sábado, agosto 01, 2015

Robert Minhinnick / Un día y una noche en la república cruda









¿No hay ningún galés esta noche?.... ¿Ningún irlandés?.... ¿Ningún  pinche australiano?
(Kelly Jones, The Stereophonics, concierto gratuito al aire libre, Sydney, 18 de abril de 2010)


Y los murciélagos frugívoros
cruzan el escenario en donde está la banda,
pero Kelly Jones no pregunta si esta noche hay murciélagos frugívoros.
Kelly Jones no comprende a los murciélagos frugívoros.
Kelly Jones no ve los murciélagos frugívoros.
Kelly Jones no es D. H. Lawrence
aunque son casi del mismo porte,
enjutos como gavilanes.
Y Kelly Jones no pregunta si David Herbert Lawrence está esta noche, detrás de
los hules, en el crepúsculo índigo,
deslizándose por el escenario, o colgando de cabeza como cuelgan los murciélagos frugívoros.
Kelly no tiene ojos de lentejuela o una lengua para picotear el néctar.

Ahora el cielo se ha puesto
color de oxiacetileno. Pero Kelly Jones
no cambia de clave.


[Versión de Pedro Serrano]

Robert Minhinnick (Neath, Gales, Gran Bretaña, 1952), Poesía galesa contemporánea, traducción y prólogo de Jorge Fondebrider, Pedro Serrano y Verónica Zondek; con Luciana Cordo Russo y Rhiannon Gwyn. Editará Trilce, México DF


A Day and Night in the Raw Republic

Any Welsh in tonight? …..   Any Irish? …..Any fuckin Australians? 
(Kelly Jones, The Stereophonics, outdoor free concert, Sydney, April 18, 2010)


And the fruit bats cruise over the stage where the band sits 
but Kelly Jones doesn’t ask if there are fruit bats in tonight.
Kelly Jones doesn’t understand fruit bats. 
Kelly Jones doesn’t see fruit bats.
Kelly Jones is not DH Lawrence 
although they are about the same size,
spare as sparrowhawks.
And Kelly Jones doesn’t ask if David Herbert Lawrence is in this evening, beneath the gum trees, in the indigo dusk,
gliding over the stage, or hanging upside down as fruit bats hang. 
Kelly Jones does not have sequin eyes or a nectar-nibbling tongue.

Now the sky turns the colour
of oxy acetylene. But Kelly Jones
does not change key.



viernes, julio 31, 2015

Serguéi Gandlevski / Con emoción acostumbrarse al ladrido









Con emoción acostumbrarse al ladrido,
Al gorjeo y al canto de las ranas, mientras
Una hermosa estrella, cuyo nombre me es desconocido,
Brilla en el jardín.
Mirar, borrando la cortina, como el agua
Enrolla algas en la estaca,
Por el banco de arena dispersa al cardumen
E hincha las redes.
Con la vida venidera, pasada y presente
Cualquier minucia tímida se alumbra
—Revoloteadora, amarillenta, murmuradora-.
A todo disparate se le tiene fe.
No me desgarres el corazón, aun sin esto
Con los años me hice en exceso sentimental.

Serguéi Gandlevski (Moscú,1952), Alforja, XXX, Universidad Autónoma de Puebla, México, otoño de 2004
Traducción de Ludmila Biriukova
Envío de Jonio González


jueves, julio 30, 2015

René Char / Hojas de Hypnos 12








Lo que me puso en el mundo y me echará de él sólo interviene en las horas en que estoy demasiado débil para resistirle. Anciana persona cuando nací. Joven desconocida cuando moriré.
La misma y única Caminante.

René Char (L'Isle-sur-Sorgue, Francia, 1907-París, 1988), Feuillets d'Hypnos, 1946
Versión de Magdalena Cámpora



Feuillets d’Hypnos 12

Ce qui m’a mis au monde et qui m’en chassera n’intervient qu’aux heures où je suis trop faible pour lui résister. Vieille personne quand je suis né. Jeune inconnue quand je mourrai.
La seule et même Passante.


miércoles, julio 29, 2015

Griselda García / Reescritura de “Pensamientos de Deola”, de Cesare Pavese









GG pasa la mañana sentada en el café y ni el mozo la mira.
A esta hora en la ciudad baja el sol y algunos piden cerveza.
Ninguno busca. Tampoco GG, que mira pacífica y respira.
Cuando estuvo en la oficina, debía trabajar a esta hora
para subsistir: el mate con la compañera daba fuerza
y permitía soportar los chistes verdes de los jefes. Pero, sola,
es distinto: se puede hacer un trabajo más fino, con menos fatiga.
El alumno de ayer, arribando apurado, obtuvo una admonición,
al taller no se llega tarde. Si llegás tarde, no vengás.
Igual le sirvió una bebida y una masa dulce, italiana,
que el muchacho devoró en silencio como un niño.

Está atontada pero fresca esta vez, y le gusta ser libre, a GG,
y beber su té y comer medialunas. Esta tarde es medio anciana
y, si mira a los que pasan, es solo para tener algo que escribir.
A esta hora en la casa no pasa el tiempo y hay encierro
-el patrón aún no llega- es estúpido quedarse adentro.
Para soportar la tarea se requiere paciencia y, a esta altura,
la poca que queda se agota rápido y ya no vuelve.

