miércoles, junio 19, 2013

Poemas elegidos, 36


Susana Szwarc
(Quitilipi, Chaco, 1954)

La mujer de Lot, de Wislawa Szymborska
Elegí un poema por el gusto de compartirlo. En el 97 “conocí” a la Wislawa Szymborska, gracias a que me regalaron la antología que había sacado Hiperión.
Me tocó especialmente, a tal punto que hoy la elijo a ella sobre aquellos que me marcaron, acompañaron, formaron. En  mil nueve sesenta y algo (en  la secundaria) llegó en el tren  que pasaba por el pueblo, un libro de tapa dura, la antología poética de Saint-John Perse de Fabril Editora (que sigue a mi lado). Y encuentro renglones marcados en "Anábasis", que copiaría (y copiaría). Y Pessoa, traducido por un joven Rodolfo Alonso, también de Fabril editora (tapa blanda).
Pero la Symborska, con esa forma de reírse en la tragedia misma, de mostrarnos las relaciones (de poder), así como el desconsuelo del cada uno, me hizo quererla.



La mujer de Lot

Miré atrás dicen que por curiosidad.
Pero, curiosidad aparte, pude haber tenido otras razones.
Miré atrás de pena por la fuente de plata.
Por descuido, mientras ataba la correa de mi sandalia.
Para no mirar más el cogote justo
de mi esposo, Lot.
Por la súbita certeza de que, si muriera,
ni siquiera se habría detenido.
Por la desobediencia de los sumisos.
A la escucha de la persecución.
Tocada por es silencio, esperando que Dios cambiara de parecer.
Nuestras dos hijas ya desaparecían detrás de la cima de la colina.

Sentí la vejez en mí. La lejanía.
La vanidad de la andadura. El sueño.
Miré atrás al poner el hatillo sobre el suelo.
Miré atrás por temor a dónde dar el paso.
En mi sendero aparecieron serpientes,
arañas, ratones, polluelos de buitres.
Ya ni lo bueno ni lo malo –simplemente, todo lo vivo,
reptaba y saltaba en pánico colectivo.
Miré atrás por mi soledad.
Por vergüenza de estar huyendo a hurtadillas.
Por ganas de gritar, de volver.
O quizás sólo cuando arreció el viento,
soltó mi cabello y me levantó el vestido.

Sentí que me miraban desde las murallas de Sodoma
y rompían en carcajadas sonoras, una y otra vez.
Miré atrás por rabia.
Para saciarme de su gran perdición.
Miré atrás por todas las razones arriba expuestas.
Miré atrás de forma involuntaria.
Fue sólo una piedra la que giró rugiendo bajo mi cuerpo.
Fue una grieta la que, de súbito, me cortó el camino.
En el borde un hámster se agitaba sobre sus dos patas.
Y fue entonces cuando ambos miramos atrás.
No, no. Yo seguí corriendo,
arrastrándome y levantando el vuelo,
hasta que la oscuridad cayó del cielo,
y con ella la gravilla ardiente y las aves muertas.
Por falta de aliento giré repetidas veces.
Quien lo viese habría pensado que bailaba.
No descarto que tuviera los ojos abiertos.
Es posible que me desplomara con el rostro vuelto hacia la ciudad.

Wislawa Szymborska (Kórnik, 1923-Cracovia, 2012)
Versión de Elzbieta Bortkiewicz



Foto: Susana Szwarc en Susana Szwarc

Poemas elegidos, 35


Alejandro Crotto
(Buenos Aires, 1978)

Canción del Gran Puerco Celeste (Con música y olor de circo), de Óscar de Pablo
Un poema reciente que logra un milagro: actualizar la fuerza de la forma en castellano. Un poema enloquecido de denuncia del capitalismo en el que, operando todas juntas, la métrica imparisílaba regular, la rima consonante y la experimentación sobre la idea de verso generan una variante furiosa (al mismo tiempo sensorial y conceptual) del efecto que llamamos poesía. En un escenario donde la métrica y la rima son a veces vistas con cierto desdén, este poema viene a traernos nuevas ramas y frutas que nos llegan desde una raíz viva.    
Por cierto, este poema no es el más poderoso del libro -El baile de las condiciones (México D.F. 2011)- de donde está sacado. Hay otros más deslumbrantes (“El Quijote de Tomóchic”, “La tlanchana”, “Sobre la luz”, “Panfleto”), pero por su manejable extensión y su inmediatez me pareció mejor éste para invitar a asomarse.  


Canción del Gran Puerco Celeste
(Con música y olor de circo)

¡Pasen, pasen y pasen, damas y caballeros! Pasen que cosa
   nunca, nunca cosa
en la porcicultura se vio jamás criatura
más hermosa. Los altos cazadores lo bajaron del cielo, apenas
   lechoncito con aureola y con arpa. Ya entonces requirió
su propia carpa. Pasen señores, pasen monaguillos, niñas del
   internado y marineros, ya verán que bien vale
sus dineros. Damiselas y vagos, no teman ese olor a imperio
   decadente. Nunca han visto otro puerco
tan esplendente; pues siete hermosas chicas, dulces a manos
   llenas, se dan abasto apenas
para cubrir sus lomos infinitos
de perfume y moñitos
y autoestima sexual
antes de las funciones. Comprobadas doncellas, todas ellas.
   Y siete labradores, de los más industriosos, cosechan para
   él por las mañanas
latifundios enteros de manzanas. Pasen a deslumbrarse, viejos
   de nuevo ingreso, morosos, cobradores. Los siete labradores
cosechan sólo eso. ¡Niños y señoritas, padrotes y madamas,
   nunca consumió un puerco
tal mundo de manzanas! Pasen a verlo, pasen. Siete braceros
   siete, de los más fortachones, limpian diario sus heces
por galones. Pasen videntes, pasen invidentes, estudiantes de
   leyes y viejitas golpeadas, a ver a siete obreros
palear sus toneladas
   de excremento y orines. Pequeñines, violadas, jesuitas y seglares:
   Sus abundosas carnes podrían alimentar
   hasta veintiún hogares. Pasen a ver el hambre de las siete doncellas,
   los siete labradores y los siete braceros. Pasen a contemplar con qué nobleza
los veintiún miserables le peinan la cabeza. Cómo no se deciden al degüello,
   cómo no se lo comen, cómo se mueren de hambre y cómo se desviven. Pasen
   a ver, damas y caballeros, cómo no se deciden.

Óscar de Pablo (México, 1979)



Foto: Alejandro Crotto en El Señor de Abajo

martes, junio 18, 2013

Poemas elegidos, 34


Silvia Dabul
(Mendoza, 1962)

Un hombre trepa por las paredes y sube al cielo, de Edgar Bayley
Me gusta el ascenso de este hombre decidido que se detiene a oler malvones, geranios y hortensias, flores sin aroma alguno. Mi homenaje a Edgar Bayley, a su hombre solitario que trepa, y a la arbitrariedad que permite la poesía:




De la inexistencia de un aroma y una pierna (de Silvia Dabul)

Hoy murió, a las diez de la mañana,
el hermano de mi madre.
Lo hizo esta vez completamente,
su pierna derecha había muerto solitaria
algunos años antes.
Es posible que fuera la izquierda,
pero no es esto crónica
y a los efectos del verso
es sin duda mejor mantener 
-aunque dudosa- 
la derecha ausencia intacta.

Ya Bayley hizo trepar a ese hombre
por la pared al piso trece,
y no le puso obstáculos en el camino
cuando se detuvo a aspirar 
el improbable olor
de hortensias y malvones.

Así yo, 
amparada en la impunidad del poeta,
preclara, 
sin ambigüedades,
me dispongo a amputar
la pierna equivocada de mi tío muerto
a las diez de la mañana,
el hermano de mi madre.
                                     
