domingo, junio 16, 2013

Poemas elegidos, 29


Pablo Seguí
(Córdoba, Argentina, 1973)

Sinfonía en gris mayor, de Rubén Darío
Tenía 17 años cuando dejé de estudiar violín (música clásica) y comencé a escribir. Habían sido 9 años de relacionarme con Vivaldi, con Bach, con Schubert, con Beethoven; es decir, con artistas que habían creado sus obras hará quizá 300 años o más, a veces... Cuando decidí pasarme a la poesía, fue lo más natural del mundo tomar los manuales Estrada de historia de las literaturas española e hispanoamericana y argentina, e informarme sobre quiénes habían descollado en el arte del verso...
Me llamó la atención el modernismo, como “primer movimiento artístico que va de América a España”. Eso de que, en el poema y concretamente, hubiera una cláusula (tatáta), monótona y previsible, tenía que ver con mínimas estructuras que hacían y todavía hacen a mucha de la música de todas las épocas. Había allí noción de forma, fácilmente tangible. Escribí varios poemas con esa cláusula, intentando la rima, empezando a sentirle el gusto a la materialidad de las palabras: aliteraciones, acentos, etc.
A lo largo de los años también me di, obviamente, al verso libre. Y al verso sin sentido y hasta al caótico (algo que para mí llamo “versos para el lector ágrafo”). Pero de hace unos años a esta parte necesité recuperar el ritmo, la medida (once y siete -casi Fito-, y a veces catorce), junto a la profundización en la búsqueda de sentido (cuando ello era posible). Quién sabe qué vendrá después.
Resumo: hubo una continuidad entre mi experiencia con la música y mi práctica de la poesía. Con respecto a la primera, escucho regularmente, no sólo lo tradicional, sino también las cosas más “osadas” de la música clásica contemporánea, y en lo que hace a los versos, leo absolutamente de todo (aunque procuro hacerlo mayormente en la lengua original, con lo que quedo limitado al castellano y, por desdicha, nada más que al francés); pero necesito anclarme, de algún modo y cuando escribo, en el sentido a través de, al menos, ciertos atisbos de métrica.



Sinfonía en gris mayor 

El mar como un vasto cristal azogado
refleja la lámina de un cielo de zinc;
lejanas bandadas de pájaros manchan
el fondo bruñido de pálido gris.

El sol como un vidrio redondo y opaco
con paso de enfermo camina al cenit;
el viento marino descansa en la sombra
teniendo de almohada su negro clarín.

Las ondas que mueven su vientre de plomo
debajo del muelle parecen gemir.
Sentado en un cable, fumando su pipa,
está un marinero pensando en las playas
de un vago, lejano, brumoso país.

Es viejo ese lobo. Tostaron su cara
los rayos de fuego del sol del Brasil;
los recios tifones del mar de la China
le han visto bebiendo su frasco de gin.

La espuma impregnada de yodo y salitre
ha tiempo conoce su roja nariz,
sus crespos cabellos, sus bíceps de atleta,
su gorra de lona, su blusa de dril.

En medio del humo que forma el tabaco
ve el viejo el lejano, brumoso país,
adonde una tarde caliente y dorada
tendidas las velas partió el bergantín...

La siesta del trópico. El lobo se aduerme.
Ya todo lo envuelve la gama del gris.
Parece que un suave y enorme esfumino
del curvo horizonte borrara el confín.

La siesta del trópico. La vieja cigarra
ensaya su ronca guitarra senil,
y el grillo preludia un solo monótono
en la única cuerda que está en su violín.

                           Rubén Darío, 1891

Félix Rubén García Sarmiento, Rubén Darío (Metapa, hoy Ciudad Darío, 1867-León, Nicaragua, 1916)



Foto: Pablo Seguí en FB

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