GG se sienta mostrando el perfil a un espejo
y se mira en el fresco del vidrio. La cara un poco pálida:
son los años estancados. Frunce las cejas.
Se necesita la voluntad que tenía Enrique para durar
en un taller (porque, GG, acá todos los que vienen
te van a pedir algo, la demanda es ilimitada
y al maestro se le pide todo y más) y Enrique trabajaba
incansable, daba clases en escuelas de toda la ciudad
y todavía le alcanzaba para escribir su obra.

Los que pasan delante del café no distraen a GG
que intenta, como todos, trabajar poco y cobrar mucho.
Observando tras la pecera de La Orquídea, le placen
los vendedores de medias y linternitas que van por las mesas.
También la gitana pequeña que reza: "Le ofrezco esta rosa roja,
que nunca será tan bella como quien la recibe".
Le bastan dos o tres alumnos por día y tiene para vivir.
(Quizá fue un poco dura con el muchacho de ayer.
Suavizará la próxima vez). Estar sola, si quiere,
por la tarde, sentada en el café. No buscar a ninguno.

Griselda García (Buenos Aires, 1979)



Cesare Pavese: Pensamientos de Deola


Deola pasa la mañana sentada en el café
y ninguno la mira. A esta hora en la ciudad corren todos
bajo el sol todavía fresco del alba. Ninguno busca,
tampoco Deola, pero fuma pacífica y respira la mañana.
Cuando estuvo en pensión, debía dormir a esta hora
para reponer las fuerzas: la estera sobre el lecho
la ensuciaban con los zapatones soldados y obreros,
los clientes que rompen la espalda. Pero, sola, es distinto:
se puede hacer un trabajo más fino, con menos fatiga.
El señor de ayer, despertándola apurado,
la ha besado y llevado (me iría, querida,
contigo a Turín, si pudiese) con él a la estación
para que le deseara buen viaje.

Está atontada pero fresca esta vez,
y le gusta ser libre, Deola, y beber su leche
y comer brioches. Esta mañana es medio señora
y, si mira a los que pasan, es solo por no aburrirse.
A esta hora en la pensión se duerme y hay olor a encerrado
-la patrona sale de paseo- es estúpido estar ahí adentro.
Para yirar de noche en locales, se requiere presencia
y en pensión, a los treinta, lo poco que queda está perdido.

Deola se sienta mostrando el perfil a un espejo
y se mira en el fresco del vidrio. La cara un poco pálida:
no es el humo estancado. Frunce las cejas.
Se necesita la voluntad que tenía Marì para durar
en pensión (porque, querida señora, los hombres
vienen aquí para sacarse caprichos que no les cumplen
ni la mujer ni la novia) y Marì trabajaba
incansable, llena de brío y regalaba salud.
Los que pasan delante del café no distraen a Deola
que trabaja solamente a la noche, con lentas conquistas
en la música de su local. Echándole miradas
a un cliente o buscándole el pie, le placen las orquestas
que la hacen parecerse a una actriz en la escena de amor
con un joven rico. Le basta un cliente
cada noche, y tiene para vivir. (Quizá el señor de ayer
me llevaba de veras con él). Estar sola, si quiere,
a la mañana, y sentada en el café. No buscar a ninguno.

Cesare Pavese (San Stefano Belbo, 1908- Turín, 1950), Lavorare stanca. 1943. Traducción: Jorge Aulicino.

martes, julio 28, 2015

Alda Merini / Hay pintores que escriben con rimas








Hay pintores que escriben con rimas
y dibujan forestas en las cuales
van a vivir con sus amores.
Con un solo pensamiento se contentan,
lo cubren de rubíes y
creen que es un rey.
Los poetas no creen en las fechas,
creen que su historia comienza
por la presencia.

Alda Merini (Milán, Italia, 1931-2009), en la web Alda Merini
Versión de Jorge Aulicino

Ci sono pittori che scrivono con le rime 
e disegnano foreste entro cui
vanno a vivere con i loro amori.
 Si contentano di un solo pensiero, 
lo vestono di rubini e 
credono che sia un re.
I poeti non credono alle date, 
credono che la loro storia cominci
dalla presenza.



lunes, julio 27, 2015

Dino Campana / Buenos Aires









La nave avanza lentamente
Por el gris de la mañana entre la niebla.
Sobre el agua amarillenta de un mar fluvial
Surge la ciudad gris y velada.
Se entra en un puerto extraño. Los emigrantes
Enloquecen, se apiñan furiosamente
En la áspera embriaguez de la lucha inminente.
De un grupo de italianos, que va vestido
De manera ridícula, a la moda
Bonaerense, arrojan naranjas
A los paisanos sorprendidos y gritando.
Un muchacho de andar ligerísimo
Prole de libertad, preparado para el salto
Los mira con las manos en la faja              
Multicolor e insinúa un saludo.
Pero muestran feroces los dientes los italianos.

