sábado, mayo 08, 2010

de archivo / Cuatro microensayos


de archivo

La poesía es el tema


Un poema y un zapato gastado

Hace apenas unas horas vi en el collage de fotos y dibujos que cubren las paredes de la oficina de Hermenegildo Sábat una foto de Ingmar Bergman, probablemente de los 60, en un rotograbado. Bergman alza una taza de té o café hacia sus labios, sentado junto a una cámara. Tiene las piernas cruzadas y luce en primer plano la punta del zapato de su pie izquierdo, notablemente desgastada. Esto va más allá de que me fijo en esta suerte de detalles: el zapato desgastado de Bergman es el eje de la foto; al menos, un punto de densidad de un mundo que la fotografía encierra en su histórica intimidad: el de la irritada orfandad del genio; el de la persistente provocación del desaliño existencialista, y quién sabe cuánto más.
Hete aquí que en tanto pensaba en cómo el lenguaje de la imagen, el de la antropología y el de la poesía se parecen, en lo que se refiere al estudio de los planos –aleatorio o intencional –, abro un sobre y descubro con felicidad que Colihue publica una edición bilingüe del poema de Hart Crane (1899-1932) “El puente ”. Ese largo canto que se erige como un símbolo facetado sobre el puente de Brooklyn hacía rato no se veía por aquí. La versión al castellano es de Rolando Costa Picazo, una promesa de calidad.
Crane, un simbolista al estilo T.S. Eliot, al que admiró, eligió la concreta realidad moderna neoyorquina como símbolo de algo –acaso, precisamente, de sí misma –, a diferencia de Eliot que, al estilo pastiche, recopiló analogías y similitudes, símbolos y parasímbolos de la modernidad en las Escrituras, en Dante, en los griegos, en el ciclo artúrico: capas geológicas de la letra y los tiempos, todas puestas en relación y en un mismo plano, con las humosas y multitudinarias calles de Londres.
Hijo del inventor del salvavidas, Crane murió, irónicamente, al arrojarse de un vapor cuando volvía a Nueva York desde México, después de haber sido apaleado por intentar seducir a un marinero.“Adiós a todos”, dijo simplemente. Su poesía no es tan simple como eso. “El puente” es su desesperada intención de hablar el lenguaje de las multitudes, como Walt Whitman, pero consciente de la aceleración de los hechos: “Entre Times Square y Columbus Circle, las luces/ Canalizan congresos, sesiones nocturnas/ Reflejos de mil teatros, rostros –/ Misteriosas cocinas... Lo buscarás todo”. "El puente" es, diríamos, el zapato de Bergman.

Ñ. 4.10.2008


El capitalismo financiero, la poesía y la física subatómica

Un chiste que ha circulado por mail en estos días intenta explicar con sarcasmo la forma de funcionamiento de los negocios en Wall Street. Dice que un inversor llega a la selva y propone a los nativos cazar monos vivos. Pagará 10 dólares por cabeza. Se produce una gran acumulación de monos en sus jaulas. El inversor ofrece 20 dólares, ya que es más difícil cazarlos, porque hay menos. Luego el inversor ofrece 50 por mono. Es muchísimo más difícil capturar a los que quedan pero sigue siendo negocio. Es aquí cuando el inversor se ausenta "por unos días" y su socio ofrece a los nativos un trato más o menos espurio: liberará una cierta cantidad de monos a 35 dólares por cabeza. Los nativos volverán a vendérselos al inversor –son tantos los monos enjaulados que no se notará la falta – y éste pagará 50, según la última cotización. Con ello, los nativos ganarán 15 por cada mono revendido al inversor. Aceptan, claro está. Pagan 35 por cada mono liberado. Y se quedan toda la vida esperando que vuelva el inversor... que nunca vuelve. Por cierto, su ayudante también desaparece. Los nativos, sin hacer cuentas, perciben que se han quedado con cinco dólares menos que los que tenían al comenzar a cazar monos. Simplificando: si un nativo obtuvo primero 10 por un mono, y 20 por el segundo, lo que suma 30, terminó pagando 35 por el mono de 50, que nunca llegó. La cotización se había clavado en 20, pero los nativos lo ignoraban.
Nadie sabe cuándo conviene dejar de cazar monos en Wall Street, pero hay algo más inquietante: esto es lo que analiza el “inversor y filántropo” George Soros en su nuevo libro, “El nuevo paradigma de los mercados financieros” (Taurus). Soros sostiene que el mercado financiero es enteramente una creación subjetiva pues los operadores se mueven según evaluaciones subjetivas, pero las decisiones que toman influyen en la situación, que nuevamente evalúan para tomar decisiones, que a su vez modifican la situación, que es objeto de evaluación subjetiva. Dice Soros que dicho mecanismo es “un bucle con retroalimentación de doble sentido”: dicha retroalimentación no es secuencial (se evalúa, luego se decide, por consiguiente se influye, y se vuelve a evaluar), sino que “los dos procesos ocurren simultáneamente”, lo que crea una indeterminación absoluta.
Agrego, modestamente: el capital se ha convertido en física subatómica, en su actual estadio de propagación por ondas. Nada está más cerca del llamado principio de incertidumbre de la física cuántica (el observador no puede observar porque modifica lo que observa) que la alta economía que altera nuestra vida cotidiana, ingresos y egresos, estabilidad y pobreza, amor y amargura. El más alto estado del capitalismo es la indeterminación. Y ha ingresado al dominio de la física teórica, la filosofía y la literatura de alta velocidad.

