domingo, junio 30, 2013

Poemas elegidos, 58


Lucio Madariaga
(Buenos Aires, 1985)

¡Crearme, recrearme, vaciarme...!, de Juan Ramón Jiménez
Elijo este poema porque lo leí en un momento muy turbulento y triste de la adolescencia, entre los 15 y 16 años, y fue lo único en tanto poesía que leí en esa etapa. Pero volvía a leerlo, y volvía a leerlo, y volvía a leerlo. Me hizo un hueco en el cráneo. A veces se filtraba por el mismo y parecía que se esfumaba, aunque siempre se las ingeniaba para volver a meterse por ahí y continuaba repiqueteando como una esperanza, una apuesta o algo así.







¡Crearme, recrearme, vaciarme, hasta
que el que se vaya muerto, de mí, un día,
a la tierra, no sea yo; burlar honradamente,
plenamente, con voluntad abierta,
el crimen, y dejarle este pelele negro
de mi cuerpo, por mí!
¡Y yo, esconderme
sonriendo, inmortal, en las orillas puras
del río eterno, árbol
-en un poniente inmarcesible-
de la divina y májica imajinación!

Juan Ramón Jiménez (Huelva, 1881-San Juan de Puerto Rico, 1958)



Foto: Lucio Madariaga en FB

Poemas elegidos, 57


José María Pallaoro
(La Plata, 1959)

Nubes, de Mario Porro
La espiritualidad: Se lee en soledad. Eso creía hasta conocer a Mario Porro. Éramos amigos, aunque me llevase casi 40 años. Nos encontrábamos casi todas las tardes en su casa. Siempre me esperaba. Siempre yo deseaba el encuentro con el maestro. La espiritualidad para Mario era la composición integral de la interioridad del hombre.
Luego de una conversación que mantuvimos acerca de las nubes, Mario escribió el poema. "Has dicho / nubes" dijo que dije, como si las palabras hicieran realmente las nubes. “Qué hay / entre tus palabras / y el cielo”. Qué secreto hay entre el cielo y la palabra. Una comunicación profunda. Aunque todavía no está resuelto qué hay entre mi palabra y el cielo. Las nubes van a dar vueltas en mi mundo interior hasta que “Dios” (o el nombre que elijamos) las saque de allí y las haga de amor. “Nubes que te viajan / adentro / por el mundo / Lugares”. Las nubes ponen la realidad que Mario quiso expresar al decir “nubes”. Son las nubes que viajan por el interior como vapor o gas iluminado. “Nubes / que vuelven / y vuelven / Formas interiores / que no se repiten”. La idea se afirma en la línea que no es repetitiva. Las nubes jamás se repiten. ”Emocionan”. Según Mario, las nubes me emocionaban porque inauguraban en mí movimientos, emociones encadenadas, imperceptibles, o es como en Mozart -decía- donde la repetición emociona. En general acostumbramos a la repetición para emocionarnos. "Ilusiones / encadenadas / Movimientos / imperceptibles”. Las nubes son una representación analógica. Para Mario mi estado natural percibe la analogía de la formación de las nubes en la analogía de que me embarga una cierta tristeza. "Nubes / Rosadas / Azules / Grises / Oscuras”. La enumeración es porque quiere ver las nubes según como les de el sol. En cierto modo tienen que ver con la emoción y la creatividad. Según como estén iluminadas “te alegran o te entristecen”, me decía. ”Alegran / asustan / Acercan tristeza / ¡Oh estado natural / que eres!”. Entre ese estado de la nube hay un leve estado de tristeza o melancolía dado por el movimiento lento de las nubes. “¡Oh estado natural / que eres!”. Es mi definición de vos, de tu propio ser –decía Mario. Sí –dije–, mi estado natural propende a la tristeza. Los movimientos lentos son raros que lleven a la alegría. “Nubes / Te llevarán / por el tiempo / hasta que el universo / nube / tu amor / ¿Y Dios?”. Esa es la alegría, la analogía. Que el universo “nube” mi amor tiene que ver con “Dios” que es el que posibilita el amor. Que le dé a mi amor forma de nube para que siga girando por el mundo en el tiempo.
Y pensando.




Nubes

a José María


Has dicho
nubes

Qué hay
entre tus palabras
y el cielo

Nubes que te viajan
adentro
por el mundo
Lugares

Nubes
que vuelven
y vuelven
Formas interiores
que no se repiten

Emocionan

Ilusiones
encadenadas
Movimientos
imperceptibles

Nubes
Rosadas
Azules
Grises
Oscuras

Alegran
asustan
Acercan tristeza
¡Oh estado natural
que eres!

Nubes
Te llevarán
por el tiempo
hasta que el universo
nube
tu amor
¿Y Dios?


[2000]

Mario Porro (Trenque Lauquen, 28 de marzo de 1921 - City Bell, 2 de diciembre de 2001)



Foto: José María Pallaoro en FB

sábado, junio 29, 2013

Poemas elegidos, 56


Rubén Reches
(Buenos Aires, 1949)

Versos a Susana, de Raúl González Tuñón
Yo era muy chico, debía tener catorce años. Pero ya había leído poesía tradicional, a los españoles del siglo de oro y una más cercana, la de Darío. Y antes de toda esa poesía, a los trece años, había leído y recitado durante semanas y meses a Héctor Gagliardi. En Tuñón encontré por primera vez la expresión de una libertad encantadora. El humor del poeta o una ocurrencia repentina suya hacían que el razonamiento poético se hiciera sinuoso, que incorporara leves o bruscos cambios de humor de la voz que decía el poema. Hacían que un verso empezara por una idea que prometía desarrollarse, pero que un estado de ánimo cambiara el curso del razonamiento o que lo enlenteciera o lo interrumpiera durante un hemistiquio o un par de versos. Conseguir esos efectos fue parte de lo que empecé a proponerme en los poemas que escribí por esa época, que fue la de la segunda parte de mi historia con la poesía.




Versos a Susana

Un puerto y otro puerto y otro, tal vez mañana
veré otros, lejanos, muy lejanos. 
Sirve café, sirve café, Susana. 
Yo adoro la blancura de tus manos.

La calle es una exclamación inquieta; 
la madama está echando los cerrojos. 
Déjame ver tu cara, tu careta. 
Yo adoro la dulzura de tus ojos.

La flauta del grumete se ha callado 
pero el silencio ha sido agujereado
por el filoso alerta de la ronda.

Un parroquiano... Dile que no entre.
Me ahoga el humo de una pena honda.
Y yo alabo el cansancio de tu vientre.

Raúl González Tuñón (Buenos Aires, 1905-1974)



Foto: Rubén Reches por Guido Bonfiglio en el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires

Poemas elegidos, 55


Osvaldo Picardo
(Mar del Plata, 1955)

En Provenza: Primavera, de Kenneth Rexroth
Este poema de Kenneth Rexroth ilumina toda una zona gris de la poesía moderna, esa misma en que las imágenes dejan de ocultar lo real. Cercana a Basho, esta manera de hacer poesía intenta el difícil arte de la sinceridad. Dirigir el centro de atención hacia los fenómenos, con el fin de cultivar el "simple reconocimiento"; pero esa simplicidad no es simple porque implica entrar profundamente en la escena. El poema, entonces, no es portador de un significado simbólico, sino una experiencia.




En Provenza: Primavera

Acá no busqués imágenes
en la soledad, solamente
la noche y sus estrellas que son
asociaciones más que
imágenes. Cambiante oscuridad,
tiras de sentimiento, líneas de fuerza,
tejido de pensamientos, no imágenes,
sólo noche y tiempo envejeciendo
la noche en su obscuridad, justo
movimiento en el espacio obscuro.
Es una noche llena de oscuridad
y espacio y estrellas y las horas
que se van y el tiempo que se va
y la noche creciendo vieja y todas
las tramas y sus madejas de relaciones
cambiantes, y es noche de Primavera,
en Provenza, acá donde estoy,
y bajo la medialuna los almendros
están por reventar. Antes del mediodía
los pimpollos se abrirán, acá junto
a la la casa color durazno entre
los pinos gris acero y los grises
muros de piedra. Ahora los brotes
están redondos y justos en la moteada
luz de la luna, en la noche que
se estira eterna, que no tuvo
principio y que nunca tendrá
término, y eso no significa
cosa ninguna. No es una imagen de
algo. No es un símbolo de
cosa alguna. Es apenas un
árbol de almendras, en la noche, cerca
de la casa, en el monte, cerca
de un viñedo, debajo de la puesta
de la media luna, en Provenza, al
comienzo de otra Primavera.

Kenneth Rexroth (South Bend, Indiana, 1905-Santa Bárbara, California, 1982)
Versión de Osvaldo Picardo



Foto: Osvaldo Picardo en Wikipedia

viernes, junio 28, 2013

Poemas elegidos, 54


Liliana García Carril
(Buenos Aires, 1951)

De Y todos estábamos vivos, de Olvido García Valdés
Leo y releo cada tanto a esta poeta española, atípica dentro de lo que se conoce como el genérico “poesía española”. Podría haber elegido casi cualquier poema de su obra reunida o de su más reciente libro Lo solo del animal.  Es una poética que me sumerge en una dimensión de la realidad donde “todo parece estar bañado por una luz abisal”, otro registro del mundo que espero encontrar cuando leo poesía, eso quiero, ser transportada a otro mundo: lo dice el poema que elegí. La poesía, el arte, nos puede salvar, una se sobrepone, al final, la poesía es razón de vivir: es lo que la obra de García Valdés transmite, eso me conmueve y con ella me siento acompañada.




A VECES falta cierta ordenada
manera. Si se ignora en qué sentido
giran las agujas, se abre abrupto el hueco,
sume los ojos el caracol.
Si, en cambio, se lee que la artista –Agnes Martin– en sus cincuenta  últimos años no miraba la prensa, o que el artista –Anselm Kiefer– construyó siete torres, siete altos palacios celestiales y grises moldeados en cemento, erizados de hierro y lastrados con plomo –para que puedan al inclinarse temblar– en una inmensa factoría abandonada,
uno respira esa
burbuja calma o aire
o luz del cielo.

