lunes, febrero 28, 2011

Jude Nutter / Ultima cena



La última cena


Fue María, postrada por el dolor y de rodillas
en el polvo, la que confundió a un hombre recién levantado
de entre los muertos, el único
hombre que amó de verdad, con un jardinero. Señor,
si te lo has llevado, imploró, dime a dónde lo has dejado, y lo buscaré.
Es verdad: lo que observamos
a veces nos traiciona. Llovía,


fuerte, lentamente, haciendo que las hojas plateadas del fresno
en mi ventana se inclinaran en reverencia;
y el espejo de mi cómoda con su esbelta
deshonestidad reflejaba y traía cosas a la habitación
cosas fuera de mi vista: algunos botes


acercándose a los resistentes brazos de entrada
del puerto, una tanda de ropa
abandonada colgando de la soga en la casa de al lado, y la lluvia
cerrándose alrededor de la bandera amarilla y la fucsia.
Siempre sospeché que la lluvia estaba llena


de este tipo de espacios y cerramientos. Me había despertado
con jet-lag, hacia el final de la tarde, en la cama angosta en la que dormía
cuando era chica; me desperté sintiéndome triste y sola
aunque no estaba ni triste


ni sola —era nada más la que fui, el pasado
y sus muchos disfraces. Había estado soñando
con un poeta en Nueva York que vaga
por las calles más concurridas durante todo el día, anotando,
en una libreta de bolsillo con espiral, ninguna otra cosa
que el mundo visible. Hacerlo, decía,
lo mantenía honesto, y jamás fue seducido
por sus propias ideas. Es extraño, siempre he pensado que el arte
era una serie de pequeñas decepciones
realizadas al servicio de la verdad. La lluvia


y el final de la tarde ya se movían
hacia el momento de luz cuando la mansa
benevolencia que nos ha observado el día entero como un padre
se marcha, y supe que debía estar afuera
caminando, resistiendo mi presentimiento del fin,
de otro modo me sentiría abandonada toda la tarde, o bien
me volvería a dormir abandonada.
Pero era casi la hora de la cena y yo


permanecía retenida,allí donde estaba, por la música de mi madre
golpeando su carrillón de sartenes con fondo de cobre,
por el suave deslizamiento de cajón
después de que el cajón se abriera y se cerrara, se abriera y se cerrara;
por los cuchillos cabalgando
a través de la tabla de picar de mármol.


Mis padres me pasaban las cosas que, insistían,
ellos no podían terminar: un magro puñado de verduras,
más guarnición que comida, puerros hervidos y medallones de cerdo,
algunos glaceados, zanahorias cortadas, brillando
como un puñado de monedas. Y lo que arruinó


mi corazón no fue la delgadez de los muslos de mi padre,
o las venas marcadas en los tobillos de mi madre;
no fue la manera en que ellos se olvidaban o recordaban cosas
que aún no habían ocurrido. Era lo poco


que comían; era lo mucho que mi madre corría durante todo el día
en la cocina y luego llegaba a la mesa
con fuentes y grandes platos que siempre estaban
casi vacíos. Era el modo en que las porciones se perdían
en las vastas, pálidas arenas de sus platos.
Si observar al mundo nos mantiene honestos, ¿qué verdades
recogemos mirando cómo un cuerpo que amamos
se hunde en la tierra? El cuerpo es al mismo tiempo todo
y nada.
Era la manera en que ellos habían llegado a necesitar tanto
tan poco del mundo. Y de cómo esto, quizá, era suficiente.


Jude Nutter (North Yorkshire, Inglaterra, residente en los Estados Unidos desde 1980), The Curator of silence, University of Notre Dame Press, 2006
Versión de Silvia Camerotto


The last supper
It was Mary, felled by grief and on her knees /in the dirt, who mistook a man newly risen /from the dead, the only /man she’d ever really loved, for a gardener: Sir, /if you have carried him away, she cried, tell me /where you have laid him, and I will take him away. /So it’s true: what we observe /sometimes betrays us. It was raining, //heavily, slowly, making the leaves of the silver ash /outside my window genuflect and bow down; /and the mirror on the dresser with its slender /dishonesty reflected and carried into the room /things from outside my field of vision: a few boats //approaching the hard, welcome arms /of the harbour, a short run of laundry /left hanging on the line next door, and the rain /closing its lips around the yellow flag and the fuchsia. /I’d always suspected the rain to be full //of such rooms and enclosures. I’d woken /jet-lagged in the late afternoon in the tin bed I’d slept /in when I was a child; woken feeling sad and lonely /even though I was neither sad //nor lonely —that was just my old self, the past/and its various disguises. I’d been dreaming /of that poet in New York city who wanders /through the busiest streets all day, recording, /in a spiral-bound, pocket-sized notebook, nothing /but the observable world. To do so, he said, /keeps him hones, and he’s never seduced /by his own ideas. Strange, I’d always thought art /was a series of small deceptions /performed in the service of the truth. Already //the rain and the late afternoon were moving /toward that time of light when the quiet /benevolence that has watched us all day like a parent /turns away, and I knew I should be outside /walking, resisting any intimation of ending, /otherwise I’d feel abandoned all evening, otherwise /I’d fall back into sleep abandoned. /But it was nearly dinnertime and I //was held where I was by the music my mother made /striking her carillon of copper-bottomed saucepans, /by the breathy glide of drawer /after drawer opening then closing, opening then closing; /by the galloping knives /across the marble cutting block. //My parents slipped me the things they insisted /they could not finish: a thin sheaf of greens, /more garnish than meal, boiled leeks and pork medallions, /a few glazed, sliced carrots, glowing /like a handful of change. And what ruined /my heart was not the thinness of my father’s thighs, /or the inlay of veins around my mother’s ankles; /it was not how they forgot things or remembered /what had not yet happened. It was how little //they ate; it was how my mother rallied all day /in the kitchen and then arrived at the table /with platters and great dishes that were always /almost empty. It was the way their portions became lost /in the vast, pale arenas of their plates. /If observing the world keeps us hones, what truths /do we glean watching a body we love /going into the ground? The body is both everything
and nothing. /It was the way they’d come to need so much/less of the world. And how this, perhaps, was enough.


Ilustración: Puberty, 1894, Edvard Munch

domingo, febrero 27, 2011

Manrique Fernández Moreno / Dos poemas



Algunas veces cuando el viento...

algunas veces cuando el viento te da de plano en la cara
y vas en busca de algo
y te ves reflejado en el cristal de un cine cerrado
es eso
que brillas en el cristal que te corresponde


Estás medio...

estás medio arrepentido por algo
que no sabes si has hecho
has escuchado media hora un músico
y tomaste el montacargas de las mañanas

has pasado por un piso oscuro
acomodándote
y con los mismos pasos desubicados
te apretabas la frente como siempre
como si quisieras ponerla en una estantería de curiosidades como una corona

Manrique Fernández Moreno (Buenos Aires, 1928-2006), 200 años de poesía argentina, selección de Jorge Monteleone, Editorial Alfaguara, Buenos Aires, 2010

Foto: Manrique Fernández Moreno, 1999, Daniel Grad/revagliatti.com.ar

Almafuerte / De "El misionero"




El misionero [Fragmentos]

Para Bartolito Mitre, en la gloria
......................................

¡Escúpeme en la frente!

Ricardo Gutiérrez


4.- No hay caridad verdadera que no se enferme o
que no se manche.
5.- Para subir hasta Jesús hay que bajar hasta Dimas,
y para llegar hasta Dimas hay que dejar muy arriba el
éter irrespirable de los inocentes y los puros.
9.- El dolor no huele a vinagre aromático: ni habla en
verso ni se lamenta en música, ni va a cenar a la
fonda, como los cómicos, después de llorar.
18.- El corazón del bueno es comparable a las vendas que
circundan las heridas: a medida que éstas van
cicatrizando, aquéllas van arrojándose impregnadas de
pus y sangre.
20.- No creas en la predicación de aquel abate perfumado
de heliotropo, que sube a su púlpito con el corazón
lleno, todavía, de las graves impresiones de la Conferencia
de San Vicente y de las fiestas de caridad de las duquesas
y que cruza después, como un César, sudoroso entre sus
encajes, por aquella elegantísima multitud cuya emoción
artística él ha producido y cuya admiración él ha
conquistado. No creas en esa predicación... ¡es una página de
Rossini!
21.- Cree, sí, en el propio San Vicente de Paul; sí, en el
apostolado de aquel sacerdote ciego de caridad, enloquecido de
evangelización, que ora se lanza por los desiertos de Africa
y ora se mete en los tugurios de la ciudad, que son los
desiertos de la civilización, para salir de ellos torturado de
dudas, cubierto de maldiciones y carcomido de remordimientos.


Almafuerte, Evangélica XV


De compasivos canes escoltado,
Sobre un bloque de piedra de la vía,
Zozobrante, vencido, en agonía,
Un Siervo del Señor cayó postrado.

Cual desgranada, mísera mazorca
Que saltó del maizal en el camino,
Parecía más bien, el Peregrino,
Desecho deleznable de la horca.

Y era desecho mismo. La tonsura
no inmuniza del dolo y los pesares:
Del sagrado mantel de los altares
Se desprende, también, polvo y basura.

Como Pablo, el Apóstol de las Gentes,
Aquel vil protegido de sus perros,
Por mares, por estepas y por cerros
Corrió tras ilusiones eminentes...

Y allí, con su sayal hecho jirones
Y apoyando en un can la flaca diestra,
Aquel Fraile de Dios era la muestra
De cómo trata Dios los corazones.

Tal vez, una visión de faz macabra
Le sacó de su grande abatimiento,
Y al despertar de aquél, su pensamiento
Se deshizo en el mar de la palabra.

Mudo debiera estar; pero, recuerda,
Y hablaría, quizás, amordazado...
Porque impera una ley que al derrotado
Le impone repicar la misma cuerda.

Y es propio del Dolor, joven o viejo,
Despedir melancólico relente
Y derramar, lo mismo que una fuente,
La cáustica lejía del consejo.

¡Virtud de la Tristeza, que percibe
Con profética luz, remotas huellas.
Como se ven más claras las estrellas
Desde la sombra fría de un aljibe!

Cual pudiera un bohemio, el Franciscano
Se puso a platicar con su jauría...
¡No caemos del todo, sino el día
Que cuando pasa un can, pasa un hermano!

¡El ser hombre es gemir, magüer los nombres
Con que tu pobre condición revistes;
Y por eso las bestias, que son tristes,
Cuando sospechan un dolor, son hombres!

Y yendo, sin querer, al punto fijo,
Como quien sus heridas palpa y frota,
Destilando su hiel, gota por gota,
A sus perros y a Dios, el Fraile dijo...

