jueves, julio 18, 2013

Poemas elegidos, 67


Ricardo H. Herrera
(Buenos Aires, 1949)

El viejo poeta, de Horacio Armani
Hace veinte y tantos años, la dirección de la revista venezolana Poesía me encargó una breve antología de la poesía argentina actual. Entre la centena de piezas elegidas, figuraba esta que vuelvo a elegir hoy: “El viejo poeta”, de Horacio Armani. Se trata de un homenaje al poeta entrerriano Carlos Mastronardi, maestro indiscutido de los poetas de la generación del cuarenta, de la cual Armani fue uno de sus integrantes más jóvenes. De Mastronardi son las palabras citadas en bastardilla en “El viejo poeta”, del mismo gran poeta el destino perfilado en los impecables versos de la composición. El sentido del homenaje, eso que genera el texto, radica en el asomo a la conciencia de la necesaria reparación de un injusto abandono, de un prolongado olvido. Con el mismo espíritu, con idéntica intención, vuelve nuestra memoria a la poesía de Horacio Armani.
Acerca de lo que un poema debiera contener para alcanzar a definirse como tal, el autor del texto elegido ha escrito lo siguiente: “Un poema tiene el color de la vida y el interrogante de la muerte. Es una piedra preciosa, desvelada y sola, que brilla permanentemente aunque se la sumerja en el rincón polvoriento de una antología. Debe, además, dejar una resonancia en la memoria. Si no queda vibrando en el recuerdo un solo verso, si no nos acompaña una sola imagen a la que volver en los instantes en que nos es más necesario el socorro de la poesía, lo que se escribe no será sino un artefacto de palabras, aún más innecesario que un objeto cualquiera, porque toda creación debe tener un sentido espiritual, debe iluminar algún rincón oculto de la existencia”.
No cabe tocar ni una coma en esta definición. Por otra parte, como prueba de honestidad intelectual, poética y poesía se ajustan como anillo al dedo en “El viejo poeta”, ya que de reminiscencias mastronardianas está hecha su sustancia lírica. Sobre el papel determinante que Armani le asigna a la memoria en la transmisión de la poesía, sirve de ejemplo mi elección de la pieza. La prueba evidente de que ella me ha acompañado desde que la leí por primera vez hasta el día de hoy, es que un verso suyo —“para el antiguo lobo de las musas”— me ha ofrecido su socorro días pasados para dar con el título de un libro que se resistía a nacer.



El viejo poeta

Quizá lo supo alguna vez: adolescente, despertando
a los tumultos de la melodía;
joven, luchando con las trampas de la palabra;
maduro, minado por la decepción y la ironía,
intuyendo en períodos extremos la belleza
despojada de todo, aislada y alta
como el propio fracaso,
honor de la poesía.

Lo supo alguna vez: su destino era un cuarto
encadenado al triunfo del moho y las arañas,
habitación de triste hotel, desorden
de ropas arrojadas, comedero
de polillas, cárcel perfecta
para el antiguo lobo de las musas.

Si hubiera enloquecido, como Hölderlin,
pudo haber sido su vejez un éxtasis
de sí mismo,
un agua musical que completara
el orden matemático, la poética pura
que admiró en Valéry.
Pero la timidez y el orgullo le forjaron
esos últimos años, sin libros, sin amigos,
mochuelo que en la nada nocturna acostumbraba
su andar de desterrado hacia la muerte.
Alguna vez lo dijo: Yo lo quise,
preparé mi destino, logré mi libertad,
mi ironía fue dardo que ahuyentó complacencias,
la pereza, una herrumbre que detuvo mi obra.

Natural que el rencor de los otros desdeñara su canto,
el puñado de versos memorables que hirieron
a intervalos sus días.
Y raro que hoy lo invoque (hoy que empieza a crecer
la hierba del olvido
sobre los arrasados paraísos de Orfeo),
porque también como ellos sólo supe ignorarlo
aunque a veces sus versos volvían a mis noches
repitiendo su coro de belleza y de sombra
para escuchar la vida, para encender los sueños
y el corazón señor de la miseria.

¡Poesía, triunfo errátil, no olvides a tus siervos!


Horacio Armani (Trenel, La Pampa, 1925-Buenos Aires, 2013)

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