Olvido García Valdés (Santianes de Pravia, Asturias, 1950)

Poemas elegidos, 53



Pablo Gabo Moreno
(Caleta Olivia, 1974)

Es muy difícil hablar de algo que me represente tan cercano. El alejamiento, el tiempo mismo permite cierta objetividad, una mirada más integral.
Conoci a Carrizo allá por el 90 en Jujuy  y solo circulaban dos libros editados de poesía. Uno de ellos era Fosa común. Para mis adentros lo pensaba como el poeta cronista, él tenía un hotel de pasajeros y hasta entrada la madrugada hablaba de poesía y de sus fugaces visitas a Bs As donde en la Balvanera de los 80 compartía alguna ginebra con Bayley.
Por lo demás, un postulado estético llevado de la mano por un invencionista. Los poemas de Fosa común me afirmaron en la convicción de la poesía como condición necesaria de la existencia en un tiempo y hogar donde la poesía jamas había dado señales de vida. Un poeta marcándome un lenguaje no matemático precisamente, un lenguaje humanista. Él mismo lo describía como un “puente”, a cuyo extremo no se llegará de noche sino en una “mañana inmensa” y donde “El sol vendrá en golondrina y los amores en trenes”.
Aca tres poemas pertenecientes a Fosa común.




1 La luz de los amantes

Tengo un perro
Su nombre es el de un héroe sumerio
Gilgamesh
Está muy viejo
Camina con dificultad
La sordera lo ha vuelto huraño y cascarrabias
Sus ojos presagian una cercana muerte
Me muerde No me reconoce
Come a duras penas delicadas papillas
Pero duerme conmigo
Es un raro amante anciano
egoísta y gruñón
enfermo de mezquindad y celos

Se acerca otro verano
pero no habrá otro perro
Artrítico canceroso diabético
Terminará en cualquier momento
y como todo lo amado
lo enterraré en un jardín
donde la eternidad no lo fosilice

Lo que fue amado
quedará para siempre *
junto a la lumbre de los solitarios
a los trastos machacados de olvido
a los huesos de los interdictos
a la penuria de los animales domesticados
Todos serán un mármol duro de roer
como mi perro
que me está mirando con unos ojos de amor
como nadie me ha mirado nunca
y que me seguirá mirando
a través de sus ojos insondables
en la generaciones y degeneraciones
de los mundos
Me da gusto su olor
pues comemos del mismo plato
una comida donde no interviene la sangre
sino la luz de los amantes


2

La luz de las estrellas de la constelación
de Magallanes tarda 23 millones de años en
llegar a la tierra tal vez ya no existan y
estemos mirando el pasado (como los labios
de aquella mujer que por primera vez gritó
loca mi nombre y quizá ahora sean sólo pol-
vo  (o nuestros ausentes que nos guían por
los túneles del silencio.   Un niño
desde los siglos que vendrán lee y siente
que este poema es escrito   (por un corazón
golpeado y quizá ya esparcido en el aire


3

nunca hablamos del renacimiento. ella
era alcohólica y le faltaba un pecho
pero era hermoso verla llegar en la
madrugada con dos botellas de ginebra
bajo la lluvia diciéndome léeme algo
con una sonrisa quebrada / dejar su
prótesis gelatinosa sobre la mesa de luz
y cerrar fuerte los ojos al mundo

Alejandro Carrizo  (San Salvador de Jujuy, 1959)



Foto: Gabo Moreno en Poetas argentinos

jueves, junio 27, 2013

Poemas elegidos, 52


Enrique Solinas
(Buenos Aires, 1969)

Poema V, de Safo
Este poema lo leí por primera vez a los catorce años en Antología de la poesía lírica griega, Siglos VII–IV A:C. Selección prólogo y traducción de Carlos García Gual (Alianza Editorial, 1980) y fue una conmoción. Desde ese momento hasta el día de hoy siempre me acompaña. Compré el libro en el puesto de EUDEBA que estaba en Avenida Rivadavia y Acoyte, en el barrio de Caballito. Cuando lo leí, me pareció increíble, sentía que en el texto había algo que no podía terminar de entender, pero que sucedía y que “eso” hacía que lo volviera a leer. Se lo llevé al Padre Gabriel, en la Iglesia Nuestra Señora de los Dolores, de Parque Centenario. El Padre me dijo “Enrique, no hay que leer estas cosas, esto es un orgasmo femenino”. Y yo no quise decir nada porque no entendía hasta que me puse a investigar y pude entender, y sentí vergüenza. Pero a partir de ese entonces, yo fui creciendo con el poema y el poema fue creciendo conmigo. Más adelante, lo tuve que traducir mientras estudiaba y ahí pude descubrir muchas cosas más:
El motivo del poema es el anuncio público del noviazgo de una discípula de Safo. Se entiende que la situación es de noviazgo por la proximidad física de los jóvenes. “Sentarse frente”  supone un conocimiento muy cercano y, además, hacerlo público, implica compromiso.
Safo era sumamente inteligente. En los dos primeros versos se ocupa del novio, al cual compara con los dioses y lo deja muy bien parado, para luego posar su atención en la muchacha, el verdadero centro de su interés. Pero lo cierto es que Safo mira a los futuros esposos, mira a la muchacha y está ante la contemplación de la belleza, eso se traduce concretamente en la descripción de un orgasmo. Hacia el final del poema, leemos “apenas distante de la muerte”, uniendo eros y thánatos (toda relación sexual que no esté destinada a la reproducción conduce a la muerte; los hindúes afirman que en el orgasmo se puede escuchar la respiración de la muerte). Y encima, como si fuera poco, el final inconcluso, que parece pedir nuestras palabras para continuarlo, “Pero todo es soportable…”, y otorgándole a lo inconcluso la dosis de misterio necesaria, aunque García Gual prefirió quitar ese verso para su traducción, que está en todas las demás versiones.
Este poema es tan bello y tan simple, que ha atravesado todos los tiempos, sin que pierda vigencia, creo, porque ha encontrado su cuota de verdad universal. Me ha influido, el comienzo del poema “El doble” que está en mi libro  Noche de San Juan; dice: “Ese hombre que está sentado frente a mí…”, y el poema continúa, aunque en otra dirección; pero se trató de mi pequeño homenaje a Safo.
Traducido por muchos, podemos mencionar la versión realizada en forma de poema en prosa por Francisco Rodríguez Adrados para Gredos.
Y por supuesto, para terminar, yo tengo mi propia traducción, que dice así:



[V]

Me parece que es igual a los dioses
ese hombre que está sentado frente a ti,
y que a tu lado absorto te escucha
mientras dulcemente hablas

y encantadora sonríes.
Lo que en mí pecho arrebata
el corazón;
apenas te miro y entonces
no puedo decir ya palabra.

Se me espesa la lengua,
de pronto,
un sutil fuego me recorre
la piel, por mis ojos nada veo,
los oídos me zumban,

me invade un frío sudor
y toda entera
me estremezco,
más pálida que la hierba estoy,
y apenas distante de la muerte
me siento, infeliz.

Pero todo es soportable…

Safo (Lesbos, actual Grecia, s. VII a.C.- s. VI a.C.)
Versión de Enrique Solinas



Foto: Enrique Solinas en El Whisky Desnudo

Poemas elegidos, 51


Ignacio Uranga
(Bahía Blanca, 1982)

31, de Safo; LI, de Catulo
Dos poemas a los que siempre vuelvo y en los que siempre encuentro alguna novedad. Ahora se me ocurre, por ejemplo, que el fragmento de Safo sea, quizá, el primer testimonio de algo que en la actualidad prolifera, llámese “panic attak”, crisis de ansiedad, o como sea. Entre otras cosas, es una posible respuesta a por qué estos poemas son un clásico: textos que no envejecen. En lo estrictamente formal, la lengua griega y el latín me hicieron pensar qué cosa es la “dispositio”, eso llamado “ritmo” en el formalismo. Rubén Darío decía que si la lengua española se oyera bien, se vería que aún siguen existiendo, además de los de intensidad, los acentos de altura. Luego, y en relación también a esto, leer las coplas de Manrique da cuenta de que esa estrofa, aun sin respetar la métrica grecolatina, tiene su origen en estos poemas, de modo que ahí tenía otra cosa para pensar, y es el hecho de que no ya los motivos o temas, sino la forma misma hablara y creara un palimpsesto, eso que hizo Catulo al reescribir el fragmento de Safo. Digo “reescribir” porque la operación catuliana pone en evidencia -y quizá sea otro primer testimonio- que traducir posiblemente no sea otra cosa que reescribir. Más allá de todo lo dicho sobre la traducción, esa “aemulatio”, de un poeta tan original como Catulo, no deja de ser, y sigo leyendo el plano formal, la exposición de proyecto poético; es decir, un poeta novedoso en su época, que no deja de atender a eso que venía de atrás, la tradición. Pareciera estar diciendo que la novedad no surge desde la nada, y que quien crea que sí, puede quedar entrampado en la transgresión por la transgresión misma. Suficientes motivos como para volver -si tal cosa se pudiera- una y otra vez a estos dos poemas y a los sinnúmeros de poemas que generan en cada traducción, es decir, en cada reescritura.




[Fragmento 31]

Aquel me parece igual a los dioses
el hombre que está justo enfrente tuyo
y de cerca te escucha y mira susu-
rrar amigable

y ríes levemente, lo que hace
que en mi pecho el corazón eche a volar
pero te miro y se agolpa y las pala-
bras no me salen

la voz se me quiebra, mientras un fuego
sutil se agita debajo de mi piel
los ojos se niegan a ver, me retum-
ban los oídos

un sudor frío se expande sobre mí
un temblor me invade toda, blanca estoy
como el nácar, débil cercana a morir
parece que estoy

pero todo se soporta cuando pobres..