                                            2005




Un hombre trepa por las paredes y sube al cielo

Colgado de una soga
el hombre que escala las paredes
tiene fuertes zapatones con clavos
Escala las paredes
porque ha olvidado las llaves de su casa
y mientras escala las paredes
hasta llegar al piso trece
se detiene algunos momentos
en los balcones de cada piso
donde aspira el olor de los geranios
las madreselvas
las hortensias
y los malvones
Hay sol
gallardetes
vendedores ambulantes
y más allá está el río
y más allá los puentes
por donde se va a la pampa
Abajo están los niños
que salen de las escuelas
y por el cielo pasan aviones y pájaros
y sombreros de anchas alas
que el viento arrancó a los desprevenidos
La soga ha sido atada a la viga
que sobresale en la azotea
Un hombre la ciñó a su cintura
y asciende tomándose de la soga
con sus manos enguantadas
Usa un chaleco floreado y una gorra a cuadros
Debe llegar al piso trece
donde tiene que regar unos claveles
pisar maíz
escribir unas cartas
y preparar una cazuela
Sube lentamente
y en cada piso se detiene un rato para descansar
Entra en el balcón de cada piso
y se sienta en un sillón
o se extiende sobre una reposera
y conversa con la vecina o los vecinos
y acepta un café o un mate
o deja caer un chorro de una bota de vino
en su garganta
o juega a las cartas
o escucha confidencias y da consejos
y cuenta algún episodio de su vida
hasta que saluda y se va
y sigue trepando por las paredes
colgado de una soga
Es el hombre que tiene fuertes zapatones con clavos
y un chaleco floreado y una gorra a cuadros
que olvidó las llaves de su casa
y aspira el olor de los geranios
y debe llegar al piso trece
antes de que aparezcan los búhos
y se iluminen las ventanas
Están los pájaros y el río allá lejos
y el césped del parque
y los caballos que galopan por la llanura
y esta silla desvencijada
y la bañera
fuera de uso
llena de tierra y de flores
y el mar y el navío que se acerca
y la lagartija que se escurre entre las rocas
y el vendedor de diarios que desde abajo
le grita consejos y advertencias
mientras el hombre vuela
asciende
conquista cada piso con esfuerzo
y mira siempre hacia arriba
la tierra está lejos
el cielo está lejos
El hombre que trepa por las paredes
colgado de una soga
cuando entra en una casa por el balcón
es bien recibido por los vecinos
y él trata de ser útil
pero en uno de los pisos
una mujer inesperada
que es una sola
y al mismo tiempo
todas las mujeres de su vida
le pide que la lleve con él
Entonces ella se ata también con la soga
y sube con el hombre
más allá del piso trece
hacia las nubes
el aire libre
el cielo
el viento
entre los geranios
las sombrillas
las reposeras
sobre puentes y puestos de diarios
y mástiles
y enredaderas
y algunas gotas
y semillas
y sueños
con su gorra a cuadros
con su chaleco floreado
con su enamorada de siempre

Edgar Bayley (Buenos Aires, 1919-1990)


Foto:: Silvia Dabul en Hostnews

Poemas elegidos, 33


Jonio González
(Buenos Aires, 1954)

Matrimonio, de Gregory Corso
A la hora de elegir un poema fundamental en mi formación como poeta (por pretencioso que suene), no dudé ni por un instante en elegir "Matrimonio", de Gregory Corso. Cuando lo descubrí, a los dieciocho años, en compañía de Miguel Gaya, fue como si se abriera una puerta cuya existencia ni siquiera sospechaba. Y no sólo por su ataque directo a los convencionalismos, sino sobre todo por su “fuerza dionisíaca de emoción y espontaneidad”, como ha escrito Sarah Duff, que contrastaba con todo lo que conocía hasta el momento, incluidos los coloquialistas que tanto me entusiasmaban y que de algún modo seguían atados a cierto pasado. Corso (y Ginsberg, Creeley, Ferlinghetti, O’Hara poco después) era algo absolutamente nuevo, que no podía relacionar con ninguna tradición propia, algo descarnado en el sentido más profundo, y al mismo tiempo lleno de una extraña vitalidad individual. La traducción que leí era, por supuesto, la de Ediciones del Mediodía, plagada de errores pero con un ritmo muy conseguido que aún resuena en mi mente. Pocos poemas conozco cuyas múltiples versiones sean tan distintas entre sí, de modo que para contribuir al desconcierto general he decidido aportar la mía.



Matrimonio

¿Debería casarme? ¿Debería ser bueno?
¿Sorprender a mi joven vecina con mi traje de terciopelo y mi gorra de Fausto?
Llevarla a cementerios en lugar de al cine
hablarle de bañeras de hombre lobo y clarinetes en do
y después desearla y besarla y todos los preparativos
y ella sin dejarse ir y yo entendiendo por qué
diciéndole sin enojarme ¡Debes sentir! ¡Es maravilloso sentir!
y en lugar de eso tomarla en mis brazos y apoyarla contra una lápida vieja y torcida
y cortejarla toda la noche las constelaciones en el cielo...

Cuando me presentara a sus padres
la espalda recta, por fin bien peinado, estrangulado por una corbata,
me sentaría con las rodillas juntas en su sofá de los interrogatorios
y no preguntaría ¿Dónde está el baño?
¿De qué otro modo sentirme distinto de lo que soy,
pensando casi todo el tiempo en los capítulos de Flash Gordon...
Oh, qué terrible debe de ser para un hombre joven
sentarse delante de una familia y la familia pensando
¡Nunca lo habíamos visto! ¡Quiere a nuestra Mary Lou!
Después del té y las galletas caseras preguntarían ¿Cómo se gana la vida?
¿Debería decirlo? ¿Seguiría gustándoles?
Dirían muy bien, casaos, no perdemos una hija
sino que ganamos un hijo...
¿Podría entonces preguntar dónde está el baño?

¡Oh, Dios, y la boda! Toda la familia y los amigos de ella
y sólo un puñado de los míos, andrajosos y barbudos
esperando para arrojarse sobre los tragos y la comida.
¡Y el cura! Mirándome como si me masturbara
preguntándome ¿Tomas a esta mujer por tu legítima esposa?
¿Y qué diría yo, temblando? ¡Diría Pastel de Cola!
Besaría a la novia mientras todos esos cursis me dan palmadas en la espalda
¡Ella es toda tuya, muchacho! ¡Ja, ja, ja!
Y en sus ojos podrías ver alguna impúdica escena de la luna de miel...

Después todo ese arroz absurdo y latas y zapatos ruidosos
¡Cataratas del Niágara! ¡Hordas de nosotros! ¡Maridos! ¡Esposas! ¡Flores! ¡Bombones!
Todos entrando en hoteles acogedores
Todos para hacer lo mismo esa noche
El indiferente conserje sabe lo que va a pasar
Los zombis del hall lo saben
El ascensorista que silba lo sabe
El botones que me guiña un ojo lo sabe
¡Todos lo saben! ¡Casi me siento inclinado a no hacer nada!
¡A quedarme toda la noche de pie! ¡A mirar a los ojos al conserje!
Gritándole: ¡Me niego a la luna de miel! ¡Me niego a la luna de miel!
corriendo desenfrenadamente por esas suites climatizadas
vociferando ¡Vientre de radio! ¡Excavadora!
¡Oh, viviría en Niágara para siempre! en una cueva oscura debajo de las cataratas
Me quedaría sentado allí como el Lunamielero Loco ideando modos de romper matrimonios,
un azote de bigamia un santo del divorcio...

Pero debería casarme, debería ser bueno
Qué hermoso sería llegar a casa, a ella
y sentarme junto al fuego y ella en la cocina
joven y amorosa con su delantal deseando un bebé
y tan feliz conmigo que se le quemaría el rosbif
y vendría llorando a mí y yo me levantaría de mi gran sillón
diciendo ¡Diente de Navidad! ¡Cerebros radiantes! ¡Manzana sorda!
¡Oh, Dios, qué buen esposo sería! ¡Sí, debería casarme!
¡Hay tanto por hacer! Como meterme en la casa de Mr. Jones tarde por la noche
y cubrir sus palos de golf con libros noruegos de 1920
como colgar una foto de Rimbaud en el cortacésped
como pegar sellos de Tannu Tuva en toda la cerca
como decirle a la señora Kindhead cuando viniera a recolectar fondos
para la beneficencia ¡Hay presagios desfavorables en el cielo!
Y cuando viniese el alcalde para obtener mi voto decirle
¿Cuándo van a parar con la matanza de ballenas?
Y cuando viniera el lechero dejarle una nota en la botella
Polvo de pingüino, tráigame polvo de pingüino, quiero polvo de pingüino...
Sin embargo, si me casara y vivimos en Connecticut y hay nieve
y ella da a luz un niño y yo estoy sin dormir, agotado,
levantado toda la noche, con la cabeza apoyada contra una ventana inmóvil, el pasado detrás de mí,
en la más común de las situaciones un hombre que tiembla
consciente de sus responsabilidades nada de ramita ni sopa de moneda romana...
¡Oh, lo que sería!
Seguramente le daría por tetina un Tácito de goma
por sonajero una bolsa llena de discos rotos de Bach
le clavaría con tachuelas a Della Francesca en la cuna
le cosería el alfabeto griego en el babero
y construiría un Partenón sin techo como corralito.

