miércoles, noviembre 11, 2009

Robert Browning / Porfiria



El amante de Porfiria


La lluvia esta noche comenzó temprano,
el áspero viento pronto despertó,
desgarraba airado las copas de los olmos,
y agitaba el lago con todo su furor:
con el corazón acongojado, yo escuchaba
cuando Porfiria entró silenciosamente, y sin demora
afuera dejó el frío y la tormenta, atizando
arrodillada el fuego del hogar
y rápidamente entibió la estancia;
al terminar, se incorporó y se quitó
la capa y el chal empapados,
dejó sus guantes sucios a un costado,
desató su sombrero, soltando el cabello húmedo,
y, por último, se sentó junto a mí
y me llamó. Ante mi silencio,
rodeó su cintura con mi brazo,
descubrió su blanco y terso hombro,
despejándolo de su rubia cabellera,
y se inclinó para que en él descansara mi mejilla,
y me cubrió con su rubia cabellera,
susurrando lo mucho que me amaba —ella,
demasiado débil, pese a los esfuerzos de su corazón,
por liberar del orgullo su pasión agobiante
y romper los lazos más triviales
y entregarse para siempre a mí.
Pero a veces, la pasión prevalecía,
y la alegre fiesta de esta noche no podía detener
un súbito pensamiento de alguien tan perdido
de amor por ella, y todo en vano;
Así apareció ella, a través del viento y de la lluvia.
Créanme que alcé mi vista mirándola a los ojos,
orgulloso y feliz; y supe finalmente
que Porfiria me adoraba; la sorpresa
henchía mi corazón, y aún crecía
mientras pensaba qué hacer.
En ese momento era mía, mía, bella,
del todo pura y buena; entonces descubrí
qué hacer: y enrosqué todo su largo cabello,
de larga y dorada trenza,
tres veces alrededor del delicado cuello,
y así la estrangulé. No sintió dolor alguno;
estoy seguro de que no sintió dolor.
Cauto abrí sus párpados, como un capullo cerrado
que esconde una abeja: y de nuevo
rieron sus ojos de azul puro.
Y luego desaté la trenza
de su cuello; su mejilla una vez más
se encendió brillando bajo mi beso ardiente:
esta vez fue mi hombro el que la cabeza inmóvil sujetó,
apoyada sobre él;
el pequeño rostro sonriente y rosado,
tan feliz de alcanzar su supremo deseo:
que todo aquello que desdeñaba se esfumara de golpe,
¡y que yo, su amor, triunfara en su lugar!
El amor de Porfiria: ella nunca adivinó
hasta dónde sería escuchado
el preciado deseo.
Y así, descansamos ahora juntos, sentados,
y en toda la noche no nos hemos movido,
¡Y ni siquiera Dios ha dicho una palabra!


Robert Browning (Camberwell, Surrey, 1812 - Venecia, 1889), Dramatic Lyrics, 1842
Versión de Silvia Camerotto


I.
Porphyria’s lover
The rain set early in to-night,/ The sullen wind was soon awake,/ It tore the elm-tops down for spite,/ And did its worst to vex the lake:/ I listened with heart fit to break./ When glided in Porphyria; straight/ She shut the cold out and the storm,/ And kneeled and made the cheerless grate/ Blaze up, and all the cottage warm;/ Which done, she rose, and from her form/ Withdrew the dripping cloak and shawl,/ And laid her soiled gloves by, untied/ Her hat and let the damp hair fall,/ And, last, she sat down by my side/ And called me. When no voice replied,/ She put my arm about her waist,/ And made her smooth white shoulder bare,/ And all her yellow hair displaced,/ And, stooping, made my cheek lie there,/ And spread, o'er all, her yellow hair,/ Murmuring how she loved me—she/ Too weak, for all her heart's endeavour,/ To set its struggling passion free/ From pride, and vainer ties dissever,/ And give herself to me for ever./ But passion sometimes would prevail,/ Nor could to-night's gay feast restrain/ A sudden thought of one so pale/ For love of her, and all in vain:/ So, she was come through wind and rain./ Be sure I looked up at her eyes/ Happy and proud; at last I knew/ Porphyria worshipped me; surprise/ Made my heart swell, and still it grew/ While I debated what to do./ That moment she was mine, mine, fair,/ Perfectly pure and good: I found/ A thing to do, and all her hair/ In one long yellow string I wound/ Three times her little throat around,/ And strangled her. No pain felt she;/ I am quite sure she felt no pain./ As a shut bud that holds a bee,/ I warily oped her lids: again/ Laughed the blue eyes without a stain./ And I untightened next the tress/ About her neck; her cheek once more/ Blushed bright beneath my burning kiss:/ I propped her head up as before,/ Only, this time my shoulder bore/ Her head, which droops upon it still:/ The smiling rosy little head,/ So glad it has its utmost will,/ That all it scorned at once is fled,/ And I, its love, am gained instead!/ Porphyria's love: she guessed not how/ Her darling one wish would be heard./ And thus we sit together now,/ And all night long we have not stirred,/ And yet God has not said a word!

Foto: Browning, 1889 Eveleen Myers/BBC

2 comentarios:

  1. Extraordinaria versión. Felicitaciones, Silvia!!! Son evidentes los frutos de tu trabajo. El poema también está bueno; ahora bien, si tanto se amaban, hacía falta que él la matara, una noche de desenfreno? ¿No será demasiado? Gracias Jorge.

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  2. el no la mató, sino que llevó a cabo su deseo de morir (estaba tan enferma que deseaba su muerte a manos de su amado mas q su propia vida llena de dolor)

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