








¿Quieres algo de mí? ¿Has llamado a mi puerta?
Dije sí al cansancio y dije sí al temor.
Dije sí a la más profunda pérdida de lo habitual y a la charla amable
bajo los pinos iluminados por el farolillo de noche.
Dije sí a los ojos siempre abiertos y a la extrañeza.
Y, ahora que lo sabes, dime, ¿quieres algo de mí?
¿Has sido tú, en realidad, quien ha llamado a mi puerta?

Pilar Adón (Madrid, 1971), Con nubes y animales y fantasmas, EH, Jerez de la Frontera, 2006
Envío de Jonio González 

sábado, agosto 16, 2014

Ilhan Berk / Murallas









Sois de estirpe real
Yo nada sé de imperios.
Un día nos daremos cuenta de que estamos en los bazares
En los bazares Constantino VI, la mano de San León, las sandalias de
Cristo esa cara suya de no sé qué en los bazares
Delante de las casas el obelisco godo, los soles del Monasterio de
Balikli delante de las casas
Estambul no había caído aún se freía muy buen pescado
No había modo de que Estambul cayera.

Retiramos de la circulación todas las monedas acuñadas con nuestro
nombre no acuñamos monedas nunca más
No aceptamos ni los medallones de Beato Majano ni los de Paolo
Bellini, los rechazamos todos
No necesitamos para nada las murallas nadie las necesita
Miren eso sí que es cierto nadie necesita una cosa así
Vuestros antepasados no se quedaron cortos a la hora de levantar murallas
No bastaba nuestra infelicidad.

Estambul no volverá a verme nunca más.

Ilhan Berk (Manisa, 1918- Bodrum, 2008), Mar de Galilea, Ediciones del Oriente y el Mediterráneo, Madrid, 2005
Trad. de Clara Janés y Çagla Soykan
Envío de Jonio González

viernes, agosto 15, 2014

Robert Duncan / Sol de agosto








Dios del calor ocioso, en este deslumbrante camino
                todo lo dominas.
Y sobre los verdes campos marchitados
                por tu alma, estas
sedientas, indóciles plantas desarrollan una doméstica jungla
                para proteger sus frutos.
Canto a todas las cosas ocultas, esperando
                la gracia de la noche.

Robert Duncan (Oakland, 1919-San Francisco, 1988),  Alberto Girri, 15 poetas norteamericanos. Segunda serie, Editorial Bibliográfica Omeba, Buenos Aires, 1969 

jueves, agosto 14, 2014

James Joyce / Inundación









Marrón dorado sobre la saciada inundación
la mata de parras se eleva y oscila:
vastas alas por sobre las aguas centelleantes meditan
sobre el día sombrío.

Un desperdicio de aguas cruelmente
oscila y eleva su melena de malezas
donde el día pensativo contempla el mar desde arriba
en tedioso desprecio.

Eleva y oscila, oh parra dorada,
tú apiñas frutas para amor de la intensa inundación,
centelleantes y vastas y crueles como es tu
incertidumbre.

James Joyce (Dublín, 1882-Zurich, 1941), Poems Penyeach, Shakespeare & Company, París, 1927
Versión: Marina Kohon


Flood

Gold-brown upon the sated flood
the rock-vine clusters lift and sway:
vast wings above the lambent waters brood
of sullen day.

A waste of waters ruthlessly
sways and uplifts its weedy mane,
where brooding day stares down upon the sea
in dull disdain.

Uplift and sway, O golden vine,
thy clustered fruits to love's full flood,
lambent and vast and ruthless as is thine
incertitude.


miércoles, agosto 13, 2014

Cees Nooteboom / Dos poemas








Cebo

La poesía nunca puede hablar de mí,
ni yo de la poesía.
Yo estoy solo, el poema está solo,
y el resto es de los gusanos.
Me detuve en las calles donde viven las palabras,
libros, cartas, informes,
y esperé.
Siempre supe esperar.
Las palabras, con sus formas claras u oscuras,
me volvieron más oscuro o más claro.
Los poemas me alcanzaron
y se reconocieron como objetos.
Yo pude verlo y verme.
No tiene fin esta adicción.
Escuadrones de poemas están buscando sus poetas.
Vagan sin mando por el amplio
territorio de las palabras
y aguardan el cebo de su perfecta,
hermética, condensada, acabada
e irreductible
forma.


Figura

La flor del hibisco es flor de un día,
estrella de fugaz fuego que contradice
jardín y cielo, y el hombre dentro un cuerpo
que se defiende, como toda flor.

Lo que él no sabe: cuán cierto es todo esto.
¿Es real esta figura que en el último
brillo de las estrellas se sienta afuera,
no ve la flor, se abrasa
a la luz fría, y al alba temporal
recoge flores de un suelo negro
rehuyendo la violencia
de la luz del sol?