Dino Campana (Marradi, Italia, 1885 – Scandicci, Italia, 1932), "Otros poemas", Cantos órficos y otros poemas, estudio preliminar y traducción de Antonio Aliberti, Epsilon Editora, Buenos Aires, 1986


Buenos Aires

Il bastimento avanza lentamente
Nel grigio del mattino tra la nebbia
Sull'acqua gialla d'un mare fluviale
Appare la città grigia e velata.
Si entra in un porto strano. Gli emigranti
Impazzano e inferocian accalcandosi
Nell'aspra ebbrezza d'imminente lotta.
Da un gruppo d'italiani ch'è vestito
In un modo ridicolo alla moda
Bonearense si gettano arance
Ai paesani stralunati e urlanti.
Un ragazzo dal porto leggerissimo
Prole di libertà, pronto allo slancio
Li guarda colle mani nella fascia
Variopinta ed accenna ad un saluto.
Ma ringhiano feroci gli italiani.



domingo, julio 26, 2015

Serguéi Gandlevski / Cuando yo vivía en este mundo









Cuando yo vivía en este mundo
Y aspiraba su aire,
Y cometía estos actos,
Los otros, no los cometí;
Cuando guardaba silencio y decía sandeces,
Despilfarraba y acumulaba,
Me armaba de valor, parloteaba, lloraba,
Nada conservé;
Pero ahora, que estoy muerto
Y me transformé en la materia,
Nadie —ni Kierkegaard ni Buber—
Pueden explicarme para qué
—No logra entenderlo mi razón—
Y cómo decirlo, porque
Yo vivía y en mi propia cama
De un sobresalto me paraba
En la penumbra de la noche…

Serguéi Gandlevski (Moscú,1952), Alforja, XXX, Universidad Autónoma de Puebla, México, otoño de 2004
Traducción de Ludmila Biriukova
Envío de Jonio González



sábado, julio 25, 2015

Alfredo Chacón / Cada escalón









Subes y bajas
dentro de ti
y de cada acontecimiento
Trepas y resbalas
fuera de ti
con cada acontecimiento
Cada escalón
pide algo distinto a un esfuerzo
pero no te das cuenta
Crees que lo que quieres
se llama salvación
(aunque no sabes de qué)
Prefieres que sea el esfuerzo
quien te salve.

Alfredo Chacón (San Fernando de Apure, Venezuela, 1937), Sin mover los labios, Oscar Todtmann Editores, Caracas, 2015



viernes, julio 24, 2015

Ernest Hemingway / Montparnasse








Nunca hay suicidios en el barrio entre la gente que uno conoce.
Es decir, suicidios exitosos.
Un muchacho chino se mata y está muerto
(siguen dejando su correo en su buzón en el Dome).
Un muchacho noruego se mata y está muerto
(nadie sabe adónde ha ido el otro muchacho noruego).
Encuentran una muerte modélica
solos en la cama y definitivamente muertos
(lo que causa un problema casi insoportable al conserje).
Aceite dulce, clara de huevo, mostaza y agua, espuma de jabón
y lavados gástricos salvan a la gente que uno conoce.
Todas las tardes puedes encontrarla en el café.

Ernest Hemingway (Oak Park, Estados Unidos, 1899-Ketchum, Estados Unidos, 1961), Three Stories and Ten Poems, Contact Publishing, París, 1923
Versión de Jonio González


MONTPARNASSE

There are never any suicides in the quarter among people one knows 
No successful suicides. 
A Chinese boy kills himself and is dead 
(they continue to place his mail in the letter rack at the Dome).
A Norwegian boy kills himself and is dead 
(no one knows where the other Norwegian boy has gone). 
They find a model dead 
alone in bed and very dead 
(it made almost unbearable trouble for the concierge). 
Sweet oil, the white of eggs, mustard and water, soap suds 
and stomach pumps rescue the people one knows. 
Every afternoon the people one knows can be found at the café.


jueves, julio 23, 2015

Alfredo Le Pera / Arrabal amargo











[Tango, 1935]


Arrabal amargo,
metido en mi vida,
como la condena
de una maldición.
Tus sombras torturan
mis horas sin sueño,
tu noche se encierra
en mi corazón.
Con ella a mi lado
no vi tus tristezas,
tu barro y miserias,
ella era mi luz.
Y ahora, vencido,
arrastro mi alma,
clavao a tus calles
igual que a una cruz.

Rinconcito arrabalero,
con el toldo de estrellas
de tu patio que quiero.
Todo, todo se ilumina,
cuando ella vuelve a verte
y mis viejas madreselvas
están en flor para quererte.

Como una nube que pasa
mis ensueños se van,
se van, no vuelven más.

No digas a nadie
que ya no me quieres.
Si a mí me preguntan
diré que vendrás.
Y así cuando vuelvas,
mi alma, te juro,
los ojos extraños
no se asombrarán.
Verás cómo todo
te esperaba ansioso:
mi blanca casita
y el viejo rosal...
Y cómo de nuevo
alivia sus penas
vestido de fiesta
mi viejo arrabal.