¡Dijo con tal verdad, que desde entonces
Pienso que las protestas de los viles,
Deben ser perpetuadas con buriles
En duras piedras y en solemnes bronces!

"En este bajo, relativo suelo,
También para ser santo hay que ser listo;
No basta ir a una cruz para ir a Cristo,
Ni basta la bondad para el ir al cielo.

"La misma compasión requiere astucia
Para sellar con gloria su cruzada,
Si no quiere, después, ser arrojada
Sucia y hedionda, como venda sucia.

"Los sicarios del Bien han de ser yermos,
Duros, como filósofos estoicos:
Los médicos más nobles, más heroicos,
No lamen el sudor de sus enfermos.

"La luz no triunfa, el Ideal no medra,
Si un cierto brutal extorsionismo:
Como una César sin ley, el pastor mismo
Gobierna con su palo y con su piedra.

*

"Inhumano, inconcreto, el Sacerdote
Ame a Dios, sólo en Dios, y no en ninguno;
Y si al triunfo de Dios es oportuno...
¡Bese con la traición del Iscariote!

Clamó con el valor de los insanos
El viejo Apóstol, sin temer su mengua,
Mientras los canes, con cristiana lengua,
Le ungían caridad sobre las manos.

Y siguió, con apóstrofes más duros,
Y hablando a todos, pues hablaba solo:
"Más fría que los témpanos del polo
Tiene que ser el alma de los puros.

*

"Hay entre la Equidad y la Justicia
Nada más que una feble sutileza...
¡Y entre la Caridad y la pureza,
Un abismo, sin fondo, de inmundicia!

Calló el Apóstol, y en su adusto ceño,
Como en un tronco escuálido de otoño,
Se sospechaba el cárdeno retoño
De un deleitable, de un nefando sueño.

Mas, levantando el sórdido capucho,
Toca de su radiante, calva testa,
Dijo con voz de llanto y de protesta:
"Yo soy el miserable que amé mucho,

"Soy el que puso paz en la discordia,
Pan en el hambre, alivio en las prisiones,
Y en la obsesión tenaz, más que razones,
Puso sin razonar, misericordia.

"Yo derramé, con delicadas artes,
Sobre cada reptil una caricia:
No creí necesaria la Justicia
Cuando reina el Dolor por todas partes.

"Con sublime, suprema Democracia,
Cualquier hombre fue hombre en mi presencia;
No dividí jamás en mi conciencia
Cual un escriba infame, la Desgracia.

"Yo miré con espanto al miserable,
Con el espanto del Caín primero,
Cual si yo -¡pobre sombra, todo entero!-
Fuese de su miseria responsable.

"Yo entendí que los éxitos ultrajan
La equidad del Señor y de sus dones;
Pues por un triunfador hay mil millones
Que más abajo de sí mismos, bajan.

"Yo repudié al feliz, al potentado,
Al honesto, al armónico y al fuerte...
¡Porque pensé que les tocó la suerte
Como a cualquier tahúr afortunado!

"Yo tuve la tendencia, la costumbre,
De poner mi saliva en las montañas;
Pero, les di sin pena mis entrañas
Cada vez que dejaron de ser cumbre.

"Yo veneré, genial de servilismo,
En aquel que por fin cayó del todo,
La cruz irredimible de su lodo,
La noche inalumbrable de su abismo.

"Yo devolví su cetro a la Locura,
Fomentando en las almas anormales,
El gesto imperatriz de los fatales,
La rigidez papal de la tonsura.

*

No pudo proseguir... Seco, rabioso,
Con el gemir de formidable llanta,
Restalló, de repente, en su garganta,
Suma de angustias, un sollozo.

Aquel hondo mugido vibró tanto,
Que traspasó recónditos confines,
Y sus propios hermanos, los mastines,
Se volvieron al Fraile con espanto.

Se repuso por fin, y resumiendo
En epílogo intenso su discurso,
Comenzó a despedirse del concurso
Que a su largo gemido fue surgiendo:

"Todo es contradictorio, todo vago,
Todo se ve a través de una penumbra:
La misma antorcha que en la noche alumbra,
Sirve para el incendio y el estrago.

"Siembran dos jardineros su simiente,
Idénticas las dos, una mañana:
Y el primero cosecha una manzana,
Y el otro, miserando... ¡una serpiente!

"Yo no sé qué pragmáticas malditas
Fulminan mis obras más amables,
Cual migración de bestias formidables
Sobre una floración de margaritas.

*

"Se desató el ciclón. Dios me desgaja,
Y el criterio de Dios no se interrumpe...
¡Si el volcán de sus cóleras irrumpe,
Arde su creación como una paja!

"Yo mismo, sin piedad, no me perdono
Ese luchar frenético de Olimpia;
Criminal es un bien que nada limpia,
Castigo es una cruz que no es un trono.

"Sin ley, ni hogar, ni patria, ni destino,
Como las hojarascas de la selva,
¡Dejaré de sufrir cuando me vuelva,
Polvo bien pisoteado en el camino!...

"Pero, no quiero yo, de ningún modo,
Que me perdonen teólogos ateos...
¡A quien se absuelve, al absolver los reos,
Es al sublime Artífice de Todo!

"Prefiero que los sabios, casi estetas,
Que llaman al dolor "idiosincrasias",
Pongan motes en griego a mis desgracias...
Para cobrar más caro sus recetas.

"El perdón es la mácula del cieno
Puesta sobre la clámide de un nombre,
¡Porque tengo amarguras, ya soy hombre,
Y porque soy un hombre, ya soy bueno!

"¡Hablen los impecados a porfía:
Desescamen la red de sus escamas...
¡Digan si saben al dejar sus camas,
Cuál será la belleza de aquel día!

"Cuando el hijo de Dios, el Inefable,
Perdonó desde el Gólgota al perverso...
¡Puso sobre la faz del Universo,
La más horrible injuria imaginable!

"Sepa por prima vez, el presidiario,
Y alce su frente mustia y lapidada:
El más vil... es un alma destinada
Como el propio Jesús, a su Calvario!

"Somos los anunciados, los previstos,
Si hay un Dios, si hay un Punto Omnisapiente;
Y antes de ser, ya son, en esa Mente,
Los Judas, los Pilatos y los Cristos!"

*

Dijo, y al ver que con cobarde espanto
Murmuraba la turba, gritó fiero:
"¿Dónde está el miserable que primero
Vino a rasgar mi pecho con su llanto?

"¿Dónde está, dónde rasca los residuos
De su mordiente lepra inveterada?...
¡Para lanzar a él, toda esta nada,
Y untarle mis consuelos más asiduos!

"¿Dónde está, donde gime, sin la sombra
De mi pecho de madre sin rencores?
¡Para tejerle un camarín de flores,
Y tenderme a sus pies como su alfombra!

"¿Dónde oculta sus pálpitos de lobo?
¿Dónde esgrime su trágica energía?
¡Para ponerme yo como vigía
Mientras urde su crimen y su robo!

"¿En qué frío pretorio, en qué portales
Tiembla bajo la toga de sus jueces?...
Para decir, para gritar mil veces:
¡El Juez y el Criminal son anormales!

*

"¿Quién habla de Deberes, de Derechos,
De arrojar los malos a una pira?...
¡Si ellos viven sus vidas, sin mentira;
Si no pueden dejar sus propios pechos!

"¿Qué sable justiciero es esa daga
Que sólo hiere frentes sin diadema?...
¿Por qué no abisma el sol, cuando nos quema?
¿Por qué no seca el mar, cuando nos traga?

"¿Por qué ha dejar el Universo
Vasto campo a la luz para que vibre,
Y el corazón de Adán no ha de ser libre,
Y el alma ha de rimarse como un verso?

"¿Qué ciencia miserable es esa ciencia
Que nada sabe más que el primer día?...
¿Qué remedia con ver una insanía
Donde antes vio pasión y no demencia?

*

"Ven a mí, rey enfermo, vil canalla,
Quiero que con tus lágrimas me mandes:
Yo soy como aquel grande entre los grandes
Que no dobló su frente en la batalla."

"Sombra y luz, piedra y alma, seso insano
Y ángel lleno de dudas y malicia:
Yo no sé de Razón ni de Justicia...
¡Sólo quiero saber que soy tu hermano!

"Chusma ruin, que tus dedos como sondas
Hurguen en las heridas de mi brega,
Y palparás al menos, si eres ciega,
Que las hechas por ti, son las más hondas.

*

"Ven a mí, monstruo amigo, no estoy muerto,
Como no muere nunca una gran lira:
Que otros vivan la ley, que es la mentira.
Yo vivo los impulsos, que es lo cierto.

"Aquí estoy, si me manchan tus minucias,
Tus terribles minucias, más me place:
El obrero mejor, el que más hace,
Tiene las manos más que todos, sucias.

"Y odie el feliz, que es bestia, ésta, mi fiebre;
Y me ultraje y repudie, y me dé coces...
¡Yo amo la libertad, como los dioses,
Y el feliz, como el asno, su pesebre!

"No me causa pavor, ni me difama,
Envolver con mi llanto tu persona:
No soy el Cristo-dios que te perdona...
¡Soy un Cristo mejor, soy el que te ama!

*

¡Pulpa sin gratitud, no sabrás nunca
Que yo luché con Dios que te moldea!..."
Y se quedó de pie, como una idea,
Que se va del cerebro y queda trunca.

Pedro Bonifacio Palacios, Almafuerte (San Justo, 1854- La Plata, 1917), Obras completas, Editorial Claridad, Buenos Aires, 1993

Ilustración: Boceto para la Resurrección de Cristo, 1530, Michelangelo Buonarroti

sábado, febrero 26, 2011

Luís Vaz de Camões / Al desconcierto del mundo



Esparsa ao desconcerto do mundo

Os bons vi sempre passar
No mundo graves tormentos;
E, para mais me espantar,
Os maus vi sempre nadar
Em mar de contentamentos.
Cuidando alcançar assim
O bem tão mal ordenado,
Fui mau, mas fui castigado.
Assim que, só para mim,
Anda o mundo concertado.


Luís Vaz de Camões (c.1524-Lisboa, 1580), Versos e alguma prosa, Fundação Calouste Gulbenkian-Moraes Editores, Lisboa, 1977


[Esparsa al desconcierto del mundo

Los buenos vi siempre pasar
En el mundo graves tormentos;
Y para espantarme más,
Los malos vi siempre nadar
En mar de contentamientos.
Cuidando alcanzar así
El bien tan mal ordenado
Fui malo, mas fui castigado.
Así que, sólo para mí,
Anda el mundo concertado
.]

Nota: en el canto galaico-portugués, la esparsa es una trova de 8 a 16 versos heptasilábicos, generalmente de queja de amor.

