martes, noviembre 22, 2016

La lira argentina, ¿cómo suena?, 2




Jorge Fondebrider

Si vamos a ser estrictos, en todas las épocas de nuestra historia literaria hubo algunos poetas excepcionales, unos cuantos buenos y un montón más que configuran lo que, sin demasiada piedad, José Luis Mangieri –el mítico editor de La Rosa Blindada y Libros de Tierra Firme– llamaba “la borra de la poesía”. Quién decide cuáles son los excepcionales, cuáles los buenos y quiénes los del montón es asunto de cada cual. Y acá hay que hacer dos salvedades. La primera: lo que el consenso decide que es un gran poeta no tiene por qué coincidir con nuestra idea de la gran poesía. A mí, por caso, nunca me interesaron ni Juan L. Ortiz, ni Olga Orozco, ni Alejandra Pizarnik, ni Leónidas Lamborghini, pero mucha gente a la que respeto está dispuesta a jurar por ellos cuantas veces sea necesario. Para no abundar, diría que no me hablan o que, tal vez, no los sé escuchar, y no hay mal en ello. Luego, no siempre lo que es poesía para los demás tiene por qué ser poesía para uno. Hay mucha gente cuyos nombres se repiten una y otra vez a quienes sencillamente no puedo considerar poetas. Por caso, oigo que la gente comenta sobre Jorge Boccanera, María Negroni u Osvaldo Bossi (la lista podría ser bastante más larga) y me pregunto qué leen mis contemporáneos, qué ven en lo que escriben esas personas que yo no veo. Y aclaro: no juzgo a esas personas en un plano personal; me limito a hablar de lo que escriben. Hechas estas salvedades, lo más interesante de la poesía argentina ha sido siempre su variedad, la multiplicidad de propuestas: Giannuzzi no es Madariaga, y éste no es Gelman y Gelman no es César Fernández Moreno, que no es Edgar Bayley, etc. Y lo mismo cabe para casi todas las generaciones. En la actualidad, hablando de poetas vivos, los nombres que veo con mayor nitidez son los de Santiago Sylvester, Rafael Bielsa, Susana Cabuchi, Jorge Aulicino, Mirta Rosenberg, Estela Figueroa, Miguel Gaya, Horacio Zabaljáuregui, Alejandro Schmidt, D.G. Helder, Laura Wittner, Eduardo Ainbinder, Beatriz Vignoli, Rodolfo Edwards, Teresa Arijón, Ariel Williams, Sergio Raimondi, Marina Serrano y Daiana Henderson. La simple enumeración bastaría para dar cuenta de la diversidad a la que me refería.  

Jorge Fondebrider (Buenos Aires, 1956). Poeta, traductor, ensayista, periodista, crítico de jazz. Publicó numerosas compilaciones de poesía, de testimonios y reportajes y de crónicas de viajes. Tradujo poetas irlandeses, galeses, estadounidenses y franceses. Sus más recientes y destacadas traducciones han sido Madame Bovary, de Gustave Flaubert (2015), y Once cuentos, de Jack London (2016), ambas para la editorial Eterna Cadencia. Sostiene el blog del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, institución que creó y coordina. Su obra poética se publicó bajo el título La extraña trayectoria de la luz, en Bajo la Luna (2016). Su mayor afición es viajar.



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