Alfredo Le Pera (San Pablo, Brasil, 1900-Medellín, Colombia, 1935), Mi Buenos Aires querido, serie Cancionero, Torres Agüero Editor, Buenos Aires, 1977


miércoles, julio 22, 2015

Bruno Di Benedetto / Razón áurea









La belleza es una mala costumbre del infinito: esa vanidad
del caos mirándose a sí mismo como se miran los espejos:
lo que deslumbra es el reverbero entre dos nadas. La razón
es una coartada de oro, pero igual nos condenan a la pena
mayor: la espiral de los caracoles es la distancia más larga
entre morir y morir. El universo no es una caja de música,
pero igual esconde su resorte en la sombra: no hay pájaro
que le dé cuerda al mundo. O no es un pájaro. La sucesión
de los números es irracional, pero no salvaje: un latiguillo
mantiene el orden en esa fila de irse derechito al más allá.

(inédito)

Bruno Di Benedetto (Avellaneda, Argentina,1955; vive en Puerto Madryn, Argentina)

Foto: Bruno Di Benedetto en FB



martes, julio 21, 2015

Tatiana Oroño / Papeles









Tras de nosotros hay papeles con tu letra
anotaciones cartas efímeros billetes
garabatos de ocio distraídos grafemas.
Tras de nosotros hay papeles con mi letra
pañales son toallas
repasadores tibios
donde vuelve a ocurrir algo ocurrido:
cae un cuerpo y lo salvo
lo acaloro
enjuago un tenedor
lo envuelvo y lo devuelvo
sano
ocurre algo y lo asisto
sólo verlo existir sólo
tomándolo
en el hilo cursivo de la letra:
no dejarlo caer no consentir
que caiga
lo caído.

Tatiana Oroño (San José de Mayo, Uruguay,1947), "Muestra de poesía uruguaya actual", en Alforja, nº 45, Ciudad de México, verano de 2008
Envío de Jonio González



lunes, julio 20, 2015

Helmut Heissenbüttel / Combinación XI









1
La noche es un dibujo de faroles y luces traseras de autos.
Sobre el plano inmóvil del río Alster están las banderas
blancas de la noche.
Bajo los árboles caminan las sombras.
Soy yo.

2
Conversaciones de cámara oscura.
Memoria de cámara oscura.
Verjas de sombras sobre el hielo que se derrite.
En zancos de espejos están las luces de la orilla.
Los lugares sin luz se marchitan.

3
Todas esas frases.
El inventario de las oportunidades.
No olvides.
Habladurías de discos.
La memoria de filmes sonoros que están gastados.

4
Y las preguntas son las frases que no puedo pronunciar.
Y las ideas son los pájaros que vuelan y ya no vuelven.

Helmut Heissenbüttel (Wilhelmshaven, Alemania, 1921-Glückstadt, Alemania, 1996), Poesía alemana de hoy 1945/1966. Traducción de Rodolfo Alonso y Klaus Dieter Vervuert, Sudamericana, Buenos Aires, 1967
Envío de Jonio González


domingo, julio 19, 2015

Tom Pow / La Anunciación









La Anunciacion (c.1963-64) de Antonia Eiriz (1929-1995)
Museo Nacional de Bellas Artes, La Habana

Hay algo de Charles Laughton
a propósito de la Virgen lumpen –una simple costurera–
mientras retrocede en su silla, fijada
por una luz pálida. Jadea para respirar,
en tanto pasan a través de ella ondas de choque neurálgicas.
¿Y quién va a culparla? – con apenas
una máquina de coser entre ella
y el ángel que se le presenta
–en una diagonal desde el extremo derecho–
como algo liberado de una trampa,
así de desesperado ha estado por su tarea...

Un crítico se ha referido a
“el salvajismo feroz” de la obra de Eiriz
y en verdad, ninguno de los Cuatro Jinetes de Durero
es tan terrorífico como este demonio esquelético.
Le vemos la caja de las costillas, el hueso pélvico,
redondo como una rueda. No hay nada
detrás de sus insondables ojos cuadrados;
sin embargo el jubiloso horror
de su boca rectangular y oscura
recuerda la jaula de la que saltó.
                                                       Su brazo izquierdo
 –una conjunción de huesos prácticos–
aparece fijado a un costado de su cabeza. De esa prolongación
huesuda es de la que la costurera inútilmente se aparta.

Sin embargo, él entregará su mensaje, con elocuencia
aquí parafraseado: “¿Las buenas noticias?
no hay presente de Dios ni Dios es
un presente. Ni el misticismo ni vida
respiran en esta pintura, sólo
la terrible angustia que precede el final.”
De hecho es una imagen de fuerza sin alegría
– aunque no carente de su majestad. Las alas del ángel
–color agua de zanja–
vuelan detrás de él como una capa;
y encima de sus cejas feroces, casi líquidas,
unas pocas pinceladas marcan una corona.

La información sobre Eiriz
no es tan fácilmente disponible como su obra merece.
Pero entiendo, por hablar con
quienes la conocieron, que cayo en desgracia
en algún momento de los años sesenta, su obra
fue atacada con tal “salvajismo feroz”
que abandonó la pintura del todo –
sin embargo quienquiera que ubique a la Muerte en el centro
del deporte nacional (La Muerte en Pelota, 1966)
no está buscando ganarse el favor de nadie. Según los testigos,
se fue volviendo cada vez más huraña y pasó sus últimos
años infelices en Miami.

