lunes, julio 29, 2013

Poemas elegidos, 88


Diego Bentivegna 
(Buenos Aires, 1973)

Requiem, de Ana Ajmátova
Yo tendría unos dieciséis, tal vez unos diecisiete años. "Requiem", el poema de Ana Ajmátova, figuraba en una antología de poesía rusa del siglo XX que todavía conservo, compilada y traducida por Irina Bogdaschevski en la colección de literatura universal del Centro Editor de América Latina. Ese librito representaba entonces la apertura hacia una estepa que en mi mente estaba atravesada por tártaros y otros nómades peligrosos, como se veía en algunas películas históricas que miraba en la tele los sábados a la tarde (La rebelión de los cosacos, Taras Bulba, Miguel Strogoff).
Según puedo reconstruir hoy, en mis primeras lecturas lo que más me atraía del poema de Ajmátova -que se reproducía en seco, sin comentarios ni notas explicativas- era sobre todo el trabajo que absorbía y elaboraba poéticamente los grandes procesos históricos y los padecimientos de una existencia. Todo ello enraizado en una experiencia que, en el fondo, difícilmente podía reducirse a la palabra: la experiencia de la deportación y de la muerte.
Para intentar decir esa experiencia, el poema se corre del yo. Así, los versos de "Requiem" parecen no ser estrictamente dichos por una primera persona, sino que se muestran más bien como el producto de un entramado de subjetividades, como la voz de un sujeto plural, de un alguien: la voz de un cualquiera con el rostro borrado –como el de la mujer del inicio del poema-.



Requiem
(Fragmentos)

¡No, no estaba bajo el cielo extraño,
ni al amparo de alas extrañas!...
Estaba entonces junto con mi pueblo,
allí, donde mi pueblo, por desgracia, estaba.


En lugar de preámbulo…

En los años terribles de Iezhov estuve diecisiete meses parada en las filas frente a las cárceles de Leningrado. Una vez alguien me reconoció. La mujer de labios azules, que estaba detrás de mí y que seguramente jamás había oído mi nombre, recobrándose del aturdimiento tan común para todos nosotros, me preguntó al oído (allí todos hablaban en voz baja):
-Y esto, ¿puede usted describirlo?
Y yo dije:
-Sí, puedo.
Entonces una especie de sonrisa rozó aquello, que antes había sido un rostro.

                                                          1 de abril de 1957, Leningrado



Ana Andréyevna Ajmátova (Odessa, 1889-Moscú, 1966)
Versión de I. Bogdaschevski



Foto: Diego Bentivegna en RAE

1 comentario:

  1. También, tengo una especie de Rusia mental, aunque nunca me había dado cuenta que parte de esa resonancia imaginaria llegaba desde las películas de los sábados. Hace poco, estuve viendo unas películas soviéticas hechas sobre óperas rusas (dos: Sadko y Príncipe Igor), que me encantaron porque retomaban parte de ese paisaje ruso. A la vez, Rusia es la tierra de Ajmátova y Mandelstam, y una cárcel enorme, un dispositivo opresivo desmesurado. Como ni en chiste puedo leer ruso, me entrego al sonido del idioma.

    Príncipe Igor: http://youtu.be/EKEpFsXID1w

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