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viernes, octubre 06, 2023

Rubén Darío / De "Epístolas y poemas" y de "El canto errante"




Introducción 
(a "Epístolas y poemas", fragmentos)

*

¡Lloriqueos en el cántico,
salmodias y triste queja!
Esto conocer os deja
que es algún vate romántico,
vaporoso y aeromántico,
de mucha imaginación,
el que os hará gracia con
las coplas de su talento...
Señores, ¿sabéis el cuento
del gaitero de Gijón?


*

Al par que ser sacerdote
es urgente ser verdugo;
imponer un férreo yugo
y con el yugo el azote;
hacer que del arpa brote
la sátira en la canción,
y demostrar con razón
al enjambre mundanal
que si hacemos el panal
tenemos el aguijón.

Epístolas y poemas, 1885


La bailarina de los pies desnudos

Iba en un paso rítmico y felino
a avances dulces, ágiles o rudos,
con algo de animal y de divino
la bailarina de los pies desnudos.

Su falda era la falda de las rosas,
en sus pechos había dos escudos.. .
Constelada de casos y de cosas. ..
La bailarina de los pies desnudos.

Bajaban mil deleites de los senos
hacia la perla hundida del ombligo,
e iniciaban propósitos obscenos
azúcares de fresa y miel de higo.

A un lado de la silla gestatoria
estaban mis bufones y mis mudos. . .
¡Y era toda Selene y Anactoria
la bailarina de los pies desnudos!


Esquela a Charles de Soussens *

A la vista del blanco lucero matutino,
a tu amistad envío mi saludo cordial,
pues tus dedos despiertan el alambre divino
sobre la lira, sobre el tímpano inmortal.

Tu Suiza, coronada de un halo diamantino,
circundada en abismo de torres de cristal,
alzará un día, para tu numen peregrino,
un busto blanco y fino de firme pedestal.

Compañero, que traes en tu lira extranjera
caras rosas nativas a nuestra primavera,
y que tu Ranz nos cantas en el modo español,

¡que la América escuche tu noble melodía
y a Suiza, Buenos Aires pueda enviar algún día
tu cabeza lunática coronada de sol!

El canto errante, 1907

Félix Rubén García Sarmiento, Rubén Darío (Metapa, hoy Ciudad Darío, Nicaragua, 1867 - León, Nicaragua, 1916), Poesías completas, Ediciones Antonio Zamora, Buenos Aires, 1967

* Puede verse aquí el poema que también Baldomero Fernández Moreno dedicó a Charles de Soussens (Friburgo, Suiza, 1865-Buenos Aires, 1927), figura singular de la bohemia porteña que acumulaba sus poemas en un Castillo lírico destinado a la posteridad


Foto: Rubén Darío en Nueva York, 1915. Abajo, la foto entera con dedicatoria y firma Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes




sábado, enero 30, 2016

Rubén Darío / Divina Psiquis















1
¡Divina Psiquis, dulce mariposa invisible
que desde los abismos has venido a ser todo
lo que en mi ser nervioso y en mi cuerpo sensible
forma la chispa sacra de la estatua de lodo!
  Te asomas por mis ojos a la luz de la tierra
y prisionera vives en mí de extraño dueño:
te reducen a esclava mis sentidos en guerra
y apenas vagas libre por el jardín del sueño.
  Sabia de la Lujuria que sabe antiguas ciencias,
te sacudes a veces entre imposibles muros,
y más allá de todas la vulgares conciencias
exploras los recodos más terribles y oscuros.
  Y encuentras sombra y duelo. Que sombra y duelo encuentres
bajo la viña en donde nace el vino del diablo.
Te posas en los senos, te posas en los vientres
que hicieron a Juan loco e hicieron cuerdo a Pablo.
  A Juan virgen y a Pablo militar y violento,
a Juan que nunca supo del supremo contacto;
a Pablo el tempestuoso que halló a Cristo en el viento,
y a Juan, ante quien Hugo se queda estupefacto.

2
Entre la catedral y las ruinas paganas
vuelas, ¡oh Psiquis, oh alma mía!
-Como decía
aquel celeste Edgardo,
que entró en el paraíso entre un son de campanas
y un perfume de nardo-.
Entre la catedral
y las paganas ruinas
repartes tus dos alas de cristal,
tus dos alas divinas.
Y de la flor
que el ruiseñor
canta en su griego antiguo, de la rosa,
vuelas, ¡oh, Mariposa!,
a posarte en un clavo de Nuestro Señor.