Como otros expresionistas más famosos
–Bacon y Ensor, por ejemplo–
su obra es tanto una expresión
de las capacidades de la pintura y del gesto
como de la oscuridad de su visión.
De cerca, puede verse, no hay un pedazo
de tela que carezca de energía e interés.
Sin embargo, ¿que régimen no le temería a alguien,
que, sin una pizca de locura, sólo con un
dolor activa, puede mirar al rostro del mundo
sin ilusión, esperanza o compromiso
–y luego tener el valor
de mantener esa imagen
durante el tiempo que toma
ejercitar su virtuosismo–
hundiendo el pincel
una y otra vez
en la oscuridad?

(inédito)

Tom Pow (Edimburgo, 1950)
Traducción de Jorge Fondebrider


THE ANNUNCIATION

La Anunciacion (c.1963-64) by Antonia Eiriz (1929-1995)
Museo Nacional de Bellas Artes,  Havana

There’s something of Charles Laughton
about the lumpen Virgin – a simple seamstress – 
as she recoils in her chair, pinned 
by a whey-faced light. She gasps for breath,
as neuralgic shock waves pass through her.
And who can blame her? - with only
a sewing machine between her
and the angel which comes at her –
in a diagonal from top right – 
like something released from a trap,
so desperate has he been for this task.

One critic has commented on
“the ferocious savagery” of Eiriz’s work
and truly, none of Durer’s Four Horsemen
is as terrifying as this skeletal ghoul.
We see the rack of his ribcage, his pelvic bone, 
round as a wheel. There’s nothing 
behind his depthless square eyes; 
though the gleeful horror
of his dark rectangular mouth 
recalls the cage from which he’s been sprung. 
                                                       His left arm –
a conjunction of serviceable bones –
appears fixed to the side of his head. It is from this
bony extension that the seamstress helplessly turns.

Yet he will deliver his message, eloquently
paraphrased here: “The good news?
there is no present from God, nor is God
a present. No mysticism nor life
breathes in this painting, only
the terrifying anguish which precedes the end.”
It is indeed an image of joyless force –
yet not without its majesty. The angel’s wings – 
the colour of ditch water –
sweep out behind him like a cloak;
and above his fiery, almost molten brows,
a few brushstrokes mark a crown.

Information about Eiriz 
is not as readily available as her work deserves.
But I understand, from speaking to those
who knew her, she fell from favour
sometime in the sixties, her work 
attacked with such “ferocious savagery” 
that she abandoned painting altogether – 
though anyone who places Death at the centre
of the national sport (La Muerte en Pelota, 1966)
is not intent on currying favour. By all accounts,
she became more and more reclusive and her last
unhappy years were spent in Miami.

Like other, more famous Expressionists –
Bacon and Ensor for example –
her work is as much an expression
of the capabilities of paint and of gesture
as it is about the darkness of her vision.
Up close, you will find, there’s not a patch
of canvas that’s without energy and interest.
Nevertheless, what regime would not fear one,
who, without a hint of madness, only with a
dolor activa, can look at the face of the world
with no illusion, hope or compromise –
and then have the courage
to hold that image
for the time it takes
to exercise her virtuosity –
dipping her brush
again and again
into the darkness?

sábado, julio 18, 2015

Jan Twardowski / Dos poemas










Un ángel serio y preguntas poco serias

Dime si te hiciste ángel después de pensarlo bien
si en vez del dedo anular tienes sólo el índice
si confiesas sólo a los de pecados pesados porque es difícil levantar los ligeros
si aplaudes mirando a alguien morir cuando está en el área de la portería
si no lloras nunca para nunca sonreír
si sabes escuchar atentamente sin razón
si no abrazas para así poder irte
si no echas de menos el cuerpo
la sonrisa humana
las manos entrelazadas como una chimenea
el pájaro pinzón que en septiembre abandona los jardines
el potro que cierra los párpados
el escarabajo de patas amarillas y rojas
el que cada segundo sea siempre el último
lo que es perecedero y por eso apreciado.



Oda a la desesperación

Pobre desesperación
monstruo honesto
te fastidian aquí terriblemente
te ponen la zancadilla
los ascetas te golpean
los médicos recetan píldoras para que te vayas
te llaman pecado
y yo sin ti
sonreiría siempre como un feliz cerdito en la lluvia
caía en la admiración de burro
inhumano
horrible como un teatro sin hombre
inmaduro frente a la muerte
yo solo a mi lado.

Jan Twardowski (Varsovia, 1915-2006), Jan Twardowski: el poeta, su didáctica de género, Edetania Ediciones, Godella, Valencia, 2007
Traducción de Edyta Borek
Envío de Jonio González

Foto: Jan Twardowski por Elżbieta Lempp en Culture PL



viernes, julio 17, 2015

Mercedes Alvarez / La exuberancia de las cosas




La exuberancia de las cosas
taladra con la muerte nuestros modos
sillería de roca
maderas disecadas
que ya no produce el país
la ceniza
la cálida visión desde el templo
el candor de las puertas golpeadas.
Lleva décadas
hacer que los ojos respondan.