Safo (Lesbos, actual Grecia, s. VII a.C.- s. VI a.C.)



[LI]

aquel me parece semejante a un dios:
aquel, si es lícito, supera a los dioses
el que sentado en frente tuyo te
mira y escucha

reís dulcemente, lo que, mísero
me arrebata los sentidos: al punto
Lesbia, en que te veo nada queda
en mi boca de voz

la lengua se entorpece y sutil
bajo la piel un fuego me recorre:
tintinean mis oídos y una doble
noche oculta mis ojos

el ocio, Catulo, te es molesto:
en el ocio te exaltás en demasía:
el ocio, en otros tiempos, perdió
reyes y ciudades felices

Catulo (Verona, c. 87 a.C.-Roma, c. 54 a.C.)

Versiones de Ignacio Uranga




Foto: Ignacio Uranga en Urbe Salvaje

miércoles, junio 26, 2013

Poemas elegidos, 50


Miguel Angel Morelli
(Coronel Suárez, 1955)

Poema conjetural, de Jorge Luis Borges
Tengo para mí que el “Poema conjetural” (El otro, el mismo, 1943) es, de todos los suyos, el poema más íntimo de Borges. Y aunque resulte también el más analizado por la crítica, se me hace que pocos han advertido que detrás de su tono dramático existe, escondido en sus pliegues, un júbilo secreto por ese encuentro con lo que cree inevitablemente sudamericano: una muerte violenta. Borges sabe que perecer a mano de los bárbaros es la única manera de pasar a formar parte de la historia de un continente hecho de barbarie. Como Mármol a Rosas, como Sarmiento a Facundo, nuestro poeta le envidia ese destino a Laprida, su ilustre antepasado. Por eso, cuando le hace decir “esta noche alcanzo mi insospechado rostro eterno”, está delatando su obsesión más oculta: ser el otro, ser el que vence.
Cada tanto necesito regresar a “Poema conjetural”. Como quien vuelve al punto de partida.




Poema conjetural 

El doctor Francisco Laprida, asesinado el día 22 de setiembre de 1829 
por los montoneros de Aldao, piensa antes de morir:

Zumban las balas en la tarde última.
Hay viento y hay cenizas en el viento,
se dispersan el día y la batalla
deforme, y la victoria es de los otros.
Vencen los bárbaros, los gauchos vencen.
Yo, que estudié las leyes y los cánones,
yo, Francisco Narciso de Laprida,
cuya voz declaró la independencia
de estas crueles provincias, derrotado,
de sangre y de sudor manchado el rostro,
sin esperanza ni temor, perdido,
huyo hacia el Sur por arrabales últimos.
Como aquel capitán del Purgatorio
que, huyendo a pie y ensangrentando el llano,
fue cegado y tumbado por la muerte
donde un oscuro río pierde el nombre,
así habré de caer. Hoy es el término.
La noche lateral de los pantanos
me acecha y me demora. Oigo los cascos
de mi caliente muerte que me busca
con jinetes, con belfos y con lanzas.
Yo que anhelé ser otro, ser un hombre
de sentencias, de libros, de dictámenes
a cielo abierto yaceré entre ciénagas;
pero me endiosa el pecho inexplicable
un júbilo secreto. Al fin me encuentro
con mi destino sudamericano.
A esta ruinosa tarde me llevaba
el laberinto múltiple de pasos
que mis días tejieron desde un día
de la niñez. Al fin he descubierto
la recóndita clave de mis años,
la suerte de Francisco de Laprida,
la letra que faltaba, la perfecta
forma que supo Dios desde el principio.
En el espejo de esta noche alcanzo
mi insospechado rostro eterno. El círculo
se va a cerrar. Yo aguardo que así sea.

Pisan mis pies la sombra de las lanzas
que me buscan. Las befas de mi muerte,
los jinetes, las crines, los caballos,
se ciernen sobre mí... Ya el primer golpe,
ya el duro hierro que me raja el pecho,
el íntimo cuchillo en la garganta.

Jorge Luis Borges (Buenos Aires, 1899-Ginebra, 1986)



Foto: Miguel Angel Morelli en FB

Poemas elegidos, 49



José Villa
(Martín Coronado, 1966)

Todos estos años de gente, de Luis Alberto Spinetta
Dentro de esta sucesión de buena poesía que se viene publicando bajo la idea de poemas elegidos, en la que aparecen poemas queridos y otros desconocidos, o a los que no les había prestado atención, se me ocurrió que sería apropiado sumar a Spinetta. Un poeta que le agregó un trazo a la poesía argentina, algo de imagen liviana y deforme, misteriosa y apelativa. Había pensado en “Con la sombra de tu aliado”, pero sin la música ese poema tal vez se queda un poco suelto (aunque tiene algunos recursos que son propios de su dicción y de su tono: ese envío de profeta, amigo o amante, que tiene en principio una escena que se ha hecho interna).
Por eso elijo “Todos estos años de gente”, en el que aparece, creo que por primera vez, al menos en la poesía que me es contemporánea, la figura del inmigrante ilegal bolita (esta canción es de mediados de los ochenta). Además, el poema tiene el encanto organillero de las marcas (caña Legui), el color de los personajes spinetteanos (la florista) y la imagen aérea y desencajada de las pistas de Ezeiza. Todos estos cruces de libertades léxicas e imaginarias me llevan a ese barrio de imágenes plateadas que es la poesía de Luis Alberto Spinetta.



Todos estos años de gente

En el extremo de la calle
la florista se emborracha con Legui
y la ciudad la mambea un instante
y la devuelve en su silla.

Todos estos años de gente,
todos estos años de gente.

Frente a los vidrios de un banco
un anciano desfallece sin nombre
los pordioseros lo reclaman
desde un pozo en el aire de Ezeiza.

Todos estos años de gente,
todos estos años de gente.

Hay un tinglado inconcluso
donde moran dos bolitas ilegales pero limpios
y entre las lluvias y los falcon
ya no viven ni adentro ni afuera.

Todos estos años de gente,
todos estos años de gente.


Luis Alberto Spinetta (Buenos Aires, 1950-2012)




Foto: José Villa por Mario Varela en Editorial Gog y Magog

martes, junio 25, 2013

Poemas elegidos, 48


Silvana Franzetti
(Buenos Aires, 1965)

Text poètic, de Joan Miró
Elegir solo un poema me resulta imposible. También elegí otro: un poema simultáneo de R. Huelsenbeck, M. Janko y T. Tzara y otro más: un poema collage de H. Höch. Antes que nada, presento este poema por la atracción que me causan los poemas manuscritos con lápiz negro sobre papel. Por esa necesidad que hay, aun hoy, de declarar el texto poético en un título. Por el desprecio a la guerra que se lee en la escritura de Miró y porque lo escribió en una lengua extranjera tan minoritaria como su propia lengua materna. Y algo más, por su sentido del humor. Una de las versiones al castellano:

el arco del cielo encierra en el ataúd
y el ataúd le dice a la ardilla: ¡mierda! querés morir







Joan Miró (Barcelona, 1893-Palma de Mallorca, 1983)



Foto: Silvana Franzetti en Yuxtaposiciones07

Poemas elegidos, 47


Alberto Cisnero
(La Matanza,1975)

Idilio muerto, de César Vallejo
siempre volvería a él pero entonces no lo sabía. el año ochenta y nueve del siglo pasado tocaba a su fin. cursaba la secundaria. vivía en una aldea medieval con drugstores (cañuelas). en una antología de lengua y literatura lo hallé. ocurrió exactamente eso: di con las palabras. y las palabras eran esas y no otras. no me bastó con su lectura y las aprendí de memoria. no sé qué es un poema. aquello que una tarde supe leer, constante dura. suficiente en su propia dirección. como un rayo.




Idilio muerto

Qué estará haciendo esta hora
mi andina y dulce Rita de junco y capulí;
ahora que me asfixia Bizancio, y que dormita
la sangre, como flojo cognac, dentro de mí.

Dónde estarán sus manos que en actitud contrita
planchaban en las tardes blancuras por venir;
ahora, en esta lluvia que me quita
las ganas de vivir.

Qué será de su falda de franela; de sus
afanes; de su andar;
de su sabor a cañas de mayo del lugar.

Ha de estarse a la puerta mirando algún celaje,
y al fin dirá temblando: "¡Qué frío hay... Jesús!"
y llorará en las tejas un pájaro salvaje.


César Vallejo (Santiago de Chuco, 1892-París, 1938)


Foto: Alberto Cisnero por Mario Efron (Todos los derechos reservados)

lunes, junio 24, 2013

Poemas elegidos, 46


Liliana Díaz Mindurry
(Buenos Aires, 1953)

Después de la lluvia, de Eugenio Montale
Siempre me gustó Montale por estar en contra del exceso y la poetización altisonante. No me imagino a Giannuzzi (que tan bien le hizo a nuestra poesía) sin Montale,  sin alguna de sus técnicas como la de este poema, que trabajan desde lo particular de la experiencia cotidiana hasta, generalmente, una conclusión incierta, nuestra mirada sobre el mundo, tan personal.  No sé si “Dopopioggia” influyó en mi manera de escribir (o de pensar), pero siempre la tengo en cuenta por su sequedad y esa sensación que le deja a mi soberbia: el mundo no es un libro a descifrar, como uno desearía creer, debo desarmar esa idea del sentido y aceptar lo gratuito, de mi vida y del cosmos. Puede haber un lenguaje en la Naturaleza pero no es decodificable: incluso tal vez sea absurdo de acuerdo con esa razón a través de la cual pretendemos inventar una ciencia, una filosofía. No me parece que cierre la puerta a una mística, pero eso sí, que esta mística no sea interpretación cierta de nada. “Dopopioggia” es una lección de humildad y de duda. “Serà passata un’anatra stanca, forse azzoppata. / Non saprei decrittare quel linguaggio”. Y también esa belleza distante, lo extranjero del mundo, belleza nacida justamente de la finitud: “Basterà un soffio/ di vento a scancellarlo”. Cristo escribía en la arena, toda palabra está destinada al viento que borra, al tiempo que elimina. La felicidad de no tener significado, de no ser una moraleja, para edificación de nadie y además efímera, sin dejar rastros.