Félix Rubén García Sarmiento, Rubén Darío (Metapa, hoy Ciudad Darío, Nicaragua, 1867-León, Nicaragua, 1916), "Cantos de vida y esperanza", 1905 *, Poesías completas, ordenadas por Luis Alberto Ruiz, Ediciones Antonio Zamora, Buenos Aires, 1967

* El libro está dedicado a Nicaragua y a la República Argentina [N. del Ad.]

Foto: Rubén Darío c.1914. Biblioteca Nacional de Chile

domingo, junio 16, 2013

Poemas elegidos, 29


Pablo Seguí
(Córdoba, Argentina, 1973)

Sinfonía en gris mayor, de Rubén Darío
Tenía 17 años cuando dejé de estudiar violín (música clásica) y comencé a escribir. Habían sido 9 años de relacionarme con Vivaldi, con Bach, con Schubert, con Beethoven; es decir, con artistas que habían creado sus obras hará quizá 300 años o más, a veces... Cuando decidí pasarme a la poesía, fue lo más natural del mundo tomar los manuales Estrada de historia de las literaturas española e hispanoamericana y argentina, e informarme sobre quiénes habían descollado en el arte del verso...
Me llamó la atención el modernismo, como “primer movimiento artístico que va de América a España”. Eso de que, en el poema y concretamente, hubiera una cláusula (tatáta), monótona y previsible, tenía que ver con mínimas estructuras que hacían y todavía hacen a mucha de la música de todas las épocas. Había allí noción de forma, fácilmente tangible. Escribí varios poemas con esa cláusula, intentando la rima, empezando a sentirle el gusto a la materialidad de las palabras: aliteraciones, acentos, etc.
A lo largo de los años también me di, obviamente, al verso libre. Y al verso sin sentido y hasta al caótico (algo que para mí llamo “versos para el lector ágrafo”). Pero de hace unos años a esta parte necesité recuperar el ritmo, la medida (once y siete -casi Fito-, y a veces catorce), junto a la profundización en la búsqueda de sentido (cuando ello era posible). Quién sabe qué vendrá después.
Resumo: hubo una continuidad entre mi experiencia con la música y mi práctica de la poesía. Con respecto a la primera, escucho regularmente, no sólo lo tradicional, sino también las cosas más “osadas” de la música clásica contemporánea, y en lo que hace a los versos, leo absolutamente de todo (aunque procuro hacerlo mayormente en la lengua original, con lo que quedo limitado al castellano y, por desdicha, nada más que al francés); pero necesito anclarme, de algún modo y cuando escribo, en el sentido a través de, al menos, ciertos atisbos de métrica.



Sinfonía en gris mayor 

El mar como un vasto cristal azogado
refleja la lámina de un cielo de zinc;
lejanas bandadas de pájaros manchan
el fondo bruñido de pálido gris.

El sol como un vidrio redondo y opaco
con paso de enfermo camina al cenit;
el viento marino descansa en la sombra
teniendo de almohada su negro clarín.

Las ondas que mueven su vientre de plomo
debajo del muelle parecen gemir.
Sentado en un cable, fumando su pipa,
está un marinero pensando en las playas
de un vago, lejano, brumoso país.

Es viejo ese lobo. Tostaron su cara
los rayos de fuego del sol del Brasil;
los recios tifones del mar de la China
le han visto bebiendo su frasco de gin.

La espuma impregnada de yodo y salitre
ha tiempo conoce su roja nariz,
sus crespos cabellos, sus bíceps de atleta,
su gorra de lona, su blusa de dril.

En medio del humo que forma el tabaco
ve el viejo el lejano, brumoso país,
adonde una tarde caliente y dorada
tendidas las velas partió el bergantín...

La siesta del trópico. El lobo se aduerme.
Ya todo lo envuelve la gama del gris.
Parece que un suave y enorme esfumino
del curvo horizonte borrara el confín.

La siesta del trópico. La vieja cigarra
ensaya su ronca guitarra senil,
y el grillo preludia un solo monótono
en la única cuerda que está en su violín.

