lunes, julio 22, 2013

Poemas elegidos, 75


Lucas Soares 
(Buenos Aires, 1974)

Quince minutos después, de Ricardo Zelarayán
A contramano del decir poético general, para mí el mejor poema de La obsesión del espacio no es “La Gran Salina”, sino “Quince minutos después”. Cada vez que lo releo me impresiona cómo en los trece primeros versos Zelarayán anticipa todo el devenir de la relación de la que va a hablar, y cómo al mismo tiempo el poema gira en torno al armado de un poema (Salí de mi casa para verte, / con todas esas cosas en la cabeza...). Porque un poema irrumpe justamente así, mientras ordenamos (mentalmente) las cosas para salir; a partir de la combinatoria de elementos dispares. “Quince minutos después” conjuga todo lo que me interesa encontrar en un poema: lirismo, intromisiones del habla coloquial (primero escuchar, después escribir), frescura y el sonido acicateando el sentido.  




Quince minutos después 

 Estaba ordenando las cosas para salir...
 Y mientras ordenaba mis cosas
 veía al lobo,
 al lobo que fui
 y no sé si al lobo que seré...
 La palabra "cinzas",
 una palabra en una canción de Wilson Simonal,
 me atrae...
 Una palabra que no puede traducirse como cenizas, en castellano.
 Una palabra que resplandece como los ojos de los gatos en la oscuridad.
 O los faros de los coches en la ruta pavimentada,
 cuando la noche se hace madrugada
 entre Córdoba y Villa María.
 Salí de mi casa para verte,
 con todas esas cosas en la cabeza...
 lobo aullando junto a la "cinza" resplandeciente...
 ojos de gato gato en la oscuridad,
 faros de coches sonámbulos que se acercan y se alejan de Córdoba.
 Y llegué quince minutos después...
 No quisiste hablar.
 "Ya se me va a pasar", dijiste.
 Y durante un tiempo largo nos miramos en silencio.
 El plato vacío,
 el tuyo y el mío,
 eran más blancos que nunca.
 Y después vino el pedido.
 ¡A llenar el plato!
 ¡Tu plato y el mío!
 Y empezaste a hablar...
 ¡Y hablamos!
 Después de comer, un paseo.
 El sol no estaba...
 pero en ese momento, qué importancia tenía?
 Yo me sentía un inmenso pancito de azúcar
 rodeado de árboles muy verdes.
 Los trenes que pasaban a lo lejos
 eran un poco tus caricias tímidas,
 tus miradas…
Un perro trataba de jugar al fútbol
con dos chicos.
Un avioncito con motor giraba y giraba.
El paseo, el descanso, era un vuelo.
Y después el cine.
Un cine de domingo nublado.
Un cine de madera blanca,
donde la película, buena y todo,
al fin y al cabo,
fue lo de menos.
Después salimos.
Nos bastaban apenas
unas pocas palabras.
Y después...
Después siempre.
Pero yo recuerdo.

Ricardo Zelarayán  (Paraná, 1922-Buenos Aires, 2010)




Foto: Lucas Soares en Paradiso Ediciones

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