Después de la lluvia

Sobre la arena mojada aparecen ideogramas
como patas de gallina. Miro hacia atrás
pero no veo refugios o asilos de aves.
Habrá pasado un pato cansado, quizá cojo.
No sabría descifrar ese lenguaje
aunque fuera chino. Bastará un soplo
de viento para borrarlo. No es cierto
que la Naturaleza sea muda. Habla sin ton ni son
y la única esperanza es que no se ocupe
demasiado de nosotros.

Eugenio Montale (Génova, 1896-Milán, 1981)
Versión de Carlos Vitale



Foto: Liliana Díaz Mindurry en Agencia NaN

Poemas elegidos, 45


Ignacio Di Tullio
(Villa Adelina, 1982)

Sin llaves y a oscuras, de Fabián Casas
Con la poesía de Fabián Casas me topé en la época en que me alquilé mi primer departamento, un monoambiente mínimo. Trabajaba lo justo y me sobraba el tiempo. Me creía Dios. Por esos años fue empecé a leer poesía de otra manera, con más dilación. Aprendí a mirar y a quedarme en lo que leía. "Sin llaves y a oscuras" no fue el primer poema que me interpeló, pero sí el que me sacudió en consonancia con un momento: ahora éramos la poesía y yo, a solas. Empezaba el baile.
A veces, cuando camino por la calle, repito los últimos tres versos del poema, como si fueran una jaculatoria: las tres cosas que no pueden dejar de faltar en la mochila.



Sin llaves y a oscuras

Era uno de esos días en que todo sale bien.
Había limpiado la casa y escrito
dos o tres poemas que me gustaban.
No pedía más.

Entonces salí al pasillo para tirar la basura
y detrás de mí, por una correntada,
la puerta se cerró.
Quedé sin llaves y a oscuras
sintiendo las voces de mis vecinos
a través de sus puertas.
Es transitorio, me dije;
pero así también podría ser la muerte:
un pasillo oscuro,
una puerta cerrada con la llave adentro
la basura en la mano.

Fabián Casas (Buenos Aires, 1965)

domingo, junio 23, 2013

Poemas elegidos, 44


Jorge Fondebrider
(Buenos Aires, 1956)

Escrito sobre una mesa de Montparnasse, de Raúl González Tuñón
Mis primeros intentos de leer poesía escrita en castellano durante la adolescencia fueron un fracaso. Supongo que  mucho tuvo que ver el azar: no tuve suerte con los autores, no me hablaban, no eran para mí. Creo que el primero fue Nicolás Guillén, que me pareció francamente horrible. Pablo Neruda y sus Veinte poemas… me resultaron empalagosos (debo decir que nadie me dijo que probara suerte con Residencia en la tierra), a los españoles siempre los toleré mal y los argentinos, hasta entonces, eran apenas el soneto dominguero de La Nación, que, por lo general, no era de Borges. Por eso, cuando entré en la escuela secundaria, gracias a algunos compañeros y al bibliotecario del colegio descubrí un montón de poesía que estaba escrita en ese otro castellano, no el de la tradición, sino el de la traducción, al que por mucho tiempo di por bueno. Y ahí aparecieron Walt Whitman, espléndidamente traducido por el ecuatoriano Francisco Alexander, Ezra Pound traducido por Carlos Viola Soto o Marcelo Covián, Cesare Pavese traducido por Horacio Armani, Edgar Lee Masters traducido por Alberto Girri, Dylan Thomas por Elizabeth Azcona Cramwell, Stéphane Mallarmé en la increíble traducción de Raúl Gustavo Aguirre, y Montale, Ungaretti, Saba, para no hablar de Wallace Stevens, o William Carlos Williams, o Theodore Roethke (que siempre me pareció un Dylan Thomas del otro lado del Atlántico). Después, a los 20 años, durante una larga temporada que me tocó estar en París, “descubrí” casi por casualidad la literatura argentina. Para ese entonces ya venía pertrechado con Borges, pero sumé a Roberto Arlt y muy fundamentalmente a Raúl González Tuñón. Y el Tuñón que más me gustó fue justamente el que, también de paso por París, se tomó el trabajo de devolvernos su propia versión de la Argentina. Me refiero al Tuñón de La calle del agujero en la media, el de “La cerveza del pescador Schiltighein”, “Poema del Boulevard Saint-Michel” y, sobre todo, “Escrito sobre una mesa de Montparnasse”. A ese poema vuelvo cada vez que quiero explicarle a alguien en qué consiste lo mejor de la argentinidad, olvidándome, de paso, del profundo asco que hasta el día de hoy me producen los milicos, de las muchas reencarnaciones de los peronistas –un movimiento, a no olvidarlo, también fundado por un militar y que por lo tanto exige una disciplina vertical– y de los siempre timoratos radicales, temerosos incluso de sus propias sombras. En ese poema, que como muchos otros poemas de Tuñón llevan a pensar en Valéry Larbaud o en Blaise Cendrars, se lee: “Vengo de Buenos Aires, digo a mis amigos desconocidos, /de Buenos Aires que es tres veces más grande que París /y tres veces más pequeña. /Y aunque mi sombrero y mi corbata y mi espíritu canalla /sean productos perfectamente europeos /soy triste y cordial como un legítimo argentino”. Entiendo que ambas afirmaciones son ciertas, pero no es todo. Tuñón también me revela casi mágicamente en qué consiste la eufonía, cuando escribe: “quisiera irme al Turkestán porque Turkestán es una bonita palabra /y mi amigo Michel Berboff nació en Turkestán”. Desde mi punto de vista, se trata de un plan del todo extraordinario, presentado de manera ejemplar. Pero, si se me permite, voy a volver atrás, justamente a la estrofa que dice: “Los gatos se calientan al sol /pero un hombre necesita de la buena lumbre, de la buena carne y de la mujer /siquiera dos veces a la semana”. No leí en ninguna parte que alguien haya advertido que Tuñón incurre en esos versos en una serie de flagrantes galicismos (la varias veces reiterada repetición “necesitar de”, como traducción literal de avoir besoin de; “siquiera” por “al menos”) y me parece que se debe a que el poema se siente tan argentino que, como en el caso de la lengua que usamos –a la que, de paso, poco le importa cómo se dicen las cosas en España–, admite todo tipo de licencia casi como la fe. Tuñón me dio al Gelman que alguna vez me gustó, que me dio a Vallejo. Casi enseguida vinieron César Fernández Moreno, Francisco Madariaga, Edgar Bayley y, muy especialmente, Joaquín O. Giannuzzi. Parafraseando a Macedonio Fernández, duermo de ese lado.




Escrito sobre una mesa de Montparnasse

Una tarde por el ancho rumor de Montparnasse
por ese aire de provincia tan confianzudo y claro
–cada ventana paga su pedazo de sol con una canción,
anduve bebiendo el buen vino rojo y alegre como una canción,
rojo y alegre como una revolución.

Y entonces, pensé: ¿qué haré ahora de mi vida?
Tengo dos amigos, un saxofonista y un vendedor de globos.

Ellos me han dicho: viene el invierno y eso es terrible.
Los gatos se calientan al sol pero un hombre necesita
de la buena lumbre, de la buena carne y de la mujer
siquiera dos veces a la semana.

Algunas mujeres me han detenido en Montmartre
pero me piden cigarrillos y cien francos
y yo solo puedo darles ágiles besos casi inéditos
y hablarles de mi país sin que ellas me comprendan
y decirles que Blanca Luz está en Méjico
sin que ellas me pregunten quién es Blanca Luz.

Una noche bajo la vieja luna de París degollada en los techos
–la luna que alumbra a los enamorados y a los cobardes–
yo vi cómo en un alto balcón
se amaban un muchacho y una muchacha.

Vengo de Buenos Aires, digo a mis amigos desconocidos,
de Buenos Aires que es tres veces más grande que París
y tres veces más pequeña.
Y aunque mi sombrero y mi corbata y mi espíritu canalla
sean productos perfectamente europeos
soy triste y cordial como un legítimo argentino.
Diría: soy un pobre muchacho abandonado aquí
como una valija rotulada en todas las aduanas del mundo
y quisiera irme al Turkestán porque Turkestán es una bonita palabra
y mi amigo Michel Berboff nació en Turkestán.

Pero si yo pudiera llevar a la práctica algo que hace días reflexiono:
¡Ponerme a gritar sobre la Torre Eiffel con afilados gritos
para que venga una mujer y me ame!

¿Conocen ustedes el Neuquén?
Allí hay cabañas de troncos de árboles
y pulperías en donde venden conejillos y libros de Maurice Dekobra.

¿Y Tucumán? En Tucumán solo puede buscarse
la noche en los ojos de sus
mujeres y las guitarras de sonoras y floridas parecen patios.

¿Y Mendoza? En Mendoza los niños saben cantar
porque han nacido al borde de las acequias.

¿Y La Rioja? Yo anduve por ahí adolescente y barbudo como un gitano
y gané una elección con cincuenta pesos y una vaca,
absorto, como Buster Keaton.

¿Y Santa Fe? En Santa Fe viví treinta días en un convento
con ocho frailes franciscanos que iban doblándose hacia el suelo.
Los duendes venían hasta mi cuarto trayéndome briznas de sol
y por la noche se ocultaban en las hornacinas
para hacerles señas a los perros sin dueño y a los viajeros extraviados.

Nosotros tenemos además estaciones abandonadas, pozos de petróleo
y escuelas rurales, como en los cuentos de Bret Harte.