                           Rubén Darío, 1891

Félix Rubén García Sarmiento, Rubén Darío (Metapa, hoy Ciudad Darío, 1867-León, Nicaragua, 1916)

Foto: Pablo Seguí en FB

lunes, junio 10, 2013

Poemas elegidos, 18


Santiago Sylvester
(Salta, 1942)

Los bufones, de Rubén Darío
No es necesario (creo)  justificar la importancia de Rubén Darío en la poesía de la lengua, y sobre todo en la modernidad de Latinoamérica. Por razones paradojales, se lo suele considerar demasiado pendiente de cisnes, de qué tendrá la princesa, y de la marquesa que ríe, ríe y ríe.
El soneto que elijo es lo contrario: un resumen denso de la América profunda, que nunca descuidó. Es un poema que obliga a situar a este poeta como testigo implacable, desde dentro, del tejido americano. Y es curioso cómo, siendo uno de los más contundentes del autor, casi no ha encontrado cabida en las antologías que se le han dedicado: tengo varias y en ninguna está.


Los bufones

Recuerdo, allá en la casa familiar, dos enanos
como los de Velázquez. El uno varón era
llamado “el Capitán”. Su vieja compañera
era su madre. Y ambos parecían hermanos.

Tenían de peleles, de espectros, de gusanos;
él cojeaba, era bizco, ponía cara fiera;
fabricaba muñecos y figuras de cera
con sus chicas, horribles y regordetas manos.

También fingía ser obispo y bendecía,
predicaba sermones de endemoniado enredo
y rezaba contrito Pater y Ave María.

Luego enano y enana se retiraban quedo;
y en tanto que la gente hacendada reía,
yo, silencioso en un rincón, tenía miedo.

Félix Rubén García Sarmiento, Rubén Darío (Metapa, hoy Ciudad Darío, 1867-León, Nicaragua, 1916)

Foto: Santiago Sylvester en el programa televisivo Dar de Nuevo

sábado, febrero 07, 2009

Rubén Darío / Alababa los ojos negros de Julia


¿Eva era rubia? No. Con negros ojos
vio la manzana del jardín: con labios
rojos probó su miel; con labios rojos
que saben hoy más ciencia que los sabios.

Venus tuvo el azur en sus pupilas,
pero su hijo no. Negros y fieros,
encienden a las tórtolas tranquilas
los dos ojos de Eros.

Los ojos de las reinas fabulosas,
de las reinas magníficas y fuertes,
tenían las pupilas tenebrosas
que daban los amores y las muertes.

Pentesilea, reina de amazonas;
Judith, espada y fuerza de Betulia;
Cleopatra, encantadora de coronas,
la luz tuvieron de tus ojos, Julia.

La negra, que es más luz que la luz blanca
del sol, y las azules de los cielos.
Luz que el más rojo resplandor arranca
al diamante terrible de los celos.

Luz negra, luz divina, luz que alegra
la luz meridional, luz de las niñas,
de las grandes ojeras, ¡oh luz negra
que hace cantar a Pan bajo las viñas!

Félix Rubén García Sarmiento: Rubén Darío (Metapa,1867 - León, Nicaragua, 1916), "Prosas profanas", 1896, Poesías completas, Ediciones Antonio Zamora, Buenos Aires, 1967

N. de R: Ayer se cumplieron 113 años de la muerte del numen del modernismo 

En este blog:  "Disfrazado de embajador o de mono", homenaje de Enrique Molina 

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Foto: Rubén Darío a los 25 años, 1892 Archivo del Escritor, Salas Virtuales, Chile

sábado, octubre 11, 2008

Enrique Molina / Disfrazado de embajador o de mono


















Francisca Sánchez 
(Fragmento)
      
       Lazarillo de Dios en mi sendero
      ¡Francisca Sánchez acompáñame! *
                                            Rubén Darío


Disfrazado de embajador o de mono
O de duque de los confines de la lujuria
Nada apaga las constelaciones del trópico
Los enceguecedores volcanes
Que fermentan henchidos de flores
En su corazón
- ¡Oh amado Rubén!-
              Y de pronto
La criada fosforecente cantando por los pasillos
De una pensión de Madrid
La arisca mata de pelo sobre la nuca de vértigo
Tantas noches
Envuelto en sombras venenosas
Se propagan aúllan los fantasmas
En su sangre aterrada
En tales cuartos amueblados del insomnio
Ella aparece desnuda entre los montículos
Del campo lentamente desnuda
Devorado ahora por el éxtasis
Con las venas llenas de brasas
Junto a ese cuerpo gemelo en la oscuridad
              Francisca Sánchez
Sola en la hierba de las caricias
Sola en su instinto de rescoldo
El viento reconstruye sus risas abrazos de loba
Labios predestinados
A ese rey de la fascinación de vivir
El fastuoso poeta al borde de la catástrofe y la gloria.