Mercedes Alvarez (Tandil, Argentina, 1979), Saigón, Zindo & Gafuri, Buenos Aires, 2014



jueves, julio 16, 2015

Judith Filc / Grial









encerrado en
cuerpos de
plástico
                       Esperamos toda la noche.

dioxinas: cefalea e
insomnio

cadmio:
inflamación
pulmonar

un cielo
azul
interminable
se resiste al
recuerdo

                      Me pregunto si me
                      importaba hacer la
                      cola para conseguirle un
                      teléfono. Claro que no le
                      dije. No tengo
                      nada que
                      hacer.

vadear entre
escombros

buscando

mercurio: dolor en el
pecho falta de
aire tos
sanguinolenta

quemar
excavar
extraer

                     Cuarenta dólares me
                     dijo y además
                     pizza Coca Cola y
                     cigarrillos.

brilla

en el corazón

del
humo

Judith Filc (Buenos Aires, 1962), Vida en la tierra, Barnacle, Buenos Aires, 2015



miércoles, julio 15, 2015

Mario Luzi / Cerca del Bisenzio









La niebla congelada cubre la represa de la curtiembre
y el sendero que bordea la orilla. Salen cuatro,
no sé si los he visto o no los he visto antes,
lentos en su andar, lentos también cuando me detienen
                frente a frente.
Uno, el más trabajado por el ansia y el más indolente
se para frente a mí y me dice: “¿Tú? No eres de los nuestros.
No te quemaste como nosotros en el fuego de la lucha
cuando éste abrasaba, y ardían en la hoguera el bien y el mal”:
Lo miro fijo, sin dar una respuesta, en sus ojos marchitos,
                 débiles,
y capto, mientras mueve el labio de abajo, una inquietud.
“Solo hubo un tiempo para redimirse”, y aquí el temblor
se vuelve un tic convulsivo, “o para perderse, y fue aquel
                 tiempo”.
Los otros, obligados a hacer una pausa imprevista,
muestran signos de fastidio, pero no suspiran,
mueven los pies con cadencia contra el frío,
y mastican chicle mirándome a mí o a nadie.
“¿Acaso eres mudo?”, protestan los labios atormentados,
mientras él se va abajo y retrocede
frenético, varias veces, hasta que queda más allá,
quieto, abrazado a un palo, mirándome
entre irónico y furioso. Y espera. El lugar,
poco visible, está desierto;
la niebla presiona con fuerza a las personas
y no deja ver sino la tierra sucia del dique
y el cigarro, la planta ancha de las fosas que rezuma moco.
Y yo: “Es difícil explicártelo. Pero tienes que saber que
                   el camino
era para mí más largo que para ustedes;
pasaba por otros lugares”, “¿Por qué lugares?”
Como yo no respondo,
me mira un largo tiempo y me lanza: “¿Por qué lugares?”
Uno de los compañeros se balancea, otro apoya todo su cuerpo
                  sobre las pantorrillas,
todos mastican chicle y me miran, a mí o al vacío.
“Es difícil, es difícil explicarte.”
Hay un largo silencio,
mientras todo se detiene,
mientras el agua de la curtiembre susurra.
Luego me dejan allí, y yo los sigo a cierta distancia.
Pero uno de ellos, el más joven, me parece, el más dubitativo,
se hace a un lado, se detiene en el borde de hierba y me espera,
mientras los sigo lentamente, devorados por la niebla. A solo
                    un paso,
pero sin detenerme, nos miramos,
luego, mientras baja la mirada, él tiene una sonrisa de enfermo.
“Oh, Mario”, dice y se me pone al lado
en esa calle que no es una calle
sino un trazo tortuoso que se pierde en el barro,
“mírate, mira a tu alrededor. Mientras piensas
y haces concordar las esferas del reloj de la mente
con el movimiento de los planetas en un presente eterno
que no es el nuestro, que no está ni aquí ni ahora,
date vuelta y mira en qué se ha transformado el mundo,
pon tu mente en aquello que este tiempo te reclama,
no la profundidad, no el arrojo,
sino la repetición de palabras,
la mímesis sin por qué ni cómo
de los gestos en los que se desata nuestra multitud
mordida por la tarántula de la vida, y basta.
Dices que apuntas alto, más allá de las apariencias,
y no sientes que eso es demasiado. Demasiado, entiendo,
para nosotros que somos después de todo tus compañeros,
jóvenes pero desgastados por la lucha y más que por la lucha,
                      por su falta humillante.”
Escucho los pasos en la niebla de los compañeros que se
                     eclipsan,
y esta voz que viene rasgada, rota en un jadeo.
Respondo: “También trabajo para ustedes, por el amor
                      de ustedes”.
Él calla un poco, como para recibir esta piedra en cambio
del saco doloroso vaciado a mis pies y desparramado.
Y, como yo no digo nada, agrega: “Oh, Mario,
qué triste es ser hostiles, decirte que rechazamos la salvación,
ni comemos el alimento que nos traes, decirte que eso nos
                       ofende”:
Dejo que se aplaque poco a poco su respiración entrecortada
                    por el esfuerzo
mientras los pasos de los compañeros se aplacan,
y sólo el agua de la curtiembre susurra de cuando en cuando.
“Es triste, pero es nuestro destino: convivir en un mismo tiempo
                    y lugar
y hacernos la guerra por amor. Comprendo tu angustia
pero soy yo el que pago toda la deuda. Y he aceptado esa suerte”.
Y él, ahora perdido e indignado: “¿Tú, tú solamente?”
Pero luego renuncia al desahogo, me aprieta la mano con las
                   suyas que tiemblan
y agita la cabeza: “Oh, Mario, pero es terrible, es terrible que no
                   seas de los nuestros”.
Y llora, y también yo lloraría
si no fuese porque debo mostrarme hombre ante él que ha visto
                   unos pocos.
Luego se va, absorbido por la niebla del sendero.
Me quedo allí, y voy midiendo lo poco que se dijo,
lo mucho que se ha oído, mientras el agua de la curtiembre
                  murmura,
mientras zumban hilos altos en la niebla sobre los palos y
                  las antenas.
“No podrás juzgar estos años vividos con el corazón duro,
me digo, podrán hacerlo los otros en un tiempo diferente.
Ruega para que su alma esté desnuda
y su piedad sea más perfecta”.


