viernes, junio 07, 2013

Poemas elegidos, 12


Mercedes Roffé
(Buenos Aires, 1954)

Nocturno III, de José Asunción Silva
Debía de tener 17 años cuando leí este poema por primera vez -y por segunda, y por tercera. Decir que el deslumbramiento fue instantáneo no le haría honor. Más bien diría que el deslumbramiento fue para siempre. ¿Quién podría creer tanta belleza? Esa mañana, en la clase no se habló de silvas ni de alejandrinos, sino de la respiración entrecortada, asmática, de aquel que se debate y lucha con un dolor profundo y penetrante.
Ese poema nos enseñaba a un tiempo la noche del amor y de la muerte. Nos revelaba el trémulo enlazarse de las almas que a veces se deriva del amoroso enlazarse de los cuerpos. Nos hacía sospechar la enormidad del pecado y de inmediato nos garantizaba su segura redención por la belleza. Nos develaba, antes bien, que la noche y la luna no son tópicos, sino esa particular cualidad que cobra el aire en aquellos -pocos- momentos en que el ser se vuelve hacia lo más hondo de sí.
Si las églogas de Garcilaso, los monólogos de Calderón, los sonetos de Sor Juana, habían iniciado a esa joven que era yo por entonces en lo que la poesía había sido, el "Nocturno" de José Asunción Silva me reveló, más que nada, lo que la poesía podía llegar a ser. Es el poema que hizo para mí posible un camino, como años más tarde volverían a revelar otros caminos posibles los poemas de Pizarnik, los de Girondo, los de Artaud…
Allí, en el "Nocturno", estaba la esencia del verso libre, es decir, la esencia del único instrumento con que habríamos de contar, a fines del siglo xx, para devenir los poetas que somos. Allí estaba el ritmo y su modulación, la repetición y su encantamiento, el rigor y la flexibilidad. Allí se iniciaba de algún modo ese diálogo radical que se abriría por entonces entre la letra y los blancos -es decir, entre el poema y el silencio que entraña. Allí estaba el corte del verso, caprichoso y justísimo, y estaba la sangría anticipando, tenue pero firmemente, el inminente golpe de dados.
No será hasta fines de los años 90 que me inscriba -en lo que atañe al menos a dos de mis libros: La ópera fantasma (2005) y Las linternas flotantes (2009)- en algo que no dudaría en llamar una poética marcadamente neo-simbolista. Una estética que comparto con otros varios poetas de Latinoamérica aun si nunca hemos acordado reuninos bajo tal consigna. Bocklin, Redon, Moreau, Puvis de Chavannes, Khnoff, Schwabe, Nerval, Rodenbach, Verhaeren, Wilde, Poe, Wagner, Lautréamont… podrían decirse nuestros referentes, nuestros maestros. Una fiesta nocturna -una fiesta en la oscuridad habría dicho otro neo-simbolista, el español Diego Jesús Jiménez- a la que el joven Silva habría sido el primer invitado.
                                                                                                              Nueva York, mayo de 2013



Nocturno III

                   (a su hermana Elvira)

          Una noche,
una noche toda llena de perfumes, de murmullos y de músicas de alas,
          una noche
en que ardían en la sombra nupcial y húmeda las luciérnagas fantásticas,
a mi lado, lentamente, contra mí ceñida toda,
          muda y pálida,
como si un presentimiento de amarguras infinitas
hasta el más secreto fondo de las fibras te agitara,
por la senda que atraviesa la llanura florecida
          caminabas.
          Y la luna llena
por los cielos azulosos, infinitos y profundos esparcía su luz blanca,
          y tu sombra,
          fina y lánguida,
          y mi sombra
por los rayos de la luna proyectadas
sobre las arenas tristes
de la senda se juntaban.
          Y eran una,
          y eran una,
¡y eran una sola sombra larga!
¡Y eran una sola sombra larga!
¡Y eran una sola sombra larga!

          Esta noche,
          solo, el alma
llena de las infinitas amarguras y agonías de tu muerte,
separado de ti misma por el tiempo, por la sombra y la distancia,
          por el infinito negro
          donde nuestra voz no alcanza,
          mudo y solo
          por la senda caminaba.
Y se oían los ladridos de los perros a la luna,
          a la luna pálida,
          y el chillido
          de las ranas…
Sentí frío. Era el frío que tenían en tu alcoba
tus mejillas y tus sienes y tus manos adoradas,
          entre las blancuras níveas
          de las mortuorias sábanas.
Era el frío del sepulcro, era el frío de la muerte,
          era el frío de la nada...
          Y mi sombra,
por los rayos de la luna proyectada,
          iba sola,
          iba sola,
          iba sola por la estepa solitaria.
          Y tu sombra, esbelta y ágil,
          fina y lánguida,
como en esa noche tibia de la muerta primavera,
como en esa noche llena de murmullos de perfumes y de músicas de alas,
          se acercó y marchó con ella,
          se acercó y marchó con ella,
se acercó y marchó con ella... ¡Oh las sombras enlazadas!
¡Oh las sombras que se buscan y se juntan en las noches de negruras y de lágrimas!


José Asunción Silva (Bogotá, 1865-1896)





Foto: Mercedes Roffé por Estela Fares

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