Ilustración: Camões, c.1573, Fernão Gomes

viernes, febrero 25, 2011

Giuseppe Ungaretti / Inútil infinito





Los recuerdos

Los recuerdos, un inútil infinito,
Pero solos y unidos contra el mar, intacto
En medio de estertores infinitos...

El mar,
Voz de una grandeza libre,
Pero inocencia enemiga en los recuerdos,
Rápido para borrar las dulces huellas
De un pensamiento fiel...

El mar, sus lisonjas melancólicas
Tan feroces y tan, tan esperadas
Y en su agonía,
Presente siempre, renovada siempre,
En el pensamiento vigilante, la agonía...

Los recuerdos,
El verter en vano
De arena que se mueve
Sin pesar sobre la arena.

Ecos breves prolongados
Sin voz eco de los adioses
De minutos que parecieron felices.


Giuseppe Ungaretti (Alejandría, 1888-Roma, 1970), Vita d'un uomo. Tutte le poesie, Mondadori
Versión de Angel Faretta


I ricordi

I ricordi, un inutile infinito,
Ma soli e uniti contro il mare, intatto
In mezzo a rantoli infiniti...

Il mare,
Voce d’una grandezza libera,
Ma innocenza nemica nei ricordi,
Rapido a cancellare le orme dolci
D’un pensiero fedele...

Il mare, le sue blandizie accidiose
Quanto feroci e quanto, quanto attese,
E alla loro agonia,
Presente sempre, rinnovata sempre,
Nel vigile pensiero l’agonia...

I ricordi,
Il riversarsi vano
Di sabbia che si mueve
Senza pesar sulla sabba,
Echi brevi protratti,
Senza voce echi degli addii
A minuti che parvero felici...


Ilustración: Cascos de barco en el Tamar, crepúsculo, 1813 J.M.W. Turner

jueves, febrero 24, 2011

Enrique Banchs / El Cristo del juzgado



El Cristo del juzgado

Mientras lee el secretario con voz que atrista
de los considerandos partes primeras,
el juez que tiene cara de prestamista
va marcando el programa de las carreras.

Se trata del proceso de un anarquista
que gritó cuatro cosas por las aceras,
y el a latere docto pasa en revista
los cargos que merecen penas severas.

Tiene el muro un doliente Crucificado
que fermenta en sus llagas toscos rubíes.
Cercanas a los clavos del pie llagado

se entretejen rojizas llagas de herrumbre...
(¿Qué hará entre providencias y entre otrosíes
ese cuerpo de ayunos y mansedumbres...?)


Las barcas [1907]


Enrique Banchs ((Buenos Aires, 1888-1968), Antología de la poesía argentina, tomo I, selección de Raúl Gustavo Aguirre, Ediciones Librería Fausto, Buenos Aires, 1979

Ilustración: Flagelación de Cristo, c.1470, Piero della Francesca

miércoles, febrero 23, 2011

Patrizia Cavalli / Poemas, 2




Aun cuando parece que el día
ha pasado como un ala de golondrina,
como un puñado de polvo
arrojado y que ya no es posible
recoger y la descripción
el relato no encuentran necesidad
ni escucha, hay siempre una palabra
una palabrita que decir
aunque sea para decir
que no hay nada que decir.



En el cesto de la ropa blanca sucia
reconozco el verano
los pantalones livianos las camisetas.



Tengo mucho apuro por partir
para poder pararme a limpiar
las huellas de la escapada.



Dulcísimo es quedarse
y mirar en la inmovilidad
soberana la belleza de una pared
donde el hilo de la luz y la lámpara
existen desde siempre
para garantizar su permanencia.



Montaña de luz abanico
¡paisajes paisajes! cómo podré
desatar mis pies, cómo
descender -reina de las rocas
y de los abismos- al paso involuntario,
a la mano que abre una puerta, a la voz
que pregunta dónde iré a comer.


Patrizia Cavalli (Todi, 1947), Poesie, Einaudi, Florencia, 1999, La poesía italiana del Secondo Novecento
Versiones de J. Aulicino


Anche quando sembra che la giornata / sia passata come un'ala di rondine, / come una manciata di polvere / gettata e che non è possibile / raccogliere e la descrizione / il racconto non trovano necessità / né ascolto, c'è sempre una parola / una paroletta da dire / magari per dire / che non c'è niente da dire.


Nel cesto della biancheria sporca / riconosco l'estate, / i pantaloni leggeri le magliette.

Avevo troppa fretta d partire / per potermi fermare a ripulire / le tracce della corsa.


Dolcissimo è rimanere / e guardare nella immobilità / sovrana la bellezza di una parete / dove il filo della luce e la lampada / esistono da sempre / a garantire la loro permanenza.

Montagna di luce ventaglio,/ paesaggi paesaggi! come potrò / sciogliere i miei piedi, come / discendere - regina delle rupi / e degli abissi - al passo involontario, / alla mano che apre una porta, alla voce / che chiede dove andrò a mangiare.

Foto: Patrizia Cavalli Facebook

martes, febrero 22, 2011

Delmore Schwartz / Consideremos dónde están...



Consideremos dónde están los grandes hombres

Consideremos dónde están los grandes hombres
que obsesionarán al niño cuando sepa leer:
Joyce enseña en Trieste en una escuela Berlitz,
aprende a pronunciar los juegos de palabras en Finnegan's Wake...
Eliot trabaja en un banco, y allí aprende
las utilidades y las pérdidas,
la muerte de las ciudades...
Pound brama en contra de él, encuentra lo que los expatriados
pueden hallar,
una confusión de culturas de todos los tiempos,
como una muestra de Picasso.
Rilke soporta
la no oída música del silencio y de la soledad
en vacíos castillos que grandes caballeros abandonaron
(como Beethoven, hachando de la memoria
los inefables bosques de los últimos cuartetos).
Trotsky, también en el exilio, pasea por Londres
con Lenin, le escucha decir semi verdades de exiliado:
"Mira: ésta es la Westminster de ellos", como si
los rasgos del padre fueran el alma entera del hijo...
También Yeats, como Rilke, con maneras de antiguos señores,
busca lo permanente entre la pérdida
cotidiana y desesperada del amor, de los amigos,
de cada uno de los pensamientos con que comenzó su época...
Kafka trabaja en una oficina en Praga, aprende
qué burocrática es la vida,
qué lejos está Dios,
en una escuela de teología de empleados...
Perse, diplomático en Asia,
descubre la violenta energía con la cual
la civilización se crea a sí misma y marcha...
Sin embargo, con esas imágenes él no puede ver
la apatía moral luego del Pacto de Munich,
el forzado silencio de la línea Maginot,
y además no puede prever la caída de Francia...
También Mann, en Davos-Platz, encuentra en los enfermos
el triunfo del artista y del intelecto...
Por toda Europa estos desterrados descubren en el arte
lo que es el exilio: también el arte se convierte en exilio,
un secreto y un código estudiado en secreto,
proclamando la agonía de la vida moderna:
este niño aprenderá de la vida de estos grandes hombres,
participará de su soledad,
y quizás, al final, en una noche
como ésta, volverá al punto de partida, a su nombre
mostrándose a sí mismo como tal, entre sus amigos.


Delmore Schwartz (Nueva York, 1913-1966), Alberto Girri, 15 poetas norteamericanos. Segunda serie, Editorial Bibliográfica Omeba, Buenos Aires, 1969 (edición no bilingüe)

Foto: 1x.com, Mal Smart, In Pursuit of the Sublime

lunes, febrero 21, 2011

Kenneth Rexroth / La vida color de rosa



Anteojos de color rosa

Diez años, y todavía está en la
Radio. La vie en rose
Se derrama desde una docena de ventanas
En el canal. Una mujer
Y su hijo en una barcaza
De verduras la cantan. Un hombre, limpiando
La proa de su góndola,
La canta mientras su perro mueve la cola.
Los chicos jugando a la rayuela la cantan.
Ropa a medio lavar cuelga sobre las cabezas.
Flota basura en el estrecho canal.
Más radios se suman. A través
Del canal, detrás de las ventanas enrejadas
De la Cárcel de Mujeres, un centenar
De puras voces de carteristas
Y prostitutas comienza a cantarla.
Es como estar en la iglesia.
El próximo número es Ciao, ciao, bambina.


Kenneth Rexroth (South Bend, Indiana, 1905-Montecito, California, 1982), Venice, 1959-1964/65
Versión de J. Aulicino


Rose Colored Glasses

Ten years, and it’s still on the
Radio. La vie en rose
Spills out of a dozen windows
Onto the canal. A woman
And her son in a vegetable
Barge sing it. A man polishing
The prow of his gondola
Sings it while his dog wags its tail.
Children playing hopscotch sing it.
Grimy half washed clothes hang overhead.
Garbage floats in the narrow canal.
More radios join in. Across
The canal, beyond the iron windows
Of the Women’s Prison, a hundred
Pure voices of pickpockets
And prostitutes start to sing it.
It is just like being in church.
The next number is Ciao, ciao, bambina.

Bureau of Public Secrets

Ilustración: Venice: An Imaginary View of the Arsenale, c. 1840, J.M.W. Turner

domingo, febrero 20, 2011

Cecilia Romana / Mudanza


Mudanza

Te dormiste boca arriba.
A las cuatro de la mañana
balbuceaste un nombre.

No me inquieta.
Tu parte oscura jamás me interesó.
Yo quería un hombre para vivir.