Pero lo que no tenemos es la alegría verdaderamente constante,
la risa verdaderamente pura,
el corazón verdaderamente libre.

Y no se hable de mi corazón.
Yo quisiera
anunciar la función de los circos
dando puñetazos a las estrellas rojas.

Yo quisiera escupir los vidrios de un expreso de lujo
para que rabien los millonarios.

Yo quisiera interrumpir todas las comunicaciones telefónicas
para ver si encuentro una palabra, una sola palabra para mí
y abrir toda la correspondencia del mundo por ver si alguien
una sola persona tiene un recuerdo, un solo recuerdo para mí.

Yo quisiera explotar una bomba, derrocar un gobierno,
hacer una revolución con mis manos amigas del
cristal, de la luz, de la caricia
–destruir todas la tiendas de los burgueses
y todas la academias del mundo–
y hacerme un cinturón bravío de rutas
inverosímiles como Alain Gerbault
para que venga Blanca Luz y me ame.

Raúl González Tuñón (Buenos Aires, 1905-1974)


Foto: Jorge Fondebrider en París, 2012

Poemas elegidos, 43


Horacio Zabaljáuregui
(América, Provincia de Buenos Aires, 1955)

Señora tomando sopa, de Olga Orozco
Es un poema de Con esta boca, en este mundo, el último libro publicado de Olga Orozco en el que hay un recuento de lo vivido, la evocación de lo perdido a través de su residencia terrestre. Me conmueve porque la hechicera de espléndidos talismanes, la hilandera de encantamientos se transforma en "la solitaria comensal del olvido", esa "señora tomando sopa" que vuelve, una vez más, lúcida y suntuosa, a la infancia siempre presente.








Señora tomando sopa

Detrás del vaho blanco está la orden, la invitación o el ruego,
cada uno encendiendo sus señales,
centellando a lo lejos con las joyas de la tentación o el rayo del peligro.
Era una gran ventaja trocar un sorbo hirviente por un reino,
por una pluma azul, por la belleza, por una historia llena de luciérnagas.
Pero la niña terca no quiere traficar con su horrible alimento:
rechaza los sobornos del potaje apretando los dientes.
Desde el fondo del plato asciende en remolinos oscuros la condena:
se quedará sin fiesta, sin amor, sin abrigo,
y sola en los más negro de algún bosque invernal donde aúllan los lobos
y donde no es posible encontrar la salida.

Ahora que no hay nadie,
pienso que las cucharas quizá se hicieron remos para llegar muy lejos.
Se llevaron a todos, tal vez, uno por uno,
hasta el último invierno, hasta la otra orilla.
Acaso estén reunidos viendo a la solitaria comensal del olvido,
la que traga este fuego,
esta sopa de arena, esta sopa de abrojos, esta sopa de hormigas,
nada más que por puro acatamiento,
para que cada sorbo la proteja con los rigores de la penitencia,
como si fuera tiempo todavía,
como si atrás del humo estuviera la orden, la invitación, el ruego.

Olga Orozco (Toay, 1920-Buenos Aires, 1999)



Foto: Horacio Zabaljáuregui en Editorial Bajo la Luna

sábado, junio 22, 2013

Poemas elegidos, 42


Paulina Vinderman 
(Buenos Aires, 1944)

Algunos dicen buenas noches, de Emily Dickinson
Emily: una lírica exquisita, metafísica, inteligente, un prodigio de brevedad.
Despoja de nombre a nuestras certezas, busca otra manera de ver casi en la oscuridad.
















Algunos dicen buenas noches —por la noche—
Yo digo buenas noches de día—
Adiós— dice el que pasa—
Buenas noches, contesto sin embargo—

Porque partir, eso es la noche,
Y la presencia, simplemente amanecer—
En sí misma, la púrpura en lo alto
denominada la mañana.

Emily Dickinson (Amherst, 1830-1886)
Versión de Paulina Vinderman

Poemas elegidos, 41


Christian Kupchik 
(Buenos Aires, 1954)

Profeta de lo nimio, de Mario Romero
Conocí a Mario Romero una soleada noche del verano boreal sueco. La luminosidad de sus palabras no llegaba sólo por el impacto violáceo del cielo, sino porque Romero tenía esa cualidad: detrás de los casi dos metros, de ese rostro que reflejaba la edad de la tierra, se escondía una suerte de niño-chamán que podía enlazar sin dificultades a Vico con Vallejo, a Santa Cruz de la Sierra con Estocolmo, a Hopper con Carroll (especialmente Carroll: en Mario vivía una suerte de Alicio, a quien reverenció en muchos de sus escritos).
El primer libro de poesía que publicó se tituló Las señales (Monopolo, Tucumán, 1975), un ejemplar en cartón corrugado y papel de reciclaje, que se materializó gracias a la colaboración de los trabajadores del azúcar. Pero lo más dulce de la obra atiende al título: allí Romero deja sentado que encuentra señales poéticas hasta en los más insignificantes indicios de la llamada realidad. De allí que no sorprenda que otra de sus obras más logradas, Pintura ciega (Estaciones, Madrid, 1982) justifica su nombre a partir de la frase de Leonardo da Vinci: “La poesía es una pintura ciega”. Y Romero lo que hace es devolverle visibilidad a partir de formas nuevas.
Quizá por eso, entre tantos poemas notables, me incliné por "Profeta de lo nimio", que lo define a sí mismo como también define una función de la poesía que Romero, como Pound, comprendió como pocos.


Profeta de lo nimio

Tu mente en una caja de fósforos húmedos
o la canción de una radio a pilas
o el silbido
sobre todo en los sitios baldíos:
                                                 arbolito de algarrobas
                                                 casita de madera
                                                 latas vacías
                                                 y bosta de cabras
tus predicciones son las lluvias y la llegada de los trenes en la lluvia
el ciego indicio de las borracheras alerta alerta
hacia sido nomás cierto la Malinche se fue
lo presagiaba un hilo de baba al atardecer
sus bombachas flameando en la soga del patio
olor a lavandina “El Paraíso” sal gruesa y un paquete de velas
y el profeta sin poder dormir entre las sábanas húmedas
los mariquitas del pueblo matándose de risa
viendo jugar al mocoso
hablando por un teléfono de tarros de salsa hilo de volantín roto
tirúltimo tirúltimo alto escuadrón cubro pecho y espalda.

Todo lo que vemos cuando estamos dormidos es
el sonido de la lluvia sobre el techo de cartón
mientras que lo que vemos cuando estamos despiertos
es una gallina blanca mojada.
El profeta de lo nimio está a punto de dormirse
ronda cerca de la casilla del ferrocarril
ocurre que el tonto del pueblo, el Morra, ha ido al monte a buscar unas vacas
y no vuelve y no volverá más y no volvió nunca
y la locomotora ha salido a pitiarlo de cerca:
                                                              nubecitas hervidas de vapor
                                                              el chisperío
                                                              maquinita negra
como siempre llueve y en los días de fiesta llueve
viendo jugar al truco a la taba o al monte
él se ha dormido
su única profecía es una entrega en capítulos de sueños:
                                                                el tema es la gallina blanca.
                                                                   
Mario Romero (La Ceja, 1943-Tucumán, 1998)



Foto: Christian Kupchik s/d

viernes, junio 21, 2013

Poemas elegidos, 40


Miguel Angel Petrecca
(Buenos Aires, 1979)

Por tierras de España, de Antonio Machado
El poema pertenece a Campos de Castilla, para mí uno de los mejores de libros de poesía en lengua castellana del siglo XX, a la par de Trilce [de César Vallejo], Las condiciones de la época [de Joaquín Giannuzzi] y Poemas y antipoemas [de Nicanor Parra]. La Obra Completa de Machado era uno de los libros de poesía que había en la biblioteca de mi casa, así que este poema (y otros del mismo libro que me parecen excelentes) lo leí cuando era chico y recuerdo que me causó una gran impresión. Creo que el poema me fascina por la forma en que combina lírica y narrativa, paisaje, geografía e historia, desenvolviéndose con una musicalidad que acompaña en forma fiel, sin protagonismo innecesario. Con una imaginería exacta y un gran poder descriptivo, el poema es como una especie de “estado de la cuestión” de una patria en bancarrota, escrito desde la perspectiva de un viajero observador. El protagonista de ese informe es, por un lado, el paisaje, por el otro un personaje (el hombre de estas tierras) que es simultáneamente un promedio (un tipo) y una figura de carne y hueso. El yo del poema está como diluido en el paisaje, pero no ha desaparecido del todo; es el origen palpable de la experiencia que el poema sintetiza y de la emoción (emoción individual a la vez que histórica) que lo atraviesa.



Por tierras de España

El hombre de estos campos que incendia los pinares
y su despojo aguarda como botín de guerra,
antaño hubo raído los negros encinares,
talado los robustos robledos de la sierra.

Hoy ve a sus pobres hijos huyendo de sus lares;
la tempestad llevarse los limos de la tierra
por los sagrados ríos hacia los anchos mares;
y en páramos malditos trabaja, sufre y yerra.

Es hijo de una estirpe de rudos caminantes,
pastores que conducen sus hordas de merinos
a Extremadura fértil, rebaños trashumantes
que mancha el polvo y dora el sol de los caminos.

Pequeño, ágil, sufrido, los ojos de hombre astuto,
hundidos, recelosos, movibles; y trazadas
cual arco de ballesta, en el semblante enjuto
de pómulos salientes, las cejas muy pobladas.

Abunda el hombre malo del campo y de la aldea,
capaz de insanos vicios y crímenes bestiales,
que bajo el pardo sayo esconde un alma fea,
esclava de los siete pecados capitales.

Los ojos siempre turbios de envidia o de tristeza,
guarda su presa y libra la que el vecino alcanza;
ni para su infortunio ni goza su riqueza;
le hieren y acongojan fortuna y malandanza.