No, dudo que fuera esa clase de padre
nada de césped, de nieve, de ventana inmóvil
sino la caliente, hedionda, dura ciudad de Nueva York
siete pisos sin ascensor, cucarachas y ratas en las paredes
una gorda esposa del Reich gritando sobre las patatas ¡Consigue un trabajo!
Y cinco mocosos con la nariz chorreante enamorados de Batman
Y todos los vecinos sin dientes y con el pelo erizado
como esas multitudes de brujas del siglo XVIII
todos queriendo entrar y ver la tele
Y el casero que quiere su alquiler
Tienda de comestibles Compañía de Gas y Electricidad Cruz Azul Caballeros de Colón
Imposible recostarse y soñar nieve telefónica, aparcamiento fantasma...
¡No! ¡No debería casarme y no debería casarme nunca!
Pero... imagina que fuera a casarme con una mujer hermosa y sofisticada
alta y pálida con un elegante vestido negro y unos guantes largos y negros
que sostiene una boquilla en una mano y un vaso de whisky con soda en la otra
y que viviéramos en un ático con una ventana enorme
desde la cual pudiéramos ver todo Nueva York y aun más lejos en días claros
No, no puedo imaginarme casado en ese agradable sueño carcelario...

Oh, pero ¿qué hay del amor? Me olvido del amor
no es que sea incapaz de amar
es sólo que el amor me parece tan extraño como usar zapatos...
Nunca quise casarme con una chica que fuera como mi madre
E Ingrid Bergman siempre fue imposible
Y quizá haya una chica ahora mismo pero ya estará casada
Y los hombres no me gustan y...
¡pero tiene que haber alguien!
Porque qué pasa si tengo sesenta años y no estoy casado,
solo en un cuarto alquilado con manchas de pis en los calzoncillos
¡y todos los demás casados! ¡Todos en el universo casados menos yo!

Ah, sin embargo sé que si hubiese una mujer posible como yo soy posible
el matrimonio sería posible...
Como ELLA en su bagatela solitaria y exótica esperando a su amante egipcio
así espero yo, desprovisto de dos mil años y el baño de la vida.

Gregory Nunzio Corso (Nueva York, 1930-Minessota, 2001)
Versión de Jonio González



Foto: Jonio González por Daniel Mordzinski

lunes, junio 17, 2013

Poemas elegidos, 32


Silvina López Medin 
(Buenos Aires, 1976)

Es infinita esta riqueza abandonada, de Edgar Bayley
Hay poemas que me gusta tener cerca del escritorio. No a la vista, pero lo suficientemente cerca como para toparme con ellos cuando empiezo a dar vueltas y las cosas amenazan con cerrarse. Uno es "Es infinita esta riqueza abandonada" de Edgar Bayley. Ese ritmo que golpea y quiebra una superficie tras otra y mueve a hacer lo mismo: querer ver en el fondo lo que viene después: lo otro. Cuando algo parece cerrarse y me pregunto cómo se sostiene la escritura cómo se sostiene el resto, intento sumergirme en el ritmo del poema: abrir, abrir, querer ver.



Es infinita esta riqueza abandonada

esta mano no es la mano ni la piel de tu alegría
al fondo de las calles encuentras siempre otro cielo
tras el cielo hay siempre otra hierba playas distintas
nunca terminará es infinita esta riqueza abandonada
nunca supongas que la espuma del alba se ha extinguido
después del rostro hay otro rostro
tras la marcha de tu amante hay otra marcha
tras el canto un nuevo roce se prolonga
y las madrugadas esconden abecedarios inauditos islas remotas
siempre será así
algunas veces tu sueño cree haberlo dicho todo
pero otro sueño se levanta y no es el mismo
entonces tú vuelves a las manos al corazón de todos de cualquiera
no eres el mismo no son los mismos
otros saben la palabra tú la ignoras
otros saben olvidar los hechos innecesarios
y levantan su pulgar han olvidado
tú has de volver no importa tu fracaso
nunca terminará es infinita esta riqueza abandonada
y cada gesto cada forma de amor o de reproche
entre las últimas risas el dolor y los comienzos
encontrará el agrio viento y las estrellas vencidas
una máscara de abedul presagia la visión
has querido ver
en el fondo del día lo has conseguido algunas veces
el río llega a los dioses
sube murmullos lejanos a la claridad del sol
amenazas
resplandor en frío

no esperas nada
sino la ruta del sol y de la pena
nunca terminará es infinita esta riqueza abandonada


Edgar Bayley (Buenos Aires, 1919-1990)

Poemas elegidos, 31


Rodolfo Edwards
(Buenos Aires, 1962)

Manchas en la pared, de Nicanor Parra
Elijo este poema del chileno Nicanor Parra a modo de homenaje porque allá por mis veinte y tantos años, me cambió definitivamente la manera de escribir. Y no sólo “la manera de escribir” sino también la manera de entender el mundo y las cosas: la condición precaria y provisoria de todo, la fugacidad de nuestra existencia terrenal, el absurdo que gobierna lo cotidiano. Con los asuntos más banales, con el lenguaje más llano y pedestre se podía hacer una gran poesía. Y que podía ser entendida por todos, por cualquiera. “Los poetas bajaron del Olimpo”, gritaba en su “Manifiesto”. Y así era nomás. Como diría Borges, lo admiré e imité hasta el plagio. Me puse mi capa de “antipoeta” y me puse a contar chistes que a veces rozan, apenas, la poesía. Tuve la suerte de entrevistarlo en el año 1985, cuando vino invitado a un encuentro cultural organizado en los años dorados del alfonsinismo, aquella primavera democrática que coincidió con mi juventud; dentro de la Obra gruesa de don Nica conservo un volante que dice: “13/12, 20 hs. Nicanor Parra. Lectura de poemas. Centro Cultural Carlos Gardel. Itaquí 2050. Villa Soldati”. El lugar estaba en el medio de un barrio “pezuti”, se hizo la noche larga (nos habíamos quedado charlando con el poeta y los vecinos, comiento sandwichitos de miga), yo me quedé sin bondi (ni sabía dónde estaba). Parra y su comitiva tuvieron la gentileza de llevarme en el auto oficial de la municipalidad. También se subieron a aquel auto: una chica (tan perdida como yo) y un periodista de gran porte que había ido a hacer una nota. Se llamaba Jorge Lanata. Yo fui sentado en el medio de Parra y Lanata, que no paraba de hablarle de poetas ingleses, hasta que Parra citó un verso de Auden: “Muerte: no seas orgullosa”. Dios le conserve la salud. Aguante Parra.


Manchas en la pared

Antes que caiga la noche total
Estudiaremos las manchas en la pared:
Unas parecen plantas
Otras simulan animales mitológicos.

Hipogrifos,
            dragones,
                     salamandras.

Pero las más misteriosas de todas
Son las que parecen explosiones atómicas.

En el cinematógrafo de la pared
El alma ve lo que el cuerpo no ve:
Hombres arrodillados
Madres con criaturas en los brazos
Monumentos ecuestres
Sacerdotes que levantan la hostia:

Órganos genitales que se juntan.

Pero las más extraordinarias de todas
Son
   sin lugar a dudas
Las que se parecen a explosiones atómicas.

Nicanor Parra (San Fabián de Alico, 1914)



Foto: Rodolfo Edwards por Pablo Mehanna en Radio Montaje

domingo, junio 16, 2013

Poemas elegidos, 30


Marina Kohon
(Mar del Plata, 1965)

Free Run, de José Watanabe
José Watanabe por la belleza de cómo él entiende lo divino en el mundo cotidiano. El ritmo del lenguaje que se desliza, sobre la naturaleza, en la comparación de lo tangible con lo lejano e inalcanzable. Es un mundo de opuestos complementarios, y así lo celebran  sus versos que se mueven como una niebla  suave, velando la rigurosidad de su escritura.