Cecilia Romana (Buenos Aires, 1975), El libro de los celos, Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2009

Foto: Cecilia Romana Gobierno del Estado de Chiapas

sábado, febrero 19, 2011

Miguel Gaya a merced de la mafia rusa



Traduttore traditore

por Miguel Gaya


No soy el mejor en mi oficio, eso está claro. Tampoco el más requerido. Que sonara el teléfono y que fuera por un trabajo me desbocó el corazón. Señal que debería haber atendido, en vez de colgarme de la pastosa voz y de su acento raro. Para cuando pude descifrarlo, la conversación había terminado. “La mafia rusa” me dije, maravillado.
Como no podía ser de otro modo, la cita fue en la calle Moscú, incongruentemente, esquina Altolaguirre; pero, ¿cuántas otras calles corta Moscú? Pocas, muy pocas en el barrio demente de Parque Chas. Mientras esperaba impaciente, pensé en el esfuerzo del viejo Luchi para transformar esos parajes mezquinos en algo mitológico.
Pero yo no me había movido mucho de los tópicos después de todo. Para causar buena impresión me había puesto un impermeable con las solapas levantadas. Fue una suerte, porque era una noche de perros. Bochornosa, pero de una llovizna persistente.
Los faros sobre el empedrado anunciaron el único auto que enderezó por esa callejuela. Para mi consternación, no era un Volvo negro, sino un Lada desvencijado, de esos que para mayor escarnio imitaban un Fiat. Acá hay coherencia, creo que pensé. El gordo que manejaba se estiró para abrirme la puerta de atrás, que volvió a cerrar con un estrépito de chapa vieja. “Buenas noches” dijo, y aún así su voz sonó con varias erres. Si no hubiese sido por los barquinazos, hubiera jurado que no había puesto en marcha el auto. Todo allí era lluvia, vapor, sombras de árboles enormes y luces mortecinas de la calle.
El gordo era una caricatura de un matón de la mafia rusa. Rapado, con un cuello grueso y ojitos hundidos. Y un apestoso olor a vodka, chucrut o lo que fuera. Era evidente que me distraje, porque me sobresaltó ver a un tipo sentado en el asiento trasero, casi pegado a la ventanilla opuesta. Era flaco, narigón, con un flequillo ridículo, pulóver y campera de cuero negro. Demasiado abrigado para la estación, pensé, pero es que vienen de Rusia. A la luz de un relámpago, o de apenas una luz municipal, ahogué un grito. El flaco era, sin lugar a dudas, Maiacovski.
Me le quedé mirando como un estúpido y él, con un gesto de fastidio, hundió el índice en la espalda del grandote que manejaba. El gordo me miró por el espejo retrovisor y me confirmó: “Es el camarada Maiacovski”. Miraba desorbitado a uno y a otro, pero en lo único que pude pensar fue que el gordo había comido ajo, mucho ajo. Tragué saliva para decirle algo al poeta, pero él habló en ruso, directo al gordo.
“Dice el camarada que lo conocemos. Conocemos su trabajo y su reputación, así que tenemos un encargo para usted”. Asentí estúpidamente. Quiero decir, con la boca abierta. Hubiera dicho que sí a cualquier cosa. Maiacovski siguió hablando, con voz apagada y rápida. Nunca pensé que pudiera hablar así, siempre lo pensé hablando fuerte, a multitudes. Pero así hablaba.
“El camarada es un hombre amplio, ecuánime. Comprende que los hombres hablan lenguas diferentes, y que los pueblos pueden compartir la poesía, más allá del idioma. ¿Me sigue?” Dije que sí, claro. Maiacovski siguió hablando, perentorio. El gordo tradujo:
“Así que él está dispuesto, qué digo dispuesto, feliz”, apuntó, girando un poco su enorme torso, “a escuchar su poesía en cualquier idioma del mundo, en cualquier voz de cualquier hombre, ¿me entiende?” El gordo se aplicó a intentar acelerar en una bocacalle donde parpadeaba un semáforo, con un resultado lastimoso. Maiacovski ahora hablaba más alto, más rápido.
“Pero lo que ha hecho Lila Guerrero no tiene nombre. Se le fue la mano. Nadie tiene ese derecho”. Me quedé sin habla, por más que antes no hubiera hablado. El gordo siguió, casi pisándose con las palabras del poeta. “En la poesía se puede ignorar todo: las imágenes, la rima, hasta la distribución de los versos, pero la música, ¡jamás! ¡Jamás el ritmo! ¿Me entendió?” Dije que sí con la cabeza. “Si le sacamos el ritmo a la poesía, su música, ¿qué queda?” me preguntó el gordo, mirándome con sus ojitos hundidos en la grasa. Me sentí personalmente interpelado, pero intuí que era peligroso contradecirlo. Maiacovski se echó para atrás, como cansado. Ahora las palabras eran rápidas, pero apagadas.
“No le pedimos algo peligroso. Lila Guerrero debe ser ahora una persona mayor, que no opondrá resistencia. Tampoco queremos nada cruento. Algo profesional, rápido. Elija usted el método, pero el camarada se inclina por disparos de revólver, o pistola, lo mismo da”. El poeta se calló y clavó la vista, como desinteresado, en la ventanilla mojada. Pensé en “la nube en pantalones”, en la melancolía y el suicidio del poeta. Pero alguien que se descerraja un balazo en el corazón no es precisamente un blando. Pero había algo en toda la escena que me desagradaba.
Por su cuenta, sin indicaciones del poeta, el gordo siguió hablando: “Sabemos que es un profesional, que es su trabajo, así que díganos usted su precio”. Suspiré hondo antes de hablar. El encargo no me gustaba. Aunque pensándolo bien, Lila Guerrero sería, según mis cuentas, una vieja derrengada, si no estaba ya muerta de muerte natural. Seguramente, ellos no lo sabían, o no lo sabían con certeza, de lo contrario no estarían acá, tratando de contratarme. Pero no me gustaba. Teníamos una ética: nada de mujeres, nada de menores, y nada de violaciones previas a ninguno de ellos llegado el caso. Pero el trabajo escaseaba. “30.000”, dije, para desalentar. “La mitad ahora”. El gordo me miró por el espejo. Asintió. Sentí al mismo tiempo alivio y una punzada en el estómago. Después de todo, ¿quién puede juzgar una traducción? Y, en rigor, era eso lo que me molestaba.
“Escúcheme, camarada, ¿cómo sabe usted que la traducción es mala?” Maiacovski me miró, en silencio, algo molesto por haberlo sacado de su ensimismamiento. “¿Cómo sabe que las versiones no respetan el original?” insistí. Con fastidio, el poeta oprimió su índice contra la espalda del grandote, que dándose vuelta hacia él escupió algunas frases en ruso, o eso supuse. Maiacovski pareció reflexionar sobre lo dicho, y le comunicó algo al gordo. “Me dijeron”, dijo escuetamente el gordo. Me quedé pensando. Maicovski había dicho varias frases, su parlamento fue, si no largo, bastante más abultado que un escueto “Me dijeron”. Se lo hice saber al gordo. Le dije, además, que todo idioma tiene su ritmo, su respiración, que no se puede condenar así como así una versión, por más que no respetase literalmente, li-te-ral-men-te, repetí, las palabras originales. El gordo iba traduciendo lo que yo le decía, pero entre que me miraba a mí para escucharme, y se daba vuelta para el otro lado para hablarle a Maiacovski, el auto daba bandazos y se metía en todos los pozos de la calle cualquiera por donde íbamos, creo que sin rumbo.
Maicovski respondió. O mejor dicho, le dijo algo al gordo. El gordo me interpeló. Que quién era yo para decir eso. Que dónde había leído yo sus poemas en ruso, ¿o acaso lo había hecho? No tuve más remedio que negar con la cabeza, y una sonrisa desdeñosa paseó por los labios finos del poeta. Pero aún así, dijo el gordo, aún así, debería saber cuándo un poema arde y cuándo es una fantasmagoría. Lo miré asombrado. No podía imaginarme la palabra “fantasmagoría” en ruso. Le contesté que generaciones de argentinos, qué digo argentinos, de hispanoparlantes, se habían emocionado y vibrado con los poemas de Maiacovski en español gracias a Lila Guerrero. Qué cómo se atrevía a sentenciar a alguien que había llevado amorosamente su voz, su voz propia, a oídos y corazones impensados por él, que ni siquiera sabía que existían. El gordo traducía atropelladamente a Maiacovski, y Maiacovski atropelladamente le contestaba. No le dejé seguir. “¡Dígame, dígame si usted los escuchó en español, si usted los entiende, si entiende lo que escribió!” grité “¡Dígame usted y en español su verso mejor!”
Lo que siguió fue un pandemonio. Maicovski gritaba. Yo vociferaba sus versos en español. Supongo que él los aullaba en ruso. El gordo gritaba también, para ambos lados. Comenzamos a empujarnos uno al otro, gritando algo que tal vez creíamos poesía. Finalmente el gordo estiró un brazo descomunal y agarrándome de las solapas me estrujó contra el fondo del auto.
“¡Basta! ¡No vamos a discutir con usted crítica literaria!” gritó. Maiacovski se alisó sus ropas y se volvió a hundir en el asiento, sonriendo con desdén. “¿Toma el trabajo o no toma el trabajo?”
Dije que sí con la cabeza, tratando de componer una figura digna. El gordo tomó un sobre del asiento del acompañante y empezó a separar billetes. Había un montón. Quedaron más de los que me alcanzó en un puñado. Los agarré sin mirar, y el gordo paró el auto y abrió la puerta.
“Adiós” dijo. “Nos enteraremos cuando termine el trabajo.” El auto se separó del cordón y se perdió en la noche, con una sola luz y sacando humo por el caño de escape.
Me acomodé el impermeable para recuperar la compostura. Busqué una luz cercana para contar los billetes. Estaba junto a un paredón sombrío e inacabable. La Chacarita, me dije. Un lugar bueno como cualquier otro para empezar a buscar a Lila Guerrero. Caminé hasta una luz amarillenta y allí le eché una ojeada a los billetes. Todos escritos en cirílico, donde hercúleos obreros dibujados abrían el camino al porvenir.

© Miguel Gaya

viernes, febrero 18, 2011

Juan Rodolfo Wilcock / De "Poesie inedite", 2



Aprovechemos que hay una fuente

Aprovechemos que hay una fuente,
y el silencio y la noche y las rocas negras
y la orilla que es negra sobre el cielo negro
con pocas estrellas porque es una noche oscura
y los árboles se sacuden en el viento,
piensa que hacen eso toda la noche,
sería extraño que tú estuvieras aquí
para escuchar el rumor de una fuente
en la oscuridad majestuosa de la montaña,
ni en sueños vendrías aquí arriba,
si no hubiese espantando un halcón
pensaría que ni siquiera yo estoy aquí,
no obstante, no obstante, aun si no estás,
y ni siquiera yo sé si estoy,
por cierto querría que estuviésemos aquí
y que tu mundo se uniese al mío
por el único punto en que se tocan,
aprovechando que hay una fuente
y el silencio y la noche y las rocas negras
y la orilla que es negra sobre el cielo negro.



Te tiendes sobre ti misma sin adorno

Te tiendes sobre ti misma sin adorno
toda recorrida por pequeños guerreros
que dejas hacer, inmóvil, inmaginando,
y con un lento brazo te acarician
los cabellos derramados en castillos
y el cuerpo enjoyado de prefecturas,
de Paduas, de Sienas, de Venecias,
¡oh marismeña de cola blanca
lamida por el petróleo y por el plástico!
Enamoraste, desmemoriada, enamoras.


Juan Rodolfo Wilcock (Buenos Aires, 1919-Lubriano di Bagnoregio, Viterbo, 1978), "Poesie inedite", Poesie, Adelphi Edizioni, Milán, 1993
Versión de Jorge Aulicino


Aproffittiamo che c'è una fontana

Aproffittiamo che c'è una fontana,
e il silenzio e la notte e i massi neri
e la ripa ch'è nera sul cielo nero
con poche stelle perché è una notte buia
e gli alberi si scuotono nel vento,
pensa che fanno così tutta la notte,
sarebbe strano che tu fossi qui
a ascoltare il rumore di una fontana
nel buio maestoso della montagna,
neanche per sogno verresti quassù,
se non avessi spaventato un falco
penserei che nemmeno io ci sono,
eppure, eppure, anche se non ci sei,
e io non son nemmeno se ci sono,
certo vorrei che fossimo qui
e che il tuo mondo si congiungesse al mio
per quell'unico punto in cui si toccano,
aproffittando che c'è una fontana
e il silenzio e la notte e i massi neri
e la ripa ch'è nera sul cielo nero.


