miércoles, junio 12, 2013

Poemas elegidos, 21


Rafael Felipe Oteriño
(La Plata, 1945)

Encuentro, de Czeslaw Milosz
Elijo el poema de Czeslaw Milosz en su versión en inglés, supervisada por el autor. Pertenece a uno de sus primeros libros (Salvación, 1945) y está fechado en 1936, en Wilno, capital de Lituania. Milosz es un poeta con el que siento una larga y profunda afinidad. Su formación clásica, su mirada comprometida con el presente, su propensión a la memoria y al autoexamen y una indisimulada religiosidad me han seducido desde que lo leí por primera vez. Más aún, hace unos años viajé a Lituania sólo para conocer el paisaje y las ciudades de su infancia y adolescencia, y al año siguiente fui a la bella Cracovia adonde regresó para morir luego de su prolongado exilio en la costa californiana de Estados Unidos. La versión del poema es mía. Hay otras en Poemas (Marginales, Tusquets Editores, Barcelona, 1984, realizada por Bárbara Stawicka), en Tierra Inalcanzable (Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2011, perteneciente a Xavier Farré) e internet contiene traducciones de José Díaz Bordón y José Emilio Pacheco.
El poema es simple, descriptivo y memorioso. Su primera mitad fluye apacible como un río de llanura. Pero guarda para el final un verso de contagiosa vitalidad, que es toda una apuesta al poderío de la emoción. Con ese verso -que, como veremos, muta las pérdidas en ganancias- despeja cualquier inclinación a la melancolía, tan propicia en los poemas cuyo tema es el pasado. El contraste entre la Naturaleza física y la adaptabilidad humana es lo que más me seduce, ya que parece afirmar que el mundo es imperfecto, pero es humildemente el único que tenemos. Las dos primeras líneas (Atravesábamos campos helados en un vagón al amanecer./ Un ala roja se levantaba en la oscuridad) plantea el escenario donde se desarrolla la acción. El poeta habla de la incursión en tren que hiciera con algunos compañeros por una campiña que ha quedado atrás (atrás en el tiempo y en el espacio). No es difícil imaginar que el lugar ha sufrido cambios geográficos, corrimiento de fronteras e, incluso, la pertenencia a sucesivas banderas en razón de la guerra que asoló a esa inequívoca Europa Central de principios del siglo XX. El cielo rojo del amanecer, desplazándose como un ala, es el telón de fondo de la vida joven en su combustión, pero señala asimismo la vislumbre de las amenazas que se cernían entonces sobre esos territorios.
En la tercera y cuarta líneas el poema toma cuerpo, ya que, del encuentro fortuito con una liebre que se cruza en el camino, surge la intercesión que da temperatura espiritual a la escena (Y de pronto una liebre cruzó el camino./ Uno de nosotros la señaló con la mano). Son datos objetivos, pero de un dramatismo seco, callado como el de todo aquello que anticipa un acontecer incierto. Entran a jugar los dos elementos vivaces del poema: la liebre y el ademán de la mano, lo que es tanto como decir: el devenir y la articulación de lo humano. Toda una expresión de apertura, de vértigo y oportunidad, en la que no puede obviarse la tácita imagen del tiempo como fuga. Las dos líneas siguientes implican una reflexión que, por su intensidad, precipita el poema hacia su inesperado final  (Eso fue hace mucho. Ninguno de ellos está vivo./ Ni la liebre ni la mano que hizo el gesto). No hay queja por parte del poeta: hay mayor apunte de detalles. Pero sobreviene la pregunta ontológica: el ubi sunt clásico (…dónde están ellos, dónde se han ido/ el fulgor de la mano, la estela del movimiento, el susurro de la grava). Y la respuesta no se demora: en mi pregunta no hay tristeza, sino admiración. Como para despejar dudas y quitar todo eco elegíaco que pudiera esperarse, el autor opone a la inevitable “tristeza”, que es el lugar común de las pérdidas, la rica palabra wonder (admiración), que suena celestial como el soplo de un órgano. La sonoridad de la palabra es, en este caso, más contundente que su semántica.
El poema está recorrido por oposiciones y contrastes: campo helado/ala roja, oscuridad/amanecer, liebre/mano, vida/muerte, y por último, la más significativa: tristeza/admiración. Ciertamente, la palabra admiración no era la esperada por el lector. El vocablo que naturalmente fluye en estas circunstancias es otro más íntimo: “resignación”. Pero el poeta no quiso concluir el poema con una palabra de clausura. Quiso sobreelevar la imagen hasta rozar una sublimación. El poeta describe la alegría de haber asistido al universo infinito desde su propia finitud. Y esto es toda una enseñanza. Pese al tiempo transcurrido y las ocasionales pérdidas, prima la henchida “admiración” sobre la apocada “tristeza”. El poema recoge la felicidad del hecho de vivir y esa felicidad me acompaña cada vez que lo leo y trato de aproximarme a su cristalina originalidad.



Encuentro

Atravesábamos campos helados en un vagón al amanecer.
Un ala roja se levantaba en la oscuridad.

Y de pronto una liebre cruzó el camino.
Uno de nosotros la señaló con la mano.

Eso fue hace mucho. Ninguno de ellos está vivo,
Ni la liebre ni el hombre que hizo el gesto.

Oh, mi amor, dónde están ellos, dónde se han ido
El fulgor de la mano, la estela del movimiento, el susurro de la grava.
En mi pregunta no hay tristeza, sino admiración.


Czeslaw Milosz (Lituania, 1911–Cracovia, 2004)
Versión de Rafael Felipe Oteriño

1 comentario:

  1. Bellísimo. Pero necesito agregar que wonder no es sólo admiración. "wonder" es tambiénpreguntarse. Veo esto y me pregunto, pondero respuestas, vago por el territorio del misterio en estado de asombro, admiración y maravilla. Y para mí las acepciones de esa palabra abren aún más la dimensión del poema. ines g.

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