Free Run

En medio de la limpia llanura, el cerro.
Sus enormes volutas de piedras encimadas
              parecen hervores del infierno.

Llego hasta él
        por una senda de cabras. Vengo a ver
sus petroglifos, esa persistencia del hombre
                                             en la piedra.

De pronto, precediendo una estela de polvo,
llega una camioneta
          inexplicable en estos lugares desolados.
Todo empieza a ser insólito: dos muchachos,
como apariciones, bajan en pantalonetas
y  comienzan a trepar ágilmente el cerro. Al parecer,
                 sólo los mueve la alegría de sus músculos.

Saltan de una saliente de piedra a otra,
a las sucesivas otras, la escala
                               de su alegría. Pienso
en la difícil armonía  entre el obstáculo
                                          y el cuerpo,
tal el diestro frente al toro
o el poeta frente al poema: se muere
             por la disonancia de un pie en falso.

Los muchachos desaparecen en las alturas.
                     Yo permanezco felíz
en mi lenta esfera
donde respirar es una acción tan intensa
      como el impulso
de cualquier bella máquina en movimiento.


José Watanabe (Laredo, 1946-Lima, 2007)



Foto: Marina Kohon en FB

Poemas elegidos, 29


Pablo Seguí
(Córdoba, Argentina, 1973)

Sinfonía en gris mayor, de Rubén Darío
Tenía 17 años cuando dejé de estudiar violín (música clásica) y comencé a escribir. Habían sido 9 años de relacionarme con Vivaldi, con Bach, con Schubert, con Beethoven; es decir, con artistas que habían creado sus obras hará quizá 300 años o más, a veces... Cuando decidí pasarme a la poesía, fue lo más natural del mundo tomar los manuales Estrada de historia de las literaturas española e hispanoamericana y argentina, e informarme sobre quiénes habían descollado en el arte del verso...
Me llamó la atención el modernismo, como “primer movimiento artístico que va de América a España”. Eso de que, en el poema y concretamente, hubiera una cláusula (tatáta), monótona y previsible, tenía que ver con mínimas estructuras que hacían y todavía hacen a mucha de la música de todas las épocas. Había allí noción de forma, fácilmente tangible. Escribí varios poemas con esa cláusula, intentando la rima, empezando a sentirle el gusto a la materialidad de las palabras: aliteraciones, acentos, etc.
A lo largo de los años también me di, obviamente, al verso libre. Y al verso sin sentido y hasta al caótico (algo que para mí llamo “versos para el lector ágrafo”). Pero de hace unos años a esta parte necesité recuperar el ritmo, la medida (once y siete -casi Fito-, y a veces catorce), junto a la profundización en la búsqueda de sentido (cuando ello era posible). Quién sabe qué vendrá después.
Resumo: hubo una continuidad entre mi experiencia con la música y mi práctica de la poesía. Con respecto a la primera, escucho regularmente, no sólo lo tradicional, sino también las cosas más “osadas” de la música clásica contemporánea, y en lo que hace a los versos, leo absolutamente de todo (aunque procuro hacerlo mayormente en la lengua original, con lo que quedo limitado al castellano y, por desdicha, nada más que al francés); pero necesito anclarme, de algún modo y cuando escribo, en el sentido a través de, al menos, ciertos atisbos de métrica.



Sinfonía en gris mayor 

El mar como un vasto cristal azogado
refleja la lámina de un cielo de zinc;
lejanas bandadas de pájaros manchan
el fondo bruñido de pálido gris.

El sol como un vidrio redondo y opaco
con paso de enfermo camina al cenit;
el viento marino descansa en la sombra
teniendo de almohada su negro clarín.

Las ondas que mueven su vientre de plomo
debajo del muelle parecen gemir.
Sentado en un cable, fumando su pipa,
está un marinero pensando en las playas
de un vago, lejano, brumoso país.

Es viejo ese lobo. Tostaron su cara
los rayos de fuego del sol del Brasil;
los recios tifones del mar de la China
le han visto bebiendo su frasco de gin.

La espuma impregnada de yodo y salitre
ha tiempo conoce su roja nariz,
sus crespos cabellos, sus bíceps de atleta,
su gorra de lona, su blusa de dril.

En medio del humo que forma el tabaco
ve el viejo el lejano, brumoso país,
adonde una tarde caliente y dorada
tendidas las velas partió el bergantín...

La siesta del trópico. El lobo se aduerme.
Ya todo lo envuelve la gama del gris.
Parece que un suave y enorme esfumino
del curvo horizonte borrara el confín.

La siesta del trópico. La vieja cigarra
ensaya su ronca guitarra senil,
y el grillo preludia un solo monótono
en la única cuerda que está en su violín.

                           Rubén Darío, 1891

Félix Rubén García Sarmiento, Rubén Darío (Metapa, hoy Ciudad Darío, 1867-León, Nicaragua, 1916)



Foto: Pablo Seguí en FB

sábado, junio 15, 2013

Poemas elegidos, 28


Silvia Camerotto
(Lomas de Zamora, 1959)

Little Gidding, de T.S. Eliot
El primer libro que leí de Eliot fue Four Quartets. Antes había pasado por Milton y por Donne y por Browning. Era chica todavía y no alcanzaba a comprender la dimensión de las palabras, pero había ahí algo mucho más cercano en tiempo y forma que me hacía ruido. Desde entonces nunca dejé de leerlo y releerlo, y por él llegué a otros poetas igual de significativos. No es el libro que más me gusta, pero le debo un largo camino de lecturas.





Little Gidding

V

Lo que llamamos el comienzo es a menudo el final
y llegar al final es llegar al comienzo.
El final es ahí donde empezamos. Y cada frase
y oración correcta (donde cada palabra es familiar,
y ocupa su lugar para respaldar a las demás,
la palabra no es reticente ni ostentosa,
una transacción sencilla entre lo viejo y lo nuevo,
la palabra común, exacta, sin vulgaridad,
la palabra formal precisa, pero sin pedantería,
compañeras perfectas bailando al compás)
cada frase y cada oración son un final y un comienzo,
cada poema un epitafio. Y toda acción
un paso al cadalso, al fuego, hacia la garganta del mar
o hacia una piedra indescifrable: y allí es donde empezamos.
Morimos con los moribundos:
miren, ellos se marchan y vamos con ellos.
Nacemos con los muertos:
miren, ellos regresan y volvemos con ellos.
El momento de la rosa y el momento del tejo
duran lo mismo. Un pueblo sin historia
no es redimido por el tiempo, porque la historia es una muestra
de momentos atemporales. Entonces, mientras la luz se apaga
en una tarde de invierno, en una capilla apartada
la historia es ahora e Inglaterra.

Con la atracción de este Amor y la voz de este Llamado.

No dejaremos de explorar
y el fin de todas nuestras búsquedas
será llegar a donde comenzamos
y reconocer el lugar por primera vez.
A través de la puerta desconocida y recordada
cuando lo último que quede por descubrir de la tierra
sea eso que fue el comienzo;
en el nacimiento del río más largo
la voz de la cascada oculta
y los niños en el manzano.
No conocida, porque no la buscamos
pero oída apenas en la quietud
entre dos olas de mar.
De prisa, aquí, ahora, siempre—
una condición de absoluta sencillez
(que cuesta nada menos que todo)
Y todo estará bien y
todas las cosas saldrán bien
cuando las lenguas de la llama se unan
al centro de fuego coronado
y el fuego y la rosa sean uno.

T. S. Eliot (St. Louis, Missouri, 1888–Londres, 1965)
Versión de Silvia Camerotto

Poemas elegidos, 27


Osvaldo Bossi 
(Buenos Aires, 1963)

Éramos tan amigos..., de Sandro Penna
Es casi un no-poema. Una nota escrita al pasar. Unos pocos versos, tres en este caso.  Y ya está,  tenemos el milagro. Con una economía deslumbrante, que uno quisiera (yo quisiera) ver reflejada en la propia escritura. Como si los poetas que uno siempre admita fueran como santos, y desde su cielo, nos aconsejaran cosas. Yo lo llevo en mi corazón a Sandro Penna, como una estampita. No fue una de mis primeras lecturas, pero está entre las primeras, en un orden de belleza, y a él me encomiendo cada vez que escribo.  Desde luego, no es el único. Pero si tuviera -como ahora- que elegir a uno solo, lo elegiría a él. Sobre todo, por esa falta de ostentación, que hace pensar en la poesía como en un hecho natural, o como una gracia que nos concede (si tenemos suerte) el lenguaje. El resultado, "una extraña alegría de vivir”, que se traduce en poemas, pero también a la inversa. Al lado suyo, cualquier cosa que escribamos suena siempre un poco retórica y artificial. "Eramos tan amigos..."es sólo un ejemplo de esa belleza alegre y dolorosa, de la que Sandro Penna  parecía tener la clave. Al leerlo, como en el tango, todo, todo se ilumina a mi alrededor.  