Ti sdrai su te stessa senza trucco

Ti sdrai su te stessa senza trucco
tutta percorsa da piccoli guerrieri
che lasci fare, immobile, immaginando,
e con un lento braccio ti carezzi
i capelli cosparsi di castelli
e il corpo ingioellato di prefeture,
de Pavie, di Siene e di Venezie,
o maremmana dalla coda bianca
lambita dal petrolio e dalla plastica!
Innamoravi, immemore, innamori.


Ilustración: Paesaggio con fiume, 1473, Leonardo Da Vinci

jueves, febrero 17, 2011

Rafael Bielsa / Arte poética



Arte poética

Dijo que todas ellas murieron, sí
lo dijo, que son como ademán de polvo
en las ventanas. Dijo
que ni pupila ni trance ni acróbata:
humilde anillo, en cambio, cabeza
de alfiler. Dijo: mirarlas
como a resplandor. Las palabras -dijo-,
hay grandes verdades en ellas;
caminos vacíos, una ciudad de cal
en donde un puñado de monos melancólicos
busca para refugio los lugares frescos.


Rafael Bielsa (Rosario, 1953), 200 años de poesía argentina, selección de Jorge Monteleone, Editorial Alfaguara, Buenos Aires, 2010

Ilustración: Monkey as Antiques Collector, 1740, Jean-Siméon Chardin

miércoles, febrero 16, 2011

Juan Rodolfo Wilcock / De "La parola morte", 3



29.

Coma o gruta estrellada de los moribundos,
galería de escarcha sin sintaxis,
esferoide inmóvil sin gravitación,
navecita espacial sin ruidos,
coma o amnios de los solitarios moribundos,
que hace angélicas las vidas infames
cuando las hace mudas finalmente,
proyectando hacia atrás estalactitas
de decoro sobre las últimas palabras,
abyectas como las precedentes,
coma o aureola de los inicuos moribundos,
avenida geométrica de cristales de hielo,
lago perfectamente navegable,
nube como hotel vasto de lujo
pero deshabitado, servido por invisibles,
estación de lavado del cerebro
sucio de sustantivos e imperativos,
coma o patatús final de los moribundos
que los retrotrae a topos, peces, lagartos
y, con estertores rítmicos, bestias que duermen,
molienda sutilísima del lenguaje,
globo de luz en cuyo centro flota
la indiferencia muda del homo sapiens,
descompresor frío donde se gasifica,
con todas las otras, la palabra muerte.


Juan Rodolfo Wilcock (Buenos Aires, 1919-Lubriano di Bagnoregio, Viterbo, 1978), "La parola morte", Poesie, Adelphi Edizioni, Milán, 1993
Versión de Jorge Aulicino


29.

Coma o grotta stellata dei morenti,
galleria di brina senza sintassi,
sferoide immobile senza gravitazione,
navicella spaziale senza rumori,
coma o amnio dei solitari morenti
che rendi angeliche le vite infami
quando le rendi mutte finalmente
proiettando a ritroso stalattiti
di decoro sulle ultime parole
abiette come quelle precedenti,
coma o aureola degli iniqui morenti,
viale geometrico di cristali di ghiaccio,
lago perfettamente navigabile,
nuvola come albergo vasto di lusso
ma spopolato, servito da invisibili,
stazione di lavaggio del cervello
sporco di sostantivi e imperativi,
coma o coccone finale dei morenti,
che li ritorna talpe, pesci, lucertole,
e con rantoli ritmici bestie che dormono,
macino sottilissimo del linguaggio,
globo di luce nel cui centro galleggia
l'indiferenza muta dell'
homo sapiens,
decompressore freddo dove si gasifica
con tutte le altre la parola morte.

Ilustración: El entierro del conde de Orgaz, 1588, Doménico Theotokópoulos, El Greco

martes, febrero 15, 2011

Vladimiro Maiacovski / Mi mejor verso



Mi verso mejor

El auditorio
arroja sus preguntas hirientes,
insiste en un desafío de papeletas.
"Camarada Maiacovski,
lea su verso mejor".
Mientras pienso
tomado de la mesa,
quizá leerles éste,
o tal vez aquél.
Mientras reviso
mi viejo arsenal poético,
y muda, en silencio,
la sala espera,
el secretario del Obrero del Norte,
murmurándome
al oído
me dijo...
Y yo grité, saliéndome del tono poético,
más fuerte que las trompetas de Jericó:
"¡Camaradas"
¡Los obreros
y las tropas de Cantón
tomaron Shangai!"
Como si al aplauso
lo amasaran con las palmas de las manos,
crecía la ovación,
crecía su fuerza.
Cinco,
diez,
quince minutos
aplaudía el salón.
Parecía que la tormenta
cubría leguas y leguas,
en respuesta a todas las notas Chamberlánicas,
y rodaba hasta llegar a la China,
alejando los torpederos de Shangai.
No comparo la mejor jalea poética,
cualquiera de las más grandes glorias poéticas,
con la sencilla noticia del diario
si a esta noticia
la aplaude así nuestro auditorio.
¿Acaso hay ligadura de fuerza mayor
que la solidaridad
de la colmena obrera?
¡Aplaude
obrero textil
a los desconocidos
y queridos
coolíes de la China!

1925


Vladimiro Maiacovski (Baghdati, Georgia, 1893 – Moscú, 1930) Antología poética, traducción de Lila Guerrero, Editorial Losada, Buenos Aires, 1970


Foto: Maiacovski, 1924, por Alexander Rodchenko

lunes, febrero 14, 2011

Leonardo Sinisgalli / De la Lucania



Invitación

El enamorado sugiere a la muchacha un pretexto para salir de casa sin levantar sospechas. Debe saberse que entre nosotros [i. e. la Lucania] se usa intercambiar como gesto de cortesía, de una puerta a la otra, y se presta el fuego, se presta la levadura, se presta el agua.

Sal con la paleta
Ahora que oscuro está el día
Pide cenizas y brasas
En la puerta del horno.
Si se te apaga el fuego
Échale la culpa a la leña,
Si la falda te quema
Échasela a la luciérnaga. *

* consigno que en ciertas regiones de Italia “paletta” puede ser “trasero"; “lucciola”, puta


Serenata

Quisiera ser un gallito de enero
Para cantar toda la noche
Detrás de tu puerta, bella mía.
No la hagas dormir, Dios mío,
Haz que me escuche y se asome
“¿Quién eres tú que cantas?” –¿Es
tu violeta que asoma entre los hielos?
Soy un gallito huraño:
Eres la gallina que duerme sola.


Leonardo Sinisgalli (Montemurro, Lucania, 1908-Roma, 1981)
Versiones y nota de Angel Faretta


Invito

L’ innamorato suggerisce alla ragazza un pretesto per uscire di casa senza restari sospetti. Bisogna sapere che tra un uscio e l’altro, nelle nostre tribù, si operano scambi reciproci di cortesía. Si presta il lievito, si presta il fuoco, si presta il acqua.

Esci con la paletta
Ora che oscuro è il giorno,
Chiedi cenere e brace
Alla porta del forno.
Se il fuoco ti si spegne
Dài la colpa alla legna,
Se la gonna ti brucia
Dài la colpa alla lucciola.


Serenata

Vorrei essere un galluccio di gennaio
Per cantare tutta la notte
Dietro la tua porta, bella mia.
Non farla dormire, mio Dio.
Fa che mi ascolti e si affacci.
“Chi sei tu chi canti?” –E tu
viola che spunti tra i ghiacchi?
Sono un galluccio forastico:
Sei la polastra che dorme sola.

Ilustración: Aliano in grigio-rosa (Aliano, Lucania), 1935, Carlo Levi

domingo, febrero 13, 2011

Lord Byron / Cumplo treinta y seis



Hoy cumplo treinta y seis años

Este día el corazón debería estar inmóvil
Puesto que a otros ha dejado de mover:
Pero aunque yo no pueda ser querido,
Déjenme amar.

Mis días yacen entre hojas amarillas,
Se fueron flores y frutos del amor,
El gusano, la llaga y la profunda pena
Son lo único mío.

El fuego que de mi seno hace presa
Arde a solas como una isla volcánica,
Ninguna antorcha se enciende en su hoguera -
Una pira funeraria.

Esperanza, miedo, celoso cuidado,
Mi exaltada porción de dolor,
El poder del amor no puedo compartir,
Sino su corrupción.

Pero no es hora -ni éste el lugar-
Para que tales ideas agiten mi alma
Cuando el ataúd ornamenta la gloria del héroe
Si ella no rodea su frente.

La espada, el estandarte, la tierra,
la gloria y Grecia veo en torno a mí.
El espartano detrás de su escudo
No fue más libre.

¡Despierten! (no Grecia: ella vigila).
Mi espíritu despierte. Piensa por dónde
La sangre vital fluye del lago original
Y golpea en ti.

Pisa esas pasiones revividas
-Indigna virilidad-: indiferentes
Para ti la sonrisa o el ceño adusto
De la belleza deberían ser.

Si reniegas de tu juventud, ¿para qué vivir?
La tierra de la muerte honorable
Está aquí: entra al campo y entrega
Tu aliento.

Busca -menos a menudo se busca que se encuentra-
La tumba del soldado, la mejor para ti;
Mira alrededor, elige tu parcela
Y toma tu descanso.


George Gordon, sexto lord de Byron (Londres, 1788–Missolonghi, Grecia, 1824), Works, Londres, 1832 Poetry Archive
Versión libre de J. Aulicino


On this Day I Complete my Thirty-Sixth Year

'TIS time the heart should be unmoved,
Since others it hath ceased to move:
Yet, though I cannot be beloved,
Still let me love!

My days are in the yellow leaf;
The flowers and fruits of love are gone;
The worm, the canker, and the grief
Are mine alone!

The fire that on my bosom preys
Is lone as some volcanic isle;
No torch is kindled at its blaze--
A funeral pile.

The hope, the fear, the jealous care,
The exalted portion of the pain
And power of love, I cannot share,
But wear the chain.

But 'tis not thus--and 'tis not here--
Such thoughts should shake my soul nor now,
Where glory decks the hero's bier,
Or binds his brow.

The sword, the banner, and the field,
Glory and Greece, around me see!
The Spartan, borne upon his shield,
Was not more free.

