miércoles, marzo 25, 2015

Paul Claudel / San Pablo

















Cordero de Dios que prometiste tu reino a los violentos,
acoge a Pablo tu siervo que te trae diez talentos.
Cinco que Tú le diste a guardar y cinco que él ganó por su cuenta.
Austero para todos los que te aman, eres un Amo que ve por su renta.
¡Puesto que dio el pobre corazón por Ti, haz que su dios le sea dado!
¡Padre Abraham, aplaca para siempre la sed de este hombre fulminado!
A la sombra sola de Tu presencia, el viejo Moisés tuvo miedo al decir:
¡Apártate de mí, aunque sólo sea por el miedo que tengo de verte y morir!
Mas Pablo, como un Tabernáculo sin fisura y como una lámpara propiciatoria,
aceptó en vida la cercanía de Vuestra Gloria,
y fue el hombre que al profeta maravilla diciendo:
¿Quién es aquel de entre vosotros que puede vivir ardiendo?
¡Oh Dios, para todos nosotros es  insufrible el aguijón de Tu verdad!
¡Pero aquel que Te abraza, se une a la terrible simplicidad!
Mirando a Dios, mira el mundo ingrato y cruel,
y asume en su corazón humano la misma Pasión que Él.
Como Dios no tiene voz, es la voz que habla en su lugar:
como Dios no tiene carne ni sangre, he aquí mi cuerpo para lacerar.
Y para concluir a lo que falta en la pasión del Infinito,
aquí está Pablo, simple como la llama y como el grito.
Simple como la espada aguda que al cuerpo del espíritu desplante.
Simple como el fuego que desata los elementos en su alquimia devorante.
Simple como el amor que sólo tiene una causa
y va a donde el viento lo lleva, ignorante de la extinción y la pausa,
de uno y otro confín en las alas del soplo por encima del mar.
Tu amor es el fuego de la muerte y Tu celo un infierno sin par.
Y al ver a todos esos niños ciegos y a esos pueblos que mueren sin bautizar,
Pablo llora retorciéndose las manos y pide ser para ellos decapitado,
pido piedad para los que amo, porque pueden morir incrédulos y en pecado.
Te ruego que oigan como yo, antes de que la hora y el proceso hayan concluido,
esa voz que les dice: ¡Pablo, yo soy Jesús a quien tú has perseguido!

Paul Claudel (Villeneuve-sur-Fère, Francia, 1868-París, 1955), El surco y la brasa. Traductores mexicanos, Fondo de Cultura Económica, México D.F., 1974
Traducción de Juan José Arreola
Envío de Jonio González

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