ÉRAMOS TAN AMIGOS que un secreto
de uno era del otro. Pero uno había
del que nunca habló él consigo mismo.

Sandro Penna (Perugia, 1906-Roma, 1977)
Versión de Edgardo Dobry

Tanto amici eravamo che un segreto / dell‘uno era dell’altro. D‘uno solo / egli non ne parló mai con se stesso.

viernes, junio 14, 2013

Poemas elegidos, 26




Judith Filc
(Buenos Aires, 1962)

Mañana, de Giuseppe Ungaretti
Porque fue uno de los poetas que más influencia tuvieron sobre mí en la época en la que empecé a tomarme la escritura más en serio, y porque la condensación y el poder de evocación son dos de las cualidades que más me atraen en la poesía.



Mattina
Santa Maria La Longa il 26 gennaio 1917

M’illumino
d’immenso.

Giuseppe Ungaretti (Alejandría, 1888-Roma, 1970)





Foto: Judith Filc en Gog y Magog

Poemas elegidos, 25


Pablo Anadón
(Villa Dolores, 1963)


Dos patrias, de José Martí
Un poema que a menudo vuelve a mi memoria es “Dos patrias”, de José Martí. Lo escribió poco antes de morir, y en él prevé su muerte. No sólo la prevé, reflexiona sobre ella, la imagina, y la acepta. Podemos verlo al poeta en su habitación, cuando llega la noche, escribiendo a la luz de una vela. “Cuando retira / su majestad el sol”, dice, y parece reverberar allí un eco de otro sol declinante, el del poema “Para entonces” de Manuel Gutiérrez Nájera, otra meditatio mortis: “Morir cuando la luz, triste, retira / sus áureas redes de la onda verde, / y ser como ese sol que lento expira: / algo muy luminoso que se pierde”. Nuestro autor ve la tarde que se oscurece, y sueña -ese soñar despierto del poeta- que la noche es también su patria, como la lejana Cuba por cuya libertad luchó toda su vida, y que ambas son a su vez una mujer, una mujer de luto que viene hasta su cuarto. Esa dama enlutada, que es la Noche y que es Cuba (y que es la Muerte), trae en su mano una flor, un clavel rojo. El hombre junto al vidrio adivina qué es ese clavel sangriento y por qué la mujer está de luto. Ella trae en la mano el corazón de él (uno recuerda a otra joven, ésta en cambio vestida toda de rojo, que también apretaba en su mano el corazón de otro poeta), y está enlutada porque es, anticipadamente, su viuda. “Ya es hora / de empezar a morir”, se dice a sí mismo. Todo el poema, como decía, es una meditación sobre la muerte: tiene el ritmo entrecortado, con frases breves, de quien no canta ni hace un discurso para los demás, sino de quien se habla a sí mismo en el silencio y en la soledad. Los endecasílabos blancos atenúan la rotundidad de su áurea medida por medio de los encabalgamientos, que subrayan esa cadencia entrecortada, como de oleadas progresivas de conciencia. Se dice: “La noche es buena / para decir adiós. La luz estorba / y la palabra humana.” La oscuridad de la noche, en efecto, simplifica la realidad exterior, nos devuelve hacia esa otra realidad de lo invisible, que para algunos griegos era la verdadera realidad (por ello representaban al sabio como ciego). Luego, como un corolario de lo anterior, viene otra constatación que, para Octavio Paz, no podría haber sido formulada antes del Modernismo (podríamos pensar asimismo: antes de la conciencia del hombre moderno): “El universo / habla mejor que el hombre.” Esta frase admite, a mi juicio, diversas interpretaciones. Se me ocurren tres. El universo habla mejor que el hombre, en primer lugar, porque el lenguaje humano siempre será más limitado que el lenguaje del universo, “ese tapiz que vemos del reverso”, para decirlo con un verso de Pedro Miguel Obligado, o ese Libro misterioso, como ha sido definido por Dante y la tradición hermética. En segundo término, porque “la palabra humana” suele ser expresión de un yo, y sólo quizás a través de los más altos momentos de la poesía ese yo puede convertirse en Otro, como proponía Rimbaud. Y en tercer y último término (queda abierto su enigma, sin embargo, a otras significaciones), porque llega una hora en que la palabra puede o debe dejar su lugar a la acción, a esa otra palabra que es el acto (allí se insinúa el ánimo fundamentalmente ético, antes aún que estético, de Martí). Luego de esa afirmación, queda un espacio en blanco, se hace una pausa, como si se materializara en la blancura del papel el mutismo de la palabra meramente humana. Se completa el endecasílabo en el inicio de la frase siguiente: “Cual bandera / que invita a batallar, la llama roja / de la vela flamea.” Vemos aquí la confirmación de la última interpretación que planteábamos: el poeta ve cómo la llama misma de la humilde vela junto a la cual escribe se transforma en una bandera, una bandera roja, de lucha. Es entonces cuando apunta otro verso encabalgado de una extraordinaria fuerza poética, una frase que no puede ser percibida en toda su intensidad si no se ha vivido esa experiencia del yo, del ego, como una clausura, como una prisión: “Las ventanas / abro, ya estrecho en mí.” Esa palabra, “abro”, al inicio del verso, me recuerda otro verso extraordinario, uno de los más poderosos que conozco de la poesía en lengua castellana, que comienza con la misma vocal abierta y que manifiesta también, con magnífica hipérbole, una pasión para la cual hasta la infinitud divina puede ser una cárcel: “Alma a quien todo un Dios prisión ha sido” (me gusta más esta versión blasfematoria del verso de Quevedo, que la otra con el dios en minúscula, que sólo aludiría al dios Amor). Luego de tal gesto extático, ese clímax a la vez concreto, realista, y simbólico, del hombre que abre las ventanas porque ya no cabe en su individualidad, llega la coda del poema: “Muda, rompiendo / las hojas del clavel, como una nube / que enturbia el cielo, Cuba, viuda, pasa…” (notemos, de paso, el logrado arte de la aliteración, que recorre todo el texto). El sacrificio, imaginativamente, se ha cumplido: Cuba, que es la Noche, y es a la vez una hermosa mujer de negro, se aleja esparciendo los pétalos del clavel que es su corazón. El poeta acepta su destino, su muerte, en manos de la patria. En ese final escucho, no sé si equivocadamente, la resonancia del final de otro poema en que un hombre dialoga consigo mismo, con su dolor, como si hablara con su amada: “Et, comme un long linceul traînant à l’Orient, / Entends, ma chère, entends la douce Nuit qui marche.” (Literalmente: “Y, como un largo sudario arrastrándose al Oriente, / Escucha, querida mía, escucha la dulce Noche que avanza.”) Poco después de escrito “Dos patrias”, que queda manuscrito entre sus Flores del destierro, José Martí murió por la liberación de su país, el 19 de mayo de 1895, en la batalla de Dos Ríos.