Awake! (not Greece--she is awake!)
Awake, my spirit! Think through whom
Thy life-blood tracks its parent lake,
And then strike home!

Tread those reviving passions down,
Unworthy manhood!--unto thee
Indifferent should the smile or frown
Of beauty be.

If thou regrett'st thy youth, why live?
The land of honourable death
Is here:--up to the field, and give
Away thy breath!

Seek out--less often sought than found--
A soldier's grave, for thee the best;
Then look around, and choose thy ground,
And take thy rest.

Ilustración: Batalla de Salamina, 1868, Wilhelm von Kaulbach

sábado, febrero 12, 2011

Oscar Wladislas de Lubicz Milosz / Dos poemas



Despertar

En un país de infancia recuperada entre lágrimas,
en una ciudad con latidos de corazones muertos
(todo un arrullador zurco de latidos de vuelo,
de latidos de alas de pájaros de la muerte;
de chapaleos de alas negras sobre el agua de la muerte),
en un pasado fuera del tiempo, enfermo de arrobamiento,
los gratos ojos dolidos del amor arden todavía
con un fuego manso de mineral rojizo, con un triste encanto,
en un país de infancia recuperada entre lágrimas...
Sin embargo, el día llueve sobre el vacío absoluto.

¿Por qué me has sonreído en la gastada luz,
y por qué y cómo me has reconocido,
extraña muchachita de arcangélicos párpados,
de reidores, azulados, suspirantes párpados,
hiedra de noche estival sobre la luna de las piedras?
¿Y por qué y cómo, no habiendo jamás entrevisto
ni mi rostro ni mi duelo, ni la miseria
de los días, me has reconocido tan de pronto,
cálida, musical, brumosa, pálida amada?
¿Por quién morir en la noche inmensa de tus párpados?
Sin embargo, el día llueve sobre el vacío absoluto.

¿Qué palabras, qué músicas terriblemente caducas
se estremecen en mí con tu presencia irreal,
sombría paloma de los días lejanos, tibia, bella?
¿Bajo cuáles frondas de soledumbre antiquísima,
en qué silencio, en qué melodía o en qué
voz de niño enfermo volver a encontrarte, oh bella,
oh casta, oh música escuchada en el sueño?
Sin embargo, el día llueve sobre el vacío absoluto.


Los muertos están ebrios...

Los muertos están ebrios de lluvia antigua y sucia
allá en el cementerio extraño de Lofoten.
El reloj del deshielo tabletea lejano
entre los ataúdes sórdidos de Lofoten.

Y gracias a las fosas que el entretiempo ahueca,
con fría carne humana los cuervos se han cebado,
y gracias al delgado viento con voz de niño,
dulce para los muertos es el sueño de Lofoten.

Ya no veré jamás, jamás sin duda,
ni la mar ni las tumbas de Lofoten,
y sin embargo hay algo en mí que me hace amar
ese rincón extremo y toda su congoja.

Suicidas, alejados y desaparecidos
del cementerio extraño de Lofoten
-¡qué raro y dulce suena su nombre en mi oído!-
decidme si es verdad que allí, que allí dormís.

Bien podrías contarme cosas más ocurrentes,
clarete que rebasas en mi copa de plata;
historias más amables o menos alocadas
y dejarme tranquilo con tu eterno Lofoten.

Que está haciendo buen tiempo y suave se desliza
en el hogar la voz del mes más melancólico.
¡Ah, los muertos, los muertos, aun los de Lofoten,
los muertos, en el fondo, lo están menos que yo!


Oscar Wladislas de Lubicz Milosz (Czereia, Lituania, hoy Bielorrusia, 1877-Fontainebleau, Francia, 1939), Antología poética, versión de Lysandro Z. D. Galtier, Compañía General Fabril Editora, Buenos Aires, 1959 [no bilingüe]

Foto: O.W. de Lubicz Milosz, s/d



viernes, febrero 11, 2011

John Donne / La prohibición



La prohibición

Cuídate de amarme,
Recuerda al menos que te lo he prohibido;
No es que compense mi derroche de sangre y aliento
Con tus lágrimas y suspiros,
Siendo contigo como tú fuiste para mí;
Pero es tanta la alegría que nuestra vida goza,
Que al menos que tu amor se frustre con mi muerte,
Si me amas, cuídate de amarme.

Cuídate de odiarme,
O de triunfar con exceso en la victoria.
No es que quiera defenderme,
Y devolver odio por odio,
Mas perderás tu hábito de conquistador,
Si yo, tu conquista, perezco bajo tu odio.
Entonces, para que mi nulidad no te disminuya,
Si me odias, cuídate de odiarme.

No obstante, ámame y ódiame,
Para que estos extremos se neutralicen;
Ámame, y podré morir de la manera más dulce;
Ódiame, pues tu amor es demasiado para mí:
O deja que ambas cosas se marchiten, y no yo,
Que siendo tu escenario, viviré sin triunfar,
No sea que destroces tu amor, tu odio y a mí mismo,
Para dejarme vivir, oh ámame y ódiame.


John Donne (Londres, c.1572-1631), Poemas de John Donne, versiones de William Shand y Alberto Girri, Ediciones Botella al Mar, Buenos Aires, 1953


The Prohibition

TAKE heed of loving mee,
At least remember, I forbade it thee;
Not that I shall repaire my'unthrifty wast
Of Breath and Blood, upon thy sighes, and teares,
By being to thee then what to me thou wast;
But, so great Joy, our life at once outweares,
Then, least thy love, by my death, frustrate bee,
If thou love mee, take heed of loving mee.

Take heed of hating mee,
Or too much triumph in the Victorie.
Not that I shall be mine owne officer,
And hate with hate againe retaliate;
But thou wilt lose the stile of conquerour,
If I, thy conquest, perish by thy hate.
Then, least my being nothing lessen thee,
If thou hate mee, take heed of hating mee.

Yet, love and hate mee too,
So, these extreames shall neithers office doe;
Love mee, that I may die the gentler way;
Hate mee, because thy love is too great for mee;
Or let these two, themselves, not me decay;
So shall I, live, thy Stage, not triumph bee;
Lest thou thy love and hate and mee undoe,
To let mee live, O love and hate mee too.


Ilustración: Pareja con un loro, c.1650, Pieter de Hooch

jueves, febrero 10, 2011

Jorge Enrique Ramponi / De "Los límites y el caos"



Ceremonia del cuervo

De qué remoto germen o ritual pernicioso
llegan al corazón ceremonias de cuervo legendario esta noche,
reverencias de búho
venido del cuadrante de una heráldica aviesa;
mímicas obstinadas de pájaro de túnel
que anuda entre sus cejas la tiniebla y el éxtasis,
y oficia estremecido su animal sacramento, de espaldas al oráculo.

Entre venias pausadas,
frontal a redonda de su culto sombrío, trazo un símbolo arcano,
con las garras en cruz lo signa polo a polo.
Olfatea hacia el norte cierto almizcle maligno
que le enturbia el plumaje con un viento de eclipse.

Cita las cuatro esquinas
con un gesto abismado de pontífice impío, cardinal y remoto;
con el pico en el eje las anuda en un orden jeroglífico ciego.
De par en par las alas
y la cola imbricada de abanico yacente,
en un largo vuelo quieto cubre el óvalo y gime su consigna de cábala.
Tendido en él lo asume fanático de indicios,
se tira a las espaldas escamas rencorosas,
lo empolla en su liturgia como a un huevo sagrado.

-Afronta tu desdicha, fértil enardecido
quién sabe por qué filtro de malicia perversa:
si Dios no está contigo cuando cantas
acaso te laten en el bulbo semillas del demonio.

-Nadie elude su crisma de tinieblas y caos
si nació para el rito de los crueles poderes furtivos de la noche.

-Nadie pierde su estela
si es fiel a su presagio secreto desde el prólogo.

El deudo que responde ya no es él,
su denuedo talla altares feroces en la propia desgracia,
tornavoces aciagos,
púlpitos de la misma materia del gemido.

Ora con eslabones de intemperie maligna,
con pésames de plomo que estampan en el alma su quilate de luto,
encandilada esfinge que rebota en sus huesos.

Quenas dos veces muertas, sin médula y sin soplo,
fosforecen sepultos avatares, álgebras torvas,
esfinges con vísceras de tumba.
Torres del desafío
cumplida la parábola, de regreso en el polvo.
Alfabetos sin quicio que responden preguntas
turbias admoniciones, animales relámpagos.

Sin confín en la extrema latitud del sollozo
se le conoce a quién invoca en su liturgia.
La audiencia despiadada se le acusa en el ceño de extranjero difícil,
clandestino, sinuoso.
En la lira de fuego que le tiembla en la frente malévola de hereje.
Le cae un yeso negro, funeral, sobre el alma.
Se le vuelven laureles de azufre los cabellos.

Solo ante el ara inicua,
lívido hasta el registro de las revelaciones en la clave del mártir,
le tañe facciones un viento de otro mundo.


(Los límites y el caos) [1972]


Jorge Enrique Ramponi (Mendoza, 1907-1977), Antología de la poesía argentina, tomo I, selección de Raúl Gustavo Aguirre, Ediciones Librería Fausto, Buenos Aires, 1979

Foto: Ramponi Analecta Literaria

miércoles, febrero 09, 2011

Alberto Luis Ponzo / Lugares comunes



Lugares comunes

En los coches de las estaciones
en los negocios
dentro de los libros de tapas miserables
o en el aire que los quema

En las leyes abandonadas
en los días secuestrados al tiempo
en los cuerpos desnudos
en lo todo lo que se entiende para morir
en las palabras

Fuera del lugar común de la sangre
en el viejo reloj
en la cuerda que se da a los muñecos

En todas partes
y en ninguna
en el vidrio golpeado por la lluvia
donde hay sombras que mueren

Sobre todo donde hay que vivir
con un ojo cerrado y otro abierto
con la mesa vacía de los otros
con el peso de todos en la única balanza

Si tengo que estar en algún sitio
si donde estoy hay algo
si hay alguna manera de que las cosas sean
como las nombramos
estos son los lugares que propongo
los lugares comunes.