Enrique Molina (Buenos Aires, 1910-1997), "Las bellas furias" (1966), Obra poética, Corregidor, Buenos Aires, 1987

* Francisca Sánchez "acompañó" a Darío desde 1899 hasta 1916. Breves biografías la describen como "sencilla, analfabeta, de origen campesino". Darío testó tres veces en su favor, la última en 1914, según documentos que obran la Universidad Complutense de Madrid. Tuvo con ella un hijo, Rubén Darío Sánchez. La relación con Francisca Sánchez coincide con la etapa diplomática de la vida de Darío y con su mayor gloria: cuando regresó a Nicaragua en 1907 para divorciarse de su segunda mujer, Rosario Murillo, se lo recibió con honras oficiales y se dictó "causal de larga separación" únicamente para que pudiera cumplir con su cometido. No obstante, Murillo le hizo pleito y el divorcio no se concretó. En sus tempranos últimos años Darío estuvo obsesionado por la muerte. Padeció delirium tremens y tuberculosis, cuyos primeros síntomas aparecieron en 1906. En 1916 otra vez viajó a Nicaragua. Murió ese año en León, cerca de donde había nacido, en casa de Rosario Murillo, a los 49 años.
Seis poemas, o un poema en seis partes, dedicados a Francisca Sánchez, figuran entre las obras póstumas de Rubén Darío. Sin fecha segura de composición, son versos que revelan su temprana angustia mortal a la vez que la clara percepción de su propia valía como poeta. El tercero finaliza: "Alma socoral y oscura , /con tus cantos de España, / que te juntas a mi vida /rara, /y a mi soñar difuso, /y a mi soberbia lira,/ con tu rueca y tu huso, /ante mi bella mentira,/ ante Verlaine y Hugo, /¡tú que vienes /de campos remotos y oscuros!" Pero Molina cita el sexto:


Ajena al dolo y al sentir artero,
llena de la ilusión que da la fe,
lazarillo de Dios de mi sendero,
Francisca Sánchez, acompáñame...
En mi pensar de duelo y de martirio,
casi inconsciente me pusiste miel,
multiplicaste pétalos de lirio
y refrescaste la hoja de laurel.
Ser cuidadosa del dolor supiste
y elevarte al amor sin comprender;
enciendes luz en las horas del triste,
pones pasión donde no puede haber.
Seguramente Dios te ha conducido
para regar el árbol de mi fe;
hacia la fuente de noche y de olvido,
Francisca Sánchez, acompáñame...

Poesías completas de Rubén Darío, Ediciones Antonio Zamora, Buenos Aires, 1967

lunes, octubre 09, 2006

Rubén Darío, Sandro, Lugones / Amor sensual

Foto: Rubén Darío


Era un aire suave
Rubén Darío
"Prosas profanas" (1896)

Era un aire suave, de pausados giros; 
El hada Harmonía ritmaba sus vuelos; 
É iban frases vagas y tenues suspiros 
Entre los sollozos de los violoncelos. 

Sobre la terraza, junto á los ramajes 
Diríase un trémolo de liras eolias 
Cuando acariciaban los sedosos trajes 
Sobre el tallo erguidas las blancas magnolias. 

La marquesa Eulalia risas y desvíos 
Daba á un tiempo mismo para dos rivales, 
El vizconde rubio de los desafíos 
Y el abate joven de los madrigales. 

Cerca, coronado con hojas de viña, 
Reía en su máscara Término barbudo, 
Y, como un efebo que fuese una niña, 
Mostraba una Diana su mármol desnudo. 

Y bajo un boscaje del amor palestra, 
Sobre rico zócalo al modo de Jonia, 
Con un candelabro prendido en la diestra 
Volaba el Mercurio de Juan de Bolonia. 

La orquesta perlaba sus mágicas notas, 
Un coro de sones alados se oía; 
Galantes pavanas, fugaces gavotas 
Cantaban los dulces violines de Hungría. 

Al oir las quejas de sus caballeros 
Ríe, ríe, ríe, la divina Eulalia, 
Pues son su tesoro las flechas de Eros, 
El cinto de Cipria, la rueca de Onfalia. 

¡Ay de quien sus mieles y frases recoja! 
¡Ay de quien del canto de su amor se fíe! 
Con sus ojos lindos y su boca roja, 
La divina Eulalia, ríe, ríe, ríe. 