Dos patrias

Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche.
¿O son una las dos? No bien retira
su majestad el sol, con largos velos
y un clavel en la mano, silenciosa
Cuba cual viuda triste me aparece.
¡Yo sé cuál es ese clavel sangriento
que en la mano le tiembla! Está vacío
mi pecho, destrozado está y vacío
en donde estaba el corazón. Ya es hora
de empezar a morir. La noche es buena
para decir adiós. La luz estorba
y la palabra humana. El universo
habla mejor que el hombre.
                           Cual bandera
que invita a batallar, la llama roja
de la vela flamea. Las ventanas
abro, ya estrecho en mí. Muda, rompiendo
las hojas del clavel, como una nube
que enturbia el cielo, Cuba, viuda, pasa…

José Martí (La Habana, 1853-Dos Ríos, 1895)



Foto: Pablo Anadón en FB

jueves, junio 13, 2013

Poemas elegidos, 24


Mercedes Araujo
(Mendoza, 1972)

Presentiment –is that Long Shadow on the Lawn..., de Emily Dickinson
Elijo un poema de Emily Dickinson que se conoce como "Presentimiento" o se cita por su primera línea: Presentiment –is that Long Shadow on the Lawn –.
Emily Dickinson me resultó deslumbrante desde la primera lectura, pero este poema, con aires de epigrama, siempre me produce una intensa, profundísima, admiración y la emoción de una primera lectura o descubrimiento original que se renueva.
Son cuatro versos en los que la poeta describe el presentimiento, la revelación o la intuición que avisa fugazmente la inminencia de lo que ocurrirá y es el pálpito o su descubrimiento, en su dimensión física, que se avisa causando la perplejidad. Además, formalmente, esa revelación habilita la aparición del poema mismo. El poema logra decir la esencia de lo anticipatorio, la iluminación que se revela en la sombra misma.
Como pasa con varios poemas de E.D., existen numerosas versiones; elijo tres traducciones, dos de ellas no forman parte de las antologías traducidas pero se pueden leer en Internet.


Presentimiento es esa sombra larga
en el césped que anuncia
que los soles se hunden
el aviso a la hierba asustada
de que la noche llega.

-Versión de Agustí Bartra


Presentimiento es esa larga sombra en el césped
indicio de que los soles descienden;
la noticia a la trémula hierba
de que la oscuridad se acerca.

-Versión de Claribel Alegría


Presentimiento - es esa larga sombra - en el Prado -
Indicativo de que los Soles descienden -
La noticia para el sorprendido - Pasto -
De que la Oscuridad - está punto de pasar - .

-Versión de Pedro Serrano


Emily Dickinson (Amherst, 1830-1886)


Presentiment –is that Long Shadow on the Lawn – 
Indicative that Suns go down –
The Notice to the startled Grass
That darkness – is about to pass.



Foto: Mercedes Araujo en CCEBA

Poemas elegidos, 23


Francisco Pancho Muñoz
(Buenos Aires, 1945)

Me viene, hay días, una gana ubérrima, política..., de César Vallejo
Cholo pensante y sufriente con la palma de la mano en su mentón y los dedos soportando la posición de la cabeza; en la otra, están el bastón y su codo, donde todo se apoya y resplandece. También hay, y sobresale, un zarzo negro en uno de los dedos. Esa es la fotografía, lo primero que conocí de Vallejo.
Todo vino después; en plena adolescencia. A partir de entonces, la lectura o emoción literaria fue diferente y mi gusto poético comenzó a depender de según cuanto se acercaran o alejaran del peruano del Perú. Precisión de calígrafo emocional para explicar acción y resultados. “Quiero escribir pero me sale espuma”.
El resto fue obsesión por unos cuantos años y conocimiento memorioso y absoluto de ese artefacto de palabras de donde no es posible escapar sin salir lastimado.
Yo, que llevo leyéndolo más de cincuenta años, aún muestro honradamente las marcas del combate.



Me viene, hay días, una gana ubérrima, política... 

Me viene, hay días, una gana ubérrima, política,
de querer, de besar al cariño en sus dos rostros,
y me viene de lejos un querer
demostrativo, otro querer amar, de grado o fuerza,
al que me odia, al que rasga su papel, al muchachito,
a la que llora por el que lloraba,
al rey del vino, al esclavo del agua,
al que ocultóse en su ira,
al que suda, al que pasa, al que sacude su persona en mi alma.
Y quiero, por lo tanto, acomodarle
al que me habla, su trenza; sus cabellos, al soldado;
su luz, al grande; su grandeza, al chico.
Quiero planchar directamente
un pañuelo al que no puede llorar
y, cuando estoy triste o me duele la dicha,
remedar a los niños y a los genios.

Quiero ayudar al bueno a ser su poquillo de malo
y me urge estar sentado a la diestra del zurdo, y responder al mudo,
tratando de serle útil
en todo lo que puedo y también quiero muchísimo
lavarle al cojo el pie,
y ayudarle a dormir al tuerto próximo.

Ah querer, éste, el mío, éste, el mundial,
interhumano y parroquial, provecto.
Me viene a pelo,
desde el cimiento, desde la ingle pública,
y, viniendo de lejos, da ganas de besarle
la bufanda al cantor,
y al que sufre, besarle en su sartén,
al sordo, en su rumor craneano, impávido;
al que me da lo que olvidé en mi seno,
en su Dante, en su Chaplín, en sus hombros.

Quiero, para terminar,
cuando estoy al borde célebre de la violencia
o lleno de pecho el corazón, querría
ayudar a reír al que sonríe,
ponerle un pajarillo al malvado en plena nuca,
cuidar a los enfermos enfadándolos,
comprarle al vendedor,
ayudarle a matar al matador –cosa terrible-
y quisiera yo ser bueno conmigo
en todo.

César Vallejo (Santiago de Chuco, 1892- París, 1938)

miércoles, junio 12, 2013

Poemas elegidos, 22


Valeria Cervero 
(Buenos Aires, 1972)

pós-tudo, de Augusto de Campos
Hace casi veinte años, el descubrir los poemas de Augusto de Campos gracias a la antología que en ese momento elaboró Gonzalo Aguilar* me permitió leer y pensar la poesía desde un lugar que aún me resulta fundamental y productivo. Como otros poemas del concretismo, “pós-tudo” claramente me llevó a captar la tensión entre los elementos lógico-discursivos y ese camino propio de la poesía, no discursivo. Lo visual aparece en él como apuesta hacia el pasado y hacia el futuro, como cuestionamiento del tiempo sucesivo de la lectura, del que sin embargo no podemos terminar de desprendernos. Pero “pós-tudo” es -y creo que por eso todavía  logra hacerse presente-  también un alerta sobre la razón de la poesía, que,  incluso cuando parece llegar al silencio, nos deja ver que solo existe en esa imposibilidad de alcanzarlo.

*Reeditada en 2012 por Gog y Magog






pos-todo
Quise / mudar todo / mudé todo /ahorapostodo / extodo / mudo
1985

Augusto de Campos (San Pablo, 1931)
Versión de Gonzalo Aguilar



Foto: Valeria Cervero por FB en Aromito

Poemas elegidos, 21


Rafael Felipe Oteriño
(La Plata, 1945)