(A puertas abiertas) [1969]


Alberto Luis Ponzo (Buenos Aires, 1916-2017), Antología de la poesía argentina, tomo I, selección de Raúl Gustavo Aguirre, Ediciones Librería Fausto, Buenos Aires, 1979

Foto: Alba Correa y Alberto Ponzo Voces y poemas, 2007



martes, febrero 08, 2011

Pier Paolo Pasolini / De "Transhumanar y organizar", 5



La restauración de izquierda (III)

Cayó del pelaje todo significado.
Quedó indescifrable y fechado
como poema hermético cuya integración alegórica
no está ya en el horizonte de la conciencia de nadie.
Vagaron los grandes cultivos de pelos y cabellos,
agrupándose como pobres vacas para la matanza,
resplandeciendo de aquella luz de la que resplandece
sin embargo el folclore de cultos recién descubiertos.
A la Burguesía todo eso no le servía más,
el espacio vacío que se le abrió delante
lo había en gran parte conquistado
gracias a aquellos kamikazes;
quedaba otro vacío, y cuánto, por conquistar.
Pero para eso precisaban, de una parte,
hombres grises y soldados. *
De otra parte, fue la resurrección de los Sindicatos
que llevaron adelante, en el espacio vacío que se había abierto,
a las grandes masas de obreros con su conciencia de clase.
Así que para esta operación
el antiguo prestigio de los Partidos comunistas fue restaurado.
En los rostros de los jóvenes, la presente primavera -
quien no desobedece deja el lugar a la obediencia
que, si pierde alguna cosa, la pierde para siempre
como enseña, no escuchado o no comprendido, el tiempo nuevo
que se añade al tiempo viejo; regresando
pero no recordando nada
(no en realidad ojos más seguros, no en en realidad cuerpos
arrojados a la lucha, fuertes en su novedad).


* Bajaba en ascensor en Bahía un grupo de hombres grises, pertenecientes a otra raza y de nacionalidad americana, en todo caso, que iban inexpresivos a destruir las iglesias portuguesas; de soldados nuevos, el Brasil está lleno, rapados como nazis sobre las orejas amarillentas.


La restauración de izquierda y quién

Sartre, más bien, y no Zdanov -
Y siempre pasa lo peor;
pero preparémonos a reaprender la libertad,
que sufriendo el chantaje o no sufriéndolo, hemos perdido,
reencontrándola, tan sorprendente y difícil
en aquellos que la han aprendido de nosotros.
El trabajo y la organización del Poder constituido
o no más nacional
Nuevos horizontes, mejor dicho, un nuevo horizonte
se abre ante la humanidad, en el campo de los negocios
La potencialidad de los consumidores
bocas se abrieron esperando las raciones
a lo largo de las orillas de los Océanos,
sobre montes salvajes.
En el corazón de los países civilizados todo debía ser rehecho.
Se precisaba conquistar aquel vacío.
La historia era un peso; el pasado, un palo en las ruedas;
los Jefes, pertenecientes a otra raza,
pero de nacionalidad, en todo caso, americana,
(¿quién vio a estos jefes?)
Pues bien, fue una orden: romper toda atadura.
En los remotos 1961, 1962, aparecieron
en Nueva York los primeros contestatarios del Poder, y...
de su Pasado.
Tuvieron el datado y fabuloso nombre de "beats";
los Jefes invisibles vieron con satisfacción
que el Pasado de ELLOS comenzaba a ser destruido con aullidos
y no los últimos en aullar fueron los poetas.
Bien, todo lo que siguió tuvo esta función -
Los estudiantes de todo el mundo-
los Partidos Comunistas y los Sindicatos quedaron mirando;
luego vino su turno.
El vacío fue llenado y ahora patrones y obreros
se encuentran al frente y más adelante.
El camino quedó sembrado de cadáveres y de heridos
que se apresuraron detrás,
pero eran reconocibles a causa de su pelo
y amontonados como en campos de concentración
quien en vez de pelos tenía ideas
estaba muy acostumbrado a quedar detrás de la manada
era de toda la vida que sufría este dolor
este atroz dolor de no conocer fraternidad.


Pier Paolo Pasolini (Bolonia, 1922-Ostia, 1975) "Trasumanar e organizzar", 1971, Tutte le poesie, Mondadori, Milán, 2003
Versiones: Jorge Aulicino



La restaurazione di sinistra (III)

Cadde dal pelame ogni significato.
Esso restò indecifrabile e datato
come poema ermetico la cui integrazione figurale
non è più nell'orizzonte della coscienza di nessuno.
Vagarono le grandi coltivazioni di peli e capelli
radunandosi come povere vacche per la carneficina,
splendendo de quella luce di cui splende comunque
il folclore dei culti scoperti di recente
Alla Borghesia tutto ciò non serviva più
lo spazio vuoto che a lei si era aperto davanti
lo aveva già conquistato
grazie a quei kamikaze;
restava altro vuoto, e quanto, da conquistare.
Ma per questo occorrevano, da una parte,
uomini grigi e soldati (1)
Dall'altra parte, ci fu la resurrezione dei Sindicati
che portarono avanti nello spazio vuoto chi si era aperto
le grandi masse degli operai con la loro coscienza di classe.
Sicché, per questa operazione,
l'antico prestigio dei Partiti comunisti fu restaurato.
Nei visi dei giovani le presente primavera -
chi non disubbidisce lascia el posto all'obbedienza
che, se perde qualcosa, la perde per sempre
como insegna, inascoltato o no compreso, il tempo nuovo
che si aggiunge al vecchio; ritornando
ma non ricordando niente
(non certo occhi più sicuri, non certo corpi
gettati nella lotta, forti della loro novità)


(1) Scendeva in ascensore a Bahia, un gruppo di uomini grigi, appartenenti a un'altra razza e di nazionalità americana, comunque, che andavano inespressivi a distruggere le chiese portoghese; di soldati nuovi, il Brasil è poi pieno, rasati come nazisti sopra le orecchie giallastre.


La restaurazione di sinistra e chi

Sartre, se mai, e non Zdanov -
Eppure accade sempre il peggio;
ma accingiamoci a riapprendere la libertà
che subendo il ricatto o non subendolo, abbiamo perduto
ritrovandola così sorprendente e difficile
in coloro che l'hanno appresa da noi
Il lavoro e l'organizzazione del Potere costituito
or non più nazionale
Nuovi orizzonti, anzi, un nuovo orizzonte
si aprì davanti all'umanità, nel campo degli affari
La potenzialità dei consumatori
bocche si aprino ad aspettare la razione
lungo le rive degli Oceani
sui monti selvaggi.
Nel cuore dei paesi civili tutto fu poi da rifare.
Bisognava conquistare quel vuoto,
La storia era un peso; il passato un bastone tra le ruote;
i Capi, appartenenti ad altra razza,
ma di nazionalità per lo più americana, comunque
(a chi apparvero questi capi?)
Ebbene, fu un ordine: rompere ogni legame.
Nei remoti 1961, 1962, apparvero
a New York i primi contestatori del Potere e...
del suo Passato.
Ebbero il datato e favoloso nome di "beats";
i Capi invisibili videro con soddisfazione
che il LORO Passato comminciava a venir distrutto con urli
e non ultimi a urlare furono i poeti
Bene, tutto quello che seguì ebbe questa funzione -
Gli studenti di tutto il mondo -
i Partiti Comunisti e i Sindicati stettero a guardare;
poi venne il loro turno.
Il vuoto fue riempito e adesso padroni e operai
si trovano di fronte più avanti.
La strada restò seminata di cadaveri e feriti
che arrancarono dietro,
ma furono riconoscibili a causa dei loro capelli
e ammassati come in campi di concentramento
chi invece di capelli aveva idee
era ben abituato a questo restare dietro al branco
era da tutta la vita che soffriva questo dolore
questo atroce dolore del non conoscere fraternità.

Ilustración: portada de Life, 1967

lunes, febrero 07, 2011

Allen Tate / Oda a los muertos de la Confederación



Oda a los muertos de la Confederación

Fila tras fila con estricta impunidad
Las lápidas abandonan sus nombres a los elementos,
El viento zumba sin recuerdos,
En las hendidas zanjas las anchas hojas
Se amontonan, casual sacramento de la naturaleza
Para la estacional eternidad de la muerte,
Y luego, arrastradas a su tarea en el vasto aliento
Por el feroz escrutinio del cielo,
Susurran el rumor de la mortalidad.

Otoño es la desolación en el campo
De mil acres donde crecen estas memorias
De los inagotables cuerpos que no están muertos,
Sino que nutren filas tras filas de rica hierba.
¡Piensa en los otoños que fueron!
El ambicioso noviembre con los humores del año,
Con un celo particular por cada losa,
Mancilla los ángeles que se pudren.

Sobre las losas, aquí un ala quebrada, allí un brazo:
La brutal curiosidad de la mirada de un ángel
Te convierte, como ellos, en piedra,
Transforma el aire denso,
Hasta que sumergido en el más pesado mundo de abajo
Desvías ciegamente tu espacio marino
Virando, dando vueltas como un cangrejo ciego.

Aturdidas por el viento, sólo por el viento,
Volando, las hojas se sumergen.

Tú, que esperaste junto al muro, conoces
La sombría tristeza de un animal; conoces
Esas nocturnas restituciones de la sangre,
Los implacables pinos, el humeante friso
Del cielo, la llamada súbita; conoces la furia,
El frío charco que dejó la marea alta,
De enmudecidos Zenón y Parménides.
Tú que esperaste la enojosa resolución
De los deseos que mañana debieran ser tuyos,
Conoces la mezquina absolución de la muerte
Y alabas la arrogante circunstancia
De los que caen
Fila tras fila, afanados más allá de la decisión;
Aquí, junto a un portal que se cae, detenidos por el muro.

Viendo, viendo solamente las hojas
Volar, sumergirse y expirar.

Vuelve tus ojos al excesivo pasado,
Hacia la inescrutable infantería levantando
Demonios de la tierra; no perdurarán
Stonewall, Stonewall y los hundidos campos de cáñamo.

Shiloh, Antietam, Malvern, Hill, Bull Run.
Perdidos en ese amanecer turbulento
Maldecirán el son poniente.

Maldiciendo sólo las hojas que gimen
Como un anciano en la tormenta.

Oyes los gritos, los locos abetos señalando
Con los apenados dedos hacia el silencio
Que te asfixia, momia, con el tiempo.

La perra de caza, sin dientes,
Y moribunda, en un enmohecido sótano
Oye solamente el viento.

Ahora que la sal de su sangre
Endurece el más salado olvido del mar,
Y clausura la maligna pureza de la marea,
Nosotros, que contamos nuestros días e inclinamos
Las cabezas con conmemorativa pena
Ante las condecoradas guerreras de torva dicha,
¿Qué diremos de los sucios huesos
Cuyo verdoso anonimato irá creciendo,
Y de los desgarrados brazos, las desgarradas cabezas
Perdidos en estos acres de insano verde?
Las grises, flacas arañas vienen y se van;
En una maraña de sauces sin luz
El chillido singular y cerrado de la lechuza
Siembra en la mente un verso invisible
Con el furioso murmullo de su caballería.

Diremos solamente que las hojas
Vuelan, se sumergen y expiran.