Tiene azules ojos, es maligna y bella; 
Cuando mira vierte viva luz extraña: 
Se asoma á sus húmedas pupilas de estrella 
El alma del rubio cristal de Champaña. 

Es noche de fiesta, y el baile de trajes 
Ostenta su gloria de triunfos mundanos. 
La divina Eulalia, vestida de encajes, 
Una flor destroza con sus tersas manos. 

El teclado hamónico de su risa fina 
Á la alegre música de un pájaro iguala, 
Con los staccati de una bailarina 
Y las locas fugas de una colegiala. 

¡Amoroso pájaro que trinos exhala 
Bajo el ala á veces ocultando el pico; 
Que desdenes rudos lanza bajo el ala, 
Bajo el ala aleve del leve abanico! 

Cuando á media noche sus notas arranque 
Y en arpegios áureos gima Filomela, 
Y el ebúrneo cisne, sobre el quieto estanque 
Como blanca góndola imprima su estela, 

La marquesa alegre llegará al boscaje, 
Boscaje que cubre la amable glorieta 
Donde han de estrecharla los brazos de un paje, 
Que siendo su paje será su poeta. 

Al compás de un canto de artista de Italia 
Que en la brisa errante la orquesta deslíe, 
Junto á los rivales la divina Eulalia, 
La divina Eulalia, ríe, ríe, ríe. 

¿Fué acaso en el tiempo del rey Luis de Francia, 
Sol con corte de astros, en campos de azur? 
¿Cuando los alcázares llenó de fragancia 
La regia y pomposa rosa Pompadour? 

¿Fué cuando la bella su falda cogía 
Con dedos de ninfa, bailando el minué, 
Y de los compases el ritmo seguía 
Sobre el tacón rojo, lindo y leve el pié? 

¿Ó cuando pastoras de floridos valles 
Ornaban con cintas sus albos corderos, 
Y oían, divinas Tirsis de Versalles, 
Las declaraciones de sus caballeros? 

¿Fué en ese buen tiempo de duques pastores, 
De amantes princesas y tiernos galanes, 
Cuando entre sonrisas y perlas y flores 
Iban las casacas de los chambelanes? 

¿Fué acaso en el Norte ó en el Mediodía? 
Yo el tiempo y el día y el país ignoro, 
Pero sé que Eulalia rie todavía, 
¡Y es cruel y eterna su risa de oro! 



Ite, missa est
Rubén Darío (ib.)

Yo adoro á una sonámbula con alma de Eloísa,
Virgen como la nieve y honda como la mar;
Su espíritu es la hostia de mi amorosa misa
Y alzo al són de una dulce lira crepuscular.

Ojos de evocadora, gesto de profetisa,
En ella hay la sagrada frecuencia del altar;
Su risa es la sonrisa suave de Monna Lisa,
Sus labios son los únicos labios para besar.

Y he de besarla un día con rojo beso ardiente;
Apoyada en mi brazo como convaleciente
Me mirará asombrada con íntimo pavor;

La enamorada esfinge quedará estupefacta,
Apagaré la llama de la vestal intacta
Y la faunesa antigua me rugirá de amor !



Penumbras
Sandro
LP "La magia de Sandro" (1969)

La noche se perdió en tu pelo
la luna se aferró a tu piel
y el mar se sintió celoso
y quiso en tus ojos estar él también

Tu boca, sensual, peligrosa
tus manos, la dulzura son
tu aliento, fatal fuego lento
que quema mis ansias y mi corazón

Ternuras que sin prisa apuras
caricias que brinda el amor
caprichos, muy despacio dichos
entre la penumbra de un sol interior

Te quiero, y ya nada importa
la vida lo ha dictado así
si quieres yo te doy el mundo
pero no me pidas que no te ame así



Delectación morosa
Leopoldo Lugones
"Los crepúsculos del jardín" (1905)

La tarde, con ligera pincelada
que iluminó la paz de nuestro asilo,
apuntó en su matiz crisoberilo
una sutil decoración morada.

Surgió enorme la luna en la enramada;
las hojas agravaban su sigilo,
y una araña, en la punta de su hilo,
tejía sobre el astro, hipnotizada.

Poblose de murciélagos el combo
cielo, a manera de chinesco biombo.
Tus rodillas exangües sobre el plinto

manifestaban la delicia inerte,
y a nuestros pies un río de jacinto
corría sin rumor hacia la muerte.