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lunes, mayo 07, 2018

Alfonso Sola González / Hijos del pueblo


Juntando hojas secas, claro, ha llegado el otoño
y hay que bailar, señores,
sobre las tumbas de los ahorcados y los blancos leprosos.
Juntando hojas secas, decía,
podríamos entre todos escribir un poema.
O tal vez, humildemente, arrancando queridas páginas de libros enterrados
en el pico secreto del pájaro de las bibliotecas,
podríamos tejer otra niebla, una vieja canción
para los ordenanzas grises de la poesía,
una canción del amor que no vuelve
donde las señoritas del fichero
santificarán sus culos transparentes.

Entonces todo sería heroico y quieto y sería leído con anteojos de pluma
y alguien, con la ficha correcta, treparía por los estantes de libros silenciosos
hasta encontrar a Homero sentado en las tribunas populares
esperando el comienzo
del partido
de Troya.

Desde luego sería algo que juntáramos todos,
todos, gritando hijo del pueblo, hojas secas
a la mierda con la poesía,
y viva la muchacha que se calienta y te jura un amor más eterno que el mar
te juro por mi madre.

Todos cantando hijo del pueblo te oprimen cadenas
y esa injusticia no puede seguir,
pisando la última hoja de otoño,
la última, violada para siempre
en los dedos inocentes del pueblo.

Vea señor, tal vez no entendamos si usted conoce la fórmula de la dinamita
sí, la del doctor Nobel que una tarde
se perdió en un bosque de cedros milenarios
y nunca más volvió.
Y puedo asegurarle, yo que ando en el fato
que las alondras de su secretaria,
encendieron la mecha:
y hasta las últimas estrellas volaron las violetas
desde el jarrón melancólico donde orinaba recatadamente
el mercader de fuego.

Tal vez nos pongamos de acuerdo
si usted conoce algo eternamente calcinado,
algo de Gog y Magog,
algo del trono sepultado en el fondo del mar,
si usted cree, como yo, que la poesía ha muerto
(rajá, turrito, rajá)
en la mierda sagrada de los citaristas.

Si usted cree que arremangándose y llorando
puede aún rescatar en los pantanos
los huesos adorables de un soneto
y con ellos levantar una casa escondida,
un quilombo fantástico de ángeles.

Si usted cree, yo creo.
Y eso sí, compañero, hay que pisar las flores
y sacarse la cera de Ulises, el de sucias orejas;
porque ya las sirenas duermen en el castillo de los ojos del mar
y el canto es, ahora, el aullido sin tregua de los hijos del pueblo.

Te oprimen cadenas y esa injusticia no puede seguir
si tu existencia es un mundo de penas
antes que esclavo prefiero morir.
Pero morir como Di Giovanni, después de haber olvidado en la última celda
un libro, inútil ya, del inservible Valery.
Morir con la bala de plomo y no de oro
morir a muerte viva, a pelotón y a muro confuso de la selva;
morir, morir a gritos
y no como la fugaz mariposa clavada en el alfiler bello de los viejos museos.

(Dulce canción de amor, dime quién eres,
en qué ladrón de rosas se esconde tu secreto
en qué piano mordido por el sol pavoroso de los ciegos
suena el vals del eterno retorno.)

Es cierto, a veces pensamos que escribir un poema
es ordenar la belleza de las criaturas,
o tal vez orinar en los jardines que caen de la luna
o besar, lengua a lengua, la tierra que es la noche.

(Pero el canto retorna y comprendemos
que un poema no está jamás escrito con palabras
no con esas tristes monedas de saliva terrestre,
ni con imágenes dibujadas en pizarras rotas
por sacerdotes ciegos junto a las viudas del atardecer)

Escribir un poema es morir VIENDO
viendo al dragón de las siete diademas
y a la mujer que ha de parir hijo varón.
Es morir como testigo de la muerte que muere
cuando, hijos del pueblo,
en las redes que los mares no mojan
rescatemos al pez que fue nombrado Pan.