Diremos solamente: las hojas susurran
En la improbable niebla del anochecer
Que vuela en múltiples alas;
La noche es el principio y el fin,
Y en el medio, los fines de la locura
Esperan una muda especulación, la pasiva blasfemia
Que apedrea los ojos, o que salta como un jaguar
Sobre su propia imagen, su víctima reflejada en una charcha de la selva.
¿Qué diremos nosotros que hemos llevado el conocimiento
al corazón? ¿Llevaremos el acto
Hasta la tumba? ¿Con mayor esperanza
Elegiremos la tumba en la casa? ¿La tumba voraz?

Deja ahora
El cerrado portal y el ruinoso muro:
La benévola serpiente, verde en la morera,
Alborota con su lengua la quietud;
¡Centinela en la tumba que nos abarca a todos!


Allen Tate (Winchester, 1899-Nashville, 1979), versión de Alberto Girri y W. Shand, Poesía norteamericana del siglo XX, selección de Mario Morales y Eugenio Lynch, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1970


Ode to Confederate Dead

Row after row with strict impunity
The headstones yield their names to the element,
The wind whirrs without recollection;
In the riven troughs the splayed leaves
Pile up, of nature the casual sacrament
To the seasonal eternity of death;
Then driven by the fierce scrutiny
Of heaven to their election in the vast breath,
They sough the rumour of mortality.

Autumn is desolation in the plot
Of a thousand acres where these memories grow
From the inexhaustible bodies that are not
Dead, but feed the grass row after rich row.
Think of the autumns that have come and gone!--
Ambitious November with the humors of the year,
With a particular zeal for every slab,
Staining the uncomfortable angels that rot
On the slabs, a wing chipped here, an arm there:
The brute curiosity of an angel's stare
Turns you, like them, to stone,
Transforms the heaving air
Till plunged to a heavier world below
You shift your sea-space blindly
Heaving, turning like the blind crab.

Dazed by the wind, only the wind
The leaves flying, plunge

You know who have waited by the wall
The twilight certainty of an animal,
Those midnight restitutions of the blood
You know--the immitigable pines, the smoky frieze
Of the sky, the sudden call: you know the rage,
The cold pool left by the mounting flood,
Of muted Zeno and Parmenides.
You who have waited for the angry resolution
Of those desires that should be yours tomorrow,
You know the unimportant shrift of death
And praise the vision
And praise the arrogant circumstance
Of those who fall
Rank upon rank, hurried beyond decision--
Here by the sagging gate, stopped by the wall.

Seeing, seeing only the leaves
Flying, plunge and expire

Turn your eyes to the immoderate past,
Turn to the inscrutable infantry rising
Demons out of the earth--they will not last.
Stonewall, Stonewall, and the sunken fields of hemp,
Shiloh, Antietam, Malvern Hill, Bull Run.
Lost in that orient of the thick-and-fast
You will curse the setting sun.

Cursing only the leaves crying
Like an old man in a storm

You hear the shout, the crazy hemlocks point
With troubled fingers to the silence which
Smothers you, a mummy, in time.

The hound bitch
Toothless and dying, in a musty cellar
Hears the wind only.

Now that the salt of their blood
Stiffens the saltier oblivion of the sea,
Seals the malignant purity of the flood,
What shall we who count our days and bow
Our heads with a commemorial woe
In the ribboned coats of grim felicity,
What shall we say of the bones, unclean,
Whose verdurous anonymity will grow?
The ragged arms, the ragged heads and eyes
Lost in these acres of the insane green?
The gray lean spiders come, they come and go;
In a tangle of willows without light
The singular screech-owl's tight
Invisible lyric seeds the mind
With the furious murmur of their chivalry.

We shall say only the leaves
Flying, plunge and expire

We shall say only the leaves whispering
In the improbable mist of nightfall
That flies on multiple wing;
Night is the beginning and the end
And in between the ends of distraction
Waits mute speculation, the patient curse
That stones the eyes, or like the jaguar leaps
For his own image in a jungle pool, his victim.
What shall we say who have knowledge
Carried to the heart? Shall we take the act
To the grave? Shall we, more hopeful, set up the grave
In the house? The ravenous grave?

Leave now
The shut gate and the decomposing wall:
The gentle serpent, green in the mulberry bush,
Riots with his tongue through the hush--
Sentinel of the grave who counts us all!

[1927/1937]

Poets Org.


Ilustración: Asalto de las tropas de la Unión al puente de Burnside, en la batalla de Antietam, Maryland, 1862, dibujo de Edwin Forbes

domingo, febrero 06, 2011

Kenneth Rexroth / A William Carlos Williams



Carta a William Carlos Williams

Querido Bill,
cuando indago el pasado para ti,
algunas veces pienso que eres como
San Francisco, cuya carne se separaba
de él como alegre nube
y se confundía con toda cosa amante
-burros, flores, leprosos, astros-,
pero pienso que te asemejas aún más
al hermano Enebro, que sufrió
todos los ultrajes y glorias
sonriendo como un tonto manso.
Tú estás en alguna parte en las Florecillas,
porque eres un tonto, Bill,
como el tonto de Yeats, símbolo
de toda sabiduría y belleza.
Eres tú quien se eleva frente
a Elena en toda su sabiduría,
a Salomón, en toda su gloria.

¿Recuerdas hace años cuando
te dije que eras el primer
gran poeta franciscano desde
el medioevo? Perturbé
el tranquilo curso de la cena;
tu mujer pensó que estaba loco.

Y en cambio es verdad. Y también eres "puro",
un auténtico clásico, aunque no lo grites
del todo como
las muchachas de la Antología.
No como la estridente Safo que,
con toda su grandeza, debió
haber sufrido de endometriosis,
sino como Anite, que dice
sólo lo necesario, lentamente, como para
recordarlo durante milenios.

Es una calma maravillosa
la tuya, una manera de conservar
todavía el mundo y sus
sucios ríos, y los tachos de desperdicios,
carretillas rojas esmaltadas de lluvia,
frías ciruelas robadas de la heladera,
y encajes de la reina Ana, y margaritas,
y brotes que revientan
en las calles fangosas, y vientres salpicados
con niños dentro, y Cortés
y Malinche sobre la sangrienta
calzada, muerte de las flores del mundo.

Hoy, cuando la prensa se tambalea
con charlatanes, que quedas quieto,
cada año un manojo de silencio,
poemas que no tienen nada que decir,
como el silencio de George Fox,
sentado tranquilo debajo de la nube
de todas las tentaciones del mundo,
cerca del fuego, en la cocina,
en el valle de Beavor. Y
el arquetipo, el silencio
de Cristo, cuando calló largamente,
y luego dijo: "Tú lo has dicho".

Ahora, en un poema reciente, tú dices:
"Yo que estoy por morir".
Quizá no es más que una cita
tomada de los clásicos, pero me produce
un estremecimiento. ¿Dónde
conseguiste eso, Williams?
Presta atención. Vendrá el día
en que una mujer joven caminará
a lo largo del diáfano río Williams,
por donde corre a través de un idílico
paisaje de Ninguna parte,
y les dirá a sus niños:
"¿No es hermoso? Se lo llama
con el nombre de aquél
que caminaba por aquí cuando lo llamaban
río Passaic, y estaba sucio
de venenosos excrementos
de enfermos y fábricas.
Era un gran hombre, sabía
que aun entonces era hermoso, aunque
ningún otro lo supiera, entonces,
en la Edad Oscura. Y el
hermoso río que él vio
todavía fluye en sus venas, como
lo hace en las nuestras, y fluye en nuestros ojos,
y fluye en el tiempo, y nos hace
parte de sí mismo y de él.
Esta, niños, es lo que se llama
una relación sacramental.
Y esto es lo que es
un poeta, niños, uno que crea
relaciones sacramentales
que duran para siempre".
Con afecto y admiración,
Kenneth Rexroth.

Kenneth Rexroth (South Bend, Indiana, 1905-Montecito, California, 1982), versión de Alberto Girri, Poesía norteamericana del siglo XX, selección de Mario Morales y Eugenio Lynch, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1970


A Letter to William Carlos Williams

Dear Bill,

When I search the past for you,
Sometimes I think you are like
St. Francis, whose flesh went out
Like a happy cloud from him,
And merged with every lover —
Donkeys, flowers, lepers, suns —
But I think you are more like
Brother Juniper, who suffered
All indignities and glories
Laughing like a gentle fool.
You’re in the Fioretti
Somewhere, for you’re a fool, Bill,
Like the Fool in Yeats, the term
Of all wisdom and beauty.
It’s you, stands over against
Helen in all her wisdom,
Solomon in all his glory.

Remember years ago, when
I told you you were the first
Great Franciscan poet since
The Middle Ages? I disturbed
The even tenor of dinner.
Your wife thought I was crazy.
It’s true, though. And you’re “pure,” too,
A real classic, though not loud
About it — a whole lot like
The girls of the Anthology.
Not like strident Sappho, who
For all her grandeur, must have
Had endometriosis,
But like Anyte, who says
Just enough, softly, for all
The thousands of years to remember.

It’s a wonderful quiet
You have, a way of keeping
Still about the world, and its
Dirty rivers, and garbage cans,
Red wheelbarrows glazed with rain,
Cold plums stolen from the icebox,
And Queen Anne’s lace, and day’s eyes,
And leaf buds bursting over
Muddy roads, and splotched bellies
With babies in them, and Cortes
And Malinche on the bloody
Causeway, the death of the flower world.

Nowadays, when the press reels
With chatterboxes, you keep still,
Each year a sheaf of stillness,
Poems that have nothing to say,
Like the stillness of George Fox,
Sitting still under the cloud
Of all the world’s temptation,
By the fire, in the kitchen,
In the Vale of Beavor. And
The archetype, the silence
Of Christ, when he paused a long
Time and then said, “Thou sayest it.”

Now in a recent poem you say,
“I who am about to die.”
Maybe this is just a tag
From the classics, but it sends
A shudder over me. Where
Do you get that stuff, Williams?
Look at here. The day will come
When a young woman will walk
By the lucid Williams River,
Where it flows through an idyllic
News from Nowhere sort of landscape,
And she will say to her children,
“Isn’t it beautiful? It
Is named after a man who
Walked here once when it was called
The Passaic, and was filthy
With the poisonous excrements
Of sick men and factories.
He was a great man. He knew
It was beautiful then, although
Nobody else did, back there
In the Dark Ages. And the
Beautiful river he saw
Still flows in his veins, as it
Does in ours, and flows in our eyes,
And flows in time, and makes us
Part of it, and part of him.
That, children, is what is called
A sacramental relationship.
And that is what a poet
Is, children, one who creates
Sacramental relationships
That last always.”

With love and admiration,
Kenneth Rexroth.


Bureau of Publics Secrets

Copy: New Directions, NY



Foto: William Carlos Williams (1883 - 1963), c. 1955, Answers.com/Hulton Archive/Getty Images