Mario Luzi (Florencia, Italia, 1914-2005), Hablar de Poesía N° 31, Argentina, julio de 2015
Versión de Diego Bentivegna


Presso il Bisenzio // La nebbia ghiacciata affumica la gora della concia / e il viottolo che segue la proda. Ne escono quattro non so se visti o non mai visti prima, / pigri nell’andatura, pigri anche nel fermarsi fronte a fronte. / Uno, il più lavorato da smanie e il più indolente, / mi si fa incontro, mi dice: “Tu? Non sei dei nostri. / Non ti sei bruciato come noi al fuoco della lotta / quando divampava e ardevano nel rogo bene e male”. / Lo fisso senza dar risposta nei suoi occhi vizzi, deboli, / e colgo mentre guizza lungo il labbro di sotto un’inquietudine. / Ci fu solo un tempo per redimersi qui il tremito / si torce in tic convulso o perdersi, e fu quello. / Gli altri costretti a una sosta impreveduta / dànno segni di fastidio, ma non fiatano, / muovono i piedi in cadenza contro il freddo / e masticano gomma guardando me o nessuno. / Dunque sei muto? imprecano le labbra tormentate / mentre lui si fa sotto e retrocede / frenetico, più volte, finché‚ è là / fermo, addossato a un palo, che mi guarda / tra ironico e furente. E aspetta. Il luogo, / quel poco ch’è visibile, è deserto; la nebbia stringe dappresso le persone / e non lascia apparire che la terra fradicia dell’argine / e il cigaro, la pianta grassa dei fossati che stilla muco. / E io: E’ difficile spiegarti. Ma sappi che il cammino / per me era più lungo che per voi / e passava da altre parti Quali parti? / Come io non vado avanti, / mi fissa a lungo ed aspetta. Quali parti? / I compagni, uno si dondola, uno molleggia il corpo sui garetti / e tutti masticano gomma e mi guardano, me oppure il vuoto. / E’ difficile, difficile spiegarti. / C’è silenzio a lungo, / mentre tutto è fermo, / mentre l’acqua della gora fruscia. / Poi mi lasciano lì e io li seguo a distanza. // Ma uno d’essi, il più giovane, mi pare, e il più malcerto, / si fa da un lato, s’attarda sul ciglio erboso ad aspettarmi / mentre seguo lento loro inghiottiti dalla nebbia. A un passo / ormai, ma senza ch’io mi fermi, ci guardiamo, / poi abbassando gli occhi lui ha un sorriso da infermo. / O Mario dice e mi si mette al fianco / per quella strada che non è una strada / ma una traccia tortuosa che si perde nel fango / guardati, guardati d’attorno. Mentre pensi / e accordi le sfere d’orologio della mente / sul moto dei pianeti per un presente eterno / che non è il nostro, che non è qui né ora, / volgiti e guarda il mondo come è divenuto, / poni mente a che cosa questo tempo ti richiede, / non la profondità, né l’ardimento, / ma la ripetizione di parole, / la mimesi senza perché né come / dei gesti in cui si sfrena la nostra moltitudine / morsa dalla tarantola della vita, e basta. / Tu dici di puntare alto, di là dalle apparenze, / e non senti che è troppo. Troppo, intendo, / per noi che siamo dopo tutto i tuoi compagni, / giovani ma logorati dalla lotta e più che dalla lotta, dalla sua mancanza umiliante. / Ascolto insieme i passi nella nebbia dei compagni che si eclissano / e questa voce venire a strappi rotta da un ansito. / Rispondo: Lavoro anche per voi, per amor vostro. / Lui tace per un po’ quasi a ricever questa pietra in cambio / del sacco doloroso vuotato ai miei piedi e spanto. / E come io non dico altro, lui di nuovo: O Mario, / com’è triste essere ostili, dirti che rifiutiamo la salvezza, / né mangiamo del cibo che ci porgi, dirti che ci offende. / Lascio placarsi a poco a poco il suo respiro mozzato dall’affanno / mentre i passi dei compagni si spengono / e solo l’acqua della gora fruscia di quando in quando. / E’ triste, ma è il nostro destino: convivere in uno stesso tempo e luogo / e farci guerra per amore. Intendo la tua angoscia, / ma sono io che pago tutto il debito. E ho accettato questa sorte. / E lui, ora smarrito ed indignato: Tu? tu solamente? / Ma poi desiste dallo sfogo, mi stringe la mano con le sue convulse / e agita il capo: O Mario, ma è terribile, è terribile tu non sia dei nostri. / E piange, e anche io piangerei / se non fosse che devo mostrarmi uomo a lui che pochi ne ha veduti. / Poi corre via succhiato dalla nebbia del viottolo. // Rimango a misurare il poco detto, / il molto udito, mentre l’acqua della gora fruscia, / mentre ronzano fili alti nella nebbia sopra pali e antenne. / Non potrai giudicare di questi anni vissuti a cuore duro, / mi dico, potranno altri in un tempo diverso. / Prega che la loro anima sia spoglia / e la loro pietà sia più perfetta.