Encuentro, de Czeslaw Milosz
Elijo el poema de Czeslaw Milosz en su versión en inglés, supervisada por el autor. Pertenece a uno de sus primeros libros (Salvación, 1945) y está fechado en 1936, en Wilno, capital de Lituania. Milosz es un poeta con el que siento una larga y profunda afinidad. Su formación clásica, su mirada comprometida con el presente, su propensión a la memoria y al autoexamen y una indisimulada religiosidad me han seducido desde que lo leí por primera vez. Más aún, hace unos años viajé a Lituania sólo para conocer el paisaje y las ciudades de su infancia y adolescencia, y al año siguiente fui a la bella Cracovia adonde regresó para morir luego de su prolongado exilio en la costa californiana de Estados Unidos. La versión del poema es mía. Hay otras en Poemas (Marginales, Tusquets Editores, Barcelona, 1984, realizada por Bárbara Stawicka), en Tierra Inalcanzable (Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2011, perteneciente a Xavier Farré) e internet contiene traducciones de José Díaz Bordón y José Emilio Pacheco.
El poema es simple, descriptivo y memorioso. Su primera mitad fluye apacible como un río de llanura. Pero guarda para el final un verso de contagiosa vitalidad, que es toda una apuesta al poderío de la emoción. Con ese verso -que, como veremos, muta las pérdidas en ganancias- despeja cualquier inclinación a la melancolía, tan propicia en los poemas cuyo tema es el pasado. El contraste entre la Naturaleza física y la adaptabilidad humana es lo que más me seduce, ya que parece afirmar que el mundo es imperfecto, pero es humildemente el único que tenemos. Las dos primeras líneas (Atravesábamos campos helados en un vagón al amanecer./ Un ala roja se levantaba en la oscuridad) plantea el escenario donde se desarrolla la acción. El poeta habla de la incursión en tren que hiciera con algunos compañeros por una campiña que ha quedado atrás (atrás en el tiempo y en el espacio). No es difícil imaginar que el lugar ha sufrido cambios geográficos, corrimiento de fronteras e, incluso, la pertenencia a sucesivas banderas en razón de la guerra que asoló a esa inequívoca Europa Central de principios del siglo XX. El cielo rojo del amanecer, desplazándose como un ala, es el telón de fondo de la vida joven en su combustión, pero señala asimismo la vislumbre de las amenazas que se cernían entonces sobre esos territorios.
En la tercera y cuarta líneas el poema toma cuerpo, ya que, del encuentro fortuito con una liebre que se cruza en el camino, surge la intercesión que da temperatura espiritual a la escena (Y de pronto una liebre cruzó el camino./ Uno de nosotros la señaló con la mano). Son datos objetivos, pero de un dramatismo seco, callado como el de todo aquello que anticipa un acontecer incierto. Entran a jugar los dos elementos vivaces del poema: la liebre y el ademán de la mano, lo que es tanto como decir: el devenir y la articulación de lo humano. Toda una expresión de apertura, de vértigo y oportunidad, en la que no puede obviarse la tácita imagen del tiempo como fuga. Las dos líneas siguientes implican una reflexión que, por su intensidad, precipita el poema hacia su inesperado final  (Eso fue hace mucho. Ninguno de ellos está vivo./ Ni la liebre ni la mano que hizo el gesto). No hay queja por parte del poeta: hay mayor apunte de detalles. Pero sobreviene la pregunta ontológica: el ubi sunt clásico (…dónde están ellos, dónde se han ido/ el fulgor de la mano, la estela del movimiento, el susurro de la grava). Y la respuesta no se demora: en mi pregunta no hay tristeza, sino admiración. Como para despejar dudas y quitar todo eco elegíaco que pudiera esperarse, el autor opone a la inevitable “tristeza”, que es el lugar común de las pérdidas, la rica palabra wonder (admiración), que suena celestial como el soplo de un órgano. La sonoridad de la palabra es, en este caso, más contundente que su semántica.
El poema está recorrido por oposiciones y contrastes: campo helado/ala roja, oscuridad/amanecer, liebre/mano, vida/muerte, y por último, la más significativa: tristeza/admiración. Ciertamente, la palabra admiración no era la esperada por el lector. El vocablo que naturalmente fluye en estas circunstancias es otro más íntimo: “resignación”. Pero el poeta no quiso concluir el poema con una palabra de clausura. Quiso sobreelevar la imagen hasta rozar una sublimación. El poeta describe la alegría de haber asistido al universo infinito desde su propia finitud. Y esto es toda una enseñanza. Pese al tiempo transcurrido y las ocasionales pérdidas, prima la henchida “admiración” sobre la apocada “tristeza”. El poema recoge la felicidad del hecho de vivir y esa felicidad me acompaña cada vez que lo leo y trato de aproximarme a su cristalina originalidad.



Encuentro

Atravesábamos campos helados en un vagón al amanecer.
Un ala roja se levantaba en la oscuridad.

Y de pronto una liebre cruzó el camino.
Uno de nosotros la señaló con la mano.

Eso fue hace mucho. Ninguno de ellos está vivo,
Ni la liebre ni el hombre que hizo el gesto.

Oh, mi amor, dónde están ellos, dónde se han ido
El fulgor de la mano, la estela del movimiento, el susurro de la grava.
En mi pregunta no hay tristeza, sino admiración.


Czeslaw Milosz (Lituania, 1911–Cracovia, 2004)
Versión de Rafael Felipe Oteriño

martes, junio 11, 2013

Poemas elegidos, 20

Marcelo Leites
(Concordia, 1963)

6 de Zarpa, de Leónidas Lamborghini
Es difícil elegir un solo poema de la obra de Leónidas Lamborghini que me haya influido, como se requiere en esta encuesta. Sin considerar su obra total, quiero decir. Sé que de él aprendí que la lírica podía prescindir de todo excedente emotivo, que la lírica podía ajustarse a una palabra esencial y despojada. Finalmente me decidí por este poema, citado como epígrafe en mi primer libro. En él hay otros valores que también me fueron útiles a lo largo de mi escritura, como la repetición de una palabra o de una frase con mínimas variaciones y cómo este recurso bien usado puede potenciar el sentido. Pero sobre todo, hay aquí un regreso, una memoria que está en juego, y ese retorno a las cosas que constituyen el ser, es uno de los elementos característicos de mi poética. Sin embargo no se trata de nostalgia, sino de algo más profundo: de la imposibilidad de escapar de lo que fuimos. El pasado determina el presente pero la “mirada poética” es la del presente. Por supuesto que esos materiales de la historia personal después son procesados junto a otras voces, otros ámbitos: ideas, libros, personas, etc., todo lo que termina conformando el llamado "yo lírico".
                                                            Concordia, mayo de 2013



6 de ZARPA

volver a ver:
volver
blandamente.

las ganas
de florecer
blandamente
en el volver.

las ganas
de volver a
florecer.

volver
en las ganas
de volver:
blandamente
blandamente.

Leónidas Lamborghini (Buenos Aires, 1927-2009)



Foto: Marcelo Leites en Aromito




Poemas elegidos, 19


Emma Villazón Ritcher
(Santa Cruz, Bolivia, 1983)

Poema del fin, de Marina Tsvetáyeva
Marina Tsvetáyeva escribe una música de fuego. Uno de mis encuentros más poderosos con la poesía ha sido a través de sus poemas. Su voz me habla así como el mar de Pushkin le hablaba a ella. Este poema forma parte de un texto más largo que se llama “Poema del fin”. Esta versión extraordinaria, por el compromiso que expresa con la musicalidad particular de Tsvetáyeva, es de Severo Sarduy.


En las afueras: ¡afuera!
Más allá de las barreras.
La vida es inhabitable:
un barrio ju—dío…

Dignos, como los judíos.
Cien veces: dignos y errantes.
Para quien no es canalla,
matanza de ju—díos es la vida.

Vivir entre conversos,
¡los judas de la fe!
A las islas leprosas,
¡al diablo de una vez!

Vida para el converso,
¡Ovejas para el verdugo!
Permiso de residencia:
¡lo pisoteo!

El escudo de David
venga los cuerpos revueltos.
¿O no quisieron vivir
entre los otros, los muertos?

El gueto es muro y es foso,
donde piedad no se espera.
En el mundo cristianísimo,
¡los poetas son judíos!

Marina Tsvetáyeva (Moscú, 1892-Yelábuga, 1941)
Versión de Severo Sarduy

lunes, junio 10, 2013

Poemas elegidos, 18


Santiago Sylvester
(Salta, 1942)

Los bufones, de Rubén Darío
No es necesario (creo)  justificar la importancia de Rubén Darío en la poesía de la lengua, y sobre todo en la modernidad de Latinoamérica. Por razones paradojales, se lo suele considerar demasiado pendiente de cisnes, de qué tendrá la princesa, y de la marquesa que ríe, ríe y ríe.
El soneto que elijo es lo contrario: un resumen denso de la América profunda, que nunca descuidó. Es un poema que obliga a situar a este poeta como testigo implacable, desde dentro, del tejido americano. Y es curioso cómo, siendo uno de los más contundentes del autor, casi no ha encontrado cabida en las antologías que se le han dedicado: tengo varias y en ninguna está.


Los bufones

Recuerdo, allá en la casa familiar, dos enanos
como los de Velázquez. El uno varón era
llamado “el Capitán”. Su vieja compañera
era su madre. Y ambos parecían hermanos.

Tenían de peleles, de espectros, de gusanos;
él cojeaba, era bizco, ponía cara fiera;
fabricaba muñecos y figuras de cera
con sus chicas, horribles y regordetas manos.

También fingía ser obispo y bendecía,
predicaba sermones de endemoniado enredo
y rezaba contrito Pater y Ave María.

Luego enano y enana se retiraban quedo;
y en tanto que la gente hacendada reía,
yo, silencioso en un rincón, tenía miedo.