Y entonces sí, compañeros, peregrino, soldados del desierto,
hijos del pueblo,
tendremos que volar con dinamita las cadenas
y morir la no muerte,
y gritar junto a las bestias sagradas de los últimos días
que el Profeta ha llegado otra vez a la tierra
¡E viva l’anarchismo e la libertá!

Alfonso Sola González (Paraná, Argentina, 1917-Mendoza, Argentina, 1975), Último Reino, nº 15, Buenos Aires, enero-junio de 1986
Envío de Jonio González

Ref.:
Autores de Concordia
Página 12
Poesía del Mondongo
La Quinta Pata

Ilustración: Tapa de Obra poética, de Alfonso Sola González, Biblioteca Nacional, Buenos Aires, 2015

miércoles, agosto 02, 2017

Alfonso Sola González / Camina el poeta y no sabe












        "Sennores para el camino
        dat al de Villasandino"


Has perdido tu sombra, alma que fuiste mía.
ya no verás cruzar los grandes pájaros celestes
que reparten la corola centelleante del cielo.
Esplendores del día nubes gloriosas,
dadle para el camino.
Estará en la taberna;
jugará con el dado de oro de la muerte.
O no estará. Monarca de las encrucijadas
dadle para el camino.
Verá su última tarde. Verá un río que no vuelve.
Topacio de la guerra, lanza de niebla
dadle para el camino.
Quien fue un ángel destroza interminablemente
su espada negra. Dadle,
dadle para el camino.
Y cuando llegue, ciego,
a la puerta que arde entre el cielo y su frente,
dadle, dadle para el camino.

(Cantos a la noche, 1963)

Alfonso Sola González (Paraná, Argentina, 1917-Mendoza, Argentina, 1975), Alfredo Veiravé, Los poetas del 40, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1968

Ref.: Autores de Concordia

martes, noviembre 06, 2012

Alfonso Sola González / Los poetas




Los poetas

Nadie podrá decir, ni los dioses unidos,
Ni el calor de las plantas fértiles y
Amadoras,
Ni los episodios de la guerra
Escritos en las arenas de este o el otro
Desierto,
Ni el agua de la boca de Góngora
(gima el lebrel en su cordón de seda)
Ni Apollinaire escribiendo en los
Ojos
De la Jolie Rousse
La historia de la tradición
Y la aventura,
Ni Quevedo
(miré los muros de la patria mía)
Nadie, ni los abastecedores, ni las fábricas,
Ni la lengua azulada del aceite,
El petróleo,
Podrán decir que el poeta
Ha
Mentido.

Alfonso Sola González (Paraná, 1917-Mendoza, 1975), c. 1970, inédito
Gentileza de María del Rosario Sola


Ilustración: Composizione con figura femminile (detalle), 1915, Carlo Carrà

viernes, julio 06, 2012

Alfonso Sola González / Recordando esta noche a Lenin



Recordando esta noche a Lenin
(Canción pequeño-burguesa con la colaboración póstuma de Alejandro Blok)

Escupe camarada sobre tu libro abierto
Mientras mi amada se desnuda en el baño
Y abre la canilla del agua caliente
Y me llega,
A través de la puerta sellada
Su dulce ruido adorado
El rumor de sus senos mojándose, llamándome.

El día ha llegado a su fin
Y abandono en la silla que velará la noche,
La corbata pintada por señoritas ciegas y otras flores aún tibias
Que ya no sirven para nada.
Y la lámpara alumbra en la revista de los tigres tristes,
Tu hermosa barba revolucionaria.

Escupe en tu último espejo de nieve, camarada,
Y él te devolverá los fusiles sagrados
De los Doce.

Ya la puerta se ha abierto
Y oigo sus pies desnudos
Caminar en el lento pasillo
Entre cucarachas y tanta niebla escrita
Mientras lentamente dispone las cosas de la noche.

Recuerdo que tal vez fui tu amigo
Tal vez, sí, inútilmente;
Que fui tu sacerdote desalmado
Viajando en sucios trenes con soldados y putas
Hacia el palacio oscuro de la revolución.