El ansia de duelo que se abre paso en él
recuerda a un amigo, una amistad
que pierde su medida
entre tanto quebranto.

¿Qué es lo que hay allí, un hombre o un poema?

El cartero con su camisa amarilla llega hasta la verja
en bicicleta, cuenta el mundo, entrega su carta
a un ser viviente, no sabe de duelo o alma.
Ve las flores rojas del suelo,
dice ‘va a hacer calor hoy’,
desaparece luego en la luz

y en este poema.

Cees Nooteboom (La Haya, 1933), La luz por todas partes. Antología, Visor, Madrid, 2012
Trad. de Fernando García de la Banda
Envío de Jonio González

Ass

Poëzie kan nooit over mij gaan,
noch ik over poëzie.
Ik ben alleen, het gedich is alleen,
en de rest is van wormen.
Ik stond aan de straten waar de woorden wonen,
boeken, brieven, berichten,
en wachtte.
Ik heb altijd gewacht.
De woorden, in lichte of duistere vormen,
veranderden mij in een duister of lichter iemand.
Gedichten passeerden mij
en herkenden zichzelf als een ding.
Ik kan het zien en me zien.
Nooit komt ere en einde aan deze verslaving.
Eskaders gedichen zijn op zoek naar hun dichters.
Ze dwalen zonder comando door het grote
district van de woorden
en verwachten het aas van hun volmaakte,
gesloten, gedichte, gemmakte
en onaantastbare
vorm.

Figuur

Ze bloem van de hibiscus duurt een dag,
ster van kortstondig vuur in tegenspraak
van tuin en hemel, de man daarin een lichaam
dat zich weert, als elke bloem.

Wat hij niet weet: hoe waar dit alles is.
Is deze figuur wel echt
die in de laatste schijn van sterren buiten zit,
de bloem niet ziet, zich schroeit
aan het koud licht en in de tijdelijke 
ochtend bloemen raapt van
zwarte grond en wijkt voor het geweld
van zonlicht?

De zin van rouw die in hem woekert
herdenkt een vriend, een vriendschap
die zijn maat verliest
tussen zoveel vergaan.

Wat zit daar nu, een man of een gedicht?

De postman in zijn gele hemd fietst tot het hek,
vertelt de wereld, geeft zijn brief af
aan een levende, weet niets van rouw of ziel.
Hij ziet de rode bloemen op de grond,
zegt het wordt heet vandaag,
verdwijnt dan in het licht

en dit gedicht.

martes, agosto 12, 2014

Tomás Segovia / Intruso








Qué me puede esperar allá
adelante
qué me puede esperar
allá donde no hay nada que esté esperando
nada
qué me puede esperar a mí el más
huérfano
el que nunca es llamado
que da pasos de intruso por un mundo
donde nunca vio nada que soñara ser suyo
qué iré a encontrar allá
sino lo nunca familiar
lo que no acepta el nombre si yo le doy un
nombre
lo que niega las reglas de mi juego si juego
y si respiro seriedad se mofa
qué esfuerzo o qué locura ésta
de no querer echarme atrás
no querer dar un paso más
una mirada más una buena fe más
qué peligrosa convicción seguir creyendo
que yo el borrado yo el más huérfano
nunca tendré derecho a dar la espalda
que es el mundo el que un día
tendrá por fin que dar la cara.

Tomás Segovia (Valencia, 1927- México D.F., 2011), Rastreos, Pre-Textos, Valencia, 2012
Envío de Jonio González

Foto: Segovia por Alberto Di Lolli para El Mundo, España

lunes, agosto 11, 2014

Muriel Rukeyser / Esfuerzo por entablar un diálogo



Habla. Tómame la mano. ¿Qué eres tú ahora?
Te diré todo. No ocultaré nada.
Cuando yo tenía tres años, un niñito leyó la historia de un conejo
que moría, en la historia, y yo me oculté debajo de una silla:
un conejo rosado: era mi cumpleaños, y la llama de una vela
me quemó dolorosamente en un dedo, y me dijeron que fuera feliz.

Oh, trata de conocerme. No soy feliz. Seré sincera:
ahora pienso en velas blancas contra un cielo como música,
como alegres cuernos de caza, y pájaros levantando vuelo y un brazo rodeándome.
Hubo alguien a quien amé, que quería vivir navegando.

Habla. Tómame la mano. ¿Qué eres tú ahora?
A los nueve años fui gozosamente sentimental,
fluida: y mi tía viuda tocaba Chopin,
y yo inclinaba mi cabeza sobre la madera trabajada y pintada, y flotaba.
Ahora quisiera estar a tu lado. Me gustaría
unir de algún modo los minutos de mis días con tus días.
No soy feliz. Seré sincera.
He amado los focos de las esquinas del atardecer, y calmos poemas.
Ha habido temor en mi vida. Algunas veces medito
sobre qué tragedia fue mi vida, realmente.
Tómame la mano. Aprieta mi mente en el puño de tu mano. ¿Qué eres tú ahora?
A los catorce años tenía sueños suicidas,
y me estaba junto a una alta ventana, al atardecer, esperando la muerte:
si la luz no hubiera disuelto nubes y llanuras en belleza,
si la luz no hubiese transformado ese día, hubiera dado el salto.