Félix Rubén García Sarmiento, Rubén Darío (Metapa, hoy Ciudad Darío, 1867-León, Nicaragua, 1916)




Foto: Santiago Sylvester en el programa televisivo Dar de Nuevo

Poemas elegidos, 17


Cecilia Romana
(Buenos Aires, 1975)

Estampa, de Francisco López Merino
Leí a López Merino por primera vez en la antología de poetas argentinos que Horacio Armani publicó en Aguilar en 1981. Después de leer estos versos del poeta nacido en 1904 y muerto de un pistoletazo en 1928, no pude dejar de buscarlo, de querer imitarlo como fuera.
Horacio Armani le regaló la antología a mi padre apenas salió. Yo tenía cinco años.
Una vez por mes acompañaba a mi padre al diario La Nación a entregar los comentarios de libros que luego salían en el Suplemento Cultural. Armani por ese entonces era el director del Suplemento. Cada vez que me veía entrar en el edificio de la calle Bouchard, aquel poeta delicado y bueno me regalaba el último ejemplar de La Nacioncita, que yo atesoraba con mi alma y defendía de la avidez de mis hermanos.
Vaya este breve poema de López Merino como recuerdo y agradecimiento a Horacio Armani, que más tarde fue mi amigo.


Estampa

Siempre estás como ausente de la tarde. ¿Qué lago
invisible y lejano recogerá tu imagen?
Líquido estremecido por un perfil tan vago
se tornará sensible cuando los astros bajen.

Temo quebrar la magia de tus vírgenes sendas
con la torpe palabra que mi labio pronuncia.
Tendré que ser más leve para que me comprendas
o tú bajar al mundo como hoja que renuncia.

Siempre estás como ausente de la tarde. ¿Qué brisa
se lleva tu silencio cargado de leyendas?
De paisajes soñados se nutre tu sonrisa.
Tendré que ser más leve para que me comprendas.

Francisco López Merino (La Plata, 1904-1928)

domingo, junio 09, 2013

Poemas elegidos, 16


Fabio Morábito
(Alejandría, 1955)

Trotamundos, de Giuseppe Ungaretti
El traductor vincula dos idiomas, pero también los separa; los vincula y los separa con la misma pasión y, por lo mismo, el arte de la traducción se ejerce en un espacio exiguo, lo que hace del traductor una figura emblemática de nuestro tiempo, porque nuestro tiempo nos exige ser exiguos y las grandes ciudades son prueba de ellos. Se rigen por el principio del espacio exiguo pero suficiente.
En este poema de Ungaretti, el primer poeta a quien traduje en mi vida, no sólo encontré retratada una experiencia vital que pude entender porque era también la mía, sino, sobre todo, una manifestación de lo exigua que es la poesía. Como la traducción, la poesía se nutre de fragmentos mínimos, trozos duros de lenguaje que en el poema se reúnen, pero jamás se funden como en la prosa; siempre estarán a la vista en su soledad gracias al simple hecho de que el poema, gracias al verso, ha renunciado al optimismo del renglón seguido que es propio de la prosa.
Este poema de Ungaretti, del que ofrezco aquí una traducción, está hecho de fragmentos que parecen casi esquirlas de una explosión. El poeta, en lugar de fundirlos para ocultarlos, los exhibe con un candor infantil, como si nos dijera: un poema se hace recogiendo trozos duros del suelo; hay que inclinarse, mirar y recoger (o desechar) un trozo a la vez; y girar la cabeza lo menos posible, pero no olvidar hacerlo. Toda una lección de exigüidad que he tenido siempre presente al escribir poesía.



Trotamundos

En ninguna
parte
de la tierra
puedo
asentarme

En cada
nuevo
clima
que encuentro
descubro
con pena
que
alguna vez
me fue
conocido

Y me separo de él siempre
extranjero

Naciendo
de vuelta de épocas
demasiado vividas

Gozar un solo
minuto de vida
inicial

Busco un país
inocente

Giuseppe Ungaretti (Alejandría, 1888-Roma, 1970)




Foto: Fabio Morábito por Cristina Rodríguez en La Jornada, junio 2011

Poemas elegidos, 15


Roberto Pasquali
(Boloña, 1955)

Ci fu un redentore (Hubo un redentor), de Dylan Thomas
Salí de la escuela pensando que la poesía era algo aburrido, inútil y viejo con palabras muy lejanas de mi experiencia juvenil, pero algo en mis cuadernos escribía sin saber qué era y cómo llamar a esa forma de escritura. Un día me regalaron un libro de Thomas y fue como un relámpago en un cajón. Hablaba mi lengua y sentía cosas parecidas y él podía decirlas con palabras hermosas; en ese momento entendí qué era la poesía: decir cosas hermosas con palabras hermosas y con total libertad al mismo tiempo. Desde entonces no paré de leer y escribir poesía y de darla  a conocer, sobre todo a los chicos que se aburren en la escuela...




Ci fu un redentore

Ci fu un redentore
Più raro del radio,
Più comune dell'acqua, più crudele della verità;
Fanciulli tolti al sole,
Si riunivano intorno alla sua lingua
Per udire la nota dorata girare in un solco,
Prigionieri dei loro desideri sprangavano gli occhi
Dentro le carceri e gli studi dei suoi sorrisi senza chiave.

La voce dei pargoli dice
Da un perduto deserto
Bisognava far calma nel suo tranquillo tumulto;
Quando uomo ostile feriva
Uomo, bestia, od uccello,
Noi celavamo il terrore in quel fiato omicida;
Bisognava tacere, quando la terra divenne fragorosa,
Dentro le tane e i manicomi del terribile grido.

C'era gloria da udire
Nelle chiese del suo pianto,
Sotto il suo braccio piumoso, mentre colpì, sospiravi
O tu che non sapevi
Piangere sulla terra quando un uomo moriva,
Immettesti una lacrima di gioia nel divino diluvio
E appoggiasti l'orecchio a una conchiglia di nuvola:
Ora nel buio siamo soltanto tu e io.

Due orgogliosi oscurati fratelli,
Sprangati dall'inverno fianco a fianco
Gridiamo a questo vuoto inospitale anno,
O noi che non sapemmo
Trarre un solo sospiro nell'udire
La cupidigia umana avventarsi sul prossimo in fiamme
Ma gemendo corremmo a rifugiarci dentro le azzurre mura,
Ora versiamo gigantesche lacrime per la colpa mal conosciuta,

Per il crollo di case
Che non allevarono le nostre ossa,
Per le morti coraggiose degli unici mai ritrovati,
Orà vediamo, solitari in noi,
La nostra polvere di veri stranieri
Cavalcare attraverso le porte della nostra
Impenetrata casa. In noi esiliati, risvegliamo il molle,
Inerme, disserrato, scabro e setoso amore che frantuma ogni pietra.

Versión de Ariodante Marianni, 1965



Una vez hubo un salvador

             Una vez hubo un salvador
             más precioso que el radium
más simple que las aguas, más cruel que la verdad;
             reunidos por su hablar
             los niños se alejaban del sol
para oír la nota de oro dar vueltas en un surco
los prisioneros de sus deseos encerraban los ojos
en las cárceles y el indagar de su sonrisa sin llave.

             Desde un erial perdido
             voces de niños cuentan
que una calma se hacía en su inquietud segura,
             cuando el hombre opositor hería
             al hombre, el animal, o al pájaro
ocultamos el miedo en ese aliento asesino,
silencio, silencio que guardar cuando la tierra se volvió ruidosa
en las cuevas y asilos del tremendo alarido.

             Se dejó oír la gloria
             en las iglesias de sus lágrimas,
suspirabas cada vez que su brazo velludo te golpeaba,
             oh tú que no pudiste llorar
             sobre la tierra cuando un hombre moría
derramaste una lágrima de gozo en el diluvio sobrenatural
y apoyaste la mejilla en una caracola con figura de nube.
Ahora estamos solos tú y yo en la oscuridad.

             Dos ennegrecidos hermanos orgullosos
             encerrados en el invierno lado a lado
le gritan a este inhóspito año hueco.
             Oh nosotros que ni esbozar logramos
             un pálido suspiro cuando oímos
golpear a la codicia en nuestro prójimo y quemar al vecino
             pero acurrucados y lastimeros en el muro celeste
ahora soltamos una lágrima enorme por la caída pequeña que supimos,

             por los hogares derribados
             que no alimentan nuestros huesos,
ni las muertes valientes de unos pocos que jamás hallamos,
             mira ahora solitario en nosotros,
             cómo nuestro genuino polvo de extranjeros
             cabalga por las puertas de nuestra casa inexplorada.
Exiliados en nuestro propio ser levantamos
desatado, sin brazos, el amor sedoso y áspero que deshace todas las rocas.

Versión de Elizabeth Azcona Cranwell, 1974

Dylan Thomas (Swansea, Gales, 1914–Nueva York, 1953)