Ahora, todo aquello es ya nada,
Apenas un jardín sideral poblado de profetas
Que olvidaron la primera y la última palabra,
Apenas una página inútil escrita en el libro de Dios,
O tan sólo tu barba de nácar en un panteón sin nadie.

Y caminábamos en la marcha de los Doce
Bajo la luna ametrallada de Siberia.
Eramos doce y solamente uno
Bebiendo en las tabernas del camino perdido,
Matando a los heridos en los hospitales,
Clavando bayonetas en las sotanas de los curas.

Doce aullando sin piedad
Y sólo éramos Uno.

(En el museo de cera
Cantan los pájaros del bien y del mal).

Y algunos se posaban dulcemente en tu cabeza calva
De viejo sifilítico
Y entonces admirábamos tus ojos de soldado ciego
Quemándose despacio
En los tabernáculos secretos del Partido.

Y yo llevaba la granada del sol entre los dedos sucios.

Ya te esperan los escribas del furtivo testamento apócrifo
Ya ves a los purpúreos burgueses que lamen dulcemente la hoz
Y adoran el martillo de oro.
Y los Doce caminan
Y violan duquesas silenciosas
En las tabernas incendiadas.

Ya te esperaban los embalsamadores
Y El Jefe,
El buen traidor de blusa campesina
Que bailó el vals vienés de la Internacional
En el viejo palacio iluminado por las antorchas de los proletarios
Y por las tetas perfumadas
De las bellas esposas de los Embajadores.

(Ya sé, querida mía que este no es un buen poema,
Que tu pelo es más hermoso que todo lo que yo pueda escribir
O decir
O mentir en los tribunales de la noche.
Pero aquí están los doctores del templo
Los rufianes de las sirenas melodiosas que cantaron
Para el astuto Ulises,
Los carceleros de las viejas rosas
Lamiendo inodoros de hollín y mierda fría.
Y entonces sólo sé ladrar a la pérfida luna
Y a su madame de terciopelo negro en el cogote,
A los secretos mercaderes del fuego,
A la Gran Puta de tetas majestuosas
Que fuma el gris tabaco de los muertos
En el umbral de la Puerta Cerrada.

Ya sé querida mía, que no debiera injuriar a los malditos
Porque ellos reinarán
Y aún serán reconocidos en el fin de los tiempos.
Yo sé que sólo quieres que me cubra la boca con tu pelo
Para borrar estas palabras,
Para cegar con tierra enamorada estos ojos que odian,
Para cifrar estos dedos de sándalo
En el último acorde de tu arpa caída.
Pero
Tal vez,
Ya sea tarde).

Y eran doce los alegres bandidos en su marcha.

Camarada, mi amigo, mi compañero Lenin,
El más terrible y justo,
Mi mano por el amor gastada, se ennoblece
Cuando escribo tu nombre
Sobre el fusil y el viento del poema.

Mi amante duerme ahora, desnuda en su enorme inocencia
Y yo tendría que cerrar los ojos y soñar que no es ella ni yo los que dormimos
Este mar de la muerte.
Pero la lámpara encendida
Ilumina en la vieja revista, tu bello rostro de asesino, camarada,
Y vuelvo a recordar la marcha de los Doce.

“Salta burgués como un pájaro!
Beberé tu poca sangre,
Por mi querida,
Por los ojos hermosos de mi amante”.

Y mi muchacha dormida respira el lento sol de la noche
Y oigo el ronco trueno de los Doce con su bandera roja en el invierno.

“No tienes las manos sangrientas
Por el amor de tu Katia?
Camina al paso de la revolución,
El enemigo acecha y no se rinde.”

Y el enemigo, acaso, eras tú, Vladimiro
Con tu barba de Sevres embalsamada
O acaso era el amor de Katia
O el sueño de esta muchacha oscura cuando apago la lámpara y voy hacia su sueño,
O acaso nada más que una madera
Viva cruzada sobre el mundo
¡Oh secretos Caminos de la Revolución¡

Alfonso Sola González (Paraná, 1917-Mendoza, 1975), entre1968 y 1972, inédito
Gentileza de María del Rosario Sola

Foto: Sola González en Nuestros Poetas-Télam