martes, marzo 08, 2011

Carol Ann Duffy / Circe


Circe

A diferencia de algunos, ninfas y nereidas, me gusta el cerdo,
el colmilludo, el morrudo, el verraco y el puerco.
Todos los cerdos han sido míos, en algún aspecto
—bajo mis dedos, la hirsuta piel del lomo, sal granulada;
en mi nariz, aquí, su colonia ordinaria, una chanchada—.
Estoy familiarizada con chanchos y chanchitos, con su percusión
de oinks y gruñidos y chillidos. Más de una vez he ido, al caer el sol,
con un cubo lleno de puercadas, hasta la crujiente cerca del chiquero,
saboreando el aire sudoroso y especiado, la luna como un limón
que alguien hubiera metido en la boca del cielo.
Pero quiero empezar con una receta del extranjero

que usa los cachetes —y además la lengua descarada.
Poner dos cachetes de cerdo, con la lengua,
en un plato, y cubrir todo bien con sal,
clavos de olor. Recordar las habilidades de la lengua
—lamer, lengüetear, aflojarse, lubricar, descansar
en el suave bolsillo de la cara— y la manera en que cada cerdo
tenía su propia cara, ya fuera apuesta o fea,
de cobarde, cruel, bondadoso, noble, cómico,
taimado o sabio, pero del último al primero,
ninfas, con esos ojos puercos. Sazonar con nuez moscada.

Bien limpias, las orejas de cerdo deben ser escaldadas, chamuscadas,
metidas en la olla, hervidas, peladas aún calientes y servidas
con tomillo. Mira esa oreja que hierve a fuego lento, esa oreja,
¿acaso alguna vez fue oído atento para ti, tus plegarias y estribillos,
los tresillos de tu voz, cantante y clara? Haz puré
las papas, ninfa, abre la botella de cerveza. Ahora los sesos,
las manitas, las paletas, las chuletas, las raciones exquisitas
extraídas de la bolsa, prominente y vulnerable, que guarda los cojones.
Cuando un cerdo tiene el corazón endurecido, córtaselo en pedacitos.

En pedacitos. En otro tiempo, también yo me arrodillé en esta costa reluciente
viendo navegar los altos barcos desde el sol ardiente,
como mitos, me quité el vestido para entrar,
hasta la altura de mis pechos, en el mar, y saludar con gestos y llamadas;
después me zambullí, nadé sobre mi espalda, alzando la mirada
cuando tres navíos negros suspiraron al cruzar la rompiente.
Por supuesto, entonces yo era más joven. Y los hombres aún me hacían ilusión.
Ahora rociemos otra vez con el aliño a ese cerdo que crepita al asador.


Carol Ann Duffy (Glasgow, 1955), La esposa del mundo, 1999
Traducción de Mirta Rosenberg y Lorea Canales

* No la casualidad quiso que el editor recibiera este poema el Día de la Mujer

Circe

I’m fond, nereids and nymphs, unlike some, of the pig,
of the tusker, the snout, the boar and the swine.
One way or another, all pigs have been mine –
under my thumb, the bristling, salty skin of their backs,
in my nostrils here, their yobby, porky colognes.
I’m familiar with hogs and runts, their percussion of oinks
and grunts, their squeals. I’ve stood with pail of swill
at dusk, at the creaky gate of the sty,
tasting the sweaty, spicy air, the moon
like a lemon popped in the mouth of the sky.
But I want to begin with a recipe from abroad

which uses the cheek –and the tongue in cheek
at that. Lay two pig’s cheeks, with the tongue,
in a dish, and strew it well over with salt
and cloves. Remember the skills of the tongue –
to lick, to lap, to loosen, lubricate, to lie
in the soft pouch of the face –and how each pig’s face
was uniquely itself, as many handsome as plain,
the cowardly face, the brave, the comic, noble,
sly or wise, the cruel, the kind, but all of them,
nymphs, with those piggy eyes. Season with mace.

Well-cleaned pig’s ears should be blanched, singed, tossed
in a pot, boiled, kept hot, scraped, served, garnished
with thyme. Look at the simmering lug, at that ear,
did it listen, ever, to you, to your prayers and rhymes,
to the chimes of your voice, singing and clear? Mash
the potatoes, nymph, open the beer. Now to the brains,
to the trotters, shoulders chops, to the sweetmeats slipped
from the slit, bulging, vulnerable bag of the balls.
When the heart of a pig has hardened, dice it small.

Dice it small. I, too, once knelt on this shining shore
watching the tall ships sail from the burning sun
like myths; slipped off my dress to wade,
breast-deep, in the sea, waving and calling;
then plunged, then swam on my back, looking up
as three black ships sighed in the shallow waves.
Of course, I was younger then. And hoping for men. Now,
let us baste that sizzling pig on the spit once again.



Ilustración: Circe Pouring Poison into a Vase and Awaiting the Arrival of Ulysses, 1869, Sir Edward Burne-Jones

1 comentario:

  1. Es-pec-ta-cu-lar!. Me gustan los poemas que hablan de cualquier asunto, cuanto más trivial, mejor para llegar con la estocada. Hablar distraídamente. Un camino no horizontal: de la superficie a lo profundo

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