Soy desdichada. Estoy sola. Háblame.

Seré sincera. Creo que él nunca me amó:
amaba las playas luminosas, los labios de espuma
sobre las pequeñas olas, amaba el vuelo de las gaviotas:
alegremente decía: Te amo. Trata de conocerme.

¿Qué eres tú ahora? Si pudiéramos tocarnos,
si estas nuestras separadas entidades pudieran estrecharse,
compenetrarse como las piezas de un rompecabezas chino... ayer
me encontré en una calle atestada, viva de gente,
y nadie decía una palabra, y la mañana brillaba.
Todos en silencio, en movimiento...Tómame la mano. Háblame.

Muriel Rukeyser (Nueva York, 1913-1980), Alberto Girri, 15 poetas norteamericanos. Segunda serie, Editorial Bibliográfica Omeba, Buenos Aires, 1969 

domingo, agosto 10, 2014

Leonardo Sinisgalli / El último porrazo de Flaiano










Se me rompió el cordón
del zapato, no tengo
ganas de andar viajando,
vuelvo a casa a morir.
En la larga mañana de tedio
escribirá un amigo
mi epicedio.

Leonardo Sinisgalli (Montemurro, Lucania, 1908-Roma, 1981), Mosche in bottiglia, Mondadori, 1975
Versión de Jorge Aulicino

Notas del traductor: Ennio Flaiano (1910-1972), mordaz espíritu de la Roma de posguerra, escritor, guionista, crítico de cine. El epicedio era un canto para los funerales en la antigua Grecia.


L'ultima battuta di Flaiano

Si è rotto il laccio
della scarpa, non ho
voglia di mettermi in viaggio,
torno a casa a morire.
Nella lunga mattinata di tedio
scriverà un amico
il mio epicedio.

sábado, agosto 09, 2014

Leonardo Sinisgalli / Goethe y Schopenhauer









De un vidrio de ventana ahumado
y delante de un sombrero negro
hice nacer el amarillo,
escribió Goethe a Schopenhauer.
Existe un confín más allá del cual
las cosas desparecen y no conviene
buscarlas más.

Leonardo Sinisgalli (Montemurro, Lucania, 1908-Roma, 1981), Mosche in bottiglia, Mondadori, 1975
Versión de Jorge Aulicino


Goethe e Schopenhauer

Da un vetro di finestra affumicato
e davanti a un cappello nero
ho fatto nascere il giallo,
scrisse Goethe a Schopenhauer.
Esiste un confine oltre il quale
le cose spariscono e non conviene
più cercarle.

viernes, agosto 08, 2014

Víctor Redondo / Los jóvenes maestros



Uno

Una vez más frente a frente.
Pero ahora el miedo
ha quitado de las palabras el ropaje de las palabras
y ahora las palabras, pero no las palabras,
son palabras finalmente, y no aquéllas.

Hay mucha exageración en todo esto
y una pequeña parte de verdad, “tengo
ciertos miedos que pertenecen al futuro”.
No se halla nunca el comienzo
y es tan difícil terminar. Un poema
quisiera extenderse como un pecado nuevo,
siempre insuficiente. ¿Para quién se escribe?
La ficción comienza antes del primer acto,
antes de entrar en la sala de los enigmas, antes
de sentarnos frente a la hoja, enjoyados por el hastío,
y antes de ser los animales jóvenes en busca del deseo.
No me mires así, sobre esto debo hablar.
Deja que destierre en paz estas almas que recuerdo
en cenizas, en trampas, en las noches donde vierto
la triste espuma de un vino inacabable.

Hemos nacido para el éxtasis seco,
para la furia de no comprender,
para tener cadenas por necesidad de cadenas y gozar
la lujuria de la rebelión. Deja que hable.
Pero no me dices que no hable: no me escuchas.
Hablo a la fría lucidez de los muertos
que no creen necesario contestar.
Ser o no ser son dos espejos ausentes.
Sobre esto es inútil hablar.
Tengo las palabras cubiertas de polvo.
Necesito que me respondas, ese silencio enloquece.
Necesito enfrentar palabras para oponer palabras.
Necesito creer en el mal para vencer lo irremediable.
El veneno de la serpiente
nos defiende de la serpiente. Y estamos hablando
de las involuntarias víctimas de un antiguo mal. Eso creo.
Quizás estamos hablando de otra cosa
y yo esté demasiado solo esta noche.

Víctor Redondo (Buenos Aires, 1953), 70 poemas, Hilos Editora, Buenos Aires, 2014