martes, julio 14, 2015

Santiago Sylvester / En este cuarto leo a Yeats

 








                                                 (lectura de Yeats)

En este cuarto leo a Yeats
y no pienso en Irlanda sino en este lugar donde estoy: los poemas
hablan para el lugar donde estoy
o no hablan en ninguna parte.

No sé por qué
llega hasta aquí una palabra que no está en el poema: hay
palabras que acompañan aunque no estén:
viven en estos alrededores
donde también estoy yo.

Sopla viento frío: en toda escritura
hay una post data, también en el poema de Yeats: ocultos
y elaborados lugares, no-lugares,
por donde se pasea nuestra suerte.
Una sentencia que nos condena o absuelve: sucede en un poema
y parece bastante.

Santiago Sylvester (Salta, Argentina, 1942), Los casos particulares, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2014



lunes, julio 13, 2015

Niels Hav / Las mujeres de Copenhague









Me he vuelto a enamorar de cinco mujeres
distintas durante un viaje en el autobús de la ruta 40
de Njalsgade a Osterbro. ¿Cómo va uno a controlar
su vida en esas condiciones?
Una de ellas llevaba un abrigo de piel;
otra, botas rojas. Una leía el periodico; la otra, a Heidegger
y las calles estaban inundadas de lluvia.
En el bulevar Amager subió una princesa empapada,
eufórica y furiosa, y me cautivó totalmente.
Pero se bajó frente a la estación de policía
y su lugar lo tomaron dos reinas con pañoletas fulgurantes
que hablaban con voces estridentes en pakistaní
durante el trayecto al Hospital Municipal
mientras el autobús bullia de poesía.
Eran hermanas e igualmente bellas, por lo que les entregué
mi corazón a las dos y empecé a hacer planes de una nueva vida
en una aldea cerca de Rawalpindi, donde los niños crecen en medio del olor
a hibisco mientras sus madres cantan canciones desgarradoras cuando
la tarde cae sobre las llanuras pakistaníes.

¡Pero ellas no me vieron! Y la que llevaba el abrigo de piel lloraba
con disimulo, cubriéndose con el guante, cuando se bajó en Farimagsgade.
La que leía a Heidegger cerró el libro de súbito y me miró fijamente
con sonrisa burlona, como si acabase de vislumbrar a un Don Nadie
en su mismísima insignificancia. Así se me partió el corazón por quinta vez
cuando se levantó y se fue con las otras. ¡Qué brutal es la vida!
Seguí otras dos paradas antes de darme por vencido.
Siempre termina así: Uno, de pie en la acera, fumando un cigarrillo,
tenso y levemente desdichado.

Niels Hav (Lemvig, Dinamarca, 1949), en La Náusea
Traducido por Orlando Alomá
© Niels Hav



domingo, julio 12, 2015

Claudia Noguera Penso / Caracas mortal









A veces cuesta levantarse en esta ciudad. Salir por cualquier puerta o resquicio puede significar el camino a la muerte, bajo el brazo inclemente de la miseria o simplemente del aburrimiento.
Pero también la ciudad puede ser amable y tierna, porque sé, con certeza, que estarás allí, ese espacio que ocupas me devuelve la calma y me prepara el camino para otros días de ausencia.
Así es esta ciudad, vive su vida, tuerce voluntades, nos atornilla a su destino. La contemplo y me doy cuenta que no tengo adonde ir, Caracas nunca pierde, no deja de latir (aun cuando tenga el pecho abierto y se esté desangrando).
En ocasiones cuando te vas siento que caigo, pero la ciudad me recuerda que estamos hechos a su imagen y semejanza.

Claudia Noguera Penso (Caracas, 1963), Caracas mortal, Oscar Todtmann Editores. Caracas, 2015
Envío de Jacqueline Goldberg