El numen de estos campos es sanguinario y fiero;
al declinar la tarde, sobre el remoto alcor,
veréis agigantarse la forma de un arquero,
la forma de un inmenso centauro flechador.

Veréis llanuras bélicas y páramos de asceta
—no fue por estos campos el bíblico jardín—;
son tierras para el águila, un trozo de planeta
por donde cruza errante la sombra de Caín.

Antonio Machado (Sevilla, 1875-Collioure, Francia, 1939)


Foto: Miguel Angel Petrecca en el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires

Poemas elegidos, 39


Jorge Aulicino
(Buenos Aires, 1949)

Fábula de Polifemo y Galatea, de Luis de Góngora
Sin contar el XXVIII de Trilce, de César Vallejo ("He almorzado solo ahora y no he tenido..."); o "Escrito sobre una mesa de Montparnasse", de Raúl González Tuñón; o "Los mares del Sur", de Cesare Pavese, o "La casa de los aduaneros" o "Dora Markus", de Eugenio Montale; o "Este momento", de Joaquín Giannuzzi; o el I de Alberto Girri en "El amor", ("No es el amor ni es negocio del alma..."), o "Las cenizas de Gramsci", de Pier Paolo Pasolini, y sabiendo que lejanamente en mi vida están Neruda ("Tango del viudo", "Barcarola") y el "Canto a mí mismo" de Whitman que tradujo León Felipe; y aun el Canto XXXIV del Infierno, que me acompañó desde joven, elijo este poema. Porque la revelación, el descubrimiento, la primera percepción de la poesía, se la debo a Góngora; a dos de sus versos en el azar de un libro de Castellano en el primero o en el segundo año de la secundaria: "Infame turba de nocturnas aves /Gimiendo tristes y volando graves". Sentí que todo en ese conjunto de palabras era imprescindible, necesario, y a la vez inestable. Eso no era prosa (había leído prosa, bastante), y no sólo por su maravilloso sonido. El eco de esas aves agoreras en la caverna de Polifemo me hablaba con zonas enrarecidas de lenguaje y de imaginación; y de mitología, de quimeras, de un claroscuro -decisivo para mí-, naturalista y fantástico. Cuando desentrañé la estrofa en que aquellos versos están, y la que precede, y la que sigue, experimenté por primera vez que la ardua tarea de seguir el texto puede ser premiada con delicias inenarrables, palabra por palabra (cenizoso, greña, caliginoso, umbrío); con la mera contemplación del andar de un pensamiento: máquina encantada. Muchos años después, otro poema que habla de mitología y aves me produjo un gran impacto -viruela de la segunda juventud-: "Desde la terraza", de Girri, en el que alude a una escena en la playa, da unas vueltas sobre la validez de las construcciones de la mente y concluye:

¡apenas un golpe
de fábula, vivo e instantáneo,
cuando el viento amplifica
el rumor de los bañistas,
y nos llega en corales,
ensordece como graznidos,
son graznidos!

Graznidos de aves, mitológicas pero reales, otra vez.


Fábula de Polifemo y Galatea
(Fragmento)

                      Al Conde de Niebla

I
Estas que me dictó rimas sonoras,
culta sí, aunque bucólica Talía,
¡oh excelso conde!, en las purpúreas horas
que es rosas la alba y rosicler el día,
ahora que de luz tu niebla doras,            
escucha, al son de la zampoña mía,
si ya los muros no te ven, de Huelva,
peinar el viento, fatigar la selva.
 
II
Templado, pula en la maestra mano
el generoso pájaro su pluma,
o tan mudo en la alcándara, que en vano
aun desmentir al cascabel presuma;
tascando haga el freno de oro, cano,
del caballo andaluz la ociosa espuma;
gima el lebrel en el cordón de seda,
y al cuerno, al fin, la cítara suceda.
 
III
Treguas al ejercicio sean robusto,
ocio atento, silencio dulce, en cuanto
debajo escuchas de dosel augusto,
del músico jayán el fiero canto.
Alterna con las Musas hoy el gusto;
que si la mía puede ofrecer tanto
clarín (y de la Fama no segundo),
tu nombre oirán los términos del mundo.
 
IV
Donde espumoso el mar sicilïano
el pie argenta de plata al Lilibeo
(bóveda o de las fraguas de Vulcano,
o tumba de los huesos de Tifeo),
pálidas señas cenizoso un llano
-cuando no del sacrílego deseo-
del duro oficio da. Allí una alta roca
mordaza es a una gruta de su boca.
 
V
Guarnición tosca de este escollo duro
troncos robustos son, a cuya greña
menos luz debe, menos aire puro
la caverna profunda, que a la peña;
caliginoso lecho, el seno obscuro
ser de la negra noche nos lo enseña
infame turba de nocturnas aves,
gimiendo tristes y volando graves.
 
VI
De este, pues, formidable de la tierra
bostezo, el melancólico vacío
a Polifemo, horror de aquella sierra,
bárbara choza es, albergue umbrío
y redil espacioso donde encierra
cuanto las cumbres ásperas cabrío,
de los montes, esconde: copia bella
que un silbo junta y un peñasco sella.
 
VII
Un monte era de miembros eminente
este que, de Neptuno hijo fiero,
de un ojo ilustra el orbe de su frente,
émulo casi del mayor lucero;
cíclope, a quien el pino más valiente,
bastón, le obedecía, tan ligero,
y al grave peso junco tan delgado,
que un día era bastón y otro cayado.
 
VIII
Negro el cabello, imitador undoso
de las obscuras aguas del Leteo,
al viento que lo peina proceloso,
vuela sin orden, pende sin aseo;
un torrente es su barba impetüoso,
que (adusto hijo de este Pirineo)
su pecho inunda, o tarde, o mal, o en vano
surcada aun de los dedos de su mano.
 
IX
No la Trinacria en sus montañas, fiera
armó de crüeldad, calzó de viento,
que redima feroz, salve ligera,
su piel manchada de colores ciento;
pellico es ya la que en los bosques era
mortal horror al que con paso lento
los bueyes a su albergue reducía,
pisando la dudosa luz del día.

X
Cercado es (cuanto más capaz, más lleno)
de la fruta, el zurrón, casi abortada,
que el tardo otoño deja al blando seno
de la piadosa hierba, encomendada;
la serba, a quien le da rugas el heno,
la pera, de quien fue cuna dorada
la rubia paja, y -pálida tutora-
la niega avara, y pródiga la dora.
 
XI
Erizo es el zurrón, de la castaña,
y (entre el membrillo o verde o datilado)
de la manzana hipócrita, que engaña,
a lo pálido no, a lo arrebolado,
y, de la encina (honor de la montaña,
que pabellón al siglo fue dorado)
el tributo, alimento, aunque grosero,
del mejor mundo, del candor primero.
 
XII
Cera y cáñamo unió (que no debiera)
cien cañas, cuyo bárbaro rüído,
de más ecos que unió cáñamo y cera
albogues, duramente es repetido.
La selva se confunde, el mar se altera,
rompe Tritón su caracol torcido,
sordo huye el bajel a vela y remo;
¡tal la música es de Polifemo!

Luis de Góngora y Argote (Córdoba, España, 1561-1627)



Foto: Jorge Aulicino por Leticia Scattini, Concordia, 2012

jueves, junio 20, 2013

Poemas elegidos, 38


Darío Rojo
(Eduardo Castex, 1964)

¡Cuánto amo el monte Tong!..., de Li Po
Es un poema que siempre me da un poco de felicidad. Lo suelo recordar en forma de imagen, de situación, más que por sus palabras exactas. Podría pensar que el efecto que me produce se debe a que todo lo que esta ahí me gusta, la montaña, el aislamiento, la ropa,  un estado específico del espíritu, pero no creo que sea por eso. Me parece que es porque logra dar una perfecta existencia a algo imposible, y con eso decir algo.











¡Cuánto amo el monte Tong! Es mi alegría...

¡Cuánto amo el monte Tong! Es mi alegría.
Pasaría en él cien años sin pensar en la vuelta.
Me gustaría danzar agitando mis mangas
y, de una sola vez, rozar todas las copas de los pinos.

Li Po (probab. el Kirguistán, 701-Dangtu, actual Anhui, 762)
Versión de Marcela de Juan



Foto: Darío Rojo por Mario Varela

Poemas elegidos, 37


Miguel Gaya
(Ayacucho, 1953)

Una breve historia del pensamiento judaico en el siglo veinte, de Linda Pastan
Elijo este poema, de una poeta de la que conozco sólo este, de una tradición que desconozco y escrito en una lengua que ignoro. No me preocupa saber más de ella, ni de su producción, su entorno o historia. Me basta haberme topado con el poema, y que me haya iluminado esta tarde, casi por gracia del azar.
No sé decir cuál poema me ha transformado, o conmocionado, o hablado como si sólo a mí me hablara, o como si hablara por todos y para la eternidad. Pero elijo cualquiera, sin elegir uno en reemplazo de otro, sin adelantar uno sobre el resto, y sin recordar tampoco uno por sobre los otros. Posiblemente los olvide a todos, y si no los olvido, ¿cuál es la diferencia, cuánto vale mi memoria?
Hay poetas y poemas que me han marcado, enseñado, o señalado algo a lo largo de mi vida. Y hay muchos de ellos a los que he podido volver, sin entender ni  sentir aquello que provocaron, o que iluminan con una nueva lectura algo que me pasó desapercibido, y que hoy le otorgan un espesor y belleza inusitados. ¿Por qué recordarlos de una solo forma entonces?
Ya no retengo nombres, ni obras, ni literaturas. No quiero más que aquello que recibo. Navego sin rumbo pero de buen talante en el país de la poesía,  porque es allí donde quiero estar. Y soy agradecido por el don que me prodigan los poetas.
Ellos me han acostumbrado a la belleza, y en verdad espero me preparen también para el olvido.