Ñ. 11.10. 2008


¿Qué nos conmueve?

Una lectora señala en un mail que es demasiado escéptico un concepto de la columna Palabras Cruzadas del número anterior. Comparte lo dicho sobre la radical importancia de César Vallejo en la poesía latinoamericana, pero no es tan pesimista su visión respecto de lo que de él perdura. Señala que la “planicie” que –se dice en la columna – ha reemplazado a los abismos del peruano, es aceptable como imagen, aunque la dicha planicie –llanura, sabana– no es absoluta. Indica que la herencia de Vallejo se mantiene en una especie de trasluz, incluso en poetas argentinos muy recientes, como Fabián Casas y Juan Desiderio, descontando, claro, el impacto poderoso que significó para poetas como Juan Gelman y otros de la generación posterior a la de Gelman.
Es cierto: cuando hablé de la poesía de “planicie” que sobrevino a poéticas como la de Vallejo, exageré. Una mirada sobre esta frase puede interpretarla como una ataque –a esta altura trasnochado – al llamado posmodernismo. Otra, a un escéptico resentimiento y una añoranza de tiempos dramáticos en los que se jugaba el hombre entero incluso en la composición de un poema.
No quiero que esa imagen, la de la planicie, se interprete en ninguno de esos sentidos. La imagen pretendió referir a un modo general de entender la poesía que jamás repetirá el tipo de emoción que provocaba la de Vallejo, pero que bien puede producir otro tipo de emoción. Vallejo ha sido complejo, debió implicarse a tal punto, de modo tan emotivo, en cuanto escribió, que no es para nada desacertado vincular su vida y su muerte con lo que su poesía parece decir de él.
Vallejo es el ejemplo más alto de un tipo de poesía que ya no es concebible, aunque –como se dice en la columna– golpea tanto hoy como lo hizo ayer. Es posible que en la actual transición sea también Vallejo el mejor ejemplo de que, habiendo atravesado el Leteo, la poesía de los últimos 30 años puede avanzar como Dante sin que la toque una gota de infierno, pero sin dejar por eso de conmoverse ante las poderosas sombras que allí cuentan lo que fueron.
Pregúntase Marx, en su crítica de la economía política, qué es lo que hace que, desparecidas las estructuras sociales que dieron lugar a la tragedia griega, ésta aún nos conmueva. Lo mismo podríamos preguntarnos de la poesía de las tres cuartas partes del siglo pasado. Y habremos fundado un nuevo clasicismo.

Ñ. 28.3.2009


La pura nostalgia imperial de Vallejo

Qué estará haciendo esta hora mi andina y dulce Rita /de junco y capulí; / ahora que me asfixia Bizancio y que dormita / la sangre como flojo coñac dentro de mí.
(“Idilio Muerto”, Los Heraldos Negros).

Hay golpes en la vida, tan fuertes Yo no sé!/ Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, / la resaca de todo lo sufrido/ se empozara en el alma. Yo no sé!
(Los Heraldos Negros).

He almorzado solo ahora, y no he tenido/ madre, ni súplica, ni sírvete, ni agua,/ ni padre que en el facundo ofertorio/de los choclos, pregunte para su tardanza de imagen,/ por los broches mayores del sonido.
(XXVIII, Trilce).

¿Bastaría esto para homenajear al poeta peruano César Vallejo, quien hace 90 años publicaba su primer libro? ¿Es esto el testimonio suficiente de un grandor perdido, no sólo en el alma en pena de Vallejo sino en las planicies de la poesía moderna?
Bastaría. Pero hay que agregarle que exactamente esos versos, y algunos otros, fueron los elegidos por el ensayista marxista José Carlos Mariátegui para ejemplificar la poderosa nostalgia indiana de Vallejo, en “7 ensayos de interpretación de la realidad peruana”, en 1929.Vallejo tenía entonces 37 años. Había editado sólo dos libros. Pero no el segundo, sino el primero, aún bajo la égida simbolista-modernista, le bastaba a Mariátegui para señalar: “Los Heraldos Negros es el orto (amanecer) de una nueva poesía en el Perú”. Lo era en toda América hispana, por razones que lateralmente se tocan con las que esboza el ensayista: “El simbolismo, de otro lado, se presta mejor que ningún otro estilo a la interpretación del espíritu indígena ”. Aunque el propio Mariátegui señala, en aquel sentimiento, “una vaga trama de fatalismo oriental que lo aproxima (...) al pesimismo cristiano y místico de los eslavos”.
¿Cuál era entonces la nostalgia de Vallejo, además de la de un paraíso perdido familiar? Era la nostalgia de un imperio. Era, más que un indigenismo, el “incaísmo ” lo que lo llenaba de orgullosa fatalidad. Un sector de su primer libro se titula, y no irónicamente, “Nostalgias imperiales”.Y se ha contado que a "Trilce" lo iba a titular "Los cráneos de bronce", y, en una reacción irritada por las críticas de sus amigos, lo llamó "Trilce".
En setenta años, esas fuentes brumosas de la poesía se perdieron para siempre. Y aun así, Vallejo golpea, como un César.

Ñ. 21.3. 2009

Foto: Ingmar Bergman. Archivo personal de Hermenegildo Sábat

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