Una breve historia del pensamiento judaico en el siglo veinte

Los rabinos escribieron:
aun cuando está prohibido
tocar a una persona moribunda,
sin embargo, si la casa
se incendia
debe ser sacado
de la casa.

¡Bárbaro!
digo,
¿y a quién podría tocar yo entonces,
no somos todos
moribundos?

Sonríes
con tu vieja sonrisa negociadora
y preguntas:
pero ¿no están todas nuestras casas
quemándose?

Linda Pastan (Nueva York, 1932)
Versión de Jonio González



Foto: Miguel Gaya en Rosa Molesta

miércoles, junio 19, 2013

Poemas elegidos, 36


Susana Szwarc
(Quitilipi, Chaco, 1954)

La mujer de Lot, de Wislawa Szymborska
Elegí un poema por el gusto de compartirlo. En el 97 “conocí” a la Wislawa Szymborska, gracias a que me regalaron la antología que había sacado Hiperión.
Me tocó especialmente, a tal punto que hoy la elijo a ella sobre aquellos que me marcaron, acompañaron, formaron. En  mil nueve sesenta y algo (en  la secundaria) llegó en el tren  que pasaba por el pueblo, un libro de tapa dura, la antología poética de Saint-John Perse de Fabril Editora (que sigue a mi lado). Y encuentro renglones marcados en "Anábasis", que copiaría (y copiaría). Y Pessoa, traducido por un joven Rodolfo Alonso, también de Fabril editora (tapa blanda).
Pero la Symborska, con esa forma de reírse en la tragedia misma, de mostrarnos las relaciones (de poder), así como el desconsuelo del cada uno, me hizo quererla.



La mujer de Lot

Miré atrás dicen que por curiosidad.
Pero, curiosidad aparte, pude haber tenido otras razones.
Miré atrás de pena por la fuente de plata.
Por descuido, mientras ataba la correa de mi sandalia.
Para no mirar más el cogote justo
de mi esposo, Lot.
Por la súbita certeza de que, si muriera,
ni siquiera se habría detenido.
Por la desobediencia de los sumisos.
A la escucha de la persecución.
Tocada por es silencio, esperando que Dios cambiara de parecer.
Nuestras dos hijas ya desaparecían detrás de la cima de la colina.

Sentí la vejez en mí. La lejanía.
La vanidad de la andadura. El sueño.
Miré atrás al poner el hatillo sobre el suelo.
Miré atrás por temor a dónde dar el paso.
En mi sendero aparecieron serpientes,
arañas, ratones, polluelos de buitres.
Ya ni lo bueno ni lo malo –simplemente, todo lo vivo,
reptaba y saltaba en pánico colectivo.
Miré atrás por mi soledad.
Por vergüenza de estar huyendo a hurtadillas.
Por ganas de gritar, de volver.
O quizás sólo cuando arreció el viento,
soltó mi cabello y me levantó el vestido.

Sentí que me miraban desde las murallas de Sodoma
y rompían en carcajadas sonoras, una y otra vez.
Miré atrás por rabia.
Para saciarme de su gran perdición.
Miré atrás por todas las razones arriba expuestas.
Miré atrás de forma involuntaria.
Fue sólo una piedra la que giró rugiendo bajo mi cuerpo.
Fue una grieta la que, de súbito, me cortó el camino.
En el borde un hámster se agitaba sobre sus dos patas.
Y fue entonces cuando ambos miramos atrás.
No, no. Yo seguí corriendo,
arrastrándome y levantando el vuelo,
hasta que la oscuridad cayó del cielo,
y con ella la gravilla ardiente y las aves muertas.
Por falta de aliento giré repetidas veces.
Quien lo viese habría pensado que bailaba.
No descarto que tuviera los ojos abiertos.
Es posible que me desplomara con el rostro vuelto hacia la ciudad.

Wislawa Szymborska (Kórnik, 1923-Cracovia, 2012)
Versión de Elzbieta Bortkiewicz



Foto: Susana Szwarc en Susana Szwarc

Poemas elegidos, 35


Alejandro Crotto
(Buenos Aires, 1978)

Canción del Gran Puerco Celeste (Con música y olor de circo), de Óscar de Pablo
Un poema reciente que logra un milagro: actualizar la fuerza de la forma en castellano. Un poema enloquecido de denuncia del capitalismo en el que, operando todas juntas, la métrica imparisílaba regular, la rima consonante y la experimentación sobre la idea de verso generan una variante furiosa (al mismo tiempo sensorial y conceptual) del efecto que llamamos poesía. En un escenario donde la métrica y la rima son a veces vistas con cierto desdén, este poema viene a traernos nuevas ramas y frutas que nos llegan desde una raíz viva.    
Por cierto, este poema no es el más poderoso del libro -El baile de las condiciones (México D.F. 2011)- de donde está sacado. Hay otros más deslumbrantes (“El Quijote de Tomóchic”, “La tlanchana”, “Sobre la luz”, “Panfleto”), pero por su manejable extensión y su inmediatez me pareció mejor éste para invitar a asomarse.  


Canción del Gran Puerco Celeste
(Con música y olor de circo)

¡Pasen, pasen y pasen, damas y caballeros! Pasen que cosa
   nunca, nunca cosa
en la porcicultura se vio jamás criatura
más hermosa. Los altos cazadores lo bajaron del cielo, apenas
   lechoncito con aureola y con arpa. Ya entonces requirió
su propia carpa. Pasen señores, pasen monaguillos, niñas del
   internado y marineros, ya verán que bien vale
sus dineros. Damiselas y vagos, no teman ese olor a imperio
   decadente. Nunca han visto otro puerco
tan esplendente; pues siete hermosas chicas, dulces a manos
   llenas, se dan abasto apenas
para cubrir sus lomos infinitos
de perfume y moñitos
y autoestima sexual
antes de las funciones. Comprobadas doncellas, todas ellas.
   Y siete labradores, de los más industriosos, cosechan para
   él por las mañanas
latifundios enteros de manzanas. Pasen a deslumbrarse, viejos
   de nuevo ingreso, morosos, cobradores. Los siete labradores
cosechan sólo eso. ¡Niños y señoritas, padrotes y madamas,
   nunca consumió un puerco
tal mundo de manzanas! Pasen a verlo, pasen. Siete braceros
   siete, de los más fortachones, limpian diario sus heces
por galones. Pasen videntes, pasen invidentes, estudiantes de
   leyes y viejitas golpeadas, a ver a siete obreros
palear sus toneladas
   de excremento y orines. Pequeñines, violadas, jesuitas y seglares:
   Sus abundosas carnes podrían alimentar
   hasta veintiún hogares. Pasen a ver el hambre de las siete doncellas,
   los siete labradores y los siete braceros. Pasen a contemplar con qué nobleza
los veintiún miserables le peinan la cabeza. Cómo no se deciden al degüello,
   cómo no se lo comen, cómo se mueren de hambre y cómo se desviven. Pasen
   a ver, damas y caballeros, cómo no se deciden.

Óscar de Pablo (México, 1979)



Foto: Alejandro Crotto en El Señor de Abajo

martes, junio 18, 2013

Poemas elegidos, 34


Silvia Dabul
(Mendoza, 1962)

Un hombre trepa por las paredes y sube al cielo, de Edgar Bayley
Me gusta el ascenso de este hombre decidido que se detiene a oler malvones, geranios y hortensias, flores sin aroma alguno. Mi homenaje a Edgar Bayley, a su hombre solitario que trepa, y a la arbitrariedad que permite la poesía:




De la inexistencia de un aroma y una pierna (de Silvia Dabul)

Hoy murió, a las diez de la mañana,
el hermano de mi madre.
Lo hizo esta vez completamente,
su pierna derecha había muerto solitaria
algunos años antes.
Es posible que fuera la izquierda,
pero no es esto crónica
y a los efectos del verso
es sin duda mejor mantener 
-aunque dudosa- 
la derecha ausencia intacta.

Ya Bayley hizo trepar a ese hombre
por la pared al piso trece,
y no le puso obstáculos en el camino
cuando se detuvo a aspirar 
el improbable olor
de hortensias y malvones.

Así yo, 
amparada en la impunidad del poeta,
preclara, 
sin ambigüedades,
me dispongo a amputar
la pierna equivocada de mi tío muerto
a las diez de la mañana,
el hermano de mi madre.
                                     
                                            2005




Un hombre trepa por las paredes y sube al cielo

Colgado de una soga
el hombre que escala las paredes
tiene fuertes zapatones con clavos
Escala las paredes
porque ha olvidado las llaves de su casa
y mientras escala las paredes
hasta llegar al piso trece
se detiene algunos momentos
en los balcones de cada piso
donde aspira el olor de los geranios
las madreselvas
las hortensias
y los malvones
Hay sol
gallardetes
vendedores ambulantes
y más allá está el río
y más allá los puentes
por donde se va a la pampa
Abajo están los niños
que salen de las escuelas
y por el cielo pasan aviones y pájaros
y sombreros de anchas alas
que el viento arrancó a los desprevenidos
La soga ha sido atada a la viga
que sobresale en la azotea
Un hombre la ciñó a su cintura
y asciende tomándose de la soga
con sus manos enguantadas
Usa un chaleco floreado y una gorra a cuadros
Debe llegar al piso trece
donde tiene que regar unos claveles
pisar maíz
escribir unas cartas
y preparar una cazuela
Sube lentamente
y en cada piso se detiene un rato para descansar
Entra en el balcón de cada piso
y se sienta en un sillón
o se extiende sobre una reposera
y conversa con la vecina o los vecinos
y acepta un café o un mate
o deja caer un chorro de una bota de vino
en su garganta
o juega a las cartas
o escucha confidencias y da consejos
y cuenta algún episodio de su vida
hasta que saluda y se va
y sigue trepando por las paredes
colgado de una soga
Es el hombre que tiene fuertes zapatones con clavos
y un chaleco floreado y una gorra a cuadros
que olvidó las llaves de su casa
y aspira el olor de los geranios
y debe llegar al piso trece
antes de que aparezcan los búhos
y se iluminen las ventanas
Están los pájaros y el río allá lejos
y el césped del parque
y los caballos que galopan por la llanura
y esta silla desvencijada
y la bañera
fuera de uso
llena de tierra y de flores
y el mar y el navío que se acerca
y la lagartija que se escurre entre las rocas
y el vendedor de diarios que desde abajo
le grita consejos y advertencias
mientras el hombre vuela
asciende
conquista cada piso con esfuerzo
y mira siempre hacia arriba
la tierra está lejos
el cielo está lejos
El hombre que trepa por las paredes
colgado de una soga
cuando entra en una casa por el balcón
es bien recibido por los vecinos
y él trata de ser útil
pero en uno de los pisos
una mujer inesperada
que es una sola
y al mismo tiempo
todas las mujeres de su vida
le pide que la lleve con él
Entonces ella se ata también con la soga
y sube con el hombre
más allá del piso trece
hacia las nubes
el aire libre
el cielo
el viento
entre los geranios
las sombrillas
las reposeras
sobre puentes y puestos de diarios
y mástiles
y enredaderas
y algunas gotas
y semillas
y sueños
con su gorra a cuadros
con su chaleco floreado
con su enamorada de siempre

Edgar Bayley (Buenos Aires, 1919-1990)


Foto:: Silvia Dabul en Hostnews

Poemas elegidos, 33


Jonio González
(Buenos Aires, 1954)

Matrimonio, de Gregory Corso
A la hora de elegir un poema fundamental en mi formación como poeta (por pretencioso que suene), no dudé ni por un instante en elegir "Matrimonio", de Gregory Corso. Cuando lo descubrí, a los dieciocho años, en compañía de Miguel Gaya, fue como si se abriera una puerta cuya existencia ni siquiera sospechaba. Y no sólo por su ataque directo a los convencionalismos, sino sobre todo por su “fuerza dionisíaca de emoción y espontaneidad”, como ha escrito Sarah Duff, que contrastaba con todo lo que conocía hasta el momento, incluidos los coloquialistas que tanto me entusiasmaban y que de algún modo seguían atados a cierto pasado. Corso (y Ginsberg, Creeley, Ferlinghetti, O’Hara poco después) era algo absolutamente nuevo, que no podía relacionar con ninguna tradición propia, algo descarnado en el sentido más profundo, y al mismo tiempo lleno de una extraña vitalidad individual. La traducción que leí era, por supuesto, la de Ediciones del Mediodía, plagada de errores pero con un ritmo muy conseguido que aún resuena en mi mente. Pocos poemas conozco cuyas múltiples versiones sean tan distintas entre sí, de modo que para contribuir al desconcierto general he decidido aportar la mía.



Matrimonio

¿Debería casarme? ¿Debería ser bueno?
¿Sorprender a mi joven vecina con mi traje de terciopelo y mi gorra de Fausto?
Llevarla a cementerios en lugar de al cine
hablarle de bañeras de hombre lobo y clarinetes en do
y después desearla y besarla y todos los preparativos
y ella sin dejarse ir y yo entendiendo por qué
diciéndole sin enojarme ¡Debes sentir! ¡Es maravilloso sentir!
y en lugar de eso tomarla en mis brazos y apoyarla contra una lápida vieja y torcida
y cortejarla toda la noche las constelaciones en el cielo...

Cuando me presentara a sus padres
la espalda recta, por fin bien peinado, estrangulado por una corbata,
me sentaría con las rodillas juntas en su sofá de los interrogatorios
y no preguntaría ¿Dónde está el baño?
¿De qué otro modo sentirme distinto de lo que soy,
pensando casi todo el tiempo en los capítulos de Flash Gordon...
Oh, qué terrible debe de ser para un hombre joven
sentarse delante de una familia y la familia pensando
¡Nunca lo habíamos visto! ¡Quiere a nuestra Mary Lou!
Después del té y las galletas caseras preguntarían ¿Cómo se gana la vida?
¿Debería decirlo? ¿Seguiría gustándoles?
Dirían muy bien, casaos, no perdemos una hija
sino que ganamos un hijo...
¿Podría entonces preguntar dónde está el baño?

¡Oh, Dios, y la boda! Toda la familia y los amigos de ella
y sólo un puñado de los míos, andrajosos y barbudos
esperando para arrojarse sobre los tragos y la comida.
¡Y el cura! Mirándome como si me masturbara
preguntándome ¿Tomas a esta mujer por tu legítima esposa?
¿Y qué diría yo, temblando? ¡Diría Pastel de Cola!
Besaría a la novia mientras todos esos cursis me dan palmadas en la espalda
¡Ella es toda tuya, muchacho! ¡Ja, ja, ja!
Y en sus ojos podrías ver alguna impúdica escena de la luna de miel...

Después todo ese arroz absurdo y latas y zapatos ruidosos
¡Cataratas del Niágara! ¡Hordas de nosotros! ¡Maridos! ¡Esposas! ¡Flores! ¡Bombones!
Todos entrando en hoteles acogedores
Todos para hacer lo mismo esa noche
El indiferente conserje sabe lo que va a pasar
Los zombis del hall lo saben
El ascensorista que silba lo sabe
El botones que me guiña un ojo lo sabe
¡Todos lo saben! ¡Casi me siento inclinado a no hacer nada!
¡A quedarme toda la noche de pie! ¡A mirar a los ojos al conserje!
Gritándole: ¡Me niego a la luna de miel! ¡Me niego a la luna de miel!
corriendo desenfrenadamente por esas suites climatizadas
vociferando ¡Vientre de radio! ¡Excavadora!
¡Oh, viviría en Niágara para siempre! en una cueva oscura debajo de las cataratas
Me quedaría sentado allí como el Lunamielero Loco ideando modos de romper matrimonios,
un azote de bigamia un santo del divorcio...

Pero debería casarme, debería ser bueno
Qué hermoso sería llegar a casa, a ella
y sentarme junto al fuego y ella en la cocina
joven y amorosa con su delantal deseando un bebé
y tan feliz conmigo que se le quemaría el rosbif
y vendría llorando a mí y yo me levantaría de mi gran sillón
diciendo ¡Diente de Navidad! ¡Cerebros radiantes! ¡Manzana sorda!
¡Oh, Dios, qué buen esposo sería! ¡Sí, debería casarme!
¡Hay tanto por hacer! Como meterme en la casa de Mr. Jones tarde por la noche
y cubrir sus palos de golf con libros noruegos de 1920
como colgar una foto de Rimbaud en el cortacésped
como pegar sellos de Tannu Tuva en toda la cerca
como decirle a la señora Kindhead cuando viniera a recolectar fondos
para la beneficencia ¡Hay presagios desfavorables en el cielo!
Y cuando viniese el alcalde para obtener mi voto decirle
¿Cuándo van a parar con la matanza de ballenas?
Y cuando viniera el lechero dejarle una nota en la botella
Polvo de pingüino, tráigame polvo de pingüino, quiero polvo de pingüino...
Sin embargo, si me casara y vivimos en Connecticut y hay nieve
y ella da a luz un niño y yo estoy sin dormir, agotado,
levantado toda la noche, con la cabeza apoyada contra una ventana inmóvil, el pasado detrás de mí,
en la más común de las situaciones un hombre que tiembla
consciente de sus responsabilidades nada de ramita ni sopa de moneda romana...
¡Oh, lo que sería!
Seguramente le daría por tetina un Tácito de goma
por sonajero una bolsa llena de discos rotos de Bach
le clavaría con tachuelas a Della Francesca en la cuna
le cosería el alfabeto griego en el babero
y construiría un Partenón sin techo como corralito.

No, dudo que fuera esa clase de padre
nada de césped, de nieve, de ventana inmóvil
sino la caliente, hedionda, dura ciudad de Nueva York
siete pisos sin ascensor, cucarachas y ratas en las paredes
una gorda esposa del Reich gritando sobre las patatas ¡Consigue un trabajo!
Y cinco mocosos con la nariz chorreante enamorados de Batman
Y todos los vecinos sin dientes y con el pelo erizado
como esas multitudes de brujas del siglo XVIII
todos queriendo entrar y ver la tele
Y el casero que quiere su alquiler
Tienda de comestibles Compañía de Gas y Electricidad Cruz Azul Caballeros de Colón
Imposible recostarse y soñar nieve telefónica, aparcamiento fantasma...
¡No! ¡No debería casarme y no debería casarme nunca!
Pero... imagina que fuera a casarme con una mujer hermosa y sofisticada
alta y pálida con un elegante vestido negro y unos guantes largos y negros
que sostiene una boquilla en una mano y un vaso de whisky con soda en la otra
y que viviéramos en un ático con una ventana enorme
desde la cual pudiéramos ver todo Nueva York y aun más lejos en días claros
No, no puedo imaginarme casado en ese agradable sueño carcelario...

Oh, pero ¿qué hay del amor? Me olvido del amor
no es que sea incapaz de amar
es sólo que el amor me parece tan extraño como usar zapatos...
Nunca quise casarme con una chica que fuera como mi madre
E Ingrid Bergman siempre fue imposible
Y quizá haya una chica ahora mismo pero ya estará casada
Y los hombres no me gustan y...
¡pero tiene que haber alguien!
Porque qué pasa si tengo sesenta años y no estoy casado,
solo en un cuarto alquilado con manchas de pis en los calzoncillos
¡y todos los demás casados! ¡Todos en el universo casados menos yo!

Ah, sin embargo sé que si hubiese una mujer posible como yo soy posible
el matrimonio sería posible...
Como ELLA en su bagatela solitaria y exótica esperando a su amante egipcio
así espero yo, desprovisto de dos mil años y el baño de la vida.

Gregory Nunzio Corso (Nueva York, 1930-Minessota, 2001)
Versión de Jonio González



Foto: Jonio González por Daniel Mordzinski